Advertencia: descripción gráfica de violencia.

La inmortalidad se alcanza a lomos de un tigre

A varios kilómetros del claro, algunos cientos de soldados se encontraban alistándose para volver a la acción. La lluvia había comenzado hacía casi una hora y no parecía que fuera a detenerse, por lo que habían tenido que improvisar un par de cubiertas para proteger sus armas y los barriles de pólvora o volverían a estar en desventaja. También se reabastecieron de flechas y afilaron sus espadas. La próxima vez, estarían preparados.

En un rincón de la cueva a la que se habían retirado, el general Zachly despertaba luego de varias horas inconsciente. El hombre se encontraba recostado contra las frías rocas que formaban la pared de la cueva, bebiendo algunos tónicos para suprimir el dolor que, hasta el momento, parecían estar funcionando a la perfección. La herida en su pantorrilla había sido lavada y vendada, sin embargo, el dolor en donde se suponía que estuviera su brazo izquierdo, del que ahora quedaba tan sólo un muñón de carne cauterizada, le impedía dejar de repetir la escena en su mente.

Aunque no confiaba en Erwin y compañía desde que regresaron, nunca pensó que serían tan atrevidos como para traicionarlos abiertamente. Había pensado que tarde o temprano atacarían, por eso dio la orden de adelantar el ataque mientras aún estuvieran agotados y había sido muy claro cuando dijo que no debían confiar en ellos. Sus intenciones habían sido llevarlos a lo más profundo del bosque antes de atacarlos, esta vez, se aseguraría de que estuvieran muertos, mas sus planes se habían visto frustrados cuando esos malditos animales atacaron.

Durante mucho tiempo había tenido la sensación de que los tigres de aquella montaña no eran normales. Eran organizados, atacaban en grupos, incluso parecían ejecutar ataques sorpresa algunas veces. Aunque quería creer que era su imaginación, siempre había pensado que debían ser cuidadosos porque, por supuesto, era natural que los animales atacaran a quienes entraban a su territorio. Incluso si la forma en que se defendían no era tan natural.

Pero no dejaban de ser animales, así que, aunque Erwin y los demás los habían ayudado durante el último enfrentamiento, no dudaba que para ese momento ya los hubieran convertido en la cena. A menos que hubieran conseguido algún lugar donde esconderse, en cuyo caso esperaba que hubieran escapado, pues si volvía a verlos no se detendría hasta arrancar sus cabezas de sus cuellos, no sin antes arrancarles ambos brazos para que sintieran el mismo dolor que él había sentido.

A ellos y a todos los que se opusieran a su meta de conquistar esas montañas, los destruiría con sus propias manos. Aún si parecía ser una meta menor en su plan de colonizar el Imperio Chino, sabía que los recursos que se ocultaban en esos bosques serían un elemento clave en su búsqueda de poder. Por eso, no toleraría ningún error.

En medio de su incontenible deseo de venganza, Darius Zachly se levantó, ignorando el dolor que se extendió por todo su cuerpo desde su pierna herida. Con el porte elegante y firme de un general experimentado, avanzó hasta donde sus hombres se alistaban para la batalla, aunque cojeaba un poco cada vez que apoyaba su pierna y la falta de un brazo lo hacía perder el equilibrio a cada paso. Un poco de dolor no lo detendría de establecerse en aquella montaña, aunque para eso tuviera que eliminar a todos los animales que vivían allí.

—Prepárense, volveremos al ataque —dijo, y luego su mirada recorrió los rostros de sus soldados hasta detenerse en Nile, entonces agregó: —Primero acabaremos con esas bestias, y después, eliminaremos a todos los infames traidores.


El silencio del bosque esa noche era pesado, tétrico, como un augurio de lo que estaba por venir. El aroma de la tierra húmeda se mezclaba con el de la sangre que había comenzado a secarse. Entre las espesas ramas de los arbustos más altos, cientos de felinos se encontraban al acecho. Una vez más, habían optado por un ataque sorpresa, aunque esta vez eran conscientes de que los humanos estarían listos para defenderse y que, inevitablemente, las bajas serían mayores.

Esta era la última batalla.

La lluvia caía constantemente sobre ellos, manteniendo sus pieles mojadas y el suelo reblandecido, pero confiaban en que, llegado el momento decisivo del enfrentamiento, los humanos serían los que estuvieran en desventaja.

Erwin, Mike y Moblit se encontraban al centro de la que parecía ser una intrincada formación, la cual Erwin recién comenzaba a comprender. Tenía que admitir que, aunque parecían haberse ocultado en cualquier lugar que fuera adecuado para cubrir sus cuerpos, en realidad se trataba de una estructura bastante compleja y funcional. Si pudiera mirarse desde arriba, Erwin estaba seguro de que aquello luciría como una espiral donde, a medida que se acercaban al centro, había cada vez más enemigos y menos espacio para maniobrar.

El plan, en esencia, era simple. Con la distribución que habían establecido, eran capaces de cubrir una amplia extensión de terreno, de modo que, sin importar por donde fueran atacados, estarían listos para devolver el ataque al mismo tiempo que los enviaban cada vez más hacia adentro de la espiral. Para cuando llegaran al centro, sus fuerzas estarían menguadas y sus tropas reducidas.

No atacarían a morir, tenían la orden de mantenerse con vida sin importar si eso implicaba dejar avanzar a sus enemigos, pues, al final, estarían demasiado agotados para seguir peleando. Las batallas anteriores habían sido cuestión de fuerza y estrategia. Esa noche, todo dependería de su resistencia física y mental.

Levi y Farlan también se encontraban al centro, atentos a cualquier señal que indicara que el enemigo se estaba aproximando. A diferencia del resto, ellos no se estaban escondiendo y, más bien, Levi se encontraba de pie en un área abierta, donde sería fácilmente visible desde varios metros alrededor; Farlan, por otro lado, aunque no estaba escondido, su posición era mucho menos llamativa. Aquello, aunque a Erwin le parecía arriesgado, también era una muestra de la confianza que Levi tenía en sus propias habilidades.

Él mismo se encontraba en lo alto, oculto entre las ramas de un árbol de modo que pudiera ver los alrededores con más facilidad y alertarles con anticipación sobre cualquier peligro que se acercara. Su vista estaba enfocada en el terreno que se abría ante ellos, sus sentidos estaban alertas, su corazón, relajado, pero su mente se encontraba ligeramente dispersa, dividiendo su atención entre la situación actual y los recuerdos de esa noche.

Su última conversación con Levi todavía estaba fresca en su memoria y, aunque no quisiera pensar en esas cosas en un momento tan delicado, tampoco podía evitar sentir un remolino de emociones agitándose en su interior. Hablar con Levi le había ayudado a eliminar algunos pensamientos que lo hacían sentir ansioso y confundido, mas también había servido para despertar sentimientos que hasta entonces había mantenido reprimidos. Y, aunque intentara ignorarla, había una voz en su cabeza que le repetía una y otra vez la misma pregunta: ¿qué sucederá ahora?

Algunos gruñidos se dejaron escuchar de pronto, no lo suficientemente altos para que se escucharan fuera de su zona establecida pero sí lo bastante amenazadores para erizar la piel de cualquiera que los escuchara. "Ha comenzado", pensó Erwin. En ese mismo instante, el eco de un disparo llegó a sus oídos desde el oeste. Finalmente habían decidido atacar.

Mike y Moblit, que se encontraban cada uno en lo alto de un árbol diferente, se miraron a los ojos y asintieron, sosteniendo sus armas en posición para dispararlas. Confiaban en Erwin, también estaban decididos a confiar en Levi, pero no podían evitar pensar que las cosas serían más difíciles de lo que esperaban. Cuando la primera columna de humo fue visible desde su posición, supieron que ya no había tiempo para dudar.

Los hombres avanzaban por el bosque en estado de alerta. Todavía no se encontraban con ningún animal, sin embargo, decidieron que lanzar un par de disparos al aire sería una buena forma de advertir a esas bestias que esta vez no iban a contenerse. En el momento en que los tuvieran en frente, les volarían la cabeza de inmediato. El humo, por otro lado, era producto del fuego que habían provocado al encender algunas ramas secas y que, debido a la lluvia, acababa de extinguirse.

Aunque eran todas señales de amenaza, el general estaba convencido de que no sería suficiente para que sus enemigos desistieran de enfrentarlos. El dolor que sentía a cada paso era poco comparado con el fuerte deseo de venganza que lo motivaba a seguir adelante. Además, esta vez todas sus tropas se habían reunido para la lucha. Esas bestias no tendrían ni una oportunidad de vencerlos.

Sin embargo, aunque estaban motivados, la lluvia estaba resultando ser una verdadera molestia. Sus ropas se habían vuelto pesadas a causa del agua que habían absorbido, era cada vez más difícil mantener sus armas secas y el suelo era mucho más resbaloso que antes. Aunque la lluvia era leve, había estado cayendo sin parar por demasiado tiempo.

Un par de metros más adelante, vino el primer ataque. Un feroz rugido rompió el silencio del bosque en el momento en que un par de leopardos saltaron sobre dos soldados que poco pudieron hacer para esquivarlos. Derribados en el suelo, cada uno con un animal de al menos cuarenta kilos encima, lucharon con todas sus fuerzas por liberarse, mas el espeso pelaje y la fuerza de sus patas provocaron que sus acciones fueran en vano. En cuestión de segundos, antes de que los soldados que presenciaban la escena pudieran reaccionar, los animales dieron una mortal mordida a los delgados cuellos de los hombres, arrancando piel y músculo en el proceso, y permitieron que la sangre cubriera sus blancos cuerpos mientras se relamían el hocico como muestra de superioridad.

El contraataque no se hizo esperar, pero aunque habían lanzado más de una docena de flechas, sólo una atinó a su objetivo, clavándose en el hombro de uno de los leopardos. Los animales huyeron de inmediato, pero estaban seguros de que, al menos uno de ellos, no llegaría muy lejos. Una vez que el enfrentamiento hubo comenzado, ninguno de los dos bandos se detuvo. Otro par de felinos derribó a los soldados que se encontraban al final del contingente y volvieron a esconderse entre los arbustos antes de que pudieran atacarlos.

Otro grupo, sin embargo, no corrió con la misma suerte. Se trataba de cinco pumas que, aunque habían sido sigilosos y rápidos al derribar a sus enemigos, habían sido alcanzados por una lluvia de flechas. Las flechas cubrieron un área tan amplia que poco pudieron hacer por esquivarlas en su huida. Antes de que pudieran volver a la seguridad del espeso follaje, sus cuerpos fueron atravesados en decenas de lugares a la vez, acabando con sus vidas en una dolorosa agonía.

Por todo el rededor se suscitaban ya incontables enfrentamientos. Hombres contra animales luchaban a muerte en pequeños grupos. Filosas espadas chocaban contra garras igualmente filosas, flechas atravesando carne y carne siendo desgarrada, eran tan sólo algunos de los sonidos que habían reemplazado la usual quietud del lugar. El nauseabundo aroma de la sangre combinado con el de la tierra mojada se impregnó en el lugar, provocando arcadas en los más sensibles.

Cualquiera pensaría que, al haber servido al ejército durante tantos años, estarían acostumbrados a la violencia que se vivía durante una guerra, mas nada pudo haberlos preparado para lo que estaban viviendo en ese momento. En ninguna otra batalla en la que hubieran tomado parte habían enfrentado enemigos que podían, literalmente, arrancar trozos enteros de piel y músculo de sus extremidades. Algunos cuerpos incluso yacían con la mitad de sus torsos a medio comer, con los órganos regados por el suelo en una extraña masa, mezcla de sangre, vísceras y barro.

Aunque por la cantidad de muertos que cubrían el suelo de la montaña uno podía suponer que se habían enfrentado durante horas, la realidad era que aquella masacre había comenzado hacía pocos minutos. Los minutos más largos que hubieran vivido jamás.

Tigres, panteras, leopardos y algunos jaguares arremetían sin piedad contra los invasores. Nadie tenía miedo de morir, pero se retiraban antes de recibir cualquier ataque siempre que fuera posible. Sin que parecieran haberse dado cuenta todavía, los humanos fueron guiados poco a poco hacia el centro de la formación, avanzando entre ataques de forma tan natural que el sutil cambio en el entorno estaba pasando desapercibido incluso para los más experimentados.

Sólo un poco más. Sólo necesitaban contenerlos un poco más, debilitarlos lo suficiente para cuando llegara el momento decisivo. Y si alguno tenía que entregar su vida en el proceso, que así fuera, sus vidas servirían para empujar a los demás a la victoria. Para los hombres no era diferente, pero aunque estaban preparados para morir por su país, ninguno de ellos deseaba experimentar el dolor de ser devorados vivos, por lo que se defendían con cuanto estuviera a su alcance. A diferencia de los animales, lo que los motivaba no era el deseo de proteger sus tierras sino la sed de venganza por todos los compañeros que habían perecido en esa maldita montaña.

Por otro lado, aunque al principio no se habían dado cuenta, hubo un detalle que algunos felinos no pudieron seguir ignorando. Aunque no todos habían estado en la batalla anterior, todos habían sido informados acerca de la cantidad de soldados y el tipo de armas que enfrentarían, pero en ese momento, mientras se aproximaban cada vez más a la zona indicada, de pronto fue como si ellos fueran los que habían caído en una trampa. Ahí, en aquel caos, había al menos el doble de soldados de los que habían esperado.

En ese momento, finalmente comprendieron la razón por la que estaban teniendo tantos problemas para contenerlos, pues aunque su estrategia había sido diseñada con cuidado, nunca hubieran podido prever que tantos enemigos aparecerían de pronto para complicarse las cosas. Antes de que siguieran avanzando, un par de animales tuvieron la iniciativa de retirarse. Necesitaban informar a Levi sobre el repentino cambio en la situación antes de que llegaran a ellos. De ser necesario, los que estaban más al centro de la formación aún podrían escapar para reorganizarse, por eso debían darse prisa en llegar a ellos.


Hasta la zona donde Levi y su grupo se mantenían a la espera, llegó una pantera. El oscuro pelaje ocultaba la sangre que brotaba de las numerosas heridas en su cuerpo, pero esta goteaba al suelo debido a la lluvia, provocando que su estado aparentara ser peor de lo que era en realidad.

Farlan y Levi intercambiaron una mirada, y fue Farlan quien se acercó al otro animal en busca de una explicación para la inesperada visita. En un rápido intercambio de sonidos y ademanes, Farlan obtuvo una respuesta que incrementó la sensación de ansiedad que había estado experimentando desde hacía ya casi un día completo.

—Parece ser que los enemigos se han multiplicado —le dijo Farlan a Levi con preocupación, pero este se mantuvo tranquilo a pesar de las malas noticias.

—¿Cuántos? —preguntó Levi, consciente de que ahora se encontraban en desventaja.

—¿Qué sucede? —preguntó Erwin, quien había abandonado su posición al no ser capaz de escuchar lo que estaban hablando.

No quería parecer atrevido al acercarse sin ser invitado pero, dada la situación que estaban enfrentando, era mejor estar enterado de lo que sucedía para poder resolver los imprevistos lo antes posible. Tanto Levi como Farlan lo miraron por un instante antes de volver a lo suyo.

Ignorando la pregunta del rubio, Farlan respondió: —Casi el doble.

—El doble de enemigos, eso es inesperado —dijo Levi, contestando a su vez la pregunta de Erwin.

—¿Será posible que el Palacio Imperial haya caído? —susurró Farlan, con una creciente sensación de incomodidad acumulándose en su cuerpo. Si de verdad habían tomado control del palacio, sería más difícil contener el avance de los invasores. Si la montaña también caía, no habría forma de vencerlos.

Levi se mantuvo en silencio por un momento, durante el cual sus ojos viajaron hacia Erwin, mirándolo fijamente como si estuviera tratando de leer su mente para descubrir si les había mentido a propósito. Su conclusión fue obvia, a él también lo habían engañado. La fría mirada del dios hizo a Erwin estremecer. Pronto pudo entender qué era lo que estaba pensando, pero no tuvo oportunidad de explicarle nada, pues él mismo no estaba seguro de cómo era posible que hubiera aparecido tanta gente de la nada. La única respuesta que le vino a la mente lo dejó helado.

—No creo que el palacio haya caído —dijo Levi con seguridad—, en todo caso, lo recuperaremos tan pronto como hayamos eliminado la escoria de esta montaña.

Erwin se mantuvo en silencio por un instante, mientras su mente le daba vueltas a una idea que no lograba descartar del todo. Aunque pareciera que no tenía sentido, en realidad era la respuesta más lógica detrás de la aparición de tantas personas en la montaña. Finalmente, no pudo soportarlo más, necesitaba decirles lo que pasaba por su mente con la esperanza de que le dijeran que estaba equivocado, que lo que imaginaba no era posible.

—Tal vez no sean soldados norteamericanos —dijo Erwin, aventurandose a especular sobre el origen de semejante número de nuevos enemigos.

—Eso es lo más probable —dijo Levi con simpleza, dándole la razón.

No necesitaba pensarlo demasiado para darse cuenta de que Erwin estaba en lo correcto. Incluso si hubieran estado ocultando a la mitad de sus fuerzas cuando Erwin y sus hombres volvieron al campamento, era imposible que nunca notaran que había más personas que antes del ataque. Por otro lado, si hubieran derrotado a la guardia imperial, no estarían en condiciones de llegar hasta la montaña en tan poco tiempo y mucho menos de unirse a una segunda batalla. Sólo quedaba una explicación, y Levi odiaba admitir que ese debía ser el caso.

Farlan también comprendió a qué se refería. Si no eran soldados norteamericanos, sólo podían ser soldados chinos. Traidores.

—Entonces, ¿seguiremos adelante? —preguntó Farlan hacia su padre, seguro de que, fuera cual fuere su decisión, sería lo mejor.

—Lo haremos. Seguiremos hasta el final.

La convicción de Levi fue contagiosa. Tanto Erwin como Farlan fueron capaces de experimentar una inexplicable sensación de paz, una que les hacía creer que, al final, todo estaría bien. Levi miró a Erwin a los ojos por un largo segundo y, entonces, hizo un gesto con su enorme cabeza para indicarle que volviera a su posición. Erwin obedeció de inmediato.

Al mismo tiempo, Farlan asintió hacia la pantera y esta lo entendió como una señal de que podía retirarse. Luego de una ligera reverencia hacia Levi, el animal regresó por donde había llegado, de vuelta a la batalla que había dejado atrás para informar a todos que el avance debía continuar.

—Vuelvan a sus posiciones —indicó Levi, compartiendo una última mirada con Erwin antes de que él mismo regresara a donde había estado un momento antes.

Tanto Farlan como Erwin hicieron caso de inmediato, mas, al estar de nuevo en lo alto del árbol, Erwin no pudo evitar buscar a Levi con la mirada. El enorme tigre blanco se mantenía de pie, imponente, justo al centro de una pequeña zona libre de árboles. Su postura se mantenía llena de dignidad pese a que el enemigo aún estaba algunos kilómetros lejos de él. En silencio, se encontró a sí mismo admirando al dios por ser capaz de mantenerse sereno en plena batalla. Erwin estaba seguro de que, si estuviera en su forma humana, estaría de pie completamente erguido, con la barbilla elevada de esa forma que lo hacía lucir inalcanzable. Ni siquiera él, teniendo una larga carrera militar, se atrevería a insinuar siquiera que se encontraba en calma. En ese momento, la admiración que sentía hacia él creció aún más.

—¿Sucedió algo? —preguntó Mike desde un árbol cercano, pues no había sido capaz de escuchar nada debido a la distancia que los separaba.

Erwin se obligó a apartar la mirada del tigre para observar ahora a su compañero, negando con la cabeza.

—Llegaron los refuerzos —dijo, y luego aclaró—, pero no para nosotros.

Mike entendió con esa simple frase que las cosas se habían complicado mucho más de lo que hubieran podido imaginar, sin embargo, tanto Erwin como Bai Hû y los otros animales parecían estar tranquilos, por lo que supuso que ya deberían tener un plan y se abstuvo de seguir preguntando. Al otro lado, en otro árbol cercano, Moblit había escuchado en silencio la conversación, y no podía evitar sentirse ansioso. De algún modo, saber que las cosas se habían salido de control hasta ese punto le provocaba un agobiante sentimiento de desamparo.

Tras largos minutos de insoportable silencio, la batalla no parecía estar siquiera un poco más cerca de ellos. En ese momento, la paciencia se había convertido en una virtud necesaria mientras que su fortaleza mental era puesta a prueba. Los invasores estarían cada vez más cansados físicamente mientras ellos aguardaban el momento de dar el golpe final, sin embargo, no todo era tan fácil, pues aunque parecía que estaban ahorrando energías para cuando la batalla llegara a ellos, la realidad era que mantenerse en un constante estado de alerta ya comenzaba a afectar a algunos, como podía notarse en sus posturas cada vez menos firmes y sus miradas desenfocadas. Al final del día, el ganador sería aquel que demostrara una mayor fuerza y un gran autocontrol.

El tiempo pasaba lentamente, tanto que parecía haberse detenido, hasta que un estruendo se escuchó bastante más cerca que los sonidos de la batalla que habían estado escuchando hasta entonces. El sonido de una respiración agitada acompañado de las vibraciones en la tierra, producidos por pasos apresurados, alertaron a los animales y les devolvieron el espíritu. Los humanos tardaron más en darse cuenta, pero en cuanto los arbustos comenzaron a moverse, supieron que el momento había llegado. La guerra estaba a punto de terminar.

El primero en aparecer de entre las ramas fue un soldado joven. Antes de que pudiera darse cuenta de que los estaban esperando, un feroz zarpazo azotó su espalda, desgarrando piel y músculos en el proceso. El hombre cayó al suelo al instante; antes de que pudiera gritar por el dolor, la mitad de su cuello fue arrancado de un mordisco, causándole la muerte de forma inmediata.

A ese hombre lo siguieron otros cuatro, que corrieron con el mismo destino. Al parecer, eran los primeros intrusos que habían logrado llegar tan lejos, pero no eran más que simples carnadas para practicar, la verdadera presa, el combate de verdad, aún estaba algunos metros por detrás. Algunos tigres y la misma pantera de antes aparecieron también de entre el follaje, mas de inmediato daban la vuelta para continuar empujando a los invasores hacia su muerte.

Mike y Moblit observaban las violentas muertes de los que fueran sus compañeros con expresiones contrariadas. En el suelo, poco más de un metro adelante de donde ellos se encontraban, yacía el cuerpo sin vida de un joven de no más de dieciséis años, ensangrentado, con el cuello desgarrado y las extremidades torcidas. Reiner Brown, ese era su nombre. Ambos recordaban haber hablado sobre él en varias ocasiones, imaginando que ese chico lograría llegar muy lejos, pudiendo incluso convertirse en comandante algún día. Un día que no llegaría nunca.

Del mismo modo, Moblit pudo identificar a otro de los muertos, un hombre de aproximadamente su misma edad, Keith Shadis, quien había sido su compañero de habitación cuando acababan de unirse al ejército hacía ya demasiado tiempo. El hueco en su costado, del que brotaban los restos de sus entrañas, se empeñaba en recordarle el momento en que un leopardo había arrancado a mordidas varios trozos de su abdomen mientras aún estaba con vida.

Moblit no pudo seguir pensando. Ambos eran buenas personas, al igual que otros tantos a los que habían conocido durante años y que ahora fingía no reconocer entre los muertos cada vez más numerosos, pero habían tenido la desgracia de jurar lealtad a un ejército sediento de poder. Si hubieran tenido la posibilidad de elegir de qué lado luchar, ¿cuántos de ellos aún estarían con vida? ¿Habrían continuado al servicio de su ejército de haber sabido cuáles eran sus verdaderas intenciones? En realidad ya no importaba, ambos estaban muertos y, pronto, los demás también lo estarían.

Entonces, luego de varias muertes silenciosas, el temido momento llegó, acompañado de feroces rugidos y fuertes gritos. Levi susurró un "prepárense" que, sorpresivamente, llegó a oídos de todos los presentes sin importar qué tan lejos se encontraran. Un segundo después, varias docenas de hombres y animales fueron apareciendo ante ellos, provenientes de todas direcciones. Antes de que pudieran notar que habían sido guiados a una trampa, varios cientos de animales se unieron a la diversión.

Mordidas y zarpazos contra disparos y estocadas. Lo que hasta entonces había sido una paz abrumadora, pronto se convirtió en un violento caos. Aunque los animales habían estado en relativa desventaja desde que los refuerzos aparecieron, ahora por fin estaban emparejando la situación a su favor. Incluso si debían enfrentar cada uno a al menos cinco hombres, confiaban en que su estrategia pronto rendiría frutos.

Levi fue el primero en unirse a la batalla. En cuanto un desafortunado soldado estuvo a su alcance, sus filosas garras rasgaron su pecho, hiriéndolo de muerte; el hombre cayó al suelo en medio de un charco de su propia sangre, donde convulsionó hasta morir. Como ese, muchos otros soldados corrieron con la misma suerte cuando el resto de felinos entró al combate.

Erwin y sus hombres no se quedaron atrás. Aunque sus opciones eran limitadas al no poder disparar desde tan lejos por temor a herir a sus aliados, su puntería con las flechas había resultado letal. Desde lo alto de los árboles, donde la espesa vegetación hacía casi imposible identificar la dirección de donde provenía el ataque, varias flechas derribaron a más de una docena de soldados en un abrir y cerrar de ojos, aprovechando la distracción provocada por el enfrentamiento en tierra.

En cuestión de minutos, el suelo se había cubierto de cuerpos sin vida. Sangre, carne desgarrada y miembros mutilados llenaban casi cada centímetro del lugar, dificultando cada vez más el movimiento de los hombres. Los animales, por otro lado, supieron aprovechar la ventaja que su limitado movimiento suponía y no perdieron tiempo para derribarlos. Una vez en el suelo, bastaba con una mordida para terminar con ellos.

Sin embargo, aunque no fuera tan notable a simple vista, la cantidad de felinos que habían perecido era también abrumadora. El hecho de que no hubiera tantos cuerpos entre los de los soldados se debía, más bien, a que aquellos que eran derribados por disparos eran lanzados varios metros lejos por el impacto, mientras que otros tantos habían terminado por morir desangrados al intentar alejarse del campo de batalla.

Mientras ajustaba el arco entre sus manos para volver a disparar, Mike sintió un intenso dolor que se expandía desde su hombro hacia el resto de su cuerpo. Había estado tan enfocado en su objetivo, que no había notado la flecha que se diría hacia él hasta que ésta atravesó su hombro. Aunque intentó volver a apuntar para devolver el golpe, el dolor era tan intenso que le impedía mover su brazo. —¿Estás herido? —preguntó Erwin al notar que algo andaba mal, pues no podía dejar su posición para averiguarlo por su cuenta.

—Es sólo una flecha, la sacaré y todo estará bien —respondió, pero, en cuanto hizo el primer intento por retirarla, el dolor fue tan intenso que tuvo que morderse el labio inferior hasta hacerlo sangrar para evitar soltar un grito de dolor que pudiera delatarlos.

—Te ayudaré a quitarla —dijo, pero antes de que pudiera moverse, un disparo pasó rozando su costado izquierdo, justo debajo de sus costillas, causando un intenso ardor en su piel. El olor a carne quemada fue suficiente para hacerle saber que el golpe había causado más daño del que imaginaba.

—¡Erwin! —lo llamó Mike con angustia, pero un nuevo disparo le impidió moverse.

—Parece que ya se dieron cuenta de nuestra ubicación —dijo Moblit, quien ya había logrado moverse hasta donde se encontraba Mike.

—Moblit tiene razón —dijo Erwin, sosteniendo su costado y ejerciendo presión sobre la herida—. Será mejor que bajemos antes de que logren derribarnos.

Ambos estuvieron de acuerdo y, tan rápido como les fue posible, se encontraron de regreso en el suelo. La sangre corría desde el hombro de Mike hasta el suelo, mientras que el dolor en el costado de Erwin comenzaba a volverse insoportable. Siendo el único que no estaba herido, Moblit se apresuró a retirar la flecha que aún estaba encajada en el hombro de Mike y arrancó una de las mangas de su chaqueta para usarla para presionar la herida y detener la hemorragia. Trató también de ayudar a Erwin, pero no había mucho que pudieran hacer en su caso mas que retirar los trozos de tela quemada de la herida y cubrirla para evitar que se infectara. Pese a la improvisada atención, tanto Mike como Erwin sabían que era lo mejor que podían hacer en el momento.

—Vamos, no podemos quedarnos aquí sin hacer nada —dijo Erwin, tratando de parecer seguro aunque no sabía si podrían resistir por mucho tiempo antes de que la pérdida de sangre comenzara a afectarlos.

—Muy bien, hora de sacar las armas —dijo Moblit y, un segundo después, sacó un saco que había estado oculto dentro de un agujero en el tronco de un árbol. Del interior del saco, recuperó un rifle para cada uno y se los entregó sin perder tiempo. A pesar de la lluvia, la gruesa tela y la corteza del árbol habían ayudado a mantener las armas protegidas de la humedad, por lo que, al menos por un tiempo, no tendrían problemas en usarlas.

En cuanto tuvieron las armas en sus manos, los tres se apresuraron de vuelta al campo de batalla, donde las cosas no se veían mejor que antes. El caos visto desde lo alto se sentía como si estuvieran presenciando una ilusión. Sin embargo, desde el suelo, todo se sentía mucho más real, incluida la posibilidad de perder la vida. Sin dudar ni un segundo, Erwin disparó contra el hombre que estaba más cerca, haciéndolo caer de inmediato. Mike y Moblit no se quedaron atrás. Aunque tardaron un poco más en elegir un objetivo, cada uno derribó a un soldado mientras, internamente, luchaban contra los sentimientos que amenazaban con asfixiarlos al tener que asesinar a los que fueran viejos amigos.

Desde el comienzo del enfrentamiento hasta ese momento, habían pasado ya cerca de tres horas. En todo ese tiempo, tan lento que casi había pasado desapercibido, la lluvia había ido arreciando. Mientras los humanos se resbalaban a causa del suelo ahora completamente convertido en barro, los tigres iban ganando una ventaja considerable. Por otro lado, aquello había llegado a convertirse en una pelea cuerpo a cuerpo debido a que la pólvora había quedado inutilizable. Si las cosas continuaban de ese modo, la guerra terminaría pronto.

Pero no todo eran buenas noticias. Mientras Erwin era guiado más y más al centro de la acción, pudo distinguir al tigre blanco. Al verlo luchar contra un grupo numeroso de hombres al mismo tiempo, pudo darse cuenta de que sus movimientos se habían vuelto más lentos que al comienzo. Por un momento pensó que quizás se debía a la herida que había sufrido antes, mas pronto se dio cuenta de que ese no era el problema. La batalla ya se había prolongado demasiado, al tener que mantener la lluvia por tanto tiempo, era lógico que estuviera agotado. A juzgar por la tensión en su rostro, Erwin pudo imaginar que no soportaría mucho más.

—Tiene que detenerse —susurró Erwin para sí mismo, pero Farlan, que había estado luchando a su lado por un rato, logró escucharlo.

—Estará bien. Él sabe que no debe forzarse más allá de sus límites o esto no terminará bien.

—Ha estado lloviendo por horas, incluso si se detiene ahora no habrá diferencia en el resultado —insistió Erwin.

—La tierra aquí absorbe el agua muy rápido, si se detiene, el suelo se secará en pocos minutos —explicó, pero ante la mirada llena de preocupación del rubio, no pudo evitar añadir: —Además, no permitiremos que la batalla se prolongue mucho más.

Dicho esto, ambos se lanzaron contra el siguiente objetivo, aunque sus preocupaciones seguían presentes en sus mentes. Lo cierto era que todos estaban cansados. El desgaste físico y mental ya era notable en ambos bandos y, pese a que todos estaban dando todo por triunfar, cada vez era más difícil decir quién saldría victorioso. La batalla era reñida; las bajas, numerosas, pero nadie estaba dispuesto a ceder.

En ese momento, cuando los soldados parecían estar a punto de ser derrotados, algo hizo que decidieran cambiar de estrategia. De un momento a otro, pasaron de concentrarse en los animales que los atacaban para atacar en grupos de al menos diez personas a los que antes fueran sus compañeros y que, inesperadamente, seguían uniendo fuerzas con esos molestos animales.

—Maldito traidor, ¡todos ustedes deben morir! —gritó un hombre y, junto a otros soldados, se abalanzó contra Mike, quien ya se encontraba luchando contra otras dos personas, usando una espada que parecía estar a punto de romperse y logrando apenas mantenerse en pie sin tambalearse.

Antes de que el hombre pudiera apuñalarlo por la espalda, Nile bloqueó su ataque. El rostro del soldado pasó de la incredulidad a la furia en un segundo. Aunque el general Zachly había dado la orden de matar a Nile en la primer oportunidad, él, y muchos otros, habían elegido darle su voto de confianza, seguros de que no sería tan estúpido como para traicionarlos. Ahora se arrepentía de haberle creído, pero enmedaría su error siendo él quien le cortara la cabeza. Así, Mike y Nile terminaron en las misma circunstancias, enfrentando a media docena de soldados cada uno.

Al otro lado del campo de batalla, Moblit se encontraba en peores condiciones. Su cabeza sangraba de dos o tres lugares diferentes, la sangre le impedía ver con claridad y las gruesas raíces de los árboles no estaban ayudando en absoluto. En cuanto se movió hacia atrás para esquivar un golpe que iba directo a su abdomen, su pie izquierdo se atoró en las raíces y cayó de espaldas al suelo. Antes de que pudiera moverse o siquiera intentar levantarse, una espada atravesó su estómago. El frío del metal en sus entrañas contrastaba con la sangre caliente que ya brotaba a chorros de la herida.

Cuando la situación parecía estar inclinándose en favor de los humanos, la última etapa del plan comenzó. De pronto, de lo más profundo del bosque, un nuevo grupo de tigres, liderado por Isabel, se unió a la batalla. Los tigres recién llegados, llenos de energía, se lanzaron de inmediato sobre los soldados, que ya no pudieron continuar defendiéndose y tuvieron que enfocarse en esquivar los ataques. Por fin, después de todas esas largas horas, Levi y su grupo podían saborear la victoria.

—Justo a tiempo —dijo Farlan una vez que estuvo al lado de su hermana, sinceramente feliz por su llegada. Si acaso muriera en batalla, hubiera odiado no ser capaz de verla una vez más.

Isabel, por el contrario, estaba decidida a salir de ahí con vida junto a su familia. Había cinco pequeños cachorros esperando su regreso y no iba a permitir que volvieran a quedarse solos. La tigresa empujó suavemente a su hermano a modo de saludo y, de inmediato, se concentró en atacar a los invasores, impregnando en cada uno de sus ataques la furia que por tantos años había acumulado hacia ellos. Juntos, se convirtieron en una pareja invencible. Mientras Isabel atacaba con todas sus fuerzas, Farlan, que ya estaba cansado, se encargaba de cubrirla. Así, pronto lograron librarse de más de dos terceras partes de los hombres que se encontraban en esa zona.

Lejos de la zona central del combate, un hombre se había mantenido al margen la mayor parte del tiempo. En medio de todo el alboroto, había logrado pasar desapercibido para casi todos, pero no para Levi, quien no había dejado de prestarle atención, consciente de que debería estar planeando algo, de otro modo no imaginaba cómo podía estar tan tranquilo mientras veía a sus subordinados siendo masacrados de esa forma. En un segundo, se apartó de donde había estado luchando hasta entonces y se aproximó al hombre, quien no hizo más que mirarlo con seriedad.

—Ríndanse —exigió el dios—, deténganse antes de que esta montaña se convierta en su tumba.

—Rendirnos no está en consideración —respondió el general Zachly de inmediato, como si no estuviera en absoluto sorprendido por escuchar a un tigre hablando su lengua. Él también conocía los rumores sobre el dios que protegía esa montaña y, luego de tantos años presenciando el extraño comportamiento de los animales del lugar, no pudo hacer nada más que aceptar que, dios o no, alguien debía estar guiándolos.

Durante todo ese tiempo, el dolor en su pierna y la falta de su brazo izquierdo le habían impedido participar activamente en la batalla, pero eso no significaba que sólo estuviera observando a sus hombres morir. En realidad, se había encargado de soltar órdenes mientras también tramaba una forma de derrotar a esas bestias. Ahora, la oportunidad que había estado esperando para acercarse a su líder por fin había llegado, no solo eso, él mismo se había ofrecido en bandeja de plata para ser asesinado. Si conseguía poner en marcha su plan según lo esperado, pronto podrían reclamar esa maldita montaña.

—Quedan muy pocos de ustedes —insistió Levi, aunque no se permitió bajar la guardia—, la mayoría están heridos y los que aún pueden luchar están agotados. Será mejor que se rindan ahora y les perdonaremos la vida.

El general aparentó considerarlo seriamente por un momento, pasando su mirada por sus tropas que, en efecto, no soportarían mucho más. Un momento después, soltó un pesado suspiro y asintió.

—Muy bien. ¡Nos rendimos! —pronunció en voz alta, asegurándose de que todos pudieran escucharlo con claridad.

Entonces, lo que tanto había estado esperando por fin sucedió. El enorme tigre volteó para asegurarse de que la batalla se detuviera. Fue sólo una fracción de segundo, pero mientras Levi veía a los soldados bajar sus armas de inmediato, el general clavó un puñal en su lomo y lo arrastró, haciendo un corte largo y profundo. Había caído en su trampa de la forma más absurda posible. Había vuelto a confiar en un humano.

De inmediato, varios tigres intentaron llegar a su lado para protegerlo, pero fueron detenidos por una cantidad similar de soldados que les cerraron el paso. Por otro lado, Levi, que apenas podía mantenerse en pie, había sido rodeado por una gran cantidad de hombres que, pese a estar heridos, estaban todos armados con rifles y le apuntaban directamente a la cabeza. Entonces suspiró para sí mismo, pensando en que era mejor así, pues incluso si alguno de sus hijos lograba llegar a su lado, no haría más que buscar su propia muerte.

—Si te rindes ahora, tu muerte y la de esas bestias sería rápida —dijo Zachly, con una sonrisa arrogante en los labios.

—Rendirnos no está en consideración —respondió Levi, imitando su tono de hacía un momento. Si iba a morir, bien, pero no permitiría que mataran a uno más de sus hijos. Si iba a morir, esos malditos invasores morirían junto con él.

—Tu lo pediste —dijo el general y, con un gesto de su mano, indicó a sus soldados que se prepararan para disparar.

El hombre y el tigre se miraron a los ojos por un instante demasiado largo, ambos llenos de resentimiento hacia el contrario. A su alrededor, el tiempo parecía haberse detenido. Nadie se atrevía a mover un solo músculo mientras presenciaban la escena. Ni siquiera los tigres podían acercarse, pues sabían que en el momento en que se movieran aunque fuera un centímetro, los hombres dispararían contra su padre. Era una situación tan tensa que era difícil incluso respirar.

Zachly apuntó su arma hacia la cabeza del animal, pero luego cambió de opinión y la bajó a la altura de su pecho, pensando en que no sería tan mala idea colgar su cabeza en su pared como un trofeo de esa guerra. Levi, mientras tanto, se preparaba para invocar una tormenta que acabara con él mismo y con todos los hombres que estuvieran cerca. Un segundo después, un único disparo hizo eco en el corazón de la montaña.

Lo que pasó después fue todo demasiado rápido. En cuanto el arma fue disparada, no fue Levi quien cayó al suelo, sino Erwin, que ahora yacía boca abajo con el costado de su abdomen perforado en un agujero del tamaño de un puño. La confusión era obvia en los rostros de los soldados, que no entendían de dónde había salido o cómo había logrado interponerse sin ser notado, pero no tenían tiempo qué perder buscando explicaciones. Aún podían aprovechar la confusión del momento para asesinar a ese maldito animal y reclamar la victoria. Más de una veintena de hombres apuntaron sus armas hacia Levi, esperando la señal del general para disparar.

Sin embargo, en menos de un segundo, el tigre blanco soltó un rugido atronador y se abalanzó directamente contra el general Zachly, arrancándole la cabeza de un mordisco. Aquellos que presenciaron la sangrienta escena estaban impactados. Mientras el cuerpo sin vida del que fuera su superior caía de rodillas al suelo, el enorme animal aún sostenía la cabeza entre sus fauces. El blanco pelaje se había cubierto casi por completo de sangre, pero si eso no fuera suficiente, su mandíbula se cerró y, con un terrible crujido, aplastó la cabeza que había estado sosteniendo para luego escupir los restos.

Uno a uno, los hombres salieron del trance y volvieron al ataque, pero todo fue en vano. El dios, enloquecido, se entregó a sus instintos más salvajes, destrozando uno por uno a los valientes que se atrevían a acercarse, para luego ir detrás de los que habían optado por huir, dejando a su paso tan sólo una mezcla sanguinolenta de carne y vísceras.

La lluvia entonces se detuvo abruptamente, pero antes de que pudieran celebrarlo, una tormenta eléctrica seca comenzó del mismo modo, tan feroz como el dios que la había convocado. Mortales rayos caían desde las nubes hasta el suelo, llegando a golpear directa o indirectamente a los hombres que huían despavoridos. El sonido de los truenos era apenas un poco más alto que los aterradores rugidos del tigre blanco, y ni siquiera los animales, que luchaban a su lado, se atrevían a permanecer cerca en ese momento.

Farlan e Isabel compartieron una mirada llena de miedo. Su padre estaba perdiendo la razón. Si continuaba de ese modo, no sólo acabaría con hombres y animales por igual sino que, además, destruiría todo el imperio. Dentro de poco, se olvidaría de sí mismo y no podría pensar en nada más que en seguir con la devastación.

Había comenzado. Era la furia de dios.