Capítulo Diecinueve
El otro anillo
Llegó el momento de volver a la vida "normal", si es que se le podía llamar así. Syaoran no estaba seguro de si era una buena idea, pero tanto Sakura como Eriol le convencieron de que ya estaba preparado.
Hacía bastante que se habían terminado las fiestas navideñas, pero a él le habían dado dos semanas más de vacaciones en la universidad por la excusa perfecta.
Se acababa de casar.
Dos semanas antes
—Estoy nervioso, no me veo preparado.
—Tienes razón, aún no lo estás.
Syaoran suspiró, recorriendo con la mirada los rostros de los demás. Estaban comiendo los cuatro juntos en la casa cueva de Tomoyo y Eriol.
Tenía que volver al trabajo en dos días y solo de pensarlo le daban escalofríos.
Ya controlaba sus cambios de humor mucho mejor, pero todavía le asustaba que algo pudiera alterarlo lo suficiente como para que se transformara en lobo delante de todos, poniendo en peligro la vida de los humanos y el secreto de su condición.
La tarde anterior, Sakura había tenido la idea de ir a Tokio y quedar con sus amigas Chiharu y Rika para que Syaoran las conociera.
Todo salió bien, pero no quería quedarse a solas con los humanos. Estar dando una clase con decenas de ellos a su alrededor... no, lo veía demasiado peligroso.
Syaoran volvió a suspirar y sus ojos volaron hasta Sakura, que estaba sentada justo enfrente. Recorrió las líneas de su rostro lentamente, fijándose en lo tensa que estaba. Eriol y ella estaban hablando sobre lo que podían hacer para ayudarlo a volver a su vida normal sin temor a que algo saliera mal en la universidad.
Siguió observándola, fascinado. Sus ojos verdes, las largas pestañas negras que los enmarcaban... bajó la vista hasta sus labios ye l corazón de Syaoran se aceleró.
Joder, todavía me sigo descontrolando solo con mirarla.
Sakura giró la cabeza hacia él con una sonrisa curvando sus labios, todavía hablando con Eriol.
Me gusta que te pase eso.
Syaoran levantó las cejas al escuchar su voz.
¿Me has oído? No quería que lo hicieras.
Pues yo creo que sí querías.
Él le dedicó otra sonrisa y no apartó la mirada. Su mirada bajó por su cuello, donde se podía ver su marca, y siguió recorriendo sus brazos hasta que llegó a las manos, que estaban apoyadas en la mesa. Syaoran se quedó mirando fijamente el anillo de compromiso que llevaba puesto y frunció el ceño.
—Sakura, quiero que nos casemos ya.
Esta vez, había hablando en voz alta. Los tres dejaron de hablar y lo miraron.
—Pero si ya estáis casados —respondió Tomoyo, dejando salir una risita.
—No como los humanos.
Se hizo el silencio durante unos segundos.
—Syaoran... tú ya no eres humano —contestó Eriol en voz baja.
—Me da igual. Lo he sido casi 25 años y siempre he querido casarme con el amor de mi vida.
Sakura enrojeció y apartó la mirada un momento, mordiéndose el labio inferior. Cuando volvió a mirar a Syaoran, estaba sonriendo.
—¿Cuándo quieres que lo hagamos?
Syaoran la miró a los ojos, levantando una ceja.
—Ahora.
Tomoyo y Eriol se rieron entre dientes.
—Sabes que preparar una boda lleva bastante tiempo, Syaoran. No se puede hacer de un día para otro —comentó Tomoyo con una sonrisa divertida.
Él puso los ojos en blanco.
—No necesito que sea una gran boda, lo único que quiero es que sea con ella.
Esta vez fue Eriol el que puso los ojos en blanco.
—Estás demasiado enamorado, nada más que dices tonterías de humanos.
Sakura le lanzó una mirada de odio a Eriol, sujetando la mano de Syaoran.
—Es mi humano y yo también quiero. Si él quiere que sea ya, lo será. ¿Me ayudarás a encontrar un sitio, Tomoyo? —preguntó, desviando la vista hacia su amiga.
—Yo conozco varios, recuerda que soy abogado —respondió Eriol.
—Pues entonces te encargo a ti que nos pidas una cita. Le diré a mi padre y a Sonomi que vengan, y creo que también avisaré a Chiharu y a Rika.
Eriol asintió y sacó su teléfono, levantándose para hacer una llamada. Entonces ella miró a Syaoran, que estaba muy sonriente.
—Y tú... ¿Vas a querer avisar a alguien?
La sonrisa de Syaoran se borró de inmediato.
—No creo que nadie de mi familia quiera venir.
—Por probar no pierdes nada —dijo ella, apretándole la mano con cariño.
Syaoran suspiró y también se puso de pie, sacando su teléfono del bolsillo. Con manos temblorosas marcó unos números y esperó, alejándose hacia una esquina.
Mientras, las dos primas hablaban sobre la ropa que iban a necesitar.
—Sé que a Syaoran le gustó mucho mi vestido rojo, pero lo destrocé aquel día al transformarme —murmuró Sakura, resoplando.
—Tal vez podemos buscar uno parecido... ¿Sabes cuál es su color favorito?
Ella asintió.
—El verde.
Los labios de Tomoyo se curvaron en una sonrisa malvada.
—Vale, yo me encargo de todo. También buscaré algo para él, déjalo en mis manos.
—Mañana por la mañana iré a buscar unos anillos, a ver si consigo sorprenderlo —susurró Sakura.
Las dos miraron de reojo a Syaoran, que seguía hablando por teléfono de espaldas a ellas. Eriol volvió a sentarse enfrente de Tomoyo.
—Mañana por la tarde, a las cinco —anunció con gesto serio.
—Nuestra primera boda humana —murmuró Tomoyo con emoción.
Los tres se rieron en voz baja.
—Oye, Tomoyo... si te gusta, tú y yo también podemos hacerlo —ofreció Eriol, arqueando una ceja.
—Tal vez —contestó ella, guiñándole un ojo.
Syaoran lanzó el teléfono contra el sofá y se sentó de nuevo junto a ellos, cruzando los brazos y resoplando.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Sakura.
—Cuando le he contado a mi madre que me voy a casar contigo, me ha colgado. Se acabó, no quiero volver a saber nada de ella —gruñó muy alterado y con manos temblorosas.
Ella se levantó y caminó hacia él, sentándose en su regazo para poder abrazarlo. Syaoran apoyó la cabeza en su hombro, suspirando.
—Ella se lo pierde. Además, ahora todos nosotros somos tu familia.
Él la rodeó con sus brazos y se concentró en su respiración. Los latidos del corazón de Sakura y su aroma siempre le ayudaba a relajarse, y no tardó mucho en dejar de temblar.
—Mañana a las cinco, mago —le informó Eriol.
Syaoran levantó la cabeza, asintiendo.
—¿Vosotros vendréis?
—Por supuesto. ¿Qué pregunta es esa? —contestó Eriol en tono molesto.
Él se encogió de hombros, todavía abrazado a Sakura.
—No lo sé. Supongo que estas cosas a vosotros no os interesan mucho.
—Si es importante para ti, también lo es para nosotros —respondió Tomoyo.
Tras acordar una hora a la que encontrarse, Sakura y Syaoran se despidieron y volvieron a su casa cueva.
Pasaron el resto de la tarde reparando los agujeros que quedaban en la pared de su cuarto. Los muebles los habían cambiado hacía una semana y ya apenas quedaban señales del intenso despertar lobuno de Syaoran.
Al día siguiente, todos se encontraban en uno de los edificios más grandes de Tokio, en el recibidor de la planta baja. Estaban esperando a Sakura y a Tomoyo, que habían pasado el día en la ciudad y se reunirían con ellos allí.
—Mejor vamos subiendo. Tomoyo dice que ya llegan —dijo Eriol, guardando el teléfono en el bolsillo de su traje.
Syaoran asintió. Los seis (Eriol, Sonomi, Fujitaka, Chiharu, Rika y él) se subieron en uno de los ascensores y Eriol pulsó el botón de la última planta.
Cuando se bajaron, los ojos ámbar de Syaoran se abrieron como nunca. Estaban en una planta sesenta, con toda la ciudad a sus pies. Al ser las paredes de cristal, la luz del atardecer entraba a través de ellas, iluminando toda la habitación con una luz cálida y anaranjada.
—¿Te gusta el sitio? —preguntó Eriol, dándole un codazo.
—Me encanta, es perfecto —contestó Syaoran, dándole otro codazo en las costillas y sonriendo.
Eriol dio un par de pasos más hacia él, para que nadie más los escuchara.
—Tu lado humano sigue siendo fuerte, intenta mantenerlo así siempre.
Syaoran asintió, todavía sonriendo. Se seguía sintiendo bastante humano.
El ascensor volvió a abrirse y, al girarse, tuvo que contener la respiración. Sakura salió de él llevando un vestido verde oscuro que le llegaba por encima de las rodillas. Era entallado hasta la cintura y tenía la espalda al aire. Ella también se tensó al verlo vestido de traje y Syaoran escuchó su voz en la mente.
Luego te lo arrancaré.
No si te lo arranco yo primero.
Los dos se dedicaron una pequeña sonrisa y desviaron la mirada. Ya habría tiempo para eso más tarde.
Todos se sentaron alrededor de una gran mesa y el notario leyó las aburridas leyes matrimoniales. Cuando terminó, los dos firmaron su consentimiento y eligieron a Tomoyo y Eriol para que firmaran como testigos.
Tras recibir felicitaciones y hacerse algunas fotos con el atardecer de fondo, todos fueron juntos a cenar a un restaurante italiano que había a dos calles de distancia para celebrarlo.
Tras pagar la cuenta, Syaoran se dirigió a la salida del local donde los estaban esperando todos. Chiharu y Rika se despidieron, pidiendo un taxi para marcharse juntas a casa.
—Venid con nosotros en el coche, así dejamos a la parejita a solas un rato —propuso Sonomi, mirando a su hija.
Ella y Eriol asintieron y también se despidieron, marchándose con Fujitaka y Sonomi.
Cuando se quedaron solos, Syaoran entrelazó los dedos de su mano con los de Sakura, caminando hasta donde ella había dejado aparcado su coche. Una vez que los dos estuvieron dentro, ella no puso la llave en el contacto.
—Tengo algo para ti.
Él la miró, algo extrañado. Ella abrió el bolso pequeño que llevaba, sacando una caja negra y ofreciéndosela. Al abrirla, Syaoran vio que dentro había dos cadenas de plata muy finas con algo circular colgando.
—Hay uno para ti y otro para mí. Prefiero que los llevemos como un colgante para no tener que estar pendientes de él cada vez que nos transformemos.
Sakura cogió uno de los collares, colocándoselo en el cuello, y después hizo lo mismo con el de de Syaoran. Él sujetó el anillo que había dentro de la cadena, observándolo.
Parecía ser de oro blanco. Por dentro tenía grabado "S&S" y una fecha del mes de septiembre del año anterior que no entendió.
—¿Qué pasó ese día de septiembre? —preguntó, levantando la mirada.
—Fue el día que te encontré.
El corazón de Syaoran empezó a latir mucho más rápido. Un gruñido resonó en su pecho y sus ojos empezaron a brillar.
—Aquí no puedes hacer lo que estás pensando o destrozaremos el coche —añadió Sakura, riéndose al sentir las oleadas de deseo que estaban recorriendo su cuerpo sin control.
—Entonces conduce rápido —contestó Syaoran, sin quitarle la vista de encima.
Ella levantó las cejas de forma sugerente y arrancó, incorporándose al tráfico de la calle principal.
Veinte minutos después, ya habían salido de la ciudad y estaban subiendo por la ladera de la montaña. Pero, en lugar de seguir por la carretera que llevaba hasta su pequeña ciudad de casas cueva, Sakura giró el volante y se metió por un camino de tierra.
Syaoran la miró de reojo, alzando una ceja, pero no dijo nada. Al llegar hasta un pequeño valle, ella detuvo el coche bajo un gran árbol y apagó el motor.
—Ven conmigo.
Él salió del coche y empezó a seguir a Sakura, que había dejado sus zapatos bajo el árbol y estaba corriendo a toda velocidad. Consiguió alcanzarla y tiró de su brazo hasta que ella se detuvo.
—¿A dónde vamos? —preguntó con voz curiosa.
—Ya hemos llegado —anunció ella.
Syaoran dio unos pasos, mirando a su alrededor. Estaban en una gran llanura donde había un lago no muy profundo. Al no haber luces, se veía perfectamente la vía láctea sobre ellos. Sakura se acercó a él y recorrió su cuello con los dedos.
—¿Qué tal si hoy nos volvemos locos aquí? Así no hay riesgo de que rompamos nada —propuso con una sonrisa traviesa.
Él frunció el ceño, cruzándose de brazos.
—¿Venías aquí con Yukito?
—No.
—¿Y con los otros de los que no sé ni sus nombres?
—Nunca te los diré, con que estés celoso de Yukito es más que suficiente. Y no, siempre he venido sola. Es un buen sitio para pensar y bañarme sin que nadie me moleste.
Syaoran relajó la expresión y bajó la cabeza hasta juntar sus frentes.
—Prometo no volver a ponerme celoso. Sé que eres solo mía —susurró, tocando el anillo que colgaba del cuello de Sakura.
—Este es mi lugar especial, nadie más lo conoce —dijo ella, fijando la mirada en sus ojos y sonriendo.
—Me gusta demasiado este vestido para romperlo —comentó él, bajando lentamente la cremallera que había en su espalda mientras dejaba un mordisco suave en uno de sus hombros.
Sakura tiró de la camisa de Syaoran con las dos manos, haciendo que los botones salieran disparados en todas direcciones.
—Pues a mí me da igual tu traje.
Él bajó lentamente los tirantes de su vestido, dejando varios besos en la curva de su cuello.
—Estás demasiado tranquilo —dijo ella, terminando de romper su chaqueta y lanzando los trozos al suelo.
—Quiero ver si soy capaz de controlarme.
El vestido cayó sobre la hierba y los ojos de Syaoran empezaron a brillar mientras recorrían su cuerpo.
—Creo que no vas a poder —murmuró ella, mordiéndose el labio para no reírse.
—Sí que puedo —gruñó él, levantando la vista para mirarla a los ojos.
Cuando lo único que les quedaba era sus nuevos colgantes, Syaoran levantó a Sakura con sus brazos y ella enrolló las piernas en su cintura, atacando sus labios. Sin dejar de besarla, empezó a caminar por el valle hasta que estuvieron dentro del lago, con el agua llegando por sus hombros.
—Esto de no sentir frío es genial —admitió él, recordando que todavía estaban en Enero y era pleno invierno.
Sakura rodeó su cuello con los brazos.
—Podemos venir aquí siempre que quieras.
—¿Cuánto se tarda si venimos corriendo desde nuestra ciudad?
—Unos quince minutos.
Syaoran sonrió.
—Entonces vendremos todas las noches.
Sakura empezó a reírse y Syaoran la calló con un beso. Volvieron a separarse, jadeando suavemente.
—Me ha gustado tu regalo, Sakura. La verdad es que no había pensado en los anillos.
—Los humanos se los ponen, por eso imaginé que te gustaría.
Ella levantó su mano izquierda y observó su anillo de compromiso, suspirando.
—Me va a dar mucha pena no volver a llevarlo.
Syaoran frunció el ceño.
—¿Te lo vas a quitar?
—¿Puedo seguir llevándolo puesto? —preguntó Sakura, algo confundida.
—Pues claro, muchas chicas lo hacen.
Sakura sonrió, quitándoselo del dedo. Abrió el broche del colgante y metió ahí el anillo.
—Así no habrá riesgo de que lo pierda si me transformo.
Syaoran atrapó entre sus dedos los dos anillos que Sakura tenía ahora en su cuello y la miró a los ojos.
—Bueno, se acabó lo de controlarse —gruñó, sumergiéndose del todo en el agua con ella entre sus brazos.
