Una, dos y tres vueltas más. En algún momento de su desesperación, ella había perdido la cuenta de las veces que había rodeado por completo su casa. Una inquieta azabache subía y bajaba por las escaleras una y otra vez, como si de esa forma sus pensamientos se volvieran más acertados. Bajo sus ojos color ónix, dos oscuras manchas se manifestaban en un aire cansino, delatando su intermitente y enredada noche de sueño.

Como raramente ocurría, su mente se había burlado infaliblemente de ella durante las ocho o tal vez nueve horas anteriores. «¿Dónde he visto esos pergaminos? ¿Dónde diablos era?», Sarada Uchiha se esforzaba cíclicamente en recordar. Una fuerza terca e insaciable la había invadido desde el instante en que sus ojos descubrieron ese mensaje. Algo tan insignificante fue capaz de perturbarla y no parecía encontrarle un fin. Si tan sólo no estuviera segura de que conocía esos pergaminos de algún lugar, de que esa caligrafía le resultaba tan malditamente cercana, sus pensamientos repararían quizás en otro asunto.

En realidad, Sarada no era de esas niñas que prestara su valioso tiempo a infantilismos relacionados al amor. Pero aquel admirador había irrumpido su privacidad y no podía decir que eso la dejara tranquila. Miles de ideas pasaban por su mente como ráfagas, pero no dejaban de ser vagas y demasiado simples para lo que ella buscaba. «Debo salir a investigar», resolvió. Después de todo, estando entre las paredes de su hogar y limitándose a cosechar abstractas ideas, no llegaría más lejos de lo que ya había alcanzado.

Con determinación, Sarada saltó desde las escaleras y aterrizó en un perfecto movimiento.

—¿Sarada? ¿Qué te sucede? Estás dando vueltas desde que has despertado —la voz de su madre llegó a sus oídos.

—¡N-No es nada! —negó rápidamente— Yo... Debo ir con Konohamaru-sensei, así que...

Entre sonrisas nerviosas, Sarada deslizó sus pies lentamente hasta la puerta de entrada. Sakura soltó un dudoso murmuro. Conocía a su hija lo suficiente para saber que algo la inquietaba, pero también por esa razón sabía que la mejor decisión era dejarla resolverlo.

—Ve, cariño. Nos veremos en la cena, ¿sí? —inclinándose, sus labios formaron una sonrisa— ¡Que te vaya bien!

La pequeña Uchiha asintió antes de desaparecer por la puerta.

(...)

Su investigación comenzó, naturalmente, con una recolección de datos. Si quería saber quién le había enviado el mensaje, o al menos recordar dónde había visto esos pergaminos, Sarada necesitaba de la información que el resto podía brindarle. Repasando sus ideas en su cabeza, no llegó a una mejor conclusión de que la Hamburguesería Kaminari era un perfecto primer escenario para analizar. En aquel famoso restaurante de comida rápida, los genin de su antigua clase en la Academia se reunían regularmente. Por lo tanto, una considerable cantidad de información y chismes volaba de un lado a otro, todo el tiempo.

Sarada frenó el paso ante el restaurante y acomodó sus lentes en el reflejo del vidrio. En un rápido vistazo, pudo distinguir dos conocidas figuras: Shikadai e Inojin, sentados luego de almorzar, jugaban con sus consolas naturalmente. «¡Bien! ¡Esto es perfecto!», ahogó un grito de victoria. Por alguna razón, ese dúo siempre estaba enterado de las nuevas novedades. Encontrarlos justo ahora era ciertamente útil.

La azabache llevó sus manos a sus caderas e ingresó al local, fingiendo normalidad. De esa forma, barajando cada una de sus posibilidades, Sarada se acercó a ellos. Parecían estar concentrados en su juego.

—¡Chicos! —saludó

—Ah, Sarada —respondió Shikadai, a modo de saludo. Su vista ni siquiera había subido de su pantalla.

—Qué raro que seas tú la que nos hable, Sarada —Inojin soltó con su sarcástico tono de siempre.

Una gota de sudor se resbaló por su sien. Si su lengua fuera venenosa, todos a su alrededor se habrían intoxicado hace tiempo.

Sin embargo, la Uchiha sabía que no era una conducta habitual de su parte. Y con un ambiente tan tenso, no podría sonsacar la información que requería. «Debo inventar una excusa. ¡Rápido!», pensó.

—En realidad, estaba buscando a Boruto... —los presentes se volvieron hacia ella

—Mhh... No lo he visto desde ayer —respondió Inojin— ¿Tú lo has visto, Shikadai?

Él negó con su cabeza y el ambiente se llenó de silencio, otra vez. Aunque le resultaba sospechoso que Boruto no estuviese aquí con ellos, Sarada simplemente apartó de su mente esa presencia, repitiéndose hasta el hartazgo que su verdadero objetivo aquí no era ese.

—¿Eso es todo? —preguntó el rubio

La Uchiha dio un gran respiro por su nariz. Aquella pregunta la había acorralado por completo y, sin poder pensar en otra opción, hurgó en sus bolsillos buscando un pequeño objeto. Su acción llamó la atención de Shikadai, quien ahora clavaba sus verdes ojos en ella.

—Estamos investigando de dónde es esto. Si saben algo, quizás podrían... —Sarada develó el rojo pergamino

El joven Nara arrugó levemente su ceño y una mano rascó reflexivamente su barbilla. Como si intentara recordar algo, sus ojos se cerraron por unos segundos.

—Tengo la sensación de que lo vi en algún lugar... —su tono había cambiado por completo— Pero no logro recordarlo. Lo siento.

La mirada de Sarada brilló por unos instantes, pero tan rápido como sus ilusiones afloraron, se desvanecieron ante su negativa.

—Ya veo... —murmuró

—Quizás puedas preguntarle a mi padre —intervino Inojin— Él investiga todo tipo de cosas y podrá ayudarte.

Sarada asintió.

—Lo tomaré en cuenta. ¡Gracias, chicos! —fue lo último que dijo antes de desaparecer presurosamente.

Shikadai observó su figura desvanecerse en la distancia, con cierta expresión de duda reflejándose en su rostro.

—¿No crees que es extraño? —le preguntó a su amigo

—¿Qué cosa?

—No le darían la investigación de un pergamino a un genin. Generalmente, ese tipo de mensajes son manipulados en secreto tan solo por los altos mandos —razonó.

Inojin dejó ver una mueca pensativa.

—Ahora que lo mencionas, tienes razón —asintió— Ella suele ocultar sus verdaderas intenciones. No me sorprendería que nos haya mentido —se encogió de hombros.

—Pero, si ese pergamino no es un mensaje a Konoha... ¿De dónde es? ¿Y por qué me resulta tan familiar? —murmuró Shikadai, pensando en voz alta

Inojin lo observó con naturalidad.

—Quién sabe. Si tanto te interesa, puedes seguirla.

—Qué fastidio... —llevó sus manos a su nuca— Si es algo importante, supongo que ya nos enteraremos.

[#]

Tras abandonar el restaurante, Sarada se encontró con Denki, Iwabee y Metal, pero tampoco ellos sabían del pergamino. El heredero de la Kaminarimon Company le había prometido investigarlo cuando tenga un tiempo libre, pero no aseguraba una rápida respuesta. Naturalmente, comenzaba a hartarse del asunto. Entre su decepción, Sarada había jugado todas sus cartas disponibles y se sentía perdida. «¿Qué debo hacer...?» lamentó.

Cuando pensó que debía rendirse de una vez, algo llamó su atención a lo lejos. Apurando el paso por las familiares calles de Konoha, la azabache se detuvo en una tienda de accesorios para gatos. Dentro, su compañero de equipo se escabullía entre la gente y observaba algunos artículos en exposición. Sus ojos negros brillaron esporádicamente, como si acaso hubiese encontrado la respuesta a cada una de sus dudas.

—¡Mitsuki! —lo llamó

El joven se dio la vuelta y de inmediato sus dorados ojos se arrugaron en una sonrisa. Como siempre, él no parecía sorprendido de verla. Más bien era como si pudiese prevenir cada uno de los actos que lo rodeaba.

En las blancas palmas de Mitsuki, una verde pelota de juguete era tratada con suavidad.

—Sarada —saludó.

La pequeña Uchiha había corrido tan rápido que tuvo que estabilizar su respiración antes de hablar. Ignorando por completo su alrededor, las palabras salieron de su boca como abrumadas plegarias.

—De casualidad... —hizo una pausa, hurgando en su bolsillo— ¿Sabes algo de este pergamino?

Mitsuki bajó su vista hacia el pequeño objeto rojo, y se tomó unos segundos antes de responder. En su sigiloso rostro, ni una pizca de expresión podía descubrirse.

—¿Debería saberlo? —preguntó inocentemente

Una gota de sudor resbaló por la sien de Sarada. Definitivamente era imposible que alguien como él supiera algo. Ella negó entre nerviosos murmuros.

—¿No está Boruto contigo? —Mitsuki formuló una nueva pregunta. La chica volvió a negar.

—Nadie lo ha visto desde ayer.

La expresión del joven se mantenía inmutable.

—Ya veo. Es curioso, ¿no crees? —Sarada lo miró con duda— Alguien tan sociable como él tendrá sus razones para desaparecer. Aunque probablemente no le moleste si eres tú quien lo busque.

Mitsuki arrugó sus dorados ojos otra vez, y una sonrisa casi impecable afloró en su rostro. ¿Por qué él siempre decía cosas tan desatinadas?

—¿¡Q-Qué dices, Mitsuki!? —cruzó sus brazos

Sin embargo, no podía negar por más tiempo que su actitud le resultaba sospechosa. Boruto no era del tipo de chicos que se esfumaba de repente y se perdía de comer hamburguesas o jugar videojuegos a escondidas de su madre. «¿Se habrá molestado por lo que sucedió en la misión?» se preguntó. Rápidamente, su mente descartó esa idea. Si se hubiese molestado con ella, no habría razón para alejarse del resto de todos modos.

—Quizás él sepa algo del pergamino —sonó la serena voz de su compañero— Boruto siempre está al día con lo que lo rodea.

Sarada suavizó su mirada. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Él era la última carta en la que apostar y la había olvidado por completo.

—¡Gracias, Mitsuki! —con cierta urgencia, Sarada se desvaneció, decidida a encontrarlo.

El joven observó quietamente su figura desaparecer entre el tumulto.

—Esos dos hacen buena pareja —soltó antes de volver su atención a la verde pelota entre sus manos.

(...)

No es que le prestara la suficiente atención; al menos de eso intentaba convencerse. Sin embargo, Sarada sabía dónde él concurría esas pocas veces que buscaba soledad. Cuando discutía con el Séptimo, cuando fallaban alguna misión, cuando sentía la impotencia del mundo; por alguna razón, solo a ella le había confiado ese lugar.

Sarada aceleró el paso bajo el atardecer. Aunque había estado corriendo todo el día, sus piernas curiosamente no sentían el cansancio. La sombra caía de a poco por los tejados de Konoha, donde su azabache silueta parecía camuflarse con cada uno de sus deslices. Concentrando el chakra de su vientre en la planta de sus pies, su velocidad fue en aumento. Hasta que finalmente lo vio a lo lejos.

Por un instante, ella pareció olvidar por completo el motivo que la había impulsado. En el suelo de aquel lugar donde solían practicar sus lanzamientos de armas ninja, Boruto llegó hasta sus ojos. El Uzumaki llevaba sus párpados hundidos y su cabeza reposando en sus manos como una almohada, quizás sintiendo los últimos rayos del sol en su piel, o esa particular brisa fría que indicaba el pasaje hacia la noche. Su actitud serena, como si nada pudiese perturbarlo en ese momento, era tan poco habitual en él que no pudo evitar sorprenderse.

Sobre el tenue chocar de las hojas, los últimos pájaros cantaban dulcemente, rasgando las hendijas del silencio. Quietamente, Sarada lo observaba escondida en lo alto de un árbol, sin saber realmente cómo actuar. Él jamás estaba tan tranquilo: presenciar esa desacostumbrada faceta comenzaba a inquietarla. ¿Por qué rayos pensó que incluso se veía lindo? ¡Eso no estaba bien!

Sarada halló en esa disparatada idea el impulso suficiente para mover su paralizado cuerpo. Sus pasos de shinobi eran tan sigilosos que incluso en la calma natural debías esforzarte para oírlos. Inclinando su cuerpo detrás de él, la pequeña Uchiha acercó su rostro al del ninja, enfrentándolo. Perdiéndose en sus dorados cabellos opacándose en el atardecer, pronunció su nombre.

—Boruto.

Casi automáticamente, él abrió sus ojos. El profundo azul se mezcló disparmente con la oscuridad, como si alcanzara lo más hondo de su alma. El tiempo, tan estático como ellos, se mantuvo así por unos instantes, quizás más cerca de lo que alguna vez había estado. El joven Uzumaki pareció reaccionar cuando Sarada, sin siquiera preverlo, abrió aún más sus brillantes orbes, absorbiéndolo en esa desconocida oscuridad. Atrayéndolo como si de un imán se tratase, Boruto temió perderse por completo. El surco entre sus cejas comenzó a temblar y su corazón dio un vuelco.

—¡S-Sarada! —apartando su vista, Boruto se enderezó. Sobre el atardecer, sus mejillas se coloreaban levemente— ¿¡Qué diablos haces, acosadora!?

Ella suspiró largamente. Había vuelto a ser el escandaloso Boruto que conocía. Le alegraba saber que estaba bien.

—¿Sabes algo de esto, baka-boruto? —Sarada sacó el pergamino de su bolsillo con cierto hastío. Había perdido la cuenta de cuántas veces lo había hecho en el día.

De inmediato, el rubio pareció tensarse. Sus pies se alejaron unos pocos pasos, como si quisiera evitarla. Ella arqueó sus cejas en una mirada desafiante, avanzando la misma cantidad de pies que él retrocedía.

—Y-Yo no sé nada de eso, 'ttebasa —su voz era llamativamente trémula— ¿Por qué lo sabría?

Sarada soltó una diabólica risa que logró erizar su piel por completo.

—¿Seguro? —concentrando el chakra en sus ojos, su campo visual se tiñó de un color carmesí que brilló temerosamente en la oscuridad. Sharingan.

—¡Oye! ¡No uses eso en mí, 'ttebasa! —apartó su mirada— Además, ¿por qué te interesa saber de ese pergamino?

Ella deshizo su Dōjutsu. Aunque le había preguntado a varias personas, nadie le había respondido de esa forma, enfrentándola con sus más sinceros pensamientos. Para empezar, ¿por qué estaba yendo tan lejos por un asunto tan insignificante? Sarada estaba destinando todos sus esfuerzos genuinamente en algo que no le daría nada a cambio. Todo en ella estaba actuando impropiamente, como si la forzara a sentirse ajena a su propio cuerpo.

—Bueno, yo... No lo sé —como si su mente se hubiera pasmado en ese instante, Sarada no halló una respuesta a esa pregunta.

Boruto cruzó sus brazos tras su nuca. Y, como intentando devolverle la calma que él robó, sus pensamientos se materializaron en palabras:

—Quizás sea mejor no saberlo. A veces, cosas como el "por qué" no son tan importantes 'ttebasa —sonrió ampliamente.

Las palabras del chico endulzaron sus oídos. «¿En qué momento Boruto ha madurado tanto?», pensó. Sarada dejó ir un suspiro profundo, como si de esa forma sus preocupaciones se esfumaran en el aire.

—Tienes razón. Después de todo, no tengo tiempo para estas cosas infantiles —apretando el pergamino en sus manos, Sarada afianzó su mirada— Seré la próxima Hokage y estoy comprometida con eso.

La mirada de Boruto se clavó en ella, quieta y apagada.

—Eres una aburrida, Sarada —se burló. Ella se dio la vuelta para marcharse, murmurando algún que otro ingenioso insulto hacia el tonto de su compañero de equipo.

Aunque la voz de Boruto parecía ser igual de cálida que siempre, aquellas palabras lo habían golpeado en algún lugar. «Si ella supiera que fui yo el del pergamino, 'ttebasa... ¿Realmente piensa que es algo infantil?», se preguntó. El pecho le pesaba y de repente sintió perder las esperanzas.