CAPITULO UNO

Anne llego al estado Claes hecha un manojo de nervios.

Su señorita, su preciada señorita había sido separada de su ala, no podía velar su seguridad y quien sabe a dónde la fuesen a llevar o en qué lugar la podrían tirar, le dolía la cabeza y se sentía desfallecer de solo pensar en los gritos enojados que su Lady lanzaría al cielo al ser tratada de forma corriente, todo por haberse dejado llevar ante su corazón y los celos.

Sus compañeras de trabajo la miraron intrigadas ante su presencia y preguntaron por su estado, más ella solo exigió ver a la duquesa. Quien se encontraba en el pequeño balcón de su habitación, con la mirada perdida en el horizonte de las praderas que conformaban las tierras de la mansión Claes. Al ver a la sirvienta personal de su hija, CASI deforma su inexpresivo rostro, pero recupero la compostura y solo frunció el ceño, exigiéndole explicaciones.

Anne separo los labios y lo primero que salió de su garganta fue un gemido lastimero.

Miridiane Claes odiaba su vida, pasaba los días encerrada en una mansión que la agobiaba, la llenaba de pesar, donde se dedicaba a administrar los gastos de la familia e intentar entablar estrechas relaciones con los nobles mediante cartas. Y las pocas veces que salía a bailes u eventos, tenía que mantener una fachada de la mujer noble refinada y elegante que todo el mundo esperaba que sea.

Tomada del brazo del hombre que alguna vez amo, pero que ahora solo había dejado en ella un sentimiento de desprecio y rencor que con el tiempo la había consumido por completo. Aquello era algo que una mujer con el carácter de Miridiane no se podía permitir, pero por más que en un principio haya ignorado y maltratado indirectamente a la causa de sus pesares, aquello nunca la reconforto, el daño a su orgullo ya estaba hecho y sentía imposible volver a ser como en sus primeros años de matrimonio o incluso, de maternidad.

¿Cómo olvidarlos? Sintiéndose querida por, el ahora traidor, de su esposo y criando de su pequeña y engreída hija. Su hija. Su bebita.

La única razón por la que aún no había huido de aquella pesadilla, aquel proyecto en el que dedico todos su esfuerzos para perfeccionar, enseñarle todo lo que podría para que el mundo al que se enfrentase cuando se case finalmente no la aplaste, sino que, a diferencia de la misma Meridiana, sea su pequeña Katarina quien reine por sobre todos los demás.

Desde que la niña casi muere, debido a la falta de cuidado que tuvo el inútil de su esposo y esa sanguijuela bastarda que trajo consigo , Miridiane había dedicado las pocas fuerzas y verdadero esmero que tenía en educar a su hija, enseñarle el mundo de los colores que realmente eran, aplastar aquellos cuentos de hadas que aún tenía la niña en su cabeza y decirle que si ella no era la que aplasta a los demás a su alrededor, la que tenga el control, serían los demás quien ejerzan su poder sobre ella.

Con solo pensar que Katarina alguna vez podría sufrir, aunque sea un pequeño porcentaje de dolor que Meridiane había sentido alguna vez en su vida, su corazón se llenaba de ira y angustia. Pero ser sentimental era para débiles, y eso lo había aprendido a las malas. La duquesa Claes, era sin duda una mujer dedica a su hija, tanto, que, de no ser por el claro beneficio social que el compromiso con el tercer príncipe o la inmensa felicidad que veía en los ojos de su niña cada vez que del rubio se tratase –cosa que a veces, a la misma madre le pesaba con el alma- , se hubiese divorciado de aquel bueno para nada de su marido, llevándose consigo a su pequeña, malcriada, pero fiera y peligrosa hija.

Así que cuando Anne le explico la situación al calmarse, ella se levantó hecha una furia. Con sus largas piernas atravesó su casa y mando a llamar al duque Claes, inmediatamente.

A las tres horas de viaje en carruaje, todo indicio de la ciudad central había desaparecido y Katarina solo podía apreciar aquellas casas ducales que poseían tierras. Su garganta se había cansado de gritar e intentar ordenar que la dejasen ir, era simplemente inútil. Su cuerpo se sentía agotado, no había comido nada esa mañana esperando verse más esbelta en aquel vestido que se ceñía a su cuerpo y tampoco tuvo oportunidad de comer algo en la celebración. Menuda porquería de día.

No fue que el carruaje paro de repente que se dio cuenta de que habia dormido por lo menos media hora. Sus escoltas se miraban con nerviosismo entre ellos ante aquellos ojos afilados tan característicos de la de orbes zafiro.

La noche había caído y se estaban tomando un descanso para alimentar a los caballos, Catarina miro de reojo a uno de los soldados, este le extendió una hogaza de pan, con la mano temblorosa. Los analizo, uno por uno, reconociendo inmediatamente las facciones de los tres y aunque su estómago rugiese por alimento, tiro aquella comida con un movimiento limpio de mano.

No comeré nada de lo que sus sucias manos me den, no son más que traidores. – siseo con desprecio, estos se encogieron en su lugar, incapaces de seguir ingiriendo su propio alimento. – Si no me equivoco, todos ustedes fueron financiados por al ducado Claes, ¿no es así?- movió la mano como restándole importancia al hecho. - ¿Me pregunto que diré mi querido padre al saber que pago el entrenamiento de unos meros malagradecidos? Realmente….todos están actuando de manera inverosímil estos días. – Finalizo sin dedicarles más atención, para apoyar su mejilla en su mano e intentar ignorar el gélido clima que aumentaba con la llegada de la noche.

Oyó las disculpas y plegarias para que probase algún bocado, pero de hacerlo, seguramente esas sanguijuelas pensarían que aquel gesto disminuiría su culpa moral. ¿Caballeros ignorando su voto de lealtad? Nada más podría sorprenderla ese día.

….

El duque Claes había vuelto de un viaje de negocios en el cual había logrado reforzar en invertir en sus riquezas. Como siempre, retornaba a la gélida mansión Claes con varios regalos para su querida esposa e hija. Varios carruajes llenos de finos vestidos, joyas y más extravagancias que pudo encontrar intentaban ganar el amor esfumado de su amada Miri o sacar una sonrisa ambiciosa de Katarina.

Luigi realmente intentaba, intentaba entender por qué su esposa dejo de hablar con él o por qué su hija había dejado de correr hacia el cada que venía de un viaje. En lugar de sus usuales risas y carcajeos, había crecido lo suficiente como para saludarlo con una frialdad característica de la nobleza y exigirle cosas a diestra y siniestra. Porque él era un hombre que amaba a su hija y con tal de verla dirigir aunque sea una sonrisa efímera cada que complacía sus deseos materialistas, él podría seguir alimentando aquel bote sin fondo de codicia y avaricia que ella tenía. Anhelando que algún día le vuelva a llamar con su alegre vocecita y le dijese que le quería.

Katarina era el fruto del amor entre él y su adorada Miridiane, por eso, mientras su primogénita sea feliz, el no dudaría en entregarle hasta el más mínimo capricho que esos tiernos labios le soltasen. La edad ya le estaba afectando y pronto podría cederle le herencia del ducado a su hijo adoptivo, recibía cartas de el mensualmente, mostrándole sus avances en los estudios y su particular manera de entablar lazos con algunas damas nobles. Mas el duque Claes, tan enfocado que estaba en seguir pagando nimiedades para las mujeres de su vida, nunca le dedico la mayor atención o siquiera corrigió el comportamiento de su heredero.

Cuando él se retire, y su pequeño retoño se case con el príncipe, el ducado Claes recibiría prestigio, el favor de la realeza y estaba seguro, confiaba ciegamente en que, eso finalmente haría que su esposa e hija lo miren de nuevo con algo que no sea desprecio en los ojos.

Cuando llego al recibidor de la mansión, se encontró con la sirvienta personal de su hija. ¿Cuál era su nombre? No le importo, porque ella tenía los ojos rojos y complexión enfermiza, antes de que le preguntase porque estaba en la mansión con tal presencia, ella soltó.

La duquesa Claes pide hablar con usted inmediatamente, mi señor. Lo está esperando en su oficina – Con la primera oración, todo dentro de Luigi se encendió, como si le hubiesen echado carbón a una hoguera e inmediatamente, e ignorando los modales, corrió hacia el encuentro con su amada.

Desafortunadamente, algo dentro de él le decía que esto no podía ser nada bueno.

'Lady Katarina, por favor perdone nuestra osadía' –

'Estamos seguros de que el duque pronto abogara por su reintegración al imperio.' –

'Solo tenemos esto con nosotros, son unas cincuenta monedas de oro, estamos seguros de que podrá sobrevivir unas semanas con esto.'-

'Si nos quedamos con usted, sería demasiado sospechoso y no podríamos ayudarle más. Fingiremos que este carruaje fue asaltado por un caza recompensa y que usted fue raptada.'

'Ya estamos cerca de la ciudad pesquera, ahí le espera un barco para llevarla fuera de la región. Así que la tomaremos otra ruta y la dejaremos en un pequeño pueblo. ¿De acuerdo? ' –

'Procuramos mandarle una carta inmediatamente al duque Claes, por favor, procure mantener un perfil bajo. ' –

Katarina nunca había sido una persona mañanera y aquello solo lo sabían sus padres y su dama de compañía, por ende, cuando apenas desperto con los primeros rayos de sol, fue atacada con varias instrucciones de parte de aquellos guardias reales. Pudo notar por las ojeras en sus rostros, que este plan había sido absolutamente espontaneo, resultado de la gran culpa que había llegado a ellos de golpe a medianoche.

Ninguno de ellos se dignó a mirarla a los ojos, quizá había sigo por su malhumor matutino, pues ella seguía medio-dormida y lo único que lograba captar eran la explicación completamente distorsionada de un plan que no entendía. ¿Dejarla a su deriva en un pueblo? ¿Cincuenta monedas de oro? ¿Era eso una propina para su desayuno?

Más importante, ¿Por qué se encontraba cabalgando a través del bosque? ¿A dónde habían dicho que se dirigían?

Mi lady, llegamos. – Le dijo de repente quien la había escoltado en ese caballo, la sujeto de la cintura para ayudarla a bajar del caballo y ella bufo, cuando la soltó sin delicadeza alguna a unos centímetros del suelo. Se sentía ridícula en aquel bello vestido, que ya no era más que harapos turquesa destrozados por la suciedad y el ambiente.

Es imposible que yo haga acto de presencia con esta apariencia. – Dijo, incapaz de imaginar ser el hazmerreír de todos esos aldeanos por sus fachas. Más el caballero elogio mentalmente a la señorita, pensando que ella se refería a su obvia situación de noble.

Le extendió un traje de jardinero, el cual encontraron dentro del carruaje y tomaron por si acaso, y aunque la chica estuvo a punto de refutar y gritar a los cuatro vientos que no se probaría tal barbárica prenda, prefirió callarse. Sopeso su situación y analizo que quizá, todo este plan estúpido realmente podría serle de ayuda.

Si la hubiesen dejado tomar aquel barco, posiblemente la dejarían con las manos vacías, en un país desconocido y sería mucho más difícil para su padre ubicarla y traerla de vuelta. Conto mentalmente hasta diez y tomo el traje de jardinero, advirtiéndole con una mirada feroz al guardia que cualquier intento de espionaje seria severamente castigado.

A pesar de su vestimenta, su fina tez, postura erguida y mirada penetradora delataban que la castaña no era una mera pueblerina, pero por lo menos, la ayudaba a no resaltar tanto. Agradeció que se le diesen zapatos, ya que los tacones que llevaba desde ayer habían causado varias ampollas en sus pies. Y se los tiro al guardia, quien los atrapo y guardo con recelo en su bolso.

Eran las siete de la mañana, cuando este le dio las últimas indicciones. Aquel lugar era un pueblo pequeño, Vivian unas cincuenta personas a lo mucho y se caracterizaba por buscar la atención de viajeros de otros pueblos no tan cercanos, tenían unas dos o tres cosechas, las cuales exportaban principalmente al reino, una iglesia, escuela y un pequeño mercado de antigüedades que no llamaba mucho la atención. Sin mencionar, que su población constaba meramente de adultos, ancianos y algunos cuantos niños huérfanos que Vivian en el templo de Dios.

Tú, como quiera que te llames. – Le dijo la chica, dándole la espalda al guardia antes de marcharse. – Prometo que serás bendecido por la familia Claes debido tus acciones, al igual que tus compañeros. Su lealtad será pagada. – Adornada del cielo naranja, los ojos de la chica brillaron de un zafiro hipnótico, tanto que el joven guardia se quedó sin palabras, y solo pudo asentir. E ignorando todos sus miedos, la misma Katarina dio un paso al frente y se dirigió al humilde pueblo, rogando por que el inútil de su padre la saque de aquel chiquero lo más rápido posible.

El papeleo en su escritorio era abundante, todos los documentos eran únicamente para solicitar una asamblea con el emperador. La única persona capaz de revocar la orden dada por su hijo. Su cabeza era un verdadero lio la noticia le cayó de golpe, as los gritos insistentes de su esposa no le dio tiempo para deprimirse. Aún más cuando escucho….aquello.

'He estado aguantando todo este tiempo, esperando que te canses de mi para que puedas seguir viviendo en tu estúpida fantasía familiar con ese hijo bastardo tuyo. Pero te prometo, Luigi, que si no me traes a mi hija de vuelta, acabare con este maldito ducado e iré yo misma a buscarla ¡'– Las lágrimas de furia en los ojos de Meridiana no le dejaron replicar y solo proceso lo que dijo cuándo quedo solo en su oficina.

Hijo bastardo. ¿Era aquello lo que había pensado su esposa todo este tiempo? ¿Qué Keith era un hijo bastardo? Pero antes de que siguiese pensando en eso, un ave atravesó su ventana y aterrizo sobre su escritorio, un pequeño papel estaba atado en su pata derecha y le dio la oportunidad de apartar sus problemas maritales por un momento.

Apenas leyó el contenido del pequeño papel, sintió un peso menos en su conciencia. 'está a salvo' era lo que decía, y fue suficiente como para saber que no tendría que preocuparse por que su hija fuese sacada del país, al menos por unas semanas. Aquel ave familiar para el acepto la pequeña caricia a la cabeza que le dio y salió por la ventana sin esperar una respuesta.

Esperaba fielmente que su hija, donde quiera que este, pueda soportar estar por su cuenta. Aun no era momento de tener alguna clase de información, si todo era como lo imaginaba, pronto la noticia de la desaparición de Katarina llegaría al reino y esto culparía al príncipe de irresponsabilidad, con tal precio social, sería imposible que se le niega un juicio decente y finalmente levanten el castigo a la primogénita Claes.

Reviso unos últimos papeles y llamo a Anne, quien no se había separado de su lado en ningún momento, le indico que buscase a su esposa y le dijese que ese día, tendrían que cenar juntos. El duque Claes tenía varias explicaciones que dar, más aun, sabiendo que Keith volvería de la Academia en unos días. El verano recién empezaba y no quería toparse con ninguna otra sorpresa de igual calaña.

Aguanta Katarina, que tu padre está trabajando duro para traerte de vuelta.