Los invasores norteamericanos
"Cuando un tigre alcanza los quinientos años, su pelaje se vuelve completamente blanco"
Erwin recordaba haber escuchado cientos de historias fascinantes sobre feroces tigres que habían luchado junto al emperador en las guerras feudales; bestias sagradas que protegían templos ocultos, tigres blancos tan longevos que habían presenciado el nacimiento de las montañas que ahora habitaban; pero, sin duda, jamás escuchó nada sobre tigres que hablaran la lengua de los hombres.
—Deja de hablar con él —pronunció el tigre más grande—, aún no sabemos si está con los invasores.
Mientras discutían, los felinos comenzaron a rodearse en lo que Erwin reconoció como un acto previo a lanzarse al ataque. Nunca antes había visto luchar a dos animales, pero estaba seguro de que era algo que no deseaba presenciar, mucho menos estando tan cerca, de modo que retrocedió algunos pasos antes de intentar tranquilizarlos, dejando de lado la idea de haberse vuelto loco.
—¿Por qué no paran con esto de una vez? Estoy seguro de que a Levi no le gustará saber que dejaron de vigilarme a causa de una discusión...
—Tú no sabes lo que le gustaría o no —le interrumpió el tigre con recelo—. Tú no sabes nada.
En ese momento, cuando parecía que iba a lanzarse hacia él para arrancarle la garganta de una mordida, el otro tigre, Isabel, se interpuso entre ellos para protegerlo.
—Deja de portarte como un niño, sabes que no podemos matarlo. Además —agregó acercando su enorme cabeza hacia el abdomen del comandante para frotarla contra él—, él me agrada.
Farlan, el tigre más grande, miró la escena con furia mientras gruñía con tal intensidad que Erwin temió por su vida, después de todo, no hacía falta que le dijera con palabras lo que podía notar perfectamente en su postura: no le gustaba su presencia en ese lugar.
Detrás de ellos, el resto de los animales, que hasta entonces descansaban echados en el suelo, comenzaron a ponerse de pie, avanzando uno tras otro hasta posicionarse detrás de Farlan, erguidos con soberbia, en lo que Erwin pudo notar era una formación muy bien organizada. Se estaban preparando para atacarlo. Sin importar que Isabel estuviera de su lado, si todos los demás decidían atacarlos estaba seguro de que ninguno de los dos saldría con vida.
—Aléjate de él —gruñó Farlan—, estás desafiando a tu familia.
El pesado silencio nocturno fue reemplazado por una orquesta de gruñidos que subían de intensidad gradualmente a medida que Farlan avanzaba hacia ellos. Erwin miró hacia ambos lados con cautela y aunque no fue capaz de ver más tigres rodeándolos, estaba seguro de que se encontraban ahí, ocultos entre la maleza, dispuestos a saltarles encima si acaso consideraban la opción de escapar. Aunque no parecía que Isabel tuviera intenciones de escapar. Tampoco de enfrentarlo. Más bien, se mantuvo inmóvil entre el humano y los felinos con tal serenidad que le recordó un poco a Levi.
—No pretendo desafiarte, hermano, pero estás siendo insensato. Matarlo no va a solucionar los problemas con los extranjeros —comentó con calma, provocando una extraña mueca en el otro animal que no pasó desapercibida para Erwin y tampoco para Isabel, pues su voz pareció haberse suavizado cuando continuó—. Tampoco nos devolverá lo que perdimos.
—Malditos invasores. —Su cuerpo se relajó casi al instante mientras que el grupo comenzaba a dispersarse tranquilamente. Todo había terminado. —Nos roban nuestras tierras, nos aniquilan... y aún esperan que tengamos piedad de ellos.
Isabel avanzó hacia él, frotando su cabeza contra la de Farlan como antes había hecho con Erwin, quien de algún modo comprendió que intentaba apaciguarlo.
—Espero que no te equivoques —pronunció el felino, pero antes de que Isabel pudiera responderle, Levi salió de entre los árboles mirándolos con molestia.
—¿Qué está pasando aquí?
La pregunta pareció haber tomado por sorpresa a ambos animales, que de inmediato se separaron para ofrecer una reverencia al joven; mientras tanto, Erwin se debatía entre decirle la verdad, aunque eso supusiera admitir que había perdido la razón, y fingir que nada había pasado, aunque pudiera resultar sospechoso para su captor. Se decidió por la primera.
—Levi, los tigres comenzaron a hablar y... —Fue lo único que atinó a decir, pues al ponerlo en palabras se sintió todavía más absurdo que antes. Porque claro, una cosa era aceptar que Levi tenía cierto control sobre las bestias y otra muy diferente era insinuar que hablaban el mismo idioma.
Definitivamente había sido una mala idea decírselo, estaba seguro de que pensaría que estaba loco. Sin embargo, Erwin se quedó esperando las burlas de Levi pues estas nunca llegaron; en su lugar, pudo verle mirar hacia los animales con lo que parecía ser curiosidad, como si esperara una respuesta a una pregunta que nunca había sido formulada.
Las largas mangas de su traje se agitaron con gracia en cuanto cruzó los brazos sobre su pecho, reflejando los primeros rayos del sol con suaves destellos que capturaron por completo la atención de Erwin. Era como si, a pesar de la situación, sus movimientos estuvieran calculados para mostrar elegancia y poder al mismo tiempo. El comandante estaba listo para retractarse, quizás bromear acerca de lo que el cansancio le estaba haciendo a su mente, pero entonces, antes de que pudiera abrir la boca, alguien se le adelantó.
—Lo sentimos mucho, padre —pronunció Farlan, y aunque Erwin se encontraba atento a la expresión de Levi en espera de su reacción, este se mantuvo tan imperturbable como de costumbre—. Fue mi culpa, me olvidé de gruñir cuando regañaba a Isabel por su imprudencia.
Cada vez que Erwin pensaba que las cosas no podían ponerse más extrañas en aquel lugar, ocurría algo que le hacían preguntarse si no se trataba de un sueño, producto de su delirio febril. Algo como ver a Levi ahí, ante ellos, escuchándolos hablar como si fuera lo más natural del mundo, aunque era obvio que no se trataba de la primera vez.
—No hace falta que trates de mentirme, los conozco lo suficiente para saber cómo fueron las cosas en realidad.
—Lo siento —respondió Isabel, pero Levi ya se encontraba avanzando hasta ella para posar una de sus manos entre su cabeza como era su costumbre.
—Está de más decirles que recibirán un castigo por su conducta —anunció el joven, provocando un ligero temblor en el rubio que imitaba al de ambos animales.
—Levi, por favor no les hagas nada —soltó Erwin de pronto, sin saber por qué intercedía por ellos ni cómo reaccionar—, mantendré esto en secreto, lo juro...
—Métete en tus propios asuntos. Ellos necesitan ser disciplinados; en cuanto a ti... no estoy seguro de que sea buena idea dejarte vivir ahora que lo sabes.
Erwin se estremeció ante la idea de perder la vida a causa de algo así, aunque ciertamente parecía razonable, después de todo, era lógico que siendo un rehén no tuviera razones para confiar en su palabra. Tendría que demostrarle que era digno de confianza.
—Levi yo...
—Esta noche se irán a dormir sin cenar —declaró ignorando por completo la réplica del comandante justo antes de sentarse sobre las pieles que Erwin usaba como lecho, haciéndole señas para que se acercara mientras ordenaba algunas plantas que el rubio no había notado antes. Era hora de tratar sus heridas.
—Entonces, ¿cómo estuvo tu paseo anoche? Es extraño tenerte de regreso tan temprano —se atrevió a comentar el rubio mientras caminaba un poco, aun escoltado por ambos animales, quienes parecían haber comenzado una silenciosa guerra que consistía en empujarlo con la fuerza suficiente para golpear al otro, pero no tanta como para hacerle caer al suelo.
—Fue una noche tranquila —respondió, dando una mordida a la manzana que sostenía en la mano izquierda.
El comandante, que para entonces ya había aceptado que no se trataba de un sueño, aunque tampoco había vuelto a tocar el tema, se preguntó si alguna vez Levi había estado en su lugar, si se había asustado al ver a tantos tigres juntos o si se sorprendió como él lo hizo al descubrir que podían hablar, si acaso los otros tigres también podían hablar o se trataba solo de ellos dos... tenía demasiadas dudas acerca de todo, porque incluso si Levi había dicho que estaba ahí desde siempre, Erwin estaba seguro de que estaba mintiendo. No había forma de que hubiera nacido en ese lugar, aun si fuera el caso, un bebé no podría sobrevivir en esas condiciones. También estaba el asunto de su ropa. Con el porte y la vestimenta de un noble, Erwin no podía creer que viviera solo en el bosque. Levi sin duda era un misterio, al igual que sus intenciones
—Levi —insistió—, escuché algo sobre unos invasores extranjeros, ¿hay algún problema?
El joven se tomó su tiempo antes de responder, terminando la mitad de su manzana y ofreciendo el resto al tigre que permanecía echado a su lado antes de dirigir su atención hacia el rubio.
—Se refieren a ti —respondió como si fuera obvio—. A ti y a todos los extranjeros que vinieron hasta aquí para invadirnos. Ustedes creen que no nos damos cuenta, incluso han logrado engañar a muchas personas, pero sabemos que no están aquí con buenas intenciones, y no voy a permitir que cumplan su objetivo.
La fría mirada de Levi se posó en la suya con firmeza, como si intentara hacerle saber que era consciente de sus planes y que no dudaría en matarlo para frustrarlos, pero Erwin estaba más concentrado en lo que acababa de escuchar. Ya antes había pasado por su mente la sospecha de una traición por parte de su propio país, ahora sentía que era la única explicación lógica para el ataque que habían sufrido. Erwin había comenzado a sospechar de sus superiores y de esas frecuentes visitas a China, sin mencionar que siempre se había mostrado en contra de una posible invasión, de modo que era más que probable que quisieran deshacerse de él ahora que había alcanzado un rango importante en el ejército; y qué mejor forma que exponiendo su identidad como militar ante los habitantes de aquella nación, sabiendo de antemano que se encargarían de matarlo a él y a sus hombres por ellos. Era sin duda un plan meticulosamente preparado.
Sin embargo, no habían logrado acabar con él y sabía que había más personas como Levi que sospechaban de los norteamericanos, si lograba unirse a ellos con sus conocimientos sobre el ejército de su país, estaba seguro de que sería mucho más fácil frustrar sus planes de conquista. De esa forma podía vengar la muerte de sus hombres. Levi debía saber que estaba de su lado.
—Tienes razón. Nos hicieron creer que se trataba de una misión de reconocimiento, que debíamos conocer a los habitantes de la nación que pronto se convertiría en nuestra aliada, pero no fue más que una fachada para ocultar los preparativos para la conquista. Yo mismo venía sospechándolo desde mucho antes del ataque y te aseguro que es mi deseo impedirlo.
—¿De verdad esperas que crea que el comandante de las fuerzas norteamericanas no estaba enterado? Me ofende que me creas tan estúpido.
El joven le miraba con recelo, pero Erwin no podía culparlo, después de todo en su situación debía parecer un intento desesperado por salir bien librado del inminente enfrentamiento.
—Al contrario, Levi, no espero que me creas, pero tengo pruebas de que lo que digo es verdad. La prueba más grande es que fuimos traicionados por nuestro propio país; mis hombres fueron masacrados por oponerse a la invasión y yo hubiera corrido con la misma suerte de no ser... de no ser por ti.
Erwin, que se había detenido frente a él para conversar, cayó en cuenta de que nunca podría pagarle lo que había hecho por él, no solo le había salvado la vida, también le había abierto los ojos a la verdad que tanto temía; aunque no se conocían y no tenían ninguna razón para confiar el uno en el otro, supo de inmediato lo que tenía que hacer.
Avanzó lentamente hasta donde Levi se encontraba sentado, procurando no hacer ningún movimiento brusco que pudiera alarmar a los tigres que les rodeaban hasta que estuvo a escasos centímetros de distancia de él. El comandante era más alto que Levi, era algo que había notado desde la primera vez que lo vio, sin embargo, en ningún momento se atrevió a mirarlo desde arriba y, en vez de eso, agacho la mirada al tiempo que se inclinaba ante él, haciendo una profunda reverencia hasta apoyarse en sus manos y rodillas, lo suficiente para besar el borde de su túnica con reverencia.
—Te debo la vida, Levi. Ordéname que muera por ti.
Levi le miró en silencio, dudando entre si debería creerle o tomar aquello como una trampa para ganarse su confianza. Las pruebas que Erwin pudiera o no tener no significaban nada para él, pero, si realmente habían sido traicionados por oponerse a la invasión, entonces no tenía sentido mantenerlo como un rehén. No había nada que pudiera obtener de él, ni información, ni una posible negociación. No tenía nada, pero se estaba arriesgando demasiado.
Los animales, que hasta entonces se habían mantenido como simples espectadores, gruñeron y se agitaron dándole a entender que era momento de alejarse, cosa que Erwin comprendió a la perfección. Tras levantarse para retroceder un par de metros, pudo ver que no había logrado que creyera en sus palabras, pero estaba seguro, aunque no supiera muy bien el por qué, de que Levi podría detener los planes de conquista.
—Los invasores han avanzado bastante estos últimos años —comentó Levi con cautela, aun dudando que fuera buena idea hablar de eso con él—, cada vez llegan más lejos, no tienen ningún sentido del respeto. No han atacado directamente ningún pueblo hasta ahora, pero sé que han provocado conflictos entre aldeas para que se ataquen mutuamente. Han sembrado ideas en la cabeza de las personas para ponerlas en contra del emperador. Incluso han tratado de acercarse a sus consejeros. Se hacen pasar por comerciantes, pero en realidad son exploradores, buscan las riquezas del imperio.
Erwin estuvo de acuerdo con sus palabras, a pesar de que hablaban de su gente, de los que alguna vez consideró sus aliados, ahora mismo le hervía la sangre al recordar cómo habían sido traicionados, pues ya no le quedaba duda de que su propio ejército había ordenado su ejecución.
—Me duele admitirlo, Levi, pero todo lo que dices es verdad, aunque por mucho tiempo me negué a creerlo.
—No hace mucho que establecieron una base cerca de aquí, al otro lado de la montaña —prosiguió—. Al principio me pareció extraño que desearan asentarse a las faldas de la montaña sagrada, pero luego, observándolos de cerca, supe cuál era el verdadero motivo para hacerlo.
Levi se puso de pie, haciendo una seña con su mano hacia uno de los animales, que desapareció por un momento tan solo para volver con un envoltorio de tela en el hocico y entregárselo. Erwin tomó el pequeño envoltorio con cautela, mirando a Levi en busca de su aprobación para abrirlo. En cuanto esta llegó, en forma de un ligero asentimiento, Erwin retiró con cuidado varias capas de seda oscura hasta descubrir una piedra del tamaño de su puño. A simple vista no parecía nada fuera de lo común, mas al tomarla entre sus manos, esta se separó por la mitad, revelando un brillante interior de color verde. Erwin creyó reconocer el color, pero Levi no tardó en confirmar sus sospechas.
—Es jade, el mismo que adorna la casa del emperador.
Para Erwin, todo aquello no era algo nuevo; él mismo comprendía que si se estaba planeando una invasión debía ser porque habían encontrado algo valioso en aquellas tierras, aunque nunca imaginó que llegaría a verlo con sus propios ojos.
—He pasado los últimos años tratando de mantenerlos alejados, pero se vuelven más fuertes —confesó Levi—. Sus armas son más poderosas cada vez que regresan y pronto no seré capaz de proteger este lugar o a ellos. Por eso, esta guerra tiene que terminar.
Erwin le devolvió la joya luego de envolverla de nuevo, permitiéndose un momento para procesar todo lo que había escuchado, pues él mismo no había comprendido el avance que su ejército había conseguido en esos años de visitas continuas. Mientras que él pensaba que aquello recién comenzaba a orquestarse, la realidad era que llevaban años planeándolo e invadiendo pequeños territorios; pero lo peor era que él mismo había sido parte de eso. Se sentía traicionado, utilizado, y de entre todos esos sentimientos, nació en él un fuerte deseo de hacer justicia, no solo por sus hombres sino por tantos años de mentiras.
—Puedes estar seguro de que haré todo lo que esté en mis manos por ayudarte a frenar esta invasión.
—Lo creerá cuando te hayas recuperado —respondió, y Erwin, una vez más, lamentó el terrible estado en que se encontraba.
Los días que vinieron fueron bastante largos; sus noches, demasiado cortas. Mientras el sol se colaba entre las hojas de los árboles, el grupo de tigres descansaba a la sombra, tomando turnos para dormir, vigilar a Erwin o salir a alimentarse, sorprendiéndolo de paso por esa inusual capacidad de organización. Levi no pasaba tanto tiempo con ellos como antes, pero cuando estaba allí se ocupaba de limpiar y curar sus heridas con esmero, asar la carne que hubiera sobrado del día anterior para alimentarlo y enseñarle a recolectar algunas bayas de arbustos cercanos, cosa que Erwin agradecía, pues su sabor agridulce le ayudaba a limpiar del paladar el sabor de la carne medio cruda que siempre comía. No solían hablar mucho, en realidad, Erwin era quien hablaba la mayor parte del tiempo, pero, aunque había intentado averiguar cómo exactamente era que alejaba a los extranjeros de la montaña, nunca lograba obtener respuesta.
Las noches, por el contrario, eran más activas. Erwin podía ver a los feroces felinos en movimiento, corriendo detrás de algún desafortunado animal que pasara cerca del claro, jugando con garras y dientes entre ellos o arrancando trozos de carne de las presas del día anterior. En varias ocasiones los había visto devorar ardillas y conejos enteros de un bocado, como un claro ejemplo de lo que podría llegar a pasarle si acaso pensaba en desafiarlos.
—Hoy parecía apurado —comentó Erwin una noche, cuando finalmente hubo recuperado por completo el movimiento de sus extremidades.
—Era de esperarse, al parecer han comenzado a provocar pequeños incendios al norte; controlarlos debe ser agotador.
Para Erwin, por extraño que pareciera, resultaba reconfortante conversar con Isabel. Siendo sincero, había llegado a apreciar verdaderamente su compañía. Algunas veces compartía parte de su ración con ella y, a cambio, recibía interesantes charlas sobre la historia de la montaña o de China, anécdotas sobre dónde había estado alguna vez o sobre cómo había visitado alguna aldea humana solo por curiosidad. En ocasiones como esa, incluso hablaban sobre Levi, aunque Erwin había aprendido a ser cuidadoso al respecto, pues no podía olvidar la presencia de su otro escolta, Farlan, quien siempre se mostraba receloso.
—Ya veo, aunque me parece que se expone demasiado al ir solo, podría ser una trampa.
—No está solo, siempre hay varios tigres con él —respondió Farlan esta vez, con la misma molestia que Erwin siempre percibía en su voz.
El comandante guardó silencio por un momento, considerando la posibilidad de dar por terminada la conversación, aunque no era común que el tigre de mayor tamaño se tomara la molestia de responder, de modo que quiso intentar un poco más.
—Levi siempre está rodeado de tigres, pero, ¿nunca lo atacaron? Quiero decir, cuando llegó aquí. Debió haber sido complicado adaptarse a convivir con tantos... depredadores.
No estaba seguro de haber usado la palabra correcta, pero no podía pensar en ninguna otra que describiera mejor a los feroces animales con los que ahora convivía sin llegar a ofenderlos, como cuando les había llamado bestias. Por otro lado, su curiosidad acerca de Levi crecía un poco más cada día, al igual que su respeto por haber llegado a establecer una verdadera comunidad en aquellos animales.
—Levi no llegó aquí —respondió Farlan con evidente molestia—. Él siempre estuvo aquí.
—Es verdad —secundó Isabel antes de que Erwin pudiera acusarlo de estar burlándose de él—, Levi está aquí desde mucho antes que cualquiera de nosotros. Algunos dicen que esta montaña nació para él, pero sólo nuestro padre conoce la verdad.
Erwin los miraba fijamente, procesando sus palabras sin poder creer que fuera verdad. No tenía conocimiento sobre la longevidad de aquella especie, por lo que no parecía imposible el hecho de que Levi fuera mayor que ellos, pero asegurar que era también más viejo que la montaña sonaba como una de las muchas leyendas que se contaban en las aldeas cercanas, las mismas que hablaban sobre animales fantásticos con pieles de oro y ojos de oráculo.
—Alguien dijo una vez que cuando nuestro padre abrió los ojos al mundo, ya se encontraba en este lugar. Mucho antes de que cualquiera de nosotros naciera. Mucho antes de que los abuelos de tus padres nacieran.
Por alguna razón que escapaba a su comprensión, escuchar a Farlan contar aquello que parecía una exageración con tal nostalgia le hizo sentir que era verdad. Siendo así, ¿sería posible que Levi realmente fuera un dios?
—¿Por qué lo llaman Padre? —preguntó, dirigiéndose a Isabel. —Estoy seguro de que él no los engendró.
—Tal vez no, pero él nos crio. A Farlan y a mí... a todos nosotros. Nos dio un hogar, nos brindó protección... él es nuestro padre, todos lo sentimos así desde el día en que nacemos.
Erwin no alcanzaba a comprender del todo sus palabras, pero el afecto y la devoción con que se referían a Levi era algo que sin duda le impresionaba. Había tantas cosas que no conocía, que pensaba que eran producto de la imaginación de los nativos, tantos relatos que parecían imposibles, que por un momento se sintió afortunado de haber sido capaz de experimentar una realidad diferente a la que conocía.
Tras un largo silencio que no resultó tan incómodo como hubiera pensado, en el que tanto él como los tigres se habían abandonado a sus pensamientos ante el fuego de una fogata casi extinta, el comandante se puso de pie, dando tiempo a que le imitaran antes de comenzar a caminar por los alrededores como era su costumbre. Caminó cerca de una hora en silencio, en calma, como si romper la atmósfera que ahora reinaba a su alrededor fuera una blasfemia.
Ahora que podía caminar más lejos, sin titubear o sentir que sus piernas cedían ante el dolor, volvió a considerar la idea de salir de aquel lugar. Ya antes había dejado de lado sus intenciones de escapar, pero quizás, si corría con todas sus fuerzas, podría llegar al río antes de que los animales lo alcanzaran. Y no era que deseara escapar, en realidad estaba convencido de que deseaba ayudarles, pero también estaba seguro de que podía hacer más si tan solo lograba conseguir armas, aliados, los planes del ejército... si se iba y regresaba con algo de eso, sería más útil que quedándose sentado a esperar a Levi. Erwin necesitaba hacer algo o se volvería loco.
Había intentado alejarse de forma discreta, probando cambiar el rumbo mientras prestaba atención a la reacción de sus acompañantes. Mientras Isabel parecía no darse cuenta de sus intenciones, Farlan le miraba de reojo cada vez que daba un paso fuera del que implícitamente habían establecido como su camino permitido, como si fuera capaz de leer sus pensamientos y ya fuera consciente de sus intenciones.
El comandante, al notar que no sería tan simple como pensaba, llegó a considerar la idea de ser honesto y contarles cuáles eran sus intenciones. Con suerte, no solo le dejarían ir, sino que le ayudarían a llegar al río. Mientras pensaba en cómo explicarles lo que estaba planeando, un potente rugido se dejó oír a sus espaldas, erizándole la piel y alertando a ambos animales.
A ese estremecedor rugido siguieron varios más, al tiempo que oscuras nubes de tormenta comenzaban a arremolinarse sobre sus cabezas. Las frías gotas no tardaron en comenzar a caer, pasando de ser una llovizna a una verdadera tormenta eléctrica en cuestión de segundos.
Los otros tigres, los que se mantenían dispersos entre la maleza, de pronto corrían hacia él a gran velocidad, pasando a su lado sin prestarle atención y continuando su camino hasta perderse de vista, seguramente buscando refugiarse de la lluvia torrencial. Si antes no lo había notado, ahora podía jurar que cada vez que lo que fuera que estuviera ahí afuera rugía, los truenos le respondían en lo que esperaba fuera una espantosa coincidencia.
Farlan e Isabel tampoco estaban tranquilos. Conocían esas tormentas de boca de sus ancestros, pero presenciar una en carne propia era definitivamente algo que nunca hubiesen deseado. Era la furia de Dios. Algo terrible debía haber sucedido.
—De prisa, llévatelo —ordenó Farlan mirando a su hermana, reconociendo el mismo miedo que sentía en los ojos contrarios.
—Claro que no, no voy a dejarte aquí solo.
Ambos animales miraron a Erwin con urgencia antes de volver a mirarse entre sí, intentando decidir si deberían dejarlo ir solo o llevarlo con ellos, pues, aunque el miedo se expandía por cada centímetro de sus cuerpos, sabían que tenían que encontrar al causante de aquella tempestad y apaciguarlo. Cosas horribles suceden cuando Dios enfurece, decían sus abuelas. No querían tener que comprobar la veracidad de sus palabras.
—Bien, entonces que él decida —respondió Farlan, derrotado—. ¿Quieres morir?
Si Erwin había respondido, ninguno de los dos había sido capaz de escucharlo a causa de los feroces truenos, que acompañados por los escalofriantes gruñidos se encargaban de ahogar cualquier otro sonido.
Ambos animales salieron corriendo en contra del resto, buscando la fuente de todo ese alboroto sin molestarse en comprobar si el rubio les seguía. Sabían que estaba ahí, podían sentir su presencia varios metros atrás, pero no podían darse el lujo de esperarlo.
Erwin corría tan rápido como sus piernas se lo permitían. Aunque momentos antes había pensado que podría escapar de los tigres que le seguían a todos lados, ahora comprendía que había estado equivocado. Aun si su cuerpo estaba casi recuperado por completo, su velocidad no se acercaba ni un poco a la de los enormes felinos, que corrían como si el camino no estuviera plagado de obstáculos.
Tras varios cambios abruptos de dirección y algunos momentos en los que habían tenido que parar para orientarse, un sonido agudo similar a un lloriqueo se alzó por sobre el ruido de la tormenta y llegó hasta los oídos del rubio. Isabel, quien también parecía haberlo escuchado, se alejó un poco en busca de su origen, inquieta, como si ya supiera de qué se trataba.
Con mucho esfuerzo por concentrarse en el sonido, luego de haber tenido que volver sobre sus pasos en un par de ocasiones, Erwin finalmente fue capaz de encontrar la fuente del mismo. Lo que descubrió lo dejó helado. Ocultos entre el espeso follaje y varias ramas, cinco cachorros se escondían bajo el cuerpo mutilado de un tigre, que Erwin podía apostar era su madre.
Sus orejas se mantenían agachadas mientras temblaban, tenían el pelaje cubierto de sangre y arañazos, pero, aunque Erwin había intentado tomarlos en brazos para sacarlos de allí, fue recibido por unos filosos colmillos que se clavaron en su piel. Siendo tan pequeños, Erwin admiraba su esfuerzo por defenderse.
—Está bien, yo me encargo. —Detrás de Erwin, Isabel se acercó para lamer a los pequeños, tomándolos uno a uno por la nuca para atraerlos hacia ella y alejarlos del cuerpo inerte del otro animal.
En cuanto tuvo a los cinco a su lado, Isabel se echó junto a ellos y los rodeó con sus patas delanteras, transmitiéndoles su calor y tratando de hacerles sentir seguros mediante suaves lengüetazos y caricias. Por desgracia, la escena le resultaba terriblemente familiar; no solo a ella, pues Farlan se había quedado inmóvil mientras les observaba.
—Farlan, tú y Erwin vayan a...
Antes de que pudiera terminar la frase, algunas ramas crujieron cerca de ellos, alertándolos de algo que se acercaba. Erwin, consciente de que no tendría forma de defenderse si acaso se tratara de otro depredador, tomó una rama del suelo para sentirse menos vulnerable. El comandante y los dos tigres mayores se tensaron, aguardando. No tuvieron que esperar mucho tiempo, pronto, los árboles y arbustos cercanos se movieron revelando la ubicación de aquello que se acercaba. En el instante en que lo tuvieron a la vista, tan rápido como habían comenzado, los truenos cesaron junto con el llanto de los cachorros.
Entre los árboles, a paso lento, surgió un enorme tigre blanco, mucho más grande que cualquier otro tigre. El mismo que Erwin recordaba haber ayudado aquel día que ahora se sentía de lo más lejano.
El animal caminaba pesadamente, tambaleándose de tal forma que Erwin estuvo seguro de que en cualquier momento caería al suelo. El primer pensamiento que llegó a su mente fue que, si tenía que enfrentarlo, sin duda tendría ventaja si el animal estaba herido, sin embargo, las gotas de sangre que escurrían por su pelaje hasta formar varios charcos en el suelo le hicieron cambiar de opinión.
—No... —Escuchó susurrar a Farlan, quien pronto se acercó hasta el otro animal, llegando a su lado justo a tiempo para recibir su peso al desplomarse y amortiguar el golpe con su cuerpo.
Si un momento antes había pensado que el animal podría ser su enemigo, ese pensamiento se esfumó al notar la preocupación de los otros al verle en semejante estado.
—Está herido —comentó Isabel, su voz temblando como si en cualquier momento fuera a soltar en llanto.
Erwin se apresuró al lado de los tigres, ayudando a Farlan a recostar al tigre blanco en el suelo sobre su costado, exponiendo una herida que parecía bastante profunda del lado contrario. Aunque no era algo que viera a menudo, mucho menos utilizado en contra de un animal, Erwin pudo identificar la herida como el resultado de un disparo de pólvora, seguramente bastante cercano, lo que explicaba el olor a quemado y la piel ennegrecida desde donde brotaba la sangre por montones. Aunque no fue capaz de decirlo, estaba seguro de que no sobreviviría a una herida de ese tipo.
Ahora que la lluvia había amainado, la ropa helada se adhería a su cuerpo provocándole una severa incomodidad, especialmente sobre las heridas que no habían cicatrizado por completo. Aun así, el comandante se obligó a ignorar el frío y el dolor para ayudar al animal una vez más, pues aun si se trataba de sus últimos momentos, no estaba dispuesto a quedarse observando mientras lo dejaba morir.
Mientras Isabel se encargaba de guiar a los cachorros, Erwin ya se encontraba moviendo el pesado cuerpo del tigre blanco con la ayuda de Farlan. No había forma de que ellos solos lograran llevarlo demasiado lejos, pero pronto aparecieron más tigres que se unieron a la titánica labor de arrastrarlo hasta el claro.
Lo poco que quedaba de la noche, lo invirtieron en limpiar las heridas del enorme animal y ayudarle a secarse. Las mismas pieles que antes le sirvieran como lecho, ahora se encontraban cubriendo el blanco pelaje. Erwin había improvisado un vendaje con hojas y pieles ante la penetrante mirada de cientos de brillantes ojos, pero sabía que eso no sería suficiente para contener la hemorragia; aun si lo fuera, ya había perdido demasiada sangre durante el traslado.
Para cuando el sol volvió a aparecer, tan brillante que era como si la noche anterior nunca hubiera existido, Erwin se encontró ansiando más que nunca el regreso de Levi. Estaba seguro de que él sabría qué hacer, él podría salvar al tigre blanco. Hasta ese momento, Erwin no había tenido oportunidad de pensar en él, pero ahora se preguntaba si estaría bien, si habría logrado guarecerse de la tormenta a tiempo, y se molestó consigo mismo por no haber pensado en eso antes. Quizás debió haber ido a buscarlo.
A medida que el tiempo pasaba, sus temores no hacían más que aumentar ante la ausencia de Levi. No era raro verle llegar después del amanecer, pero nunca antes había visto el sol brillar en su punto más alto sin que Levi estuviera ahí para indicarle que era hora de almorzar.
Su preocupación se había vuelto casi palpable, pero Erwin sabía que él no era el único que estaba angustiado. Farlan caminaba inquieto de un lado a otro por todo el lugar, mordiendo algunos troncos y lanzando zarpazos hacia los arbustos que se cruzaban en su camino. Isabel, por su parte, aunque se había mantenido junto a los cachorros que habían rescatado, también se notaba intranquila, aunque lo demostraba de una forma mucho menos brusca que su hermano pues no deseaba despertar a los pequeños.
De un momento a otro, todos los tigres de la montaña parecían haberse reunido a su alrededor, aguardando lo que Erwin esperaba fueran buenas noticias; a cualquier lugar que volteara, podía ver enormes grupos de tigres agazapados entre sí. Apenas se movían y ninguno se atrevía a hacer ruido, era como si el tiempo se hubiera detenido para todos los que presenciaban aquel mortificante momento.
—¿Quién es él? —Finalmente se atrevió a preguntar, incapaz de estar más tiempo en aquel silencio que le resultaba agobiante. Necesitaba saber si Levi estaba bien, pero sabía que no le permitirían alejarse, aunque él mismo no se atrevería a irse en un momento así pese a que no sentía que su presencia estuviera resultando de ayuda.
No recibió más respuesta que el silencio. Al menos no hasta que Farlan estuvo frente a él, con sus enormes fauces a la altura de su pecho. Erwin pensó que le reclamaría por preguntar, sin embargo, lo único que recibió de él fue un empujón, provocado en el momento en que el tigre apoyó su cabeza en el pecho del comandante.
—Por favor... no lo dejes morir.
