El Dios de las tempestades
Antes de que los americanos comenzaran a planear la invasión, antes de que siquiera se aventuraran a explorar las montañas chinas, los animales vivían en paz.
Hubo un tiempo en que fueron cazados por los humanos y los atacaban para defenderse. Hubo otra época en la que los animales comenzaron a atacarlos por placer, para recordarles que eran más poderosos que ellos, pero todo eso había quedado en el olvido, cientos de años atrás.
Las historias decían que aquella paz se debía a la existencia de un honorable pacto entre el Rey de las fieras y el Hijo del cielo, en el que los tigres y demás depredadores de la montaña se habían comprometido a no bajar nunca a las aldeas, a cambio de que los humanos no entraran a la montaña. Aquel pacto garantizaba la seguridad de ambos grupos y, para celebrar el final de siglos de enfrentamientos entre humanos y animales, los dioses hicieron brotar agua desde el corazón de la montaña. Así nació el rio que separaba la montaña de las aldeas, el mismo que serviría como recordatorio de ese pacto para las futuras generaciones.
Cuando era pequeña, Isabel solía pedirle a su madre que le repitiera la historia una y otra vez. Había perdido la cuenta de cuántas veces la había escuchado, pero no era su historia favorita. Su favorita era cualquier historia que hablara sobre las hazañas de su padre.
Isabel, al igual que todos los demás cachorros, sabía que el enorme tigre de hermoso pelaje blanco no era realmente su padre, pero, aunque solo lo había visto de cerca una vez, había sido suficiente para entender por qué era que todos se referían a él como tal. El tigre blanco era imponente, poderoso, pero había algo en su mirada que le hacía sentir protegida y amada por él. Isabel había crecido escuchando hablar sobre cómo su padre provocaba lluvias para regar las plantas y las cosechas de los hombres; llamaba a las nubes para darles sombra cuando el calor era intenso; hacía soplar suaves brisas para que el movimiento de los árboles entretuviera a los cachorros. Cuando tenía miedo de algo, su madre le recordaba que su padre estaba constantemente recorriendo las montañas, nada malo pasaría mientras él estuviera ahí para protegerlos.
Por desgracia, ni siquiera su padre había sido capaz de prever lo que sucedió.
Su madre tenía la costumbre de llevarla a ella y a sus hermanos y hermanas al rio para que bebieran agua luego de que jugaran un poco. La hermana mayor de su madre y sus hijos, incluyendo a Farlan, un cachorro de su edad, se reunían con ellos para que los pequeños pudieran jugar. Farlan solía saltar sobre ella para comenzar un juego de saltos y mordidas que a menudo terminaba con ella coronándose como vencedora. Aquel día, sin embargo, algo la distrajo provocando que perdiera el equilibrio y Farlan la derribara primero.
Sus madres parecieron haberlo notado también, pues les hicieron regresar con ellas a pesar de que acababan de llegar, pero antes de que pudieran alcanzarlas, un grupo de hombres salió de entre la maleza, cargando largos tubos de los que brotaban peligrosas ráfagas. La madre de Farlan trató de enfrentarlos, pero una de esas ráfagas la había alcanzado, derribándola al instante. Su hijo había intentado hacer que se levantara, pero al notar la gran cantidad de sangre que se formaba bajo su cuerpo, supo que no volvería a ponerse en pie. Los animales corrieron de inmediato obedeciendo a su instinto, pensando que estarían a salvo si se alejaban lo suficiente de los humanos, pero no imaginaron el alcance que tendrían sus armas hasta que, uno a uno, los cachorros fueron derribados.
La madre de Isabel, consciente de que no tenían oportunidad de escapar, los guio a ella y a Farlan hasta una cueva pequeña, donde les obligó a entrar y les cubrió con hojas secas hasta ocultarlos por completo, justo antes de que los hombres aparecieran y la derribaran a ella también.
Solos, asustados, los cachorros se encogieron en el rincón más alejado del estrecho escondite, sin atreverse siquiera a llorar sus pérdidas por miedo a ser descubiertos. Los pequeños podían notar el aroma de los humanos acercándose peligrosamente, sentían la tierra vibrar bajo sus patas a cada paso y estaban seguros de que no tardarían mucho en encontrarlos.
Desde donde estaban eran incapaces de ver lo que ocurría en el exterior, pero en cuanto escucharon el sonido de esas ráfagas bastante cerca de donde se encontraban, supieron que ese sería su fin. Farlan, que había estado temblando hasta entonces, se incorporó de pronto, dispuesto a defender a su hermana. El valiente cachorro se armó de todo el coraje que pudo reunir y se acercó a la entrada de la cueva, acechando como tantas veces había visto a su madre hacer durante la cacería.
Cuando uno de los hombres retiraba las hojas que cubrían el escondite, justo cuando una enorme mano se aproximaba hacia él, un rugido atravesó el silencio que les envolvía. Lo que pasó después fue todo demasiado rápido. El cielo se oscureció al instante, los relámpagos caían tan cerca de ellos que podían oler el aroma a quemado que dejaban detrás y la lluvia había comenzado a convertir la tierra en barro.
Las hojas que les servían como protección fueron arrastradas lejos por la fuerza del agua, pero antes de que pudieran atraparlos, su padre, el tigre blanco que les protegía, se abalanzó sobre los hombres en un feroz ataque. Ambos cachorros fueron capaces de ver como su padre derribaba a los hombres con la misma facilidad con la que ellos habían aniquilado a sus familiares, aunque él no parecía haber notado aun su presencia, pues en cuanto hubo terminado se dio vuelta para irse, quizás para comprobar que no hubiera más hombres en la montaña.
Antes de que pudiera irse, Isabel salió corriendo tras él, llenándose de barro hasta las orejas en el proceso mientras Farlan intentaba detenerla, pues una cosa era que les salvara la vida y otra muy distinta que tuviera tiempo para perder con dos simples cachorros. Alguien como él ni siquiera se molestaría en mirarlos, ya había hecho suficiente.
Pero su torpe hermana había tenido que arruinarlo todo. Había ido a estrellarse directamente contra una de las patas traseras del gran tigre, manchado su inmaculado pelaje con barro. Si antes no había sentido miedo de enfrentar a los hombres, ahora se moría de terror al pensar en cómo reaccionaría su padre. Seguramente los desterraría.
El cachorro corrió al lado de su hermana, haciendo una torpe y profunda reverencia ante su padre a modo de disculpa, aunque este no pareció tomarle importancia, pues estaba ocupado tomando a su hermana por la nuca y colocándola ante él. Ahora, estando los dos juntos, Farlan estuvo seguro de que vendría el castigo por su ofensa, mas este nunca llegó. En su lugar, su padre se limitó a preguntarles sus nombres, colocarlos bajó la lluvia para que se limpiaran e indicar que lo siguieran.
Ambos acababan de perderlo todo, pero a pesar del temor iniciar, pronto comprobaron que su padre no tenía intenciones de echarlos y, aunque muchas hembras se habían ofrecido a acogerlos como parte de su familia, su padre había tomado él mismo esa responsabilidad.
Los llevó con él a lo más profundo de las montañas, les brindó un hogar cálido, una mullida cama de hojas y alimentos frescos hasta que estuvieron listos para aprender a cazar, cosa que también les enseñó con extrema paciencia. Cualquiera hubiera pensado que solo estaba cumpliendo con su deber, pero la realidad era que nunca les había faltado nada mientras estuvieron con él, ni cuidados ni cariño, lo mismo podía visitarlos tan solo unos minutos al día para entregarles la comida como podía pasar noches enteras jugando con ellos. Los había criado como si en verdad fueran sus hijos.
Pero no se trataba solo de ellos, como pudieron comprobar un tiempo después. En aquel ataque, muchos tigres habían muerto a manos de los hombres y varios cachorros habían quedado huérfanos, de modo que su padre había tenido que ocuparse de más de una veintena de cachorros, alimentarlos, protegerlos y amarlos. Farlan sin duda le admiraba cada día más.
Aunque sus atenciones no se centraban solo de los cachorros, su padre procuraba a todos los tigres por igual. Les ofrecía un hogar en la montaña, les daba protección y siempre estaba al pendiente de todas sus necesidades. A cambio, recibía el respeto de todos, su admiración y su lealtad. Pero había algo más, algo que todos sabían sin necesidad de explicarlo y que ellos también comprendieron a su tiempo. Había algo diferente en ese tigre. Se trataba de un tigre milenario, tan antiguo como el tiempo mismo, pues su cuerpo entero se había vuelto blanco.
Un dios.
Un par de días habían pasado desde el ataque y, aunque Erwin trataba de mantenerse tranquilo al respecto, la realidad era que estaba sumamente preocupado por Levi. No había sabido nada de él en todo ese tiempo, pero nadie más parecía estar sorprendido por la ausencia del joven.
Para mantener su mente ocupada, se había ofrecido a ayudar con el cuidado del tigre blanco, que había estado dormido todo ese tiempo, a pesar de las constantes miradas de Farlan que le recordaban que, si intentaba hacer cualquier cosa en su contra, no daría ni un paso antes de que le rebanaran la garganta.
Isabel, por otro lado, se mostraba sinceramente agradecida por su ayuda. Había tenido que ocuparse ella misma de los cinco cachorros que habían rescatado, y aunque nunca la había escuchado quejarse, Erwin podía notar lo complicado que estaba resultando. Los pequeños animalitos eran apenas del tamaño de su mano, recién habían comenzado a caminar y dormían la mayor parte del tiempo, pero el verdadero problema era alimentarlos y mantenerlos calientitos. Aunque habían reunido varias pieles para ellos, Isabel a menudo tenía que pasar el día echada junto a ellos para evitar que su temperatura bajara demasiado o no sobrevivirían.
Farlan, que no había dejado a su hermana sola con la labor, se encargaba de conseguir comida para ella y agua para los cachorros, mientras que algunas hembras les brindaban leche materna para ayudarles a desarrollarse. Erwin estaba más que sorprendido por la cooperación que estaba presenciando. Aun cuando hubieron salvado a los cachorros, nunca imaginó que habría tantos tigres dispuestos a ayudarlos, tratándolos como si fueran de su familia.
Por otro lado, Erwin había notado la preocupación de todos los animales que le rodeaban por el estado del tigre blanco. Sabía que siempre se encontraba rodeado de tigres, el propio Levi le había dicho que la montaña estaba repleta de ellos, sin embargo, en esos últimos días, era como si todos y cada uno de los tigres que ahí habitaban hubiera decidido mudarse al claro. Mirase donde mirase, siempre terminaba topándose con un par de brillantes ojos amarillos o verdes que le devolvían la mirada con intensidad, como si quisiera evitar que olvidara su presencia, o por lo menos advertirle que, si intentaba algo en contra del tigre, no dudarían en matarlo.
—Hoy han venido muchas visitas —comentó Isabel la tarde del segundo día.
—Es normal, todos están preocupados por él—respondió Farlan, que recién regresaba con la cena acompañado de media docena de felinos, cada uno arrastrando un antílope por el cuello; algunos aún se movían, pero no tardarían mucho en morir.
Erwin desvió la mirada ante la escena, todavía no lograba acostumbrarse a verlos arrancar a mordidas partes de animales moribundos, aunque tendría que hacerlo pronto pues, al no estar Levi presente, Erwin tenía que tomar por sí mismo la carne de las presas que cazaban para alimentarse antes de que se acabara. Aunque, dado que no tenía ningún objeto con el cual pudiera cortarla, Farlan había optado por llevarle animales más pequeños, como liebres o ardillas, que pudiera poner enteros en el fuego, el cual también tenía que encender por su cuenta, lo suficientemente grande para poder cocinar y calentarse, pero no tanto como para asustar a los animales pues lo que menos quería era que decidieran atacarlo mientras Levi no estaba.
—¿Cómo estuvo el recorrido? ¿Tuviste problemas? —Le preguntó Isabel a su hermano al verlo salir de entre los árboles.
—No, fue un día tranquilo —respondió entregándole un par de conejos.
El tigre se había echado junto a la pequeña "manada", permitiéndose un momento de descanso antes de tomar a uno de los cachorros por la nuca y colocarlo entre sus patas delanteras para comenzar a acicalarlo con su lengua. El pequeño felino se removía como si intentara librarse de la limpieza, pero el mayor le impedía alejarse sosteniéndolo con sus patas. Farlan repitió el proceso con los otros cuatro mientras Isabel comía, logrando provocar una pequeña sonrisa en Erwin ante tal escena.
—Ya he informado a todos de la situación —comentó Farlan cuando hubo terminado con la limpieza—, conseguí apoyo para vigilar el norte, así tendré más tiempo para conseguir alimento para todos. Hay muchos tigres aquí, además, los cachorros... dentro de poco ellos también tendrán que comer carne...
—¿Vigilar? ¿No es eso lo que hace Levi? —Erwin, que estaba prestando atención a la conversación entre ambos animales, no pudo evitar sentirse preocupado ante sus palabras, después de todo, él había estado pensando que Farlan se ausentaba tan solo para cazar, incluso había entendido que, al tener que repartir la comida entre más tigres, era necesario conseguir más alimento; pero ahora comprendía que si pasaba la mayor parte del día fuera, era porque estaba recorriendo la montaña, justo como hacía Levi cada noche.
—Es cierto —respondió Isabel, y Erwin podía haber jurado que estaba apenada—, tú no estás enterado de cómo funcionan las cosas aquí. Farlan está a cargo cuando nuestro padre no está.
—Puedo verlo —respondió el comandante. No hacía falta que se lo explicara, en esos dos días había notado como Farlan se ocupaba de organizar los grupos que salían a cazar, el orden en que se alimentaban e incluso las guardias nocturnas, mas no era eso lo que quería saber. —Lo que no entiendo es cómo pueden todos estar tan tranquilos a pesar de que Levi está desaparecido desde hace dos noches. ¿Qué tal si le pasó algo con la tormenta?
Isabel lo miró fijamente por un momento y luego emitió un sonido similar a un suspiro. Nunca pensó que el extranjero fuera a preocuparse por el hombre que lo mantenía recluido, pero supuso que se debía a que le había ayudado a recuperarse cuando estuvo al borde de la muerte; debía estar agradecido. A pesar de que había presenciado cosas que para cualquiera serían impresionantes, Erwin parecía estar manejándolo bien. Al menos, no parecía seguir intentando escapar como había hecho antes, sin mencionar que algo en él le inspiraba confianza.
—Nuestro padre no está desaparecido, él es...
—Basta —le interrumpió su hermano—, no podemos contarle nada, no nos corresponde.
—Pero él podría ayudarnos...
—No, Isabel, no insistas. Ya tenemos suficientes problemas aquí.
La situación resultaba tan confusa para Erwin, que le tomó un momento procesar sus palabras antes de comprender lo que estaba pasando. Al parecer el paradero de Levi solo era un misterio para él, eso explicaba por qué no parecían preocupados por su ausencia, pero lo que realmente le molestaba era que no parecían estar dispuestos a explicarle nada, al menos no Farlan.
—Ustedes saben qué fue lo que pasó con Levi —afirmó, mirándolos con seriedad, pero ninguno de los dos respondió, lo que solo sirvió para aumentar su preocupación.
Tal vez le había ocurrido algo malo, o tal vez Levi había decidido ir a enfrentar a los invasores por su cuenta. Se le ocurrían tantas posibilidades y tantos escenarios atroces, que tenía miedo de que alguno pudiera ser real.
El silencio se volvió incómodo mientras Erwin se preguntaba qué era lo que le estaban escondiendo, o más bien, por qué no podían decirle nada sobre Levi, pero antes de que pudiera insistir en preguntar, el enorme animal que había estado inconsciente se movió. Sus movimientos eran lentos y torpes, pero no tardó mucho en incorporarse. Sus pasos eran tambaleantes, no parecía estar realmente despierto. A medida que avanzaba, todos los demás animales parecieron haberse congelado en sus lugares.
—Detente por favor, no deberías esforzarte tanto —pidió Farlan, pero ni siquiera él se atrevió a acercarse al enorme animal que fácilmente le doblaba en tamaño. Como si no le hubiera escuchado, el tigre blanco continuó avanzando con extrema lentitud, girando su cabeza a un lado y a otro, aparentemente buscando algo.
Erwin, que temía que el movimiento reabriera sus heridas o le provocara otras nuevas, se acercó con cautela hasta él, apoyando una mano en su lomo sin saber exactamente qué era lo que intentaba lograr, pues estaba seguro de que aun si lo empujaba con todas sus fuerzas no sería capaz de hacerle recostarse de nuevo. En ese momento, los brillantes ojos grises del tigre se posaron en él justo antes de que se dejara caer una vez más, empujando a Erwin en el proceso y provocando que terminara sentado en el suelo, con la enorme cabeza del animal descansando en su regazo.
En cuanto la sorpresa de la caída pasó, Erwin pudo notar al resto de los tigres mirándolo como si estuviera a punto de despedazarlo ahí mismo; realmente no le hubiera molestado que lo hicieran, pues estar debajo de un animal tan grande y pesado no podía ser bueno. En cualquier momento podría despertar, hambriento, y partirlo en dos de una mordida. Por suerte para Erwin, aunque no era algo que le alegrara, el animal aun respiraba con dificultad, lo que le hizo suponer que no se levantaría pronto; aun si lo hiciera, no se había recuperado por completo.
Isabel y Farlan compartieron una rápida mirada antes de devolver su atención a la inesperada escena, preocupados por lo que fuera que hubiera llevado al animal a buscar al humano.
—Menos mal, ha vuelto a dormir —comentó Isabel, y Erwin pudo notar como todos los demás animales parecían relajar un poco sus posturas.
—Es lo mejor, necesita recuperarse. Además... no me gustaría que todo empezara de nuevo.
—¿Tú crees que... —ni siquiera fue capaz de terminar la pregunta, pero Erwin estuvo seguro de que no le gustaría saber qué era lo que iba a decir.
—No lo sé... tal vez sólo necesitaba una posición más cómoda para no lastimarse más. Está siendo impulsivo como siempre. —Más que tratar de convencer a su hermana, Farlan intentaba convencerse a sí mismo de que todo estaría bien.
—Tienes razón, todo estará bien. Y si no... estaremos aquí para aplacar la furia de dios.
Intrigado por esas palabras, Erwin decidió que no perdía nada si de nuevo intentaba obtener respuestas, aunque ya estaba preparado para las evasivas que siempre obtenía. —¿Qué es esa furia de dios? ¿Es alguna especie de mito?
En ese momento, ambos tigres le miraron con una expresión llena de incredulidad, casi esperando que el rubio comenzara a reír en cualquier momento o se retractara de haber preguntado. Ninguna de las dos cosas ocurrió.
—Debes estar bromeando —respondió Farlan con seriedad.
—¿No notaste algo diferente en la tormenta de la otra noche? —Agregó Isabel, pensando que sería suficiente para que él mismo encontrara la respuesta.
—Sí, claro —respondió el comandante—, quiero decir, fue la tormenta más intensa que hubiera visto, además, fue tan repentino que...
—Solo piénsalo un poco más. Esa no fue una tormenta normal —insistió Farlan.
Erwin podía recordar a la perfección aquella tormenta a pesar de que ya habían pasado dos días enteros desde entonces. La forma en que la lluvia caía con violencia sobre ellos, arrastrando ramas enteras, o el cómo los truenos siempre eran precedidos por un feroz rugido casi igual de potente; los relámpagos cayendo imposiblemente cerca de ellos, pero sin llegar a alcanzarlos, como si los evitaran deliberadamente... no tardó en encontrar la respuesta que buscaba, pero eso no podía ser posible. No había forma de que tuviera razón. Por una vez, deseaba estar equivocado.
Farlan debió haber adivinado lo que había pasado por su mente, Erwin podía jurar que, de ser posible, se encontraría sonriendo con satisfacción, cosa que solo logró provocarle un escalofrío y empeorar la desagradable sensación que se formaba en su estómago y se extendía hacia el resto de su cuerpo.
—Ahora sabes por qué le llaman Dios de las Tempestades.
Erwin recordaba haber escuchado ese título antes, cuando Levi se presenté ante él por primera vez, pero entonces, ¿quién había provocado la tormenta, Levi o el tigre blanco? O quizás era que Levi controlaba a ese tigre. Aquello no podía ser una simple coincidencia, además, le había visto "domar" a los otros animales antes, así que la idea no sonaba tan descabellada. Sin embargo, no podía creer que un animal tan imponente como ese pudiera estar al servicio de un humano, no después de que le mordiera con tanta fuerza pese a que momentos antes le había salvado la vida.
Por increíble que sonara, Erwin había comenzado a creer todo lo que escuchaba de esos animales porque, ¿qué podría ser más increíble que animales hablando como humanos? No solo esa sino todas las historias que había escuchado desde que llegó a aquel imperio, todas se sentían aterradoramente reales ahora.
Por otro lado, a pesar de que hubiera deseado saber más sobre el misterioso animal, Erwin no podía hacer a un lado la preocupación que sentía por Levi. Ya estaba por terminar otro día y aún no había señales de él por ninguna parte. Pero, lo que comenzaba a asustarle más, era que, si aquel tigre realmente había provocado la tormenta de hacía tres noches y era tan cercano a Levi como pensaba, sería un verdadero problema cuando despertara y supiera que no sabían nada de su paradero.
—Farlan —le llamó el comandante—, ¿has podido encontrar a Levi?
—No, pero no necesitas preocuparte por él, nuestro padre puede cuidarse solo —respondió el animal, pero Erwin estaba seguro de que había algo que no le estaban diciendo, pues podía sentir que esa tranquilidad no era más que una fachada.
—Yo podría ayudar a buscarlo —sugirió, atrayendo la atención de todos los animales que rodeaban, aunque estaba seguro de que no era precisamente una buena señal—. No planeo escapar, te doy mi palabra, así que por favor déjame ayudar.
El tigre se mantuvo en silencio por un momento, silencio que fue roto por un resoplido. Farlan se levantó de donde se encontraba, se despidió de Isabel y los cachorros ignorando a Erwin deliberadamente y, luego de algunos gruñidos, reunió a un grupo de seis felinos, que le siguieron hasta donde Erwin se encontraba.
—No puedo permitir que te alejes, son las órdenes de nuestro padre. Además, él no querría que anduvieras por ahí sin protección y ahora mismo tenemos que concentrarnos en el último ataque. Lo lamento, pero no puedes alejarte de este lugar.
—¡Farlan! —interrumpió alguien más, impidiendo que Erwin pudiera responder. —¡De prisa, una lluvia de fuego ha comenzado un nuevo incendio cerca del río!
Por alguna razón, Erwin había llego a concluir que los únicos animales que hablaban la lengua de los humanos eran Farlan e Isabel, sin embargo, acababa de descubrir, una vez más, que estaba equivocado. Quien había llamado a Farlan era otro de los tigres que siempre llevaban comida para todos, podía reconocerlo porque solo una de sus orejas era completamente negra, mientras que la otra parecía que había estado a punto de perderla en más de una ocasión, de ahí las múltiples cicatrices.
—Quédense aquí —ordenó Farlan a dos de los animales que le seguían—, protejan a nuestro padre. Isabel... si despierta, no le digas nada de esto.
—Está bien, tengan cuidado.
Erwin, que había estado observando en silencio, se preguntó si tal vez él era el único que desconocía el paradero de Levi, mas no tuvo tiempo de preguntar nada pues el nuevo grupo de felinos ya se había internado en el bosque, perdiéndose de vista.
Varias horas después de que Farlan se fuera, Erwin no podía estar más intranquilo. Podía ver una larga columna de humo extenderse por el cielo desde hacía ya varias horas y ahora, muy entrada la noche, incluso podía apreciar el resplandor anaranjado del fuego que no parecía estar próximo a extinguirse. Estaba seguro de que el incendio se había salido de control; luego de tanto tiempo, dudaba que fueran capaces de apagarlo antes de que se arrasara con toda la montaña.
El tigre blanco, que ahora descansaba a su lado, no había vuelto a despertar desde la última vez, pero había estado moviéndose lo suficiente como para que Erwin lograra liberarse del enorme peso que suponía el felino. Isabel había estado recolectando algunas hojas de higuera infernal para bajar su fiebre, pero los cachorros demandaban su atención, de modo que Erwin se ofreció a recolectar más hojas por su cuenta, siendo acompañado por un tigre de menor tamaño como custodio. Luego de haber molido las hojas con una piedra, Erwin las aplicó por todo el cuerpo del animal, prestando especial atención a sus heridas tal como Isabel le había indicado.
—Espero que logren detener el incendio pronto —comentó Isabel, acercándose sigilosamente hasta donde Erwin se encontraba terminando de aplicar el remedio.
—También yo. No parece que vaya a llover esta noche, si el fuego se propaga, no habrá forma de detenerlo.
—No lloverá —afirmó—, al menos no hasta que despierte.
Erwin devolvió su atención hasta el imponente animal, que respiraba más suavemente pero un se removía como si estuviera sufriendo. No sabía si en verdad podía controlar las tormentas, pero, de ser el caso, Erwin esperaba que pudiera hacer algo para evitar que el fuego consumiera su hogar.
—¿Es la primera vez que provocan un incendio tan grande? —preguntó Erwin con temor, pero no era el fuego lo que temía, sino las atrocidades que su especie era capaz de cometer en contra de aquellos animales.
—No lo es. En realidad, es bastante común —explicó—, provocan incendios para mantenernos alejados de sus bases, así pueden extenderse hacia el interior del bosque o por el borde del río y aumentar su territorio. Siempre han podido controlarlo, pero... solo espero que mi hermano esté bien.
Erwin se estremeció. Nunca antes se había detenido a pensar en las cosas que podría hacer su propia gente en contra de los animales con tal de dominar un pedazo de tierra; en realidad, le enfermaba pensar que él mismo había llegado a restarle importancia, después de todo, solo eran animales sin razonamiento. Había hecho falta ese tiempo "secuestrado" para que lograra comprender lo equivocado que estaba. No quería imaginar lo que harían en contra de las personas de las aldeas.
Los cachorros que habían rescatado caminaban a su alrededor con pasos torpes. Su corazón se encogió al mirarlos, tan pequeños e indefensos, ¿cómo podría alguien hacerles daño? Recién estaban aprendiendo a caminar, ni siquiera podían comer por su cuenta, pero ya habían experimentado la muerte de cerca.
—¿No es terrible? —Preguntó Isabel, adivinando sus pensamientos. —No llevan ni dos semanas en el mundo y ya lo han perdido todo. Ni siquiera habían visto a su madre, tendrán suerte si al menos recuerdan su aroma.
La tristeza en sus palabras era palpable. Erwin, que también había perdido a su madre siendo solo un niño, podía imaginar lo difícil que sería para ellos sobrevivir y, sin embargo, sabía que lo más probable era que no lo lograran. Aun si otras hembras los amamantaban, el comandante se preguntaba si llegarían a ser adultos. Si alguien les enseñaría a cazar, o al menos se preocuparía por ellos.
Pero ahí estaba Isabel, atrapándolos cuando estaban a punto de caerse, calmándolos cuando se agitaban por las columnas de humo, moviendo su cola para que los cachorros jugaran con ella o volteándolos sobre su lomo para lamer sus pancitas. Los limpiaba y los mantenía calientes, dormía con ellos, los despertaba cuando tenían pesadillas... Erwin sonrió, tal vez no estaban tan solos.
—No todo. Al menos te tienen a ti —comentó tratando de ser positivo—. Serías una excelente madre.
—Es solo que no puedo evitar verme reflejada en ellos —respondió la tigresa—, Farlan y yo perdimos a nuestras madres y hermanos cuando éramos apenas un poco más grandes que ellos —sus patas rodearon a uno de los pequeños, manteniéndolo firme hasta que pudo estar de pie por su cuenta—. Los invasores nos atacaron cerca del lago; nosotros también hubiéramos muerto, pero nuestro padre nos salvó. Él cuidó de nosotros hasta que pudimos valernos por nuestra cuenta.
—Lo siento —murmuró Erwin, por su gente, por su pérdida, por no haber podido evitarlo; de verdad lo sentía. Isabel no respondió, pero Erwin podía sentir el ambiente más relajado, como si ella hubiera estado esperando por esa disculpa durante demasiado tiempo.
Los pequeños tigres continuaron moviéndose de un lado a otro, inquietos, chocando algunas veces con Erwin pues aun no podían ver bien mientras Isabel hacía sonidos similares a una risa y les tomaba por la nuca para acercarlos de nuevo hacia ella. Al menos hasta que se alejaron lo suficiente para jugar justo al lado del gran tigre blanco.
—Vuelvan aquí, debemos dejarlo descansar —los regañó Isabel, pero los cachorros estaban más preocupados por saltar la cola del tigre, estrellándose contra su cuerpo al caer para inmediatamente levantarse y volver a la "fila" que habían hecho para saltar otra vez.
No pasó mucho tiempo antes de que agotaran sus energías y, aunque Isabel los había llevado de vuelta a la cama, los cachorros habían terminado durmiendo junto al tigre blanco, que no parecía haberlos notado en todo ese tiempo.
—No hay forma de alejarlos, incluso ellos reconocen su presencia como algo reconfortante.
Erwin la miró con curiosidad por esas palabras, pero no tuvo que preguntar nada. A decir verdad, él mismo sentía una paz inexplicable que contrastaba con la preocupación que aun sentía por Levi. Era como si, en el fondo, estuviera seguro de que todo estaría bien.
Por desgracia, el descanso de los cachorros no duró mucho, pues el tigre abrió los ojos y comenzó a moverse con dificultad. El enorme animal se arrastraba por el suelo usando sus patas para impulsarse ya que aún no podían mantenerle en pie, y aunque Erwin llegó a temer que pudiera aplastar a los cachorros, estos se encontraban empujando al tigre, como si trataran de ayudarle a llegar a donde fuese que estuviera yendo.
Erwin e Isabel le seguían también. El comandante había tratado en vano de detenerlo, pero el animal no parecía escucharlo, así que había terminado por seguirlo de cerca, de ese modo al menos podía asegurarse de que no se hiciera daño. A medida que se internaban en el bosque, el camino se volvía cada vez más oscuro, hasta que Erwin no fue capaz de ver nada. Sabía que los tigres podían ver en la oscuridad, pero dudaba que fuera buena idea estar en penumbras estando en ese estado tan débil. Pero, antes de que pudiera expresar su preocupación, decenas de pequeñas luces se encendieron alumbrando el camino.
—Es asombroso —murmuró Erwin. A su alrededor, pequeñas bolas de fuego de distintos colores se elevaban algunos centímetros sobre el suelo. Algunas se encontraban entre las ramas de los arbustos, dando al lugar un toque místico, pero otras habían formado una línea recta a ambos lados del camino que el tigre estaba marcando, que al parecer terminaba en una pequeña laguna, la cual las llamas habían rodeado por completo como si se tratara de faroles.
—Son guǐ-huǒ*—comentó Isabel en voz baja—, los espíritus del bosque, de los animales, incluso de algunas personas; al morir, se convierten en llamas que guían a los demás y protegen el lugar.
El tigre blanco se arrastró hasta la laguna pese a los incontables intentos de Erwin por que volviera a descansar. Los cachorros, que habían estado empujándole, se habían detenido a poco más de un metro de la laguna; Isabel, mientras tanto, se había acercado solo un poco más, pero también se detuvo en seco, como si alguna barrera invisible le hubiera cerrado el paso. Erwin los imitó, deteniendo sus pasos mientras el felino continuaba en soledad el resto del camino hasta el agua. Entonces se sumergió.
Más que cualquier otra cosa, Erwin sentía miedo. Miedo de que sus heridas le impidieran mantenerse a flote y se ahogara; miedo de que hubiera ido tan lejos tan solo para morir. Pero también presentía que algo pasaría, pues no había forma de que los demás se quedaran mirando mientras el tigre blanco moría.
Ese "algo" que Erwin esperaba con ansias sin saberlo, no tardó en suceder. Desde el fondo de la laguna, una luz similar a la de la luna emergió con fuerza, cegándolo por un instante. Sus ojos, que recién se estaban adaptando a la oscuridad, se cerraron con fuerza como un reflejo para protegerse del intenso resplandor. Fueron apenas unos segundos, para cuando se disipó, el enorme tigre blanco había desaparecido por completo.
Pero la laguna no quedó vacía. Ahí, a la orilla, un hombre descansaba desnudo, con la mitad inferior de su cuerpo bajo el agua y el resto recostado sobre el borde. Algunos lirios de agua flotaban a su alrededor, enredándose en su largo cabello y provocando un elegante contraste entre el cabello oscuro y la blancura de las flores, que parecían querer competir con su pálida piel.
No necesitó acercarse para saber de quién se trataba, pero antes de darse cuenta, Erwin ya se encontraba rodeando la laguna para llegar a su lado.
*Fuegos fatuos.
De verdad espero que les haya gustado el capítulo. Esta vez ya tengo planeada toda la trama así me es más fácil escribir con regularidad, espero que no pasen tantos meses entre las actualizaciones. Estoy amando escribir esta historia, había planeado terminarla en tres o cuatro capítulos, pero lo más seguro es que sean por lo menos doce, ojalá la disfruten tanto como yo.
Gracias por leer.
