Capítulo Dos
De viaje
Unas horas después, Sakura, Tomoyo y Eriol estaban a las afueras de su pequeña ciudad, en el aparcamiento. La pareja se estaba abrazando con los ojos cerrados, y no se separaban por mucho que Sakura resoplara.
—Venga ya. Solo vais a estar tres días sin veros —murmuró con fastidio.
Sus amigos dejaron de abrazarse y la miraron fijamente.
—Ya lo entenderás cuando encuentres a tu compañero... estar separados es difícil —respondió Eriol, entrecerrando los ojos.
Tomoyo le dio un beso en los labios y se alejó de él, caminando hacia el coche de Sakura.
—Te llamaré cuando aterricemos —prometió antes de abrir la puerta y sentarse en el asiento del copiloto.
Sakura arrancó el coche y salió de allí, entrando en la carretera que llevaba a Tokio.
Ya era lunes cuando las dos chicas entraron al hotel donde iban a quedarse durante su corta estancia en Hong Kong.
Estaban cansadas del vuelo, por lo que decidieron ducharse y dormir un par de horas. Al despertarse, decidieron salir a cenar y ver un poco la ciudad.
Salieron del hotel y caminaron por el paseo marítimo, contemplando las luces de los barcos. Cenaron cerca de la orilla del mar y probaron la comida típica de allí.
—Me gusta esta ciudad, Sakura. Aunque no es tan grande como Tokio —murmuró Tomoyo, sonriendo mientras paseaban por la playa de noche, con sus zapatos en la mano.
Sakura suspiró, observando los rascacielos y el reflejo de la luna sobre el agua.
—Lo sé, es bastante diferente. Y es una mierda que no hablen japonés, menos mal que sabemos inglés o no habríamos podido ni pedir la cena.
Tomoyo soltó una carcajada, asintiendo.
—Sí, es una suerte que en la escuela nos lo enseñaran. Por cierto, echo de menos a Chiharu y a Rika. Este viernes, cuando salgamos de la universidad tenemos que llamarlas y quedar con ellas —pidió con ojos suplicantes.
—Claro, yo también las echo de menos.
Tomoyo y Sakura las conocieron cuando eran pequeñas, en el colegio de humanos al que fueron en Tokio. Con el paso de los años las cuatro se volvieron grandes amigas, aunque ellas no sabían nada sobre el secreto de las dos primas.
Cuando se cansaron de pasear, volvieron al hotel. Al día siguiente la reunión con la otra manada sería temprano y necesitaban ir descansadas.
Se despertaron a las siete. Después de una ducha y de arreglarse un poco, salieron del hotel en dirección a la oficina donde las habían citado.
Tomoyo llevaba puesto un vestido azul claro, pero Sakura prefería vestir unos vaqueros y una blusa blanca. Los vestidos le resultaban algo incómodos, aunque solía usarlos porque su prima la obligaba.
Entraron en el edificio y subieron a la planta veinte. Al salir del ascensor, pudieron ver que varias personas las esperaban cerca de una puerta de madera.
—Llegáis muy puntuales... pasad, os están esperando —murmuró un hombre, abriéndoles la puerta.
Las dos entraron y vieron una gran mesa redonda donde había ocho personas sentadas. Se sentaron en los dos asientos que había libres y guardaron silencio, esperando a que ellos hablaran primero.
—Así que vosotras sois las hijas del Alfa y la Beta de la manada de Japón norte... qué sorpresa —comentó una mujer de pelo largo y oscuro.
—Y usted es Yuuko Wu, la Alfa de la manada de Hong Kong... ¿no es cierto? —respondió Sakura, mirándola a los ojos.
La mujer sonrió, inclinando su cabeza como saludo.
—Así es, y me alegro de que por fin hayamos conseguido que reine la paz entre nuestras manadas. Espero que dure muchos años.
—Nosotros también deseamos eso —intervino Tomoyo.
Los hombres que estaban sentados al lado de ellas les acercaron unos papeles.
—Leedlo todo y si estáis de acuerdo podemos firmar, señoritas —dijo Yuuko, sin dejar de sonreír.
Varias horas más tarde, Sakura y Tomoyo volvían a pasear por las calles de Hong Kong para disfrutar de su último día allí.
El teléfono de Tomoyo empezó a sonar y ella respondió la llamada.
—¡Eriol! ¿Cómo estás? Esta mañana firmamos el acuerdo, han sido todos muy amables.
Ella y Eriol siguieron hablando mientras caminaba al lado de Sakura, que suspiró y dejó de escuchar la conversación.
Se adentraron en el barrio más antiguo de la ciudad, donde había bastante menos gente y los edificios eran más llamativos.
De repente, al girar una esquina, Sakura notó algo diferente en el aire.
Se detuvo de golpe e inspiró profundamente. Tomoyo también dejó de andar y la miró con curiosidad.
—¿Qué pasa, Sakura? ¿Qué hueles?
Sakura miró a su amiga con los ojos muy brillantes. Siempre había sospechado que su compañero no era un licántropo, y ahora lo estaba oliendo. La adrenalina corrío por sus venas sin control.
—No lo sé, pero es un olor increíble.
Tomoyo abrió mucho los ojos, sorprendida.
—¡Eriol, parece que ha olido a su mate! —dijo, y se quedó en silencio, escuchando lo que él respondía.
—Sakura, Eriol quiere saber si es un chico o una chica —añadió, apartándose el teléfono del oído.
Sakura volvió a inhalar aire con los ojos cerrados. Los abrió y miró de nuevo a Tomoyo, suspirando.
—Parece que es un chico, es un olor masculino —comentó en voz baja.
Sin decir nada más, empezó a correr en busca de la persona que emitía ese aroma.
—¡Sakura, espera!
Aunque escuchó el gritó de Tomoyo, no se detuvo.
El rastro del olor era bastante débil, pero estaba segura de que podría encontrarlo.
Siguió corriendo por las calles estrechas mientras escuchaba los pasos de Tomoyo detrás de ella, no muy lejos.
A cada paso que daba el olor se volvía más fuerte, y Sakura se sentía extasiada. Era una mezcla de madera, cerezas y lluvia que le resultaba irresistible.
Al girar una esquina, vio a un chico de cabello castaño y ojos color miel bastante más alto que ella adentrándose en una calle vacía.
Sakura se detuvo, volviendo a inspirar, y su aroma invadió todo su ser. Era él, no había duda. Un sentimiento desconocido invadió su cuerpo y Sakura tembló, jadeando. Lo necesitaba, más que respirar. El era su alma gemela, hecho solo para ella. Era todo lo que Sakura siempre había querido.
Sin pensarlo, lo siguió y se acercó a él, abrazándolo con fuerza desde atrás cuando lo alcanzó.
—Eres mío —susurró en su oído.
El chico dio un respingo y se retorció. Tuvo que esforzarse para apartarse de ella. Se sacudió y giró, lanzándole una mirada de odio.
—¿Pero qué demonios haces? ¡Aléjate de mí!
Sakura iba a volver a acercarse, pero lo vio juntar las manos, haciendo aparecer una espada al separarlas.
Ella frunció el ceño, sin dejar de mirarlo fijamente. Sus ojos se entrecerraron.
—Tú no lo entiendes, pero eres mío y debemos estar juntos —gruñó entre dientes.
El chico la miró fijamente con incredulidad, como si estuviera completamente loca.
—Eso no va a pasar. ¡Dios del trueno, ven!
Justo en ese momento, Tomoyo había llegado junto a ella. Las dos tuvieron que dar un gran salto para esquivar el rayo que él acababa de lanzarles con su espada.
Sakura giró en el aire y aterrizó sobre sus cuatro extremidades.
—¿Eres un mago? —preguntó muy sorprendida mientras se incorporaba.
El chico frunció el ceño, alzando su espada de nuevo.
