Fueron tres meses sin actualizar, realmente no tengo excusa pero lamento mucho la tardanza, espero que no vuelva a pasar tanto tiempo antes del próximo capítulo. Espero que les guste y ojalá se animen a dejar un comentario.
El guardián del oeste y el otoño
Aun con los ojos cerrados, el miedo que Erwin estaba experimentando no quiso ceder ni un poco. Había estado tranquilo momentos antes, mas ahora no era capaz de mantener esa tranquilidad, pues el mortal ataque que esperaba no parecía tener prisa por llegar, y al parecer sus nuevos "amigos" tenían la mala educación de jugar con su comida. Podía aún sentir en su rostro el aliento del enorme animal que le mantenía acorralado contra el tronco, así como escuchaba los potentes rugidos del resto de la manada. El comandante estaba a punto de abrir los ojos, curioso por saber si tal vez se habrían acercado más, pero justo en ese instante sintió un profundo dolor en su hombro derecho, provocado por los colmillos del enorme felino que se incrustaban en su piel.
A pesar del intenso dolor que recorría su cuerpo desde el lugar donde le había mordido, Erwin no encontró la fuerza para defenderse, ni siquiera para gritar o quejarse. Se quedó ahí, inmóvil, por lo que parecieron años esperando a que las enormes fauces del animal le arrancaran el hombro y, si acaso, el brazo entero. Podía sentir los colmillos del animal desgarrando su piel y músculo, clavándose profundamente y haciendo brotar la poca sangre que aún se mantenía dentro de su cuerpo, pero la carne nunca se desprendió.
Erwin, a su alrededor, era capaz de escuchar el gruñido de los otros tigres, cada vez más cercanos, como si estuvieran aproximándose para compartir el alimento, aunque incluso para él era notorio que aquel no parecía un acercamiento amistoso. Los rugidos aumentaron de intensidad a su alrededor y casi pudo sentir a los animales encima. Inmediatamente después, vino el alivio. Los colmillos salieron de su cuerpo mientras el tigre blanco lo liberaba, logrando finalmente que abriera los ojos.
Ante él, la enorme bestia se erguía imponente sobre el resto de los animales, dándole la espalda y cubriéndolo con su cuerpo como si intentara protegerlo. Entre los otros tigres, había uno en particular que estaba más cerca que el resto, uno casi tan grande como el que le cubría aunque mucho menos llamativo. Para Erwin, aquello era un enfrentamiento, y aunque no sabía mucho de animales y menos de tigres, entendía que podía tratarse de una lucha por obtener el liderazgo de la manada o, por lo menos, por obtener el alimento, que por desgracia era él mismo.
En otras circunstancias, Erwin se hubiera considerado afortunado de poder pasar un tiempo cerca de esas majestuosas criaturas, observandolos y aprendiendo de ellos, aunque claro, desde una posición segura y no en semejante estado. La gravedad de sus heridas y la pérdida de sangre, que ahora además brotaba a chorros por la mordida en su hombro derecho, le impedían pensar en nada que no fuera la muerte inminente que le esperaba. Con tanto dolor como el que estaba experimentando, el único pensamiento "coherente" que era capaz de formular era el de llamar la atención de los animales para que lo mataran de una vez. Con suerte, alguna de sus mordidas sería lo suficientemente certera como para provocarle la muerte antes de ser devorado.
Con ese pensamiento en mente, Erwin comenzó a llamarlos, o al menos lo intentó, pues de su boca no salían más que quejidos y gritos ahogados. Intentó con todas sus fuerzas gritar más fuerte, pero, a juzgar por el lacerante dolor en su abdomen cada vez que respiraba, debía tener al menos un par de costillas rotas clavándose en sus pulmones, o quizás era que la espada había perforado sus órganos. Haciendo lo que esperaba fuera un último esfuerzo, el comandante logró gritar lo suficientemente fuerte como para atraer su atención, logrando que los rugidos se detuvieran y la atención de las bestias se dirigiera de vuelta hacia él. Sin embargo, el dolor se volvió tan fuerte a causa de ese grito que pronto su vista comenzó a oscurecerse y sus sentidos a desconectarse.
Justo antes de perder la consciencia, los ojos de Erwin se encontraron una vez más con los del imponente felino de pelaje blanco. Sus ojos grises como el acero de su espada le atravesaban casi tanto como habían hecho sus colmillos momentos antes, provocándole un incontrolable temblor. Estaba asustado de morir. La última sensación que experimentó fue la de otra mordida, esta vez en su pierna, aunque mucho menos profunda y dolorosa que la anterior. Después, la oscuridad volvió a envolver su mente.
Por largo tiempo, lo que se sintió como una eternidad, Erwin pasó por largos periodos de inconsciencia alternados con otros demasiado cortos de confusión. No podía decir que estuviera despierto, pero tampoco se sentía como si estuviera dormido, era más bien un limbo en el que se mantenía casi por decisión propia, incapaz de sentir más dolor o incomodidad, ni siquiera el mareo propio de la pérdida de sangre. Simplemente estaba ahí, ni vivo ni muerto.
Cuando sus ojos se abrieron de nuevo, Erwin no estaba seguro de si habían pasado unas horas o varios años desde que los cerró y necesitó de varios minutos para recordar los últimos acontecimientos antes de percatarse de lo mucho que habían cambiado las cosas desde su encuentro con la manada de tigres, empezando por el hecho de que ya no se encontraba atado al árbol como antes, aunque ese descubrimiento no hizo más que confundirle todavía más, pues no había forma de que él se liberara y se moviera por su cuenta.
No había un solo rincón de su cuerpo en el que no sintiera dolor, aunque podía ignorarlo si no intentaba moverse demasiado y respiraba de forma superficial. A diferencia de antes, se encontraba recostado sobre lo que parecían ser suaves y cálidas pieles, descansando bajo la sombra de un árbol cuyas hojas se movían con el viento provocándole un agradable sentimiento de tranquilidad, que tan sólo se acrecentaba y se extendía por todo su cuerpo al escuchar el sonido del río un poco más lejos. No sabía en dónde se encontraba, tampoco cómo había llegado ahí, pero pensar demasiado le hacía sentir mareado, por lo que se limitó a mirar el verde del follaje que se extendía sobre su cabeza.
Varias veces intentó levantarse en las siguientes horas, pero pronto el dolor había sido reemplazado por un agradable adormecimiento, además de una voz que sonaba lejana en su cabeza y le pedía que se mantuviera quieto, de lo contrario sus heridas se abrirían de nuevo. Erwin estaba seguro de que esa voz era producto de su imaginación, desesperada por una esperanza de salir vivo de aquella situación, pues sería imposible que alguien le hubiera encontrado en ese bosque, sin mencionar a los peligrosos animales que le rodeaban. De solo pensarlo, estaba seguro de que lo que estaba experimentando en esos instantes no era más que una ilusión, la forma en que su mente se había bloqueado a la masacre que esos animales estaban llevando a cabo con su cuerpo.
Una vez que el mareo comenzó a ceder hasta volverse soportable y su mente se aclaró lo suficiente para permitirle pensar con coherencia, sus ojos se movieron alrededor en busca de la persona cuya voz había escuchado antes. Ahora que estaba despierto, se sorprendió al notar que aquello era real, y que no solo no había sido devorado por los tigres sino que, además, había sido rescatado y había recibido atención en sus múltiples heridas.
—¿Estás despierto? ¿O es que sigues delirando?
Erwin podía escucharlo mucho más claro que antes, incluso podía decir con seguridad que se encontraba a pocos metros a su derecha, aunque el dolor le hacía imposible girar la cabeza para buscarlo y al parecer su salvador no tenía intención de aparecer en su campo visual.
—Agua… —logró susurrar con bastante dificultad, la voz ronca y cansada, sin fuerza suficiente para siquiera intentar repetirlo.
Por un momento pensó que no había sido escuchado y que tendría que esforzarse por hablar más fuerte, cosa que no se sentía capaz de lograr, pero justo en el momento en que su abdomen protestó por la brusquedad con que había inhalado, sintió el fresco líquido humedecer sus labios y correr lentamente por su garganta. No era la primera vez que pasaba varios días sin beber agua, pero sí era la primera vez que valoraba tanto el poder beber al menos unas gotas luego de estar seguro de que moriría.
Ahora que de verdad estaba consciente, podía recordar que el ataque había sido en algún punto a unos dos o tres kilómetros de la aldea que acababan de visitar, tal vez unos cincuenta metros dentro del bosque, y aunque no sabía qué tan lejos les habían llevado los sujetos que los atacaron, estaba seguro de que no se habían adentrado demasiado en el bosque o hubieran sido atacados también por los tigres, además que transportarlos a todos hubiera sido una tarea bastante complicada.
Sin duda estaba cerca de la aldea, por lo que seguramente había sido rescatado por alguno de los aldeanos que recorrían esos senderos por la tarde, luego de llevar mercancías a las aldeas cercanas para venderlas o intercambiarlas. Si aún estaba en el bosque, debía deberse a que el hombre que lo rescató no había podido trasladarlo demasiado lejos. Posiblemente sólo había alejado a los tigres lo suficiente para atender sus heridas y que ambos pudieran escapar. En ese caso, tendría que levantarse pronto si no quería que exponer a su salvador a correr su misma suerte.
—Gracias… —habló de nuevo una vez que su garganta estuvo húmeda, deseando conocer su estado para poder idear la mejor forma de escapar de ese peligroso bosque lo más pronto posible—. Por salvarme de esas bestias…
En ese momento y sin previo aviso, Erwin sintió el agua golpear su rostro con fuerza, como si hubiera sido lanzada hacia él con furia, dejándole bastante confundido. Tal vez era un problema con el idioma, pues al estar aún aturdido le era imposible recordar todas las palabras que conocía en chino, seguramente había dicho algo equivocado que le había hecho enojar, pero tampoco podía recordar como disculparse, sin mencionar que de nuevo su mente comenzaba a bloquearse, síntoma que ya reconocía como un próximo estado de inconsciencia.
Los despertares que siguieron a ese fueron cada vez más agradables. Cada vez que sus ojos se abrían, Erwin intentaba moverse un poco, evaluando su propia situación y listando mentalmente cada uno de sus problemas. Sabía que tenía algunas costillas rotas; posiblemente uno de sus pulmones había sido perforado pues, aunque no tenía demasiados conocimientos en medicina, estaba seguro de que el dolor que experimentaba al respirar no era normal; sentía también un molesto ardor en su hombro derecho que indicaba una posible infección, al igual que en donde habían mordido su pierna aunque este era por mucho más leve que el de su hombro; por último, lo que más le preocupaba, no sentía ni podía mover su brazo derecho, haciéndole pensar que lo había perdido en el ataque. Claro que eso era solo la conclusión más lógica, pues tampoco podía mover el resto de su cuerpo para comprobarlo y, al estar cubierto hasta el cuello por una piel de lo que parecía haber sido un venado, su visión de su propio cuerpo quedaba demasiado limitada.
Por otro lado, también comenzaba a sentirse mejor. Si bien no estaba totalmente recuperado, al menos se sentía más lúcido y podía decir con seguridad que estaba recuperando su fuerza poco a poco, prueba de ellos era que en las últimas ocasiones había sido capaz de girar la cabeza un poco, notando que aún estaba rodeado de árboles, aunque eran muchos más que cerca del sendero, y que no había nadie cerca.
Cada vez que abría los ojos recibía algunos tragos de agua, y aunque había intentado hablar con la persona que le estaba ayudando, este simplemente le ignoraba. Erwin odiaba que no respondiera sus preguntas sobre cuánto tiempo llevaba ahí o la gravedad de sus heridas, pero también agradecía que no hubiera vuelto a echarle agua encima, además de que había logrado recordar algunas frases útiles en el idioma de aquella nación, aunque no pudiera ponerlas en práctica con su silencioso acompañante.
Algunas noches, Erwin podía sentirle atender sus heridas, lavarlas y vendarlas con sumo cuidado, pues no llegaba a provocarle ninguna clase de dolor o incomodidad, muy por el contrario, luego de ser atendido experimentaba una agradable comodidad que se extendía durante varias horas. Por otro lado, el comandante comenzaba a inquietarse por la negativa de su acompañante a dejarse ver por él, pero estuvo seguro de que debía tratarse de alguno de los hombres que les habían echado de la aldea aquella mañana hacía varios días, seguramente le estaba ayudando en contra de los deseos del resto de aldeanos, lo cuál aumentaba su urgencia por salir de ese lugar pues no deseaba que el hombre se viera afectado por su causa.
Erwin, que se sentía cada vez más desesperado por toda esa situación, se encontró pensando en cosas que, hasta entonces, había estado ignorando inconscientemente, en especial, la muerte de sus hombres. De aquello ya debían haber pasado varias semanas, pero, para él, el dolor estaba demasiado reciente. No lograba entender la razón por la que habían sido atacados, aunque sí recordaba las acusaciones de varias aldeas sobre su supuesto plan de dominar China. Claro que él no tenía forma de demostrar lo contrario, después de todo, él mismo había estado considerando el averiguar la verdad sobre todas esas visitas al país asiático y sospechaba de la mencionada invasión. De cierta forma, ese simple pensamiento era suficiente para hacerle sentir traicionado por su propio país, al que había jurado servir y proteger.
Cualquiera que fuese la razón por la que habían sido atacados, estaba seguro de que no era suficiente para masacrar de esa forma a sus hombres y luego entregarlos a los animales para que terminaran el trabajo. En el silencio del bosque, Erwin se prometió a sí mismo que averiguaría quién había sido el responsable del sangriento ataque y vengaría las muertes de sus compañeros, sin importar quién hubiera dado la orden.
Fue esa misma noche, cuando Erwin lamentaba en silencio su pérdida, que la situación cambió radicalmente. Había tardado un momento en notarlo, pero su cuerpo se sentía menos pesado que antes, menos adormecido, y finalmente fue capaz de mover su mano izquierda un poco, al menos lo suficiente para saber que estaba ahí, a diferencia de la derecha que aún temía haber perdido. Luego de lo que pareció una eternidad, Erwin fue capaz de mover su mano lo suficiente para pasarla sobre su abdomen, que descubrió vendado y algo hinchado, aunque tenía que admitir que el dolor había cedido lo suficiente para permitirle respirar con normalidad.
—Deja de moverte o se abrirán de nuevo —le llamó la misma voz de antes, y esta vez Erwin logró girar su cabeza lo suficiente para buscarlo a su alrededor.
Erwin, en el tiempo que llevaba ahí y cuando lograba concentrarse lo suficiente, imaginaba a la persona que lo había salvado como uno de esos ancianos sembradores, tal vez incluso un monje; estaba seguro de que debía tratarse de un hombre mayor por el tono de su voz y la experiencia que demostró tener al tratar sus heridas. Incluso había pensado en un ex-soldado, pues de algún modo había tenido que ahuyentar a los tigres para salvarlo. La persona que tenía enfrente, sin embargo, no encajaba de ningún modo con lo que Erwin había estado imaginando durante quién sabe cuánto tiempo.
Delante de Erwin, o más bien a su lado, inclinándose sobre él para acercar un poco de agua a sus labios secos y agrietados, había un joven que debía ser varios años menor que él, de largo cabello negro y ojos pequeños y afilados. Su piel blanca y de apariencia tersa, así como sus finos rasgos, casi le hicieron pensar que se trataba de una mujer, pero pudo comprobar lo contrario por la vestimenta que portaba que, pese a ser una túnica de seda blanca, reconocía como una prenda masculina. No sólo eso, además, estaba seguro de que tal vestidura debía pertenecer a alguien cercano al emperador, pues ningún aldeano podría portar una prenda tan ostentosa, cuyos detalles parecían haber sido bordados con hilos de oro. Aunque aquello tampoco podía afirmarlo, pues incluso entre los miembros de la familia imperial estaba prohibido vestir en color amarillo, color reservado únicamente al emperador.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —Logró preguntar luego de un momento, desviando la mirada al caer en cuenta de la forma en que le había estado observando; con suerte pensaría que aún se encontraba aturdido, pues no había razón para pasar tanto mirando a otro hombre por muy atractivo que resultara y pese a su delicada apariencia, que contrastaba con una expresión severa.
—No demasiado, mañana se cumplirán seis días —respondió el joven con calma; si había notado su insistente mirada clavada sobre su persona, no hizo ningún comentario al respecto—. Parece que al fin estás en condiciones de hablar. ¿Cómo te llamas?
—Soy Erwin Smith, comandante del ejército norteamericano. —Para Erwin, no tenía sentido mantener su verdadera identidad en secreto como hasta entonces, pues eso no había evitado que fueran atacado y aun entre sus allegados parecía haber traidores.
El comandante, que había permanecido esos seis días acostado, no pudo evitar suspirar aliviado cuando el joven le ayudó a sentarse, apoyando su espalda en algunas pieles que ahora le servían como respaldo. Alivio que se acrecentó en cuanto pudo ver su brazo derecho que, aunque se hallaba inmovilizado, aún seguía en su sitio. Por desgracia, aquella sensación no le duró mucho, pues pronto fue reemplazada por el más profundo terror; el mismo que había sentido días antes, cuando se encontró atado y rodeado de tigres. Allí, a tan sólo unos metros de donde descansaba, aquellos feroces animales yacían echados en el suelo, cubriendo cada centímetro cual campo minado, aparentemente ignorando la presencia de ambos hombres, aunque no tardaron en dirigir sus brillantes miradas directamente hacia él, haciéndole temblar.
Sin que pudiera evitarlo, una risa nerviosa escapó de labios del comandante, que de inmediato cubrió su boca con sus manos como si de esa forma pudiera evitar que los animales le escucharan. Era obvio que le habían escuchado, podía ver sus orejas moverse a pesar de la distancia, pero eso realmente no importaba, pues sabía bien que los felinos tenían la habilidad de ver en la oscuridad. Aquello tenía que ser un sueño, no podía haber otra explicación; Erwin deseaba con todas sus fuerzas que lo fuera.
—Los tigres… —susurró tan bajo como le fue posible, acercándose al joven que le había ayudado en un intento por atraer su atención—. ¿Cómo… cómo vamos a salir de aquí?
A simple vista no parecían ser demasiados, pero bastaba con prestar atención a su alrededor para notar los destellos amarillos que se mantenían ocultos entre los árboles, pertenecientes a varios pares de ojos, todos fijos sobre él. Incluso si ya no eran docenas, aún eran demasiados como para tratar de enfrentarlos, en especial en su estado, tan debilitado que no sería difícil convertirlo en su cena. Por otro lado y aunque no odiara juzgar a las personas por su apariencia, Erwin estaba seguro de que el joven a su lado no tendría ninguna oportunidad contra ellos, ni siquiera uno solo, con esa apariencia frágil y su complexión pequeña, sin mencionar su vestimenta tan poco adecuada para una batalla. Ambos estaban en grave peligro, y era su culpa.
—De verdad lamento haberte metido en una situación tan peligrosa —comentó genuinamente arrepentido—. Te agradezco por haberme salvado antes, y por atender mis heridas todo este tiempo, pero hubiera sido mejor si me hubieras dejado morir allí, ahora también estás atrapado conmigo…
—No es gran cosa, solo limpié los cortes y cambié las vendas —respondió encogiéndose de hombros para restarle importancia, logrando provocar en Erwin un profundo respeto y admiración, pues él mismo, siendo un experimentado militar de alto rango, no era capaz de mantener la calma en una situación tan complicada.
En ese momento, un único pensamiento se apoderó de la mente del rubio, que de nuevo volvía a pensar como el militar que era y no como el hombre asustado que se avergonzaba de haber sido esos últimos días. Si por su culpa ambos estaban en peligro, él se encargaría de sacarlos de esa complicada situación, no sólo porque estaba en deuda con ese joven, también porque necesitaba resolver sus dudas sobre lo que le había llevado a ese lugar.
—Escucha —llamó al joven aun en voz baja—, te doy mi palabra como comandante de que saldremos de aquí. Aún no sé cómo, pero voy a sacarte de este bosque así me cueste la vida, y pagaré mi deuda contigo por haberme salvado.
Su acompañante, sin embargo, no parecía estar de acuerdo con él. Ni siquiera parecía entusiasmado con la idea, pues rodó los ojos con fastidio ante la promesa de devolverle el favor. Erwin quiso pensar que, en su estado, no debía parecer muy fuerte y mucho menos considerando que tendría como oponente a esas fieras, pero le estaba subestimando, pues no por nada era el comandante del ejército de una potencia tan grande como lo eran los Estados Unidos. Incluso si su fuerza no era suficiente para enfrentarlos directamente, confiaba en que su inteligencia le daría la victoria.
—Descuida, ya pensaré en la forma de irnos sin que nos descubran. Tal vez si esperamos hasta que todos estén dormidos podríamos…
—No hagas que me arrepienta de haberte ayudado —le interrumpió, con notable fastidio y ya sin intentar hablar en voz baja, como si se hubiera hartado de seguirle el juego.
Erwin, que no podía entender su actitud ni su falta de cuidado, quiso atribuirlo a que se encontraba asustado pues, a diferencia de él que había estado inconsciente todo ese tiempo, el joven había pasado esos seis días rodeado por tigres, que bien podrían haber tratado de atacarlo más de una vez, atraídos por el aroma de su sangre. Entre los dos, él, que además era joven y no debía estar acostumbrado a la guerra, era en definitiva el más afectado emocionalmente.
Por desgracia, la forma en que había elevado la voz había servido para alertar a los felinos, que levantaron sus enormes cabezas del suelo y ahora se mostraban alertas, listos para atacar en cualquier momento.
—Está bien, sólo… vamos a calmarnos y esperar a que se relajen de nuevo…
—¿Esperar a que se relajen? No es como si todos ellos fueran a caer dormidos al mismo tiempo, o a sentarse a esperar mientras escapas de vuelta al sendero.
De algún modo, Erwin podía sentir la burla en sus palabras, pero antes de que pudiera abrir la boca para reclamarle, el joven se puso de pie y comenzó a caminar con calma hacia los tigres que se hallaban delante de ellos. Quiso levantarse para detenerlo, pero su cuerpo aún estaba demasiado adolorido y rígido como para moverse con la agilidad que le caracterizaba; también quiso gritarle que parara, que era una locura, un suicidio, sin embargo, lo que pasó en ese momento lo dejó sin palabras. Por mucho que lo intentó, ni un solo sonido salió de su boca, ni siquiera producto de la sorpresa.
A pocos metros de él, sucedía algo tan asombroso que no se atrevía ni siquiera a parpadear para no perder detalle de lo que estaba ocurriendo. Alrededor del joven se habían reunido cuatro enormes tigres, casi tan altos como él, que no lo era demasiado, y se acercaban lentamente como si estuvieran acechando a su presa. Pero no fue sino hasta que estuvieron ante él, con sus enormes narices rozando el pecho de su acompañante, que sintió su corazón detenerse por el pánico, pánico que se convirtió en asombro cuando, inesperadamente, los animales agacharon la cabeza ante él, permitiendo que acariciara entre sus orejas como si se tratara de animales domesticados.
—¿¡Cómo hiciste eso!? Tú… ¡acabas de tocarlo! ¡Lograste domar a las bestias!
La sorpresa en su voz era evidente. Nunca en toda su vida había visto a una persona tan cerca de animales tan peligrosos; no solo estaba cerca, les estaba acariciando con tanta facilidad que iba en contra de todo lo que sabía sobre los tigres y su naturaleza violenta y salvaje. Era como si los propios animales buscaran los mimos de ese chico, ronroneando y frotándose contra él con demasiada familiaridad. No fue sino hasta que recuperó su capacidad de hablar que todas las miradas se posaron de nuevo sobre él. Penetrantes miradas acompañadas de feroces rugidos que le hicieron sentir que él no era más que un invasor en una escena de lo más común.
—Bestias, dices… —Susurro el joven con molestia, mirándolo con tal ferocidad que hubiera jurado que se trataba de un tigre más—. Pero si no son más que adorables gatitos.
Como si los tigres fueran capaces de comprender lo que acababa de decir, gruñeron con tanta fuerza que Erwin podría jurar que les había molestado la comparación con los felinos domésticos. Se notaban tan enfadados, que sus mandíbulas se abrían y cerraban peligrosamente cerca de las manos del joven, haciéndole sentir la terrible certeza de que se las arrancarían de un mordisco. El comandante se encontraba al borde del infarto, dudando incluso de su estabilidad mental, que seguramente se había perdido y por eso estaba alucinando semejante situación. Sin embargo, la mordida nunca llegó y, en cambio, el joven recibió algunos lengüetazos en sus manos y mejillas que parecían incluso amistosos.
—Basta, odio tener que quitarme su saliva de encima —se quejó empujando a las enormes bestias, mirando con desagrado sus manos húmedas.
—Son animales salvajes, si te descuidas no dudarán en despedazarte vivo —insistió, recordando las palabras de Mike y la traición que él mismo había sentido, pues aunque no esperaba que el animal le devolviera el favor dejándolo vivir, tampoco pensó que se olvidaría tan rápido de que le había ayudado y lo mordería en la primer oportunidad.
—La única bestia aquí eres tú, acusándolos y tratándolos de salvajes sin una buena razón.
La firmeza de su voz contrastaba con sus palabras, que para Erwin no guardaban ningún sentido, pues no lograba entender por qué se empeñaba en defender a esos animales que no entendían nada sobre emociones. No eran sus amigos, como parecían insinuar, y estaba convencido de que esa no era más que una fachada, propia de su especie, para hacerle bajar la guardia y matarlos a ambos, después de todo, ¿cuán unidos podían llegar a ser en apenas unos días? Tal vez el estar rodeado de esos animales le había hecho perder la cordura.
—Lo siento, yo nunca había estado tan cerca de un tigre, y mucho menos rodeado por cientos de ellos. Además, claro que tengo una razón, ¡ellos devoraron a mis hombres!
—Esa cantidad ciertamente se queda corta —respondió ignorando su molestia, centrando toda su atención en los animales ante él que de nuevo reclamaban sus caricias—. Ya no estás en el bosque donde esos hombres te ofrecieron como sacrificio. Estamos en el corazón de una montaña sagrada, hay miles de tigres en estas tierras. Si yo fuera tú, intentaría llevarme bien con ellos. Ahora, sobre tus hombres… no tengo idea de lo que estás hablando, cuando te traje aquí, el único que estaba en ese bosque eras tú.
El comandante estaba atrapado entre la fascinación y el miedo; por un lado, observaba maravillado la facilidad con que aquel joven convivía con los feroces animales pero, por el otro, temía que su acompañante hubiera perdido la cabeza y ambos terminaran convirtiéndose en la cena de los tigres que, si lo que había dicho era cierto, debían ser demasiados como para siquiera pensar en eludirlos.
Además, estaba el asunto de sus hombres, a quienes recordaba haber visto apilados a pocos metros de donde él se encontraba, heridos de muerte y soltando lastimeros quejidos. La única explicación que podía encontrar para sus palabras, era precisamente la que más temor le provocaba y la que menos quería pensar. Si los animales no les habían atacado aun y no había rastro de sus hombres por ningún lado, eso sólo podía significar una cosa: habían sido devorados antes de que ese chico lo rescatara.
Con profundo dolor, Erwin se obligó a tragar el nudo en su garganta, sintiendo su pecho arder con furia ante la dolorosa muerte que habían sufrido sus amigos más cercanos. Definitivamente no se rendiría, encontraría la forma de salir de ese lugar y luego buscaría al culpable para hacerle pagar por lo que les había hecho. Estaba seguro de que su país le apoyaría, por lo que no había forma de que semejante crimen quedara impune, así fuera obra del mismísimo emperador. Malogrado como estaba, se juró a sí mismo que vengaría sus muertes y honraría sus memorias.
—¿Quién… quién eres tú? —preguntó mirándole a donde suponía debían estar sus ojos, pues la oscuridad le impedía ver más que siluetas y los únicos ojos que distinguía eran los amarillos brillantes de los tigres a su alrededor. Si de cualquier forma tendrían que trabajar juntos para salir de allí, empezar por llevarse bien con su acompañante era lo ideal en esos momentos, sin importar cuan loco lo creyera.
—¿Yo? Esa es una pregunta difícil de responder —el joven volvió a dirigirse a él mientras los tigres retrocedían algunos pasos—. Yo mismo no estoy seguro de quién soy para ti y los tuyos, aunque sí sé quién soy para las personas de este imperio. Bai Hu, Byakko, Guardián del oeste y el otoño, Dios de las tempestades... Los humanos me han dado muchos nombres, pero me reverencian de igual forma sin importar cómo me llamen. Ellos —agregó señalando a los animales detrás de él, que se inclinaron en lo que parecía una profunda reverencia—, por el contrario, me llaman Padre. Pero tú… tú puedes llamarme Levi.
Tanto tiempo aquí debió confundirlo, pensó Erwin, pues no había más explicación para su extraño comportamiento y mucho menos para sus palabras, que no tenían sentido para él pero parecían tenerlo tanto para su compañero como para los animales, que de pronto parecían haberse dejado de juegos para mostrar sus respetos a quién, según él, consideraban un "padre".
—Levi —susurro intentando ser cuidadoso con lo que diría, lo que menos deseaba era generar un conflicto con él, en especial ahora que podía hacerse una idea del control que podía ejercer sobre los tigres; una orden suya y estaría muerto en un segundo—, no logro entender qué es lo que está pasando aquí pero… de verdad te agradezco por salvar mi vida antes.
En ese preciso instante, una fresca brisa soplo entorno a ellos, meciendo delicadamente las ramas de los árboles y permitiendo que un poco de luz penetrara el espeso follaje, creando así un ambiente que, en otras circunstancias, Erwin hubiera descrito como "mágico". En otras circunstancias totalmente opuestas a las suyas, pues fue gracias a la luz de la luna que se posó sobre ellos que pudo apreciar con detalle los finos rasgos del joven ante él, así como sus ojos que brillaban de forma similar a como lo hacían los de los felinos, solo que en un fascinante tono plateado, que le recordaba al brillo de su espada al desenfundarla y le resultaban aterradoramente familiares.
Sin embargo, no fueron los ojos los que le robaron el aliento, sino la sonrisa ladina que le dedicó y que envió un escalofrío a lo largo de toda su columna. Había algo más en ese hombre de lo que podía ver a simple vista, pero Erwin descubrió con pesar que estaba más que asustado de averiguar de qué se trataba.
—Oh no, por favor no te equivoques —susurro el joven con demasiada amabilidad, obviamente fingida—, yo no te salve de morir. Si estás aquí es porque necesito un rehén para negociar con esos malditos invasores, pero créeme, si me haces enojar no dudaré en morderte de nuevo.
