El hombre que amó al dios
Mientras la brisa soplaba suavemente y despejaba las nubes que cubrían la Luna, un hombre y una mujer hablaban en medio del bosque. La luz de la luna los cubría por momentos, cortesía del dios que protegía la montaña, brindándoles un poco de visibilidad. La sensación del viento fresco en sus rostros aliviaba la sensación de humedad propia del clima del lugar.
—¿Su padre se enamoró de un dios? —preguntó Erwin, sintiendo como su garganta se secaba de pronto y le impedía hablar claramente.
—Así es —respondió la mujer, mirando a la nada con nostalgia al recordar las historias de un padre cuyo rostro ya había olvidado casi por completo—. Mis hermanos pensaban que era sólo una leyenda, pero, en el fondo, yo siempre supe que todo lo que contaba era verdad.
Erwin se inclinó un poco más cerca para escuchar con atención, esperando un momento en silencio mientras la mujer parecía hacer memoria de aquella historia.
—Fue hace ya más de cien años. Mi padre era pescador. Él solía venir al río a pescar y luego intercambiaba algunos pescados por especias y arroz en las aldeas vecinas. En ese tiempo, las aldeas eran mucho más pequeñas y estaban bastante más alejadas unas de otras, por lo que muchas veces pasaba una o dos noches a la orilla del río en su camino a alguna de las aldeas más cercanas.
»Sucedió que, en una de esas ocasiones en que se quedó a dormir en el bosque, fue sorprendido por una repentina tormenta y tuvo que buscar una cueva para guarecerse. Mi padre conocía muy bien las leyendas de esta montaña, así que sabía que una tormenta como esa sólo podía haber sido provocada por el gran Bai Hû, de modo que decidió mantenerse oculto para evitar toparse con el Dios de las tempestades e importunarlo, pues molestar a un dios podría hacer que grandes desgracias cayeran sobre una persona y todos sus descendientes.
»Pasó la noche en la cueva y, por la mañana, cuando regresó para recoger sus cosas, se encontró con un joven que estaba bañándose en el río. Mi padre pensó que se trataba de otro pescador, probablemente de alguna aldea vecina, así que decidió acercarse a saludarlo a pesar de que nunca antes lo había visto. Sin embargo, cuando estuvo cerca de él, quedó impactado por la imagen de ese joven. Recuerdo que, siempre que mi padre hablaba de ese momento, sus ojos brillaban de una forma especial. En sus propias palabras, aquel joven poseía una belleza sin igual, era elegante y seductor… era…
La mujer hizo una larga pausa, como si no supiera cómo describir lo que su padre había visto, pero Erwin sí lo sabía. Antes de que se diera cuenta, sus labios se movieron por sí mismos, formando una palabra que sonó llena de anhelo.
—Majestuoso…
—Sí, así es —respondió la mujer, y si se había percatado de la mirada que Erwin tenía en ese momento, no comentó nada al respecto—. Mi padre quedó embelesado por lo que pensaba era un espíritu del bosque, así que, cuando este lo miró directo a los ojos con fiereza, no supo cómo reaccionar.
»Mi padre se presentó y le explicó lo que estaba haciendo allí. También le habló sobre la tormenta de la noche anterior y sobre cómo terminó pasando la noche en una cueva. El joven sólo lo escuchaba sin despegar su mirada de él, como si estuviera tratando de descubrir si estaba mintiendo, pero a medida que mi padre continuaba hablando de cosas sin sentido, se unió también a la conversación.
»Recuerdo que mi padre solía contarnos cómo, en ese momento, le pareció que el joven era muy solitario, pues aunque no hablaba mucho y su rostro se mantenía serio, parecía estar disfrutando sinceramente de la conversación. Luego de hablar por un rato, el joven se presentó como Bai Hû. Mi padre pensó que estaba jugando con él al usar el nombre del dios de la montaña, pero aún así se ofreció a acompañarlo a su aldea, así podría intercambiar los pescados que había reunido. Bai Hû se negó, aunque lo invitó a regresar otro día para seguir hablando.
»A partir de ese momento, mi padre regresó al río cada pocos días sin falta con la intención de encontrarse de nuevo con él. Aunque la mayor parte del tiempo Bai Hû no aparecía, las escasas ocasiones en que se encontraron se dedicaron a hablar sobre la pesca, los lugares que habían visitado o las plantas medicinales que crecían en la montaña. Y entre más hablaban, más prendado quedaba mi padre por la gran sabiduría de Bai Hû.
»Se reunieron en varias ocasiones antes de que el joven le revelara su verdadera identidad. Mi padre solía bromear diciendo que creía haber hecho amistad con un espíritu elemental cuando en realidad llevaba todo ese tiempo tratando con el dios que protegía la montaña, y de la forma menos educada posible. Estaba seguro de que podría haber sido maldecido por su furia.
»Mi padre, por supuesto, creyó todas y cada una de sus palabras y, cuando Bai Hû le permitió recorrer el interior del bosque, conoció también a los tigres que lo habitaban. Sabía que le había revelado su secreto como muestra de confianza, por lo que mi padre no pudo evitar comenzar a verlo como algo más que un amigo cercano.
»Sus visitas se volvieron más frecuentes. Los tigres también comenzaban a acostumbrarse a su presencia, por lo que, incluso si Bai Hû no estaba, podía quedarse en el bosque y esperarlo. Otra cosa que notó, fue que cada vez era más difícil para él dejar el bosque para volver a casa por la noche. Cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando, ya estaba irremediablemente enamorado de él.
»Una vez que fue consciente de sus sentimientos, mi padre se dio cuenta de lo solo que estaba el dios de las montañas, viviendo por su cuenta en aquel lugar, sin nadie con quien compartir el tiempo. Él, siendo un simple mortal, no sería más que una brisa de primavera en la vida de Bai Hû, aún si se quedaba a su lado, tarde o temprano, él también lo dejaría solo. Pensando en eso, tuvo una idea que parecía ser la respuesta a su predicamento. Si podía lograr que Bai Hû volviera a ser mortal, podrían estar juntos por el resto de sus vidas y luego encontrarse de nuevo en las siguientes. Pensó que, si lo ayudaba, el dios correspondería sus sentimientos cuando le confesara que se había enamorado de él.
»Así, en su próxima visita, mi padre le pidió a Bai Hû que lo acompañara hasta el templo que se encontraba en el corazón de la montaña para pedir un favor a los dioses. Bai Hû, por supuesto, accedió a acompañarlo, pero cuando escuchó el deseo de mi padre de devolverle su humanidad, le ordenó que se detuviera.
»Resultó ser que Bai Hû conocía los sentimientos de mi padre hacia él desde el comienzo, mas no podía corresponderle y, mucho menos, abandonar sus deberes como dios y guardián de la montaña. Mi padre lo comprendió entonces, que Bai Hû hacía mucho que había renunciado a sus sentimientos mortales con el fin de enfocarse por completo en su labor como dios. Le pidió perdón por lo que había hecho y se fue de allí.
»Durante mucho tiempo, mi padre no se atrevió a regresar a la montaña por miedo a que Bai Hû siguiera molesto. Cuando lo hizo, era ya un hombre mayor y yo estaba a su lado, acompañándolo a cumplir la que fue su última voluntad. Cuando conocí a Bai Hû, supe de inmediato que las historias de mi padre, aunque eran bastante precisas, no le hacían justicia a su inteligencia o belleza. No sé exactamente de qué hablaron en aquella ocasión, pero cuando mi padre murió, esa misma noche, parecía haberse liberado de una gran carga. Cerró los ojos con una expresión tan tranquila, que parecía estar teniendo un sueño agradable.
»Aunque Bai Hû no volvió a abrir su corazón a ningún otro mortal para que aquella situación no volviera a repetirse, con los años terminamos forjando una relación bastante cordial. Incluso después de la muerte de mi padre, seguí visitándolo en el bosque por mi cuenta de vez en cuando. Cuando mi cuerpo fue incapaz de recorrer el camino de nuevo, fue él quien bajó a la aldea para visitarme un par de veces.
—Increíble —susurró Erwin, pensando en cómo ahora podía entender la razón por la que Levi se comportaba tan distante todo el tiempo, tan inalcanzable como era. Aunque quisiera decir que aquel hombre había actuado de forma equivocada, algo en su interior le impedía verlo de esa forma.
—Sé lo que está pensando, comandante —dijo la mujer con certeza—. El deseo de mi padre fue egoísta y cruel, pero el amor puede hacer que uno actúe de forma impulsiva, ¿o me equivoco?
Pese a que aquella había sido una pregunta capciosa, Erwin no pudo evitar sentir que había sido dirigida a él con intenciones ocultas, y no supo cómo responder. ¿Acaso la decisión de traicionar a su patria no había sido un acto impulsivo? Estar ahí, en ese preciso momento y lugar, era prueba de lo que una persona era capaz de hacer por impulso. Erwin se limitó a asentir.
—Cuando Bai Hû cayó en aquella trampa, a las faldas de la montaña —dijo la mujer cambiando el tema, para suerte de Erwin—, estaba de camino a visitarme para hablar sobre la situación con los invasores y cuál sería la mejor forma de enfrentarlos. Fue entonces cuando usted apareció. Pudo haber decidido pelear con los hombres que los expulsaron de su aldea. Pudo haber tomado otro camino. Pudo haberlo dejado a su suerte. Incluso pudo haber elegido matarlo. Así que dígame, ¿cree usted en el destino, comandante?
Erwin la miró atónito. ¿Creía en el destino? Si le hubieran preguntado eso cuando llegó a ese país por primera vez, hace tantos años, la respuesta hubiera sido no. Él nunca había sido una persona creyente, no creía en ningún dios y mucho menos en el destino, pues confiaba en que era él mismo quien trazaba su propio camino en la vida. Sin embargo, con tantas cosas que habían sucedido en los últimos meses, ya no podía decirlo con certeza. Desde que conoció a Levi, había descubierto otro tipo de fé, una que resultaba en una confianza ciega, en la absoluta certeza de que, si Levi decía que ganarían la guerra, entonces así sería.
—Creo —respondió simplemente, y sus mirada se cruzó con la de Levi a la distancia, como si estuviera tratando de reafirmar sus palabras.
La anciana se disculpó y se levantó para irse, argumentando que estaba cansada y que, a su edad, no debería permanecer despierta hasta tan tarde. Luego de encontrarse con su nieta, ambas mujeres se acercaron a Levi para hablar de algo que Erwin no pudo escuchar y se retiraron, aunque tenía la sensación de que no abandonarían el bosque todavía.
En medio de la ansiedad que le provocaba la idea del enfrentamiento, que comenzaría en cualquier momento, Erwin no podía dejar de pensar en las palabras de la mujer. No entendía por qué aquella historia le provocaba una extraña sensación en la boca del estómago, que a su vez ocasionaba una repentina incomodidad en el resto de su cuerpo. Durante días había tenido miedo de ponerle nombre a lo que estaba sintiendo por Levi, pero ahora, parecía que por fin había descubierto cómo llamarlo. Y le asustaba, pero también agradecía haberlo entendido antes de que fuera demasiado tarde.
Mientras los demás se organizaban y comían, Erwin se preguntaba si tenía derecho a sentirse de ese modo. En realidad, no tenía idea de que había una forma de que Levi volviera a ser humano, pero entre más lo pensaba, más le parecía una idea factible. Si las cosas se calmaran en la montaña, luego de ganar la guerra, ¿Levi aceptaría? En el fondo de su corazón, le gustaba pensar que conocía la respuesta.
—Él te está buscando —dijo una voz a su lado—, tendremos una reunión estratégica.
Erwin miró a Farlan por un momento antes de reaccionar y respondió que iría enseguida. Cuando volvió su atención hacia el cielo, las nubes habían vuelto a cubrir la luna por completo, dejándolos en la total oscuridad, sin embargo, aún podía ver un leve resplandor y con eso fue capaz de notar que había pasado mucho tiempo perdido en sus pensamientos en vez de ayudar. Se levantó de inmediato y fue directo a donde Levi ya se encontraba rodeado por varios animales.
—Ahora que estamos todos —dijo Levi luego de que Erwin se unió al grupo—, quiero decirles que estoy agradecido por su apoyo, y que confió en que nuestros sacrificios no serán en vano. El plan es, en realidad, bastante simple. Nos quedaremos aquí hasta que ellos ataquen. Dejaremos que piensen que están en control de la situación y, cuando menos lo esperen, atacaremos con todas nuestras fuerzas.
»Mientras llega el momento, tomaremos turnos para descansar. Ya hemos organizado varios turnos para montar guardia y tenemos provisiones suficientes para todos. En cuanto hayamos descansado lo suficiente, me encargaré de que no deje de llover para mantener sus armas inutilizables tanto como sea posible.
Los animales no respondieron en la lengua de los humanos, pero Erwin pudo entender por sus gruñidos y movimientos de cabeza que estaban de acuerdo y entusiasmados.
—Si me lo permiten —dijo Erwin, atrayendo la atención de todos—, creo que podemos descansar por al menos cuatro horas. El enemigo sufrió grandes bajas y la mayoría están heridos, les tomará al menos una hora atender a todos y dos horas más calcular las bajas y reagruparse. Además de eso necesitan descansar y recuperar fuerzas. Incluso si quisieran reducir el tiempo de descanso al máximo, no se atreverían a salir con menos hombres luego del último ataque.
Levi analizó sus palabras por un momento. Algunos gruñidos se dejaron escuchar y Farlan, amablemente, se encargó de traducir para él las dudas que todos parecían tener, pues no lograban confiar en que un humano dijera la verdad. Al parecer, creían que estaba jugando a ser un doble espía y que, en cuanto bajaran la guardia, los traicionaría también. Sin embargo, Levi seguía confiando en él.
—Muy bien —dijo el dios—, descansaremos tres horas a partir de ahora y usaremos la última para prepararnos. Si algo sucede antes de ese tiempo, tendremos la ventaja de haber descansado más que ellos. El cansancio sin duda jugará un papel decisivo en el próximo enfrentamiento.
Con eso, todas las dudas parecieron haberse despejado y cada uno de los animales volvió con su propio grupo para comunicar la estrategia planeada. Levi se retiró junto con Farlan para supervisar el reparto de provisiones, no sin antes entregarle a Erwin un par de liebres para que él y los otros humanos se alimentaran. Cuando Erwin regresó con sus compañeros, la señora Tao y su nieta, le entregó las liebres a Mike para que le ayudara a quitarles la piel.
—Entonces, ¿atacarémos primero? —preguntó Moblit, apilando algunos trozos de leña en el suelo.
—No —respondió Erwin—, por lo que sabemos, el ejército norteamericano atacará en cuanto hayan terminado de reagruparse, sin tomarse demasiado tiempo para descansar, así que haremos lo contrario y estaremos listos para recibir su ataque.
Moblit asintió en silencio dándole la razón, con la mirada perdida en la leña que Erwin estaba tratando de encender. En realidad, aunque habían estado de acuerdo en desertar y ponerse del lado de los chinos, todavía se sentía extraño pensar en su antiguo ejército como el enemigo. Más que luchar junto a animales salvajes o haberlos escuchado hablar como humanos, lo más extraño de toda esa situación era la sensación de que ya no tenían un lugar al que pertenecer. Cuando todo terminara, si acaso salían de allí con vida, ¿podrían volver a casa?
Luego de encender la leña en una pequeña fogata, Erwin tomó algunas ramas y cortó las liebres, que Mike ya había terminado de limpiar, en trozos más fáciles de manejar para colocarlos sobre las ramas. Entre los tres soldados, se encargaron de colocar la carne cerca del fuego para asarla.
—¿Qué sucederá ahora? —preguntó Mike, observando el crepitar del fuego con demasiada atención.
—Somos desertores —respondió Moblit con una sonrisa irónica—, es fácil imaginar lo que pasará.
Erwin no supo qué decir. Aún si ellos habían decidido por su cuenta unirse a él, tenía que aceptar que eran ellos quienes más tenían que perder. Con sus familias esperando en casa, si el ejército en los Estados Unidos se enteraba de su traición, seguramente los usarían para vengarse de ellos. Si bien ninguno de tenía hijos, tenían padres y hermanos que sufrirían las consecuencias.
—Ya pensaremos en algo —dijo Erwin, aunque él mismo era incapaz de creer en sus propias palabras.
Mike y Moblit compartieron una mirada preocupada y no dijeron nada más. Cada uno de los tres se enfocó en sus propias preocupaciones. Mientras Moblit pensaba en su familia que esperaba por él en casa, Mike se preguntaba si Nile estaría bien, después de todo, nadie podía garantizar que fueran a creerle que no estaba de acuerdo con ellos y que no sabía nada de la emboscada.
Erwin, por otro lado, se preguntaba cómo era que todo parecía haberse complicado tanto. Era como si hubieran pasado cientos de años y no sólo algunos días desde la última vez que pudo comer tranquilo. Y no era que no supiera los riesgos que estaban corriendo sus amigos por haberlo seguido, pero, al menos en ese momento, no sabía cómo solucionar el problema en el que los había metido.
Cuando la conversación terminó de aquella forma tan incómoda y la carne estuvo lista para comerse, la repartieron entre ellos y las dos mujeres, que se habían mantenido en silencio, mas Erwin no sentía ni un poco de hambre, además de que, aunque los animales tenían buen tamaño, la cantidad de carne no era suficiente para alimentar a cinco adultos. Luego de meditarlo por un momento, decidió entregar su porción a los demás, ignorando las miradas curiosidad de sus compañeros al darse cuenta de que no había tomado nada para sí mismo. Honestamente, el nudo en la boca de su estómago le había impedido ingerir alimentos desde que salió del bosque para volver a la base norteamericana. Si bien había estado comiendo en esos dos días, era apenas lo indispensable para mantener sus fuerzas.
—Por favor discúlpenme —dijo Erwin mientras se ponía de pie—, estoy demasiado cansado, tomaré el primer turno para dormir un poco antes de volver a la batalla.
Nadie se atrevió a detenerlo o a contradecirlo. Lo único que pudieron hacer, fue mirar su espalda mientras se alejaba en silencio y aceptar la comida.
—¿Sucedió algo? —preguntó Moblit, sin entender el porqué de la extraña actitud de su superior.
Sin embargo, Mike no supo qué responder a esa pregunta. Él mismo podía ver que algo estaba pasando por la mente de Erwin, pero no podría decir con certeza de qué se trataba y dudaba que fuera a causa de la batalla, pues ya debería estar más que acostumbrado. Por primera vez, sintieron que no se equivocaban al pensar que Erwin había cambiado desde que se volvieron a encontrar.
Tras haberse retirado, Erwin volvió al mismo lugar donde había estado antes, a la orilla del lago. Al menos en ese lugar podía olvidarse de todo por un momento. Había tantas cosas en su mente que no comprendía, que esperaba que un poco de soledad le ayudara a silenciar sus pensamientos. Pero sus intenciones se vieron frustradas casi de inmediato, cuando una segunda persona llegó al mismo lugar. A juzgar por la expresión en su rostro, no esperaba encontrarlo allí, pero tampoco le molestaba su presencia.
—¿Escapaste de tus compañeros? ¿Acaso el poco tiempo en que pasaste en el bosque bastó para que ya no te sientas cómodo con otros humanos?
Aunque Levi claramente había dicho aquello para molestarlo, Erwin se sorprendió al descubrir que, en realidad, tenía razón. Aunque no era incomodidad lo que sentía al estar con ellos, tuvo que reconocer que el tiempo que estuvo rodeado de tigres fue mucho más simple. Era como si, por una vez, pudiera olvidarse de todo y enfocarse en los pequeños detalles que por tanto tiempo había dejado en el olvido. Sonrió, porque aunque había sido una broma, Levi parecía conocerlo demasiado bien.
—Necesitaba estar solo, además, debemos aprovechar el tiempo para descansar tanto como sea posible, así que preferí retirarme a dormir un poco para luego montar guardia en el próximo turno.
Levi lo miró en silencio por un instante y luego respondió: —No hace falta que tomes el próximo turno. En realidad, sería mejor si tú y los otros dos humanos no se unen a las guardias. Aunque detectaran algún movimiento, seguramente les tomaría más tiempo que a los demás. Tal como están las cosas, cualquier segundo podría significar la muerte.
Erwin entendió de inmediato a qué se refería y tuvo que darle la razón. Incluso si ellos eran soldados entrenados y sus sentidos eran mucho más agudos que los de los civiles, lo cierto era que no podían competir con los sentidos tan desarrollados de los depredadores. En especial, tomando en cuenta que la batalla se desarrollaba en la completa oscuridad.
—De acuerdo, en ese caso les diré que se retiren a descansar —dijo, pero Levi, una vez más, ya se había adelantado a sus pensamientos.
—Eso tampoco será necesario, Farlan debe estar diciéndoles lo mismo en este momento.
—En ese caso, será mejor que intente dormir un poco —respondió con una sonrisa que se negaba a abandonar sus labios, pero su cuerpo no se movió para irse.
—También deberías comer algo —dijo Levi mientras se sentaba a su lado y, para sorpresa de Erwin, le entregaba un poco de carne seca.
—Gracias, Levi —respondió tomando la carne y haciendo espacio para el dios, pues, de repente, Erwin estaba siendo demasiado consciente de su cercanía.
Ambos comieron en silencio por un momento. A su alrededor, el bosque entero parecía haberse quedado dormido. El único sonido que interrumpía la agradable quietud del lugar, era el causado por el movimientos de los dos grupos que montaban guardia a unos metros del campamento. Envuelto por la suave atmósfera, Erwin se encontró pensando que, si no exponía lo que estaba arremolinándose en su interior en ese momento, probablemente nunca podría hacerlo.
—Dime, Levi, ¿alguna vez pensaste en volver a ser humano?
La pregunta había salido como un murmullo dicho a la nada, pero Levi lo había escuchado, y lo miró con una expresión que parecía ser confusión mezclada con resignación. Solo los había dejado por unos minutos y esa mujer se las había arreglado para contarle demasiadas cosas innecesarias.
—Hace mucho tiempo que ya no pienso en eso —dijo Levi, pero aunque había sonado seguro al decir aquello, Erwin pudo notar cierta nostalgia en su voz. Ya que parecía dispuesto a responder sus preguntas, no pensaba desperdiciar la inusual oportunidad.
—¿Lo harías? —insistió, una chispa de esperanza encendiéndose en su corazón. —Cuando todo esto termine, quiero decir.
Pensó que Levi lo pensaría, que dudaría o que ponderaría sus posibilidades pero, una vez más, se equivocó. Con Levi siendo tan indiferente la mayor parte del tiempo, era casi imposible saber qué estaba pensando, pero no tuvo que esperar demasiado. Su respuesta llegó de inmediato.
—No.
La respuesta de Levi, tajante y directa como una flecha atravesando su corazón, bastó para menguar cualquier emoción que Erwin hubiera estado sintiendo en ese momento. Si por un instante había pensado que lo que fuera que estuviera sintiendo podría florecer, ahora podía darse por vencido. Antes de que pudiera decir algo más, Levi se explicó.
—Mis hijos me necesitan. Las personas que viven alrededor de la montaña también. No puedo simplemente dejar todo atrás por un absurdo deseo egoísta.
De cierto modo, Erwin podía entender a qué se refería, pero no estaba dispuesto a ceder tan fácilmente. No cuando había visto por sí mismo lo mucho que Levi había sacrificado por los demás. No después de imaginar todas las cosas que tuvo que soportar por su cuenta siendo tan sólo un niño.
—Tal vez deberías ser un poco más egoísta —dijo, mirándolo directamente a los ojos como si así pudiera transmitirle lo que estaba sintiendo—. Pensar en lo que tú quieres y no sólo en lo que tienes que hacer. Tienes derecho a buscar tu propia felicidad.
Erwin se acercó un poco más a Levi y, aunque todavía había una mínima distancia respetuosa entre ellos, podía sentir el calor de su piel a través de las capas de ropa que los cubrían. Ansiaba tanto que Levi pudiera entender lo que pasaba por su mente cada vez que lo miraba…
—Hace mucho que dejé de pensar en mí mismo, Erwin —respondió con paciencia—. Mi felicidad está en proteger a quienes me necesitan. En saber que puedo devolver tan sólo un poco de lo que he recibido.
Erwin se mantuvo en silencio por un momento. De verdad quería entender la forma en que Levi veía la vida, aunque estaba seguro de que la inmortalidad podía cambiar el enfoque de cómo uno veía las cosas. Tal vez nunca lograría entenderlo, pero sí podía ver que había sido imprudente.
—Entiendo. Lamento haber preguntado algo así —se disculpó, genuinamente avergonzado por su comportamiento, por haber pretendido que renunciara a todo por él, un simple humano. Por fortuna, como pronto descubrió, Levi podía ser de verdad comprensivo algunas veces.
—No importa, es normal que no puedas entenderlo —suspiró cansado—. Hace falta vivir durante cientos de años para entender que la felicidad no siempre es como uno la imagina. No existe una única forma de ser feliz, Erwin, tarde o temprano te darás cuenta de que tengo razón.
Erwin se mantuvo en silencio. Ya lo había comprendido. Aún si Levi no volvía a ser mortal, su felicidad estaba a su lado, sin importar si su vida no sería más que un parpadeo comparada con la existencia eterna del dios. Si tan sólo se le permitiera quedarse a su lado un poco más, Erwin estaría más que dispuesto a entregarle su vida entera. Levi tenía razón, había encontrado su propia forma de ser feliz. Quería adorarlo, idolatrado, admirarlo como nunca pudo hacerlo con los otros dioses de los que había escuchado, porque Levi no era como esos dioses,él era, por extraño que pareciera, más humano.
—Levi, yo… no sé si estaré con vida para ver el próximo amanecer. Por eso, quiero que sepas que estoy agradecido por haberte conocido. He aprendido tanto sobre mí mismo estando a tu lado, que no puedo imaginar volver a mi vida como era antes. He estado sintiendo cosas que pensé que nunca sentiría, Levi, y, aunque me asusta entenderlo, no cambiaría por nada del mundo lo que vivido estos últimos meses —hizo una pausa, tomando un profundo respiro para armarse de valor y, finalmente, dejó salir lo que había estado ocultando incluso de sí mismo—. Creo… que estoy enamorado de ti.
Los fríos ojos del dios lo miraban con tal intensidad, que Erwin se sintió expuesto, como si pudiera ver esos sentimientos que acababan de explotar en su pecho. Aunque solo fueron unos segundos, tuvo la sensación de que el silencio se había prolongado por demasiado tiempo y que, en silencio, Levi estaba pensando cómo rechazarlo sin ser grosero. Sin embargo, una vez más, se había precipitado al juzgarlo.
—Tengo que admitir que tampoco cambiaría nada de esto —dijo Levi, haciendo un ademán para señalarlos a ambos y luego a su entorno—, incluso si sé que todo podría complicarse.
Erwin no pudo contener la suave sonrisa que se formó en sus labios. La mirada de Levi poseía un brillo casi hipnótico que lo atraía y le impedía pensar con claridad. Antes de darse cuenta, había tomado una de las manos de Levi entre las suyas y la había guiado hasta sus labios para besarla con devoción, sellando con ese beso la promesa que estaba a punto de hacer.
—Voy a luchar a tu lado —dijo—. Lucharé por ti y quiero que sepas que, si muero, será un honor haber dado mi vida por ti.
Pudo sentir a Levi estremecerse por el íntimo contacto y por sus arriesgadas declaraciones, mas se negó a soltar su mano, como si con ese simple roce se hubiera vuelto adicto a la sensación de su piel.
—¿Qué tonterías estás diciendo? —se quejó Levi, desviando la mirada pero sin intentar liberarse de su agarre—. Espero que no te atrevas a morir por mí o me encargaré de que reencarnes en algún insecto por las próximas cuatro vidas.
Erwin rió suavemente y, por fin, liberó su mano. No era el momento para tener esa clase de conversación, pero Erwin estaba convencido de que no existía tal cosa como el momento perfecto, en especial cuando podría estar viviendo sus últimas horas. Después de aquello, un agradable silencio se instaló a su alrededor. De algún modo, era como si, ahora que había dejado salir lo que sentía, se sintiera más liviano, más alerta. Estaba listo para ir y traerle la victoria a su único Dios.
—Voy a dormir un poco, deberías hacer lo mismo —dijo Levi al cabo de un rato.
—Descansa primero, vigilaré mientras tanto.
Levi no dijo nada ni trató de oponerse y, por el contrario, se limitó a acomodarse mejor para poder descansar. Erwin lo observó en silencio. Aunque había dicho que iba a montar guardia mientras Levi dormía, la realidad era que esperaba poder verlo dormir por un rato. Esa era la imagen que deseaba poder conservar para evocarla en sus últimos momentos. No el imponente tigre blanco, tampoco el elegante dios de las montañas. La imagen que Erwin guardó en su corazón, fue el rostro relajado de Levi mientras descansaba, cómodo y a salvo a su lado.
Tres horas después, justo como Erwin había dicho, uno de los grupos que se encontraban patrullando el bosque regresó al claro para reportar que el enemigo se había puesto en marcha. Siendo aún de madrugada, la oscuridad jugaría un papel crucial en el enfrentamiento, lo que representaba excelentes noticias para los felinos, pues sus agudos sentidos les darían la ventaja.
Un fuerte aguacero estalló de forma repentina. Mientras Erwin y sus hombres tomaban sus armas para volver al ataque, el comandante se estremeció al ver los ojos de Levi brillando con fiereza cuando se transformaba de nuevo en tigre.
—Prepárense para luchar hasta el final —anunció Farlan—. Esta noche, la luna nos guiará a la victoria.
Con un potente rugido, Levi lideró el ataque.
