Los personajes no son míos.
Fue mi padre quien recibió la llamada. En ese lapso de tiempo, con teléfono en mano, comenzó a reír históricamente. Mi madre lo miraba preocupada a los pies de la escalera.
Mi padre negaba con la cabeza, sonriendo ampliamente. Lágrimas caían de su rostro sin detenerlas.
Al otro lado de la llamada, el mensaje era claro; le daban las malas noticias, sus más sentido pésame que se por favor se dirigiera a la dirección asignada.
Cuando colgó el teléfono, miró a mi madre contándole lo que había pasado. Ambos se miraron confundidos, haciendo la misma pregunta: ¿Qué? ¿Qué?
Y ante el grito ensordecedor de mi madre giré mi rostro viendo el mismo paisaje que me gustaba y elegía siempre: lilas por doquier en un amplio campo. Me gustaban las lilas.
Eso era lo único que llevaron a mi funeral.
—¿Ramen? —Mebuki levantó la cabeza bruscamente dejando las agujas de tejer. Yo asentí cerrando el libro que estaba leyendo y dejándolo a un lado. — Es una sopa de fideos, ¿por qué? ¿Recordaste algo?
Lo último me lo dijo esperanzada, hice una mueca de dolor ante su ilusión. Sabia que cualquier cosa que recordara debía decírselos. Les había preguntado porqué no me decían lo que me sucedió en el accidente, me ahorraban los problemas. Me respondieron que no, no era posible, ya que mi mente estaba en estado delicado y sobrecargarme de información empeoraría mas mi estrés y mi agitación, si eso era posible.
Y esa era la misma razón por la cuál nadie había venido a visitarme salvo mis padres.
Miré a Mebuki y negué con la cabeza a su pregunta. Ya había buscado esa información en cualquier parte de mi cabeza, pero no había nada que se conectara con el ramen.
—Sólo quería saber que era, escuché a un chico pedirlo en la cafetería —le respondí.
—Oh —dijo y miro hacia la bufanda que estaba tejiendo—, ¿Qué te parece si te traigo un pote de ramen mañana? Siempre… siempre fuiste una chica curiosa, nunca te gustó no saber nada de algo.
Miré mis manos y las apreté. ¿Así era yo? Mis labios comenzaron a temblar. Respiré hondo.
No. Debía permanecer en el presente, orientarme y concentrarme en las cosas que me estaban sucediendo ahora. Todo a su tiempo.
Mi mente se sentía como arena, deslizándose entre mis dedos.
Asentí a mi madre. Tal vez de grano a granito.
