Sarada secó una gota de sudor de su frente. El sol del mediodía golpeaba con fuerza en el verde pasto, sus cálidos rayos parecían querer abarcar todo el terreno. Bajo él, la temperatura aumentaba considerablemente y ni un rastro de brisa traía alivio a sus cuerpos cubiertos de sudor. Desde temprano en la mañana, la Uchiha había estado practicando lanzamiento de kunai con el tonto de Boruto. Movida por una voluntad insaciable, supo que cada uno de sus músculos le dolería como miles de agujas al enfriarse.
—En serio. No puedo creer que se te complique tanto si venimos haciéndolo desde la academia. Puedes hacer cosas más rebuscadas, pero algo tan simple no lo dominas —Sarada negó con su cabeza, lanzándose al seco pasto.
—¡No son tiros comunes, 'ttebasa! Además de que no puedes ver el objetivo, hay demasiadas direcciones en las que enfocarte al mismo tiempo. ¡Incluso el tío Sasuke ha tenido que practicarlo en su momento! —moviendo sus brazos eufóricamente, Boruto saltó en su defensa.
—Si, sí, como digas... —se burló. Sin embargo, sabía que él no estaba del todo equivocado. Las dianas que su padre le había preparado sobrepasaban la capacidad de lanzamiento de un genin común.
Pero por nada del mundo él quedaría como un chico débil frente a Sarada. Entonces, su pulgar derecho señaló el centro de su pecho y una brillante sonrisa asomó por su rostro.
—¡Te mostraré que lo he dominado! ¡Ya verás, 'ttebasa!
Sarada arqueó una ceja, escéptica. Incluso a una Uchiha como ella se le dificultaría acertar a tantos blancos, considerando su compleja posición. No es que creyera que Boruto no podía lograrlo; simplemente era realista. Su velocidad y dirección de lanzamiento eran ciertamente habilidosas, pero en este caso requería más que simple práctica. Sin embargo, como siempre, él no la escucharía.
Tercamente, el Uzumaki atrapó en total seis kunai entre sus dedos. Sus párpados se cerraban en su concentración, como si su mente pudiese imaginar la posición exacta de cada uno de sus objetivos. Un suave respiro llenó de aire sus pulmones cuando sus pies golpearon el suelo, elevándose en el aire. Ella observó sus dorados cabellos volar sobre su bandana y volverse más claros en el cálido sol. ¿Por qué él iba tan lejos para demostrarle su capacidad? Sarada jamás había dudado de eso.
Con su cuerpo bailando en el aire, Boruto disparó las armas. En una fracción de segundo, los negros ojos de Sarada se tiñeron de un sangriento carmesí para analizar el recorrido de los seis kunai.
Tres de ellos se clavaron en una perfecta línea recta a las doce, diez y dos en punto. Un cuarto kunai chocó oblicuamente con el quinto en un sordo ruido metálico, disparándose hacia arriba de un árbol. El número cinco golpeó a su vez con el sexto por la punta, dirigiéndose en línea recta hacia atrás de un tronco partido. Ella no pudo distinguir ese objetivo, ni si había acertado.
«Increíble...» La voz no salió de su garganta para materializar su asombro. Sarada desactivó su jutsu visual y obligó a sus piernas a correr hacia el último objetivo. Todos los demás habían dado en el centro y, sorprendida por eso, necesitaba verificar el blanco final. El más difícil de todos, detrás del tronco partido.
Boruto aterrizó perfectamente en sus dos pies y finalmente abrió sus ojos, observando la figura femenina que no se molestaba en ocultar su asombro. Ella no podía creer que él había acertado el último objetivo; y más aún, no podía perdonarse que había dudado de su capacidad desde un principio.
—¿Y bien, Sarada? —su tono era burlón— ¿Ya sabes de lo que soy capaz? ¿O debo demostrártelo otra vez?
La Uchiha ignoró por completo sus provocaciones. ¿En qué momento Boruto había mejorado tanto? ¡No podía quedarse atrás!
—¡Oye, Boruto! —lo señaló— ¡Si sabías hacerlo, no necesitabas pedirme ayuda!
Él soltó una cálida risa.
—Si no fingía, no hubieses accedido a estar conmigo —quizás por la molestia, Sarada se sonrojó— Además, los disparos que viste en un principio no eran mentira, 'ttebasa. He estado practicando hasta lograrlo —rascó su nariz.
—Vaya... Cuando te tomas algo en serio no hay quien te frene —sonrió.
—Todo es gracias al entrenamiento que me ha dado el tío Sasuke —fingió humildad— Apuesto que incluso mi puntería es mejor que la tuya ahora —Boruto acercó su rostro al de ella con una burlona expresión.
—¿Ah? ¡Sólo presumes! ¡Pero comparado conmigo, has tardado demasiado en lograrlo! —su ceño se hundió drásticamente. Había caído otra vez en los molestos juegos de Boruto.
—Entonces, demuéstrame lo que puedes hacer —sonrió.
El surco entre las cejas de Sarada se profundizó aún más y, aceptando firmemente su desafío, hurgó en sus bolsillos para buscar unos kunai. Su entrenamiento, a diferencia del de Boruto, era a diario. Ella no actuaba por meros caprichos.
—No me refería al lanzamiento, 'ttebasa —negó con su cabeza. La azabache lo observó confundida— Hablaba de esto.
Sarada no tuvo instante de respuesta. Boruto se acercaba a ella en largos pasos, como si una extraña energía lo hubiese impregnado de la suficiente valía. Una confiada sonrisa alzaba las comisuras de sus labios y sus manos, que se habían refugiado en sus bolsillos, ahora salieron de su escondite, extendiéndose cálidamente hacia ella.
—¿Q-Qué haces? —Sarada dio unos pasos hacia atrás por reflejo.
—Sa-ra-da —canturreó— Corre... o te atraparé.
Ella alzó sus cejas con sorpresa. Entre los dedos de Boruto, una asquerosa cigarra movía sus patas insaciablemente. Estática por unos instantes, el rubio estaba por alcanzarla cuando sus pies afortunadamente se movieron y retrocedieron a tiempo.
—¡Oye! ¡Deja estos juegos de niños, Boruto! —saltó para distanciarse de él
—Imposible, imposible, aquí está de nuevo la Sarada recta... —movió su mano despreocupadamente en el aire. Ella continuaba alejándose aún más— Me gustabas más antes, 'ttebasa.
Sarada se sonrojó hasta las orejas.
—¿No querrás que este horrible bicho camine por tu espalda, o sí? —su tono era irritablemente irónico
—¡Basta! —Sarada echó a correr.
Boruto comenzó a perseguirla por el bosque, su nombre sonando burlonamente en su voz. La azabache saltaba ágilmente entre las ramas de los árboles, alejándose con inusitada urgencia de su cercanía. Aunque los bichos le daban verdadero asco, realmente no era de lo único que escapaba. Si él se acercaba un centímetro más a su cuerpo, ella sentiría esa cálida y peligrosa sensación invadir cada una de sus células, otra vez. Sus piernas flaquearían, la voz le fallaría a la hora de hablar y su pulso amenazaría con detenerse por completo. Sarada no se arriesgaría a perder su autocontrol, a ser descubierta por esos críticos ojos azules en su estado más frágil.
—¡Sa-ra-da! —él canturreó. Su entrenada rapidez comenzaba a alcanzarla.
—¡Agh! —gruñó.
«Debo hacer algo para alejarlo por completo...» Su mente divagó hasta que una brillante idea cruzó por sus pensamientos en el momento preciso. Sarada frenó en seco y, concentrando el chakra de su vientre en su puño, derribó un gran árbol contra Boruto. Él lo esquivó fácilmente con un salto. Su distracción fue perfecta: cuando Boruto estuvo en el aire, ella lanzó diligentemente varios shuriken hacia su ropa, clavándolo por sus extremos en lo alto de un tronco. Había logrado inmovilizarlo.
Sin embargo, él desapareció en una nube.
—¿Kage Bunshin? —murmuró— ¿En qué momento...?
Con todos sus sentidos en alerta, Sarada observó críticamente cada punto de su alrededor. Si ella encendía su Sharingan otra vez, probablemente se quedaría sin chakra. Maldiciendo en su interior, giró su cuerpo hacia todas las direcciones.
No esperaba que él la atrapara desde arriba. Boruto exclamó con fuerza mientras se acercaba de un gran salto que volvía al cielo más y más grande a sus espaldas.
—¡Te atrapé, 'ttebasa!
Ella sabía que no tenía escapatoria posible desde ese ángulo, por lo que se limitó a cubrir su cabeza del posible insecto y cerrar sus ojos con fuerza. Un agudo chillido se escapó de sus labios, casi indefenso. Sin embargo, nada había ocurrido. Sarada abrió sus ojos cuando sintió unos brazos envolverla con cuidado.
—¿De verdad crees que te haría eso? —su risueño rostro descansó en su hombro— He tirado al insecto hace rato, pero no te has dado cuenta, 'ttebasa.
El horrible bicho era la última de sus preocupaciones ahora mismo. Boruto la estaba abrazando. Él estaba tan malditamente cerca que no creía ser capaz de soportarlo. ¿Qué podía hacer? Otra vez esa sensación, sofocando cada rincón de su mente. Embriagando por completo sus sentidos, absorbiendo cada respiración, cada pálpito, transportándola a un mundo que ni siquiera sabía que existía. ¿Por qué todo su alrededor cambiaba de color tan repentinamente? Sarada sabía que no era el Sharingan, ni tampoco un fallo de sus sentidos.
—¡O-Oye suéltame, baka-boruto! —fue lo único que logró decir
Sus finas manos se aferraban a la negra chaqueta de Boruto, quizás pidiéndole que se aleje, quizás asegurando de alguna forma su presencia allí. Los brazos del rubio la envolvían desde su cintura y se perdían en algún punto de sus caderas, desvaneciéndose hacia el suelo. Su rostro descansaba en su hombro, y ella parecía perder el equilibrio de su cuerpo cada vez, tan sólo sosteniéndose por su agarre.
—No lo haré, Sarada.
Su voz había sonado tan resuelta de sus labios, que Sarada se sintió paralizar. ¿De dónde provenía esa seguridad? ¿Y por qué le resultaba tan atractiva? Ella simplemente no podía pensar con claridad en ese momento. Sus párpados se hundieron, pero había más que simple oscuridad en su campo visual. Boruto la apretó entre sus brazos, incitándola a sentir su particular aroma. En algún punto de su cercanía, Sarada había aferrado sus manos en su chaqueta con fuerza. Ya no para pedirle que se aleje, sino para soportar de alguna forma su remolino de emociones. Esa sensación... su cuerpo tan cálido, el aroma al sedoso champú de sus cabellos, el ligero rastro de sudor mezclándose con la fragancia de su ropa limpia, o ese particular perfume que Boruto solía usar y quedaba tan malditamente bien en todo de él.
Oh, por Kami. Ella se desvanecería en cualquier instante. Cuando creyó que su corazón explotaría y la respiración abandonaría por completo su cuerpo, una burlona risa devolvió sus pies a la tierra.
—¡Lo sabía! Te gusta mi cercanía, 'ttebasa —Boruto rio.
Sarada sintió una gran piedra caer sobre su espalda. ¿Acaso era todo un estúpido plan de su parte? Aunque él había apretado cálidamente su cintura, la azabache se alejó contrarrestando su fuerza. ¿Cómo podía negar lo que había sentido? Ella ya no tenía posibilidad de recuperar su imagen.
—¿¡Q-Qué has dicho!? —alzó su voz
—He dicho que no te resistes ante mí —retrocediendo unos pasos por cautela, Boruto soltó la gota que rebalsó el vaso, quizás intencionalmente.
—¡Agh!
Sarada dio un grito de guerra, antes de ser ella quien lo persiga por el bosque esta vez.
(...)
Corrieron, saltaron y se buscaron incontables veces. La azabache no se rindió hasta que Boruto le pidió disculpas por lo que dijo, probablemente sin sentirlo realmente. Pero Sarada sabía que no estaba en posición de recriminarle nada, entonces lo dejó pasar.
Exhaustos, se lanzaron simultáneamente en el verde pasto, el sol irradiando en sus rostros y quemando bajo la tela de sus ropas.
Mientras recuperaban el aliento, una leve brisa sopló en alivio. Sarada inhaló profundo, sintiéndola.
Todo parecía perfecto, hasta que su estómago gruñó. Naturalmente, no habían probado bocado desde temprano en la mañana y su cuerpo comenzaba a rogarle por alimento. Boruto soltó una leve carcajada, avergonzándola.
—Será mejor que vayamos a comer algo, 'ttebasa. También muero de hambre.
—Bueno... tienes razón —murmuró.
Ella se puso en pie, evitando el contacto visual.
—Supongo que me iré por aquí. Adiós, baka-boruto —Sarada comenzó a caminar en dirección a su hogar.
—¡Oye! —la llamó— Ven conmigo, 'ttebasa.
Sarada se dio la media vuelta, una expresión curiosamente rígida surgiendo en su rostro.
—¿Me estás pidiendo una cita? —las mejillas de Boruto se colorearon
—¡No! Yo... bueno... —rascó su nuca.
La azabache endulzó una risa. ¿Ella también se veía así de nerviosa cuando se trataba de él?
—Solo porque muero de hambre, aceptaré esta vez —sonrió.
Boruto se enderezó e irguió firmemente su espalda, una chispa de convicción reluciendo en sus ojos. Sin apoyarse en palabras, ambos comenzaron a caminar como implícitamente de acuerdo.
—¿A dónde te gustaría ir? —el joven preguntó amablemente, como solía hacer. Ella dio una pensativa expresión que Boruto no se perdió observar.
—Donde sea menos a Kaminari.
Sus palabras tenían un doble sentido. No era el simple hecho de que comer hamburguesas era algo demasiado repetitivo para el equipo siete, sino porque probablemente algún genin los vería en el camino. Si bien era común que ambos estén juntos, Sarada no sintió que ser interrumpidos era lo más conveniente. Boruto no reprimió un puchero de decepción, pero una simple mirada de su acompañante bastó para entender sus intenciones.
El centro comercial de Konoha se vislumbraba a lo lejos. No tenían prisa hoy, ni necesidad de correr. Coordinadamente, sus pasos avanzaban con inusitada quietud, como si acaso buscasen alargar su compañía.
—Hey, Boruto... —Sarada rompió el silencio. Soltando un murmuro como respuesta, el rubio se volvió hacia ella— Yo... Respecto a lo de antes... —de reojo, observó el cambio de expresión en su amigo— ¿Sólo lo has hecho para molestarme?
Él abrió sus ojos con sorpresa. Sarada necesitaba saber si solo ella había sentido esas cálidas emociones comprimiendo su pecho; esa amarga y dulce necesidad del otro. Tras unos segundos, Boruto negó con su cabeza.
—No ha sido por eso. Si no me crees, puedo tomar tu mano y demostrártelo —sonrió.
—¿E-Eh? ¡No es necesario! —alzó su voz
Aunque ella se había negado, Boruto era lo suficientemente terco para tomarla de todas formas. En un amenazante movimiento, su palma envolvió la de Sarada, impregnándola de un extraño calor. ¿Por qué algo tan simple era capaz de erizar su piel de esa forma? No era la primera vez que el Uzumaki tomaba su mano, pero esta vez era diferente. No había enemigos cerca, no estaban en medio de una complicada misión, ni huían de algún peligro. Simplemente eran ellos dos, en la calma de un mediodía, dirigiéndose a compartir un almuerzo juntos.
Dentro de su corazón, aunque Sarada no quisiera admitirlo, había una profunda calma rodeándola. Tampoco él podía entenderlo, pero cada vez necesitaba más de ella. Como si fuese una dulce adicción...
