El lenguaje de las bestias

Con el paso de los días, las heridas y golpes en el cuerpo de Erwin habían ido sanando, al igual que el dolor había disminuido considerablemente, devolviéndole la facilidad de moverse aunque fuera de forma lenta. Por contradictorio que pareciera, la rápida mejoría que estaba experimentando se la debía a Levi, su captor que, pese a no darle más explicaciones detrás de sus motivos para retenerlo, se ocupaba de él con esmero.

Cada noche, Levi lavaba y curaba sus heridas, aplicaba una capa de hierbas molidas sobre ellas y las deja por un momento antes de colocar las vendas de nuevo en su lugar. No habían vuelto a hablar luego de que Levi le confesara que su única intención al ayudarle era la de mantenerlo como su rehén, mas Erwin había intentado iniciar la conversación en varias ocasiones. Lo más cercano que obtuvo a una respuesta, aunque escueta, fue la ocasión en que le preguntó, un par de días atrás, de dónde obtenía la carne con la que lo alimentaba dos veces al día y Levi, con tanta simpleza que resulto incluso divertido, respondió que se trataba de los restos de los venados que cazaban de vez en cuando.

Erwin recordaba como aquella respuesta había dado pie a la imagen mental del hombre disparando una flecha hacia aquellos animales con el fin de alimentar a ambos, aunque fue rápidamente destruida cuando, esa misma noche, uno de aquellos enormes felinos apareció de entre la maleza arrastrando el cuerpo aun tibio y sangrante de un enorme ciervo, que depositó a los pies de Levi casi con reverencia. Su sorpresa no había pasado desapercibida para su acompañante, pero no había hecho ningún comentario al respecto y, más bien, se inclinó ante el animal para cortar algunos trozos de carne con lo que parecía ser un puñal ante la atónita mirada del rubio.

A pesar de que había sido invitado a cazar con sus compañeros en varias ocasiones, Erwin nunca había tenido interés en ese tipo de actividades y siempre terminaba por rechazarlos, ganándose incluso algunas burlas por su negativa pese a haberse enlistado en el ejército desde muy joven. Por esa razón y al ser la primera vez que estaba frente al cuerpo de un animal que pronto se convertiría en su alimento, no pudo evitar sentirse contrariado. La facilidad con la que Levi tomaba parte de la carne de un cuerpo que ni siquiera de había enfriado le hizo temer por su propia vida y preguntarse si acaso sería capaz de matarlo con esa misma frialdad.

El incómodo momento no duró demasiado; tan pronto hubo terminado de tomar algunos trozos del lomo del animal, Levi se alejó un poco para permitir que el tigre se alejara con el resto de su presa tan solo para unirse a otros animales y arrancarla la carne a mordidas. La sola idea de verlos desgarrar la carne en su lucha por conseguir mayos cantidad de alimento le provocó arcadas, sin embargo, para suerte del comandante, los tigres parecieron organizarse de algún modo de no era capaz de entender, de forma que se aproximaban en grupos de tres o cuatro, comían lo que a sus ojos era poco en comparación con sus enormes tamaños, y se alejaban para ceder el lugar al siguiente grupo, casi como si respondieran a alguna jerarquía.

Aquella capacidad de organización le resultaba impresionante, tanto que ni siquiera notó el momento en que Levi había encendido fuego para asar la carne. Para su desgracia, su hambre era superior al nudo que aun sentía en la boca del estómago por la impactante escena, y pronto se rindió a la necesidad de consumir alimento para recuperar sus energías, que mucha falta le harían si deseaba escapar con vida de ese lugar.

Algo que no dejaba de molestarle desde aquella conversación con Levi, aunque en realidad eran demasiadas cosas, era aquella repentina amenaza sobre volver a morderlo si se negaba a cooperar. Por lo poco que podía intuir acerca de él, Erwin podría jurar que tenía algún problema de personalidad; quizás había pasado mucho más tiempo en esa montaña de lo que había imaginado al comienzo y por esa razón se comportaba de forma tan extraña, como el hecho de llamarse a sí mismo Dios o Guardián, e incluso Padre de aquellos animales. Sin embargo, aunque había encontrado cierta distracción en la imagen del hombre intentando morder su mano pese a la obvia diferencia física, tenía que admitir que había algo en él que le impedía tomarlo a broma. Algo amenazador en su manera de moverse, en su mirada, en su expresión… algo que le provocaba la misma sensación que experimentó unos días antes en presencia de aquel tigre blanco al que no había vuelto a ver, aun si ese pensamiento resultaba absurdo hasta para sí mismo. Pensar en Levi y ese extraño animal le provocaba un incómodo escalofrío que no era capaz de ignorar.

Otra de las cosas que le confundían, aunque en realidad todo era nuevo y confuso para él, era el hecho de que Levi desaparecía cada noche sin falta y no regresaba sino hasta la mañana siguiente. No era que echara de menos su presencia alrededor, pero tenía que admitir que estar rodeado por decenas de feroces felinos era mucho menos aterrador cuando Levi estaba cerca pues, de algún modo, sabía que ellos lo respetaban, como si el hombre pudiera entender el lenguaje de las bestias, y, al estar solo con ellos, pasaba cada segundo preguntándose en qué momento se acercarían para devorarlo, en particular, dos tigres que siempre se mantenían echados a su lado.

Sin embargo, con el paso de los días, la presencia de los felinos se había vuelto reconfortante, sobre todo en aquellas noches especialmente frías en las que lo mantenían cálido con sus suaves pelajes y la temperatura de sus cuerpos, varios grados más alta que la suya. Erwin estaba seguro de que el miedo no desaparecería, pero un poco de compañía en verdad hacía más llevadero el cautiverio, considerando que su captor era un hombre de pocas palabras que no se mostraba ante él con mucha frecuencia.

—Entonces... ¿Qué es lo que te toma tanto tiempo cada noche?

Erwin, en un nuevo intento por comenzar una conversación, decidió probar con aquello que le intrigaba más que cualquier otra cosa en ese momento. Por desgracia, tratar de hablar con Levi era una misión peligrosa, tal como pudo comprobar al ver a todos y cada uno de los tigres que les rodeaban adoptar una postura rígida, defensiva, como si estuvieran preparándose para arrancarle la cabeza de un mordisco si daba un paso en falso o se atrevía a acercarse a su "padre".

—Me gusta caminar por el bosque —respondió Levi con simpleza, avivando el fuego que había encendido para contrarrestar el frío de la tarde y sin prestar atención a lo que hacían los animales.

—¿Tienes alguien a quien visitar? —insistió. —Una familia tal vez... o quizás, ¿tienes alguna cabaña en el bosque? ¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí? Entiendo que no quieras dormir aquí, el suelo es muy incómodo y las noches demasiado frías, pero no pareces la clase de persona que viviría en el bosque...

Aunque Erwin no quería sacar conclusiones precipitadas en base a su apariencia o su ostentosa forma de vestir, tenía que admitir que no parecía la clase de hombre que esperaría encontrar viviendo allí, rodeado de animales salvajes. Tal vez, a él también lo habían atacado. Quizás había tenido que huir al bosque para refugiarse. Sin embargo, de ser el caso, ¿por qué lucía tan tranquilo? Porque sí, Erwin tenía que aceptar que su apariencia era demasiado pulcra para alguien que estaba escondiéndose.

—He estado aquí desde siempre, métete en tus propios asuntos —se quejó el hombre, clavando sus fríos ojos en él como si deseara rebanarle el cuello para que dejara de hablar—. Además, aun si tuviera una cabaña en algún lado, te aseguro que serías el último a quien llevaría; cada día soporto menos tu hedor.

Así, tan pronto como había llegado, se esfumó cualquier oportunidad de mantener la conversación, pues Levi no tardó en ponerse de pie para sacudir el polvo de su ropa e internarse en el bosque sin decir nada más, dejándolo con una expresión totalmente avergonzada y con la sensación de que tenía razón; entre la sangre seca y el tiempo que llevaba sin asearse, pese a que Levi limpiaba sus heridas con atención, Erwin cayó en la cuenta de que verdaderamente olía mal. Necesitaba un baño, pronto.


El paso del tiempo era demasiado lento, al menos, así lo sentía Erwin al no poder hacer nada. Su mente era una maraña de pensamientos negativos, miedo y planes de vengaza y, sin embargo, el suave vaiven de las hojas moviéndose en las ramas terminaba por devolverle la serenidad. Así eran los días en el medio de la nada, un constante asalto de negatividad reemplazado por una paz arrasadora; una y otra vez... y aunque pareciera que había pasado una eternidad desde la ultima vez que tuvo contacto con el mundo "exterior", encontraba cierto placer culposo en su cautiverio, en no tener que pensar en nada.

Aun así, pese a la calma que el lugar transmitía y a lo bizarro de la situación, Erwin terminaba volviendo siempre al mismo pensamiento: necesitaba descubrir qué había pasado con sus hombres. Necesitaba encontrar al culpable o jamás se lo perdonaría y recuperar sus fuerzas era, en definitiva, una buena forma de empezar.

Apenas unos días después, logró finalmente sentarse sin ayuda, y no tardó en lograr ponerse de pie ante la reprobatoria mirada de su captor. Al principio se había conformado con mantenerse en pie unos minutos antes de ceder al dolor que se hacía presente en su abdomen con cada esfuerzo, sin embargo, pronto se atrevió a ir un poco más lejos, caminando un par de pasos hasta cubrir un metro. Tal vez no fuera gran cosa, pero sin duda le devolvía el entusiasmo. No así a sus acompañantes, pues en cuanto estuvo suficientemente fuera de su alcance, el par de bestias que siempre le flanqueaba pareció ponerse en guardia por un momento antes de levantarse para darle alcance, rodeandolo de inmediato.

—Hey, tranquilos —intento relajarlos, pero el tener sus feroces colmillos a la vista y demasiado cerca de su cuerpo le impedía mantener la calma—. Vamos, no es como si fuera a salir corriendo, es obvio que no tendría oportunidad.

—Miren eso —escuchó tras su espalda—, quién diría que el comandante de las fuerzas norteamericanas estaría asustado de unos simples cachorros.

Un sonrojo imposible de ocultar cubrió el rostro del comandante, aunque su expresión se mantuvo en aparente calma. Claro que, comparado con la eterna serenidad de Levi, lo suyo era mucho menos creíble. Se detuvo, girando apenas lo suficiente para poder verlo a los ojos sin perder de vista a los enormes felinos.

—No puedo creer que fueras tan tonto como para tratar de escapar con todos esos tigres alrededor... —continuó. —Creo que no tengo que recordarte por qué este lugar es llamado Hu Shan. La montaña del tigre. Hay tigres por todos lados.

Erwin pudo jurar que una sonrisa burlona bailaba en los labios de Levi en ese momento, sin embargo, no iba a dejarse amedrentar por sus palabras aun si estaba en lo correcto.

—Te equivocas —respondió con aparente calma—, sólo necesitaba caminar un poco. No iba a ningún lado. Como dije, sería imposible para mi el intentar huir en mi estado tan lamentable.

Levi pareció meditarlo un poco, pero antes de que pudiera cantar victoria, su respuesta le provocó un notable escalofrío.

—Estoy de acuerdo. Isabel, Farlan —llamó refiriéndose a los animales que le cerraban el paso—, manténganse cerca de nuestro 'invitado'. Recuerden que lo necesitamos vivo, aunque pueden comerse sus brazos o piernas si acaso intenta escapar.

Erwin, aunque no estaba conforme con aquella amenaza, tuvo que aceptar que el hecho de poder caminar un poco sería de gran ayuda. En especial si quería reconocer el entorno para lograr salir con vida. Así, luego de descansar el resto del día, esperó con ansias el momento en que volviera a quedarse solo, confiando en que su formación militar sería suficiente para permitirle ubicarse pese a la absoluta oscuridad del bosque.

Luego de que Levi se fuera, como de costumbre, terminó su último alimento del día con parsimonia, tratando de disimular cualquier rastro de prisa o ansiedad que pudiera delatarlo. Apenas hubo terminado, se permitió un momento para digerir sus alimentos antes de levantarse, siguiendo el patrón de esa misma mañana: algunos pasos lentos para tomar fuerza y luego un metro tras otro una vez hubo tomado confianza. Así, caminando aparentemente sin rumbo ni prisa, Erwin se encontró pronto buscando alrededor el sendero por donde había llegado, además de cualquier lugar que pudiera ofrecerle al menos la mínima oportunidad de escapar u ocultarse.

A la distancia, quizás un kilómetro al norte, Erwin podía escuchar agua correr con fuerza. Debía tratarse del río que los aldeanos solían mencionar en sus historias, aquel que separaba a sus tierras de las místicas montañas y les mantenía a salvo de sus feroces animales. El aroma a humedad que pudo percibir unos cuantos metros más allá confirmó sus sospechas, y Erwin difícilmente podía ocultar su emoción al saber que se encontraba tan cerca del río. Si lo seguía, sin duda llegaría a alguna de las muchas aldeas que se hallaban en esa zona, sin mencionar que, si las leyendas eran ciertas, si lograba cruzarlo estaría a salvo de esa pesadilla.

Por desgracia, los tigres, Isabel y Farlan aunque no estaba seguro de cuál era cuál, caminaban uno a cada lado de su cuerpo, siguiendole el paso tan de cerca que podía sentir su pelaje rozando contra sus piernas. Por momentos, Erwin podía sentir que le empujaban a un lado o al otro. Al principio había estado seguro de que lo hacían con la intención de molestarlo o hacerlo perder el equilibrio, pues un par de veces había estado a punto de caer, sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que pudiera notar la verdad: le estaban manteniendo en el camino.

No podía haber otra explicación para ese extraño comportamiento, y aunque hasta hacía unos días hubiera jurado que no eran capaces de razonar, ahora estaba seguro de que su intención era mantenerlo alejado del sendero o del cauce del río, de modo que ahora esos empujones estaban sirviendo, sin saberlo, para indicarle la dirección correcta, el camino para salir de ese bosque.

Casi de forma inmediata, el comandante comenzó a idear un plan para escapar, probando alejarse en diferentes puntos del camino y tomando nota mental de cualquier seña particular que pudiera distinguir en cuanto era empujado de vuelta. Al comienzo había parecido imposible, entre ramas y arbustos, distinguir un árbol de otro era inimaginable; sin embargo, gracias a su instinto y experiencia, comenzó a notar diferencias, algunas demasiado sutiles, pero que en definitiva podría recordar. Algunas bayas, una rama quebrada, un arbusto con forma de tetera... detalles como el color de las hojas o algún aroma, cualquier cosa era útil en ese momento.

En su mente, el plan para escapar del bosque iba cobrando forma al mismo tiempo que sus esperanzas aumentaban y la energía volvía a su cuerpo. Tal vez necesitaría un par de días hasta estar seguro de que podría ponerlo en marcha… De pronto, un fuerte golpe en su pierna y un gruñido que pudo interpretar como una advertencia le devolvieron a la realidad. Sí, había caminado más lejos de lo esperado sin darse cuenta, pero Erwin estaba seguro de que no había hecho nada que pudiera resultar sospechoso, incluso había procurado avanzar lentamente, aunque los gruñidos de ambos animales parecían indicar todo lo contrario. Por un momento, mientras era empujado con demasiada fuerza de regreso al claro donde le mantenían cautivo, temió haber sido muy obvio con sus intenciones de huir; quizás se había acercado demasiado a la salida. Si de algo estaba seguro, era que no podía dejarles ver lo asustado que se encontraba en ese momento, por su propio bien y el futuro de su plan.

Apenas regresar y en su afán por no ser descubierto, Erwin se permitió dormir un poco para recuperar las energías que había perdido por el esfuerzo. Por extraño que pareciera, pese a la forma tan brusca en que le habían obligado a avanzar, el comandante tuvo la certeza de que los tigres que le vigilaban no pensaban devorarlo mientras descansaba. Había llegado a pensar en más de una ocasión que el cautiverio le estaba haciendo perder la cordura, sin embargo, estaba convencido de que tenía razón al confiar en ellos, después de todo, Levi había indicado claramente que lo necesitaban con vida.

Fue apenas unas horas después, mientras los primeros rayos de sol se asomaban entre las colinas, que Erwin escuchó una voz desconocida, la voz de una mujer. El volumen de sus palabras era demasiado bajo, apenas un susurro que parecía provenir de todas partes y de ningún sitio a la vez, como si el viento tomara las palabras y las llevara en todas direcciones. Al principio, aun adormecido, le fue imposible entender lo que estaba diciendo, pero sus sentidos pronto se agudizaron y no tardó en darse cuenta de que lo que escuchaba no era una sino dos voces.

—No lo sé, no confío en él —fue lo primero que pudo entender.

—Ese sujeto es muy astuto —escuchó pronunciar a la otra voz, un hombre—. No podemos descuidarnos.

Fingiendo estar dormido, Erwin logró escuchar un poco de la conversación e identificar el lugar desde donde provenía el sonido, varios metros delante de él.

—Aun así me sorprende que sea tan torpe, ¿de verdad piensa que puede engañarnos?

—Levi debería ser más cuidadoso con…

No supo cuál había sido la razón por lo que dejó de hablar de forma tan repentina, sin embargo, supuso que tenía que ver con los animales que siempre le rodeaban y cuya ausencia había notado en ese preciso momento. Por un momento, se preguntó quiénes serían esas personas y qué relación tendrían con Levi, pero ese pensamiento fue reemplazado por otro mucho más arriesgado; y era que quizás el conocer a esas personas que parecían tan allegadas a Levi podría convertirse en una ventaja más adelante.

Sin perder más tiempo, Erwin abrió los ojos con la intención de descubrirlos, seguramente siendo rodeados por los tigres, ya que estaba seguro de que Levi habría prohibido todas las visitas al tratarse de un rehén, aunque se abrieron todavía más por la sorpresa. Ahí, ante él, donde estaba seguro que debería haber al menos dos personas, no había más que un par de felinos mirándole con fijeza.

Contrariado, se incorporó para estirar un poco su espalda, logrando a penas ignorar la incomodidad que esas miradas le provocaban, aunque la sensación de haberse vuelto loco no estaba siendo de mucha ayuda en esos momentos. Era imposible que se hubieran alejado sin que él se diera cuenta, pero entonces, ¿dónde estaban?


Ese día, el regreso de Levi tardó más de lo normal. Usualmente, regresaba poco después del amanecer, sin embargo, no fue sino hasta pasado del medio día cuando notó su silueta aparecer entre los arbustos. Como de costumbre, llegó acompañado por un pequeño grupo de tigres que le seguían de cerca, cargando algunas presas pequeñas en sus hocicos.

—Pensé que seguirías jugando por allí —comentó Levi sin interés, acercándose para sentarse frente a él antes de tomar una liebre en sus manos, dispuesto a trozarla para comer.

En un primer momento, Erwin se sintió expuesto ante esa pregunta, después de todo era imposible que Levi supiera lo que había estado haciendo a menos que alguien se lo hubiera dicho lo que le hizo preguntarse si quizás aquellas personas que había escuchado se dedicaban a observarle; sin embargo, lo que más le sorprendió pese a que le tomó un momento darse cuenta, fue el hecho de que el propio Levi hubiera comenzado la conversación. Aunque parecía estar demasiado concentrado en el pequeño animal en sus manos, Erwin podía notar por la rigidez de su postura que aguardaba una respuesta.

—Sólo caminé un poco, no es como si pudiera ir muy lejos con estas heridas —mintió—, además, aun si pudiera tus amigos no lo permitirían —agregó señalando a los dos felinos que se hallaban a su lado todo el tiempo.

Levi asintió en silencio, al parecer su respuesta le había dejado satisfecho.

Erwin se debatía internamente si sería buena idea mantener la conversación mientras su mirada se detenía en las ágiles manos del hombre, que desmenuzaban la carne con maestría hasta obtener varios trozos pequeños. Sus manos, pequeñas y blancas, se movían de forma casi rítmica, separando la piel, cortando y rebanando ante la penetrante mirada del rubio. En ese momento, por extraño que sonara, Erwin sintió una repentinamente tranquilidad extendiéndose por todo su cuerpo desde el interior. Quizás ese era el momento perfecto para averiguar un poco más sobre los motivos de su captor para mantenerlo ahí.

—Levi… —comenzó, más las palabras se detuvieron en su boca y sus pensamientos sobre sacarle información desaparecieron cuando, al elevar su mirada hasta su rostro, notó un hilo de sangre que corría por su mejilla desde lo que parecía ser una profunda y dolorosa cortada—. ¡Estás herido!

Antes de que cualquiera pudiera prever sus movimientos, su cuerpo se inclinó hacia adelante al mismo tiempo que su mano se posó en la blanca mejilla del más bajo, en un intento por detener el sangrado, tomando a todos por sorpresa. Solo por un instante, el mundo a su alrededor desapareció ante el suave tacto de la piel ajena; nunca en toda su vida imaginó que la piel de un hombre pudiera ser tan tersa, tan cálida, en especial tratándose de alguien que siempre parecía estar de mal humor. Era simplemente impensable.

Levi, por su parte, se hallaba tan confundido ante ese roce que le tomó varios segundos reaccionar, apartando su mano de un manotazo sin delicadeza alguna justo antes de levantarse, poniendo distancia entre ellos de forma nada disimulada hasta sentarse junto a uno de los tigres de mayor tamaño, el cual, al igual que el resto, mostraba sus colmillos hacia Erwin de forma amenazante. De haber estado en otra situación, aquella imagen hubiera resultado incluso graciosa para el rubio, pues tanto los animales como Levi tenían la misma expresión y la misma aura llena de furia, sin embargo, en ese momento el recuerdo de la sensación de su piel aun ocupaba su mente.

—Lo lamento —susurró—, solo intentaba ayudar.

Levi, sin decir nada, giró su rostro hacia la derecha, donde se encontraba la cabeza el enorme animal que ahora le servía como respaldo, y, sin despegar sus fríos ojos de los azules de Erwin, permitió que la larga lengua del animal rozara su herida un par de veces, limpiando los restos de su sangre y haciéndola cicatrizar.

—No hace falta que intentes nada, como puedes ver, no necesito nada.

Para Erwin, la actitud altiva de Levi resultaba hasta cierto punto poco convincente viniendo de alguien que había, literalmente, escapado de él momentos antes, pero el hecho de que permitiera que un animal carnívoro lamiera su sangre sin miedo a que le arrancara la cabeza de un mordisco era más que suficiente para ganarse su respeto.

Su sorpresa, increíblemente, aumentó cuando el mismo animal se acercó al oído de Levi como si en ese preciso momento le estuviera contando un secreto; por extraño que fuera para él, Levi asintió luego de aquello, permitiendo que se alejara un poco antes de acariciar la cabeza del felino, justo entre sus orejas como varias veces le había visto hacer, ganándose un ronroneo digno del más adorable gatito, por lo que pudo suponer que aquello era alguna especie de mimo hacia el animal.

Después de aquello, un incómodo silencio se instaló entre ambos, siendo roto apenas por el crepitar del fuego que Levi había encendido para cocinar la carne de ambos. Mientras comía, Erwin se encontró con algo aún más incómodo que el silencio: la penetrante mirada de uno de sus "escoltas". Claro que, tras unos minutos intentando ignorarlo, Erwin se percató de que no era a él a quien miraba sino al trozo de carne ahumada que sostenía en sus manos, el cual parecía querer arrebatarle.

Luego de un par de bocados más y de meditarlo mucho, Erwin finalmente tomó una decisión y, ante la penetrante mirada de Levi, le ofreció el resto de la carne al animal. Al principio, el comandante extendió su mano temblorosa hacia el tigre, aunque pronto la encogió un poco como si de pronto cayera en la cuenta de lo peligrosa de la situación. Sin embargo, tanto Levi como el resto de los animales habían dejado de comer tan solo para mirarlo, lo que se sintió como un reto para él; aunque claro, perder su mano solo por demostrar que no le tenía miedo no parecía una opción viable.

Luego de un profundo respiro, estiró su mano de nuevo, esta vez acercando la carne hasta las fauces del tigre, que no parecía tener intenciones de morderlo pero tampoco de tomar el alimento. Heladas gotas de sudor corrían por su espalda mientras esperaba, ansioso, comenzando a convencerse de que aquella había sido una pésima idea y culpando a su impulsividad.

El animal, que se había mantenido inmóvil, se irguió imponente ante él, y pese a no ser tan grande como el otro tigre que le custodiaba, Erwin tuvo que reconocer que no tendría oportunidad de defenderse si decidía atacarlo para quitarle la comida. Fue apenas una fracción de segundo, pero el comandante podría jurar que había sentido el verdadero terror en el momento en que acercó su hocico hasta su mano con brusquedad y sintió su caliente respiración chocar contra su piel. Por un instante incluso estuvo seguro de que se la arrancaría de un mordisco, pero pronto volvió a respirar aliviado al notar que solo tomaba el trozo de carne para devorarlo de inmediato.

Más aquello no terminó ahí. Erwin se paralizó mientras la caliente y húmeda lengua del animal se pasaba por su mano un par de veces, limpiando de entre sus dedos los jugos de la carne que habían quedado en su piel. Un suave ronroneo le hizo saber que todo había terminado, devolviéndole la capacidad de respirar. Había pasado la prueba.

Una sonrisa nerviosa pero satisfecha se posó en los labios del rubio, aunque se esfumó en el momento en que vio a Levi rodar los ojos antes de que todos volvieran a comer como antes. En su mente, Erwin estuvo seguro de que todos ellos esperaban que perdiera la mano; aquel pensamiento renovó sus ánimos sin duda. Unos minutos después, apenas terminó de comer, Levi se levantó soltando un pesado suspiro y sacudiendo el polvo de su ropa como de costumbre.

—¿Te vas tan pronto? Parece que estás muy ocupado —comentó Erwin al verle. Claro que no esperaba que comenzaran a charlar de la nada, pero era poco usual que se retirara tan rápido; era como si tuviera prisa, además de que esperaba que la incomodidad que se había instalado entre ellos momentos antes finalmente desapareciera.

—Tengo cosas qué hacer —respondió, y Erwin no pudo ocultar su sorpresa. No solo no le había atacado con sus palabras, sino que estaba respondiendo al parecer de buena gana. Tal vez alimentar a un feroz tigre le había hecho ganar un poco de su respeto. O tal vez solo era que no tenía a nadie con quien hablar, después de todo, todo el mundo necesitaba desahogarse alguna vez.

—Ya veo, debe ser algo importante.

—Tengo que ir a vigilar —respondió—, hay hombres adentrándose en nuestros territorios y no me dan confianza. Estoy seguro de que no tienen buenas intenciones.

Erwin no podía decir qué era lo que le sorprendía más, si el hecho de que hubiera respondido con sinceridad o el que Levi estuviera tan comprometido con proteger ese lugar. Algo debía haber allí que no quería que nadie más descubriera.

—Yo podría acompañarte, tal vez necesites ayuda. —Se puso de pie de inmediato, resintiendo su falta de cuidado en su abdomen y mostrando un gesto de dolor.

—No, prefiero estar solo. Y no tengo tiempo de cuidar enfermos.

Sin decir nada más, Erwin lo vio alejarse hasta perderlo de vista como cada noche, y tuvo que aceptar que tenía razón. En su estado, no sería más que un estorbo. Quizás debería reconsiderar su decisión de tratar de escapar, al menos por unos días hasta haberse recuperado por completo.

Un pesado suspiro se dejó oír, sin embargo, no fue Erwin quien suspiró. Quienquiera que hubiera sido, debía estar muy cerca.

—Él siempre ha sido así… —se escuchó a su lado, una voz femenina, mas no fue capaz de ver a nadie.

Un fuerte gruñido reclamó su atención en el momento justo en que el tigre de mayor tamaño se levantaba, poniéndose al asecho y mostrándole sus colmillos de forma amenazante. No estaba seguro de qué había hecho para ganarse esa obvia amenaza, pero no tardo en notar que no era a él a quien estaba tratando de intimidar sino al otro tigre, el que había alimentado momentos antes.

Su mirada viajaba de un animal al otro, seguro de que estar en medio de las feroces bestias en definitiva era demasiado peligroso. Los dos tigres avanzaron lentamente, en guardia, listos para saltarle al cuello al contrario en el momento en que se descuidara mientras gruñían de forma amenazante. Erwin dio un paso hacia atrás tan lento como podía, preguntándose si acaso estarían peleando por comérselo, por ser el primero en probarlo, aunque en realidad ninguno de los dos parecía estar prestándole atención. Tenía que ser algo más.

Las feroces mandíbulas de ambos se abrieron con violencia ante su mirada y Erwin estuvo seguro de que aquello sería apenas el preludio del ataque que vendría. Pero, en vez de un ataque mortal, lo que pasó le dejó convencido de que había perdido la razón. Lo que salió de ellos no fueron más rugidos, ni siquiera hubo mordidas.

Aquella noche, a la luz de la luna, Erwin escuchó a los tigres hablar.

—¿Estás loca? ¡Vas a arruinarlo todo! —Pronunció el de mayor tamaño, y el rubio supo que el tigre al que había alimentado era la hembra, Isabel.

—¡No estoy loca! Estoy cansada de gruñir todo el tiempo como si fuéramos animales salvajes.

—Levi se molestará mucho cuando se entere —se quejó el otro mostrando sus colmillos.

—Ustedes… están… —logró pronunciar apenas, incrédulo. Ante él, el par de tigres que siempre le seguía a todas partes se encontraba discutiendo en perfecto mandarín.

—¿Qué? —respondió el tigre, esta vez dirigiéndose hacia él aunque sin dejar de mostrarse agresivo.

—Es normal —agregó con simpleza Isabel—, luego de vivir por tanto tiempo, sería imposible que no aprendiéramos la lengua de los hombres.

No hubo necesidad de más palabras, ni siquiera fue capaz de responder.

No había duda, Erwin se había vuelto loco.


De verdad lamento mucho el retraso con este fic. Sé que he tardado demasiado en actualizar pero no tengo excusa, no tenía ánimos para continuar esta ni ninguna otra historia. Espero no volver a tardar tanto. Ojalá les haya gustado este capítulo y que compense la espera, no fue muy largo pero al final me gustó cómo quedó.