Perdón por la demora.
Ya sé qué quiero hacer con este fic del demoño.
Abrazos y disfruten.
CAPÍTULO XXV
そしてまた ふみだせるよ きっと
Andrei organiza el lanzamiento del libro: como la editorial apuesta en gran parte al trabajo de Yuuri como aliciente de ventas, no tienen mejor idea que organizar una exposición del arte presente en el libro.
Es así que Yuuri ve sus ilustraciones encuadradas y expuestas en la galería que conduce al salón del hotel donde será lanzado el libro.
Es, al fin, en toda regla, el artista que siempre ha soñado ser.
La presentación es un éxito.
Su corazón se regocija con lo bien que ha resultado todo y, a la par, siente algo similar a una presión no del todo desconocida al ver de manera tan patente todo lo que Victor ha influido en su arte.
De pronto, es demasiado.
El ver a Andrei ―el padre de un Victor que no conoce, pero que juraría conocer― presentando sus trabajos expuestos y el libro que ha ilustrado, el observar los propios cielos estrellados que él ha dibujado pensando en un ser de otro universo…
Yuuri siente un ataque de ansiedad que se aproxima, y se obliga a retirarse en busca de algo de aire fresco.
―¡Yuuri! ―exclama Andrei, y su voz solo le da ganas de llorar―. Hay alguien aquí que quiere conocert-
―Después, disculpe, me siento mal ―Yuuri pronuncia las palabras sin esperar siquiera a ver la reacción de Andrei.
Y atraviesa la puerta que da a la calle.
Victor sabe que no debería estar aquí. Es el lanzamiento del libro de Yuuri, y él le ha dejado en claro que no desea ningún tipo de contacto entre ambos.
Empero, esta desesperanzadora atracción es algo que supera a Victor, algo que no puede evitar: es un hecho, es algo que no puede ignorar, que no puede deshacer.
De alguna manera, ha caído en su órbita y no puede evitar gravitar hacia él.
Pero Victor es una buena persona, pese a todo: sabe que esto está mal. Sabe que al estar aquí no hará otra cosa que lastimar a Yuuri.
Sabe que, por su parte, el aferrarse a Yuuri (cualquiera de los dos) solo le traerá miseria.
Le duele separarse de él, le duele la culpa, le duelen las malas decisiones.
Y aun así (o tal vez por ello), ha venido a devolver la única cosa que los sigue atando.
Victor es tan solo un extraño con un cuadro bajo el brazo. Los guardias de seguridad lo interrogan, y Victor tan solo responde con la verdad:
―He venido a retornar un cuadro que el artista ha olvidado.
Es innegable, cuando se lo muestra a todos los que lo interrogan: es el trabajo de Yuuri, sus trazos, su firma.
Su corazón.
Así que lo dejan pasar.
Victor cuida que nadie le preste particular atención mientras cuelga el cuadro en un espacio libre.
(Parece planeado, y le gustaría creer, aunque fuera mentira, que Yuuri esperaba por él).
Y allí está, él, mirando a las estrellas, tal y como Yuuri lo vio esa noche, tal y como ambos Yuuri lo vieron antes de tenderle sus manos.
Antes de que Victor arruinara las vidas de ambos.
―¿Qué es lo que estás haciendo?
Victor se gira, decepcionado consigo mismo por haber sido descubierto.
Una decepción, de todas maneras, feble ante sus malas decisiones del pasado.
Afuera, un diluvio se cierne sobre la ciudad. Yuuri siente que las gotas de agua mojan su costoso traje, mas esto no le importa, no realmente.
Su único deseo es alejarse por un momento de todo esto, obtener un poco de tranquilidad, un poco de paz…
Al otro lado de la calle hay un parque. Es solo una calle: cruzarla le tomaría apenas unos segundos. Y, sí, terminaría de empaparse, pero ¿no es ya, acaso, irremediable su situación?
Yuuri avanza escudándose de la lluvia con un brazo.
Es un intento inútil, pero instintivo.
Un intento nacido de la necesidad humana de intentar protegerse.
Entonces cae en la cuenta de que sus gafas están empañadas, y las retira de su rostro maquinalmente con el fin de limpiarlas.
Es por ello que no ve el auto que se aproxima a toda velocidad.
Victor no puede dejar de mirar la cara del hombre que lo arrastra hasta la entrada del hotel.
―Quiero una explicación ―masculla, y Victor no tiene una explicación para esto, no una que pueda darle (no una que explique sus facciones espejadas en el rostro de este hombre que le dobla la edad) sin decir la verdad.
Y la verdad tiene sus consecuencias, como Victor ya ha aprendido.
―¿Y bien? ―le cuestiona el hombre, ahora mirándolo de frente, y Victor es plenamente consciente de que su mano sigue encastrada en su brazo.
Como si temiera que Victor se desvaneciese.
―No tengo nada que decir ―dice, y es la mentira más grande que ha dicho jamás.
Desearía decirle, después de todo, tantas cosas.
―Tienes mi cara ―lo acusa el hombre, como si fuera necesario, como si no estuviera a la vista―. Tienes mi cara, y tienes mi cabello, y mis ojos, y es como si fueras un espejo o… o…
―… ¿o tu hijo?
La expresión del hombre se contorsiona en algo que le hace pensar a Victor que una bofetada le habría dolido menos. Así que solo sonríe con tristeza, pues ya ha metido la pata, como siempre hace.
―Tal vez lo sea. Pero no aquí.
El hombre frunce el ceño.
―¿Qué es lo que estás dicien…?
Pero Victor no termina de oírlo: el ruido de la bocina de un automóvil que se acerca a gran velocidad captura su atención.
El astrofísico voltea de golpe, y sus ojos se abren al ver el auto que avanza a toda velocidad sin poder aminorar la marcha debido al suelo mojado.
Y enfrente, con su traje empapado por la lluvia, su cabello negro y sus lentes empañados en sus manos, está Yuuri.
En un instante infinitesimal, Victor piensa en muchas cosas a la vez.
Piensa en sus padres, muertos hace tanto tiempo atrás que ya no los recuerda.
En su padre, quien debe tener la mirada de este hombre, sus facciones, sus manierismos, su voz afable y sus manos fuertes.
En su padre, sí, que debió haber sido como este hombre cuya mano reposa en su brazo, cuya mano ha sacudido de sí en un fragmento de este instante eterno.
En su madre, quien está muerta, quien murió intentando salvar a su hijo pequeño del mundo y sus crueldades.
En los niños del orfanato y sus infantiles maldades.
En Cristophe, en su cuerpo sincero y afable, como un segundo hogar, cuando ya no recuerda el primero.
En sus compañeros del IMEA y su incomprensión por nada que no fuera el cielo y sus cartas astronómicas.
En todos los astrónomos de este universo que lo han acogido, que lo han ayudado.
En Yuuri, el astrónomo, su mentor, la persona que lo salvó, la persona que le devolvió su vida.
En Yuuri, el artista, en el corto momento en que sus líneas temporales se cruzaron, en sus sueños por delante, en sus sonrisas y sus suspiros.
Victor piensa, pues, en el Yuuri que amó, y en su pérdida, en su lugar bajo la tierra, en su cajón.
Por eso estoy aquí, piensa Victor a la par que recorre en tres zancadas el espacio entre el Yuuri de este universo y él, sus brazos alcanzándolo en lo que parece una fracción de segundo.
Victor piensa en Yuuri, el artista, el Yuuri protegido por sus brazos.
El Yuuri que cuyo rostro ve difuminado ―y cada vez más cerca, cada vez más claro― desde su posición tendida en el suelo, las gotas que Victor no distingue si vienen del cielo, si caen del cabello de Yuuri, o si son sus lágrimas.
―Es por esto que estoy aquí ―repite en voz alta, aunque esta se quiebre, aunque su sonrisa sea trémula y torpe y sus ojos le pesen horrores, porque no hay manera de que Yuuri, con su expresión atónita y sus manos temblorosas que ahora palpan sus mejillas, pueda leer su mente―. Porque un universo sin Yuuri no tiene sentido.
El Yuuri que sonríe y coloca su mano contra su mejilla, aunque no lo merezca.
El Yuuri que ama.
Victor tiene recuerdos de esto ―borrosos, cortados, con extensas lagunas en el medio, pero recuerdos al fin―.
Lo que recuerda: las manos amables contra su rostro, contra su frente, en su cabello.
El sonido demasiado distante de la sirena de la ambulancia, una inminente sensación de urgencia en el ambiente (uno que no lo invade, no ahora).
Las palabras con la voz más dulce del mundo en sus últimos momentos de conciencia, sus ojos clavados en dos agujeros negros que lo absorben:
―Yo, también, entendí lo que el Yuuri del otro universo estaba pensando, Victor.
Yuuri. Esa palabra lo calma. Esa sucesión de fonemas es más que sonidos al aire: son un mensaje que trasciende lo denotativo.
Tienen un significado, uno que lo reconforta, uno que su mente se niega a olvidar y que…
Hogar.
… Y que, sin embargo, olvida.
¿Reviews? ¿Amor?
¿Estrellas?
-Pekea
