Como siempre, lamento la tardanza para actualizar. Espero que disfruten el capítulo y gracias por seguir leyendo a pesar de lo mucho que tardo en publicar. No duden en dejar sus comentarios.
La anciana de las vasijas
Aun cuando físicamente se encontraba ya demasiado lejos de aquella montaña, la mente de Erwin se mantenía en ese místico lugar. El comandante caminaba distraído de vuelta a la base de donde había salido hacía ya varias semanas, seguido en silencio por sus subordinados; nadie se atrevía a pronunciar palabra alguna pese al desagradable silencio que rodeaba a su superior. No tenían idea de lo que pasaba por su mente en esos momentos, pero, a medida que se acercaban al improvisado campamento militar, deseaban cada vez más que ya hubiera encontrado una buena excusa para explicar su regreso.
Sin embargo, no podían estar más equivocados. Su mente estaba completamente ocupada por el rostro de Levi, lleno de decepción y repulsión hacia él, el hombre que lo había traicionado. Había tomado la mejor decisión, de eso estaba seguro, pero no podía dejar de preguntarse si quizás hubiera podido terminar con esa guerra estando al lado del dios. Cuando sus pasos se detuvieron, a escasos metros de la barda que él mismo había ayudado a construir con troncos y rocas, Erwin se repitió a sí mismo que aquello era lo mejor. Su ejército estaba mejor preparado, aún si eran superados en número, su experiencia y sus armas de largo alcance les garantizarían una victoria sin esfuerzos. No dudaba del gran poder del dios, que él mismo había sido capaz de presenciar, pero si podía evitarle el dolor de perder a sus hijos, entonces haría todo lo que estuviera a su alcance.
Sus compañeros, por el contrario, estaba contentos con su decisión de regresar con ellos. Se habían asegurado de repetirle varias veces, tal vez más de las necesarias, que no estaban de acuerdo con el plan de invadir la nación, que no sabían nada al respecto y que su único motivo para regresar con los que les habían traicionado era la seguridad de sus familias. Erwin les creía, sabía que si eran acusados de traición sus esposas e hijos sufrirían las consecuencias, pero también sabía que él mismo no tenía nada que perder.
Erwin se mantuvo inmóvil por un momento, intentando que sus pensamientos se enfocaran al menos por un instante en la situación que debía enfrentar en ese momento, pero la sensación del viento acariciando su rostro le recordaba todo lo que había dejado atrás. Su mano derecha cubrió sus ojos por un momento, mientras se obligaba a pensar en una buena excusa para haber regresado sin revelar que conocían la verdad detrás del ataque que habían sufrido.
—Está bien, solo diremos la verdad —mencionó más para sí mismo que para sus compañeros, aunque de igual forma fueron capaces de escucharlo, sus expresiones llenas de confusión lo demostraban.
Antes de que pudieran preguntar a qué se refería con "la verdad", el comandante recorrió la corta distancia que lo separaba de la base, adentrándose en aquel lugar al que pensaron que jamás regresarían.
No hacían falta palabras, ni siquiera tenían que mirarlo, el mal humor de Levi era tal que incluso podían sentirlo. Isabel y Farlan compartieron una mirada llena de frustración, ni siquiera los cachorros se atrevían a acercarse a su padre en esos momentos y la tensión en el aire comenzaba a inquietarlos de más. El dios, en su forma animal, caminaba de un lado a otro, gruñendo y fingiendo estar molesto por la difícil situación en la que se encontraban, aunque ellos sabían que en realidad su molestia se debía a que Erwin y compañía habían escapado en sus narices.
Por otro lado, sabían también que no hubo tal escape, pues él mismo había dado la orden de que les dejaran el camino libre y había prohibido cualquier intento de detenerlos, en especial a Erwin. Aparentemente, más que estar molesto, el dios estaba dolido porque esperaba que el americano se quedara por su propia voluntad; pero eso los devolvía al punto de partida: ¿por qué lo había dejado ir si no quería que se fuera? Los tigres no lo entendían, quizás porque se trataba del lado "humano" de su padre.
A quien tampoco podían entender era a Erwin. Ellos mismos obedecían a su instinto para sobrevivir, de modo que, aunque antes hubiera sido traicionado por sus propios compañeros, comprendían que pensara que volver a su lado le garantizaba más posibilidades de mantenerse con vida, pero aquello no tenía sentido realmente, pues ya había sido testigo del gran poder de su padre y debía saber que no tendrían oportunidad de ganarle, sin mencionar que parecía realmente sincero cuando decía estar dispuesto a luchar a su lado. Tal vez era que los humanos tenían formas de pensar demasiado complejas, o quizás simplemente había algo más que estaban pasando por alto; fuera como fuese, la ausencia de Erwin se notaba de una forma difícil de explicar.
Levi, mientras tanto, se preguntaba si hubiera sido mejor retenerlos a la fuerza para evitar la situación en la que ahora se encontraban. No tenía tiempo para lamentarse, había cometido un error al confiar en un humano, al creer que, al menos, Erwin se quedaría. En su mente todavía resonaba la promesa que el rubio le había hecho, la misma que había repetido tantas veces y que ahora sonaba como simples palabras vacías. El tigre arrancó una raíz con sus fauces y la lanzó tan lejos como pudo, decidido a dejar las emociones de lado como tantas veces había hecho en el pasado. Tan solo esperaba no tener que enfrentarse a él porque, aunque no era su deseo matarlo, no se detendría si intentaba atacar a alguno de los suyos o interponerse en su camino.
—Isabel —le llamó, logrando sorprender a la tigresa—, encárgate de reunir a todos los que no puedan luchar en un lugar seguro, no importa cuál sea su especie. Que usen las cuevas y túneles para mantenerse ocultos; también organiza guardias para que vigilen los alrededores, informa a todos de la situación. Farlan, tu ocúpate de organizar a los demás en grupos de ataque, vamos a defender nuestras tierras, aunque nos cueste la vida.
Ambos tigres se levantaron de inmediato, dispuestos a cumplir con las órdenes que les habían sido dadas, sin embargo, Isabel se detuvo sin previo aviso.
—Padre, ¿qué harás tú? —Preguntó, temiendo conocer de antemano la respuesta.
—Hay muchas cosas que tengo que hacer si queremos estar listos a tiempo —respondió, para luego confirmar sus sospechas —, pero primero, iré al palacio a advertir al emperador.
Levi, quien se había jurado no volver nunca a ese lugar, debía tragarse su orgullo por un bien mayor. Después de eso, cada uno tomó su camino.
—Queremos ver al general Zachlay.
Apenas ingresaron al campamento, habían sido objeto de numerosas miradas llenas de confusión. Erwin se había dirigido al soldado más próximo, un chico que no aparentaba más de veinte años al que no recordaba haber visto antes, ignorando las preguntas que salían en susurros en torno a su grupo. Claro que no podía culparlos, después de todo, habían regresado de la muerte.
—Espere un momento, comandante Smith, informaré al general de su llegada —anunció el joven, retirándose de inmediato tras un respetuoso saludo.
El resto de espectadores, en su mayoría, había vuelto a sus labores al instante, sin embargo, unos pocos se mantenían atentos a los recién llegados, observando sus rostros sin miramientos como si estuvieran viendo fantasmas.
—Qué suerte que tengan tiempo de holgazanear —comentó Nile lo suficientemente alto para que todos pudieran escucharlo, pero sus quejas fueron interrumpidas por el joven soldado de antes, que volvía de la carpa del general.
—Comandante, el general los recibirá ahora.
Erwin y sus compañeros fueron escoltados hasta la carpa más grande del campamento, lo suficientemente amplia para albergar una veintena de personas en su interior durante las reuniones de inteligencia. La frescura del interior contrastaba con la húmeda calidez del bosque que habían dejado atrás.
Tal como lo había planeado, Erwin se disculpó con su superior por la larga ausencia; le habló del ataque que habían sufrido y de cómo habían logrado sobrevivir, omitiendo, claro, el hecho de que él mismo había estado en un lugar diferente y asegurándose de contar su historia de la forma más sincera posible. Al finalizar su relato, tanto él como sus compañeros se disculparon una vez más ante la inexpresiva mirada del hombre, quien se había mantenido en silencio todo ese tiempo. Erwin podía decir con certeza que no había creído sus palabras, pero al menos había tenido el decoro de no exponerlos de inmediato.
Las arrugas de la frente del general se remarcaron con intensidad mientras sus cansados ojos viajaban por los rostros de sus soldados. El silencio se había vuelto tan incómodo que era incluso difícil mantenerse firmes. Finalmente, el general se dirigió a Erwin con tono neutro.
—Ya veo. ¿Está seguro de que sus atacantes eran chinos, comandante?
—Completamente —respondió Erwin con seguridad—, podrán haber estado usando los uniformes de nuestros hombres, pero si hubieran sido aliados estoy seguro de que los habría reconocido de inmediato.
Mentir a su superior era una falta grave, pero Erwin estaba dispuesto a seguir hasta las últimas consecuencias con tal de alcanzar el bien mayor. Tan solo necesitaba mantenerse firme hasta que el general confiara en su palabra, incluso si era una confianza fingida.
El silencio en la carpa se volvió todavía más incómodo mientras el hombre de mayor edad miraba a Erwin con escrutinio. Sus ojos se paseaban con atención por cada centímetro del rostro del comandante, como si esperara encontrar cualquier señal que le hiciera dudar de él, alguna mueca oculta tras su semblante imperturbable, alguna traicionera gota de sudor, algún temblor imperceptible a simple vista... no pudo hallar nada.
—Muy bien —anunció Zacklay después de largos instantes, casi como una amenaza—, en ese caso, será mejor que tomemos medidas para evitar otro ataque sorpresa, no queremos más distracciones.
» Pueden retirarse por ahora, estoy seguro de que necesitan descansar, más tarde le haré llamar para replantear nuestra estrategia, comandante.
Erwin asintió, se despidió de su superior de forma respetuosa y finalmente salió de ese temible lugar, seguido por sus compañeros. Caminaron en silencio entre miradas curiosas y murmullos poco o nada discretos, adentrándose cada vez más en el que otrora fuera un sitio seguro. De aquella seguridad no quedaba nada, cada paso que dieron hasta la carpa que habían compartido durante meses antes del ataque se sentía como si estuvieran marchando hacia una inevitable ejecución. No una de esas discretas que sucedían de vez en cuando sin que nadie lo supiera, más bien, una pública, de esas en las que las turbas enardecidas claman por castigo para los traidores.
El interior de su carpa personal, por fortuna, era una historia completamente diferente.
Un suspiro seguido de algunas risas alivió la tensión cuando, una vez dentro, pudieron comprobar que sus escasas pertenencias seguían intactas a pesar de que debían haberlos dado por muertos desde el momento en que pusieron un pie fuera del campamento. Para Erwin no hubiera sido una verdadera pérdida, sus posesiones se limitaban a un par de botas, un uniforme de repuesto que en ese momento resultaba bastante útil y algunos artículos de aseo personal, de los cuales el más costoso era una navaja para afeitar; sin embargo, sabía que tanto Mike como Nile tenían familias esperando por ellos en América, de modo que conservaban cartas amarillentas, fotografías desgastadas y algunos objetos que pertenecían a los pequeños a los que no habían visto crecer, como si se tratara de auténticos tesoros. Además, no era un secreto para nadie que Moblit intercambiaba cartas y regalos con la doctora Zoë, quien había sido enfermera en su escuadrón antes de ser ascendida a directora de uno de los cuatro hospitales militares más grandes del país. Que todo estuviera tal como lo habían dejado aquella mañana era la paz que necesitaban antes de la tormenta que se avecinaba.
—Intentemos descansar ahora que podemos, pronto tendremos que volver al combate —sugirió Erwin, sabiendo que debería ser precavido pues nada le garantizaba que no estuvieran siendo vigilados.
Las siguientes horas pasaron con relativa tranquilidad. Tuvieron tiempo de dormir un poco, alternando guardias por si alguien decidía atacarlos, se asearon e incluso recibieron la visita de un par de enfermeras, que se encargaron de limpiar y atender las escasas heridas que aún se mantenían abiertas en sus cuerpos. Luego fueron llamados al comedor, donde repitieron su historia algunas veces más ante la mirada curiosa de los otros soldados mientras compartían un estofado que, más que saciarlos, les revolvió el estómago.
Pero la paz no duró mucho más. Apenas terminaron la comida, Erwin fue llamado de vuelta a la carpa del general, pues precisaban su presencia para reformular la estrategia que seguirían en el ataque.
—Lamento la demora —se disculpó Erwin al notar que tanto el general como los otros comandantes ya se encontraban reunidos y únicamente esperaban por él para comenzar la reunión.
—Descuide, comandante, no hace mucho que estamos aquí —aseguró Pixis, el comandante de mayor edad, pero también el más experimentado, con una sonrisa que Erwin casi podía sentir sincera. El resto, por el contrario, se limitaron a observarlo con recelo a medida que se aproximaba a la mesa donde se encontraban reunidos en torno a algunos mapas llenos de notas y diagramas que conocía demasiado bien.
—Entonces, ahora que estamos todos aquí, demos comienzo a esta reunión estratégica.
Tan pronto como el general dio por comenzada la reunión, el ambiente se tornó sombrío una vez más, sensación que solo empeoraba a medida que hablaban sobre los lugares que habían atacado, las aldeas que habían logrado someter y, finalmente, lo mucho que habían logrado avanzar en el último ataque al bosque. Hasta ese momento el semblante de Erwin no había cambiado ni un poco pese a las infames declaraciones de sus acompañantes, mas cuando uno de ellos se jactó de la forma en que había asesinado a personas inocentes para luego presumir que había encargado un abrigo hecho con la piel de los tigres que había asesinado no pudo evitar mirarlo con repulsión.
—Volviendo al tema que nos compete —dijo el comandante Pixis tras aclarar su garganta y Erwin agradeció internamente que hubiera cambiado el tema—, me temo, comandante Smith, que no tendrá mucho tiempo para descansar. Sabemos que fueron días difíciles para usted y su equipo, pero confío en que entiende la urgencia de ponernos en marcha.
Erwin asintió, sintiendo el peso de todas las miradas clavadas sobre él.
—Hemos tomado la decisión de hacer algunos cambios que resultarán benéficos para alcanzar nuestro objetivo en su ausencia —tomó la palabra el general—. Para empezar, creo que le gustará saber que tendrá un pelotón bajo sus órdenes. Confío en que podrá liderarlos con maestría y que a su vez evitarán que pueda ser blanco de otro ataque.
Aunque para Erwin tener a tantos hombres bajo su mando no significaba nada, tuvo que admitir que aquello era una muestra de que estaban decididos a confiar en él, o por lo menos habían dejado de percibirlo como una amenaza, de modo que se permitió relajarse al menos lo suficiente para demostrarles que tenían razón en confiar en él.
—Estuve pensando —respondió Erwin tras haber pasado la mayor parte de la reunión en silencio—, que lo mejor para nosotros es mantener el número de bajas al mínimo —ante las miradas desaprobatorias de la mayoría de los comandantes, se apresuró a explicar: —No necesitamos ganarnos la enemistad de esta raza poco civilizada, lo que queremos es su temor, pero también su respeto, y dado que mantienen creencias tan anticuadas, estoy seguro de que apreciarán que no se hagan sacrificios innecesarios. Eso hará más fácil la conquista.
El resto parecieron dudarlo por un momento, pero no pasó mucho tiempo antes de que todos, incluyendo al general, le dieran la razón, después de todo, que hubiera llegado al cargo de comandante a tan corta edad se debía principalmente a sus habilidades como estratega.
—Muy bien, no habrá muertes innecesarias —concedió el general—. Por último, porque esta reunión ya se ha prolongado demasiado, debo informarles que me he tomado el atrevimiento de fijar el punto donde comenzaremos la operación.
Con una sonrisa llena de malicia asomándose en sus labios, el general clavó un alfiler en un punto del mapa que se extendía sobre la mesa entre ellos. Erwin no necesitaba leer el nombre del lugar que había señalado para saber que se trataba de la misma aldea donde habían sido atacados.
—Estoy seguro de que estará satisfecho de poder aniquilar a esos salvajes con sus propias manos, comandante.
—Absolutamente —respondió Erwin, forzando una sonrisa tan perversa como la que su superior se había molestado tanto en ocultar.
—Excelente. El ataque será en dos noches. Primero caerá ese infame lugar, después las aldeas vecinas. Luego iremos al palacio.
—No puedo esperar. —Erwin, fingiendo estar contento con el rumbo que habían tomado los planes para la invasión, se permitió un momento de charla con el resto de los asistentes una vez que se dio por terminada la reunión. Respondió a sus preguntas y compartió algunas opiniones hasta que, finalmente, cada uno se retiró a su respectiva carpa para descansar.
Apenas estuvo de vuelta, se encargó de poner al tanto a sus compañeros sobre los temas que habían tratado en la reunión. Les habló con detalle de lo que estaban planeando hacer y de cómo pensaban atacar mientras los rostros de sus hombres palidecían ante la imagen mental de la masacre que tendría lugar en dos noches.
—No podemos permitirlo —susurró Moblit—, no podemos dejar que ataquen la aldea durante la noche, ¡no tendrán forma de defenderse!
Erwin lo sabía, todos entendía que se trataba de un acto vil que no respetaba en absoluto los acuerdos para luchar una guerra, y podía entender a la perfección que no quisieran atacar ese lugar donde habían conocido a tantas personas buenas, personas a las que ahora les debían la vida. Pero era por esa misma razón que tenían que quedarse, ganarse la confianza de los demás en el ejército. Porque solo así podrían impedir que esa conquista terminara en la aniquilación de todo el imperio. Y porque odiaba la idea de quedarse ahí, observando sin poder hacer nada.
—Tal vez podríamos alertarlos —sugirió el comandante—, uno de ustedes podría escabullirse durante el entrenamiento de mañana y volver antes del amanecer. No hay forma de que todos salgamos de aquí sin ser notados, pero uno sólo podría...
Antes de que pudiera terminar la frase, un soldado demasiado joven para estar librando una guerra entró a toda prisa en su carpa sin siquiera molestarse en anunciarse primero. Por un instante, Erwin tuvo miedo de que alguien hubiera escuchado su conversación y hubieran sido descubiertos, sin embargo, lo que el soldado anunció fue algo mucho peor.
—Comandante Smith —saludo con formalidad, enderezandose con torpeza—, perdone la intrusión pero el general me ha pedido que le informe que sucedieron... cosas, y el ataque deberá adelantarse; se llevará a cabo esta misma noche. Partiremos cuando la luna se oculte por completo.
Erwin ahogó un jadeo ante la noticia, manteniendo su expresión tan seria como le era posible para ocultar la ansiedad que claramente estaba experimentando mientras todas las miradas se posaban sobre él.
—Nos alistamos de inmediato. Puedes retirarte —le indicó al soldado, y esperó a que se fuera antes de dirigirse a sus hombres—. No espero que todos ustedes me apoyen, pero sí espero saber cuanto antes con quienes puedo contar.
Mike y Moblit intercambiaron miradas en silencio por un instante, como si esperaran que el otro les diera la respuesta que buscaban. Finalmente, fue Nile quien rompió el silencio que se había instalado sobre ellos.
—Yo no lo haré —anunció—. Lo siento, Erwin, pero tengo que pensar en mis hijas; aun así, no pienso detenerlos o entregarlos, pueden estar seguros de ello.
Moblit había estado a punto de encararlo, pero Erwin se le adelantó:
—Está bien, gracias por tu honestidad.
—Yo estoy contigo —agregó Mike, e inmediatamente fue secundado por Moblit, de modo que solo serían ellos tres.
—Muy bien, entonces dense prisa, tenemos que prepararnos para atacar la aldea.
Cuando el cielo se tiñó de los tonos violetas del anochecer, el ejército norteamericano se puso en marcha.
Treinta soldados, liderados por el comandante Smith, llegaron a la aldea cuando el sol ya se había puesto. En un lugar donde toda actividad comenzaba y finalizaba con el día, aquello significaba que no quedaba nadie o casi nadie despierto. El aroma a comida caliente ya había comenzado a dispersarse y las pocas velas que habían permanecido encendidas hasta entonces se apagaban una por una. Los tomarían por sorpresa, así era como se había planeado.
El ataque comenzó de forma inmediata, ni siquiera hizo falta que diera la orden para que se movilizaran. En cuestión de segundos, el pacífico silencio había desaparecido por completo para dar paso a los gritos de terror que se transmitían de hogar en hogar al ver su sueño interrumpido de forma tan violenta. No quedó una sola casa sin allanar, cada una había sido invadida por dos o tres soldados armados y sedientos de sangre.
Por fortuna, el general había aceptado su propuesta de no derramar sangre si no era necesario, al menos en ese primer ataque de la noche, y los soldados no habían tenido más opción que obedecer, de modo que se habían limitado a soltar amenazas que los aldeanos claramente no entendían mientras lo golpeaban para hacerlos salir de sus casas. Algunos habían intentado defenderse, pero bastaron un par de disparos al aire para hacerlos desistir. Era un enfrentamiento injusto que no tenían ninguna oportunidad de ganar.
—Reúnan a las mujeres y niños a la izquierda, los hombres a la derecha. De prisa —ordenó el comandante, deseando terminar con eso antes de que hubiera alguna muerte innecesaria.
Varios soldados se encargaron de agrupar a los aldeanos a base de empujones y amenazas mientras Erwin intentaba encontrar una forma de liberarlos y, además, informar a Levi de lo que estaba pasando. Nile, que conocía a su amigo lo suficiente para saber qué era lo que estaba pensando, esperó hasta que ambos grupos estuvieron formados para aproximarse a él.
—Esa es la mujer de la que le hablé, comandante —dijo lo suficientemente alto para que todos pudieran escucharlo—, su nieta es una mujer joven y hermosa, bastante inocente... estoy seguro de que podría pasar un buen rato con ella, usted necesita relajarse.
Erwin lo miró horrorizado ante la idea, pero tenía que tomar la oportunidad que le estaba dando o no lo lograrían, el tiempo se le estaba acabando.
—Tienes razón. Eso les enseñará a no meterse con nosotros.
Tras indicar que Mike estaría a cargo hasta su regreso, ordenó a Nile y Moblit que llevaran a ambas mujeres hasta su casa y al resto de soldados que no quería ser molestado, en especial, no quería escuchar un solo disparo si no querían convertirse en comida para los tigres.
—Muévanse, el comandante quiere divertirse con ustedes. —Nile, que tampoco estaba contento con aquello, tomó a la anciana por el brazo y simuló empujarla hasta su casa mientras Moblit hacía lo mismo con la joven.
Una vez dentro de la casa, tanto Nile como Moblit se aseguraron de cerrar puertas y ventanas, de modo que fuera imposible observar lo que pasaba en el interior, pues estaba seguro de que más de uno intentaría asomarse. Erwin, que había entrado al último, dejó su arma en el suelo y se detuvo a una distancia considerable de ambas mujeres.
—Lamento la forma en que me comporté antes, sé que nada de lo que diga podría justificarlo, pero necesitamos hablar con ustedes para detener esta guerra.
La anciana lo miró directamente a los ojos por lo que pareció una eternidad, entonces, su mirada viajó por el rostro de cada uno de los hombres que antes había recibido en su casa y que ahora debería arrepentirse de haber ayudado. Entonces sonrió, porque a pesar de todo, ahora sabía que había hecho bien en salvarlos.
—Confío en que existe una buena explicación —respondió la mujer—, aunque supongo que no tenemos tiempo para escucharla. Ve a encender una luz en la habitación, querida —agregó dirigiéndose ahora a su nieta—, y luego ve a vigilar que nadie se acerque a la casa.
Erwin asintió, sorprendido, y obedeció cuando les indicó que tomaran asiento en torno a donde ahora se disponía a preparar té mientras la joven hacía lo que se le había indicado. La anciana encendió dos lámparas de aceite y las colocó junto al fogón para alumbrar el lugar. El comandante y sus hombres observaban en silencio el ritual de la mujer, que preparaba el té como si se encontrara en una ceremonia, con movimientos calculados y elegantes, en silencio. Sabía que necesitaban hacer tiempo o los demás sospecharían, pero Erwin no podía evitar sentirse ansioso, con los nervios a flor de piel cada vez que miraba hacia la puerta por sobre su hombro. Si alguien entraba en ese momento, los descubriría de inmediato.
—La paciencia es una virtud, comandante —señaló la mujer, sirviendo una taza para cada uno y entregándoselas antes de tomar la suya.
Los hombres agradecieron y bebieron en silencio, acostumbrados ya a la actitud serena de la anciana, sin embargo, Erwin no pudo evitar notar que tanto la cerámica de las tazas como la de la tetera estaba decorada con tigres delicadamente pintados a mano.
—Yo los hice, todas fueron formadas y pintadas por mis propias manos —comentó la anciana con orgullo al notar que aquellas piezas habían llamado su atención—, hay más por allá.
Su mirada viajó hacia donde la mujer había señalado para encontrarse con media docena de vasijas de cerámica, todas pintadas a mano con motivos similares: tigres de todas formas y tamaños, algunos pintados con tinta negra acompañados de una exquisita caligrafía, otros, a color sobre maravillosos paisajes que parecían sacados de un sueño. Hubo una, sin embargo, que acaparó por completo su atención, una vasija de tamaño considerable decorada por cuatro tigres de vibrantes tonos anaranjados y negros y, al centro, un quinto tigre diferente a los demás, de color blanco brillante y ojos de plata.
—Cinco tigres brindan protección —explicó al notar que el hombre se había quedado sin palabras—, el del centro es el dios que protege estas tierras, poderoso, majestuoso, persuasivo, una hermosa fiera.
Erwin tuvo que darle la razón mientras se levantaba para poder apreciar las pinturas de cerca. En otra de las vasijas, pudo ver al mismo tigre blanco enfrentando a un dragón en el firmamento; en otra, un hombre se encontraba de espaldas a punto de entrar a un estanque, su espalda era cubierta únicamente por su largo cabello oscuro, su túnica se sostenía apenas de sus antebrazos, a punto de revelar esa desnudez que él ya conocía. A simple vista, daba la impresión de que se trataba de una mujer, pero Erwin sabía a la perfección que no era así.
La paz que había sentido antes fue rápidamente reemplazada por angustia. El tiempo se estaba acabando, y aunque todo había sido parte de su plan, Erwin se molestó consigo mismo por perder el escaso tiempo que les quedaba. Fue entonces cuando recordó a qué había ido a ese lugar, por qué había montado toda esa escena antes con la anciana y su nieta. Había algo que necesitaba pedirles y debía hacerlo pronto.
—Por favor —suplicó el comandante dirigiéndose a la mujer—, tienen que enviar a alguien a la montaña para alertar a Levi de...
—Eso no será necesario.
De la parte trasera de la casa, los brillantes ojos plateados que ya conocía tan bien emergieron entre las sombras. Mike, Nile y Moblit se levantaron de inmediato, preparados para defenderse, pero se relajaron al descubrir de quién se trata. Hasta ese momento, Erwin no había sido consciente de lo mucho que ansiaba volver a verlo.
—Levi... —su nombre escapó de sus labios como un suspiro, pero apenas hubo dado un paso para acercarse a él, un tigre de gran tamaño se interpuso en su camino.
—No te acerques a mi padre —gruñó el animal, aunque aún si no lo hubiera hecho Erwin habría sido capaz de identificarlo de inmediato.
—No hay tiempo para esto, Farlan, este ataque fue solo el comienzo, en este momento debe haber al menos doscientos hombres llegando a la montaña. Están armados y dispuestos a acabar con todos los animales si es necesario para apoderarse de todo.
— ¿Por qué deberíamos creerte? No eres más que un sucio traidor —respondió el tigre mientras le mostraba sus colmillos y se preparaba para lanzarse sobre él, para hacerle pagar por haberse ido de forma tan cobarde.
Sin embargo, el dios sabía que estaba diciendo la verdad, podía sentir sus pasos en la vibración del suelo desde el momento en que salieron del campamento y, aun si se encontraba en su forma humana, era capaz de detectar su aroma en el aire, cada vez más cerca del río.
—Más vale que tengas información útil si quieres conservar tu vida —lo amenazó Levi, pero Erwin no pudo evitar sonreírle abiertamente, aceptando para sí mismo lo mucho que lo había extrañado.
—La tengo, de otro modo no me atrevería a mostrarme ante ti después de lo que hice.
—Ve a vigilar la entrada —le ordenó a Farlan, ignorando el hecho de que había sido él quien se había mostrado ante Erwin y no al contrario. El tigre no tuvo más remedio que obedecer a su padre.
En cuanto Farlan se hubo retirado, Erwin se encargó de contarle a Levi todo lo que sabía sobre sus planes, la forma en que planeaban atacar la montaña y el palacio al mismo tiempo y todo lo que habían acordado en la reunión a la que había sido llamado esa misma mañana, incluyendo sus propias opiniones sobre lo que pensaba que era real y lo que había sido sólo información para despistarlo. Levi se había dedicado a escucharlo en silencio, asintiendo de vez en cuando tan solo para hacerle saber que estaba poniendo atención. Erwin prometió indicarle la ubicación del ejército norteamericano en cuanto cruzaran el río, Levi prometió esperar su señal antes de comenzar el ataque.
Había demasiadas cosas de las que Erwin hubiera quería hablarle, en especial, necesitaba explicarle sus razones para haberse ido pues no había pasado desapercibido para él el dolor por haberse sentido traicionado que se reflejaba en los ojos del dios; pero no tenía tiempo y tampoco se sentía cómodo hablando de eso delante de todos los demás. Sus miradas conectaron por apenas una fracción de segundo, pero de sus bocas no salió ni una sola palabra al respecto.
Cuando Levi se marchó, sin embargo, deseó haber tenido el coraje de decirle todo lo que sentía, después de todo, tenía la certeza de que no volverían a encontrarse antes de que la batalla comenzara. Quizás ni siquiera sería capaz de volver a verlo.
La mirada de Erwin se mantuvo en el lugar por donde Levi y Farlan se habían ido por un instante, tal vez no fuera necesario, pero decidió darles tiempo de alejarse antes de volver con el resto de los soldados a su mando. Aún no estaba preparado para enfrentar lo que vendría, pero inhaló profundamente y se volvió para encarar a sus compañeros y a las dos mujeres.
—De verdad lamento mucho lo que pasó —se disculpó de nuevo con la anciana—. Y le agradezco por ayudarnos. Ahora volveremos con los demás soldados, esperen a que nos hayamos marchado y luego vayan a liberar a los demás, les aseguro que estarán a salvo, yo mismo me encargué de descargar algunas armas.
—Tengan cuidado, comandante.
Erwin le sonrió, agradecido, y tomó de nuevo el arma que había descartado al llegar. Se le estaba acabando el tiempo, pero podía hacer que cada segundo contara.
—Muy bien, es hora de regresar.
Mike y Moblit lo siguieron hasta la entrada, agradecieron a la mujer y a su nieta una vez más por todo lo que habían hecho por ellos y se disculparon, de nuevo, por lo que ellos le habían hecho a su hogar. Finalmente, los tres hombres salieron de la cabaña.
Erwin avanzó hasta su tropa seguido por sus compañeros, fingiendo arreglar sus ropas y su cabello, aunque estaba seguro de que nadie se atrevería a cuestionar lo que había o no hecho.
— ¿Cómo estuvo, comandante, valió la pena? —preguntó uno de los soldados, riendo de una forma en extremo desagradable.
— ¿Podemos disfrutar de las otras mujeres de la aldea? —agregó uno más, dirigiendo la mirada hacia donde habían agrupado al resto de las mujeres, que los miraban con temor.
—No hay tiempo para eso —respondió con indiferencia—, debemos unirnos al grupo dos antes de que crucen el río o será más difícil dar con su paradero. Cuando reclamemos estas tierras, podrán hacer lo que quieran con ellas.
Todos parecieron satisfechos con sus palabras y, aunque Erwin sabía que no se trataba más que de una actuación, no pudo evitar sentirse asqueado de sí mismo al pensar que era él quien había sugerido semejante atrocidad.
—Ustedes dos quédense aquí —les ordenó al mismo sujeto que había preguntado antes y a otro joven de aproximadamente la misma edad, entregándoles las armas que él y Mike portaban y que había descargado al salir del campamento—, manténganse alerta y disparen de inmediato si notan algo extraño. El resto, preparen sus armas, partiremos hacia el segundo punto.
Todos sus hombres obedecieron sus órdenes, en especial los dos a los que había decidido dejar como "guardias". Sabía que no tardarían en intentar algo en contra de los aldeanos apenas se hubiera ido, pero confiaba en que serían superados por ellos, en especial cuando se dieran cuenta de que sus armas habían sido inutilizadas.
—De prisa —ordenó con fuerza, y los guió al que sería su próximo ataque, a su derrota.
Cuando la luna se encontró en su punto más alto, el segundo contingente de soldados americanos alcanzó finalmente el palacio imperial, sin embargo, aunque el plan era atacar mientras todos seguían dormidos en el interior, el lugar estaba desierto. O, por lo menos, eso era lo que aparentaba, pues, aunque no había rastros del emperador o cualquier otro miembro de la familia real, pronto se vieron rodeados por la guardia imperial de forma sorpresiva.
Mientras el ejército personal del emperador se enfrentaba a sus atacantes dentro y en derredor del palacio, Levi y sus hijos aguardaban con ansias el comienzo de su propia guerra.
Farlan se encontraba apenas un paso detrás de su padre, quien, de forma inusual, aún conservaba su forma humana. Había muchas cosas que hubiera deseado poder decirle en ese momento, quizás porque sentía el futuro demasiado incierto; tenía mucho que agradecerle, también había cosas que deseaba reprocharle, pero la realidad era que todo no eran más que excusas, porque necesitaba convencerse de que aún había muchas cosas pendientes por hacer, muchas palabras por decir, cinco cachorros que cuidar... necesitaba algo a lo que aferrarse para que, cuando llegara el momento y tuviera miedo de morir, encontrara la fuerza necesaria para volver a levantarse.
— ¿Está bien confiar en él? —preguntó finalmente, alejando esas dudas y decidiendo que, por el momento, lo mejor era enfocarse en la batalla que tenían por venir.
Levi no lo había mirado siquiera, pero algo en el aire que le rodeaba cambió de forma casi imperceptible, casi, pues Farlan fue capaz de oler la determinación de su padre mezclada con la misma incertidumbre que él sentía y que todos los demás debían estar compartiendo también.
—Pronto lo averiguaremos.
Por fortuna o por desdicha, la respuesta llegó casi de inmediato. Tal como Erwin había prometido, una bengala iluminó el cielo nocturno y los alrededores, dejando al descubierto algunos tigres que se ocultaban entre los árboles, pero, al mismo tiempo, revelando la posición exacta de su ejército.
—Es hora —anunció Levi, se transformó en tigre y con un potente rugido los guió a la batalla.
