Perdón por tardar.

Nos acercamos al final, y estoy pensando en qué hacer con este fic.

SE ME ESTÁ SALIENDO DE CONTROL.


CAPÍTULO XXIV

伸ばしたこの手 絡ませて 激しく

Yuuri es, por primera vez en su vida, feliz.

En apenas un año se ha convertido en un artista renombrado.

(Aunque le ha costado un poco perdonar a su hermana por la vergonzosa campaña de promoción que ha ideado y que, de hecho, ha tenido éxito a sus espaldas).

«Era necesario, Yuuri; no abrías los ojos, no veías tu talento, no te veías como en realidad eres».

Yuuri no sabe si creerle aún, pero lo cierto es que, inevitablemente, su pecho se siente cálido y una sonrisa aflora en sus labios cuando alguien se acerca a comentarle sobre lo invaluable y precioso de sus ilustraciones.

Lo que más le gusta ilustrar son libros de ciencia para niños.

Que descubran lo bello del universo y se sientan fascinados con él.

Sí, Yuuri es feliz.

Ha aprendido a aceptar el recuerdo de la sonrisa y las lágrimas de Victor como una simple maravilla con la que se ha cruzado una vez en la vida: tal y como lo pensara una vez, como un cometa.

Brillante. Efímero.

Inolvidable.

Y aunque a veces el recuerdo duela, por lo general solo brinda calidez y abrigo a su pecho mientras su mano da vida a cada pequeño secreto del universo.


Es una tarde lluviosa cuando recibe un correo electrónico de una editorial llamada Children's dreams con sede en Estados Unidos.

«Queremos contratarlo como ilustrador de un libro infantil de astronomía», dice el sobrio mensaje que le envía la señorita Jones, una de las editoras. «Por política de la empresa, si acepta, deberá trasladarse a Nueva York para trabajar con nosotros durante dos meses. Por supuesto, el pasaje y la estadía correría por cuenta nuestra».

Yuuri no duda en aceptar: es una oportunidad única, y siempre ha querido conocer Nueva York.

Y allí tal vez podría ver a…

Pero no se permite pensar en eso.

No va a eso.

Esa debería ser ―«es, es, es», se dice Yuuri― una puerta cerrada.

Solo se le hace un poco difícil cuando la luz de las estrellas penetra tan claramente a través de su ventana.


Yuuri llega a Nueva York el mismo día de su reunión con el coordinador editorial.

La recepcionista es amable, y Yuuri acepta con gusto un café que le ayude ―aunque solo sea un poco― a lidiar con los efectos de su disritmia circadiana.

―Una reunión anterior a la suya se ha alargado un poco ―le comenta la recepcionista―. Por favor, disculpe la demora.

Yuuri ya está por responder con un «no hay problema» (ha cruzado el océano, después de todo) cuando el mundo se le viene abajo, todo con una humeante taza de café entre sus manos.

―Este tipo de cosas suelen ocurrirle al señor Nikiforov.

El nudo en la garganta no lo deja hablar. Es consciente del repiquetear de la porcelana de la taza temblando en sus manos, y de la mirada preocupada de la recepcionista.

―¿Se encuentra bien, señor Katsuki?

No le queda otra más que asentir.

No confía en sus palabras.


Cuando su turno al fin le llega ―una agonizante media hora después―, Yuuri avanza hasta la oficina donde lo espera Victor con una pesadez indisimulada.

¿Por qué me harías esto?

Miles de pensamientos pasan por su cabeza: ¿no habían quedado en algo? ¿En mantenerse lejos? ¿En apartarse? ¿En las obvias leyes de la física que no deberían atreverse a quebrar?

¿En lo estúpido que es soñar con que algo que jamás habría podido funcionar, de hecho, funcione?

Yuuri se prepara para abrir la boca y cuestionar, llorar, tal vez hasta gritar, apenas se abre la puerta…

Solo que la persona que la abre antes de que pueda siquiera golpearla no es Victor Nikiforov.

Si hubiera sido Victor Nikiforov, todo habría sido más fácil.


Pero no, no lo es. No es Victor. No puede serlo; llega temprano por muchos años. El cabello plateado y los ojos de aguamarina están ahí, sí, pero no es Victor. El hombre tiene, sin embargo, una sonrisa amigable, y las arrugas que se forman en su rostro le recuerdan, de cierta manera, a su padre.

Su padre y este hombre ―¿el señor Nikiforov?― deben tener cerca de la misma edad.

―Usted debe ser el señor Katsuki ―dice el señor Nikiforov y lo invita a pasar con un gesto―. Disculpe la demora, ya sabrá cómo pueden dilatarse este tipo de reuniones… Otros proyectos, licitaciones, cosas así…

Yuuri avanza como un autómata. No repara en el hecho de que no ha saludado a su nuevo jefe y se ha quedado a mirarlo como un idiota.

El hombre, aunque parece advertirlo, no se lo toma a mal.

―Tome asiento, por favor. Me imagino que está agotado, señor Katsu…

―Yuuri.

De alguna manera, no le cuadra que este hombre lo llame por su apellido. Es eso todo lo que puede pensar mientras se deja caer torpemente en su sofá (sospecha, después de todo, que no habría podido mantenerse en pie mucho más tiempo).

―Yuuri ―acepta el hombre, tomando asiento tras su escritorio sin nada fuera de lo común: una laptop, papeles, unas cuantas fotos (seguramente de su familia) giradas hacia él―. Entonces, tú puedes llamarme Andrei.

Andrei tiene todos los manierismos de Victor, y esto hiere casi físicamente a Yuuri.

―Pero vamos al quid de la cuestión, ¿te parece?

A Yuuri le da igual, a estas alturas. No puede dejar de mirar su rostro; no puede dejar de poner en duda su propia cordura.

―Sé que es algo raro ―el señor Nikiforov habla sin advertir su dilema interno― que te haya pedido que vengas hasta Nueva York. Es decir, considerando que pude haber contratado a algún ilustrador local.

Sí, ahora que lo menciona, es algo que ha llamado la atención de Yuuri. Intenta enfocarse en eso; de lo contrario, siente que podría enloquecer.

―Pero lo cierto es que no creo que haya nadie mejor capacitado para este trabajo; llevo un tiempo siguiendo tus trabajos, Yuuri, y creo que eres la persona que necesitam…

―No quiero el trabajo.

Yuuri es levemente consciente de la tensión en la atmósfera. El mismo señor Nikiforov luce anonadado. Yuuri lo entiende; ha cruzado un océano tras aceptar el trabajo solo para rechazarlo apenas su nuevo jefe empieza a hablar.

Y ni siquiera de lo importante.

Empero, Yuuri ya ha tomado una decisión igual ―o más― difícil que esta hace un año.

Y aquí está, poniéndose en pie ante el rostro boquiabierto de un hombre con el mismo apellido y con ―casi― las mismas expresiones que Victor.

―Lamento haberle hecho perder el tiempo ―Yuuri no lo tutea; no se atreve a hacerlo en esta situación―. Y le compensaré monetariamente los gastos que ha efectuado por mi causa.

»Pero no puedo hacer el trabajo que me pide.

Y avanza hasta la puerta.

Si trabajo contigo perderé la razón, piensa Yuuri, mas obviamente no lo dice. Debo salir de aquí antes de entender. Debo huir antes de que todo siga rompiéndose, antes de que este universo siga colapsando sobre sí mismo como está tan empeñado en…

Su mano ya está sobre el picaporte cuando Andrei masculla con la voz rota.

―¿No lo harías… por Victor?


Victor.

Aun ahora su nombre es más fuerte que un acoplamiento de marea. Los pies de Yuuri no responden; se quedan clavados en su lugar, como si su nombre fuera un comando mágico con el cual someterlo.

¿Es esto lo que sientes, Luna, cuando miras a la Tierra sin poder apartar el rostro?

Se voltea, y la escena lo golpea con fuerza.

Andrei Nikiforov se está cubriendo el rostro con las manos y, si Yuuri no se equivoca ―y no lo hace, porque debe ser el experto en esto―, los temblores de su cuerpo delatan que está llorando.

―¿Andrei…?

―Lo siento ―Yuuri distingue el esfuerzo de mantener un tono profesional en su voz mientras se aprieta el rostro con las manos―. No, tienes razón. Estás en tu derecho. Es algo pretencioso de mi parte mandar llamar a un artista hasta aquí, no dejarle escapatoria para obligarlo a…

―¿Quién es Victor?

Andrei se detiene. Yuuri mide el tiempo contando sus propias respiraciones.

Cuando vuelve a abrir la boca, Andrei clava sus ojos ―rojos, vidriosos, con el llanto contenido― en los de Yuuri y responde:

―Victor era ―«era», y ¿qué más cerca de una tragedia en tres letras?― mi hijo.


―Victor falleció en un accidente cuando era pequeño.

Las fotos son lo peor; Andrei le enseña los marcos de las fotos que le estaban vedados, la sonrisa de un niño de cinco años que es la misma que recuerda de hace un año atrás, si es eso posible.

―Lo peor es que debí haber sido yo.

Yuuri no sabe si realmente esto sea cierto, mas supone que tiene sentido: ¿quién sería el Victor para él, sino el Victor de este, su propio universo?

―Su madre conducía. Él quiso sentarse a su lado. Dios, ¿qué había de malo en negarle un deseo tan inocente…? Era apenas un niño, sí, pero solo sería una vez… Una sola vez…

Una sola vez es todo lo que se necesita.

Yuuri se imagina a Victor ignorando los mensajes del otro Yuuri, el Yuuri astrónomo al que no ha conocido. Yuuri se imagina a Andrei llorando sobre los cuerpos muertos de su familia.

Los pequeños milagros de cada día son como mariposas; la fragilidad de estos mismos milagros ―los cuerpos fríos y ensangrentados de todos los que amas sobre el asfalto transcurridos apenas dos segundos de un accidente― la prueba contundente de lo efímero.

―La cosa es que Victor siempre dijo que sería un artista ―Yuuri cierra los ojos y escucha la voz temblorosa de Andrei como en trance―. Dijo «papá, voy a pintar todas las estrellas». «Papá, luego me contratarás para que ilustre tus libros, ¿verdad?».

Yuuri no duda al hablar.

―Y por eso me contrataste a mí.

Andrei sí lo hace.

―No tengo una explicación racional ―murmura como avergonzado, su mirada clavada en el atardecer que se despide desde la ventana―. He visto ilustraciones de todo tipo, por mi profesión en sí. Pero cuando vi tus ilustraciones… Cuando vi lo que hacías… Pensé: «Es esto. Es esto lo que Victor quería».

»Mi único deseo ―confiesa Andrei Nikiforov, y su voz es la de un padre sin hijo, una persona más que se ha quedado sin Victor― era dedicarle un libro con los dibujos de estrellas que tanto amaba.

―Entonces, así se hará.

Andrei Nikiforov voltea a verlo como si hubiera enloquecido. Yuuri le ofrece su mejor sonrisa; la sonrisa que le ha dado a Victor Nikiforov ―el Victor Nikiforov de otro universo― tantas veces.

―Hagamos el mejor homenaje para Victor.

Andrei sonríe y asiente a la par que se las arregla para pronunciar un débil «gracias». Yuuri ve restos de lágrimas suavizando sus facciones, mas no dice nada.

Andrei le regala un último pedazo de información, y es algo que Yuuri ya sabe y, aun así, aguijonea su pecho con una sensación familiar.

―Él sería un poco mayor que tú ahora mismo. Veintiocho años en diciembre. Quizás es un poco ridículo dedicarle un libro infantil; si hay vida más allá de este plano, quizá se sentiría avergonzado, quizá me diría «papá, eres un ridículo».

Pero Yuuri niega con la cabeza y sabe que responde con la verdad, y nada más que la verdad, cuando replica:

―Nunca seremos lo suficientemente viejos para no amar las estrellas ―Y también―: Donde sea que esté, Victor continúa amándolas.


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-Pekea