Presente
Rompiendo la oscuridad de la noche, Emma Swan ocupaba el vano de la puerta, estaba temblando de frío, asustada y, ¿ensangrentada? Regina sintió como si le dieran un puñetazo en el estómago. La rubia levantó la vista del suelo e intentó focalizar los ojos en su némesis. Regina notó en seguida la mirada perdida, las pupilas dilatadas. Estaba… Estaba drogada. La mujer tenía la ropa hecha jirones, la camisa apenas si le cubría los pechos y el jean había perdido el botón. En la frente tenía un corte profundo que le cubría la mitad de la cara de sangre, además tenía el labio partido, un ojo empezaba a ponérsele negro y las manos ensangrentadas y lastimadas también. Parecía como si la hubieran atacado. Regina sintió cómo el frío le trepó por la columna.
Emma logró centrar la vista en Regina, se bamboleó como si estuviera a punto de desmayarse y murmuró: "No sabía dónde más ir…"
Regina dejó escapar un gritito mezcla de alarma y sorpresa cuando la mujer que más había odiado en los últimos cinco años cayó inconsciente en sus brazos haciéndola tambalear con su peso muerto. Con el rostro de la rubia firmemente enterrado entre sus pechos, apretó los brazos alrededor de su torso para evitar que siguiera resbalando hacia el suelo. Gruñendo, dio unos pasos tambaleantes hacia atrás para entrar a la rubia y así poder cerrar la puerta, pero no iba a poder hacer eso si antes no la soltaba. El problema era que no quería soltarla.
Jadeando por el esfuerzo, apoyó la espalda contra la pared del hall y fue deslizándose lenta y cuidadosamente hasta el suelo. Una vez sentada, tuvo mucho cuidado reacomodar los brazos para sostener a Emma más cómodamente en el regazo. Tragó saliva al observar de cerca el rostro golpeado y sangrante de la mujer, levanto la mano y, muy suavemente, le corrió el cabello de la cara. Sin poder resistirse, extendió un dedo tembloroso y lo deslizó con suavidad desde la comisura del ojo hasta la barbilla.
"Ni se te ocurra morirte en mis brazos, Emma" Susurró con voz temblorosa. Era la primera vez que pronunciaba su nombre.
Regina se sacudió el estupor que la atrapó desde que abrió la puerta y encontró a su archienemiga luciendo como si hubiera peleado contra molinos de viento y perdido. Era hora de hacer algo.
"¿Emma?" La llamó con voz suave. "Emma, necesito que te despiertes." La mujer no se dio por aludida. "Emma, no tengo fuerzas suficientes para llevarte a mi cama yo sola, vamos, despertáte." Nada.
Tragó saliva. No quería pensar en qué tan grave sería el estado de la mujer. Le recorrió nuevamente el rostro con los ojos y se mordió el labio inferior. La opresión que sentía en el pecho no le permitía respirar con normalidad y no estaba segura del motivo. Henry. Tenía que evitar a toda costa que su hijo la viera en ese estado.
Tenía que hacer algo ya, Emma podría tener un derrame interno o algo igualmente horrible. Tenía que pedir ayuda urgente. Se palpó el bolsillo delantero del jean y lo encontró vacío. "Mierda." Había dejado el celular en la mesita ratona. Se mordió el labio inferior pensativamente. Bajó la vista hacia la mujer que tenía en brazos y clavó los ojos en el frente de su jean. "¿Eso que veo es un celular o es que estás contenta de verme?" Sacudió la cabeza ante las estupideces que se le ocurrían y extendió la mano para tomar el teléfono. No le resultó nada fácil sacar el aparato y casi pierde los dedos en el intento.
"Me pregunto si usarás calzador para subirte los pantalones." Murmuró una vez que logró sacar el teléfono. Volvió a menear la cabeza, reprendiéndose a sí misma por las pavadas que venía diciendo desde que Emma Swan cayó en sus brazos.
Regina presionó el botón de menú del teléfono y la recibió la pantalla de inicio del smartphone. "Sólo a esta idiota se le ocurre no usar ningún tipo de seguridad para acceder a su celular." Suspiró exasperada. Claro que, si la rubia idiota no fuera tan idiota, ella no podría usar el aparato, así que… por esta vez pasaba, pero en cuanto despertara le iba a decir lo peligroso que era dejar su teléfono sin ningún tipo de seguridad.
Marcó el número deseado y esperó impacientemente a ser atendida. "Marian." Exhaló aliviada. "Necesito a Robin."
"Todo tuyo, hoy está especialmente pesado." Casi sin respirar preguntó. "¿Qué necesitás que arregle? No me digas que otra vez 'arreglaste' el sifón de la bacha de la cocina…"
"¡Marian!" La interrumpió Regina con impaciencia. "Es una urgencia. Necesito que mandes a Robin ya."
"¡Robin!" Escuchó que gritaba su amiga. "¿Estás bien? ¿Le pasó algo a Henry?"
"Nosotros estamos bien, pero Emma llegó hace unos minutos en muy mal estado y se desmayó. Necesito que Robin la lleve a mi cama."
Regina oyó que Marian le decía rápidamente a Robin lo que pasaba. "Ya salió para allá, en 5 llega."
"Gracias Marian. Después hablamos." Regina cortó la llamada sin más, igual, Marian estaba acostumbrada a ella. Volvió a levantar el teléfono y marcó otro número.
Al cuarto timbrazo el hombre atendió, con tan sólo escuchar su voz comenzó a temblarle el labio inferior.
"Papi, te necesito." Dijo asustada, casi al borde del llanto.
Sin quererlo, Regina se encontró acariciando con suavidad el cabello rubio de la mujer inconsciente, hablándole para que supiera que no estaba sola, que nada le iba a pasar. Lo cierto era que no estaba segura si lo hacía por Emma o por ella misma, ya que necesitaba distraerse para no desesperarse al ver que, del tajo que la mujer tenía en la frente, no dejaba de salir sangre.
"No te podés morir, Emma." Declaró con su mejor voz de maestra. "Henry te quiere y…" Pestañeó con fuerza para evitar que le cayeran las lágrimas que se le habían acumulado de golpe en los ojos, tragó saliva y continuó en cuanto supo que la voz no le iba a temblar. "Es verdad, mi hijo te quiere, me lo dijo el viernes antes de irse a la escuela, fue por eso por lo que no te traté muy bien hoy cuando lo trajiste." Imaginó el bufido de Emma y revoleó los ojos. "¡Está bien, está bien, no te traté nada bien! ¿Pero qué esperabas? Viene la persona más importante de mi vida y me dice que no te trate tan mal porque vos lo cuidás como yo en casa de su padre. ¿Vos podés creer que el descarado me dijo que se sentía como hijo de madres separadas?" Meneó la cabeza. "¡Por supuesto que casi me da un ataque! Mi hijo me dijo que para él vos sos su otra madre. ¡Fue como si volvieras a robarme algo! Pero peor, porque esta vez era alguien a quien sí amo."
Regina bufó y meneó la cabeza. "No creas que no sé que sos vos quien se viene ocupando de Henry desde que eché al hijo de puta de su padre de casa. Desobedeciste descaradamente la prohibición que te hice después de la primera vez que fuiste a esa reunión de padres a la que tenía que ir Killian, ¿te acordás?" La mujer rio por lo bajo a recordar la escena. "Estabas muerta de miedo, pero aun así levantaste la barbilla y me miraste directamente a los ojos. Sos la única persona que me enfrenta cuando estoy furiosa. Sos increíble." Susurró. Volvió a menear la cabeza. "En una forma nada halagüeña, obvio." Aclaró.
"En fin, la cuestión es que sé que cuidás de Henry como lo haría yo, aunque sólo lo admita porque sé que no me escuchás y estoy en un momento de debilidad que no se va a repetir."
"Regina."
La susodicha se sobresaltó ante la repentina aparición de Robin en el vano de la puerta. El hombre entró con cuidado, evitando las piernas de Emma y se agachó al lado de ambas mujeres.
"A ver, dejá que yo me encargo." Indicó levantando con suavidad la cabeza de la rubia para poder tomarla en brazos al estilo novia, a continuación, la levantó y esperó a que Regina hiciera lo mismo para que lo precediera en el camino al dormitorio.
"Te agradezco mucho que hayas venido Robin." Regina cerró la puerta de calle antes de dirigirse a la habitación.
"No hace falta que me agradezcas Regi, para eso están los amigos. ¿Sabés qué le pasó?"
Regina negó con la cabeza mientras abría la cama y se hacía a un lado para que Robin pudiera acostar a Emma. "Ni idea, llegó a casa así… Aunque estoy casi segura de que Killian tiene algo que ver."
Robin se enderezó con el entrecejo fruncido. "¿Lo creés capaz de…?" El hombre recorrió con la vista el cuerpo de la mujer herida. "¿hacerle esto a su pareja?"
Regina se mordió el labio inferior y se perdió en sus pensamientos por unos segundos. "Quisiera decir que no, porque es el padre de mi hijo, pero no puedo."
Robin le puso una mano en el hombro para darle un apretón cariñoso o de aliento. "¿Alguna vez…?"
"No." Lo cortó Regina con seguridad. "Killian no es ningún idiota, sabía que, si me ponía un dedo encima mi papá no habría dudado ni un instante en descuartizarlo."
El hombre dejó escapar una risa algo nerviosa. El gnomo es muy capaz de descuartizar a alguien, el muy hijo de puta. El viejo era capaz de eso y mucho más, sin exagerar. El sólo pensarlo hizo que un escalofrío le recorriera la columna vertebral. Carraspeó para disimular su incomodidad. Y si bien Regina había heredado ciertas cosas del carácter de su padre lo equilibraba con una enorme capacidad de amar y una feroz lealtad hacia quienes consideraba parte de su familia.
"¿Llamaste a un médico? ¿A la policía?"
"Hice algo mejor." Respondió arqueando una ceja. "Llamé a mi papá." Robin asintió algo sorprendido. Regina lo notó. "Situaciones desesperadas, requieren medidas desesperadas." Si bien no comulgaba con las cosas que hacía su progenitor, sabía que él era al único que tenía los medios para frenar a Killian de forma legal, debía acordarse de aclararle eso. Sí, con Robert Mills era necesario hacer ese tipo de aclaraciones.
"Sacaste el arma de destrucción masiva." Regina no pudo evitar reír ante el comentario tan acertado, pero volvió a ponerse seria al clavar los ojos en la mujer acostada en su cama. "Papá me dijo que trate de tocarla lo menos posible para no perder evidencia… ¿Creés que puedo taparla o ponerle algo en la herida de la frente para frenar la pérdida de sangre?"
Robin lo pensó unos segundos. "En este país se creen que manejar evidencia significa que podés agarrar el arma homicida sin guantes, así que no sé qué tanta evidencia puedan levantar del cuerpo…" Se detuvo al ver que un temblor recorría el cuerpo de Regina. "Perdón, eso sonó feo, ¿no? Pero no me refería al cuerpo como cadáver."
"Ya sé Robin, no pasa nada." Lo calmó.
"En fin, creería que no pasa nada si la tapás o detenés el sangrado."
"¿Te quedarías con ella un minuto mientras voy a buscar el botiquín de primeros auxilios?" Cuando lo vio asentir, salió de la habitación para volver a los pocos minutos. Dejó todo en la cama al lado de Emma, dio vuelta a la cama y abrió el placard para sacar rebuscar al fondo del ropero. Tras unos minutos, salió con un camisón doblado que dejó junto a las otras cosas antes de tapar cuidadosamente a Emma y se giró hacia el hombre.
"Muchas gracias por haber venido Robin, de verdad."
El hombre hizo un gesto con la mano restándole importancia al comentario. "No hace falta que me agradezcas Regi, sabés que tanto Marian como yo te queremos como a una hermana." Se acercó a ella para darle un abrazo fraternal y un beso en la frente. "¿No querés que me quede hasta que llegue tu viejo?"
"No, no te preocupes, andá a casa que ya es tarde."
"Está bien, pero no dudes en llamarnos si necesitás algo, sea la hora que sea." Regina asintió. "De verdad, Regina."
La mujer asintió y lo acompañó a la puerta. "De nuevo, gracias por todo."
Robin se encogió de hombros y volvió a apretarle el hombro amistosamente. "No hice nada, Regi." Dio un paso hacia afuera, pero se detuvo y le dijo mirándola por sobre el hombro. "Mañana llamá a Marian para contarle TODO, ¿sí?"
Regina asintió sonriendo y lo despidió con un movimiento de la mano antes de cerrar la puerta. Se apoyó en ella y cerró los ojos un momento antes de enderezarse y dirigirse a su habitación.
La mujer no alcanzó a dar más de dos pasos dentro de la casa cuando la detuvo el sonido de alguien golpeando la puerta. Volvió sobre la marcha y miró por la mirilla antes de abrir y lanzarse a los brazos de su padre. El hombre la abrazó con fuerza y le besó la cabeza.
"No te preocupes, princesita. A partir de ahora yo me encargo de todo."
Regina se soltó del abrazo y retrocedió dos pasos. "Primero, no me llames princesita, es condescendiente; segundo, ambos nos vamos a encargar de todo; y tercero, nadie muere." Se cruzó de brazos. "Eso no significa que no aprecie lo que vas a hacer por mí, ¿ok?"
Robert Mills sintió cómo se le caía la cara de decepción al oír que no iba a poder matar al desgraciado de su exyerno, así que asintió con desgana. Una risita a su espalda lo hizo recordar que no estaba solo, así que dio un paso al costado y comenzó con las presentaciones de la fila de personas que lo seguía.
"Regina, este idiota que osa reírse de mí es el juez Albert Spencer." Un hombre de estatura mediana, cabello blanco y ojos azules despiadados pasó al lado de su padre y le tendió la mano con una sonrisa. "Albert, esta es mi hija Regina."
Regina le tomó la mano. "Mucho gusto, gracias por venir."
"No me lo habría perdido por nada del mundo, querida, es un placer conocer por fin a la hija de mi viejo amigo." El hombre le guiño un ojo. "Más aún después de presenciar quien manda en la familia."
"Idiota." Espetó Robert volviéndose hacia la mujer que venía detrás de Albert. "Esta es la comisaria Mérida Mc Loughling."
Regina repitió el saludo ante la mujer de cabello rojo oscuro que llevaba una cámara de aspecto cara colgada del cuello. Robet le presentó a continuación a Kristin Malory, médica, aunque con su cabello rubio y su cuerpo esculpido bien podría haber sido modelo. Después fue el turno de la fiscal: Fiona Murray y, detrás de ella, por fin apareció una cara conocida.
"¡Kathryn!" Exclamó Regina abrazando a su abogada y amiga.
"¡Regi!" Respondió Kathryn cariñosamente. "Tenemos que dejar de vernos sólo por trabajo."
"Venimos diciendo eso desde que te consulté mis opciones de divorcio, Kath." La abogada revoleó los ojos mientras se reunía con el resto en el living. Regina se unió al grupo tras cerrar la puerta de calle. "¿No sé si mi papá les explicó lo ocurrido?" Todos asintieron.
"No fue mucha información la que nos dio." Se quejó Mérida.
Robert le clavó una mirada fría. "Les dí toda la información que tenía, querida."
Regina intercedió antes que la situación escalara. "Lamentablemente, hasta que Emma no vuelva en sí no vamos a saber demasiado." La mujer desvió la vista hacia la médica. "¿Kristin verdad?"
"Llamame Mal, como todo el mundo."
Regina asintió sonriendo levemente. "Mal, ¿serías tan amable de revisarla? Hace unos treinta minutos que está inconsciente y la herida en la frente no deja de sangrarle, estaba a punto de hacer unas curaciones cuando llegaron ustedes."
"Por supuesto. ¿Mérida?" Arqueó una ceja hacia la colorada.
"Siempre lista, Mal." Respondió la mujer a la pregunta tácita de si tenía todo lo necesario para sacar fotos y juntar pruebas antes de que Mal la revise y cure.
"La habitación es por acá." Las guió Regina cruzando el living en diagonal hacia un corto pasillo divisorio con dos puertas en la pared de la izquierda, una en la pared de la derecha y una tercera final al del pasillo. La mujer pasó de largo la primer puerta y entró en la segunda. "No creo que necesiten el botiquín, pero pueden usar lo que quieran en caso de necesitarlo. Además dejé un camisón que se abre por el frente para Emma." Las mujeres recorrieron todo con la mirada. Mérida se descolgó la cámara de fotos del cuello y le hizo unos ajustes antes de hacerle una seña a Mal, quien procedió a destapar a la herida. "Cualquier cosa que necesiten, estoy en el living con los demás." Avisó Regina, quien salió cerrando la puerta de la habitación tras de sí.
Antes de volver al living, Regina abrió con cuidado la puerta al final del pasillo y asomó la cabeza dentro de la habitación para asegurarse que Henry siguiera durmiendo sin entrarse de nada. El chico dormía plácidamente boca arriba con los brazos abiertos a cada lado de la cabeza, Regina sonrió con ternura y cerró la puerta con cuidado de no hacer ningún ruido.
La mujer volvió al living y se sentó al lado de su padre, frente a ellos, Kat y el juez hablaban sobre la denuncia que estaba preparando, aparentemente, mientras la fiscal, parada detrás de ellos observaba por sobre los hombros de ambos.
"¿Cómo se hace con esto? Quiero decir, ¿qué hay que hacer?"
Kathryn y Albert levantaron la vista de la notebook para mirarla, pero fue la primera quien respondió. "Si Emma está dispuesta a hacer la denuncia." La rubia levantó una mano para impedir la interrupción de Regina. "Es decisión de ella, Regi. Y en estos casos, no siempre se termina en denuncia, es lamentable, pero es así. Entonces, en caso de que quiera hacer la denuncia, la presentamos en la comisaría en este caso, de mano de la mismísima Jefa, para que desde allí informen al fiscal de turno - quien se encuentra acá - y ella dé intervención al juez interviniente."
"Que vendría a ser yo." Aclaró Albert. "Mi trabajo será ver que todo se lleve a cabo sin errores, recabar la mayor cantidad de información y pruebas y remitir todo al juez competente, quien está al tanto de la situación y se comprometió a ver todo mañana a primera hora. Ella será quien tome las medidas que considere necesarias de acuerdo a las pruebas encontradas, a las declaraciones y demás."
"¿Qué va a pasar con Killian? ¿Y si se escapó mientras estamos acá?"
"Eso no va a pasar, querida." Respondió su padre. "Si nos demoramos un poquito en llegar fue porque primero pasamos por casa de ese idiota. Mérida dejó un equipo en el lugar para que hagan lo necesario. Tengo que admitir que, sin conocerla, me cae muy bien la srta. Swan después de ver en qué estado dejó al inútil de tu marido." Comentó Robert con una sonrisa demoníaca.
"Exmarido, papá." Lo corrigió. "¿Estaba muy mal?"
El hombre hizo un gesto con la mano para restarle importancia. "Estaba tirado en el sofá, completamente borracho e insultando a la chica. Tenía un ojo completamente cerrado, que seguro se le va a poner negro, el labio partido y golpes varios. Estuvo muy colaborador en informarnos que ella se negó a tener sexo y que él tuvo que enseñarle quién era el hombre de la casa." Robert se interrumpió ante la cara de horror que puso su hija. "No te preocupes, también nos informó que Emma no lo dejó cumplir con su deber de hombre."
"En este momento lo deben estar llevando a la comisaría, Regina, así que no tiene ninguna chance de escapar." Intercedió Fiona.
"Su hermano Liam es Inpector, suele sacarlo de cualquier problema en el que se vea involucrado." Advirtió Regina.
"Liam Jones es un policía corrupto con contactos, pero te aseguro que sus contactos no tienen nada que hacer frente a tu padre, querida." Explicó el juez Albert.
Regina iba a hacer otra pregunta, pero la interrumpió la voz de Mérida.
"¿Regina? Emma acaba de volver en sí, creo que deberías venir a darnos una mano para calmarla."
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