Capítulo Quince

Sangre


Syaoran sintió un escalofrío al reconocer los cinco pares de ojos amarillos que lo miraban con desprecio.

—Vosotros... os recuerdo.

La rabia le invadió por completo y giró sobre sí mismo, creando una espiral de rayos. La lanzó contra los lobos, consiguiendo alcanzar a uno de ellos. Los otros cuatro esquivaron su ataque y se lanzaron a por él.

Su furia se transmitió a su espada, que empezó a brillar con mucha intensidad.

Syaoran apretó los dientes y movió la espada, creando un remolino de fuego a su alrededor. Era su oportunidad para vengar la muerte de su padre.

Unos minutos después, a bastante distancia de allí, Sakura gimió al sentir el dolor de Syaoran.

Aulló y, junto con Eriol y Tomoyo, corrió hacia el lugar donde sentía su olor con más fuerza. Le estaban haciendo mucho daño y podía escuchar sus gritos dentro de su corazón.

Cuando llegó hasta él, lo que vio la dejó paralizada. Syaoran estaba tirado en el suelo. A su alrededor había tres lobos muertos, que parecían haber sido alcanzados por un rayo y por llamaradas, pero otro de ellos estaba desgarrándole una pierna mientras él gritaba e intentaba alcanzar su espada, que estaba en el suelo a unos metros de distancia, siendo arrastrada por otro lobo lejos de su alcance.

Sakura gruñó, furiosa. Sin pensarlo, se abalanzó contra ese lobo.

El otro lobo negro dejó caer la espada y se apresuró a huir de allí a toda velocidad, perseguido por Tomoyo.

Sakura sintió el sabor de la sangre del lobo en sus fauces, pero no dejó de morder su cuello hasta que notó cómo su corazón dejaba de latir. Entonces, escuchó la voz de Eriol en su mente.

¡Sakura, hay que sacar a Syaoran de aquí! Se está desangrando.

Se acercó a su amigo y vio que Syaoran estaba semiinconsciente sobre un charco de su propia sangre. La loba Tomoyo ya había regresado.

Se ha escapado - murmuró con la voz llena de rabia.

Ponedlo encima de mí - pidió Sakura telepáticamente a sus amigos.

Se tumbó en el suelo y los otros dos lobos colocaron a Syaoran en su lomo, empujándolo suavemente con sus hocicos.

Los tres empezaron a caminar, teniendo mucho cuidado para que Syaoran no cayera al suelo, y alejándose del bosque, en dirección a la ciudad.


—¿Se va a morir?

—No puedo permitir que eso pase, Sakura. No podemos perderos a los dos.

Syaoran abrió los ojos lentamente. Se extrañó al ver que estaba tumbado encima de una mesa, rodeado de cuatro personas que lo observaban con ojos asustados.

—¿Qué... —empezó, pero Sakura le tapó la boca con una mano.

—No hables, estás muy débil.

Él se fijó mejor en su cuerpo, bajando la mirada. Lo tenía lleno de heridas profundas y marcas de dientes.

—No debiste intentar acabar con esos lobos tú solo.

Sakura apretó más el torniquete que le estaba haciendo en la pierna y Syaoran gimió de dolor.

—Es inútil, hija. La herida es demasiado grande y ha perdido mucha sangre. Va a morir en cualquier momento si no lo haces.

Ella se giró hacia Fujitaka con ojos furiosos.

—¡No puedo hacerle eso!

—¿Hacerme el qué? —preguntó Syaoran con un hilo de voz.

Los cuatro se giraron para mirarlo fijamente.

—Solo hay una forma de salvarte, Syaoran —contestó Fujitaka con rostro serio.

Él iba a responder, pero todo a su alrededor se volvió negro y se desplomó de nuevo sobre la mesa, jadeando.

—¡Debes hacerlo ya, Sakura! —gritó Tomoyo, intentando contener las lágrimas.

Ella gimió al sentir el dolor de Syaoran y se dejó caer de rodillas en el suelo, sacudiendo la cabeza.

—¡Hazlo! ¡Tienes que hacerlo! —exigió Eriol, sujetando sus hombros y sacudiéndola para que reaccionara.

Ella lo miró a los ojos y asintió, suspirando.

—Espero que me perdone algún día —murmuró, con varias lágrimas cayendo por sus mejillas.

—Seguro que lo hará. Le vas a salvar la vida —añadió Fujitaka, que estaba tras ella.

Sakura cerró los ojos y dejó que su parte loba la invadiera. Al instante, sus huesos empezaron a crujir y su piel se fue cubriendo con un pelaje caoba que todos conocían.

Unos segundos después, abrió los ojos y se acercó a Syaoran. Siendo loba podía oler sus heridas y su sangre mucho mejor, y su instinto le avisó de que ese humano estaba a punto de morir.

Gruñó y se aproximó a uno de sus brazos, hincando los dientes muy profundo en su carne. Escuchó un grito de Syaoran, pero no se detuvo. Dejó fluir su veneno dentro de su torrente sanguíneo durante un minuto entero y solo entonces se apartó, volviendo a transformarse en humana.

Tomoyo le lanzó algo de ropa y se vistió, dando unos pasos hacia Syaoran con gesto preocupado. Él estaba sudando y sufría violentas convulsiones mientras Eriol y Fujitaka le sujetaban para que no cayera al suelo.

Sonomi entró en la habitación y Tomoyo se abalanzó sobre ella, abrazándola.

—¡Mamá! ¿Cómo te encuentras?

La mujer tenía bastantes heridas por el cuerpo, pero ya se estaban cerrando.

—Perfectamente. ¿Y Syaoran? —preguntó, observando al chico que estaba tendido en la mesa con los ojos cerrados.

Seguía temblando sin control.

—Lo siento, perdóname —susurró Sakura en su oído, acariciándole el pelo con cariño.

Un grito agónico de Syaoran les heló la sangre a todos.

—No te preocupes, Sakura. Creo que lo has hecho a tiempo, es cuestión de un par de horas —murmuró Sonomi, rodeándola con sus brazos para intentar consolarla.

Syaoran no abría los ojos y seguía retorciéndose de dolor mientras los demás trataban de sujetarlo.

—Mirad, está funcionando —murmuró Tomoyo a su lado.

Ella dirigió su mirada al cuerpo de Syaoran otra vez y pudo ver que las heridas empezaban a cerrarse lentamente. El cambio estaba empezando.


Unas horas después, cuando Syaoran dejó de moverse, Eriol ayudó a Sakura a llevarlo a su casa cueva. Tras dejarlo sobre la cama, ella suspiró.

Estaba bastante pálido y respiraba muy rápido, pero al menos ya no se retorcía de dolor.

—Sobrevivirá —aseguró Eriol, contemplando la herida de su pierna, ya casi cerrada.

—Cuando se despierte, me odiará —respondió ella, sintiendo que su voz se quebraba.

Eriol la abrazó, suspirando.

—Lo dudo. Él entenderá que no tuviste otra opción.

Tomoyo entró en la casa y, al verlos, se unió a su abrazo.

—Todo irá bien, Sakura —dijo, aguantando las lágrimas por su amiga.

Sakura se alejó de ellos y se sacudió, intentando que la tristeza saliera de su cuerpo.

—¿Cómo ha terminado todo? Ni siquiera le he preguntado a mi padre después de lo que ha pasado con Syaoran —susurró, girándose para mirar a Tomoyo.

—Hemos perdido a cinco de los nuestros, pero Syaoran ha matado a siete con su magia y nosotros a otros trece —contestó Tomoyo con voz triste.

—No entiendo por qué se empeñan en atacarnos —comentó Eriol, sacudiendo la cabeza.

Sakura frunció el ceño.

—Yo sí. Quieren acabar con los Alfas y Betas de esta manada, así podrían controlarla ellos y ser más poderosos... y al enterarse de que Syaoran existe, vieron una oportunidad única.

—Pues casi lo consiguen —respondió Tomoyo, estremeciéndose al pensar en lo que podía haber pasado.

Los tres guardaron silencio, pensando en lo poco que había faltado para que Syaoran y Sakura murieran aquella noche, justo después de haber prometido estar juntos para siempre.

—¿Cómo sigue tu madre?

Tomoyo sonrió al escuchar la voz de su prima.

—Está bien. En un par de días sus heridas estarán totalmente curadas. Quiere que la avise en cuanto despierte Syaoran, para agradecerle lo que hizo por ella.

Sakura también sonrió. Al menos su tía estaba bien.

—Quién le iba a decir que un mago salvaría su vida tras todo lo que pasó con su hermana y su marido —murmuró Eriol.

Las dos chicas asintieron y Sakura suspiró.

—Cuando se levante, avísanos. Te ayudaremos en todo —añadió Tomoyo, rodeando a su prima con sus brazos.

Sakura correspondió a su abrazo y se quedó bajo el marco de la puerta, observando a sus dos amigos perderse entre los primeros rayos del amanecer.

Cerró la puerta y dio media vuelta, entrando de nuevo en su cuarto. En la cama seguía Syaoran, totalmente tumbado y sin moverse. Sakura se sentó a su lado, observando su pecho subir y bajar con cada respiración y la forma en que apretaba sus ojos cada pocos segundos.

—Espero que no estés teniendo pesadillas —susurró, apartando algunos mechones de pelo de su frente sudorosa.

Él estaba muy caliente y seguía respirando demasiado deprisa. Sakura suspiró y se tumbó junto a él, pasando una de las manos por encima de su pecho para poder abrazarlo.

—No sé si puedes oírme, pero estoy aquí, Syaoran. Estoy a tu lado.

Cerró los ojos y sintió varias lágrimas rodando por sus mejillas. Estaba aterrada, temiendo la reacción de Syaoran cuando despertara y viera en lo que se había convertido.

Sakura giró el anillo que llevaba en su dedo anular, esperando que él no se arrepintiera de habérselo dado cuando volviera a abrir los ojos.