Epílogo: El astrónomo y su noche estrellada
He amado a las estrellas con tal profundidad
que me es imposible temer a la noche.
Sarah Williams
Victor abre los ojos y todo es blanco. La decisión le causa una especie de déjà vu que no distingue con precisión.
Frente a él, un hombre duerme en uno de los sofás de la habitación del hospital donde se encuentra. Victor intenta hablar, pero las palabras no acuden a su garganta reseca.
No le queda más que esperar a que el hombre se despierte.
Victor no comprende lo que sucede: solo quería ayuda, quería explicaciones.
No al hombre que llora y lo abraza como si fuera un objeto frágil.
―Victor… Oh, Victor… ¡Despertaste…!
El hombre solloza sin poder evitarlo. Victor siente una espina en el pecho que no puede explicar.
Y es por eso que decide que no puede retrasar esto cuando manda la cabeza hacia atrás para ver el rostro del extraño.
―¿Quién eres? ―pregunta, y los ojos negros como la inmensidad de la noche lo observan incrédulos―. Lo siento, yo no… Yo no…
Yo no te recuerdo.
Yuuri piensa en las palabras que Victor no fue capaz de decirle. Siente, de cierta manera, una empatía extrema: la empatía de Victor, aun en su confusión, al saber que ha olvidado algo importante.
Al saber que lo ha olvidado a él.
―Esto es una locura ―masculla Andrei Nikiforov, quien está sentado a su lado en la sala de espera mientras chequean los signos vitales del hombre que es y no es su hijo―. ¿Qué estoy haciendo aquí…? Ese hombre… Ese hombre que tiene tanto de mi hijo y… y que hasta se llama igual… Su nombre, nuestro apellido, sus ojos… ¿Qué se supone que…? ¿Me estoy volviendo loco…?
Yuuri respira hondamente.
Es posible que Victor nunca vuelva a ser el mismo, que el Victor que conoce esté, de cierta manera, muerto.
Así que no está aquí para advertirle, para detenerlo, para señalarle las posibles ramificaciones que tiene aliviar con la verdad las dudas de este padre sin hijo.
Y es por eso que Yuuri empieza a hablar:
―La primera vez que vi a Victor, tenía diecisiete años, y más bloqueos que sueños…
―Quiero estar a tu lado.
Si puede afirmar algo así de ingenuo, Victor piensa que debió haber sido, hasta este punto, una buena persona.
Solo eso explica al hombre que lo mira con cariño a la par que toma sus manos entre las suyas. Sus manos no despiertan ninguna familiaridad en él, no, pero, aun así…
―Quiero ayudarte a estar bien, Victor.
Él solo puede asentir y observa en sus ojos su reflejo, la única certeza aparte de su nombre en este mundo.
―¿Eres… mi padre? ―conjetura, y el hombre le ofrece una sonrisa que parece cargar con todo el peso del mundo.
―Tal vez lo sea ―contesta, y Victor ve la sonrisa de quien cuenta un chiste interno―. Pero no aquí.
Yuuri ―que así se llama el hombre japonés que permanece incontables días a su lado― lo ayuda en cada paso del proceso de recuperación.
―Aparentemente lo más grave de todo es la amnesia ―le comenta mientras lo pasea en su silla de ruedas por el patio del hospital―. El resto es reparable: pronto estarás como nuevo.
El hombre desborda optimismo y, empero, Victor distingue que hay un resto de tristeza en su felicidad.
La felicidad de que esté vivo.
La tristeza de que la persona que conoce se haya marchado, de todas formas.
Victor no desea que Yuuri esté triste, e intenta coser con palabras las heridas que sus recuerdos perdidos han abierto.
―Nada es definitivo ―Busca su rostro para dedicarle una sonrisa, y Yuuri, al advertirlo, se coloca a su lado, en donde su campo de visión puede distinguirlo―. Tal vez es temporal. Tal vez un día despierte y…
Te recuerde.
Yuuri sonríe, y la tristeza sigue ahí.
―Es posible. Pero, Victor…
Yuuri evita mirarlo; Victor no pasa por alto este hecho. Yuuri mira el atardecer, los edificios, las aves, mientras habla:
―¿Has considerado que tal vez es mejor que olvides ciertas cosas?
Victor sabe a qué se refiere: solo recuerda lo bueno. Recuerda que es un astrofísico de renombre, recuerda su amor por las estrellas.
No recuerda las otras veces en que ha hecho llorar a Yuuri.
No recuerda, tampoco, por qué es tan importante.
―No te recuerdo ―Es todo lo que Victor necesita decir. Eso, y―: Eso no puede ser bueno.
Después de eso, Yuuri no vuelve a hablar al respecto.
Los meses pasan y Victor se recupera con la ayuda de Yuuri y Andrei. Vive en su propio departamento más el elemento nuevo de una cama en la habitación de huéspedes para Yuuri. De sus cuentas se ocupa Andrei, y no acepta que Victor siquiera intente sacar el tema de retribuirle.
Buenas personas por todas partes, piensa Victor. ¿Cuándo dejaré de ser una carga?
Pero Yuuri no actúa como si fuese una carga: cocina para él, lo acompaña a sus controles médicos, está siempre pendiente de él.
Y todo lo hace con una sonrisa en el rostro.
Es en una de esas tardes, mientras Yuuri cocina la cena ―«un plato japonés que te encantará, Victor, confía en mí»―, que Victor pregunta:
―Yuuri, ¿qué fue lo que me pasó?
Es una de las tantas respuestas que no le han dado.
¿Qué es lo que hice para terminar así?
Los hombros de Yuuri se tensan, Victor lo ve. Pero sabe que necesita esta respuesta y, por lo tanto, no dice nada que pueda ser un indicador de que desea pasar esto por alto.
Necesita saber.
―Un automóvil impactó contra ti ―No se gira mientras habla―. Frenó al instante, pero tu cuerpo siguió… unos metros más. Te lastimaste la cabeza y varias otras zonas del cuerpo, como las costillas.
―Debí haber sido un descuidado ―menciona Victor―. Disculpa. Y ahora tienes que cuidar de m…
―No fue así ―La voz de Yuuri es un susurro, y Victor no está seguro de haberlo escuchado bien hasta que lo repite en voz alta―: No fue así. Estabas…
Victor se levanta, entonces, y se acerca a Yuuri, quien tiembla descontroladamente.
―Lo siento ―murmura Victor a la par que coloca una mano sobre su hombro―. No tienes que decir nada más. Entiendo que esto es difícil para ti.
Pero Yuuri no parece oírlo, y no deja de darle la espalda. Victor siente un peso en el pecho, uno que se le hace extrañamente familiar: uno que le hace pensar que Yuuri es, de cierta manera, inalcanzable.
¿Cuándo fue… que me sentí así, antes?
Yuuri no parece el tipo de persona a la que no podría llegar. Es amable, es solidario, está siempre atento a sus necesidades y…
… siento que podría hacerlo todo si él está conmigo.
Y, por eso, Victor hace lo único que sabe que podría alcanzarlo en este momento: apoya su barbilla en el hombro de Yuuri, y lo rodea con sus brazos.
Siente el temblor de Yuuri como si fuera suyo.
Y las lágrimas que caen sobre sus antebrazos, sus manos, sus dedos.
Esa noche, Victor sueña con algo que se siente como el peso de un universo entero deslizándose a través de su corazón.
En su sueño, es de noche, tal vez de madrugada, y está mirando al cielo con Yuuri desde la terraza de un edificio altísimo. Por alguna razón, ambos visten pulcras batas de laboratorio, mas eso tiene ―de alguna manera― sentido en el sueño.
Solo que Yuuri es… diferente. Como si este Yuuri en particular tuviera otro tipo de peso en el pecho que el Yuuri que conoce.
Y Victor, sin darse cuenta, ha dejado de mirar las estrellas para mirarlo a él.
Yuuri parece sentir su mirada clavada en él, y voltea el rostro.
―Victor ―dice, y Victor siente una calidez en el pecho que parece derretir todas sus preocupaciones―, ¿no son hermosas?
Algo en Victor quiere echarse a reír: después de todo, ¿qué clase de comentario es este?
―No estaba mirando a las estrellas ―responde, y no sabe de dónde viene esta sinceridad aplastante, como si se hubiera cansado de guardar secretos que ya no recuerda.
La reacción de Yuuri es notable: sus mejillas se sonrojan, y Victor piensa que no ha visto nada más adorable en su vida entera.
―Victor ―Esta vez, la voz de Yuuri es apenas un murmullo―, es posible que me equivoque, pero… ¿estás soñando?
Es entonces que Victor cae en la cuenta de que es así.
―Sí ―responde―. Estoy soñando.
Yuuri sonríe, y su sonrisa es triste.
―Y cuando despiertes… ¿estaré a tu lado?
Victor piensa en responder con la verdad: que sí, que estará a su lado.
Pero, por alguna razón, esa no es la verdad completa. Es verdad, sí, y a la vez…
―No lo sé ―masculla, y fija los ojos de vuelta en la inmensidad celeste―. De alguna manera…, no puedo estar seguro.
Cuando Yuuri vuelve a hablar, puede sentir la sonrisa en su voz, tal y como puede sentir lo agridulce de esta:
―Tal vez sería mejor que olvides esta conversación.
No, piensa Victor. No, no podría, hay tanto que ya he olvidado, no esto, no esto también, no podría…
―No quiero ―Es todo lo que se le ocurre decir―. No quiero olvidarte.
Sus ojos se clavan en los de Yuuri, y ve una sabiduría y una tristeza de años.
―¿Recuerdas cómo nos conocimos? ―le pregunta entonces, y Victor quiere protestar por el cambio de tema, protestar porque ¿cómo podría olvidarlo?, pero a la vez piensa que definitivamente lo ha olvidado y…
Y los recuerdos se apilan en su cabeza como un huracán.
En una singularidad espaciotemporal (porque no hay otra manera de describirlo), Victor elige ese preciso momento para mirar al público; específicamente, hacia la zona donde Yuuri ha tomado asiento.
Pero… Pero también…
―V-V-V-Vic…
―Victor, sí, un gusto ―Y estrecha la mano extendida hacia él―. Te vi sentado por aquí y quise pasar a saludar.
Y también…
―Profesor, ¿no va a preguntarle nada?
Victor siente que un temblor se apodera de él.
Te he conocido… antes…
―Quería verte ―dice Yuuri, bajo el árbol, y al instante parece arrepentirse de su sinceridad sin tapujos.
Y así también…
Victor ve al profesor Yuuri Katsuki tendido en el suelo, su nariz bañada en sangre. Al igual que su puño.
¿Sería capaz de herir a Yuuri? ¿Por qué…?
―Te vi mirando a las estrellas desde el patio. Y supe que tenías que venir conmigo.
Dos líneas temporales enteras se estrellan en su cabeza, y Victor no puede entenderlo.
Y es entonces que Yuuri le tapa los ojos con una mano, y Victor siente que un letargo inefable lo invade.
―Hay un Yuuri que te está esperando, Victor, en algún lugar. Y es a ese lugar al que perteneces.
Pero Victor no quiere dejarlo. No quiere dejar a este Yuuri, no quiere irse sin saber sus secretos, sin ayudarlo a respirar mejor, sin…
… liberarlo.
Sin embargo, lo único que alcanza a decirle antes de dormirse ―o despertarse, como quiera vérselo― es:
―¿No te arrepientes de nada?
Pero Yuuri no alcanza a responder antes de que Victor se suma en la inconsciencia.
En otro tiempo, en otro lugar, Yuuri observa a Victor quedarse dormido bajo las estrellas.
Es su Victor, siempre será su Victor, aunque este Victor tenga más años encima y no tema decir lo que siente, pero eso no le impide entender que él ya no es su Yuuri.
Y eso está bien, en verdad: no sabe cómo sus vidas se han cruzado en líneas temporales distintas, por unos efímeros minutos.
Pero tengo una fuerte sospecha, se dice, mientras observa de vuelta el cielo, la pausa respiración de Victor dormido la música de fondo ante la oscura omnipotencia del cielo. Una leve sospecha de que son más que líneas temporales las fuerzas que nos separan.
Cuando Victor despierta, es con su corazón latiendo como un tambor dentro de su pecho.
―Yuu…. Yuuri…
Por la ventana de su habitación, la luz lunar se filtra bellamente.
Pero Victor no puede volver a dormirse, no ahora, no ahora que los recuerdos se arremolinan en su cabeza como… como si…
Como si hubiera vivido una vida en dos partes, en dos lugares, en dos…
En dos…
La palabra no viene a él, y eso solo lo empuja a saltar de la cama, correr hacia el cuarto de Yuuri y abrir la puerta de golpe.
―¿Victor…? ―rezonga Yuuri, su voz ronca debido a su sueño profundo, y una partecita de Victor piensa que se ve hermoso dormido a la par que la luz de luna lo baña.
De todas maneras, Victor intenta enfocarse: desea suplicarle por ayuda. Suplicarle por la palabra correcta, la palabra que no encuentra, la palabra que los separa a la vez que los une y…
… es entonces cuando su mirada repara en el cuadro colgado sobre la cabecera de Yuuri, al cual los largos dedos de la luna parecen apuntar de manera deliberada.
Es un dibujo amado, y eso puede distinguirlo Victor en el detalle que Yuuri le ha puesto.
Y en la hoja de papel se ve a sí mismo, mirando las estrellas, contemplando su inmensidad con…
… con amor en su mirada.
Y escrito allí, con el pulso errático de quien no maneja la grafía de su lengua natal…
«Astronom i ego zvezdnaya noch».
El astrónomo y su noche estrellada.
El astrónomo y…
… el universo entero que crucé para encontrarte.
Las lágrimas inundan sus ojos sin que pueda evitarlo, enmudeciéndolo, y es ese momento de silencio que Yuuri aprovecha para colocarse los lentes y, tras parpadear una o dos veces, seguir la trayectoria de su mirada.
Los ojos de Yuuri, ahora, se le asemejan del tamaño de planetas en su sorpresa.
―No… No se suponía que vieras… eso…
Victor quiere reír, mas no lo hace. Se limita a una sonrisa trémula y a una respuesta en un hilo de voz:
―Si es así…, ¿por qué me regalaste el dibujo, en primer lugar?
Yuuri comprende al instante, y su expresión es la de aquel que no se atreve a formarse esperanzas.
―Por favor ―susurra, y Victor piensa que tal vez tema que su voz se rompa si dice algo más―. Por favor, dime que fue Andrei el que te comentó que te regalé ese dibujo, no que…
―… ¿Que lo recuerdo? ―le responde Victor, también en un susurro, a la par que se acerca y se arrodilla al lado de la cama de Yuuri y toma sus manos entre las suyas―. ¿Sería eso tan malo? ¿Que al fin te recordara…?
―Sería todo lo que quiero. Todo lo que he querido. Es decir, tal vez no debería, tal vez solo te brindaría dolor, tal vez solo…
Victor coloca un dedo sobre los labios de Yuuri, que parecen funcionar en autopiloto.
―Tal vez solo me lleve de vuelta a ti, Yuuri ―replica―. Como todo me lleva de vuelta a ti.
Las lágrimas nublan los ojos de Yuuri, ahora. Y Victor sabe que él no está mucho mejor.
―Lo siento tanto ―murmura Victor―. Siento lo que hice, siento haber sido una carga…
―Nunca serías una carga ―se apresura a contradecirlo Yuuri, estrechando sus manos entre las suyas―. Nunca, nunca pensé algo así de ti, yo nunca… Y… Y salvaste mi vida…
―Creo ―masculla Victor, mordiéndose el labio en un intento fútil de controlarse―, creo que para eso vine, que para eso crucé un universo entero hasta aquí…
Yuuri no sabe qué decir a esto.
―Vine hasta aquí porque he visto lo que les ocurre a los universos en los que no estás.
La voz de Yuuri es un murmullo, siete palabras disparadas en un susurro que se evaporan casi al instante:
―¿Y qué es lo que les ocurre?
Victor responde como si fuese un axioma, como si fuese un hecho evidente como la gravedad o la rotación de la Tierra:
―Se vuelven inhabitables para mí.
Yuuri sonríe, pero Victor sabe que eso no basta.
No basta, no cuando ese es el mismo problema que han tenido desde el día uno.
―No eres un reemplazo, Yuuri. No se trata de eso.
―¿Entonces? ―le cuestiona Yuuri, pero no es cruel, no, nunca cruel, Yuuri no sabe serlo, ni aquí ni en ningún lugar.
―Simplemente lo eres todo. Te amé a un universo de distancia, cuando eras otra persona, y te amo ahora, que estás aquí, que eres tú, que… que eres todo.
Victor ruega que tenga sentido lo que dice.
Después de todo, si Yuuri no sabe cómo se siente… Si Yuuri no sabe cómo es amar a dos personas que son y no son la misma…
Cuando está a punto de perder las esperanzas, no obstante, Yuuri sonríe.
―Tal vez no hubiera comprendido esto hace un año ―admite―. Pero… digamos que me topé con el Victor de este universo, de alguna manera.
Esto despierta una curiosidad indecible en Victor, a la par que un temor. ¿No preferiría Yuuri al Victor sin remiendos, sin dos líneas temporales enteras como piedras en su pecho?
¿No preferiría… a un Victor fácil de amar?
Pero Yuuri despeja sus miedos al instante:
―El… El tú de este universo está muerto, Victor.
―Oh.
No hay nada más que pueda decir, no realmente.
―Está muerto, y no lo conocí; es más, no podría haberlo amado, se fue tan… joven. Era apenas un niño.
El silencio que se hace presente ahora no es más que una tormenta en el horizonte, la distancia entre lo que Yuuri quiere decir, pero aún no puede poner en palabras.
Hasta que se rompe:
―Y… creo que, sin haberlo conocido, voy a llevar su muerte en mi pecho, para siempre.
―Pero… no lo conociste ―Victor no lo está juzgando; solo intenta comprender.
―No ―coincide Yuuri―. Y, sin embargo, te conocí a ti.
―No somos la misma persona ―insiste Victor―. Como no eres… Oh.
Yuuri sonríe con tristeza, y Victor lo entiende, al fin.
―Pero soy y no soy él ―Victor simplemente extrapola las palabras de antes―. Soy…
―… todo ―concluye Yuuri.
―¿Y eso te basta? ―inquiere Victor―. No debí… No debí cruzarme contigo. Debiste haberte cruzado con ese Victor, con el Victor que…
―Discrepo, Victor ―replica Yuuri, y coloca una de sus manos contra la mejilla del astrofísico―. Tal vez esto no se trata de tú y yo rompiendo las reglas, sino…
―¿Sino…? ―lo insta Victor.
―Sino del universo arreglando un error. El universo reparándose a sí mismo.
Victor sonríe.
―Como lo que te dije antes. Si fuéramos patinadores…
―Sí, y lo somos, ¿verdad? No aquí, no ahora… Pero en algún lugar, en algún tiempo…
―Me besas tras terminar tu rutina ―murmura Victor―. Simplemente lo sé, frente a todos. Me besas. Y todos lo ven.
―Y todos saben que te amo, porque te amo, Victor ―continúa Yuuri―. Aquí, allí, donde sea que haya un Victor y un Yuuri…
―Donde sea que el universo nos una, de vuelta. Aunque sea él quien nos haya separado en primer lugar.
La emoción se ha apoderado por completo de Yuuri, quien solo asiente y, de a poco, con cuidado, se inclina, se va inclinando, sin prisa ni parsimonia, con una velocidad indecible y una lentitud aparente, como el paciente orbitar de un planeta.
Y Victor, Victor espera, espera, hasta que los labios de Yuuri encuentran los suyos y una supernova parece implosionar en el medio del cuarto donde se hallan, todo el tiempo y el espacio contenidos aquí, ahora, en este momento, entre dos hombres de dos universos distintos.
…
Dos hombres de dos universos distintos que se aman, y eso hace que estén exactamente donde y cuando deben estar.
Esa noche, redescubren sus cuerpos.
Cada jadeo, cada gotita de sudor, cada movimiento de los músculos propios y ajenos…
Ninguno sabe dónde termina uno y dónde empieza el otro.
No necesitan saberlo; no ahora, aquí, en este milagro que es el cuerpo de Victor dentro de el de Yuuri, este milagro que son los sonidos exquisitos con que se deleitan mutuamente.
Este milagro que son dos singularidades encontrándose.
Pero, quizá, el milagro sea más simple que ese: quizás el milagro sea, sencillamente, el encuentro de los dos cuerpos jóvenes y cálidos de los amantes.
De dos personas que lo dieron todo para crear este momento.
Y que se aman, por sobre todo lo demás.
A la mañana siguiente, los rayos del sol despiertan a Victor como suaves besos.
Esto le obliga a abrir los ojos, y a ver a Yuuri a su lado, su cabeza apoyada en el brazo de Victor, aún dormido.
Por supuesto, los mismos rayos no tardan en hacer lo propio con Yuuri, quien lucha por levantar los párpados.
―Buen día ―susurra Victor, como si esto fuese un sueño del cual no quisiese despertar.
―Buen día ―responde Yuuri, y una sonrisa se abre paso hasta sus labios.
―Temo que no sé adónde vamos a partir de aquí ―murmura Victor, hundiendo su nariz en el cabello de Yuuri―. ¿Qué es lo que quieres, Yuuri? Tú guía, que yo te seguiré.
Yuuri emite un sonido similar a un ronroneo, lo cual arranca algunas risillas a su amante.
―No lo sé, Victor, pero… lo que sea que nos espere, vayamos hacia allí juntos, ¿te parece?
―Me parece ―coincide Victor, y entrelaza los dedos con los de Yuuri.
Esto es, piensa Victor, la felicidad.
Afuera, el sol sigue su lento trayecto hacia la parte más elevada del cielo, bañándolos en su luz.
Aquí están, y Yuuri sonríe sin el peso de una sociedad distópica que los odia por ser quienes son, sin el peso de sentirse un remedo de una realidad que no conoce, sin ningún peso, en realidad, más que el muy literal peso del cuerpo de Victor contra el suyo, como debería ser, como siempre debió ser.
Si hay, en verdad, un universo en igual medida cruel, en igual medida benevolente, lo suficiente para separarlos y luego unirlos, Victor imagina que la ley natural de las cosas es mucho más simple de lo que se han imaginado: que sencillamente ninguno de los dos puede existir sin el otro, que son tan complementarios, tan inseparables, como la luna y el océano, la tierra y el cielo, el día y la noche…
Y una comparación mucho más simple se le viene a la mente esa misma noche, la primera de su vida juntos, en cierta manera, la primera del futuro que construirán juntos a partir de ahora, mientras Yuuri y él observan la aparición de las primeras estrellas en el cielo nocturno desde el balcón de su apartamento…
… Como el astrónomo y su noche estrellada.
Finalmente pude terminar esta historia. Tenía escrito esta parte final hace un año, pero me costó muchísimo que saliera como yo quisiera. Muchísimas gracias por acompañarme todo este tiempo. Si les gustó, porfa déjenme review.
Abrazos,
-Pekea
