El nacimiento del guardián
A pesar de la impresión inicial, Erwin sabía que no tenía tiempo que perder. En el momento en que estuvo junto a Levi, sacó su cuerpo del agua con tanto cuidado como le fue posible y lo cubrió con su propia chaqueta a pesar de que tenía la sensación de que no debía tocar su pulcra piel con algo tan sucio. Haciendo a un lado ese pensamiento, tomó su cuerpo entre sus brazos y se abrió camino hacia el claro, ignorando el dolor punzante que se instalaba en sus propias heridas a causa del esfuerzo mientras sentía la sangre de Levi correr lentamente entre sus dedos. Isabel y los cachorros le seguían de cerca, podía escuchar sus pisadas sin necesidad de voltear, pero ninguno hizo nada por detenerlo.
Una vez que estuvieron de vuelta en el claro, después de que Erwin ayudara a recostarle en el que antes fuera su propio lecho, Isabel se apresuró a cubrir a Levi con algunas pieles. No pasó mucho tiempo antes de que media decena de tigres se aproximaran a él para echarse a su alrededor. Erwin, quién no tenía muy claro lo que estaba pasando, de pronto comprendió, al recordar lo fría que había sentido su piel contra sus dedos, que no intentaban otra cosa que darle calor. En algún momento, entre todo el ajetreo, el comandante se había obligado a dejar de pensar; de otro modo, hubiera tenido que convencerse a sí mismo de que realmente había visto al enorme animal convertirse en humano.
En su intento por mantener su mente ocupada, se encontró buscando a los cachorros, pero verlos no ayudó mucho en realidad. Los cinco pequeños se encontraban hacinados detrás de Isabel, casi ocultos entre el espeso follaje de los arbustos.
—Todo está bien —aseguraba la tigresa—, no tienen por qué temerle a su padre.
Pero los animalitos se negaban a salir, de modo que, con una gentileza admirable, los tomó por la nuca uno por uno y los colocó entre sus patas delanteras, sosteniéndolos para evitar que volvieran a esconderse. En el momento en que tuvo a los cinco frente a ella, los empujó suavemente hasta que estuvieron a un costado de Levi. Erwin pensó que quizás obligarlos a acercarse a aquello que los asustaba no era una buena idea, sobre todo porque no hacía mucho habían perdido a su familia a manos de los hombres, pero pronto cambió de opinión pues, uno a uno, los pequeños olisqueaban a su "padre" para, inmediatamente, recostarse a su lado en total tranquilidad.
—Parece que al fin se calmaron —comentó Erwin.
—Así es, no hay forma de que no reconozcan su aroma —respondió Isabel, mirando a los cachorros con cierta nostalgia. Ahora, mucho tiempo después, aún podía recordar a la perfección la primera vez que ella y Farlan vieron a su padre con esa apariencia.
Fue poco tiempo después de que los llevara a vivir con él. Recién estaban aprendiendo a cazar y habían salido de su cueva para tratar de conseguir algunas presas para su padre, sin embargo, cuando volvieron a casa, cargando orgullosos una ardilla cada uno, se sorprendieron al encontrar a un hombre dentro. Ambos sabían que los humanos no tenían permitido estar en la montaña, mucho menos tan profundo en el bosque, pero sabían que, si había llegado tan lejos, era porque no estaba solo. Farlan e Isabel se habían puesto en guardia, justo como su padre les había enseñado, pero aquel hombre no se movía ni un poco y su expresión se mantenía tan tranquila que era como una burla al miedo que sentían. Sin embargo, en cuanto aquel hombre se aproximó a ellos con cautela, pudieron notar que olía exactamente igual a su padre.
Los pequeños se mantuvieron firmes por un momento, pero cuando los llamó por sus nombres y acercó una de sus manos a cada uno de ellos, sus caricias confirmaron sus sospechas. Su padre se había transformado en un hombre y, aunque al principio no habían estado muy cómodos con esa idea, Levi había sido muy paciente al explicarles la situación. No se había transformado antes para no asustarlos, pero lo cierto era que mantener su apariencia felina podía resultar agotador para el dios, sin mencionar que las manos humanas sin duda eran muy útiles. Les confió también que temía que los otros tigres lo odiaran si descubrían su forma humana, pero ellos lo convencieron de que eso era imposible y de presentarse ante ellos con esa apariencia. Cuando Levi estuvo ahí, delante de sus hijos, pudo verlos desconfiar; los tigres lo miraban con recelo, pero, uno a uno, se acercaron a él, lo reverenciaron y, finalmente, buscaron sus mimos. Después de todo, Levi era su padre.
—Entonces... ¿es verdad? —preguntó Erwin sacándola de sus recuerdos. —¿Es posible... que ese tigre sea Levi?
—¿Aún te quedan dudas?
Erwin rio, negado con la cabeza. En realidad, sí tenía muchas dudas, pero no sobre Levi convirtiéndose en un poderoso tigre blanco de gran tamaño, eso, al menos, lo tenía claro. Tanto como el hecho de que todo lo que había dicho sobre ser un dios debía ser verdad.
Aunque Levi había permanecido dormido durante otro día entero, tanto Erwin como Isabel podían ver que su recuperación avanzaba favorablemente. Algunas veces, el comandante lo observaba dormir mientras se maravillaba por la tranquilidad que reflejaba su rostro; pero otras, lo veía tan agitado que se preguntaba qué clase de pesadillas estaría reviviendo una y otra vez.
Isabel, quien sabía a la perfección qué era lo que Levi soñaba, le había dicho que Levi odiaba dormir, además de que no lo necesitaba, y que, aunque ella no soportaba la idea de verlo sufrir así, sabía que era la mejor forma de que se recuperara por completo de sus heridas. Prueba de ello era que al fin habían dejado de sangrar y que, aunque aún no ingería alimento, habían logrado al menos hacerle beber agua para mantenerlo hidratado.
—¿Siempre ha sido así? —le preguntó Erwin la mañana del cuarto día. Sus ojos se mantenían firmes sobre el cuerpo que descansaba entre pieles y tigres somnolientos. La respiración de Levi era tan suave, que Erwin pudo haber jurado que por momentos dejaba de respirar antes de ver su pecho subir nuevamente. También podía apreciar sus pestañas, tan oscuras como su cabello, brillando ante los primeros rayos del amanecer. Hermoso, pensó Erwin, pero de inmediato se retractó al recordar su primer encuentro con el tigre blanco, cuyo blando pelaje inmaculado contrastaba con el negro cabello del hombre que ahora dormía ante él pero que brillaba con la misma singular belleza. Majestuoso, esa era la palabra que buscaba.
—Es así desde que lo conozco —respondió Isabel, notando como el rubio miraba a su padre como si estuviera en trance, incapaz de apartar los ojos de él —. Pero mi madre y mi abuela solían contar historias asombrosas sobre él.
—¿Qué clase de historias?
—De todo tipo. Historias sobre cómo terminó la guerra entre humanos y animales, sobre cómo derrotó a un ejército él solo, sobre cómo los dioses lo adoptaron como su hijo más amado... pero hay una historia que siempre nos contaban la última noche del año. La historia sobre cómo nuestro padre se convirtió en un dios.
Erwin no respondió, pero su interés se encontraba ahora por completo atrapado por las palabras de Isabel. Sus ojos brillaban con curiosidad, expectantes ante la larga pausa que hizo; antes de que pudiera pedirle que le contara, ella comenzó con el relato.
—Hace cientos de años, Qin Shi Huang logró unificar a todos los reinos y formó el gran imperio que es ahora China. Se convirtió en el primer emperador de una nación que había vivido largas e incontables guerras y fundó la dinastía Quin.
»El Primer Emperador, como se hacía llamar, fue un hombre ambicioso y poderoso; fue esa misma ambición la que lo llevó a tener varias concubinas en palacio. Una de esas mujeres, su concubina de menor rango, dio a luz a un niño durante el invierno; el niño nació sano, pero ella no sobrevivió al parto. El Primer Emperador, que no podía permitir que otra de sus concubinas criara al niño, pero que tampoco tenía el corazón para dejarlo morir en la calle, decidió tomarlo como sirviente.
»Así, el hijo del Primer Emperador creció como un sirviente sin saber la verdad sobre su origen. Apenas aprendió a caminar, se encargó de cuidar de los animales que el Primer Emperador coleccionaba en los jardines del palacio. Siempre tuvo facilidad para tratar con ellos, desde las grullas hasta los pandas, pero se entendía especialmente bien con los felinos; lo mismo daba si eran gatos, tigres o panteras, el niño podía incluso dormir junto a ellos sin miedo a que "le arrancaran la cara de un mordisco" como decían los otros sirvientes.
»El Primer Emperador estaba impresionado con la valentía de su hijo, pero, cuando había decidido contarle la verdad para reconocerlo como su heredero, sus consejeros le advirtieron sobre los rumores que corrían entre las personas del palacio. Tanto los demás sirvientes como las concubinas coincidían en que aquel niño debía ser un demonio, y habían comenzado a exigir que fuera expulsado del palacio o, mejor aún, desterrado del imperio. El Primer Emperador, que no quería dejar morir a su hijo condenándolo al destierro, ordenó que fuera expulsado del palacio y llevado al pueblo con alguna familia acomodada, pero la guardia que lo escoltaba tenía otros planes. Presos del miedo que sentían por la inusual habilidad del niño, decidieron ponerle fin al "demonio". Lo llevaron a una montaña sagrada, esta misma montaña, ofrecieron su vida a los dioses, lo golpearon hasta romper cada uno de sus huesos y lo abandonaron mientras aun respiraba para que los tigres, a los que tanto amaba, se alimentaran con su carne.
»Pero los dioses, que habían observado todo el terrible acto, se apiadaron del niño. Dicen que las estrellas eran especialmente brillantes aquella noche, pero que estaban tan tristes que se caían del cielo. La luna cobijó al niño con su brillo hasta que exhaló su último aliento y, aunque cientos de tigres se habían reunido a su alrededor atraídos por el aroma de la sangre, ninguno se había atrevido a atacarlo, ni siquiera cuando su corazón se detuvo. El hijo del Primer Emperador murió esa noche, pero justo en el momento en que lo hizo, nació Bai Hu.
Erwin se había quedado sin palabras tras el relato; un escalofrío recorrió su espalda mientras su mente recreaba una y otra vez la violenta escena, que en cualquier otro momento le habría hecho pensar que Isabel tenía una gran imaginación. Pero la historia era cierta, podía sentirlo en cada poro de su piel. Desde que despertó en aquel claro, aquel día que ahora parecía tan distante, no había hecho más que subestimar a Levi, llegando incluso a pensar que había perdido la razón, cuando el único insensato había sido él. Ahora no solo le debía la vida, también le debía una disculpa.
Luego del relato, Isabel había decidido dar tiempo al comandante para procesar lo que acababa de escuchar. Seguida por los cachorros, se dirigió al río para que bebieran agua fresca y se distrajeran un poco, sabiendo que Erwin, como humano que era, necesitaría aceptar muchas cosas antes de poder creer en aquella historia que durante generaciones había sido compartida entre los suyos.
Con la luz de la mañana colándose entre las ramas de los árboles, el nuevo día marcó el comienzo de las actividades de la manada. Las noches en el bosque eran húmedas y frías, las mañanas, por el contrario, eran cálidas y acogedoras, de modo que los tigres que se habían mantenido agazapados alrededor de Levi comenzaban a dispersarse para evitar que el exceso de calor pudiera sofocarlo. Mientras la oscuridad de la noche permitía distinguir la intensidad del fuego y las enormes columnas de humo, la luz matutina daba la impresión de que todo estaría bien.
Erwin e Isabel tomaban turnos durante la noche para velar el sueño de Levi, pero, además, cuidar de los cachorros era una tarea agotadora, sin mencionar que ya habían pasado casi dos días desde que Farlan se había ido y aún no había vuelto. Al verla dormir tan plácidamente pese al sol que golpeaba su rostro con inclemencia y tras comprobar que los pequeños también seguían dormidos, Erwin decidió que podía resistir algunas horas más antes de despertarla para el último cambio de turno del día.
No había podido sacarse de la cabeza la historia que Isabel le había contado, en especial mientras observaba la expresión inquieta en el rostro de Levi. Había pasado la noche entera imaginando lo terrible que había sido y, al mismo tiempo, asombrándose por el misticismo que envolvía aquel relato. No podía ni quería imaginar cuánto había sufrido Levi antes de llegar a ser lo que era ahora; lo que aún seguía sufriendo, pues bastaba con ver el estado en que se encontraba desde hacía varias noches por culpa de sus "compañeros" para saber que estaba lejos de llevar una vida pacífica.
Antes de que sus pensamientos pudieran ir más lejos, la atención de Erwin fue capturada por los fríos ojos grises de Levi, que se cruzaron con los suyos por apenas unos segundos antes de que el hombre se librara de las pieles que lo cubrían en su intento por incorporarse.
—Espera, déjame ayudarte —pronunció con sorpresa, acercándose a su lado para ofrecerle su ayuda y que pudiera ponerse de pie, sin tener tiempo siquiera de procesar que al fin había despertado.
Levi dudó por un momento en aceptar la ayuda del americano, pero su cuerpo se sentía pesado, difícil de controlar, y aún conservaba el sopor en su mente causado por el exceso de sueño, por lo que tuvo que aceptar la mano que le ofrecía para levantarse. No había sido consciente del tiempo que había pasado hasta que, al ponerse de pie de forma tan repentina, un fuerte mareo se apoderó de él.
Para el comandante, el malestar de Levi no había pasado desapercibido. Sabía que recalcarlo no haría más que ofenderlo, así que, sin decir nada, colocó una mano en su espalda para sostenerlo mientras se estabilizaba y se mantuvo a su lado hasta que sintió que era seguro dejarlo estar de pie por su cuenta, pues tampoco deseaba ser importunarlo con su presencia.
—No seas tan impetuoso, si te mueves tan rápido tus heridas volverán a abrirse.
El comandante sabía que no tenía derecho a intentar frenarlo, incluso estuvo a punto de retractarse ante la mirada llena de furia del dios, pero también sabía que no podía permitir que arriesgara su vida a causa de un impulso. Sin embargo, él parecía no ser el único que pensaba de esa forma.
—Estoy bien —respondió Levi, recuperando ese porte elegante que le caracterizaba e irguiéndose con relativa facilidad—, ya descansé lo suficiente.
Erwin estaba seguro de que eso debía ser una mentira, sin embargo, decidió que lo mejor era no contrariarlo o podría provocar que se esforzara todavía más.
—Al menos déjame curar tus heridas —insistió, pero Levi dio un paso lejos de él antes de que pudiera siquiera rozar su piel.
—No hace falta.
El comandante estuvo a punto de insistir en que debía al menos revisar que no se hubieran abierto de nuevo, sin embargo, Levi fue más rápido y, antes de que pudiera preverlo, abrió la parte superior del Zhongyi(1) que portaba, exponiendo su pecho ante él. En su piel pálida y tersa, no quedaba rastro alguno que delatara la gravedad de las heridas que había sufrido.
—Están curadas —susurró, incapaz de creer sus propias palabras.
—Te lo dije —respondió simplemente, apartando las manos del comandante y volviendo a vestirse.
—¡Padre! ¡Al fin despertaste!
Detrás de ellos, Isabel se levantó de un salto y se aproximó hasta donde Levi se encontraba, acercando su nariz al cuerpo del hombre y olisqueando en busca de cualquier rastro de sangre que pudiera indicar que algo no estaba bien. Pero lo estaba, aun si su cuerpo seguía débil, sus heridas habían sanado por completo.
—Isabel, necesito que me pongas al día, ya perdimos demasiado tiempo por culpa mía, ahora debemos detener este ataque.
Erwin e Isabel compartieron una mirada cargada de preocupación. Aun si era verdad que debían actuar pronto, el recuerdo de cómo habían encontrado a Levi al borde de la muerte les impedía pensar con claridad sin tener miedo de hiciera algo peligroso. Erwin, además, tenía tantas preguntas en la cabeza que solo esperaba que todo aquello acabara pronto, de modo que pudiera conversar un poco con Levi.
—Está bien, te contaré todo —aceptó, desviando su mirada hacia el lecho de pieles donde antes había estado descansando—, pero antes debes sentarte, necesitas recuperar tus energías...
Levi estuvo de acuerdo, mas antes de que accediera a volver a sentarse entre las pieles, un par de tigres se aproximaron a él, ofreciéndole con reverencia un Hanfu del color del oro con detalles negros y rojos, que el dios se colocó de forma casi ceremonial ante la maravillada mirada de Erwin. Levi prefirió sentarse sobre las raíces de un imponente cedro, pero Erwin estaba seguro de podría sentarse en el suelo y seguiría luciendo igual de magnífico. Levi, por otro lado, había pasado un momento complicado ignorando la mirada de Erwin; sus ojos fijos en su figura revivían recuerdos que no tenía ni tiempo ni ánimo de desenterrar.
El grupo de hombres que avanzaba por la montaña era numeroso. A simple vista, Farlan podía decir que se trata de al menos treinta o cuarenta de ellos, todos vestidos con uniforme militar, similar al que usaba Erwin, y portando armas en sus hombros. Aun si él y todo su grupo los atacaban por sorpresa, estaba seguro de que no tendrían oportunidad de vencerlos al ser superados en número de tal forma. Ahí, oculto entre los arbustos bajos y algunas pilas de hojas secas, el tigre se preguntó si en verdad podrían resistir el ataque.
Su mirada se alejó por un momento de los humanos y se posó en sus compañeros, siete tigres de gran tamaño y fuerza que, para entonces, lucían en extremo agotados, tanto física como mentalmente. Hacía ya algunos días que había comenzado el ataque y, aunque habían logrado controlar varios incendios, no parecían estar ni un poco cerca de terminar; era como si, cada vez que extinguían un fuego, comenzaran dos nuevos en otro lugar. Luego de pasar el día entero sofocando incendios de todos los tamaños y esquivando las lluvias de fuego de los hombres, Farlan había tomado la decisión de dejar los incendios y enfocarse en la causa de ellos. Al principio le había parecido buena idea ir contra ellos en una emboscada, sin embargo, al notar la cantidad de hombres a los se estaban enfrentando, su ánimo también decayó.
"Tenemos que detenerlos", pudo leer en la mirada de uno de sus hermanos, "antes de que lleguen a nuestro padre". Farlan cerró los ojos un momento, intentando enfocarse en la situación. Necesitaba un plan. Pronto.
Pero la realidad era que nada de lo que hicieran parecía ni remotamente una buena idea. Al final, confrontarlos de forma directa sería su única opción si querían evitar que el daño se propagara todavía más. Tras algunas órdenes, los tigres saltaron frente al contingente de humanos, cerrándoles el paso y gruñendo como amenaza. Trataron de rodearlos tanto como les fue posible, esperando que Farlan diera la orden de atacar, pero los hombres sonrieron de una forma que dejaba ver que ya esperaban ese ataque.
En ese momento, sin que nadie pudiera preverlo, una lluvia de fuego se desató contra ellos, provocando que ahora fueran ellos los que eran rodeados por las llamas, que formaban una barrera entre los tigres y los hombres, pero también los alejaban de la montaña; mientras los humanos se alejaban hacia el rio, Farlan se debatía entre seguirlos para evitar que escaparan o regresar al bosque para frenar el fuego. Cualquiera de las dos opciones que eligiera, se sentía como una derrota.
—De prisa, volvamos al bosque —ordenó Farlan. Los felinos atravesaron la pared de llamas antes de que pudiera atraparlos en su interior, sin embargo, aunque todos estaban con vida, no pudieron evitar recibir severas quemaduras en el proceso.
No tenían tiempo de tratar a los heridos, a causa de las hojas secas que se encontraban en el suelo y a la gran cantidad de llamas que los humanos habían lanzado, el incendio se propagó rápidamente tras ellos, como si se tratara de una bestia intentando alcanzarlos. Se había descontrolado de tal forma, que incluso los invasores habían tenido que correr para alejarse del fuego, dejando atrás a todos los que eran alcanzados por el fuego y atravesando el río a toda prisa, montando extraños transportes de madera que habían recuperado de entre algunas ramas y que les ayudaban a mantenerse a flote.
Ellos mismos iban tan rápido como sus ágiles patas se los permitían, pero no podían simplemente escapar como habían hecho los hombres. La montaña era el hogar de incontables animales de distintas especies, no podían simplemente dejarlos a su suerte sabiendo que no lograrían sobrevivir, eso era lo que los distinguía del enemigo.
—Sepárense, alerten a todos los animales que puedan y ayúdenlos a salir del fuego, lléven a todos al claro.
Antes de escapar, debían sacar a tantos como pudieran de aquel peligro. Su padre nunca lo perdonaría si se iba y los dejaban morir, sin embargo, Farlan se preguntaba si estaba haciendo lo correcto, después de todo, si el fuego se extendía hacia el bosque, estaría condenando a todos a morir quemados; no había forma de escapar, si cruzaban el río, los hombres los estarían esperando para masacrarlos, pero, si se quedaban, el fuego haría el trabajo por ellos. El felino sacudió lejos aquellas ideas para disponerse a ayudar a cuantas creaturas encontrara a su paso, si de todas formas iban a morir, sería de forma digna.
Mientras tanto, a pesar de la distancia, Levi era capaz de ver notar las columnas de humo que iban cobrando intensidad en diversos puntos a su alrededor. Era consciente de que sería imposible para él transformarse en ese momento y, aunque su forma humana no fuera precisamente débil, sabía que si iba en su estado no sería de ninguna utilidad. Se había esforzado por disimular su malestar frente al americano y los otros tigres, pero no había podido evitar maldecir por lo bajo en varias ocasiones, cada vez que se veía obligado a admitir que no podía hacer nada por ayudar.
—Todo está bien, mi hermano está controlando el fuego —intentó tranquilizarlo Isabel, aun si ella misma no estaba segura de que así fuera.
Pero Levi no necesitaba presenciarlo directamente para saber la gravedad de la situación. Podía notar en el aire el aroma de los árboles quemados mucho más intenso cada vez, al igual que la angustia de sus hijos, que también podía sentir en su propio cuerpo. Estaba seguro de que los días que había pasado inconsciente habrían sido suficientes para que el fuego se extendiera por varias hectáreas, sin embargo, el daño era mucho menor del que esperaba, al menos hasta ese momento. Era como si hubieran estado encendiendo fuegos de forma controlada para atraerlos para luego lanzar un último ataque en su contra; de ser el caso, debía actuar con rapidez si deseaba proteger a sus hijos.
—Sólo necesito extinguir todos los fuegos —insistió el dios—, de lo contrario esto durará demasiado tiempo y todos estaremos exhaustos antes de la próxima luna. Isabel, cubre a los cachorros.
Erwin no comprendió del todo sus palabras, sin embargo, la mirada llena de preocupación de Isabel fue suficiente para hacerle saber que algo malo estaba sucediendo. La respuesta llegó con las primeras gotas de lluvia salpicando su rostro, una suave llovizna que pronto se convirtió en un aguacero. La lluvia duró apenas unos minutos, se detuvo tan rápido como había comenzado, no sin antes sofocar el incendio que se dirigía hacia ellos y empapar el suelo, de modo que fuera imposible encender un fuego de nuevo al menos por el resto del día. Por desgracia, el esfuerzo también había menguado sus fuerzas, provocando que Levi se tambaleara en el momento en que la lluvia cesó.
Erwin, quien estaba más cerca del dios, se paró con firmeza a su lado de modo que Levi pudiera apoyarse en él para recuperar el equilibrio, aunque, claro, ya esperaba que se alejara de inmediato.
Levi era demasiado orgulloso como para aceptar la ayuda de un americano, pero, aunque no dijera nada, agradecía que Erwin hubiera estado ahí en ese momento, de otro modo, estaba seguro de que hubiera terminado por caer al suelo y no podía permitirse mostrarse débil delante de sus hijos en un momento tan decisivo.
—Padre, tienes que descansar —señaló Isabel tras haber colocado a los cachorros entre algunas pieles para mantenerlos secos—, aunque tus heridas hayan sanado por completo, tu cuerpo necesita recuperar la fuerza.
—Ella tiene razón, Levi, no deberías exigirte tanto.
El comandante podía entender a la perfección cómo se sentía, pero él mismo había presenciado la gravedad de sus heridas y, pese a también haber atestiguado su asombrosa recuperación, no sabía si había heridas internas que pudieran volver a abrirse o si su cuerpo soportaría el enorme esfuerzo que estaba realizando. Aunque no quisiera aceptarlo, temía por la vida del hombre que lo había salvado.
—No hay tiempo para descansar, debo unirme a ellos pronto. Este ataque fue muy diferente a todos los que habían venido ejecutando hasta ahora, esta vez no estaban tratando de expulsarnos de nuestras tierras, querían aniquilarnos.
—Farlan ya se está encargando de eso, confía en que él los traerá a todos de vuelta sanos y salvos.
Levi asintió, no era que no confiara en sus hijos o que pensara que Farlan era incapaz de controlar la situación, pero no había forma en que pudiera mantenerse tranquilo sabiendo que era su deber protegerlos y que los había dejado solos cuando más lo necesitaban. Si tan solo no hubiera perdido el control en aquel momento...
El dios dio por terminada la discusión, pero, aunque no lo expresara con palabras, la forma en que caminaba de un lado a otro delataba la ansiedad que le estaba consumiendo internamente.
La paciencia de Levi tenía un límite, uno bastante corto, y aunque Isabel había hecho hasta lo imposible por distraerlo e incluso los cachorros habían tratado de llamar su atención, lo único que habían conseguido era que se sentara de nuevo en las gruesas raíces del cedro luego de caminar ansioso durante varias horas y de ordenar que los tigres que habían permanecido a su lado como "escoltas" fueran a ayudar a los demás.
Luego de casi medio día, aun cuando la mayoría de los tigres que habían salido a ayudarlos había vuelto al claro, no había noticias de Farlan y su grupo, lo que estaba logrando que Erwin también comenzara a preocuparse. Algunos animales regresaban arrastrando presas de varios tamaños así que, animado por Isabel, el comandante tomó algunos trozos de lo que parecía haber sido una ardilla y encendió una pequeña fogata para asar la carne; una vez estuvo lista, se permitió un instante de duda antes de finalmente acercarse a donde se encontraba Levi.
—Toma, necesitas comer algo —comentó Erwin con tranquilidad, sentándose a su lado y ofreciéndole parte de la carne que había preparado. Si lo pensaba un poco, no estaba seguro de si prefería comerla cruda, pero era demasiado tarde para reparar en detalles como ese.
La mirada del dios estaba perdida en los lejanos arbustos de bayas que se asomaban varios metros dentro del bosque. El comandante no estaba seguro de si estaba bien que intentara iniciar una conversación en un momento como ese, pero de algún modo tenía que conseguir que Levi se relajara al menos un poco, de lo contrario, su negativa a comer o descansar terminaría por afectarle físicamente.
—Vamos, Levi, necesitas recuperar tus fuerzas si quieres ayudarlos.
Erwin sabía que quizás estaba siendo demasiado familiar con él, pero al parecer su argumento había sido suficiente para, al menos, atraer su atención, pues los ojos grises de hombre no tardaron en encontrarse con los suyos.
—Tienes razón —respondió el dios, estirando una mano hacia él—, dame eso.
Antes de que pudiera decir cualquier otra cosa, Levi tomó la carne que había estado sosteniendo y la llevó directo a su boca, obligándose a comer. Erwin sonrió, después de todo, él mismo había estado preocupado por su estado hasta hacía un momento. El comandante se mantuvo en silencio mientras lo observaba comer, permitiéndole tener un momento de tranquilidad, pero, en cuanto hubo acabado, pudo notar la misma expresión sombría instalarse en su rostro nuevamente. Esta vez, sin embargo, el comandante no estaba dispuesto a permitir que las cosas continuaran de esa forma; si algo había aprendido en su tiempo en el ejército era la importancia de mantener la mente despejada ante las situaciones de riesgo, además, en su intento por distraer a Levi, podría conseguir la respuesta que necesitaba algo que le había estado intrigando desde hacía un par de días.
—En aquel momento, Levi, cuando me trajiste aquí, ¿sabías que era yo?
La pregunta de Erwin le tomó por sorpresa pues, hasta entonces, pensaba que era obvio. Y no era que no hubiera estado sorprendido en su momento por recibir ayuda de un extranjero, pero la realidad era que había sido por él y sus hombres que no se había liberado por su cuenta de aquella trampa. Siendo sincero, al notar que los humanos que se acercaban a él eran parte del ejército invasor, Levi había decidido usarse como señuelo para matarlos apenas los tuviera a su alcance; no hubiera dudado en llevar a cabo su plan de no ser porque Erwin se había acercado a ayudarlo en vez de atacarlo como esperaba. Francamente, sus acciones lo habían desconcertado.
—Sé que fuiste tú quien me ayudó a librarme de la trampa —respondió, manteniendo su semblante inexpresivo; era lo más cercano a un agradecimiento que estaba dispuesto a ofrecerle—, pero nunca pensé que me salvarías la vida.
Erwin, quien no esperaba aquello, no estaba seguro de cómo debía responder, sin mencionar que, ahora que creía por completo que estaba hablando con un dios, no estaba seguro de cómo debería tratarlo. ¿Como un padre, como hacían Isabel y Farlan? ¿O como un ser superior, como hacían los aldeanos? Al final, se decidió por seguir tratándolo como hasta entonces.
—Es lo menos que podía hacer, te has tomado muchas molestias por mi culpa. Te lo agradezco, Levi.
Levi tampoco esperaba que le agradeciera por haberlo ayudado, pero al menos estaba tranquilo. Finalmente había desaparecido de su pecho la sensación de que estaba en deuda con el americano, ahora no tendría que preocuparse por eso cuando cada uno tomara su camino, cosa que, si todo resultaba como esperaba, sería muy pronto.
—Ahora estamos a mano —comentó Levi, pero antes de que Erwin pudiera responder, el dios se puso de pie justo a tiempo para recibir a Farlan y su grupo, quienes volvían acompañados por docenas de animales de otras especies; ciervos, conejos, linces y panteras, todos se mezclaban en un único grupo de lo más diverso.
—Padre... —Farlan avanzó hasta Levi con lentitud, como si el solo hecho de caminar fuera demasiado pesado para él, y se inclinó con torpeza. —Lamento mucho no haber podido proteger nuestras tierras. Hicimos todo lo que pudimos, pero se han vuelto más organizados. Sus armas son más fuertes que la última vez. Sé que no es excusa, pero...
Mientras Farlan se disculpaba por su falta, Isabel observaba la escena con inquietud, en silencio, pasando su mirada entre su padre y su hermano. Levi no tardó en notarlo y, ignorando a su hijo por un instante, le indicó a Isabel con un movimiento de su mano que estaba bien si se acercaba, después de todo, ella también había estado sumamente preocupada los últimos días.
—Estoy tan feliz de tenerte de vuelta —sollozó, interrumpiendo a su hermano y posando su cabeza junto a la suya, frotándose y uniendo sus narices de vez en cuando.
—¿Qué estás haciendo? ¿No ves que intento disculparme? —Se quejó el tigre, mirando a Levi con vergüenza y agachando la mirada de inmediato pues no sentía correcto mirarlo a los ojos luego de haberle fallado, mientras Erwin ocultaba una sonrisa ante la escena, pues él mismo podía ver que el dios no tenía intenciones de reprocharle nada.
Levi, lejos de estar molesto, estaba más que aliviado por tenerlos a todos de regreso, heridos, pero con vida. El dios se acercó a sus hijos y posó una de sus manos sobre la cabeza de cada uno de ellos. —Ya deberías saber que no pienso que fuera tu culpa.
Tras separarse, Isabel se encargó de lamer los cortes y quemaduras de Farlan con delicadeza. El resto de heridos fueron atendidos también mientras algunos tigres se encargaban de agrupar a los animales de otras especies que habían sido obligados a desplazarse en un extremo del claro y a los tigres al otro. Erwin observaba la escena con fascinación. Depredadores y presas se hallaban coexistiendo en un espacio reducido, pero no se atacaban ni perseguían. Incluso los animales más pequeños como las ardillas y los conejos, que usualmente les servían de alimento, parecían tranquilos pese a estar rodeados de carnívoros.
—No somos enemigos —comentó Levi como si hubiera escuchado sus pensamientos—, no los matamos por gusto, cazamos animales para comer, así como ellos se alimentan de plantas o animales más pequeños. Es el orden natural de las cosas.
—Es asombroso —respondió, comprendiendo que había muchas cosas del mundo que desconocía por completo.
Levi pareció satisfecho con su respuesta, pero, aunque hubiera querido continuar esa conversación un poco más, había cosas urgentes que requerían su atención. Así, cuando cada animal estuvo ubicado con los otros de su especie, Levi se acercó a ellos, elevando una de sus manos para pedir silencio y aguardando un instante mientras las miradas de todos los presentes se dirigían hacia él.
—Lo que pasó en estos días no volverá a suceder. Mejoraron su organización y lograron tomarnos por sorpresa. Perdimos un amplio territorio a causa del fuego. Muchos perdieron su hogar, a su familia, pero esto es solo el comienzo. ¡Lucharemos hasta que no quede una sola gota de sangre en nuestros cuerpos! Los invasores no volverán a celebrar otra victoria. Protegeremos esta montaña y a todo el imperio.
Estruendosos rugidos llenaron el silencio del bosque; incluso los animales más pequeños dejaban ver su entusiasmo. Ancianos y cachorros se unieron al clamor sabiendo que sus pérdidas, lejos de ser en vano, se convertirían en la voluntad que guiaría a los suyos a recuperar la paz que les había sido arrebatada.
Levi, visiblemente agotado, reunió todas sus fuerzas para transformarse una vez más. Delante de todos sus hijos y de los animales de otras especies que habían acudido para unirse a su lucha, el enorme tigre blanco emitió un potente rugido que opacó a todos los demás, siendo seguido por un solemne silencio. Todos y cada uno de los animales que lo rodeaban se inclinaron ante él, ofreciendo sus vidas por su causa sin distinción de presas o depredadores. Todos compartían un único objetivo.
La piel de Erwin se erizó por la emoción del momento. Las palabras de Levi retumbaban en su mente como una promesa llena de esperanza. Pero él deseaba más que ser un espectador y, aunque ya antes había sido rechazado, se acercó al tigre de mayor tamaño con toda la firmeza que había logrado reunir.
—Por favor, Levi —pidió el comandante ante la expectante mirada de cientos de animales—, déjame luchar a tu lado. Permíteme vengar la muerte de mis hombres y la traición de la que fuimos objeto.
El tigre blanco pareció ignorarlo por largos segundos, pero Erwin no iba a darse por vencido. Necesitaba tomar parte en la batalla que vendría, no solo por sus hombres, también por Levi; se sentía en deuda con él y sabía que, si no podía traerle la victoria, podía al menos convertirse en su escudo.
—Está bien —respondió Levi finalmente, aun en su forma animal—, pero no esperes que nadie te proteja durante la batalla. Serás el único responsable por tu muerte.
Farlan miró a su padre con sorpresa sin poder creer lo que estaba escuchando. Era la primera vez que permitía a un humano llegar tan lejos y, aunque el rubio no le desagradaba del todo, no podía negar que estaba preocupado. Intentaba en vano convencerse de que le preocupaba que Erwin se convirtiera en un estorbo en momentos cruciales, pero la realidad era que su preocupación se debía al afecto que muchos de sus hermanos habían llegado a sentir por el humano y lo que podría pasar si perdía la vida en el enfrentamiento. Y sí, sabía que entre esos muchos también se encontraba su padre.
Erwin, por otro lado, asintió entusiasmado, incapaz de reprimir una sonrisa que hizo al dios desviar la mirada. Levi le había aceptado en sus fuerzas, ahora se aseguraría de no decepcionarlo. Luego de que Levi se alejara para planear con algunos tigres cómo reubicar a los animales que habían perdido sus hogares a causa del fuego, Isabel se acercó a Erwin, golpeando su costado con su enorme cabeza.
—Los dioses lo convirtieron en un guardián para ser venerado, pero él se convirtió en un padre para protegernos.
Con el corazón henchido de admiración, Erwin comprendió el sentimiento que todos esos animales compartían y, como ellos, encontró la motivación que necesitaba para enfrentar a su pueblo y vengar a sus hombres, pero, ¿realmente tendría el valor de enfrentar a los que hasta entonces había considerado sus amigos?
(1) La vestimenta tradicional de China tiene varias capas de ropa. La primera suele denominarse Zhongyi, y es una ropa interior blanca de algodón o seda. La segunda capa es la principal, el Hanfu. Luego existe otra capa opcional llamada Zhaoshan, que queda abierta.
Gracias por leer, espero que el capítulo les haya gustado y que haya valido la espera. Recién está comenzando la acción antes de la guerra. No olviden dejar sus comentarios sobre qué les pareció el capítulo, me hace muy feliz conocer sus opiniones.
