Capítulo Once
Viviendo entre lobos
Al día siguiente, cuando Syaoran abrió los ojos se encontró con los de Sakura a pocos centímetros de distancia.
—Eres mío.
Él sonrió, recordando su primer encuentro.
—Y tú eres mía —respondió, acercándose a ella para besarla.
Cuando se separaron, ella también estaba sonriendo.
—¿Cómo te sientes? —preguntó, observando la herida de su cuello.
—Mucho mejor. Ya no estoy mareado y no me duele, aunque me escuece un poco y me siento agotado —contestó él, suspirando.
Era una sensación muy extraña. Sakura bajó la cabeza y volvió a lamer la marca, lo que alivió un poco el escozor.
—Está casi cicatrizada, creo que pronto te dejará de escocer.
—¿Qué vamos a hacer hoy? —preguntó Syaoran, volviendo a cerrar los ojos y disfrutando de sus caricias.
—Iremos a todas las universidades de Tokio, a ver si encontramos un trabajo para ti... pero primero terminaremos lo que empezamos anoche —gruñó ella, abalanzándose sobre él.
Syaoran volvió a sonreír y respondió a los besos de Sakura, que estaba recorriendo todo su cuerpo con las manos.
—Sakura... de verdad que no tengo fuerzas.
Realmente estaba muy cansado, como si hubiera hecho una maratón.
—Shhh, no hables y déjame a mí —susurró ella en su oreja, tapándole la boca con una mano.
Empezó a bajar por su cuerpo dejando un rastro de besos que hizo temblar a Syaoran más de una vez. Esa sensación eléctrica era increible y esperaba no dejar de sentirla nunca.
Él jadeó al notar la lengua de Sakura bajando por su ombligo y la empujó un poco, hasta que los dos quedaron recostados de lado en la cama y se miraron a los ojos.
Ella se mordió el labio inferior y, tras sonreír, volvió a atacar a Syaoran con besos llenos de ansiedad mientras entrelazaba sus piernas con las de él. Necesitaba sentirlo muy cerca.
Aquella mañana hicieron el amor muy suave. Él todavía estaba agotado por culpa de la marca y Sakura lo sabía... pero no podía esperar más.
Ya era por la tarde cuando los dos estaban volviendo al monte Tsukuba en el coche de Sakura.
—Hay demasiadas universidades en Tokio —murmuró Syaoran, resoplando.
—Mejor, más posibilidades de que alguna te necesite —respondió ella con una sonrisa.
Habían pasado demasiadas horas recorriendo las diferentes universidades, donde él había entregado su currículum y hablado con todos los rectores.
—Mañana ya quiero que vuelvas a tus clases, no puedes faltar más —dijo Syaoran con gesto serio, frunciendo el ceño.
—Lo haré. Por cierto, el rector de mi universidad se ha quedado muy impresionado contigo... ¿lo has notado?
Él la miró de reojo, extrañado.
—No he notado nada.
Sakura se encogió de hombros.
—Pues le has gustado. No me extrañaría que te llamara en unos días —contestó mientras aparcaba.
Entraron en la pequeña ciudad de casas cueva y vieron a un grupo de chicos reunidos junto a un árbol, en la plaza central.
—¡Sakura! —gritó Tomoyo, corriendo hacia ella.
Eriol también los vio y se acercó, contemplando a Syaoran con una ceja levantada.
—Veo que os lo pasasteis muy bien anoche —comentó al llegar al lado de Sakura.
—¿A qué te refieres? —preguntó ella, alzando una ceja.
Eriol señaló con sus ojos el cuello de Syaoran y él se sonrojó violentamente, levantando el cuello de su camisa para intentar ocultar la herida. Tenía una pequeña cicatriz en forma de media luna donde Sakura le había mordido la noche anterior.
Tomoyo empezó a reírse.
—¿Te dolió? —preguntó Eriol con voz curiosa.
—Un poco —reconoció Syaoran, avergonzado.
—Bueno, a partir de ahora hará de todo menos dolerte —añadió Eriol con una sonrisa traviesa.
Syaoran frunció el ceño y miró a Sakura.
—¿Por qué dice eso?
—Te lo explicaré cuando estemos solos —contestó ella en voz baja, entrelazando sus dedos con los de él.
Un chico de pelo gris también caminó hacia ellos.
—¡Sakura! ¿Él es el famoso Syaoran Li? —preguntó, mirándolo con curiosidad.
Sakura asintió, sonriendo.
—Encantado, yo soy Yukito —dijo, extendiendo su mano.
Syaoran se tensó al escuchar ese nombre. Tenía delante al que había sido el amante de Sakura hasta unos días antes de que él la conociera.
Pensar en ella estando con él hacía que la ira invadiera su mente. Le molestaba que se saludaran con tanta confianza y que ese chico fuera capaz de hablarle a él como si nada. Sakura le dio un codazo para que reaccionara, Yukito seguía esperando con la mano extendida.
—Lo mismo digo —murmuró, estrechando su mano con gesto serio.
Sakura ahora podía sentir la rabia dentro de Syaoran y apretó los labios, reprimiendo una carcajada.
Touya se colocó al lado de Yukito y clavó sus ojos oscuros en Sakura, poniendo mala cara.
—Vámonos —gruñó, agarrando la mano de Yukito, y los dos chicos se alejaron.
—No sé quién estaba más celoso de los dos, si Touya o Syaoran —comentó Tomoyo, riendo entre dientes.
Eriol y Sakura no pudieron seguir aguantando la risa y Syaoran resopló con fastidio.
—Yo no le veo la gracia.
Ella lo rodeó con sus brazos.
—Si supieras lo que siento por ti, no te pondrías celoso —susurró en su oreja.
—Ese es el problema, nunca podré saberlo —protestó Syaoran con rabia.
Eriol lo miró fijamente un momento, con gesto pensativo.
—Sakura, ¿me dejas que me lo lleve para hablar con él un rato?
Ella miró a su amigo, resoplando.
—No tienes que pedirme permiso para eso.
Eriol empezó a caminar y le hizo un gesto a Syaoran para que lo acompañara. Él miró a Sakura, no muy seguro.
—Ve con él, nos vemos luego —dijo ella, poniéndose de puntillas para besarlo un segundo.
Los dos chicos se alejaron rumbo al centro de la ciudad, y Tomoyo suspiró.
—Tiene que ser complicado ser humano y no entender nada —dijo cuando ellos ya estaban lejos.
Sakura torció los labios.
—Sí, tiene que resultar bastante confuso todo esto.
—Vamos a tu casa, quiero que me cuentes todos los detalles —añadió Tomoyo con una mueca malvada.
—Eres una pervertida, prima —respondió ella, riendo mientras las dos se dirigían a su casa cueva.
Una hora más tarde, alguien llamó a la puerta. Sakura abrió y se sorprendió al ver solamente a Eriol.
—¿Dónde está Syaoran?
—Se ha quedado en el bosque, quería practicar un poco con su magia —explicó él, encogiéndose de hombros.
Ella frunció el ceño.
—¿Y lo has dejado solo en mitad del bosque?
Eriol entró en la casa, dando unos pasos hasta donde estaba Tomoyo y abrazándola, hundiendo la nariz en su largo pelo negro.
—Él ha insistido en que es un mago y dice que puede defenderse si ocurre algo.
—Así que te ha parecido bien dejar solo en la oscuridad al mate humano de la futura alfa, ¿no? —preguntó Sakura, apretando los puños con rabia.
Syaoran era un humano. Aunque tenía poderes mágicos, todavía no sabía luchar contra los licántropos y no conocía el bosque ni todo lo que se escondía entre aquellos árboles.
Eriol levantó la cabeza y miró a Sakura, palideciendo.
—Mierda, no había pensado en eso.
Ella gruñó y salió de la casa corriendo a toda velocidad, seguida de sus dos amigos. El sol se había puesto y estaba empezando a oscurecer.
Syaoran giraba la espada con una mano mientras pensaba en todo lo que había hablado con Eriol sobre los mates y sus sentimientos.
—¡Dios del hielo, ven!
Un gran rayo de hielo salió disparado hacia un pequeño riachuelo, congelándolo por completo.
Él sonrió al ver que sus poderes seguían aumentando. Ya era el Li más poderoso que había existido desde que empezó su dinastía.
Escuchó un gruñido y se giró, esperando encontrarse con los ojos verdes de Sakura, pero entre los matorrales pudo distinguir tres pares de ojos naranjas que lo observaban.
Un escalofrío le recorrió la espalda al ver salir a tres grandes lobos negros, caminando hacia él.
—No os asustéis, soy de vuestra manada —murmuró, tragando saliva y bajando la espada.
Sakura le había explicado varias veces que, desde que sufrieron el ataque del mago, muchos de los miembros de su manada tenían miedo de la magia.
Los lobos mostraron sus colmillos y se inclinaron sobre sus patas delanteras, preparados para abalanzarse sobre él.
Syaoran dio un salto y se sujetó a la rama de un árbol, empezando a trepar rápidamente. Pudo escuchar el sonido de la corteza del árbol rompiéndose bajo las garras de los lobos, que intentaban darle alcance.
Siguió trepando hasta que no pudo subir más y se sentó en una rama, con la respiración acelerada.
—¡No voy a haceros daño! ¡Parad!
Uno de ellos se transformó en humano y lo miró a los ojos desde abajo. Él se estremeció al ver que seguían siendo naranjas y que le lanzaba una mirada llena de odio.
—Pues nosotros a ti sí, apestas a ella —dijo con voz grave antes de empezar a trepar por el árbol.
Syaoran lo apuntó con la espada. No entendía nada y no quería atacarlos, pero si intentaban hacerle daño tendría que hacerlo.
Una loba caoba se abalanzó sobre el hombre de ojos naranjas y cabello negro, haciéndolo caer al suelo. Él gruñó y volvió a transformarse en lobo.
Otros dos lobos se colocaron al lado de Sakura, enseñando los colmillos. Syaoran bajó del árbol de un salto y se acercó a ella, apuntando a los tres lobos negros con su espada.
—Creo que deberíais marcharos —dijo en voz baja.
Agitó su espada y pequeños relámpagos rodearon la hoja. Les apuntó con ella de forma amenazadora, frunciendo el ceño.
Los tres lobos gruñeron, pero se dieron la vuelta y empezaron a correr entre los matorrales.
Syaoran suspiró y sacudió su espada, haciendo que los relámpagos desaparecieran. Sakura mordió suavemente su camiseta y tiró de él para que los acompañara de vuelta a la ciudad.
—¿Qué les pasaba a esos tres?
Sakura gruñó con rabia y no lo soltó. Siguieron caminando hasta salir del bosque, llegando a un descampado donde había ropa tirada por el suelo. Cada lobo cogió la suya con los dientes y se escondió en los alrededores para vestirse.
Poco después, una Sakura muy enfadada se acercó a Syaoran echando chispas por los ojos, le agarró del brazo y lo miró fijamente.
—Que sea la última vez que te quedas solo en el bosque —gruñó entre dientes.
—Suéltame, me haces daño —protestó Syaoran.
Sakura lo soltó y Eriol apareció a su lado.
—¿De qué manada eran? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Eso ya lo sabes —dijo Tomoyo con tono enfadado, que también estaba ya junto a ellos.
—¿No eran de aquí? —preguntó Syaoran, confundido.
—No, son de esa manada que te conté que nos causa muchos problemas... y creo que querían matarte para acabar conmigo —dijo Sakura, poniendo mala cara y sacudiendo la cabeza.
—Hay que informar de esto —añadió Tomoyo.
Empezó a correr hacia la casa cueva de su madre y Eriol la siguió.
