Capítulo Nueve

Vuelta a casa


Ella inclinó la cabeza hacia un lado.

—Estoy hablando con... —empezó, mirando al chico moreno con una ceja levantada.

—John. Y es un placer conocerte, Sakura —respondió él con una sonrisa.

Ella también sonrió y volvió a mirar a Syaoran, que tenía el ceño cada vez más arrugado.

—¿Hay algún problema, profesor? —preguntó John con voz inocente.

—Ninguno, pero necesito hablar con ella un momento.

Syaoran no había apartado los ojos de Sakura ni un segundo y estaba extendiendo una mano hacia ella. Sakura entrecerró los ojos y volvió a mirar a John.

—Ahora vuelvo —murmuró, guiñándole un ojo y poniéndose de pie.

Ignoró la mano de Syaoran y empezó a caminar hacia un pasillo donde no había nadie, escuchando sus pasos rápidos tras ella. Él la alcanzó, agarrando uno de sus brazos y obligándola a detenerse.

—¿A qué estás jugando? —preguntó, enfadado y mirándola con mala cara.

—A lo mismo que tú, Li —contestó ella, cruzándose de brazos y apartándose de él.

Syaoran resopló, sacudiendo la cabeza.

—¿Es que me has visto hablando con esa chica? ¿Y por qué me llamas Li?

Sakura se acercó más a él y lo miró fijamente a los ojos, con la rabia asomando por sus iris verdes, que se estaban oscureciendo.

—Te he visto... y os he oído —susurró, apretando los dientes.

Syaoran suspiró con cansancio, llevándose una mano al rostro.

—Así que lo de hablar con ese chico es porque estás celosa.

—Me parece que tú también estás celoso, Li —respondió Sakura, frunciendo el ceño.

Syaoran puso los ojos en blanco.

—Eso no es cierto.

—Bien, entonces volveré para seguir hablando con mi nuevo amigo y después iré a la fiesta que me ha invitado —dijo ella, girando y dando un par de pasos en dirección a donde estaba John.

El brazo de Syaoran rodeó su cintura, sujetándola e impidiendo que se alejara.

—No.

Ella volvió a dar media vuelta para quedar cara a cara.

—Sí, y tú puedes volver con esa chica japonesa que te ve tan atractivo y que claramente quiere acostarse contigo.

—Si hubieras seguido escuchando, sabrías que le he dicho que tengo una relación con otra persona y que no estoy interesado —comentó Syaoran, sujetando sus dos brazos y tirando de ella para que estuvieran más cerca.

Sakura miró a su alrededor con nerviosismo al sentir su aliento sobre el rostro.

—¿Qué haces? Te están viendo tus alumnos y te vas a meter en un lío.

—Me da igual. Además, solo soy un becario y me marcharé en unos días... ¿Qué van a hacer? ¿Despedirme? —murmuró él, arqueando las cejas mientras rodeaba su cintura con los brazos.

Sakura le dedicó una sonrisa.

—Sabes... a mí tampoco me interesa ese chico, solo quería molestarte.

—Lo sospechaba. No vuelvas a llamarme Li, no me gusta —gruñó Syaoran, inclinando un poco la cabeza y acercándose a sus labios.

—No sé si somos tan cercanos como para llamarte por tu nombre, profesor.

—Lo somos, aunque lo de profesor me gusta cuando lo dices tú —susurró Syaoran con una sonrisa torcida en el rostro.

Sakura se puso de puntillas y hundió los dedos en su pelo.

—Hueles tan jodidamente bien que me vuelvo loca —murmuró entre dientes antes de besarlo.

Los brazos de Syaoran la apretaron más contra su cuerpo y él profundizó el beso, ignorando el murmullo de voces a su alrededor que comentaban lo que estaba pasando. Usando todo su autocontrol, ella se apartó un poco de él y lo miró a los ojos, sonriendo.

—¿Por qué has venido hasta aquí? —preguntó Syaoran, colocando suavemente un mechón de pelo caoba tras su oreja.

Sakura se encogió de hombros.

—Quería ver como era esto... y quería verte —admitió ella, perdiéndose entre esos ojos ámbar.

—Ahora tengo un descanso para comer, ven conmigo a la cafetería —contestó él, sujetando su mano y empezando a caminar con ella por los pasillos.


Al miércoles siguiente, los dos se encontraban en el aeropuerto de Hong Kong, subiendo al avión que los llevaría a Tokio. Una vez que se sentaron y el avión despegó, Syaoran rozó la mano de Sakura para llamar su atención.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella, mirándolo de reojo.

—¿Vas a decirme ya en qué parte de Tokio vives? ¿Y dónde voy a vivir yo?

Sakura miró a su alrededor, asegurándose de que nadie les estaba escuchando, y habló en voz muy baja.

—Vivo en el monte Tsukuba, está a media hora en coche de Tokio. Hace cien años que mi manada compró esos terrenos y allí hemos construido una especie de ciudad. Como eres arqueólogo, seguro que te gustará. Y vivirás conmigo, en mi casa.

—¿En tu casa? ¿Con tu padre? —preguntó Syaoran, nervioso.

Sakura negó con la cabeza, sonriendo.

—Vivo sola desde que me transformé por primera vez, el día que cumplí dieciocho años. A muchos de nosotros nos gusta independizarnos cuando eso ocurre y hay casas de sobra en la ciudad para que podamos hacerlo.

—Entonces... ¿viviremos juntos?

—¿Algún problema? —dijo ella, frunciendo el ceño.

—En realidad no, pero... va todo muy rápido entre nosotros.

Sakura resopló con fastidio, desviando la mirada.

-Si esto te parece rápido... entre licántropos lo normal es que nada más encontrar a tu compañero te vayas a vivir con él y os hagáis la marca esa misma noche, o un par de días después.

Syaoran sintió un escalofrío.

—Sí que os dais prisa —murmuró entre dientes.

Ella suspiró.

—Sé que no lo entiendes, pero nosotros lo sentimos todo con más intensidad. Lo que tú estás sintiendo por mí, yo lo siento multiplicado por cien... te lo aseguro.

—Si yo sintiera algo tan fuerte, me habría abalanzado sobre ti el día que nos conocimos.

Sakura volvió a mirarlo, dedicándole una sonrisa traviesa.

—Eso fue lo que hice... y desde ese día me tengo que controlar para no lanzarme sobre ti y violarte —susurró cerca de su oído.

Syaoran se estremeció al sentir el aliento de ella en la oreja y un calor abrasador le recorrió todo el cuerpo tras escuchar sus palabras. Esa chica era peligrosa, le estaba empezando a volver loco.


Seis horas después estaban dentro del coche de Sakura, muy cerca del aparcamiento de su ciudad en lo alto de la montaña.

—¿Cómo puedes tener coche propio si no trabajas? —preguntó Syaoran, extrañado.

—Era de mi padre, me lo regaló cuando empecé a ir a la universidad. Y trabajo para la manada, soy algo parecido a un médico. A cambio me dan dinero suficiente para pagar los gastos que tengo —respondió ella sin apartar la vista de la carretera.

Al llegar, bajaron del coche y los dos sacaron su equipaje. En la entrada de la pequeña ciudad vieron a un grupo de personas que los estaba esperando. Syaoran empezó a ponerse nervioso y ella se dio cuenta.

—Tranquilo, todo irá bien —susurró, cogiéndolo de la mano y caminando a su lado.

Al acercarse, Syaoran vio a Tomoyo salir disparada y atrapar a Sakura en un gran abrazo. Justo después, un chico de cabello azulado también dio unos pasos hacia ella y la abrazó, besándola en su mejilla.

Syaoran entrecerró los ojos, sintiendo una pequeña punzada de celos.

Sakura le presentó a todas esas personas, hasta que al final solo quedaba un hombre que se parecía bastante a ella, exceptuando el color de ojos.

—Syaoran, él es el Alfa de la manada y también mi padre, Fujitaka.

—Bienvenido a la familia —dijo el hombre, sonriendo mientras estrechaba su mano.

—¿Tu padre es el Alfa? —preguntó Syaoran, sorprendido.

Sakura se encogió de hombros.

—No me pareció importante contártelo.

—Estoy con la futura Alfa de una manada de licántropos... ¿y no te pareció importante avisarme? —murmuró Syaoran, levantando las cejas.

Se escucharon risas a su alrededor.

—Os dejamos a solas para que os instaléis, tortolitos —dijo Tomoyo, y todos se retiraron a sus casas cueva.


Después de colocar toda su ropa en un armario, Syaoran fue a la cocina donde se escuchaba a Sakura cocinando.

—Esta casa cueva es muy interesante —murmuró, caminando hasta ella y abrazándola desde atrás, apoyando la cabeza en su hombro.

Sakura sonrió mientras repartía la comida en dos platos.

—La de mi padre es la más grande de todas, ya la verás.

—¿Qué es eso? —preguntó Syaoran, olfateando y frunciendo el ceño.

—Hamburguesas. ¿No te gustan?

Él hizo una mueca de asco y se apartó de Sakura, arrugando la nariz.

—No te lo he dicho, pero no como animales. Soy vegetariano desde hace años.

Ella empezó a reírse a carcajadas y Syaoran chasqueó la lengua con molestia.

—¿Por qué te hace tanta gracia?

—Porque nosotros a veces hasta cazamos nuestra propia comida, somos lobos. Pero no te preocupes, no dejamos que los animales sufran. Somos muy rápidos y ni se enteran.

Syaoran volvió a poner mala cara.

—Mejor no me cuentes eso... y procura lavarte muy bien los dientes después de comer si quieres acercarte a mí.

Sakura asintió, todavía riendo.

—Lo haré, tranquilo. Voy a buscar algo que puedas comer, enseguida vuelvo —dijo, alejándose y saliendo de la casa.

Él suspiró y observó a su alrededor. Todas las paredes eran de piedra y solamente entraba luz natural por la fachada principal. La cocina estaba a oscuras, iluminada por la luz de varias velas.

—En qué me estoy metiendo... —murmuró Syaoran, sacudiendo la cabeza y resoplando.

En cuanto Sakura volvió a entrar en la casa, todo pareció iluminarse a su alrededor y el corazón de Syaoran se aceleró. Ella era la respuesta a todas sus preguntas.

—Debí sospecharlo. Todas las veces que te he visto comer no elegías carne ni pescado, aunque pensaba que era porque sigues alguna dieta rara por lo de las artes marciales —comentó ella al llegar a su lado, enseñándole la comida que había traído para él.

Syaoran la seguía mirando fijamente.

—Creo que eres la única persona del mundo que podría convencerme para que rompa mis principios y vuelva a comer carne —admitió en un susurro.

Sí, sabía que podría hacer cualquier cosa por ella. Todo lo que le pidiera.

Sakura sonrió, sacudiendo la cabeza. Se puso de puntillas y lo besó en los labios, dejando sus frentes juntas y abriendo los ojos para mirarlo.

—No pienso hacer eso, Syaoran. Me gustas tal y como eres.