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LA BALADA DE CYAN
Escrito por Palabragrís
Nota: Esta historia es un Apéndice de «EL DRAGÓN DORADO» y fue publicada originalmente entre los capítulos siete y ocho de esa historia. Su lectura no es obligatoria para entender El Dragón, pero sí es recomendada para tener toda la experiencia. Muchas gracias por leer y espero que disfrutes de este escrito.
ACTO PRIMERO
Eran tiempos peligrosos, en los que la paz y el descanso parecían haber rechazado el cobijo del Continente Sellado para dejarlo a merced de la locura de la guerra. Las espadas de Lyzeille, Dills, Ralteague y Kalmart, las de Rore, Ragdo, Ruvinagardo, Galdabia, Felgod e Ilmard, quienes a futuro formarían la Alianza de los Pueblos Costeros, y también las de las poderosas Elmekia y Zephiria, se alzaron en las llamas de la conquista, del arte del ejército y de la táctica, con el fin de poner de rodillas al otro, de hacer valer su poderío y de obtener nuevos territorios. Y aunque Saillune, fiel a sus principios, intentaba hacer valer el arte de la paz, todas sus negociaciones y súplicas fueron ignoradas, por lo que el rey Eldoran el di Saillune, soberano del Reino de la Magia Blanca, se vio obligado a tomar las armas también, en pos de lograr la paz mediante la fuerza.
Y en medio de todo el caos, abrigados por el anonimato, se hallaban ellos: los mercenarios; guerreros sin bandera ni estandarte dispuestos a arriesgar la vida por un gobernante al que no conocían, a quien no debían nada, pero que estaba dispuesto a pagar el precio convenido. El joven Gourry Gabriev estaba entre ellos.
¿Qué edad tenía? Sus compañeros de armas —si es que se podía denominar así a un grupo de hombres en los que no se podía confiar y que el día de mañana podían, bajo el poder de la moneda, olvidar toda amistad previa para intentar clavar un puñal en tu garganta— opinaban que no era lo suficientemente hombre aún para conocer los placeres de la vida, la embriaguez del buen vino, el encanto del tabaco, el calor de las mujeres. En las apuestas se decía que tenía quince, en otras que rondaba los dieciséis. Nadie sospechaba que el joven espadachín, un chico amable y varonil, aunque extremadamente olvidadizo y despistado, sólo contaba con trece años. Apenas había dejado de ser un niño.
Nadie conocía sus motivos, pues como todo buen mercenario, una de las primeras cosas que había aprendido de sus pares era el ser precavido y cuidadoso con sus antecedentes. Debía mantener sus secretos muy bien guardados para que nunca fueran utilizados en su contra. Aunque a decir verdad, muchos otros pensaban que no hablaba de su pasado simplemente porque no le preguntaban. Al verlo, sentado siempre solo en un rincón, con la espada abrazada entre sus brazos y con la sonrisa presta para quien quisiera entablar conversación con él, no eran pocos los que suponían que ese chico, por muy hábil que fuera con la espada, no era más que un muchacho inocente. Poco más que un tonto.
Un día, cuando la Gran Guerra ya llevaba varios meses, llegó una orden al campamento mercenario donde Gourry había sido apostado. Llevaba el sello de la mismísima Reina Eterna, gobernante del Reino de Zephiria para el que Gourry trabajaba, y tenía una instrucción muy precisa: los mercenarios deberían ser la punta de lanza para que el ejército zephiriano pudiera atravesar de una vez por todas las defensas del Imperio de Elmekia, permitiendo su invasión. La campaña para cumplir con esta orden fue extenuante y, sobre todo, dura. Zephiria era fuerte, quizás uno de los estados más fuertes de los que participaban en el conflicto, pero Elmekia era poderoso y eso quedó demostrado en la cantidad de cadáveres. Muchos mercenarios perdieron la vida durante las arduas batallas para conquistar las ciudades fronterizas del imperio, muchos otros, quizás menos afortunados que los muertos, quedaron incapacitados de por vida. Gourry perdió a muchos con los que había compartido largas jornadas y sin que se diera cuenta, su carácter se fue endureciendo y sus ideales, formando.
Los registros de la Gran Biblioteca de Zepheel, capital de Zephiria, dicen que las defensas de Elmekia tardaron cerca de dos meses en caer, pero que las bajas por parte del reino fueron pocas. Por supuesto, los cientos o miles de mercenarios que perdían la vida no entraban en la historia. Sin embargo, había un nombre que solía repetirse en los libros, o más bien, un apodo: el Espadachín Rubio. Gourry se había convertido, como muchos otros, en una leyenda anónima. Sus compañeros mercenarios, los que lo vieron combatir en el frente, los que contaban las historias y ponían los nombres, estaban impresionados de su habilidad. Cuando recién lo conocieron, les había sorprendido que fuera capaz de levantar la espada más arriba de la cintura, hasta se preguntaban qué tragicómicas circunstancias habían conspirado para que un chiquillo como él tuviera que participar en el combate. Tras la entrada a Elmekia, nadie cuestionaba sus dotes, por el contrario, ahora todos le profesaban respeto, considerándolo en secreto un genio. Pasó mucho tiempo para que, sin que se supiera cómo, los mercenarios se enteraran que Gourry Gabriev, el Espadachín Rubio que por sí solo había acabado con decenas y decenas hombres, provenía del Imperio de Elmekia, el mismo al que había atacado sin dudarlo un momento. Ya no solo contaba con su respeto, sino que también con su admiración.
Pero los planes de la Reina Eterna fallaron. Si bien en un primer momento las defensas de Elmekia retrocedieron, pareciendo vencidas, no tardaron mucho en volver con más fuerza, como el mar que se retira para regresar hecho un vendaval. No solo recuperaron sus territorios en cuestión de semanas, sino que también comenzaron a invadir las tierras fronterizas de Zephiria. Entonces, la Reina Eterna nuevamente dispuso de sus mercenarios, esta vez para la defensa de su propio reino. Si la tarea de entrar en Elmekia había sido dura, la de defender a Zephiria parecía una cuestión imposible. Simplemente, el ejército elmekio, en especial sus hechiceros, era demasiado poderoso.
Fue en ese escenario en que Gourry conoció a Cyan.
Cyan Cayenne era un joven que rondaba los veinte y si bien su habilidad con la espada no era sobresaliente, sus poderes mágicos le ponían los vellos de punta hasta al más avezado de los guerreros. De tez blanca, aunque azotada por largos días bajo el sol, cabello largo y negro, ojos oscuros y risueños, y un carisma que ocultaba una personalidad que muchas veces podía llegar a ser cínica y oscura, era al primero dentro del campamento al que Gourry había llegado a llamar amigo.
Se apareció en el pequeño pueblo de Poft, un lugar cerca de la frontera con Elmekia que en otros tiempos había sido tranquilo, pero que ahora se hallaba convertido en el último bastión de los mercenarios para frenar al gran avance del imperio, y se presentó como un nuevo 'camarada', como él mismo solía referirse a su persona y a los demás. La única forma de ganarse la confianza dentro de los grupos mercenarios es demostrando la valía en batalla, y Cyan sabía eso de sobra. Durante las primeras escaramuzas que se presentaron en las puertas del pueblo, su vasta experiencia en combate ayudó en gran medida a que este no cayera en manos del enemigo. Sin embargo, fue durante la gran batalla que se desarrolló meses después en plena frontera con Elmekia, cuando Zephiria ya casi se había rendido y aceptaba su destino, en que enseñó todo el alcance de su poder. Gracias a sus poderosos hechizos arcanos, los mercenarios lograron encontrar un momento de descanso de entre toda la masacre que venían sufriendo. Había sido su primera victoria en lo que parecía una eternidad.
La relación entre Gourry y Cyan comenzó de manera fácil y sencilla. Si bien al inicio no se hablaban más allá de un saludo por falta de contacto, el constante ir y venir de la campaña los fue acercando de a poco. Aunque sus personalidades no se asemejaban en casi nada —uno era tranquilo y paciente, buscando siempre incapacitar a su oponente para perdonarle la vida si le era posible; el otro gustaba de ser el centro de atención y no lo pensaba dos veces antes de matar al enemigo—, lograron formar un buen dúo capaz de servirse como apoyo mutuo durante el fragor de un combate. Ninguno de los dos se percató para cuando ya se la pasaban juntos la mayor parte del tiempo, lanzándose chistes o conversando sobre la primera tontería que se les viniera a la cabeza. Gourry admiraba a Cyan por su gallardía y coraje; Cyan envidiaba la felicidad que Gourry profesaba en tiempos tan funestos y se alimentaba de ella, pues le otorgaba esperanza.
La guerra se prolongó por mucho más tiempo del que los líderes militares habían previsto y aunque muchos países ya habían abandonado el conflicto —principalmente los de la costa oeste, quienes bajo la instigación de Saillune y su ejército habían pactado un armisticio y un acuerdo que con el tiempo se extendería a lo largo de la tierra— aún quedaban otros que se negaban a bajar los brazos. Ya había pasado un año desde que los mercenarios defendieran la frontera de Zephiria y el mapa había cambiado un poco. El gobierno de la Reina Eterna finalmente se vio obligado a ceder parte de sus terrenos del sur al Imperio de Elmekia, pues debió dividir sus fuerzas para proteger su frontera oeste, constantemente amenazada por Kalmart, conocido entonces como el Reino de Rubinagardo, y esto hizo mella en la moral de su ejército. No eran extrañas las historias de batallones completos que se habían amotinado, exigiendo la abdicación de la monarca y el fin de la guerra que tanto dolor les había traído. Por supuesto, los mercenarios no se encontraban ajenos a esto. Sus sucesivas derrotas, muchas de las cuales habían sido culpables directas de las pérdidas de territorios a manos de Elmekia, les habían puesto encima un yugo de desconfianza que la Reina Eterna jamás olvidaría. Sus salarios bajaron y muchas veces ni siquiera recibían dinero bajo múltiples excusas. Cuando los soldados están descontentos, se amotinan; los mercenarios, en cambio, te cortan la cabeza.
En el campamento de Gourry las cosas tampoco iban bien. Muchos compañeros habían desertado para buscar fortuna en otras partes y muchos de los líderes del ejército de Zephiria que no habían adherido a la causa de los mercenarios ahora formaban parte de las empalizadas de madera que protegían a las guarniciones, clavados en largas estacas que servían de advertencia al que se acercaba. Ante tales atrocidades, el mismo Gourry había pensado muchas veces en largarse de ese lugar, asqueado por todo lo que había vivido. Nadie se lo hubiera reprochado, pues ya se había convertido en todo un veterano con voz y voto. Sin embargo, era su amistad a Cyan lo que le instaba a quedarse. Su amigo no había compartido sus motivos con él, y él tampoco sentía deseos de preguntárselos, pero se veía en los ojos del hechicero que nada en el mundo lo movería de Zephiria.
En una ocasión, Gourry creyó comprender los motivos de su amigo. Durante una tarde en la que el sol se había colado entre las gruesas nubes, dando tregua a los seres ahogados por la lluvia, se lo encontró sentado al borde de una carreta que últimamente sólo servía para cargar cadáveres. Estaba solo y sus ojos se hallaban clavados a un papel arrugado y roto que sostenía fuertemente en las manos. Su semblante no mostraba mayor cambio que el del mismo hombre diario, pero Gourry era capaz de notar un cambio, como si el ambiente alrededor de Cyan llorara las lágrimas que él mismo se negaba a derramar. Cuando se acercó a él, con el cuerpo embarrado y la espada al hombro, el hechicero alzó la vista y le sonrió. No hubo necesidad de palabras. Cyan echó una última mirada al papel que sostenía y se lo enseñó a Gourry sin necesidad de que éste se lo pidiera. El espadachín vio el retrato desgastado de una joven y un bebé. Cuando le preguntó a su amigo quiénes eran, él se encogió de hombros y respondió con un casi desinteresado "son solo mi esposa y mi hija". A Gourry lo golpeó la sorpresa, pues Cyan no tenía la apariencia del jefe de hogar, no obstante, no preguntó más. Lo conocía lo suficiente como para saber que estaba sufriendo, y aunque no lo entendía bien, siguió su instinto y calló. Cyan no volvería a tocar el tema hasta mucho después, cuando las cosas ya habían cambiado.
Los días se volvían monótonos, lo suficiente como para levantar sospecha. Los mercenarios, ahora líderes únicos del campamento tras la retirada de la Reina Eterna, quien acabó por abandonarlos a su suerte, continuaban esperando tozudamente una respuesta de parte del Zephiria, todavía creyendo que eran los únicos capaces de mantener la posición donde se encontraban. Elmekia estaba cerca, siempre lo había estado, y en cualquier momento se dejaría caer sobre ellos para continuar su ingreso en el territorio por el que alguna vez les hubieran pagado por defender. Ignoraban que la influencia de Saillune ya había llegado al este y que el Reino de Zephiria y el Imperio de Elmekia se preparaban para firmar la paz, acabando por fin con la guerra.
La noticia de este hecho fundamental tardó en llegar, y cuando lo hizo, arribó distorsionada y llena de mentiras. Los mercenarios, creyendo que la Reina Eterna había abdicado a su trono vieron una oportunidad y enviaron mensajeros a Elmekia ofreciendo sus servicios para acabar con el enemigo a quien hasta hace poco habían defendido. Pero los gobernantes del imperio lógicamente se negaron. La guerra había acabado, la violencia era innecesaria. Sin embargo, cuando la noticia llegó a Zepheel, el pueblo y la monarquía se levantaron, aduciendo que los mercenarios planeaban socavar la paz y derrocar a la reina. Los ánimos cuando recién ha acabado el combate no solo se encuentran cansados, sino que también ardientes y temerosos, y ante la posibilidad de un nuevo conflicto, la Reina Eterna envió por última vez a su ejército, esta vez con la misión de acabar con los mercenarios; según ellos, el único mal que quedaba en el mundo.
La batalla se llevó a cabo en cuestión de días. Gourry, sorprendido por la vorágine de acontecimientos que habían llevado a aquel combate plagado de ironía, se batía en una lucha propia, preguntándose si debía levantar su espada y defender a sus camaradas o huir de esa lucha sin sentido como ya muchos lo habían hecho. Pero nuevamente su lealtad a Cyan, quien se destacó en aquel combate, lo mantuvo en el frente. La batalla acabó a la llegada de la noche y estaba claro que ninguno de los dos bandos había salido ileso. Estando de pie en medio del silencioso campo donde habían acaecido los hechos, la mente de Gourry sólo tenía un único pensamiento: "Tanta muerte inútil...".
Al día siguiente, el combate reanudó. Sólo bastaron un par de horas para que quedara en claro que los mercenarios estaban condenados. Su propia avaricia los había llevado a la muerte. El ejército de Zephiria había recibido refuerzos, cubriendo los puestos que las bajas habían dejado libres, mientras que los mercenarios solo se tenían a ellos mismos. Aquel día, el último que Gourry compartiría con sus 'camaradas', como él mismo había llegado a llamarlos, los mercenarios fueron finalmente vencidos; su ambición, acallada. Pero al final de la batalla, cuando los últimos mercenarios cortaron los frágiles lazos de amistad que habían formado y se batieron en retirada, Gourry solo se preguntaba una cosa: dónde estaba Cyan.
Recordaba vagamente haberlo visto durante el alboroto del combate. En esta ocasión no habían podido participar como la fuerte dupla que habían sido, pues el ritmo de la batalla no lo habían permitido, pero con el transcurso de las horas lo perdió completamente de vista entre el caos de hombres combatiendo. Mientras lo buscaba en el campo lleno de muertos, tanto del ejército como de los suyos, de pronto hubo una explosión y un estruendo. Un gran cuerpo de tierra se levantó, engullendo cadáveres en el forado que había abierto, y entonces lo vio: Cyan combatía a un extraño que no era ni un mercenario ni un miembro del ejército. Pero el extraño era más fuerte. Tomó a Cyan por el cuello de sus ropas, lo levantó con la fuerza de su brazo, le dijo unas palabras que Gourry no alcanzó a escuchar y lo lanzó a tierra con fuerza. Gourry corrió a socorrer a su amigo, el cual ya no se movía, pero el extraño lo inmovilizó con su magia y con el mismo poder le hizo perder el sentido.
Cuando despertó, descubrió que tanto Cyan como el extraño habían desaparecido. Se hallaba solo, rodeado de cadáveres en una noche en la que volvía a amenazar la lluvia. Arrastró su cuerpo debilitado al reconocer un objeto que yacía a metros de él en el piso: atravesado por un puñal se encontraba el retrato de la familia de quien alguna vez hubiese sido su amigo.
No volvería a ver a Cyan hasta años después, cuando las tragedias de la guerra que llevó a todos los países a tener un equilibrio de poder se habían perdido en lo profundo de su corazón.
SLAYERS スレイヤーズ© Hajime Kanzaka & Rui Araizumi, Kadokawa Shoten, Fujimi Shobo
