PROLOGO

¡Debido al acoso contra la señorita María, te declaro exiliada del reino y anulo en este momento nuestro compromiso ¡- Gerald la señalo, el ojo de los nobles se centró únicamente en ella, su vestido azul imperial y su afilada mirada.

Una gran cantidad de jovencitas nobles que la apoyaban se habían dispersado, nada discretas, alejándose lo más posible de ella , dejando solo a unas cuantas , entre ellas , su querida confidente Lady Sienna , quien hizo el ademan de intervenir. Más un guardia impidió que se mueva, ¿en qué momento habían llegado guardias reales?

Por primera vez en mucho tiempo, Katarina Claes no tenía nada que decir, su mente estaba completamente en blanco, procesando lentamente la información. ¿Exiliada? ¿Ella? ¿Acaso se podía exiliar a la prometida del príncipe de esa manera, sin un juicio de por medio o pruebas de un delito grave? ¿Qué estaba pasando y quien había puesto todo de cabeza?

Se suponía que sería la fiesta de graduación, donde aprovecharía todo lo posible la responsabilidad de su querido prometido para aparentar que su relación no estaba cayendo a pedazos. Había sido vestida y arreglada por su confiable sirvienta Anne, con la mentalidad de desfrutar ese día, y fingir frente a todos los nobles hipócritas que hablaban a sus espaldas que todo estaba bien, que no le representaban ninguna amenaza, puesto que ella era la prometida del príncipe Gerald, y ninguna aventura con una simple pueblerina rebajaría su posición.

Porque ella había estado estudiando desde el día en que su precoz firma estuvo en ese contrato matrimonial para ser una prometida digna, quien aspiraba a ser la próxima emperatriz. Una mujer con conexiones, con poder, que a pesar de no tener capacidades mágicas, siempre tendría a la persona adecuada para que hiciese el trabajo sucio.

De lengua afilada y mirada amenazante, aunque con un carácter un tanto temperamental y egoísta. Había logrado que su favor sea codiciado entre las doncellas debido a aquello, su falta de escrúpulos y clara educación noble.

¿Entonces porque su amado Gerald se encontraba acusándola de ser una criminal y sujetando a una mera pueblerina entre sus brazos? ¿Acaso esa plebeya no había entendido su lugar? la joven no había sido aceptada por sus espectaculares notas o ese plano y pasivo carácter que parecía atraer tanto a los caballeros nobles hoy en día, ella no era más que una herramienta.

El atributo mágico con el que tuvo la dicha de nacer le abrió las puertas a un mejor futuro del que tendría en su pequeño pueblucho, y a pesar de que la misma Katarina estuvo en contra de su admisión, la joven carecía de los modales básicos que un estudiante de la academia debería de saber para no pisotear el prestigio de esta, prefirió ignorarla en un principio. Pero que noticias había llegado a sus oídos… ¿esta muchacha se había dirigido a su prometido, el tercer príncipe, tuteándolo y llamándolo por su nombre? ¿Había sido alagada por el al trepar arboles? ¿Planeaba darle de comer postres hechas con sus sucias y nada capacitadas manos, cuando había un chef en la cafetería de la academia para cualquiera? ¿No era eso algo sospechoso? ¿Y si aquellos dulces tuviesen alguna clase de veneno?

Aparentemente, solo Katarina podía proteger a su, últimamente confianzudo, prometido de ingerir algo que fuera una amenaza a su salud.

¿Su amado príncipe había defendido a aquella mujer sobre ella? ¿Es que acaso olvidaba que mostrando favor a otra aparte de su prometida, la estaba humillando y pisando el orgullo que tanto tiempo le llevo levantar?

Exigió repetidas veces a la joven rubia, que mantenga la distancia de su príncipe, mostrándole las consecuencias de lo contrario. Algo común en la academia, nunca nadie había sido siquiera castigado de poner en su lugar a aquellos que no entendían la jerarquía de la sociedad noble. ¿Porque ahora parecía diferente?

Exigió respeto a su prometido, respuestas, alguna explicación para su extraño interés por aquella chica de la cual no había aprendido siquiera su nombre. Y Katarina se había visto engañada con falsas palabras de amor, falsas sonrisas, besos y caricias que ella sabía, carecían de significado para el rubio. Porque lo amaba, porque le tenía fe y lo conocía lo suficiente, como para saber que él no tiraría toda esa relación de años a la borda por la simple curiosidad que él decía tener hacia aquella portadora de luz. Gerald era perfecto a sus ojos, inteligente, calculador y sobre todo, racional.

Que equivocada resulto estar.

El príncipe la había usado todos estos años cual títere para espantar a las demás damas nobles, había presenciado el arduo entrenamiento de emperatriz al que se sometió parte de su niñez y adolescencia, y lo importo in pepino despreciarlo.

Gerald, sabia de primera mano lo duro que era ser parte de la nobleza, pues había acariciado las marcas que la fusta dejo en los muslos de la castaña durante clases de etiqueta, mientras le recitaba vacíos halagos que mantenían su corazón contento y pasaban de pequeños roces de labios a bruscos besos en un rincón sombrío alejado de la multitud en plenos bailes nobles.

Robar dulces de la cocina imperial, caminar tomados del brazo por los jardines e intercambiar opiniones sobre los movimientos de los nobles para ganar más riqueza y reconocimiento. Todos aquellos momentos que no hicieron más que afianzar su relación, su flameante amor había Gerald y su convicción para ser merecedora de caminar a su lado una vez sea coronado rey.

¿Realmente no valieron nada para él? ¿Valía tan poco, que ni siquiera reconsidero la complicidad que habían forjado a lo largo de loa años?

La mando a capturar por los guardias quien la arrastraron hasta un carruaje fuera de la academia, la avergonzó frente a todo aquel que alguna vez la conoció, fingió que nada le molestaba par aquel luego la tomara de sorpresa y no le diese ni la oportunidad de defenderse o su derecho a inmunidad como parte de la realeza.

A duras penas pudo percibir los gritos de las doncellas que clamaban por justicia para ella, la ex-heredera Claes. El rostro lleno de lágrimas de Sienna, los gritos desesperados de Anne, quien corrió unos minutos intentando perseguir el carruaje donde la tenían aprisionada, La mirada confundida y arrepentida de esa pueblerina de cuarta y la sonrisa completamente sombría de su ex-prometido.

Aquel hombre de sus sueños, había resultado ser una patética cucaracha cobarde.