Después de casi un año en hiatus, al fin pude seguir escribiendo este fic. Esta vez decidí escribir todos los capítulos antes de publicar para no dejarlo tirado tanto tiempo, así que ya no habrá más esperas largas. A partir de este capítulo, estaré publicando un capítulo a la semana los martes.

Personalmente, creo que este tiempo me sirvió para mejorar la narración. Espero que les guste el capítulo.


La batalla del bosque

—Tenía razón, comandante, las bengalas fueron una excelente idea. Por supuesto, también tenía razón sobre las bestias que estarían acechando en el camino. Es una suerte que haya vuelto justo a tiempo para la batalla.

—Es un honor servir a mi nación —respondió Erwin, disimulando el disgusto que le había provocado el ser "elogiado" por el general Zachly.

—Debemos andar con cautela —indicó el general a sus hombres, mientras la perfecta visibilidad que la bengala les había dado era reemplazada por la escasa brindada por la luna—, no hagan movimientos bruscos y no disparen si no es necesario. Por ahora no parece que esos sucios animales estén tratando de atacar, pero si intentan interponerse matenlos de inmediato. Ahora, avancen hasta el corazón de la montaña, tenemos una base que instalar.

No hubo una respuesta audible a esa orden, tampoco fue capaz de verlos asentir, pero Erwin pudo escuchar el sonido metálico de algunas armas en movimiento y supo de inmediato que estaban listos para comenzar el ataque. El último ataque a la montaña, pensó, retomando su posición en la retaguardia junto a su pelotón. Veintiún hombres estaban a su mando, dieciocho de los cuales tendría que prescindir antes de alcanzar el río, todos armados y ansiosos por comenzar con la matanza.

Si alguien le hubiera dicho que todas las fieras de la montaña estaban organizándose en su contra, se hubiera reído ante lo ridícula que sonaba la idea. Pero él mismo había sido capaz de presenciar el gran alcance de esa organización, por primera vez durante el enfrentamiento que había resultado en aquel terrible incendio y una vez más en ese preciso instante, mientras, uno a uno, los hombres que lo seguían eran derribados con tal discreción, que era como si se hubieran desvanecido al alejarse del sendero. Cada vez que las oscuras nubes dejaban el bosque en tinieblas por breves instantes, el grupo era reducido sin que nadie más pareciera percatarse. Era una estrategia sencillamente magnífica.

Por desgracia, el ataque no podía pasar desapercibido por siempre. Erwin sabía que tendrían que reagruparse antes de cruzar el río y, entonces, todos notarían la ausencia de casi una cuarta parte del grupo. No sería difícil hacerles creer que algunos habían desertado, pero intentar explicar la ausencia de al menos sesenta hombres con una excusa tan patética sería un insulto.

El aroma a humedad llegó a él mucho antes de que el sonido de la corriente lo hiciera. Su pulso se aceleraba y sus sentidos se agudizaban a cada paso. Los hombres frente a él aumentaron el ritmo. Detrás de él, un grito moría antes de siquiera terminar de formarse. Ojos brillantes se multiplicaban cada dos o tres metros, como espectros aguardando para robar sus almas. Los tenebrosos sonidos de la naturaleza fueron reemplazados por murmullos, que pronto se convirtieron en voces, haciendo eco una de otra por todo el lugar. Al fin había comenzado.

—Ya se dieron cuenta —susurró Nile a su izquierda—, llegarán al río en cualquier momento.

Erwin quería responder que no hacía falta que lo dijera para saber que ya habían llegado, pero su boca estaba seca, ningún sonido pudo atravesar el nudo que cerraba su garganta. Sus palmas estaban sudorosas y sus dedos entumidos por la fuerza con la que sostenía su arma. Cuando él y el último grupo, o lo que quedaba de este, se reunieron con el resto del ejército, la furia era evidente en el rostro del general y de todos los demás soldados.

—¡Es una trampa! ¡Nos están atacando! —gritó uno de los soldados que estaban más próximos a la línea de arbustos que enmarcaban la entrada del bosque, justo después de que los otros soldados que estaba con él fueran arrastrados de vuelta al interior del bosque.

Desgarradores gritos se dejaron escuchar, acompañados por el sonido de huesos rompiéndose y carne siendo desgarrada. Mientras escuchaban el atroz espectáculo que estaba sucediendo a escasos metros de ellos, fueron percatandose con terror de la gran cantidad de hombres que faltaban, mientras se preguntaban cómo había sido posible que no se dieran cuenta antes, dado que el sonido de sus compañeros siendo devorados por las bestias era imposible de ignorar.

El tiempo pareció haberse detenido por lo que bien pudo haber sido una eternidad. Entonces, comenzaron los disparos. En la oscuridad del bosque, era imposible saber si los disparos alcanzaban sus objetivos, sin embargo, presos del pánico y la desesperación, varios soldados continuaron abriendo fuego de forma indiscriminada.

Erwin pudo ver las siluetas de hombres y animales atacándose mutuamente. En los escasos momentos en que las nubes permitían el paso de la luz, pudo notar cuerpos desgarrados por filosos dientes, cuerpos mutilados por sus propias armas de pólvora e incluso algunos heridos que intentaban en vano defenderse del ataque. Había también cuerpos de tigres rodeados por charcos de su propia sangre y, aunque Erwin sabía que todos estaban allí sabiendo que sus vidas correrían peligro, no podía evitar preguntarse si hubiera sido posible evitar ese terrible enfrentamiento. La respuesta, por desgracia, era obviamente un no.

—¡Dejen de disparar sin cuidado! —ordenó el general Zachly, pero ni siquiera su voz llena de autoridad fue suficiente para atravesar el caos que se había sembrado a su alrededor—. No malgasten municiones, tenemos que llegar al otro lado del río.

Más rápido de lo que Erwin hubiera querido, los soldados obedecieron las órdenes de su superior y detuvieron su desorganizado ataque, retomando su avance hasta el que era su verdadero objetivo: el corazón de la montaña. En cuanto el fuego cesó, los tigres también se detuvieron de inmediato, se internaron entre los mismos arbustos donde momentos antes se encontraran ocultos y, como si se hubiera tratado de simples espectros, desaparecieron por completo de la vista de sus enemigos. Aunque no por eso los soldados se permitieron bajar la guardia, pues ya les habían demostrado que podían atacarlos sin previo aviso.

Como si el río no fuera nada más que un charco, los soldados restantes se lanzaron a las heladas aguas sin pestañear, avanzando con sus armas sobre la cabeza a medida que el nivel del agua alcanzaba sus cuellos. Pronto, el nauseabundo aroma a sangre y muerte fue dejado atrás; el ejército salió del río tan rápido como había entrado y el pulso de Erwin se disparó una vez más. En ese preciso instante, Levi ya debería encontrarse en su forma animal, listo para lanzar el contraataque. Aunque ese primer ataque furtivo había conseguido que las bajas de los felinos se mantuvieran al mínimo, estaba seguro de que Levi no descansaría hasta vengar esas muertes. Cada uno de los animales que habían caído, había entregado su vida para proteger las tierras de sus ancestros, con la seguridad de que ese sacrificio no sería en vano.

Sabía que la calma se había terminado, a partir de ese momento, el bosque se cubriría con los cuerpos de ambos bandos, pero, si de cualquier forma era inevitable que el ejército llegara hasta el corazón de la montaña, aún esperaba ser capaz de reducir lo más posible la cantidad de soldados que lo lograrían.

Tan pronto como sus pies tocaban la orilla del río, los soldados volvían a agruparse en pequeños escuadrones, recargando sus armas de pólvora con rapidez. Algunos incluso fueron tan audaces como para encender antorchas, a sabiendas de que la luz los delataría. Claramente no estaban preocupados, confiaban en que el intelecto de los animales era mucho más bajo que el suyo, además de que, con sus armas, podrían matarlos antes de que tuvieran oportunidad de acercarse a ellos. Antes los habían tomado por sorpresa, pero no habría una segunda vez.

A medida que se internaban en el bosque, los árboles se volvieron tan espesos que apenas permitían el paso de la luz de la luna, obligándolos a avanzar con cautela, tan cerca uno de otro como fuera posible para evitar que pudieran volver a atacarlos usando métodos desleales. La escasa luz natural fue de pronto convertida en tinieblas y, en un instante, pesadas gotas de agua comenzaron a caer sobre ellos. En menos de un minuto, la intensa lluvia había apagado sus antorchas y humedecido la pólvora de las armas que no alcanzaron a cubrir.

En la oscuridad, ninguno de los soldados se atrevía a avanzar sin cuidado, de modo que formaron pequeños grupos para evitar los puntos ciegos tanto como fuera posible. Erwin, desde la retaguardia, contuvo el aliento, expectante. Aunque Levi había compartido con él la mayoría de los detalles de su plan, no podía negar que estaba ansioso y emocionado a partes iguales por el enfrentamiento que vendría. Un escalofrío recorrió su columna, erizando cada vello de su cuerpo y, entonces, un potente rugido surgió detrás de ellos.

De entre las sombras, como si se hubiera materializado de pronto, un enorme tigre blanco como la nieve se mostró ante ellos. El imponente animal avanzaba con una calma que les ponía los nervios de punta, sin inmutarse siquiera por la cantidad de humanos que le apuntaban con sus armas. Detrás de él, uno a uno, una cantidad incalculable de depredadores parecía emerger del mismo infierno, listos para acabar con todos a su paso. Sin importar cuán preparados estuvieran para ser emboscados, la repentina aparición logró causar el efecto deseado al haberlos tomado por sorpresa con semejante espectáculo.

Los animales avanzaban a paso lento, aumentando en número sin cesar a pesar de que ya eran una cantidad que no podía ser tomada a la ligera. Incluso si intentaran un ataque a larga distancia con sus rifles, no estaban seguros de que pudieran acabar con todos antes de que los animales los acabaran a ellos. La situación parecía haber escapado de sus manos.

El avance continuó hasta que ambos bandos estuvieron frente a frente y, tras cruzar miradas con el general del ejército invasor, el tigre blanco rugió en señal de ataque. La batalla había comenzado.


A varios kilómetros de la montaña sagrada, en el palacio del emperador, se libraba otra sangrienta batalla. El suelo de los jardines imperiales había sido regado con la sangre de los enemigos, pero el feroz enfrentamiento no parecía estar cerca de terminar.

El emperador había abandonado el palacio a petición del Dios Bai Hû pero, habiendo tenido tan poco tiempo para prepararse, no había logrado llegar demasiado lejos cuando la batalla comenzó. Por fortuna, una peculiar escolta se mantenía alrededor de la casa donde se había instalado de forma temporal. Algo que nunca en la vida hubiera pensado que llegaría a presenciar y que, sin embargo, le recordaba que había sido bendecido con semejante oportunidad. Fuera de la casa y en los alrededores, una pantera y un par de leopardos acompañaban a su propia guardia imperial en el patrullaje.

El emperador, siendo el tercero de su dinastía, jamás imaginó que los animales que a diario observaba en sus jardines y que habían sido criados en cautiverio desde siglos atrás por sus ancestros, llegarían a cooperar con los hombres de forma tan organizada, mas, de nuevo, había sido bendecido por los cielos con un evento de tal magnitud.

Otra cosa que no imaginaba que llegaría a presenciar, era el encontrarse cara a cara con un dios. Mucho menos con ese dios. El Guardián del Oeste, ese del que se contaban tantas historias que, en su mayoría, le recordaban que su casa imperial tenía una deuda con él. Siempre, desde que era un niño y aún después de ascender al trono, se le había advertido de todas las formas habidas y por haber que, un día, Bai Hû volvería al palacio a cobrar venganza por lo que el primer emperador le había hecho.

Sabía que, siendo un legítimo heredero del primer emperador, tenía todo el derecho del mundo a reclamar su lugar en el trono o, en todo caso, eliminar a todos los descendientes del hombre que lo había humillado, y que nadie tendría el poder para detenerlo. El día en que regresara al palacio era el más temido por él y por todos los que se habían sentado el trono antes que él.

Por eso, cuando lo vio de pie en los jardines, rodeado por los feroces felinos que usualmente no permitían a nadie estar tan cerca, vistiendo el color que sólo el emperador tenía permitido portar, estuvo seguro de que la hora de su muerte había llegado. Sin embargo, lejos de hacer cualquier reclamo o de ir directo al ataque, Bai Hû le había advertido del peligro que se aproximaba. No sólo eso, además, se había encargado de indicar a los animales del palacio que debían proteger la vida del emperador por el bien de toda la nación, prometiendoles a cambio que, cuando todo hubiera terminado, regresaría por ellos para llevarlos a las montañas, donde al fin volverían a ser libres.

Ni siquiera siendo él el Hijo del cielo se atrevió a desafiarlo o a cuestionar sus palabras. Simplemente, se limitó a obedecer sus órdenes y a aportar cuantas ideas llegaron a su mente sobre cómo manejar la situación, después de todo, no por nada era el emperador de una nación tan grande pese a ser tan joven.

Así fue como terminó en esa situación, escondido en una pequeña casa a pocos kilómetros del palacio, rodeado de animales a los que nunca había visto como nada más que simple decoración. En ese momento, esperaba que, si todo salía como lo habían previsto, los invasores lo encontraran en cualquier momento.

Cuando el momento llegó, tal como Bai Hû había prometido, una docena de tigres apareció de entre las casas y se lanzó al ataque, derribando a los norteamericanos uno por uno mientras él mismo se encargaba de su líder. La batalla fue más corta de lo que esperaba y, mientras miraba a los animales retirarse a prisa de regreso al bosque, llevándose consigo a aquellos que habían pasado todas sus vidas en los jardines imperiales, suspiró. Tal como habían sucedido las cosas, temía que nunca podrían saldar la deuda que tenían con el dios, pero devolverle a esos animales que habían sido criados en cautiverio era, sin lugar a dudas, una buena forma de empezar.


El enfrentamiento entre hombres y bestias explotó en un instante. Cada vez que un tigre caía, otro más tomaba su lugar, como si hubiera una cantidad infinita de animales esperando su turno para unirse al juego. A pocos minutos de iniciado el enfrentamiento, las bajas de los norteamericanos eran numerosas, pero aunque habían sido tomados por sorpresa por la inimaginable organización de las fieras, los hombres no eran idiotas y no tardaron en devolver el ataque.

Humanos y animales yacían sin vida en el suelo del bosque, bañando la tierra en la sangre mezclada de ambas especies. Erwin, quien había cumplido con su labor de atraerlos hasta donde serían emboscados, se volvió entonces en contra de los que, hasta hacía unos meses, fueron sus compañeros. Mike y Moblit se unieron a él poco después y, aunque Nile había dejado en claro que no se uniría a ellos, no hizo nada más que simular atacar a Moblit para que éste lo atacara de vuelta con la misma fuerza contenida, derribandolo al instante.

Farlan, quien observó la escena desde lejos, indicó a los otros felinos con una serie de gruñidos que esos cuatro hombres estaban de su lado y, por lo tanto, debían ser dejados fuera del enfrentamiento tanto como fuera posible. No podía ni tenía la intención de protegerlos, pero al menos podía asegurarse de que nadie en su grupo se atreviera a atacarlos directamente.

—¡Ataquen! ¡No permitan que estas bestias salgan de aquí con vida! —ordenó el general Zachly, yendo a por el que parecía ser el líder del pintoresco ejército enemigo, el tigre blanco de gran tamaño. Por desgracia, aunque había tomado la debida precaución para no exponer sus intenciones, parecía que estas habían sido demasiado obvias para los animales, que seguían interponiéndose entre el tigre blanco y él.

—¡Traidor! Todos ustedes son unos traidores —dijo un joven soldados en otro punto del campo de batalla, señalando a Erwin y sus compañeros.

Sin embargo, antes de que pudiera decir nada más o hacer acusaciones más arriesgadas, su cuello fue roto por las feroces fauces de uno de los tigres más grandes. De algún modo, cuando cruzaron miradas, Erwin se dio cuenta de que no había sido otro más que Farlan el responsable de tal ataque, mas no se atrevió a decir nada y se limitó a asentir hacia él a modo de agradecimiento.

El tigre lo miró de vuelta. En sus ojos Erwin podía ver una gran determinación, aunque también le pareció haber visto cierto toque de reproche en esos mismos ojos. En su corazón, Erwin no podía evitar verse a sí mismo como un traidor, que había abandonado a todos aquellos a los que había jurado lealtad. Pero, incluso si tenía que morir en el intento, esa noche le demostraría a Levi que su lealtad estaba con él.

Varios metros lejos del centro de la batalla, Levi se enfrentaba a media docena de soldados por su cuenta. La lluvia de antes había sido suficiente para inutilizar sus armas de pólvora por un tiempo, pero eso no significaba que no tuvieran más opciones. Algunos habían desenvainado sus espadas mientras otros apuntaban sus arcos hacia él. Varios animales habían tomado la determinación de pararse ante él para protegerlo, pero la mayoría fueron derribados y el resto habían comenzado a luchar por su cuenta para reducir el número de enemigos directos que atacaban al dios, dejándolo lidiar con los que llegaban a su lado.

Antes de comenzar la batalla, Levi había estado dándole vueltas en su cabeza a la idea de si debería enfrentarlos en su forma humana o animal. Sabía que como animal tenía un cuerpo más fuerte, pero como humano podría usar sus propias armas para atacarlos. Finalmente, haciendo caso a su instinto, decidió mantener su forma animal. Aún en ese momento, mientras era atacado a la distancia por flechas cubiertas de fuego, Levi se negó a cambiar de forma, incluso si eso significaba que debería acercarse para poder atacar, exponiendo su vida en cada ataque. Lo que le había ayudado a tomar la decisión, fue el miedo en los ojos de los hombres que los atacaban. Como soldados, deberían estar acostumbrados a asesinar a otros seres humanos, sin embargo, ser atacados por un tigre mucho más grande que ellos sin duda le otorgaba algunos segundos extra en los que sus cuerpos se paralizaban por el terror.

Haciendo gala de su fuerza, Levi eliminó a todos los que tuvieron la osadía de elegirlo como su objetivo. Uno a uno, cayeron al suelo en medio de lamentables gritos y furiosas convulsiones. Aunque no había vuelto a convocar otra tormenta, Levi se había encargado de que el ambiente se mantuviera húmedo y las nubes los cubrieran con sus sombras, dando ventaja a los depredadores con sus agudos sentidos.

La batalla se prolongó durante más de dos horas, tiempo en el que ambos ejércitos ya habían sufrido bajas considerables y se encontraban experimentando los primeros signos de cansancio. Levi había dado la orden de retirarse en cuanto la luna alcanzara su punto más alto, pero un repentino ataque terminó por adelantar las cosas.

Mientras el tigre blanco estaba ocupado evitando una nueva ola de flechas, el general Zachly había logrado llegar a su lado, luego de esperar pacientemente por esa oportunidad de acercarse. Sabía que lo había tomado por sorpresa, por lo que no dudó en clavar su espada en el costado del enorme animal con todas sus fuerzas. Sin embargo, antes de que aquel pudiera convertirse en un golpe fatal, un grito lleno de dolor abandonó sus labios. El general escupió sangre violentamente antes de darse cuenta de que el dolor que sentía y que lo estaba volviendo loco, provenía de su hombro izquierdo, donde el animal lo había mordido con tanta fuerza que había arrancado su brazo sin piedad.

El dolor de los huesos rotos y la carne siendo desgarrada fue tan insoportable que su mente terminó por bloquearlo. En ese momento, sólo pudo pensar en una cosa: si de cualquier modo iba a morir, se llevaría a ese monstruo con él. Pudo sentir los colmillos de la bestia atravesando su pantorrilla, pero sus brazos no cedieron mientras intentaba con todas sus fuerzas empujar su espada más profundo en el enorme cuerpo. Sin embargo, antes de que pudiera alcanzar su objetivo, un par de brazos lo empujaron por los hombros, lanzándolo lejos del tigre. Sus ojos inyectados en furia se encontraron con los de su atacante y lo miraron con un creciente impulso asesino. Erwin Smith los había vendido al enemigo y él se encargaría de hacer que se arrepintiera por ello.

—¡El general está herido, retirada! —gritó uno de los soldados que aún se mantenía en pie, tomando el liderazgo ahora que su superior había caído.

Conscientes de que necesitaban reagruparse y atender a los heridos si querían salir victoriosos, los soldados se retiraron hasta una de las cuevas que antes habían utilizado para almacenar provisiones. Antes, la lluvia había impedido el uso de sus armas más letales, pero ahora podrían secarlas y recargarlas con pólvora en buen estado. La próxima vez que se enfrentaran, tendrían la victoria asegurada.

Levi, sabiendo que también necesitaban descansar, ordenó que nadie los siguiera y que se replegaran de vuelta al claro, esta vez, acompañados por Erwin y sus hombres. Aunque cada paso enviaba olas de dolor que se extendían desde su costado al resto de su cuerpo, se obligó a mantenerse erguido, avanzando con firmeza al frente de sus hijos.

—Manténganse alerta, incluso si están heridos, no dudarán en atacar por sorpresa si tienen la oportunidad —dijo Erwin y Farlan le dio la razón llamando a un par de panteras para indicarles que vigilaran los alrededores.

Una vez en lo profundo del bosque, los animales se organizaron en grupos pequeños. Algunos se encargaron de repartir alimentos, otros, de acomodar a los heridos, y otros más de cuantificar las pérdidas que habían sufrido. Al centro de todo el movimiento, Levi se mantenía dando algunas órdenes y supervisando el estado de los heridos.

Erwin y compañía avanzaron hacia él, dispuestos a ofrecer su ayuda en lo que hiciera falta, pero un grupo de linces les cerró el paso, gruñendo en advertencia. Mike y Moblit se pusieron a la defensiva de inmediato, mas Erwin se colocó entre ellos y los felinos para tratar de explicarles sus intenciones. Aunque ya habían aceptado que los animales de aquella montaña eran inusualmente inteligentes, escuchar a Erwin tratando de razonar con ellos fue impactante para los otros dos soldados, que temían que se hubiera vuelto loco.

Levi, que acababa de volver a su forma humana para recuperar energía más rápido, se acercó al grupo al notar el repentino alboroto. Los ojos del dios viajaron entre los hombres y los linces, entendiendo la situación.

—Déjenlos en paz, están de nuestro lado —indicó, ignorando la intensa mirada de Erwin que parecía estar luchando por encontrarse con la suya.

—Entendido —respondió uno de los felinos para sorpresa de Mike y Moblit, que ahora dudaban de su propia cordura.

—Ese animal acaba de hablar, ¿no es cierto? —preguntó Moblit con una risa nerviosa, en un intento desesperado por comprobar que no lo había imaginado. Mike asintió en silencio, aún sin recuperarse de la impresión, pero Erwin los ignoró y fue tras Levi en el momento en que se dio la vuelta para irse, aunque por dentro se preguntaba cómo podría iniciar una conversación con él sin que fuera tan incómodo como la de antes, en casa de la señora Tao.

Por su parte, Levi tenía demasiadas cosas en la cabeza como para darle importancia al hombre que lo seguía de cerca. A lo lejos, el eco de la batalla que estaba ocurriendo en el palacio aún podía escucharse. Levi confiaba en que la guardia imperial sería suficiente para contener a los enemigos, el mismo Erwin le había dicho que la cantidad de hombres que atacarían la capital imperial era mucho menor a la que se dirigía al bosque, mas eso no le impedía estar preocupado. Si el palacio caía, los soldados sobrevivientes se unirían al ataque en la montaña. Si ellos caían, entonces los sobrevivientes se unirían al ataque al palacio, ambos escenarios igualmente devastadores.

Por otro lado, los animales que había enviado para proteger al emperador y los que, hasta entonces, vivían en los jardines imperiales ya habían llegado al claro, informando el éxito de su misión y asegurándole que el emperador se encontraba a salvo. Esa era la primera buena noticia que recibía en toda la noche. Incluso si ellos caían, el emperador podría resucitar su imperio, por eso era indispensable mantenerlo con vida.

Erwin, quien se había mantenido en silencio a su lado en todo momento, no tardó en darse cuenta de que aunque Levi se esforzaba por ocultarlo, cada vez le resultaba más difícil mantenerse en pie. Sus piernas temblaban ligeramente y desde hacía un momento había llevado una de sus manos a presionar la herida en su costado en un intento por detener la hemorragia.

—Levi —le llamó en voz baja—, tú también necesitas atender tus heridas.

El dios estaba a punto de negarse, restándole importancia, pero Farlan, que había aparecido de pronto a su lado, se unió al hombre que tanto detestaba por una vez en la vida.

—Él tiene razón. Padre, necesitas descansar un poco, los invasores no tardarán en retomar el ataque.

Levi, viéndose superado por ese par, asintió en silencio y accedió a retirarse por el momento.

—Estaré en el lago —dijo, dejando a Farlan a cargo antes de retirarse a paso lento pero firme.

Erwin, preocupado por su estado, decidió acompañarlo sin pedir permiso, seguro de que si a Levi le molestara su compañía se lo diría directamente. Así, lado a lado, caminaron en silencio hasta la orilla del lago, donde Levi no tardó en sentarse en una roca grande y lisa. Erwin, por otro lado, se sentó en las raíces de un árbol a menos de un metro de él. El silencio entre ellos, al menos por el momento, se había vuelto menos incómodo y más agradable.

De vuelta en el claro, Mike y Moblit se habían instalado incómodamente sobre un par de piedras cubiertas de suave musgo. Acababan de sentarse cuando, de pronto, notaron la presencia de un par de mujeres que hasta entonces no habían visto. Al comienzo pensaron que estaban imaginando cosas, mas cuando las mujeres se acercaron a ellos para curar las heridas de una pantera que yacía en el suelo, comprobaron que sus sospechas eran ciertas.

La vieja señora Tao, que antes les había salvado la vida, y su nieta se encontraban ahora en medio del bosque, atendiendo las heridas de los animales como si fuera lo más normal del mundo. Mientras la joven se encargaba de cauterizar los cortes más profundos y de aplicar ungüentos sobre las heridas, la anciana preparaba mezclas de hierbas que después colocaba en los grandes hocicos de las bestias para que las tragaran.

En cuestión de minutos, todos los heridos parecían haber sido atendidos, y fue turno de los tigres de organizar a todos para comer y dormir un poco. Las dos mujeres, que habían terminado su labor con los animales, se acercaron a los soldados, saludandolos como si encontrarse en semejante situación fuera algo de lo más normal.

—¿Cómo se encuentran? ¿Tienen alguna herida que requiera atención? —preguntó la anciana, indicándole a su nieta que preparara un poco más de ungüento para cicatrizar.

—Estamos bien —respondió Mike.

—¿Cómo están las cosas en la aldea? —preguntó Moblit, sin poder creer que hubieran podido llegar hasta allí tan rápido y sin ser notadas.

—Todos se encuentran bien. Gracias a ustedes pudimos librarnos fácilmente de los dos sujetos que estaban vigilandonos. Algunos hombres salieron a alertar a las aldeas vecinas para que estuvieran preparadas en caso de que fueran atacadas. Nosotras decidimos venir a ayudar.

—Ya veo, al parecer fue la mejor decisión, han sido de gran ayuda aquí —dijo Mike al ver que todos habían recibido atención.

—Es lo menos que podemos hacer, ellos siempre nos han protegido —dijo la joven, refiriéndose a los tigres que, según las leyendas de su gente, eran quienes protegían la aldea.

Aunque había sido dicho de forma que sonaba bastante simple, la realidad era que haber llegado hasta ese lugar debió haber sido sumamente complicado, en especial debido al enfrentamiento que había sucedido momentos antes. Mike se preguntaba si acaso acababan de llegar o si habrían estado allí durante la batalla, mas cualquiera que fuera la respuesta, sería ridícula, pues no había forma de que llegaran allí tan rápido. A menos claro que conocieran algún otro camino que no estuviera conectado con el lugar donde se habían enfrentado, aunque eso tampoco tenía sentido, pues aquel era el camino más corto desde la aldea, cualquier otro sendero les hubiera tomado al menos el doble de tiempo. Por primera vez, Mike y Moblit sintieron que había extraño en esas dos mujeres, y tuvieron miedo de averiguar de qué se trataba.

Luego de que sus heridas, que no eran más que algunos golpes y rasguños, fueran atendidas por las mujeres, Mike se disculpó y anunció que iría a buscar a Erwin para que también recibiera tratamiento en caso de que lo necesitara. Caminó en silencio mientras ignoraba las miradas fijas que los depredadores le dirigían, en un intento por no demostrar lo mucho que le hacían sentir como una presa a punto de ser cazada, así como la tentación de hablar con alguno de esos animales tan sólo para comprobar que no había perdido la razón cuando los escuchó momentos antes.

Cuando por fin estuvo cerca del lago al que Erwin y Levi se habían retirado, se encontró con una escena inusual. Allí, al otro lado de algunos arbustos, Erwin se encontraba lavando con especial atención los cortes en la piel del dios, ignorando sus propias heridas todavía sangrantes. Mike se tomó un momento para reunir el coraje de acercarse y por fin se atrevió a mostrarse ante ellos, lamentando tener que romper la atmósfera tan tranquila que los rodeaba.

—Erwin, la señora Tao y su nieta están aquí, deberías ir a buscarlas para que te ayuden con tus heridas.

Erwin detuvo por un momento lo que estaba haciendo y dejó que la túnica de Levi, que había estado sosteniendo hacia arriba para tener mejor acceso a la herida en su costado, se deslizara de nuevo por su piel hasta cubrir su torso por completo.

—Estoy bien, sólo son algunos rasguños —dijo, mas pudo notar en su rostro que Mike no había creído una sola palabra. Entonces agregó —Iré en cuanto termine aquí.

Mike no pudo insistir más. De algún modo, podía sentir que su presencia no era bien recibida en ese momento, por lo que se retiró de inmediato antes de que esos dos lo atravesaran con la mirada. Tal vez habían estado compartiendo información confidencial, o tal vez era sólo que Levi no soportaba la presencia de ningún humano y sólo hacía excepciones con Erwin. Cualquiera que fuera el caso, no quería volver a ser observado de esa forma.

Cuando estuvieron solos de nuevo, Erwin tomó con cuidado la tela de la túnica de Levi y, una vez más, la levantó para terminar de aplicar una mezcla de hierbas sobre su herida. Sus dedos rozaron la piel caliente del dios y pudo sentir cómo temblaba ligeramente, por lo que se disculpó en un susurro por haberle causado dolor. Levi chasqueó la lengua y miró hacia otro lado, incapaz de seguir observando el rostro del rubio desde tan cerca. Una vez que Erwin terminó, se obligó a soltar la prenda y a retirar sus mano para adoptar una distancia prudente.

—Mentiroso —dijo Levi de pronto, pero antes de que Erwin pudiera preguntar a qué se refería, la mano del dios presionó su brazo derecho con fuerza, arrancándole un quejido.

—Es sólo un golpe —dijo, mas no pudo seguir hablando luego de que Levi le sacara la chaqueta y abriera su camisa con tal fuerza que uno de los botones salió volando. Cuando su brazo quedó a la vista, Erwin se quedó sin aliento.

Ahí, muy cerca de su hombro, había un corte tan profundo que casi podía ver el hueso. Por fortuna, la herida era relativamente pequeña, seguramente provocada por una navaja, pero lo que más le sorprendía, era que había estado tan preocupado por el estado de los demás que ni siquiera había sentido dolor en todo ese tiempo.

Levi rozó su brazo con sus delgados dedos y ese ligero contacto fue suficiente para que Erwin jadeara y se estremeciera. Levi retiró su mano de inmediato, temiendo causarle más dolor si continuaba tocándolo. Sin embargo, no había sido dolor lo que Erwin sintió en ese momento, sino una agradable corriente eléctrica que se extendió por su pecho y que lo había tomado por sorpresa.

—Estoy bien, Levi —aseguró de inmediato al notar un ligero rastro de preocupación en su rostro—, puedo ocuparme de esto después.

—Ve a ver a la vieja Tao Li, ella debe tener algo para aliviar el dolor —indicó el dios, pero antes de dejarlo ir, aplicó la misma mezcla de hierbas sobre la herida de Erwin para ayudar a que cerrara.

—Gracias, Levi.

Levi se alejó de inmediato y fue a buscar a la anciana él mismo, pidiéndole que fuera a atender a Erwin pues sabía que el comandante no buscaría ayuda por su cuenta para no causar molestias. Una vez que terminó aquello, se encargó de ir a supervisar el estado de los demás antes de volver a organizar a su grupo para el próximo ataque.

La mujer se acercó a Erwin tal como Levi le había pedido, entregándole un pañuelo lleno de una mezcla de hierbas que ayudarían a desinflamar sus heridas y a evitar cualquier posible infección.

—Comandante, por favor coma esto, lo hará sentir mejor —dijo la anciana, atrayendo su atención.

Erwin, que hasta entonces había estado distraído, aceptó el pequeño envoltorio y comió la mezcla de hierbas sin detenerse a preguntar de qué se trataba o cómo le ayudarían a sentirse mejor. Su mente estaba perdida, ausente en el recuerdo de la sensación de su piel cuando Levi la había tocado. Sus dedos, delgados y suaves, le habían provocado un ligero cosquilleo que nada tenía que ver con el corte en su brazo. Nunca antes se había sentido así, pero aunque no entendía qué estaba sucediendo, tenía que admitir que no le desagradaba.

Tan perdido como estaba, tardó un momento en darse cuenta de que ahí, delante de él, la vieja mujer cuya casa habían allanado antes lo miraba con curiosidad y un extraño brillo en los ojos. Erwin esquivó su mirada, nervioso, como si supiera que ella podía ver algo que él todavía no lograba entender. Sin embargo, la mujer se limitó a reír suavemente antes de sentarse a su lado, donde Levi había estado momentos antes.

—¿Qué está haciendo aquí? —preguntó, mas al darse cuenta de que la pregunta había sido muy ruda de su parte, se disculpó de inmediato. —Lo lamento, estoy muy agradecido por su ayuda, pero no deberían estar aquí. Lo que quiero decir es que este lugar es peligroso, estarían más seguras en la aldea.

—Sólo estoy ayudando a un viejo amigo, además, no tiene nada de qué preocuparse. Puede que sea una anciana pero le garantizo, comandante, que puedo cuidarme sola. Estaremos bien.

Erwin se sintió un poco culpable por haber hablado sin pensar, mas le resultaba imposible imaginar a una mujer de edad tan avanzada luchando contra un hombre joven con entrenamiento militar. En cualquier caso, no permitiría que nada les ocurriera mientras estuviera a su alcance. Quiso disculparse una vez más, pero la mujer no parecía estar molesta sino todo lo contrario, pues no tardó en ponerse cómoda en el lugar.

En realidad, se le veía tan a gusto, que a Erwin le pareció que aquella no podía ser la primera vez que visitaba ese lugar. Entonces, recordando las vasijas y sus peculiares diseños, se dio cuenta de que, en efecto, la anciana debía conocer a Levi desde mucho tiempo atrás, de otro modo, ¿por qué estaría Levi en todas sus pinturas?

—¿Cómo conoció a Levi? —se atrevió a preguntar, ganándose una amplia sonrisa por parte de la mujer.

—Es una larga historia —respondió, mientras internamente disfrutaba de la situación. La mirada en los ojos de Erwin era una que conocía bastante bien, pero nunca imaginó que la vería de nuevo, mucho menos en un soldado enemigo. De verdad estaba intrigada por ese hombre.

Erwin sonrió amablemente y respondió: —Tenemos algo de tiempo.

La mujer sonrió y asintió, acomodándose mejor en el lugar antes de comenzar con su relato.

—Hace mucho tiempo, cuando yo era apenas una niña, mi padre solía contarnos una historia a mi y a mis hermanos. Una historia de su juventud sobre cómo, antes de conocer a mi madre, se había enamorado del dios que protegía estas montañas.