—Y eso es todo, 'ttebasa.
El sol cayó por completo en Konoha y las primeras estrellas se relucieron en el cielo. Bajo su infinidad, dos mejores amigos conversaban en las afueras de un mercado.
Sentado en una esquina, Boruto dio un gran respiro por su nariz luego de contarle todo el asunto de los pergaminos. Si se trataba de pensar una estrategia, siempre podría contar con Shikadai Nara.
—Ya veo —rascó su barbilla, pensativo— Creo que tu decisión fue la correcta. Pocas veces la mejor jugada es ir de frente con tu mejor pieza —razonó Shikadai— Pero debes pensar bien tu próximo movimiento. Será el único que darás. Puede terminar en un jaque mate, o en una aplastante derrota.
Boruto asintió reiteradas veces con su cabeza, grabándose cada palabra.
—Si Sarada se lo tomó tan en serio, es porque ese mensaje le afectó, ¿no crees? —Shikadai dio una sonrisa ladina
—¿E-eso crees? —rascó su nuca— Ella piensa que esas cosas son infantiles.
Boruto lanzaba algunas pequeñas piedras al hablar, como si su preocupación pudiese soportarse de esa forma.
—Sólo finge ser seria, Boruto. Todos queremos dar una imagen, y esa es la que Sarada quiere dar —hizo una pausa— Cuando vino a verme hoy, se la veía inquieta y ansiosa. Ella jamás está así —en un aire despreocupado, sorbió sonoramente de su bebida.
El Uzumaki oía con profunda atención cada una de sus palabras.
—Boruto —lo llamó— No te cuestionaré por qué haces lo que haces. Pero esconderse no es una jugada que dure toda una partida. Así no ganarás.
Silencio. El rubio dejó perder sus ojos en algún punto del suelo.
—¿Dices que le haga saber la verdad del mensaje, 'ttebasa? —se volteó a verlo. Su voz se había afianzado en su garganta.
Shikadai sorbió de su bebida otra vez.
—Dejarás en shock a tu oponente y podrás atacar.
—Además, ustedes hacen buena pareja —de repente, la voz de Mitsuki sonó alertándolos.
Él se había aparecido al lado de ellos en algún momento indefinido.
—¡Mitsuki! —el rubio se alejó de él— ¡Deja de aparecerte así, 'ttebasa! ¡Además, no hacemos buena pareja!
—Qué fastidio, otra vez lo mismo —bufó el Nara.
Mitsuki arrugó sus dorados ojos en una inocente sonrisa.
—Como sea... —suspiró y volvió su atención al asunto— La conferencia de guerra ha terminado. Tenemos un plan, 'ttebasa —con una brillante sonrisa, Boruto extendió su puño.
[#]
Bajo el suave ondear de sus cortinas, el mismo escenario se presentaba otra vez. El sonido de ramas crujiendo a lo lejos indicaban la huidiza presencia de alguien, pero ella había llegado lo suficientemente tarde para notarlo. La luna estaba en su último cuarto esta noche, iluminando tenuemente el suelo de su habitación y a los negros pájaros que cantaban. Sobre su almohada, otro pergamino rojo se sumaba a la lista de sus preocupaciones. ¿Qué se traería esta vez?
Sarada lo deslizó por su fría cama sin preludios. En un instante, su confiada expresión se transformó en alerta; de sus labios, cada una de las blandas palabras se materializó, como si de esa forma pudiese adueñarse de ellas.
"Si es necesario, haré esto cada noche. No me rendiré. Haré que seas sincera contigo misma de una vez. Te conozco, Sarada. Sé que te gusta reír conmigo y que, de alguna forma, te alegra saber que tu admirador secreto está cada vez más cerca de quien verdaderamente eres.
Busca tu respuesta. Hoy a las diez en tu lugar de entrenamiento. Aférrate a ella, y enfréntame".
Automáticamente, los ojos de Sarada se dirigieron a su reloj de pared. Faltaban tan sólo quince minutos para las diez. Consciente de que no gozaba del lujo del tiempo para pensar fríamente su próxima decisión, su mente parecía emprender con urgencia. Con esas últimas palabras, de alguna forma su corazón se vio esclarecido.
Todo este tiempo, Sarada estuvo viendo al pergamino únicamente por su lado externo, analizando objetivamente dónde es que lo había visto. Absorta en la indiferencia de un ninja, ella olvidó dónde estaban las verdaderas pistas a seguir. ¿Quién era lo suficientemente cercano para decirle algo así? Ella no era de esa clase de chicas que dejaba descubrir a otros sus sentimientos.
Solamente una persona había logrado ver en su interior. Sarada observó a su enemigo de esta noche; las agujas marcaban que ya habían transcurrido casi dos minutos. Suspirando con todas sus fuerzas, ella arrugó el pergamino entre sus manos, y lo guardó en su bolsillo. «Supongo que sigo siendo igual de puntual que siempre», pensó.
Sarada deslizó sus largas piernas por la ventana y dio un salto perfecto. Si escuchaba los anómalos latidos de su corazón, ella se cuestionaría qué rayos estaba haciendo. Si prestaba la suficiente atención al flaquear de sus pies, al sofocado vértigo que sufría su campo visual, ella probablemente daría la media vuelta, y renunciaría. Si Sarada admitiera que se sentía particularmente feliz, estaría perdida por completo.
Corrió con todas sus fuerzas. Incluso si el frío viento chocaba con su rostro y secaba su garganta, si la voz le raspaba al punto de querer gritar. Incluso si su respiración se helaba y sus músculos le dolían. Ella jamás llegaba tarde, bajo ninguna circunstancia.
Congelada hasta sus nervios, Sarada se detuvo en aquél lugar.
Círculos como objetivos se marcaban en los árboles cercanos; en todos ellos, un kunai se clavaba disparmente. Aún si todos sus sentidos le fallaran, ella sabría claramente de quién se trataba esos disparos.
Sin embargo, algo nublaba sus pensamientos con fuerza.
¿Por qué el lugar estaba vacío si su reloj de bolsillo marcaba las diez en punto? Sabía que podría encontrarlo si activaba sus instintos más oscuros. Pero, ella quería ser simplemente Uchiha Sarada por hoy. «Él no tiene remedio. Como siempre, tendré que hacerlo yo», pensó con molestia. La azabache reposó sus manos en sus caderas antes de hablar en un tono forzadamente suave.
—Sé que estás ahí... Boruto.
Naturalmente, él mordió el anzuelo. Quizás ella también lo había hecho. Porque aunque sus pensamientos se habían dado el lujo de apuntar hacia él, jamás creyó que se confirmarían de una forma tan directa. Como si se hubiera negado creerlo, Sarada abrió sus negros ojos aún más, enfrentando su figura palpitando en la noche. Su pulso no tardó en acelerarse y sus músculos se sintieron miserablemente débiles. Uzumaki Boruto rascaba su nuca, quizás para paliar sus nervios, mientras se acercaba desde la copa de uno de los árboles cercanos.
—Parece que me has descubierto, 'ttebasa —sonrió— Sería más divertido si lograra sorprenderte alguna vez.
Sus palabras fueron tan sinceras que permanecieron en ella, endulzando cada célula de su cuerpo. Ciertamente estática, Sarada no pudo ni siquiera defenderse. En verdad había sido él. Su admirador secreto. El núcleo de sus dudas, la causa de la calidez que no dejaba de crecer en su pecho.
—Si tu objetivo era sorprenderme, lo has logrado —ella se esforzó para cruzar sus brazos y fingir serenidad, como si acaso su corazón no amenazara huir con cada latido.
El cuarto de luna sobre ellos bastaba para trazar suavemente sus cuerpos. Los azules ojos de Boruto la observaban titilantes, fundiéndose con la noche. Sus blandos rasgos se opacaban en la oscuridad, pero aun así, ella se avergonzaba por saber de memoria cada uno de sus pliegues.
Él se acercó unos pasos, resquebrajando esa invisible distancia que los unía. Sus manos reposaban quietas en su bolsillo, como si nada en este mundo pudiese derrumbarlo.
—Creí haberte aclarado que no era ese mi objetivo —su tono se volvió firme. Sarada recordó de inmediato lo que los pergaminos decían.
—Era más sencillo decirlo en mi cara, ¿no crees? Me has causado demasiados problemas.
Otra vez la Sarada recta. Otra vez el mismo sentimiento de culpabilidad, porque ella no podía evitarlo. Sin embargo, como restándole importancia a cada una de sus preocupaciones, Boruto endulzó el ambiente con su risa. Sarada subió su vista para presenciar la tensión de sus facciones, acompañando su típica carcajada.
—Tienes razón, 'ttebasa. Son cosas de niños, ¿verdad?
Sarada apretó sus puños. Eran exactamente las palabras que se dispararon de su propia boca como crueles cuchillas.
—Quizás sean cosas de niños tontos... —una leve molestia se asomó a sus mejillas— pero está bien si eres tú quien las hace.
Oyendo atentamente, Boruto se sentó bajo un árbol pacífico. Las oscuras hojas chocaban entre sí en un ruido sordo, sus dorados cabellos volaban y fluían en el aire. ¿Por qué él permanecía en silencio, sonriéndole tan despreocupadamente? Sarada se sentó a su lado dándole la espalda, quizás para no obligarse a enfrentarlo.
Boruto subió su vista hacia el cielo; las estrellas parecían caerse hacia abajo hoy. Él apoyó su espalda contra la de Sarada, sintiendo el leve arqueo de su columna con la suya. Sus vistas, perdidas en algún punto, parecían conectarse en algún infinito.
—Sarada, yo... —él murmuró, como si tuviese tanto que explicar
Ella subió su cabeza, chocando suavemente con la nuca de Boruto. Su corazón latía tanto que sentía que perdería la cordura en cualquier momento.
—No hace falta que lo digas. Creo que... gracias a los pergaminos, sé un poco cómo te sientes —él sonrió— ¿Sabes, Boruto? Cuando no me molestas, también pienso que no está tan mal estar contigo.
—Entonces, quédate conmigo por hoy, 'ttebasa.
Sarada asintió en un murmuro. Sus ojos se cerraron en algún instante, permitiéndole sentir en cada parte de ella los fugaces segundos de su cercanía.
—Por cierto, Boruto... No dominas nada bien el lanzamiento de kunais.
—¿Ah? ¿Sólo te burlarás de mí? —él se dio la vuelta para mirarla, ligeramente a la defensiva
Sarada rio suavemente, encandilándolo. Sobre la oscuridad de sus ojos, el cuarto de luna brillaba con vida. Su nívea piel, cada tensión de sus facciones al reír, sus largas pestañas negras. Boruto abrió sus ojos, como intentando grabar esa imagen por siempre en su memoria.
—En realidad, estaba por decirte que te ayudaré con eso. Pero, como siempre, te adelantas a los hechos —ella movió su mano en el aire, soberbiamente— Te atrasarás si no lo dominas, y no podrás protegerme cuando sea Hokage. ¿O sólo estabas alardeando?
El Uzumaki sintió una cálida emoción crecer con fuerza en su pecho.
—Es un hecho, 'ttebasa. Lo superaré —sonrió.
Él se volvió a dar la vuelta y sus espaldas chocaron otra vez. No supieron cuánto tiempo se mantuvieron de esa forma. Pero, desde esa noche, algo había cambiado.
