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LA BALADA DE CYAN
ACTO SEGUNDO
Debieron transcurrir varios años para que Gourry decidiera que ya era tiempo de regresar a casa, pero al hacerlo se encontró inmerso en el mismo ambiente hostil que le había instado a irse en primer lugar. Desde hacía mucho que su familia se hallaba enfrascada en una ardua disputa por un objeto que les había pertenecido durante generaciones: la Espada de la Luz. Llegó un momento en que, contra todos los deseos que se guarecían en su corazón, a Gourry se le instó a escoger un bando y ante tal encrucijada optó por lo creyó mejor para todos y en secreto tomó la Espada, volviendo a desaparecer a la vez que dejaba tras de sí una estela de resentimientos a los que él jamás haría el menor caso.
Como los días de la Gran Guerra que llevó a todos los países a alcanzar un equilibrio de poder habían quedado atrás, Gourry dedicó gran parte de su tiempo a recaudar dinero en trabajos esporádicos que iban desde el sigiloso seguimiento hasta el brutal combate, todo para hacerse de una vida en tiempos en que los mercenarios no eran lo más requerido. Sin embargo, no podía negar que esa austeridad y esa simpleza de vida lo hacían feliz. Habiendo enterrado la crudeza de la guerra en su corazón, no deseaba más que buscar y mantener la tranquila paz que con tanto esfuerzo se había logrado. Pero los giros de la vida a veces nos alcanzan y nos llevan por corrientes en las que solo podemos tomar pocas decisiones con la esperanza de que sean las correctas, y justamente eso fue lo que le ocurrió a Gourry cuando por uno de esos trabajos dirigió sus pasos a Sairaag, la famosa Capital de la Magia del Imperio de Lyzeille.
Ocurrió en una tarde de verano, cuando ni la sombra del sagrado árbol Flagoon daba respiro ante la crudeza del sol. Se encontraba deambulando por las atochadas calles de la ciudad en busca de un mercader al que le habían ordenado hacer una visita «de cortesía». Aunque llevaba en su mano un papel con todas las indicaciones, el lugar era tan inmenso que inevitablemente se había extraviado, y a pesar de haber consultado por direcciones, los lugareños, quizás sospechando cuál era el encargo del agradable joven de largos cabellos rubios y confiables ojos azules, sólo daban evasivas o lo descartaban de plano. Ese fue el motivo por el que Gourry decidió virar en una esquina que no había probado anteriormente, y aunque esa calle también se encontraba atestada de gente que hacía sus compras en los diversos puestos mercantiles, lo que llamó su atención fue una anormalidad ocurriendo ante sus ojos: sin previo aviso, abriéndose paso a empujones por entre la gente, un hombre ataviado en una larga capucha negra apareció corriendo mientras huía de un grupo de hombres armados que le daba persecución. Gourry no se dio el tiempo de pensar en motivos ni cuestionamientos y simplemente actuó. Antes de darse cuenta ya se encontraba ante los hombres, deteniéndolos para ayudar al perseguido y darle tiempo de escapar, pero el hombre de la capucha no huyó, sino que dio media vuelta y junto a Gourry encaró a sus persecutores. La lucha fue breve y violenta, pero sin muertes, un arte que el espadachín había intentado dominar tras los días de la guerra. Cuando acabó todo, el muchacho se volteó para preguntarle al perseguido si es que se encontraba bien, pero los azares provocaron que su corazón diera un vuelco de alegría, pues a quien acababa de ayudar no era ni más ni menos que su viejo compañero mercenario, aquél con quien luchara durante la Gran Guerra: Cyan Cayenne, quien parecía el espectro de lo que alguna vez fue, pues su rostro se mostraba más envejecido y en su cabellera se dibujaban múltiples y gruesas canas.
Por fin tuvieron tiempo de conversar cuando lograron ocultarse en una derruida posada donde los dueños no hacían preguntas ni esperaban respuestas, pero que al menos les serviría para pasar la noche. Reunidos como viejos amigos, con jarrones de cerveza servidas en la mesa, recordaron tiempos pasados, hablaron del presente y meditaron sobre el futuro como niños. Pero cuando Gourry le preguntó a su amigo el motivo de su persecución, este únicamente guardó silencio y se excusó. Gourry solo le sonrió bajo la amistad de los años, aduciendo que no era necesario que un amigo supiera los motivos del otro para poder ayudarlo. Cyan agradeció el gesto devolviéndole la sonrisa, pero no era más que una fachada para ocultar el intenso dolor que lo carcomía.
Ocurrió que esa misma noche, cuando la ciudad dormía y solo Flagoon era testigo del brillo de la luna, a Gourry lo despertó un sonido tan leve que alguien con menos entrenamiento y experiencia jamás habría escuchado. Para su sorpresa, fue testigo de cómo Cyan saltaba por la ventana en medio de la oscuridad, huyendo de la posada de forma furtiva. Quizás en ese momento pecó de curiosidad o quizás solo se dejó llevar por su instinto innato, pero tras unos segundos de rápida deliberación decidió seguirlo y de esa forma averiguar qué estaba ocurriendo en realidad. Aguardó con oído atento a que llegara el momento oportuno y al percibir que su amigo se había alejado lo suficiente, salió de la cama, se echó encima espada y armadura y saltó también por la ventana, haciendo el menor ruido posible para que Cyan no lo detectara y él pudiera seguirlo de lejos.
Mientras caminaba a algunas cuadras de él, ambos bajo el amparo de la noche y susurro de las hojas del Gran Árbol, en la cabeza de Gourry se arremolinaban extrañas teorías y pensamientos, preocupado por el estado de aquella persona a la que en su tiempo creyó conocer bien, pero que ahora era un hombre lleno de secretos. Sin embargo, no sospechó que Cyan acabaría por acercarse a la puerta de un gran edificio blanco, alto y majestuoso; digno de la nobleza. En ese momento no supo de qué edificación se trataba, pero años después, cuando el tormentoso pasado no sería más que un recuerdo vago, volvería junto a una nueva compañera de viajes y se enteraría de que era una Asociación de Hechiceros, la más importante de todo el continente.
Para su sorpresa, los guardias armados que custodiaban la entrada del edificio permitieron ingresar a Cyan tras una rápida inspección que también los dejó sorprendidos a ellos, cualquiera haya sido el motivo. Gourry se atrevió a intentar la maniobra más simple y se acercó también a la puerta, pero los mismos guardias que habían dejado libre el acceso a su amigo se lo negaron a él, aduciendo palabras confusas acerca de una sabiduría que no era digna de un mero guerrero. Resignado, pero sin intención de rendirse, motivado por una mezcla de preocupación y curiosidad inocente, Gourry se giró sobre sus pies y comenzó a buscar por las paredes alguna entrada lateral, alguna ventana descuidada o alguna abertura que fuese útil. No encontró nada y sin embargo no le fue necesario. Solo debieron pasar unos cuantos minutos de búsqueda para que volviera a ver a su antiguo camarada de guerra, pues de pronto hubo una gran explosión y un grito, ambos provenientes desde el interior de la Asociación. Un gran pedazo del techo del edificio voló en pedazos y de entre el polvo y el humo surgieron dos figuras combatientes: una era la de un hombre ataviado en ropas de hechicero y la otra era la de Cyan, quien entablaba con él una lucha a muerte.
Si su memoria hubiese sido más dotada para los pequeños detalles, y muchas veces también para los grandes, Gourry hubiese reconocido al hombre al que Cyan combatía, pues lo había visto años atrás en el campo de batalla de Zephiria. Sin embargo, esto no fue impedimento para que renacieran en él los mismos sentimientos que le habían instado a proteger a su amigo de sus perseguidores y que años después lo llevarían a proteger a una supuesta hechicera en desgracia. Como no poseía magia y como los dos combatientes no se conformaban con pelear en tierra, sino que surcaban los aires como pájaros que escupían fuego de sus bocas, Gourry no pudo hacer más que usar sus piernas para seguirlos corriendo por el suelo, esquivando a curiosos y aterrados transeúntes que habían abandonado la seguridad de sus hogares para ser testigos ellos también de tan aciago momento. Pero nuevamente el hombre desconocido fue más fuerte y tras un ataque potente Cyan comenzó a caer y Gourry se apresuró a tomarlo en el aire, evitándole así heridas peores. Le pidió a su amigo que le dejara ayudarle en el combate, pero este lo echó de su lado sin tapujos, exclamándole en la cara que esa pelea no le pertenecía y que no se entrometiera. Esa fue la distracción perfecta para el hombre que los derrotara, pues al percatarse de su pequeña discusión, bajó él también de los aires y los atacó a ambos. Cuando despertaron, habiendo quedado inconscientes tras el ataque, se descubrieron como prisioneros indefensos de los calabozos ocultos de la Asociación de Hechiceros.
Las discusiones entre amigos existen y son inevitables, sin embargo, estas alcanzan un nivel superior cuando uno de ellos siente traicionada su confianza y cuando el otro no se percata de que ha hecho daño, ya sea por simple egoísmo o por un afán de proteger. Gourry formaba parte de estos últimos y durante esas horas que compartió en incómodo silencio junto con Cyan en el calabozo, intentó muchas veces entablar un conversación, pero le faltaba el coraje. No sabía bien qué había ocurrido, pero sospechaba que había cometido un error. No obstante, no fue necesario que Gourry comenzara a hablar, pues sin previo aviso Cyan abrió la boca y, comprendiendo los sentimientos de Gourry mejor que él mismo, le agradeció a medias el haber intentado ayudarlo. Tras eso, quizás movido por intenciones propias o por la desesperación del que se sabe sin más esperanzas, le narró al espadachín los sucesos que lo habían llevado hasta ese punto desesperado: el hombre con el que habían combatido y por el que habían sido derrotados era el Maestro de la Asociación de Hechiceros de Sairaag, un hombre que no solo era poderoso e importante, sino que también era su padre. ¿Por qué habían combatido padre e hijo, se preguntó Gourry? Cyan también le dio la respuesta: años antes de la Gran Guerra, Cyan con mucho esfuerzo había logrado crear un hechizo para materializar a un poderoso monstruo utilizando lo más oscuro de la magia, un monstruo tan fuerte que ningún humano común hubiera podido controlarlo a voluntad sin dejar las huellas de la destrucción y la muerte tras su estela. Temiendo a su propia creación, selló tal hechizo dentro de su mente, negándose a compartir su conocimiento. Pero su padre cayó en la tentación y le exigió tal poder. Al negarse, lo amenazó de diversas formas, por lo que Cyan decidió huir de él y de todos los que desearan utilizar su creación, involucrándose en la Guerra, luchando junto a Gourry y los demás mercenarios, y defendiendo una causa que no le importaba, ya que mientras utilizaba sus hechizos en pos de una reina a la que desconocía y mientras compartía sonrisas con compañeros que le eran insignificantes, su corazón se hallaba inmerso en el vacío de las sombras y la desesperanza, pues tras su huida de Sairaag, su padre había apresado a su esposa e hija, reteniéndolas en otro calabozo de la Asociación. ¿Qué mejor manera de obligar a su hijo a desvelar sus secretos que amenazando a los seres a los que él más amaba en el mundo?
No fue necesario que Cyan solicitara la ayuda de Gourry para que éste se la ofreciera de forma voluntaria, sin matices ni deseos ocultos. Juntos rescatarían a su familia y él haría todo lo posible para que su amigo encontrara una vida mejor lejos de las sombras de Sairaag. Tras elaborar un plan sencillo, engañaron al guardia que los custodiaba y lo incapacitaron, huyendo de la celda. Dieron varias vueltas por el interior de los calabozos de la Asociación, en una búsqueda que se les hizo eterna e infructuosa, pero que finalmente rindió sus frutos: de pronto se escuchó el grito de felicidad de una niña y el quejoso alivio de una madre. Cyan se reencontró con su familia en una de las celdas de uno de los sótanos más bajos e inaccesibles. Intentaron liberarlas por todos los medios, pero ni la magia ni la fuerza bruta fueron suficientes y cuando pareció que Gourry iba a utilizar un poder que jamás había demostrado en público para liberarlas, apareció nuevamente el Maestro de la Asociación de Hechiceros, exigiendo la rendición de ambos y el conocimiento que ocultaba su hijo. Pero todos sabían que jamás se rendirían, así que volvió a nacer una batalla que fue mucho más breve que la anterior y donde espadachín y hechicero nuevamente fueron derrotados con una facilidad sublime. Pero aunque Cyan cayó en la inconsciencia, Gourry logró mantenerse en pie, y ya hubiera sido por fortuna o por piedad de parte del enemigo, o incluso por un uso acertado de la experiencia en batalla, logró escapar del lugar con Cyan sobre los hombros. Hasta él sabía que debían mantenerse vivos para poder rescatar a la madre y la hija que volverían a esperar una suerte desgraciada.
Y desgraciada era, pues a primera hora del día siguiente los heraldos anunciaron en las calles la ejecución pública de dos delincuentes en una de las plazas principales de la ciudad; las «delincuentes» resultaron ser la misma madre y la misma hija que habían querido rescatar la noche anterior. Cyan volvió en sí con la terrible noticia retumbándole en los oídos, pero Gourry le prohibió moverse. Cuando había logrado regresar a la hostal durante la noche anterior, lo primero que hizo fue contener de la mejor forma posible las múltiples hemorragias que amenazaban con arrebatar la vida de su amigo; no podía permitirle ir a la batalla de rescatarlas bajo el peligro de que sus propias heridas lo mataran antes de lograr acudir al lugar de la ejecución. Habiéndose decidido, y a pesar de las protestas de Cyan, Gourry se levantó con una sonrisa en el rostro y levantó un pulgar en señal de confianza, pues él iría a rescatar a su familia.
Apareció en la zona de ejecución prontamente, encontrándose con un tumultuoso gentío que se apiñaba ante una gran tarima de madera en cuya superficie se erigían dos pilares de los que colgaban cuerdas, y junto a estas se hallaban las dos mujeres, la adulta y la infante, que esperaban la muerte con los ojos vendados y lágrimas cayendo por sus mejillas. Decidido a acabar con esa farsa de inmediato, corrió hacia la tarima con la mano apretada fuertemente en la empuñadura de la espada, pero todo era una trampa. Estaban esperando a Cyan, pero él también era una suculenta presa y antes de que pudiera evitarlo, muchos hombres, todos vestidos de forma idéntica a los que persiguieron a Cyan el día anterior, se abalanzaron sobre él y lo obligaron a luchar. Y Gourry luchó con una ferocidad que no recordaba desde que blandiera su espada contra Elmekia. Muchos cayeron ante su hoja esa mañana, pues para proteger lo que era preciado para su amigo se despojó de sus propios límites y logró llegar hasta donde estaban las prisioneras. Sin embargo, volvió a fracasar en su intento por rescatarlas: el Maestro volvió a hacerse presente ante él, utilizando algún hechizo para aparecer desde la nada y lo derrotó sin mayor esfuerzo. No alcanzó a levantarse para intentarlo por segunda vez cuando escuchó un grito desafiante a lo lejos. Gourry alzó los ojos, sorprendido, y vio que Cyan había aparecido en la plaza, con sus heridas abiertas empapando sus ropas con el rojo de su propia sangre. Pero en esa ocasión, Cyan no había aparecido para combatir en una lucha inútil. Se hizo camino hacia su padre con dificultad, seguido por los ojos impresionados de la multitud, y se arrodilló ante él, ofreciéndole un rollo de pergamino, rindiendo finalmente sus secretos con tal de que liberaran a su familia y les perdonaran la vida. El Maestro tomó los obsequios en sus manos y con gesto permitió a Cyan acercarse a los suyos. Las liberó y las abrazó como un padre hambriento y un esposo apasionado, pero entonces el Maestro levantó la voz de nuevo para declarar su traición. Ordenó a los soldados que apresaran a toda la familia y estos obedecieron en el acto. Fue entonces cuando Gourry, incapaz de seguir contemplando un acto tan ruin, se reincorporó y con su espada trató de liberarlos. Lo logró a medias, pues cuando el último de los hombres cayó ante su hoja, se escuchó un rugido proveniente desde los cielos que de pronto se volvieron oscuros. La multitud que había ido a ver la ejecución huyó con pavor ante una luz repentina y Cyan alcanzó a percibir a su padre invocando al monstruo en ese mismo lugar, sin mayores preparativos ni ceremonias; tal era el nivel de su ambición.
La tarima en la que estaban se hizo añicos ante un viento desaforado que nació de pronto y la familia de Cyan voló lejos, pero él se mantuvo junto a Gourry, quien no logró proteger a nadie más cuando planeaba protegerlos a todos. Un nuevo rugido estalló desde los cielos, dos grandes garras perforaron las nubes negras como si éstas fueran paredes y se asomó la cabeza de algo semejante a un león. Entonces, la criatura a la que el Maestro había invocado cayó en el mundo como un titán de varios metros, con dos brazos parecidos a los humanos pero llenos de pelaje duro y espinoso, y lo que parecía ser tentáculos donde debería haber habido piernas; un monstruo abominable que comenzó a destruir Sairaag apenas llegó al mundo.
El Maestro intentó controlar a la criatura con todo su conocimiento, pero falló de inmediato y el ser se desbocó sin control. Cuando la desesperación ante lo imposible lo llevó a acercarse al monstruo para forzarlo a obedecer su mando, éste lo miró con sus ojos rojos y tras un rugido que rompió cristales y devastó casas, aplastó al hechicero con una de sus zarpas, acabando con la vida de un ser a todas luces miserable. Fue entonces cuando el grito de una niña llamó su atención, y Cyan y Gourry contemplaron estupefactos que ahora el monstruo dejaba caer toda su atención sobre la hija y la madre que lo miraban paralizadas, abrazándose para superar el terror juntas. Ambos corrieron hacia ellas para salvarlas, haciendo caso omiso de sus propias heridas, pero los tentáculos los golpearon y los mantuvieron lejos. Lo intentaron una y otra vez hasta que fue evidente que las heridas que Cyan acarreaba terminarían matándolo por el esfuerzo. Gourry, intentando decidir en medio del fragor de una batalla difícil en todos los aspectos, tomó a su amigo a la fuerza, e ignorando sus protestas lo alejó de la batalla, ocultándolo en un callejón cercano.
Jamás podría contar las veces en que Cyan intentó liberarse de la protección de su propio amigo para poder ir a rescatar a su familia, ahora a merced de un monstruo al que ni siquiera el Flagoon parecía hacerle daño. En su desesperación, llegó incluso a herir a Gourry con golpes y patadas, e incluso utilizó contra él hechizos débiles producidos desde las pocas fuerzas que le quedaban. Gourry alcanzaba a entender una pequeña porción de los sentimientos de su amigo, pero fuese cuál fuese la extensión total de éstos, no podía permitirle ir a una muerte segura. Sabiéndolo, volvió a sonreírle a Cyan, quien pareció molestarse aun más por el gesto, y nuevamente le dijo que él rescataría a su esposa y a su hija; y era más que claro que tenía la intención real y sincera de hacerlo. Sin embargo, cuando se dispuso a partir al combate para lograrlo, aconteció el desastre: el monstruo, hasta entonces bondadoso, realizó un fugaz ataque donde ambas mujeres se hallaban, y ante las miradas aterradas del espadachín y del hechicero, los cuerpos de ambas volaron por los aires como objetos inertes que cayeron, como una broma del cruel destino, a sólo unos metros del callejón donde ambos se ocultaban.
Muertas.
El grito de Cyan talló heridas de espada en el corazón del guerrero, quien de a poco comenzaba a darse cuenta de las terribles consecuencias de sus actos. El hechicero se olvidó de que alguna vez tuvo dolor o de que sufrió heridas, pues para él ya nada importaba, corrió hacia su familia perdida con desfallecimiento y las abrazó mientras las lloraba con amargura. Sin saber cómo reaccionar, Gourry caminó lentamente hacia su amigo y, como muchas veces lo había visto en el campo de batalla, puso suavemente una mano sobre su hombro, como intentando transmitirle empatía ante su dolor. Pero Cyan era otro. Se despojó con violencia de la mano de Gourry y se volteó para mirarlo con ojos henchidos de odio. Lo tomó por el cuello de sus ropas y a viva voz le gritó:
"Intentaste protegerme, ¿y qué? ¿Qué conseguiste? ¡Ahora ya no están y es por tu culpa! ¡Están muertas porque te quedaste aquí y no hiciste nada por ellas! ¡Maldito seas, Gourry Gabriev! ¡Maldito seas!".
El corazón de Gourry se resquebrajó y el espadachín comprendió finalmente que Cyan ya jamás sería el camarada al que conoció durante la Guerra. Pero no tuvo tiempo para digerir todo lo que estaba ocurriendo, pues el monstruo que continuaba su acometida incontrolable contra Sairaag atacó el lugar donde ellos estaban, enviando lejos a los vivos y a los muertos, dejándolos bajo los escombros de los edificios destruidos. Gourry se quitó las pesadas piedras de encima y buscó con la mirada a su amigo, sin poder hallarlo. Hizo a un lado escombros de ladrillo y adobe, intentando encontrarlo a él y a su familia, pero fue inútil, parecía como si hubiesen desaparecido. Fue solo cuando escuchó la voz de Cyan retumbando en todo lo existente en que logró ubicarlo: se hallaba cara a cara contra el monstruo que enfrentaba también a las docenas de guerreros y hechiceros que habían aparecido desde todos los rincones de Sairaag para combatirlo. Pero Cyan no combatía, sino que recitaba palabras, pues lo que buscaba era tomar el control de la mente de su propia creación, algo que finalmente logró, teniendo éxito donde su padre había fracasado.
Embriagado por la tristeza y la locura, Cyan ordenó al monstruo continuar con su balada de destrucción, balada que ahora él dirigía como en una orquesta oscura destinada a la muerte, y sobre todo, le ordenó centrar su poder en contra del espadachín que miraba la escena con los ojos muy abiertos y la mandíbula caída, intentando comprender, negándose a aceptar que ahora Cyan deseaba su propia muerte. El monstruo obedeció las órdenes de su amo y creador sin esperar un segundo, y con una mano gigantesca derribó lo poco que quedaba del callejón donde Gourry se había ocultado para intentar acabarlo. El espadachín reaccionó por instinto y esquivó la acometida sin sufrir más daño que el de las piedrecillas que golpearon su cuerpo, pero el ataque se había cobrado más víctimas y a su lado yacían ahora los cuerpos fracturados y desgarrados de hombres valientes que sólo deseaban salvar su ciudad.
Fue entonces cuando Gourry comprendió que el único camino restante, por más que le pesara en el corazón, era la lucha. La lucha contra su propio amigo. Se apareció ante el monstruo como un guerrero valiente e hizo todo lo posible por alejarlo de los demás ciudadanos de Sairaag, algo que le resultó, por lo demás, sencillo. Fue entonces cuando utilizó un pequeño artilugio en su espada y la blandió contra la criatura, pero la hoja no existía y sólo había empuñadura. Sin embargo, a pesar de que arma parecía inservible, el guerrero escaló ágilmente por el cuerpo del ser inconmensurable y cuando llegó a la altura de su cabeza, profirió un grito que llamaba a la Luz y de la espada surgió una hoja fantasmal de energía, blanca y azul por igual, y más poderosa que cualquier metal. Cortó al monstruo en varias partes y repitió el proceso una y otra vez, hiriéndolo en todo el cuerpo. Los soldados y los hechiceros dejaron de luchar al verlo, impresionados como estaban, y solo se convirtieron en espectadores que admiraban el hecho de ser testigos de la repetición de la hazaña narrada en las leyendas, cuando siglos en el pasado el Guerrero de la Espada de la Luz acabó con la Bestia Mágica Zanaffer. Gourry se había convertido en la reencarnación de aquél guerrero, que no era ni más ni menos que su ancestro; sangre de su sangre.
Finalmente, tras interminables estocadas y cortes, el monstruo cayó, y tras un profundo rugido comenzó a desmaterializarse. Su energía oscura se repartió en el Bosque de la Miasma, tal como lo hubiera hecho la del propio Zanaffer antes que él, y Flagoon limpió a la ciudad de la suciedad de la maldad. Pero aunque los ciudadanos de Sairaag habían proferido en vítores y gritos celebrando a su nuevo héroe, el corazón de Gourry se hallaba en silencio. Como si el cielo interpretara su sentir, las nubes que caprichosamente se negaban a marcharse, descargaron su lamento con lluvia; una lluvia que limpiaba la sangre, pero que hacía arder las heridas más profundas. El espadachín no tardó en notar que Cyan se hallaba tirado sobre la tierra ahora mojada, sangrante por cortes de espada que nadie le había hecho y que se habían producido por su intensa conexión con el monstruo que él mismo había creado. Se acercó al que fuera su amigo intentando retener sus propias emociones y cuando se miraron, el semblante del hechicero no mostraba dolor, sino que cansancio y tristeza. Como si aún continuaran siendo los mismos camaradas, Cyan utilizó su aquejada voz para pedirle a Gourry que lo llevara con su familia, cuyos cuerpos había dejado reposando contra la pared de las ruinas de una casa a unos metros tras él, y el espadachín obedeció en silencio, depositándolo junto a su esposa e hija muertas. Mientras observaba a su amigo abrazarlas con un amor y una delicadeza sin límites, Gourry pensó en decirle dos simples palabras: "Lo siento". Pero Cyan no le dio oportunidad, pues aunque él mismo se hallaba próximo a su muerte, se permitió dirigir sus últimas palabras al hombre que, por culpa de toda su bondad, había terminado lo que su padre comenzó:
"No te olvides de este día, Gabriev. Nunca olvides que tus deseos de proteger a los que te importan, de ser un guardián, provocaron la muerte de mi esposa, de mi hija,... y también la mía".
Entonces, bajo la lluvia de Sairaag, esa misma que camuflaba las lágrimas que caían por las mejillas del silente guerrero, la vida de Cyan se esfumó para que ese padre pudiera acompañar a su esposa y a su hija en el camino interminable que prosigue a la muerte.
Gourry jamás contaría esta historia a nadie. Y aunque llevaba el dolor de ese día en su corazón, lo había enterrado con la profundidad suficiente para que sólo fuese un recuerdo de una vida que parecería pasada. Desde ese día en Sairaag se le consideraría un héroe, aunque su proeza quedaría oculta bajo la vergüenza de la ciudad al saber que la familia del Maestro de la Asociación había sido la causante de tal devastación. Pero eso no impediría que la gente más importante supiera de sus actos. Con los años conocería a los sumos sacerdotes, a Sylphiel Nels Lahda y a mucha otra gente de importancia que se le borraría de la cabeza por su tan característica memoria, volvería a su hogar una vez más y decidiría acabar con la Espada de la Luz para terminar con todas las disputas, solo para ser detenido por un extraño hombre que le daría otra lección de vida y, finalmente, durante aquel día en que su vida daría un giro que lo llenaría de un fuego nuevo, conocería a Lina Inverse, a quien también decidiría proteger, convirtiéndose en un guardián verdadero. Pues aunque no había olvidado las últimas palabras de Cyan, era incapaz de luchar contra su propia naturaleza y en esta ocasión intentaría hacer las cosas bien, ser un verdadero protector para aquellos que le eran importantes. Escribiría una balada propia utilizando su espada y su vida, una que superara a la balada de Cyan.
SLAYERS スレイヤーズ© Hajime Kanzaka & Rui Araizumi, Kadokawa Shoten, Fujimi Shobo
