Frente a aquel lugar, él dio un gran respiro por su nariz y lentamente llenó de aire sus pulmones. Tras unos segundos sosteniéndolo, lo vació de sus conductos con pesadez. Su garganta estaba más que lista para aflorar un poderoso rugido, capaz de estremecer cada raíz de los árboles cercanos.
—¡Konohamaru nii-chan! —gritó
En la casa del joven Sarutobi, todo parecía ser aburrido y particularmente silencioso. Rodeada por un espacioso ambiente natural, construida en vibras orientales y lo suficientemente alejada del centro comercial y su característico bullicio, no había más que quietud la mayoría de las veces. Tan sólo una persona era capaz de interrumpir esa calma divina cada vez que se encontraba en algún problema; y, considerando la personalidad del joven Uzumaki, eso sucedía más seguido de lo que quisiera.
—¡Ko-no-ha-ma-ru nii-chan! —silabeó. Su tono quizás un poco más agudo.
Unos ruidos se escucharon desde el interior del hogar, indicando que alguien se acercaba atropelladamente. Las puertas corredizas de papel y bambú que dividían la arquitectura del exterior eran lo suficientemente acústicas para oírlo. En un frenético desliz, la silueta de un somnoliento Sarutobi se volvió a la sombra de la noche.
—¿Qué hay ahora, kore'? —preguntó ahogando un bostezo. Sus ojos se entrecerraban bajo sus hundidas cejas.
Al verlo, Boruto animó su sonrisa. De repente, bajo la natural luz de los tibios faroles que alumbraban la entrada del hogar, sus manos comenzaron a moverse en un sinsentido, enfatizando sus palabras.
—¡Verás, necesito uno de esos pergaminos 'ttebasa! —exclamó, su voz ahora en un volumen aceptable comparado al anterior.
Konohamaru encogió su expresión. ¿Es que su alumno no sabía cuándo rendirse?
—¿Otro más? ¿Realmente te está funcionando, kore'? —llevó sus manos a sus caderas, pensando que quizás ya era hora de intervenir en la libertad de su alumno.
El Uzumaki pareció volar hacia un recuerdo, pues su cuerpo se tensó a la vez que sus mejillas adquirían un visible tono carmesí.
—¡Claro que sí funciona, 'ttebasa!
—¿No crees que deberías cuestionarte por qué vas tan lejos por ella? Tal vez me malinterpretaste. No era a lo que me refería con acercarse, kore'. Lo ideal es aprender a manejarse en equipo sin problemas. Pero, tú...
—¡Ya lo sé, nii-chan! —su interlocutor arqueó sus cejas, descreído— Además, no es lo que piensas 'ttebasa. ¿No me decías que me esfuerce por llevarme bien con ella? —Boruto arrugó su nariz con disconformidad.
Su sensei sabía que él atacaría por ese lado e intentaría manipular sus pensamientos. Su mente creería entonces que él era el equivocado en el asunto y que debía ayudar a ese pobre joven a conquistar a su primer amor. ¿No era así la verdadera historia, por más negativas que Boruto le diera? Konohamaru soltó un cansino suspiro. Quizás estaba exagerando, después de todo.
—Será la última vez, ¿lo entiendes? —advirtió con voz suave. El papel de sensei estricto no le quedaba ciertamente bien. Tendía a mimar en exceso a Boruto, como si fuese un pequeño hermano menor. Y aunque era consciente de que eso le generaría esta clase de problemas, Konohamaru no podía evitarlo.
Su alumno alegró su sonrisa y extendió su puño en señal de acuerdo.
La figura del hombre desapareció fugazmente, para volver tras unos segundos con un objeto entre sus manos. Rápidamente, Boruto atrapó al rojo pergamino en un lanzamiento por el aire.
—Úsalo bien, Boruto.
—¡Lo sé! Gracias, nii-chan. Te debo una, 'ttebasa.
El Uzumaki se acercó para golpear con su puño cerrado el pecho del hombre, y finalmente alejarse en pasos apresurados. Konohamaru sonrió, su pecho sintiendo esa calidez que provocaba Boruto a dondequiera que vaya. Se había olvidado por completo de su escandalosa forma de interrumpir su sueño, de involucrarlo en sus problemas o preocuparlo irracionalmente. Después de todo, él era su alumno.
—Esfuérzate, Boruto —pensó con orgullo.
(...)
El reloj marcaba casi las diez. Bajo la radiante luna creciente, una rubia silueta danzaba en su realce con sigilo. Sus pies, más ligeros de lo habitual, se movían con una rapidez involuntaria por las gruesas ramas y su cuerpo parecía obedecer a una fuerza mayor. Los ojos de Boruto comenzaban a secarse por la fría brisa pero, como siempre, él no sabía rendirse. Su corazón, entorpecidamente acelerado, parecía bombear emoción por cada una de sus venas; quizás no tanto por la velocidad en la que él iba, como por los pensamientos que cruzaban por su mente.
Su velocidad disminuyó drásticamente y dio un perfecto aterrizaje en una rama casi ennegrecida por la ilusión de la oscuridad. Una helada ventisca limpió el aire, erizando su columna vertebral. Sobre su cabeza, las hojas golpeaban ruidosamente. Su nariz comenzaba a enrojecerse por el frío y maldecía por tener ese aspecto justo esta noche.
Aunque sus manos temblaban levemente, Boruto deslizó el pergamino en la superficie del árbol. Una pluma con tinta negra se apretaba lo suficiente entre sus dedos cuando, sin mayor rodeo, danzó tan suave y prolija por la blancura del papel. Si de algo estaba seguro, era de que cada palabra que se arrastraba y fluía de su cuerpo era plenamente sincera. En realidad, Boruto jamás se había detenido a pensar qué decirle. Sus pensamientos simplemente se libraban de él, se entregaban desinteresadamente a la curvatura natural de la pluma al escribir. Como si acaso cada palabra le hubiese pertenecido desde siempre.
Él era consciente de que esta sería la última vez. Por esa razón, quizás debería haber pensado un poco más en qué decir. Desde un inicio, su objetivo había sido acercarse a la verdadera Sarada. No sólo para trabajar cómodamente con el equipo siete, sino también para satisfacer su deseo egoísta de observar sus sentimientos. Recta, indiferente y aburrida. Sarada no era eso para él. Y si ella pudiese entenderlo, Boruto sería feliz.
Tras enrollar el pergamino, lo guardó en su bolsillo. Frente a él, la vivienda Uchiha ocupaba gran parte de su campo visual. Su corazón apretaba en cada bombeo; hoy sabría finalmente si sus esfuerzos habían dado sus frutos, o si acaso todo quedaría estancado en el olvido. Su rubia silueta bajó de la rama y se escabulló en la helada noche.
Boruto no quería dudar de sí mismo; impulsando sus pies por el suelo, aterrizó frente a aquella ventana que su mente sabía de memoria. El Uzumaki calculaba rápidamente el tiempo para infiltrarse en su hogar sin ser descubierto. Sabía que Sarada salía de bañarse luego de cenar y se iba a dormir después de cansar sus ojos leyendo. Por lo tanto, su intervalo más seguro era mientras ella se bañaba.
Sin embargo, su análisis no tomó en cuenta el valioso tiempo que había perdido lavando los platos sucios en su casa, obligado por su madre con la excusa de que estas últimas noches no estuvo ayudando en el hogar. Tampoco esa interrupción de Himawari antes de salir, preguntando por qué las dejaba solas tantas noches seguidas, o los minutos que tardó en convencer a Konohamaru nii-chan para obtener el pergamino. Detalles tan simples podían sumarse y desembocar en algo significativo.
Boruto se asomó por la ventana para confirmar su peor sospecha; él había calculado mal su tiempo hoy. Sarada estaba ahí, en medio de su habitación. Y eso no era todo. «Ella... ¡se está vistiendo, 'ttebasa!» Boruto tapó su boca para evitar todo posible sonido y su cuerpo se deslizó bajo la ventana con manifiesta inquietud. Sus ojos abiertos de la sorpresa habían visto más de lo que debería, pero su mente no podía evitar el impulso de espiarla. Él no era un pervertido, ¿verdad?
La nívea piel de Sarada brillaba sobre el pijama que se deslizaba por su torso, casi incitándolo a admirarla una vez más. Si tan sólo se asomaba un poco, Boruto creía que ella no sería capaz de descubrirlo. Con su corazón hormigueando de los nervios, el Uzumaki tragó saliva antes de subir su cabeza lo mínimo y suficiente para observarla. De inmediato, sus mejillas se acaloraron pese al frío. Su cuerpo entero tembló y él pensó que se caería de su agarre en cualquier momento.
Sarada tenía un pequeño short de conejitos que combinaba con su blusa rosada. Peinaba sus cabellos azabaches de espaldas a la ventana, brindándole una perfecta vista de su delgado cuerpo. Él jamás había visto tanta piel de ella. Diablos. ¿En qué estaba pensando? ¡Sarada lo matará si lo veía!
Y como si sus pensamientos se hubiesen hecho realidad mágicamente, un kunai fue lanzado hacia su dirección. Boruto logró esquivarlo de milagro. «¡Maldición, me ha descubierto! ¡Me matará 'ttebasa!»
—Sal de ahí, pervertido baka-boruto —sonó la recta voz de Sarada
¿Por qué ella daba tanto miedo incluso usando un pijama de conejitos blancos y rosas? Boruto evitó hacer público sus pensamientos; quería seguir vivo por ahora. Su cuerpo se ocultaba agitadamente bajo la ventana, necesitaba pensar rápidamente en una excusa. Los pasos de la Uchiha resonaban por el suelo, cada vez más cerca de su escondite.
«¡Será peor si dejo que ella se acerque 'ttebasa!», pensó. De esa forma, halló el valor suficiente para saltar hacia el interior de su habitación. De inmediato, el aroma a jabón invadió cada fragmento de sus fosas nasales.
—Sarada. Casi me matas —sonriendo, rascó su nuca.
—¿Crees que soy lo suficientemente tonta para no notar tu presencia? ¿Qué rayos hacías espiándome, Boruto? —su fruncido ceño buscaba intimidarlo
Boruto bajó la vista hacia su pijama de conejitos. Parecía ser suave, a diferencia de su tono de voz. No pudo reprimir un burlón chillido de su garganta que hizo a Sarada sonrojarse al instante.
—¡O-Oye! —murmuró— ¡Respóndeme!
—Yo... No era mi intención.
—Como sea, no lo vuelvas a hacer —puso sus manos en su cintura. Él asintió— ¿A qué venías, Boruto?
Silencio.
—¿No venías a traer otro pergamino, o sí? —ella arqueó una ceja. Una sonrisa burlona decorando su frío rostro.
El Uzumaki sonrió ampliamente a modo de respuesta. Quizás para disimular su nerviosismo, o ese aroma a limpio que provenía de Sarada, esa forma en que sus mojados cabellos goteaban intermitentes sobre sus clavículas. ¿Qué le había hecho que no podía dejar de mirarla?
—En serio, ¿cuándo aprenderás a ser directo conmigo? Luego te quejas de mí, pero eres igual, ¿sabes? —ella se acercó unos pasos a él. Su rostro lo enfrentaba con cierta suavidad.
Él la sintió tan cerca que sus ojos negros comenzaron a absorberlo, otra vez. ¿Por qué su oscuridad lo envolvía siempre de esa forma desmedida? Un leve rubor asaltó en sus mejillas y, aunque quiso retroceder, su cuerpo no respondió a sus mandatos. Sarada rio, quizás burlándose de su vulnerable expresión.
—Madura, Boruto. Eres un hombre, ¿verdad? Haz lo que quieras de una vez.
De repente, el peso de esas palabras encendió sus ojos. Cierta emoción presionaba en su pecho hasta dolerle. Como si no le perteneciera, se sentía ajena a su cuerpo, nublaba su mente. ¿Cómo podía eliminar esa tensión que adormecía cada uno de sus músculos?
—¿Puedo hacer lo que quiera? —preguntó. En su voz, podía percibirse más vacilación de la que pretendía mostrar.
—S-Supongo...
Por alguna razón, las palabras de Boruto la habían inquietado. Aunque Sarada no lo demostrase, su sangre ardía insoportable en su cuerpo y quemaba cada una de sus venas. Ella probablemente podía fingirlo por su inquebrantable voluntad a la hora de mantener su compostura. Pero incluso Sarada podía dudar a veces. Incluso sus tules podían derribarse con la acción correcta.
Boruto se acercaba a ella con una lentitud difícil de aguantar. Sobre su espalda, las cortinas danzaban una y otra vez. El aire era frío, lo suficiente para erizar su piel descubierta.
—Entonces, no escaparás si hago lo que quiero 'ttebasa —una sonrisa ladina amagó surgir en sus labios.
Ella debía actuar rápido. Los ninja saben analizar fríamente una situación de emergencia y hallar la mejor salida posible, minimizando los daños. Un ninja es aquél que resiste incluso en las más irrazonables circunstancias. ¿Por qué ella había olvidado todo eso al mirarlo a los ojos?
—¿Q-Qué quieres? No puedes perseguirme aquí... —su voz salió trémula de su garganta, como si hubiese estado atrapada allí por un tiempo.
—¿Cuándo dije que quería perseguirte?
Boruto hablaba con una persuasión casi desconocida. Sus ojos brillaban y parecían más azules que nunca. ¿De dónde venía esa seguridad, cuando Sarada ni siquiera tenía la fuerza para retroceder? Quizás porque su corazón realmente no quería eso...
—Boruto... —susurró
Él se acercó hasta que sus cuerpos se enfrentaron, y la tensión en su pecho pareció comprimirse con fuerza. El rostro de la Uchiha parecía ser tan suave de cerca que cayó hipnotizado con su brillo. ¿Qué le decían sus ojos? En una centena de segundo, Boruto intentó averiguarlo. En su mirada hallaría la respuesta. ¿Ella lo quería de la misma forma que él?
Desde hace un tiempo, Boruto no podía dejar de pensarla. La veía en todos lados y su inquieto corazón quería estar con ella. Protegerla a dondequiera que vaya. Era diferente a lo que sentía por Mitsuki, por Konohamaru nii-chan, o cualquiera de sus amigos en la aldea. Pero era lo suficientemente inmaduro para verlo. Por su estúpido orgullo, él jamás lo admitiría. Al igual que le sucedió con papá y el ataque de Momoshiki, ¿tenía que perder a Sarada para aceptarlo? Boruto no quería llegar a eso. Él se prometió no cometer el mismo error otra vez.
Quería conocerla. Y esta noche, en su última oportunidad, debía hacérselo saber de alguna forma.
Él llevó una mano a su mejilla. El contacto con su nívea piel llevó una descarga eléctrica por cada uno de sus músculos y no pudo evitar sonreír levemente. La tensión en su pecho estrujó hasta dolerle. Los labios de Sarada temblaron levemente, pero su mirada se había suavizado.
—Sarada...
Ella lo sintió. En su nombre volando dulcemente de su garganta, en el natural movimiento de sus labios al darle color a su voz. Sarada pudo sentir en él cada uno de sus pensamientos. Esa particular forma de mirarlo, de admirar su genio, ese dolor en su pecho cada vez que él sufría frente a sus ojos. Sarada lo quería hace tanto tiempo.
De repente, él deslizó su mano suavemente hasta abandonar su mejilla. Ella pudo sentir la frialdad en su piel al separarse de su tacto. Los dedos de Boruto hurgaron dentro de su bolsillo hasta descubrir el verdadero motivo que lo impulsó a venir.
—Léelo, 'ttebasa —él tomó su fina mano y le dio el pergamino.
Sarada no esbozó una respuesta. Sus ojos bajaron hacia el pequeño objeto y, casi automáticamente, su cuerpo pareció actuar por sí solo cuando deslizó el rojo pergamino entre sus manos.
Sobre el blanco papel, dulces palabras se trazaban en la misma caligrafía capaz de arrancar su corazón. La Uchiha sintió el impacto de cada letra como si fuesen delicadas espinas.
"Sé sincera conmigo, otra vez. Mañana y quizás siempre"
—Boruto...
Sin quererlo, allí estaba ella sonriéndole como si fuese la última vez. En su sonrisa, cada una de sus emociones afloraba. Sin saber cómo reaccionar, él se limitó a devolver la sonrisa como típicamente hacía.
Y entonces, en un imprevisto, sus pasos volvieron a acercarse.
—Me gustaría que seas sincera con una cosa, 'ttebasa.
Los ojos de Sarada brillaron otra vez.
—¿Con una cosa...? —murmuró
Él asintió. Su palma volvió a su mejilla, regresándole aquella calidez que le había robado. Sarada puso su mano sobre la suya, quizás para asegurar su estancia allí. Casi en un acuerdo, sus rostros se acercaron con una lentitud infernal.
Pese a la baja temperatura, las mejillas de Sarada enrojecieron hasta abrasar todo su cuerpo. Su sangre ardía de pies a cabeza. «Él está... tan cerca», su mente le susurró. Los azules ojos de Boruto la trasportaron a una realidad tan diferente que incluso podía sentir sus pies volar en el cielo.
Sus labios estaban tan cerca que Sarada podía inhalar el cálido aliento a menta chocando a centímetros su boca. Ella los entreabrió casi instintivamente. En algún fugaz instante, el brazo libre de Boruto se había enredado en su cintura, atrayéndola aún más a su cuerpo.
Ambos eran tan inexpertos. Impregnados en infinitas sensaciones, se sorprendieron cerrando sus ojos con urgencia. Como si la magia rodease sus cuerpos y asegurase la estabilidad de sus pies, su alrededor se sentía curiosamente liviano.
Sarada deslizó con suavidad su mano libre en su nuca. Perdiéndose en el tacto de sus sedosos cabellos, ella fue quien dio el último paso. Enredada en el elixir del amor, Sarada atrapó sus labios en un beso.
Al principio ingenuamente, Boruto movió sus labios con dulzura. Su mano aún en su mejilla, su brazo perdiéndose en algún punto de su cintura. Su mente nublada de la forma más hermosa y su corazón desgarrándose en sus sentimientos.
La unión de su beso era tan cálida que no podrían explicarlo. Con sus labios atrapándose, ella retrocedió unos pasos hasta chocar con la dura pared. Separándose por la falta de aire, sus respiraciones se entremezclaron con un fino hilo de sus salivas.
—...Dijiste que podía hacer lo que quería... 'ttebasa —él susurró con un aliento de voz, casi en una broma.
Ella rio sobre sus labios, y eso fue lo más hermoso que oyó en su vida.
—Entonces, no me quedaré atrás, baka-boruto.
Sarada lo tomó de su chaqueta antes de empujarlo contra su boca otra vez.
Mañana, y siempre... No sonaba tan mal, después de todo.
--
¡Shannaro! ¿¡Soy la única que no puede soportar la emoción!? ¡Son tan hermosos!
Perdón, es que me pueden.
Este es el final de esta mini novela. Estaré subiendo otras BoruSara prontamente.
Muchas gracias a quienes me han leído. Lo aprecio. En cada palabra, también están ustedes y aquellos que se sienten igual que yo. Porque el amor siempre nos conecta.
Que sigan bien
Cariños.
