Notas:

Sindicato: asociación integrada por trabajadores cuya finalidad es defender sus intereses y negociar con empresarios sobre salarios y otras condiciones laborales. Tienen 5 formas de organización sindical, de mayor a menor: centrales, agrupan a trabajadores de todos los sectores; sindicatos por ramo de industria; sindicatos de oficio; sindicatos de empresa y sindicatos de planta o tienda.

Hoy en día - y desde hace muchos años - en Argentina, los dirigentes gremiales / sindicalistas se hacen millonarios pactando acuerdos paupérrimos para los obreros a quienes defienden y/o representan.

Changa: actividad esporádica que por medio de la venta de un servicio o producto permite ganar algo de dinero. Ej.: Ahora no tengo trabajo fijo, así que para pagar el alquiler estoy haciendo un par de changas: esta semana, estoy pintando la cocina de una familia y la que viene, tengo unos chocolates para vender en el subterráneo.

Tano: en Argentina, persona que es de nacionalidad o ascendencia italiana.

Presente

"¿Qué va a pasar con Killian? ¿Y si se escapó mientras estamos acá?"

"Eso no va a pasar, querida." Respondió su padre. "Si nos demoramos un poquito en llegar fue porque primero pasamos por casa de ese idiota. Mérida dejó un equipo en el lugar para que hagan lo necesario. Tengo que admitir que, sin conocerla, me cae muy bien la srta. Swan después de ver en qué estado dejó al inútil de tu marido." Comentó Robert con una sonrisa demoníaca.

"Exmarido, papá." Lo corrigió. "¿Estaba muy mal?"

El hombre hizo un gesto con la mano para restarle importancia. "Estaba tirado en el sofá, completamente borracho e insultando a la chica. Tenía un ojo completamente cerrado, que seguro se le va a poner negro, el labio partido y golpes varios. Estuvo muy colaborador en informarnos que ella se negó a tener sexo y que él tuvo que enseñarle quién era el hombre de la casa." Robert se interrumpió ante la cara de horror que puso su hija. "No te preocupes, también nos informó que Emma no lo dejó cumplir con su deber de hombre."

"En este momento lo deben estar llevando a la comisaría, Regina, así que no tiene ninguna chance de escapar." Intercedió Fiona.

"Su hermano Liam es Inspector, suele sacarlo de cualquier problema en el que se vea involucrado." Advirtió Regina.

"Liam Jones es un policía corrupto con contactos, pero te aseguro que sus contactos no tienen nada que hacer frente a tu padre, querida." Explicó el juez Albert.

Regina iba a hacer otra pregunta, pero la interrumpió la voz de Mérida.

"¿Regina? Emma acaba de volver en sí, creo que deberías venir a darnos una mano para calmarla."

Regina se levantó de un salto y se dirigió rápidamente hacia su habitación. La verdad era que estaba terriblemente preocupada y nerviosa por la situación en la que se encontraba. Y no sólo se refería a lo que ocurría con la mujer que estaba en su cuarto, sino también a lo que se le venía encima con Killian. La pelea por la custodia de Henry iba a ser épica y, sumado a eso, habría que ver qué iba a querer hacer Emma con su situación personal; en la que también estaba metida Regina lo quisiera o no.

Se mordió el labio inferior, realmente esperaba que la chica no estuviera con un ataque de pánico porque no sabía si ella era la persona indicada para calmarla, después de todo, no eran amigas ni mucho menos. ¿Qué sabía ella de Emma además de que tenía mal gusto con los hombres y que se ocupaba de Henry cuando no tenía ninguna obligación de hacerlo? ¡Capri Capri, Alcoyana Acoyana! ¡Al final tenemos más en común de lo que parece a simple vista! Regina hizo una mueca de desagrado ante esa idea. Suspiró y deseó que la rubia no se pusiera peor al verla porque, ¿quién garantizaba que Emma no se horrorizara de ver a la mujer que la había atormentado los últimos cinco años de su vida?

Vino a casa, ¿no? Cuando se vio en peligro fue derecha a los brazos de quien, supuestamente, es su peor enemiga.

Pensándolo bien, ¿qué clase de masoquista era esa mujer?

La clase que, aparentemente, te conoce mejor de lo que te gustaría si sabe que a pesar de todas las barbaridades que le decís, no tenés ningún interés en agredirla físicamente.

Regina bufó por lo bajo molesta consigo misma al darse cuenta que era cierto que no tenía ningún interés en hacerle daño a la otra mujer y, lo que era peor, esa noche al verla mal herida e indefensa, había despertado en su interior una indeseada necesidad de protegerla. La única otra persona que la hacía sentir así era su hijo. Y mierda si eso no transformaba su estómago en una montaña rusa de nervios y vaya a saber qué más.

Tenía muy en claro que se había encargado especialmente de atizar la llama del odio hacia la otra mujer. ¿Odio? ¿No te parece que estás exagerando un poquito, Regina? Se preguntó. Está bien, era cierto que ya no la odiaba y que, últimamente, se obligaba a sí misma a insultarla y maltratarla por una cuestión de orgullo y terquedad, pero eso no significaba que fuera a admitirlo ni siquiera ante sí misma. Sabía con absoluta certeza que la chica siempre quiso llevarse bien con ella, incluso desde el principio. Ja. Rubia idiota. ¿En qué cabeza cabe querer hacerte amiga de la mujer que te acaba de encontrar en la cama con su marido? Regina recordaba la mirada de perrito mojado con la que la miró la rubia mientras la echaba de su casa… Se sacudió internamente, este no era el momento adecuado para traer a la memoria lo ocurrido ese día nefasto, lo mejor sería pensar en todo lo que había hecho por Henry, como encargarse de él cuando no lo hacía el propio padre o traerlo a casa para ponerlo a salvo.

Regina frenó un segundo para tomar aire en la puerta de su habitación, rotó los hombros de adelante hacia atrás, enderezó la columna y, con la cabeza en alto entró en el cuarto. El espectáculo con el que se encontró la hizo pararse en seco y abrir la boca asombrada.

Emma estaba parada sobre la cama con la espalda contra la pared, en una mano tenía una almohada y en la otra el velador, que había arrancado del toma y lo empuñaba como un arma mientras le advertía a Mal que "más vale que no se acercara si no quería que la deje seca." Al ver que Mérida había vuelto a entrar al cuarto, la rubia se puso más nerviosa y abrió los brazos para amenazar a cada mujer con un 'arma'.

"No se me acerquen." Advirtió arrastrando las palabras, era evidente que aún estaba bajo los efectos de lo que fuera que le haya dado Killian.

Regina cerró la boca y carraspeó. "¿Emma?" La mujer giró la cabeza tan rápido que no le extrañaría nada que como consecuencia terminara con dolor de cuello. Los desenfocados ojos verde azulados de la rubia se clavaron en Regina y se abrieron extremadamente.

"R'gina." Susurró. Tragó saliva y volvió a dividir su atención entre las dos extrañas. "No te pr'ocupes, nadie te va a lastimar."

"Nadie me va a hacer nada, Emma. ¿Por qué no dejás el velador en la mesita de luz y te sentás para que podamos hablar como adultos? Estas dos señoras están acá para ayudarnos." Le explicó con suavidad y paciencia.

"Nop, son de K'llian." Respondió terca.

"No Emma, no las manda Killian. Ella es la Dra. Malory." Señaló hacia la rubia y luego hacia la colorada. "Y ella es la comisaria Mc Loughling."

"Killian tiene a la policía."

Paciencia Regina, la chica está drogada, casi no se le entiende lo que dice, está asustada, la clave es tener paciencia y tratarla con suavidad. "Emma, te aseguro que en e…"

"Shhh, R'gina, yo me ocupo." La calló haciendo un gesto vago con la mano más cercana a ella, la de la almohada.

"¡Srta. Swan, más vale que suelte ya mismo lo que tiene en la mano y se siente o.…!"

Las tres mujeres presentes en la habitación pegaron un salto asustadas, Mal y Mérida la miraron sobresaltadas, mientras que Emma estiró inmediatamente los brazos hacia adelante y abrió las manos dejando caer los objetos antes de deslizarse suavemente hasta quedar sentada en la cama con las rodillas contra el pecho y los brazos rodeándose las piernas. Mérida miró a Malory arqueando las cejas y ésta le respondió con una sonrisa divertida.

Regina suspiró y hundió un poco los hombros con cierta culpabilidad. "¿Emma?" La mujer giró la cabeza en su dirección y la apoyó sobre las rodillas, reposando. "¿Puedo acercarme?" La rubia pestañeó varias veces e hizo un sonido de asentimiento al mismo tiempo que movía una vez hacia arriba y abajo la cabeza sin levantarla, como si le pesara 50 kilos.

Lentamente y con mucho cuidado Regina se acercó a la cama y se sentó junto a su… ¿némesis?

"¿Emma?" La chica abrió los ojos que se le habían cerrado e intentó enfocarlos en ella. "La doctora necesita examinarte las heridas y Mérida…", esto iba a sonar muy mal. "…sacar fotos. ¿Se lo permitirías? Es por tu bien."

Emma soltó una mano y estiró el brazo tomando la de Regina. "Te quedás." Fue una mezcla de pedido y orden.

Regina cruzó una mirada con las otras dos mujeres y suspiró. "Sí Emma, me quedo."

Mientras Malory examinó y curó las heridas que Emma tenía en la cara - después que Mérida registró con su cámara - y manos sin ningún altercado, el problema surgió cuando le pidió a la chica que se sacara la ropa. Emma se tensó inmediatamente y levantó la cabeza mirando desesperada a Regina. Malory clavó los ojos en ella también y arqueó una ceja. La profesora parpadeó con rapidez y tragó saliva. Le explicó a Emma que necesitaba que se desvista para que la Dra. la revisara, ésta la miró sonriendo y obedeció sin chistar. A partir de ese momento, no sólo se convirtió en portavoz de la médica y la policía, sino que también fue la elegida para ayudar a desabotonar o desabrochar lo que presentaba pelea a los torpes y entumecidos dedos de Emma.

Nunca en su vida Regina se hubiera imaginado desvistiendo a Emma Swan o conociendo cosas de su cuerpo que sólo sabría un amante o alguien muy cercano. Es decir, ¿por qué iba a saber Regina que la mujer tenía un lunar en el nacimiento interno del pecho derecho o que tenía una cicatriz bastante larga en la parte superior del pectoral izquierdo? ¿O que no tenía ni un gramo de grasa y que su piel era muy suave y que las partes que no estaban apenas doradas por el sol eran de un blanco casi prístino…? Cuando Malory y Mérida dieron por terminado el trabajo, Regina suspiró aliviada y se apresuró a pasarle el camisón por la cabeza a la rubia para después taparla hasta el cuello con la sábana.

Decir que fue una experiencia incómoda era quedarse corta.

En ese momento, Mérida le preguntó a la chica si podía hacerle un par de preguntas y ella aceptó tras chequear antes con Regina, pero lamentablemente, Emma no tenía memoria de lo ocurrido.

"Creo que lo mejor va a ser que dejemos las preguntas para mañana… mejor dicho hoy a la tarde, evidentemente aún se encuentra bajo los efectos de lo que sea que Jones le haya dado."

Malory asintió. "Estoy casi segura que el resultado del hemograma nos va a decir que fue Burundanga o Rohypnol."

"¿GHB o Ketamina no?" Inquirió la policía con curiosidad.

"No me parece, de las drogas usadas para violar," Regina dio un respingo ante la palabra 'violar', "la Burundanda o Rohypnol son las que, a veces, pueden producir cierta agresividad en algunas personas, las otras dos las vuelven completamente maleables o directamente inconscientes." La doctora desvió su atención hacia la dueña de casa. "Por el examen de las pupilas y reflejos no puedo saber si las reacciones algo retardadas se deben a algún golpe o a la droga que le suministraron, para tener una mayor certeza deberíamos internarla y hacerle una tomografía…"

"Nop." Dijo Emma desde debajo de la sábana, sacó un brazo y tomó con fuerza la mano de Regina.

Antes que esta pudiera protestar, Malory se le adelantó: "En este momento es más importante que esté tranquila y relajada, estoy casi segura que los síntomas que tiene son por efecto de la droga y no producto de alguna contusión cerebral." La mujer arrancó una hoja del anotador y se la dio a Regina. "Esas son las instrucciones, ya le administré algo que va a hacer que el efecto del narcótico sea eliminado en menor tiempo, así que en una horas ya deberías notar el cambio, de no ser así llamáme." Sacó una tarjeta del bolsillo y se la dio.

Mérida se dirigió a la puerta dónde esperó a que se le uniera Mal. "Le voy a decir al resto de los 'invitados' que lo mejor va a ser que volvamos…", miró el reloj de pulsera que llevaba, "¿…a eso de las 17, te parece?" Regina asintió lentamente. "Perfecto. Hasta luego."

Regina se quedó mirando algo perdida la puerta por la que desaparecieron ambas mujeres hasta que un murmullo le hizo dirigir la vista hacia la cama, donde se encontró con unos enormes ojos verde azulados clavados en ella.

"Ey." Saludó tímidamente Emma.

Robert 'el gnomo' Mills tenía 69 años, pelo canoso cortado casi al ras y un tupido bigote que, junto a su estatura de un metro setenta y su cuerpo fornido, le daban un aire de matón que no tenía nada de ficticio. El hombre había surgido de una familia muy pobre cuyo padre los había abandonado cuando el gnomo tenía 10 años, el hombre se había fugado con la vecina de al lado sin importarle que dejaba a su mujer e hijo sin la única fuente de ingresos que tenían. Ante esa situación, ni Robert ni su madre se quedaron de brazos cruzados, la mujer consiguió trabajo como mucama de una familia acomodada del barrio y el niño abandonó la escuela para hacer changas y así poder colaborar con la mantención del hogar.

Cuando cumplió los 15 años, el patrón de su madre, lo hizo entrar a trabajar - en negro - en su fábrica de armado de autopartes. Fue allí donde conoció a José 'el tano' Pascucci, un inmigrante italiano de unos 60 años que lo tomó bajo su ala y lo introdujo en la vida sindical. A los 30 años se convirtió en el secretario general del sindicato de SMATA (Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor) y a los 40 en Secretario General de la CGT (Confederación General del Trabajo) en ambos casos fue la persona más joven en ocupar los cargos.

Fue también el tano quien, viendo que el chico se estaba descarriando, lo sacó de la calle y lo llevó con él a practicar boxeo. Que conste que, si no fuera por Don José, el pequeño Robert hubiera terminado siendo un ladrón de cuarta, probablemente adicto a drogas o alcohol con entradas y salidas varias de la cárcel. Con el rescate del italiano, el gnomo aprendió el 'oficio' de sindicalista y el de mafioso respetable ante los ojos de la sociedad. Atados a los dedos de sus manos como marionetas, tenía a jueces, políticos, policías y periodistas que estaban dispuestos a hacer lo que fuera por él, en algunos casos debido a la lealtad, en otros por miedo y nunca faltaban los que lo hacían de obsecuentes.

Robert Mills se casó a los 23 con Cora Domínguez de 16 años, única hija de una de las familias más viejas y ricas del país o eso creía la gente, pero lo cierto era que los Domínguez habían perdido todo su dinero y necesitaban con urgencia una inyección monetaria que los salvara de la vergüenza de tenerse que declarar en bancarrota. Y, si bien el dinero del gnomo les vino como anillo al dedo, tanto Cora como sus padres lo miraban y trataban con desprecio por su origen. Puertas adentro, claro. Pero Robert no era ningún blando, rápidamente les hizo entender que no toleraría ninguna insubordinación y que si seguían con esa actitud se encargaría de destruir a los Domínguez.

Al año de casado, el gnomo se convirtió en padre por primera y única vez y, a pesar que todo el que lo conocía creyó que se iba a sentir decepcionado al no conseguir el siempre esperado heredero varón, el hombre quedó extasiado y sumamente satisfecho con su hija, de la que se enamoró inmediatamente. No ocurrió lo mismo con Cora, quien descargó todo el desprecio y resentimiento que sentía por su marido en su descendiente. Robert estaba al tanto de la situación y protegía a su pequeña siempre que podía, pero con su trabajo, eran demasiadas las horas que pasaba fuera de su casa. Finalmente, todo estalló cuando Regina tenía 5 años, su madre enfureció porque la nena se ensució el vestido jugando al fútbol con unos vecinitos - cosa que tenía terminantemente prohibido por Cora - y fue castigada con una paliza brutal que le dejó una marca permanente en el labio superior derecho. Cuando el gnomo fue anoticiado estalló en cólera, echó a su mujer de la casa prohibiéndole volver a pisarla en su vida, contactó a sus abogados para que cortaran cualquier lazo financiero con los Domínguez y puso un pequeño ejército de niñeras y guardaespaldas a disposición de su pequeña. Una semana después, Cora Mills falleció en un accidente de tránsito y los reclamos de sus padres, que acusaban a Robert de haber organizado el 'accidente', quedaron en la nada.

Regina no lamentó la desaparición de escena de una madre de la que solo recibió golpes y frialdad y creció adorando a su padre, aunque lo desobedecía cada vez que se le antojaba. Esta rebeldía se acentuó cuando alcanzó la adolescencia comenzando con discusiones a los gritos y culminando con un casamiento al que Robert se opuso con todas sus fuerzas por considerar a Killian un misógino bueno para nada que no estaba a la altura de su bebé. Y si no accionó para impedir la unión, fue para mantener una promesa hecha a su hija de no interferir en su vida a menos que ella se lo pidiera o no la vería nunca más.

Así que Robert consideraba que la visita que le estaba por hacer a su exyerno, estaba dentro de los parámetros permitidos, siendo que Regina sí le había pedido ayuda con la situación actual. Claro que le había prohibido matarlo o hacerle algo "muy mafioso" según sus palabras, pero eso el muy infeliz no lo sabía y, además, ¿quién se iba a dar cuenta si tenía unos golpes más de los que le había dado la srta. Swan? ¿Había dejado en claro lo bien que le caía esa mujer?

Uno de sus informantes le había avisado que el menor de los Jones sería liberado tras haber sido informado de la situación procesal en la que se encontraba y tras entregarle la orden de restricción que le habían le habían dictado prohibiéndole acercarse a menos de 300 metros de Emma Swan. Robert se cagaba en las perimetrales ya que, paradójicamente, se dependía de los agresores para que funcionen. ¿Qué clase de pelotudo va a dejar el poder en manos de un agresor? No dejaba de preguntarse el hombre. ¿La ironía? Que fuera tan crítico de una justicia cuyas fallas muchas veces lo favorecían gracias a los jueces que aceptaban coimas o que directamente le respondían.

Meneando la cabeza, Robert observaba la poca gente que circulaba por la calle, le había pedido a su chofer que manejara a paso de hombre para poder identificar a Killian con tiempo. Ya le había dado instrucciones a su jefa de seguridad sobre cómo quería que se llevara a cabo el asunto: ella debía acercarse a Killian y saludarlo como si fuera un conocido mientras le hacía saber sin palabras que, si no la acompañaba, iba a aparecer en el río con un agujero en los pulmones.

Lacey French era una belleza de mujer que con sus apenas 1.67 mts de estatura era subestimada como una cosa bonita e inofensiva, cuando la verdad era que la mujer había sido entrenada como agente del Mossad israelí habiendo trabajado con ellos unos 5 años antes de retirarse y pasar a la actividad privada como jefa de seguridad de Robert Mills. Las malas lenguas decían que a 'Bella´ - tal era su sobrenombre - y al gnomo los unía algo más que una relación laboral, pero hasta el momento no había forma de chequear la veracidad de esos dichos, ya que nadie era lo suficientemente valiente para preguntarle directamente a Mills.

Robert se enderezó en su asiento al ver un hombre alto y morocho vestido con unos jeans y una campera de cuero negros rengueando unos metros más adelante. "Ahí lo tenés al pelotudo." Dijo señalando con la cabeza al otro lado de la ventanilla. El chofer detuvo momentáneamente el Jeep Compass gris oscuro para que Bella bajara a recoger a su presa. La operación duró apenas unos segundos y salió todo tal cual lo planificado.

El gnomo sonrió de oreja a oreja cuando el cuerpo de Killian Jones fue empujado sin miramientos dentro del vehículo. "¡Killian querido, cuanto tiempo sin vernos! Qué amable de tu parte haber aceptado mi invitación." El otro hombre gruñó por el dolor que tal tratamiento causó en sus costillas lastimadas y le respondió con una mirada asesina. Robert observó el ojo negro y casi completamente cerrado, el labio hinchado y partido y las muecas de dolor con indisimulada satisfacción. "Tengo que felicitar a la srta. Swan cuando la vea, hizo un trabajo realmente excelente. Decíme, querido, ¿hay alguna mujer que no te haya noqueado a placer?" Killian apretó las mandíbulas. "Recuerdo que Regina necesitó un sólo puñetazo para dejarte fuera de pelea, pero claro, fue entrenada por el mejor…" Se regodeó sabiendo que estaba pasando sal en las heridas de un tipo tan machista y creído como Killian Jones.

"No entiendo porque apareciste en mi vida, vos y yo no tenemos nada que ver, Mills."

"¡Ah, pero ahí es donde estás equivocado, querido! Verás, después de lo de anoche…"

"Lo que haya pasado con mi pareja actual no tiene nada que ver con vos." Escupió el hombre con indignación.

"Estás en un error, querido, después de todo, ¿no comenzó el… asunto cuando maltrataste a mi nieto?" Lo corrigió con una suavidad que desmentía la mirada despiadada.

Killian tragó saliva. "Emma no sabe lo que dice, ¿le vas a hacer caso a una lesbiana drogadicta? Adoro a Henry y jamás le haría da..."

Un puñetazo en la boca interrumpió la declaración. Killian gritó de dolor y se llevó las manos a los labios para contener la sangre. Robert sacudió la mano y después sacó un pañuelo del bolsillo interno de su campera y se lo tiró a su acompañante. "Eso fue por el destrato que le das a Henry." Con la velocidad de una cobra, Robert le dio otro puñetazo, ahora en las costillas y, a continuación, se reacomodó en el asiento para mirar al frente. Killian se encogió de dolor. "Te comento lo que va a pasar. En primer lugar, cuando llegue el momento, te vas a declarar culpable de lo que le hiciste a Emma Swan, en segundo lugar, vas a renunciar a cualquier derecho hacia Henry y en tercer lugar, vas a desaparecer para siempre de la vida de mi hija."

Killian soltó una risa de la que se arrepintió inmediatamente al sentir un cuchillazo de dolor en las maltratadas costillas causado por el movimiento. "¿La edad te volvió senil?" Se burló sonriendo todo lo que le permitía la herida del labio. El hijo de mil putas le había pegado en el mismo lugar que Emma, viejo zorro mañoso. "No le hice nada a Emma y nunca voy a renunciar a mi hijo. Y no creas que mi hermano no se va a enterar de este… encuentro."

Robert, verdaderamente divertido, respondió: "Liam Jones es una hormiga que puedo aplastar con sólo mover un dedo, querido, no tiene el poder, la importancia, el dinero o la inteligencia para llegarme siguiera a molestar. Tu hermanito es un policía corrupto con varias denuncias por abuso de poder y gatillo fácil, entre otras cosas. Así que cuando le cuentes nuestro encuentro le decís que estoy muy al tanto de lo que pasó con Quiroga, tan al tanto que casi se podría decir que tengo filmaciones de lo que ocurrió esa noche, filmaciones muy esclarecedoras." Killian frunció el ceño, no tenía idea de lo que estaba hablando el viejo. "Y con respecto a vos, querido, no creas que durante todos estos años no estuve informado de todo lo que hacías."

El hombre bufó. "No sé de qué habla, no tengo nada que ocultar."

Robert giró la cabeza para mirarlo a los ojos y le sonrió con frialdad. "Natalia. Romina. Mariana. Raquel. Valeria… y Débora."

Killian se sintió palidecer.