Advertencia: descripción gráfica de violencia.
La furia de dios
En cuanto Levi perdió el control, todo se vino abajo. La tormenta era tan poderosa, que estaba devastando todo cuando alcanzaba con sus rayos. Isabel y Farlan, que eran los únicos que ya habían presenciado antes algo similar, se encargaron de guiar a todos, humanos y animales, hacia un lugar seguro.
Los rugidos del tigre blanco eran incluso más potentes que los truenos. Tras cada rugido, un rayo cada vez más letal impactaba la tierra. A su alrededor, árboles enteros, tan viejos como la montaña misma, habían sido reducidos a cenizas en segundos. Si no fuera porque la lluvia de antes había dejado todo cubierto de humedad, estaban seguros de que ya hubiera iniciado una gran cantidad de fuegos que no podrían extinguirse.
Mientras los relámpagos caían por todas partes ralentizando su escape, los dos grupos que antes luchaban a muerte ahora se encontraban en las mismas condiciones, tratando de mantenerse con vida sin importar si estaban corriendo junto al enemigo. Pero la violenta tormenta no hacía más que empeorar, y aunque corrían con todas sus fuerzas en su intento por ponerse a salvo, la realidad era que no estaban ni siquiera un poco más cerca de encontrar un lugar seguro.
Algunos soldados, los que estaban ya demasiado cansados como para seguir corriendo, decidieron arriesgarse a guarecerse bajo los árboles más cercanos, pero pronto se dieron cuenta de que había sido una mala idea, pues eran precisamente los árboles los que estaban atrayendo la mayoría de los rayos desde la copa. En cuestión de segundos, varios de esos hombres ya habían muerto calcinados.
—¡Dense prisa! —gritó uno de los soldados, pasando por encima de la espalda de otro hombre, que había caído al suelo tras resbalar con el barro, como si no fuera un compañero sino un simple obstáculo.
—¿Todavía no te das cuenta? —preguntó otro hombre, que ya había dejado de correr y se mantenía de pie en medio de los arbustos, esperando su fin con resignación. —No hay a donde ir. Estamos heridos y cansados, incluso si corremos ahora, ¿qué tan lejos podremos llegar antes de que los rayos nos…
Como si estuviera dándole la razón, un relámpago cayó sobre él en ese instante, causándole la muerte de forma inmediata. El horror era visible en los rostros de los humanos que, aturdidos, corrían y se empujaban unos a otros en su intento por ponerse a salvo. Los que estaban más heridos no lograban alejarse lo suficiente y, aunque algunos animales habían tomado la decisión de ayudarles, los humanos no confiaban en ellos, por lo que se encargaban de alejarlos a base de empujones pese a que eso sólo los retrasaba aún más.
En medio de toda esa conmoción, un par de animales y un pequeño grupo de humanos habían renunciado a la posibilidad de huir. Los primeros, porque no iban a dejar a su padre sólo cuando era obvio que había perdido el control. Los últimos, porque dos de sus compañeros estaban demasiado heridos como para siquiera intentar moverlos, sin mencionar que los otros dos no estaban en condiciones de cargar cada uno con el peso de otra persona. No tenían más opción que quedarse allí, donde, por extraño que pareciera, los relámpagos no habían llegado ni una sola vez.
En el suelo, Moblit se mantenía apenas consciente. Mike hacía presión en la herida de su estómago mientras intentaba no pensar en cuánto tiempo podría soportar antes de que la pérdida de sangre terminara con su vida. Nile, con un brazo roto y demasiado cansado para mantenerse en pie, se encontraba de rodillas en el suelo. La resignación era notoria en su rostro, como si hubiera aceptado que lo único que le esperaba era la muerte.
De los cuatro, el que se encontraba en peor estado era Erwin, quien se encontraba inconsciente y respiraba con dificultad. Aunque el agujero en su costado había dejado de sangrar por el momento, sabían que cualquier movimiento podría volver a abrir la herida y, si eso sucedía, no habría forma de salvar su vida. Aunque quedarse en ese lugar, por desgracia, tampoco serviría para nada más que retrasar lo inevitable. En esa guerra que acababan de ganar, no podían sino sentir el sabor amargo de la derrota y la absoluta desolación.
Por otro lado, Levi no parecía estar en mejores condiciones. Las heridas en su cuerpo sangraban sin cesar, sus ojos estaban rojos por la ira y su mente estaba nublada. Era como si tampoco fuera consciente de lo que estaba sucediendo y, aún así, dirigiera cada uno de los relámpagos con extrema precisión hacia sus enemigos. El aire a su alrededor se había vuelto denso, pesado, haciendo que fuera cada vez más difícil respirar. En la locura, sus rugidos se habían vuelto mucho más aterradores de lo que alguna vez fueron.
Isabel y Farlan, que habían estado dirigiendo desde allí a los otros animales para que llegaran a un lugar seguro, estaban llenos de frustración. No sólo temían por sus vidas y las de todos los demás, también temían por su padre. Aunque sólo en una ocasión habían presenciado algo similar, aquello no era nada comparado con la destrucción que estaba sucediendo en ese momento. Si no lo detenían pronto, toda la montaña sería destruida y Levi sería castigado por los dioses por haber dañado aquello que debía proteger.
—Tenemos que detenerlo —dijo Isabel a su hermano, pero su voz estaba llena de desesperanza.
—Es muy tarde para eso —respondió Farlan, mas no hizo nada por alejarse de allí—, no hay nada que podamos hacer, ni siquiera podemos acercarnos.
Como si deseara comprobar que estaba equivocado, Isabel intentó avanzar hacia donde el tigre blanco temblaba de furia. Apenas fue capaz de avanzar un par de pasos cuando una fuerte ventisca le impidió seguir adelante e incluso la hizo retroceder de vuelta a donde estaba. Isabel gruñó, frustrada. No le asustaba morir, pero no quería hacerlo y volver a dejar solos a esos cachorros que habían adoptado. Costara lo que costara, detendrían a su padre antes de que fuera tarde.
Tras convocar un trueno particularmente poderoso, Levi se tambaleó. La lluvia había dejado de caer hacía mucho, por lo que la sangre en su pelaje no había llegado a limpiarse por completo y, ahora, todo el blanco se había convertido en rojo oscuro, haciéndolo lucir más como un verdadero demonio que como un dios guardián. El enorme animal parecía de pronto incapaz de balancear su propio peso. Mientras avanzaba con torpeza, se tambaleaba y tropezaba de tal forma que parecía que en cualquier momento iba a caer al suelo. De algún modo, todos los que lo miraban tenían la extraña certeza de que, en cuanto cayera, no se volvería a levantar.
Tanto Isabel como Farlan y otros animales que se habían quedado, intentaron llegar a él para detenerlo, pero era imposible, el viento que lo rodeaba no hacía más que aumentar su intensidad con cada segundo que pasaba. Si continuaba de esa forma, temían que pudiera convertirse en un remolino del que nadie podría escapar. Por desgracia, lo único que estaban consiguiendo era agotar las pocas energías que les quedaban.
—Tenemos que salir de aquí —dijo Nile de pronto, pero Mike no encontró en sí mismo la fuerza para responder.
Estaba herido, cansado y, aunque odiara admitirlo, había perdido ya toda esperanza de salir de allí con vida. Abandonar a sus compañeros a su suerte sería algo que ninguno de los dos podría perdonarse, pero, siendo honestos, ¿qué posibilidades tenían Erwin y Moblit de sobrevivir a esas heridas? ¿No sería un suicidio tratar de llevarlos a rastras? Por otro lado, incluso si los dejaban atrás para intentar huir, ¿qué tan lejos podrían llegar antes de que los rayos los alcanzaran? Siempre supieron que esa tormenta eléctrica no era normal, pero fue cuando vieron lo mortalmente certeros que eran los relámpagos, que se dieron cuenta de que ese lugar se convertiría en su tumba.
—No hay a dónde ir —susurró Mike en respuesta luego de un largo silencio. Su voz carente de cualquier emoción. Nile no pudo decir nada más.
Aquellas palabras se repitieron como un mantra entre todos los hombres que estaban tratando de escapar. En todas partes, los menos afortunados eran impactados por la imparable fuerza de la naturaleza. Los más rápidos ya se encontraban bastante lejos del tigre demonio, pero ni siquiera la distancia pudo hacerlos sentir seguros, pues los rayos caían tanto delante como detrás de ellos por igual. Las cuevas tampoco eran una opción, pues debido a la intensa lluvia de antes se encontraban inundadas.
La situación era cada vez peor, mas la ansiedad por escapar no era suficiente para olvidar el resentimiento anterior y, aunque algunos estaban enfocados por completo en ponerse a salvo, otros habían decidido que, si de todos modos iban a morir, no lo harían solos. Así, uno tras otro, varios soldados dejaron de escapar y comenzaron a atacar a los animales que pasaban cerca de ellos, logrando en numerosas ocasiones herirlos de gravedad o incluso asesinarlos antes de que los rayos los alcanzaran.
Aunque antes pareciera que la batalla había llegado a su fin, los soldados estaban ganando ventaja una vez más. Ahora los animales no sólo tenían que esquivar los rayos que azotaban el suelo sin piedad, sino que también debían cuidarse de los traicioneros humanos que los atacaban de forma vil. En un instante, los animales restantes decidieron también que no les permitirían salirse con la suya. Si de cualquier modo iban a morir, sería peleando.
Un nuevo enfrentamiento cobró fuerza entre ambos bandos una vez más. Sólo que, esta vez, todos estaban preparados para morir y no se contenían al momento de atacar. Los animales mordían a los hombres hasta arrancar trozos enteros de carne y músculo, los humanos aplastaban enormes rocas contra las cabezas de los felinos hasta destrozarlas. La masacre provocada por los rayos no era nada comparada con la carnicería que habían comenzado.
En algún momento, Erwin recuperó la consciencia. Al ver lo que estaba sucediendo a su alrededor, los cuerpos calcinados y los destrozados, llegó a pensar que se encontraba en el infierno. En realidad, temía haber sido condenado a pasar la eternidad en medio de toda esa muerte y destrucción, pero pronto su mente se aclaró por completo, permitiéndole darse cuenta de que no sólo no estaba muerto, sino que la batalla no había terminado. Entonces, antes de que pudiera siquiera preocuparse por su estado, su mente se enfocó en una sola persona: Levi. Como si su cuerpo lo buscara por instinto, sus ojos se enfocaron en el animal cubierto de sangre que rugía con furia.
Sin preocuparse por sus propias heridas ni percatarse de la presencia de las otras personas a su alrededor, Erwin intentó moverse. Su cuerpo se sentía pesado, dolía en todas partes al mismo tiempo y no lograba coordinar el movimiento de sus extremidades, pero no estaba dispuesto a rendirse. Necesitaba llegar a su lado y asegurarse de que estaba bien, aún si para eso tuviera que arrastrarse por toda la montaña.
Poco a poco, pese a la sensación de su piel desgarrándose al frotar sus heridas contra el suelo cubierto de afiladas rocas, Erwin logró avanzar algunos centímetros hacia el dios. A su alrededor podía escuchar los interminables sonidos de la batalla, siendo apenas opacados por el de los truenos, pero aunque volteó hacia ambos lados, al estar en el suelo, le fue imposible distinguir exactamente cuál era la situación de ambos ejércitos.
—¿¡Qué estás haciendo!? —preguntó Mike al notar que se estaba moviendo, acercándose de inmediato para tratar de detenerlo. Sorprendido por sus palabras, Nile también se percató de lo mucho que ya había avanzado hacia adelante.
—Levi… —susurró Erwin, demasiado cansado como para decir algo más.
—No puedes ir allí, es peligroso —dijo Nile en un esfuerzo por convencerlo de parar, pues no deseaban tener que obligarlo a detenerse y arriesgarse a empeorar sus heridas.
—Nile tiene razón, sólo conseguirás que te maten.
Pese al intento de ambos por frenar sus avances, Erwin no se detuvo. Estaba seguro de que algo malo estaba sucediendo sin necesidad de que se lo dijeran, pero ambos parecían empeñados en ocultar la información. A medida que avanzaba, utilizando ambos brazos para impulsarse, Erwin sentía que respirar se volvía más difícil y que su cuerpo era empujado por una fuerza invisible. Aunque quiso luchar contra aquello que le impedía alcanzar a Levi, lo único que consiguió fue agotar la poca energía que tenía, provocando que tuviera que detenerse por un momento para recuperar el aliento. De algún modo, era como si el mismo Levi estuviera alejándolo. De sólo pensarlo, sintió un desagradable dolor en su pecho.
—¿No te das cuenta? —Dijo Mike, atrayendo su atención. —Es inútil, nadie puede acercarse a él.
Apoyándose en sus antebrazos, Erwin elevó su cabeza tanto como le fue posible para poder mirar con más claridad a su alrededor. En ese momento, pudo ver a Farlan corriendo hacia Levi tan sólo para ser lanzado por los aires a medio camino. Era como si algo lo hubiera empujado, cosa que pudo comprobar cuando, un segundo después, Isabel sufrió el mismo destino que su hermano. Tenían razón, acercarse a Levi era imposible, pero tal como el par de hermanos no se habían dado por vencidos, él tampoco estaba dispuesto a hacerlo. Sin decir nada, volvió a empujarse hacia adelante.
En otro punto del bosque, varios metros lejos de allí, la batalla había alcanzado su punto más alto. Sin embargo, la tormenta no se había quedado atrás. Era como si, al continuar peleando en medio de aquel fenómeno natural, no hicieran más que aumentar la furia del dios, que parecía castigarlos por medio de rayos más continuos y poderosos, provocando incluso que la tierra comenzara a agrietarse bajo sus pies. Cuando el feroz tigre soltó un gruñido particularmente intenso, un sismo sacudió la tierra con violencia.
Debido al movimiento, muchos cayeron al suelo y no pudieron esquivar la siguiente ola de rayos, que los calcinaron al instante. Al darse cuenta de su error y de lo peligrosa que se había tornado la situación, los soldados optaron por rendirse para escapar, como debieron haber hecho desde el comienzo. El problema era que, entre más tiempo pasaba, más difícil era para ellos avanzar sorteando las recién formadas grietas en el suelo. Cuando al fin lograron ponerse de pie, un nuevo temblor los envió de vuelta al suelo, de donde sólo unos pocos volvían a levantarse.
Algunos tigres continuaron atacando, pero los humanos estaban ya demasiado asustados como para defenderse. Esta vez, cuando se rindieron, la desesperación en sus rostros era notable. No querían morir, pero rendirse ya no significaba nada. Mientras el mundo a su alrededor parecía estar llegando a su fin, no había nada que pudieran hacer además de correr. Estaban tan cerca del río que casi podían escucharlo pero, esta vez, nada les aseguraba que estarían a salvo después de cruzarlo.
Por desgracia, tampoco tenían más opciones, de modo que los primeros que alcanzaron la orilla del río no dudaron en lanzarse a sus tranquilas aguas con la esperanza de dejar ese infierno atrás al salir del otro lado. Pero la calma no era más que una trampa. En el momento en que un primer grupo de hombres se introdujo en el río, la fuerte corriente los arrastró lejos mientras las plantas que crecían en el fondo los jalaban hacia abajo con demasiada fuerza.
—¡Piedad! ¡Por favor tengan piedad! —suplicó un hombre, arrodillado a la orilla del río sin atreverse a intentar cruzarlo. Entonces, una risa burlona se escuchó justo a su lado.
—¿Tuvieron ustedes piedad cuando nos atacaron mientras tratábamos de ayudarlos? —dijo un leopardo, que lo miraba desde un costado. Debido al impacto que le provocó escuchar a un animal hablar en perfecto mandarín, el hombre se desmayó.
El leopardo soltó un bufido y, como si sus palabras de antes no hubieran estado llenas de odio, lo ayudó a cruzar el río. El agua del río siempre había sido tranquila, suave, era un lugar sagrado que honraba el pacto que humanos y animales habían sellado tantos años atrás. Esa noche, por el contrario, parecía un monstruo, uno que se alimentaba con las almas de los pobres desgraciados que perecían en su interior. No había duda de que, si algo reflejaba las emociones del Dios del Oeste, que siempre mantenía ocultas en su interior, era ese río.
Poco a poco, la orilla se fue llenando de soldados que, lejos de volver a atacar a los animales, se arrodillaban ante ellos para suplicar clemencia. Como si sus disculpas sirvieran de algo luego de tantos años de destruir todo lo que amaban. Sin embargo, ellos no eran como esos humanos despiadados, así que no tardaron en acercarse a ellos para ayudarlos a salir del bosque mientras aún fuera posible.
Humanos y animales cruzaban juntos el río. Al tener más experiencia, los tigres lideraban al resto para encontrar una forma segura de atravesarlo sin ser arrastrados por la corriente. Pero la fuerza del agua era mucho mayor a lo que hubieran experimentado alguna vez, y aunque sus movimientos eran precisos, fue imposible para algunos evitar que la corriente los arrastrara.
Aun así, una vez que la mayoría de los hombres y animales estuvieron del otro lado, para sorpresa de todos, los tigres volvieron a saltar al agua, esta vez para nadar de regreso al bosque. Porque incluso si la montaña iba a ser destruida, o si ellos iban a ser calcinados hasta la muerte, no dejarían sólo a su padre en medio de aquel desastre. Si de todos modos iban a morir, que sus muertes sirvieran para devolverle la cordura.
Algunos quejidos lastimeros trataron de hacerlos cambiar de opinión, pues los otros felinos sabían que sólo estaban buscando su aniquilación, pero los tigres no retrocedieron. Ni siquiera cuando, apenas tocar la orilla, los rayos cayeron a pocos metros de ellos, como si también les advirtieran que no deberían volver allí. Como si Levi, en medio de su locura, aún intentara protegerlos. Pero, ¿cómo podrían abandonar al único hombre que les había brindado todo su afecto y protección?
En el bosque, Erwin se preguntaba por qué Levi no se detenía ahora que habían ganado la guerra, pero por más que intentaba llamarlo, este parecía no escuchar nada. Isabel y Farlan, que se habían detenido por un momento para recuperar fuerzas, notaron que Erwin intentaba ponerse en pie y se apresuraron a ayudarlo. Aun si sus esfuerzos no rendían frutos, ninguno de ellos estaba dispuesto a darse por vencido.
Mientras los tigres corrían de regreso hacia su padre, este parecía estar experimentando serias dificultades para controlar su poder. Aunque antes se había dejado llevar por la furia para convocar la tormenta, ahora parecía que estaba luchando internamente por recuperar el control para no dañar a los tigres que se aproximaban. Sin embargo, el viento que se acumulaba a su alrededor, lejos de ceder, comenzaba a circular como si estuviera por convertirse en un tornado.
—Esto no se detendrá —dijo una voz detrás de ellos, y Erwin no pudo evitar buscar con la mirada el origen de aquella voz. Sus ojos se abrieron con sorpresa al ver a la anciana señora Tao, de pie entre los arbustos.
—Entonces, ¿ya no podemos hacer nada? —preguntó Farlan, su voz llena de impotencia.
—Imposible, este no puede ser el final —dijo Isabel, mirando a la mujer como si quisiera rogar por una respuesta, cualquier cosa que les ayudara a recuperar a su padre.
Erwin, que no podía creer que la vieja mujer hubiera sobrevivido a todo eso por su cuenta, estaba confundido, imaginando si quizás ella tampoco era humana. Como si pudiera leer sus pensamientos, la mujer lo miró a los ojos y sonrió, caminando hacia ellos con la agilidad de una joven.
—Recuerdo, hace unos pocos cientos de años, una tormenta similar —dijo, ya sin molestarse en ocultar su edad ante las miradas sorprendidas de los humanos que aún estaban allí.
Mientras el ambiente se volvía más sombrío y el viento comenzaba a agitar las hojas de los árboles con violencia, la mujer caminaba con una tranquilidad que hacía parecer que era un simple paseo por el bosque en un día común. Erwin, sin darse cuenta, se apoyó un poco más en Farlan en su intento por girar hacia la anciana. Por otro lado, tanto Mike como Nile la miraban con creciente temor. En todo el tiempo que llevaban conociendo a la mujer, jamás imaginaron que existiera la posibilidad de que no fuera humana.
—Hace mucho tiempo, cuando esta montaña era joven y los humanos aún temían aventurarse a cruzar el río, porque creían que había demonios en el bosque esperando para alimentarse con sus cuerpos, un hombre de una pequeña aldea fue lo suficientemente intrépido como para ser el primero en intentarlo.
»Sucedió que, en su desesperación por conseguir alimento para su familia, no le importó arriesgar su vida entrando a un lugar lleno de demonios. Como el hombre no era bueno para pescar, decidió probar suerte cazando algún ciervo en el bosque. Luego de reunir algunas piedras afiladas y de ocultarse en el bosque durante casi un día completo, finalmente obtuvo la presa que buscaba.
»Sin embargo, aunque había tomado la vida del ciervo por necesidad, se había olvidado de algo muy importante: no había pedido permiso a los dioses de la montaña para cazar en estas tierras. Los dioses, por supuesto, estaban muy molestos con ese humano y, en consecuencia, enviaron al más joven de ellos a encargarse. En aquel momento, una feroz tormenta comenzó de la nada, pero lejos de mantener su furia en los límites del bosque, la tormenta devastó la aldea del hombre por completo.
»El hombre supo entonces que había cometido un error y fue de inmediato al templo de la montaña para orar por el perdón de los dioses, pero era demasiado tarde y, cuando volvió a casa, no quedaba nada más que escombros. Las personas de la aldea habían sobrevivido a la tormenta, pero lo habían perdido todo.
»Puede que, con el pasar de las historias de generación en generación, haya quedado en el olvido, pero Bai Hû no es sólo el guardián de esta montaña. Es el Dios de las Tempestades, lo que significa que es un dios de vida y prosperidad, pero también es un dios de muerte y destrucción. Ese fue el propósito para el que ascendió.
Cuando la mujer terminó su relato, todos se habían quedado sin palabras. No querían darle la razón a aquel hombre ni tampoco juzgarlo, pero si Levi había sido tan poderoso como para destruir una aldea entera estando consciente, no querían imaginar lo que podría hacer ahora que actuaba por instinto. En silencio, Erwin se preguntaba cómo era que las cosas habían salido tan mal cuando parecía que habían ganado. ¿Había sido el vulgar ataque de Zachlay suficiente para provocar su furia? En ese momento, deseó no haber perdido la consciencia luego de recibir el disparo.
—Escuché sobre esa tormenta cuando era pequeña, pero fue hasta que los invasores comenzaron a atacarnos que pude presenciar una tormenta similar —dijo Isabel, recordando lo asustada que había estado en aquel momento al imaginar que también sería alcanzada por los rayos.
—Pero esta es la primera vez que lo veo perder el control de esta forma —dijo Farlan, mirando a su padre con preocupación.
—Bai Hû ha sabido controlarse durante siglos, pero ahora que ha perdido la razón, no hay forma de que vuelva a contener todo el poder que ha liberado.
Erwin volteó hacia Levi, angustiado y lleno de impotencia. Tenía la sensación de que no sólo la tormenta continuaría empeorando, sino que Levi también iría perdiéndose en esa furia. Algo en su interior le decía que, si no lo detenían pronto, nunca volvería a ser el mismo. La sola idea de perderlo para siempre lo atemorizaba. Por eso, tomó una decisión que sabía podría costarle la vida.
Haciendo uso de las pocas fuerzas que le quedaban, Erwin aprovechó una pequeña abertura en la corriente de viento que rodeaba a Levi para correr hacia él. Farlan y Mike trataron de detenerlo, pero el viento les impidió avanzar un solo paso. Era como si Erwin fuera el único que pudiera acercarse. Ambos intentaron convencerlo de que volviera, pero el sonido de la corriente de aire cubría sus palabras, haciendo imposible para él escucharlos.
Aunque era consciente de que podría ser empujado lejos por el viento, pronto se dio cuenta de que, aunque sus pasos eran lentos y dolorosos, estaba cada vez más cerca de llegar hasta Levi. Sólo un poco más, unos metros más, y estaría a su lado. No estaba seguro de cómo iba a detenerlo, pero sentía que debía por lo menos estar con a su lado hasta el final.
—¡Levi! ¡Tienes que detener esta locura! —gritó cuando sintió que la presión del viento no le permitía seguir adelante, pero el dios no lo escuchó.
Antes, el dolor en su cuerpo era tan intenso que incluso respirar le resultaba sumamente complicado. Ahora, había dejado de sentir dolor. Y no era que se hubiera recuperado de pronto, sino que en ese momento no le importaba nada más que llegar junto a Levi. Sus heridas se habían vuelto a abrir y podía sentir su ropa empapada en su propia sangre, pero Erwin no se detuvo. Sus pasos, aunque lentos, eran firmes, llevándolo cada vez más cerca de su objetivo.
—Levi, para —pidió Erwin cuando por fin estuvo a su lado, pero no hubo respuesta—. Detente, tienes que detener la tormenta antes de que destruya el hogar de estos animales.
Aunque su voz era nada más que una súplica apenas audible, Erwin confiaba en que Levi lo escucharía. Había tantas cosas que quería decirle, que de verdad necesitaba que volviera a ser el mismo de antes. En su corazón, por otro lado, sabía que todo no eran más que simples excusas. Necesitaba que Levi volviera a ser el mismo porque necesitaba confesarle directamente lo que estaba sintiendo por él, sin mentiras ni rodeos.
—Por favor, Levi —suplicó, intentando apoyar su mano en el lomo del tigre aunque el viento se lo impedía—. Este no es el dios por el que estaba dispuesto a morir.
A pesar de sus palabras y sus dolorosas declaraciones, Levi no reaccionaba. El enorme felino ni siquiera lo miraba, sus ojos parecían incapaces de reconocerlo, sus oídos no podían escucharlo. Dando un vistazo a su alrededor, Erwin se estremeció. Donde antes hubiera un frondoso bosque de árboles gigantes, no queda nada más que muerte y destrucción. En definitiva, nada bueno sucedería si no lograban despertar a Levi del trance en el que parecía encontrarse.
Algunos metros más lejos, Isabel y Farlan estaban desesperados. No sabían qué más hacer para detener a su padre, no podían acercarse, ni siquiera podían intentar razonar con él, pero tanto ellos como todos los demás tigres, que habían regresado del río, se mantuvieron tan cerca como era posible. Del dios imperturbable, del padre cariñoso, ya no quedaba nada.
—Vete, todavía puedes ponerlos a salvo —le dijo Farlan a su hermana, empujándola con su enorme cabeza hacia el interior del bosque, en la dirección en la que se encontraba el claro.
—¿Qué estás diciendo? —respondió la tigresa, su voz llena de resignación—. Incluso si me voy ahora, ¿a dónde podría llevarlos? Además, no hay forma de que me vaya y abandone a nuestro padre en tal estado.
Farlan no estaba sorprendido por sus palabras, pero mentiría si dijera que no le molestaban. Su estúpida hermana siempre había sido así, incapaz de abandonar a alguien aunque su vida estuviera en riesgo. Había llegado a pensar que recordarle a los cachorros que esperaban su regreso serviría para convencerla, pero al parecer se había equivocado por completo. Aunque también era cierto que él estaba en la misma situación, deseando poner a salvo a los cachorros pero sin poder abandonar a su padre. Una maldición escapó de sus labios en voz baja. Ni siquiera estaba seguro de que los cachorros siguieran con vida.
—Ganamos esta guerra —dijo Isabel, la voz rota como si estuviera llorando—, ¿por qué no se siente como una victoria?
Farlan se acercó a ella y colocó su cabeza sobre la de su hermana, frotándose entre sí para darse consuelo. Farlan suspiró. —Porque no es una victoria. Perdimos a nuestro padre.
Pero no iban a perder el tiempo auto-compadeciéndose, así que, un momento después, ambos retomaron sus intentos por acercarse al tigre. Justo como había hecho Erwin, dejaron de forzar su camino y, en su lugar, esperaron el momento en que la corriente de aire era más suave para atravesar la barrera. El viento los empujaba con fuerza, pero descubrieron que al moverse junto con la corriente, lograban acercarse poco a poco al centro de lo que pronto sería un tornado.
Mientras tanto, Erwin continuaba tratando de hacer reaccionar a Levi. El tigre rugía y se agitaba cada vez que Erwin trataba de tocarlo, por lo que no había logrado identificar si toda la sangre que cubría su pelaje le pertenecía o era de alguien más. Honestamente, no sabía cuál de las dos opciones le asustaba más. De momento decidió enfocarse en averiguar si había alguna herida de gravedad que pusiera en riesgo la vida del tigre, ignorando por completo que él mismo se encontraba en muy mal estado.
—Levi, tienes que detener esto —pidió mientras forcejeaba con el animal, tratando sin éxito de tocar su lomo, donde la sangre lucía más fresca—. Los invasores se han ido, estás atacando a tus hijos.
Los ojos grises del tigre parecían buscar el origen de esa voz, pero no lograban enfocarse en su rostro. Cuando el dios veía al hombre frente a él, no veía nada más que el recuerdo de cómo había caído al suelo luego de recibir un disparo en su lugar. Erwin había muerto por protegerlo, había sido asesinado justo frente a sus ojos, y aunque podía sentir que no tenía control sobre su poder, no estaba dispuesto a detenerse hasta acabar con todos y cada uno de esos malditos invasores. Si después debía ser castigado por los dioses, lo aceptaría sin luchar, pero ahora no descansaría hasta liberar la montaña de esa plaga.
—¿De verdad no hay forma de detener esto? —preguntó Mike a la anciana.
En aquel momento tan angustiante, se habían convertido en nada más que simples espectadores. No podían hacer nada, tampoco podían escapar, y quedarse ahí, viendo a los tigres esquivar apenas los relámpagos, los hacía sentir más inútiles que nunca. Pero aquella mujer era diferente, estaban seguros de que no era humana, así que, quizás, ella sería capaz de detener esa tormenta. Hasta el momento no había mostrado intención alguna de ayudar, pero eso no significaba que no pudiera.
—La hay, pero él es el único que puede hacerlo —dijo la anciana, destrozando sus recién renovadas ilusiones en un instante mientras señalaba el lugar donde Erwin y Levi aún estaban forcejeando.
—Es inútil —dijo Nile, sonando completamente resignado—, todos vamos a morir en este lugar.
—Señora Tao, si no está aquí para ayudar a detenerlo, ¿por qué se expone a ser alcanzada por los rayos? —preguntó Mike, pensando en si acaso ella también había quedado atrapada en el caos, pero se estremeció al notar la sonrisa que se formó en los labios de la anciana.
—No estoy aquí para detenerlo, no tengo el poder. Estoy aquí para observar.
Tanto Mike como Nile la observaron con cierto temor. ¿Qué podría ser tan interesante en aquel lugar como para exponerse tanto sólo para observar? De pronto, se sentía como si aquella mujer y la que les había ayudado antes fueran dos personas completamente diferentes, pues ya no podían sentir esa amabilidad que siempre había caracterizado a la anciana.
Nile echó un vistazo a su alrededor, pensando en que quizás había algo que no había visto. Algo tan importante como para arriesgar la vida. Pero lo único que vio fue el infierno. Casi todos los árboles que los rodeaban habían sido quemados, el suelo estaba lleno de cenizas mezcladas con sangre, cientos de cadáveres calcinados cubrían la superficie y, encima de todo, había una gran cantidad de tigres arriesgando sus vidas para tratar de detener al dios. ¿Qué había allí para ver?
Como si supiera lo que pasaba por sus mentes, la mujer les dio una sonrisa comprensiva, casi maternal. —No estoy aquí para observar cómo sufren, yo también desearía poder detenerlo, pero no tengo el poder. Estoy aquí para observarlo. Cuando todo esto termine, será mi deber decidir su castigo.
Ambos hombres miraron hacia Levi con temor. Aunque no habían convivido mucho con el dios y, el poco tiempo que lo conocieron, les pareció bastante difícil de tratar, no podían evitar sentirse preocupados. Castigar a un dios no debía ser algo trivial. En silencio, se preguntaban qué clase de cosa podría ser considerada un castigo para un inmortal. Entonces se dieron cuenta. Lo peor que podía pasarle, el castigo más grande que podían imaginar, era que volvieran a convertirlo en humano. Siendo honestos, esperaban que pudiera detenerse antes de que hiciera algo imperdonable.
En ese momento, Farlan e Isabel por fin lograron llegar al lado del dios. Erwin fue el primero en notar la presencia de los dos tigres, pero estaba demasiado cansado como para moverse hacia ellos. Había perdido tanta sangre, que no podía moverse sin sentir que el mundo daba vueltas a su alrededor. Los animales se acercaron a él sin entender cómo era que aún podía mantenerse en pie pese a su deplorable estado.
—¿Todavía no reacciona? —preguntó Isabel mirando al rubio. Erwin negó con la cabeza.
—Esto está mal —dijo Farlan lleno de frustración—, en cualquier momento liberará todo su poder y comenzará un remolino. Temo que incluso pueda llegar a auto destruirse.
Entonces, como si hubiera reaccionado al sonido de sus voces, el tigre blanco movió su cabeza de un lado a otro, tratando de concentrarse. Erwin, al darse cuenta de ello, se acercó y posó su mano izquierda con cuidado en su cabeza, peinando suavemente su pelaje con sus dedos ahora que su toque no había sido rechazado. Isabel y Farlan se acercaron y, recordando cuando eran pequeños, se frotaron contra el enorme cuerpo de su padre. Levi gruñó, pero no hizo nada por apartarse de ellos.
—¿Lo ves, Levi? Todos estamos bien, ya no tienes que seguir atacando —dijo Erwin con suavidad, sosteniendo su cabeza entre sus manos para que le mirara a los ojos—. La guerra terminó.
En ese momento, los ojos grises del tigre por fin se aclararon. Erwin sonrió aliviado al notar que Levi lo estaba mirando de verdad y, casi de inmediato, los truenos se detuvieron. El viento que había estado rodeándolos también se dispersó en un segundo, para alivio de todos. Parecía que lo peor ya había pasado. Cuando sintieron que el tigre se removía con incomodidad, los tres se separaron de él algunos pasos para hacerle espacio y que pudiera moverse.
Levi se tambaleó un poco al tratar de caminar, parecía demasiado agotado incluso para hablar, pero al fin estaba tranquilo. En cuanto pudo mantenerse en pie con firmeza, el enorme cuerpo se iluminó con una brillante luz plateada que los cegó a todos por un segundo mientras Levi volvía a su forma humana. Isabel se apresuró a buscar algo con qué cubrirlo y, un momento después, Levi estuvo de rodillas en el suelo, cubierto por una sencilla túnica blanca.
Su largo cabello enmarañado, aún con restos de sangre, caía sobre sus hombros y ocultaba su rostro, por lo que Erwin tuvo que usar sus manos para hacerlo a un lado con delicadeza, pues necesitaban saber si se encontraba consciente. Aunque sus ojos estaban abiertos, no parecía reaccionar a la presencia de los demás. Más bien, lucía como si estuviera aturdido. Sus labios entreabiertos temblaban ligeramente y su respiración era pesada. Era una apariencia lamentable.
—Padre, ¿puedes escucharnos? —preguntó Isabel, pero Levi no reaccionó.
Farlan se estremeció. Levi no estaba respondiendo, era como si no pudiera verlos ni escucharlos, como si no fuera consciente de que estaban allí. Una idea aterradora pasó por su mente, pero se negó a creerla. Tal vez, debido al gran esfuerzo que Levi había realizado para tomar el control de su poder y volver a contenerlo, su mente se había roto, dejando tan sólo una carcasa vacía.
—Levi, soy yo, Erwin —lo llamó, pero una vez más no hubo respuesta.
La sola idea de haberlo perdido cuando acaba de aceptar sus sentimientos hacia él, que incluso parecían ser correspondidos, le estrujó el corazón. Abatido, Erwin tomó el rostro de Levi suavemente entre sus manos y, sin importarle que todo el mundo estuviera mirando, se inclinó para besar sus labios con la esperanza de que Levi lo basara de vuelta. Nadie dijo nada, no hubo reclamos ni sorpresa, pero a Erwin ese silencio no lo hizo sentir mejor. Levi seguía allí, inmóvil, mientras él sentía su corazón romperse en pedazos al separarse de él.
Los ojos de Levi estaban clavados en el suelo, oscuros y sin vida. Sus brazos colgaban sin fuerza a ambos lados de su cuerpo. Erwin y los dos tigres no sabían qué hacer ahora. Tratar de llevarlo de vuelta al claro sería sencillo, pero había muchos otros que habían resultado heridos y necesitaban atención con urgencia, por lo que no podrían seguirles el ritmo, dejarlos atrás tampoco era una opción. Además, mientras no supieran con certeza cuál era su estado, tratar de moverlo podría resultar contraproducente. Al final, optaron por quedarse allí y comenzar a atender a los heridos.
Con ayuda de Isabel, Erwin consiguió un poco de agua para limpiar sus propias heridas y las del dios. Farlan le había indicado que buscara ayuda para sí mismo primero, pues su heridas eran bastante serias y no resistiría mucho más, pero no podía estar tranquilo mientras no supiera si Levi estaba herido de gravedad. Así, decidió concentrarse en él antes de en sí mismo. Sin embargo, cuando sus dedos rozaron la piel del hombro de Levi, este se puso de pie repentinamente. Sus pasos eran débiles, temblorosos, pero estaba caminando hacia el bosque.
—Los otros dioses lo están llamando —dijo la anciana, que parecía haber aparecido de la nada detrás de Erwin. El rubio la miró sin comprender y ella se apresuró a explicar: —Lo están llamando al templo para castigarlo.
Erwin la miró con incredulidad. Podía entender que Levi había fallado al perder el control de esa forma, pero no comprendía cómo era que ese simple error era más importante que todo lo que había hecho para mantener la montaña a salvo durante tantos cientos de años. En ese mismo instante, él también se levantó. Aunque cada paso era tan doloroso como una puñalada, Erwin comenzó a seguirlo, dejando tras de sí un leve rastro de sangre. Iba a morir, lo sabía, pero no sin antes asegurarse de que Levi estaría bien, después de todo, había jurado morir por él.
—Regrese, comandante —dijo la anciana, mirando al hombre que parecía estar a punto de desfallecer—, si Bai Hû está tratando de alejarse es porque no quiere lastimar a nadie más, no haga que su último sacrificio sea en vano.
—Tus heridas volvieron a abrirse, si sigues caminando no sobrevivirás —dijo Farlan con frustración. Su padre había liberado su furia al creer que el americano había muerto y, del mismo modo, se había calmado al descubrir que seguía con vida. Si esta vez moría de verdad por ser un imbécil, no quería ni imaginar lo que podría pasar.
Pero Erwin no estaba dispuesto a ceder tan fácilmente. Fingiendo no escuchar nada de lo que le decían, siguió caminando sin prestar atención al dolor, que era cada vez más insoportable. Sabía que ambos tenían razón, pero ya había abandonado a Levi una vez y se había jurado a sí mismo que no habría una segunda. Sus pasos eran torpes, pero en su mente había un solo objetivo y en corazón un único deseo. Necesitaba alcanzarlo.
—Vamos por él —dijo Mike, pero antes de que él y Nile pudieran seguirlo, la anciana los detuvo.
—El comandante ya tomó su decisión, sólo podemos esperar.
Dos hombres y dos tigres se quedaron quietos, aunque por dentro estaban ansiosos, preocupados por lo que sucedería. Mientras los hombres temían que su amigo muriera desangrado en el camino, los tigres se preguntaban qué clase de castigo enfrentaría su padre. Aunque todos querían seguirlos y averiguar qué estaba pasando, estaban seguros de que la mujer no lo permitiría.
Erwin caminó durante tanto tiempo que se sintió como una eternidad. Aunque estaba herido y no podía caminar rápido, Levi no parecía estar mucho mejor, por lo que iba tan sólo un par de metros adelante. Los dos caminaron aparentemente sin rumbo por el bosque. Erwin pudo reconocer el camino que llevaba al claro y el sitio donde él y Levi habían estado conversando la última noche que estuvieron juntos, por lo que, al menos, tuvo la certeza de que estaban yendo montaña arriba.
Cuando estuvo tan cansado que pensó que no podría dar ni un paso más, vio a Levi detenerse. El dios permaneció inmóvil por un instante, e incluso dio un paso atrás, como si estuviera tratando de volver sobre sus pasos, pero pronto volvió a caminar hacia adelante. Sus piernas temblaban notablemente y se tambaleaba un poco más con cada paso, pero no tardó en llegar a su destino: el templo en la cima de la montaña.
Erwin, que ahora lo seguía de cerca, no se detuvo ni siquiera cuando lo vio entrar a la pequeña casa de madera que los aldeanos habían construido para adorar a los dioses de la montaña, justo en su punto más alto. Aunque se suponía que era un templo humano, Erwin había escuchado de boca de Isabel que hacía ya varios años que ningún humano ponía un pie en aquel lugar. Dándose prisa tanto como le fue posible, llegó a la entrada del templo justo a tiempo para ver a Levi desplomarse frente al desgastado altar.
La entrada al templo no estaba prohibida, sin embargo, Erwin sabía que no debía ingresar si no tenía la intención de adorar a los dioses del lugar o se arriesgaría a ofenderlos y ser maldecido. Sin embargo, en cuanto vio a Levi en el suelo, inmóvil, todo lo demás dejó de importar.
"El único dios al que quiero adorar está justo ahí dentro", pensó mientras atravesaba el templo hasta llegar a su lado. Cuando estuvo junto a él, sus piernas finalmente dejaron de sostenerlo. Erwin cayó de rodillas junto al dios, observando su rostro que ahora lucía tan tranquilo como si estuviera teniendo un sueño agradable.
Mientras lo observaba, una de sus manos se movió por su cuenta para acomodar el largo cabello oscuro, pensando en que así estaría más cómodo y evitaría que se enredara aún más. Levi siempre había sido tan pulcro, que estaba seguro de que se pondría de muy mal humor cuando despertara y se diera cuenta de su apariencia. Aquel pensamiento provocó que una pequeña sonrisa naciera en los labios del rubio.
Pero pronto ya no pudo sonreír más. En el agobiante silencio del templo, Erwin tuvo la sensación de que Levi no despertaría. Temía que, luego de ese día, nunca fuera capaz de volver a hablar con él. Su pecho dolía de sólo pensarlo. Había demasiadas cosas que necesitaba decirle y, aunque Levi le había dado a entender que sus sentimientos eran mutuos, todavía deseaba ser claro con él respecto a lo que sentía. Aunque, incluso si Levi despertaba y él, de algún modo, seguía con vida, ¿seguiría siendo él mismo? ¿Sería posible que su mente de verdad se hubiera quebrado hasta el punto en que no pudiera reconocerlo?
Frustrado, cansado, derrotado, Erwin se dejó caer a su lado, yaciendo en el suelo de costado de modo que pudiera seguir observándolo. Sus ojos se negaban a abandonar esa expresión tranquila. Usando lo último que le quedaba de fuerza en el cuerpo, llevo una de sus manos hasta el rostro del dios y se atrevió a acariciar su mejilla con ternura, regocijándose en la sensación de su suave piel bajo sus dedos. Erwin era consciente de que se estaba desangrado y no sobreviviría, pero ni siquiera la absoluta certeza de su muerte pudo empañar la sensación de paz que crecía en su interior. Sí, Erwin iba a morir, pero iba a morir al lado del dios al que había elegido seguir. El hombre al que le había entregado su corazón.
Su vista se oscureció poco después. Sus sentidos poco a poco se fueron adormeciendo. Cuando sus ojos se cerraron, no podía sentir nada más que paz.
Cuando Erwin despertó, el sol lo golpeaba directamente en el rostro. El estupor que sentía le hizo pensar que había dormido por mucho tiempo, aunque en realidad no creía que ese fuera el caso. Sus recuerdos de la última noche eran confusos y, aunque tenía la sensación de haber sufrido mucho dolor, se sentía tan bien que estaba seguro de que podría levantarse de un salto.
Aún no lograba recordar por qué había estado durmiendo en el suelo, pero la calidez de los rayos del sol que bañaban su cuerpo, acompañada por el sonido de las aves cantando afuera, lo hizo sentir en calma. Por alguna razón, sintió que se estaba olvidando de algo importante, alguien que debería estar con él, pero no podía recordar de quién se trataba. Una profunda urgencia se apoderó de él, como si algo en su interior le pidiera que se apresurara a encontrara a esa persona, pero cuando miró a su alrededor, supo que estaba completamente solo en ese lugar.
