Capítulo Uno
La loba Sakura
Sus ojos verdes se abrieron en la oscuridad.
Otra vez aquel sueño. Ya llevaba más de un año soñando lo mismo... que por fin encontraba a su compañero, o como les gustaba decir a los licántropos, a su "mate".
Sakura se incorporó un poco en la cama y miró a su alrededor. Había muy poca luz, debía estar amaneciendo.
Tras un bostezo, se levantó y después de darse una ducha salió de su casa cueva.
La brisa otoñal la golpeó y Sakura inspiró fuerte, disfrutando del olor del bosque.
Hacía un siglo que su manada había construido una ciudad de casas cueva en lo alto del monte Tsukuba, para así poder vivir tranquilos sin que los humanos descubrieran su secreto.
Sakura cerró los ojos y dejó que su parte animal la invadiera.
Notó que sus huesos crujían al romperse y recolocarse, pero ya apenas sentía dolor tras tres años transformándose. Toda su piel se cubrió con un pelaje caoba y su cara se alargó, hasta mostrar un hocico.
Pocos segundos después, Sakura era una enorme loba con los ojos de un brillante color verde. Lanzó un aullido y echó a correr en dirección a los árboles.
En mitad de la carrera, otros dos lobos aparecieron a su lado.
Uno de ellos era de pelaje negro con los ojos de un llamativo color violeta oscuro, el otro tenía el pelaje azulado y unos ojos de color azul intenso.
Los tres corrieron a toda velocidad por el bosque, disfrutando de la adrenalina que corría por sus venas.
Media hora después, volvieron a la zona donde vivían tras refrescarse en un río cercano. Se encontraron con varios conjuntos de ropa junto a la entrada de su pequeña ciudad.
La loba Sakura sonrió, mostrando una gran hilera de dientes afilados, y se acercó a coger una camiseta y un pantalón. Los sujetó suavemente con sus colmillos y se alejó, escondiéndose tras un árbol.
Los otros dos lobos hicieron lo mismo.
Tras un minuto, Sakura salió de su escondite, ya en su forma humana y vestida. Se sentó en uno de los bancos a esperar a sus amigos, observando el horizonte con mirada ausente.
Poco después, un sonriente Eriol se acercó a ella, seguido de Tomoyo.
—Tu padre siempre es muy atento, Sakura—comentó él, señalando la camisa que llevaba puesta.
Ella correspondió a su sonrisa.
—Sí, supongo que nos ha oído salir y por eso ha dejado aquí nuestra ropa —contestó, levantándose.
Los tres amigos caminaron entre las casas cueva de su manada, saludando a todos los que se encontraban. Ya había amanecido y la ciudad iba despertando poco a poco.
Tomoyo entrelazó sus dedos con los de Eriol y los dos cruzaron una mirada cómplice. Sakura suspiró al verlos.
—Tranquila, Sakura. Estoy segura de que muy pronto encontrarás a tu compañero —dijo Tomoyo, adivinando sus pensamientos.
Ella y Sakura eran primas y tenían la misma edad, pero Eriol era tres años mayor.
—Tú encontraste a Eriol en cuanto te transformaste por primera vez, al cumplir los dieciocho... ahora tenemos veintiuno y yo todavía sigo sola —murmuró ella con fastidio.
—Recuerda que yo tenía tu edad cuando Tomoyo se transformó y supe que era mi compañera —respondió Eriol, haciendo una mueca. —No pasa nada por tener que esperar, Sakura. Al final lo encontrarás.
Los licántropos no podían encontrar a sus compañeros hasta que los dos cumplieran dieciocho años, el momento en el que se activava su lado lobuno y sus feromonas.
Sólo entonces podían oler a su mate, y viceversa.
Por lo tanto, Eriol no descubrió que Tomoyo era su compañera hasta el día que ella cumplió dieciocho años y pudo oler sus feromonas.
—Eso lo dices ahora que lleváis tres años juntos, pero tú también estabas desesperado antes. Lo que tengo claro es que no lo voy a encontrar aquí. Tal vez sea alguien de otra manada, o un humano... o esté en otro país —comentó Sakura, pensativa.
—No te quejes tanto, que mientras te lo estás pasando muy bien con Yukito —respondió Eriol, dedicándole una sonrisa traviesa.
Sakura puso mala cara.
—Tengo derecho a acostarme con quien quiera, Eriol. Sé que nunca me enamoraré de él... pero es divertido y calma un poco la ansiedad que siento por no encontrar a mi compañero —gruñó ella con enfado.
Eriol levantó una mano en señal de disculpa.
—Por supuesto que eres libre de hacer lo que quieras, pero creo que lo vas a encontrar pronto... ya lo verás.
—¿Nunca has sentido un olor raro en Tokio? —preguntó Tomoyo.
Aquella era la ciudad más cercana al lugar donde vivía su manada, y donde casi todos ellos trabajaban o estudiaban durante el día, cerca de los humanos. Al llegar la noche, volvían a sus hogares en el monte Tsukuba.
—Me gusta estar entre humanos, pero todos huelen igual. Nunca he notado un olor especial —contestó ella, encogiéndose de hombros.
Según Eriol y Tomoyo le habían explicado, el olor de su compañero sería un aroma sin igual, tan atrayente y único que se volvería loca.
—Podíamos ir hoy que es domingo y divertirnos un poco —propuso Eriol, levantando las cejas.
—Primero debemos asistir a la reunión que ha convocado Fujitaka, y vamos a llegar tarde —les apremió Tomoyo.
Los tres aceleraron el paso hasta llegar a la gran casa cueva donde vivía el Alfa de la manada, el padre de Sakura.
A ella le gustaba ser independiente, por lo que se mudó a otra casa cueva en cuanto se transformó por primera vez.
Tras entrar, tomaron asiento en la gran sala de reuniones junto al resto de la manada. Fujitaka sonrió al verlos y carraspeó.
—Como iba diciendo, hoy otros dos miembros han tenido su primera transformación. Les felicito por su mayoría de edad y todos les damos la bienvenida a su nueva vida como hombres lobo.
Cientos de personas comenzaron a aplaudir a los dos chicos de dieciocho años que estaban de pie junto a Fujitaka, bastante sonrojados.
Sakura olfateó en su dirección, pero no notó ningún olor que le llamara la atención. Suspiró, resignada. Ninguno de esos dos chicos era su compañero... aunque ya se lo imaginaba.
El chico que aparecía en sus sueños llevaba un traje verde bastante extraño puesto y parecía ser humano, aunque nunca había podido verle la cara. Cada vez tenía más claro que no era japonés.
De repente, Yukito se levantó y corrió hacia uno de esos chicos, que por lo que Sakura sabía se llamaba Touya.
Los dos se miraron fijamente, muy sorprendidos, y acto seguido se abrazaron, fundiéndose en un beso.
Sakura chasqueó la lengua con fastidio. Todo el mundo encontraba a su compañero menos ella.
Los tres bajaron de la plataforma entre aplausos. Yukito y Touya se sentaron juntos, con las manos entrelazadas y sin dejar de mirarse.
—También quiero anunciaros que hemos llegado a un acuerdo de paz con la manada de Hong Kong. Lo firmaremos esta misma semana.
Otra vez se escucharon cientos de aplausos mientras Sonomi, la madre de Tomoyo, subía a la pequeña plataforma y se acercaba a Fujitaka.
—Mi Beta y yo —añadió Fujitaka, señalando a Sonomi. —Hemos decidido que nuestras hijas vayan en representación de la manada a Hong Kong para firmar el acuerdo.
Sakura y Tomoyo se miraron, un poco confundidas.
—Parece que las primas se van de excursión —susurró Eriol con voz divertida.
Sakura le dio un codazo a Tomoyo y se levantó, tirando de su brazo. Cuando estuvieron al lado de Fujitaka, Sonomi dio unos pasos hacia ellas.
—Hija, ¿aceptas ir en mi lugar? —preguntó, mirando a Tomoyo.
Ella asintió, sonriendo. Estaba deseando subirse a un avión por primera vez.
—Y tú, sobrina... ¿aceptas ir en lugar de tu padre? —añadió Sonomi, mirando a Sakura.
—Acepto —dijo ella, sonriendo y mirando de reojo a Fujitaka.
—Esta noche dormiréis en Tokio y mañana os subiréis al primer avión que vaya a Hong Kong. La reunión es el martes y es mejor que lleguéis allí un día antes... Además, así podréis hacer un poco de turismo —respondió el Alfa.
—¡Sí! Yo quiero conocer Hong Kong —chilló Tomoyo con emoción.
Se escuchó un murmullo de risitas en la gran sala.
Sakura puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar sonreír.
A ella también le hacía ilusión salir del país. Algo le decía que iba a ser un viaje muy emocionante.
