Pertenecer a una de las familias más respetadas, adineradas y puras del mundo mágico, parece algo sencillo, un beneficio que nadie más puede tener, la felicidad asegurada... Miles y miles de galeones en una bóveda bien resguardada de Gringotts. El prestigio de llevar un apellido con varias generaciones de magos y brujas poderosos.

Asistir a las más lujosas fiestas, vestir con las mejores ropas, ostentar las más brillantes joyas, codearte con otras familias adineradas y respetadas del mundo mágico.

Pero detrás de todos esos lujos existía un lado oscuro que cada familia escondía, los prejuicios y la discriminación hacia las personas que consideraban inferiores a ellos. Ser un sangre pura y mantener ese linaje de sangre significaba arreglos matrimoniales sin importar que la pareja involucrada estuviera o no de acuerdo, incluso podías llegar a ser esposa o esposo de un pariente y todo por conservar el linaje de sangre pura.

Desde que tuve memoria la más importante lección de toda familia de sangre pura era odiar a todo aquel que fuera en contra de nuestros principios. Los sangre sucia y los muggles eran considerados una escoria que contamina nuestro mundo.

Y todos nos aprendimos la lección al pie de la letra...

Los sentimientos eran una debilidad, una pérdida de tiempo, un obstáculo para alcanzar nuestros objetivos de la pureza de sangre.

¿Amor?...

Era una ofensa llegar a sentir algo parecido al amor pues los sentimientos estaban vetados. Mis padres jamás me mostraron un signo de que me amaban o tenían cariño por mí, así mismo pasaba con mis amigos.

Una máscara de indiferencia y frialdad fue forjada desde la niñez. Lecciones de buenos modales, lecciones de duelos, hechizos, encantamientos, pociones... Eran interminables sesiones que debía cumplir en estrictos horarios o mi castigo era recibir un crucio, bastante cruel pero efectivo decía mi padre.

Draco, Blaise, Theo y Daphne... Nuestra amistad se forjó y fortaleció en esas clases, pues al ser nuestros padres amigos o conocidos, tomábamos juntos las lecciones.

Los hermosos jardines de nuestras mansiones eran los lugares donde conversabamos, reíamos o simplemente nos tirabamos en el césped a observar el cielo y aparentar por un instante que éramos unos niños normales...

Al entrar a Hogwarts probé un poco de libertad pues salía de las cuatro paredes que me encerraban en una jaula de oro. Sabía perfectamente en que casa quedaría, la casa de mis padres, de mis abuelos y todos los antepasados de la familia Parkinson. Y ahí en Hogwarts fue que lo ví por primera vez...

Al ser una niña de sólo 11 años y con mis prejuicios bien arraigados, burlarnos y menospreciar a todo aquel que veíamos como débil era una buena forma de divertirse y más si se trataba de San Potter, la comadreja y la sangre sucia, ellos eran el principal blanco tanto de Draco como el mío de las burlas y los insultos.

Era una situación normal desde mi punto de vista, ellos estaban muy por debajo de mí y mis amigos...

En cuarto año, mi vida comenzó a cambiar. Con un sólo gesto amable... Mi máscara de frialdad e indiferencia quedó destruida por su amabilidad y su buen corazón...

Fue una sensación extraña en el estómago, como un vacío que sólo era llenado cuando lo tenía cerca de mí, esas ganas de saber con quién estaba, dónde y qué hacía... Esa sensación de calidez cuando me consoló esa noche en la Torre de Astronomía y que a pesar de todo lo mal que lo trate a él y sus amigos me brindó palabras amables, sentir como con un simple abrazo logró que mi corazón latiera frenético...

Observar de cerca sus ojos, esos ojos verdes que brillaban cual esmeraldas a la luz de la luna, mismos que me miraron no con rencor sino que con amabilidad mezclada con un poco de lástima, pero mi frío corazón lo agradeció.

Harry Potter...

Mi enemigo, quien debía odiarme por todas las burlas hacia él, sus amigos y su casa... El niño que vivió. Ese chico de cabello color negro y ojos verdes, con un corazón tan grande que hizo a un lado el rencor y posiblemente el odio que sentía por mí para consolarme.

Limpio mis lágrimas, me abrazó y me dió un beso en la frente. Un gesto tan insignificante para algunos pero que para mí significó mucho...

¿Por qué en ese momento salto mi corazón de alegría?

Mis piernas temblaron y un calor recorrió mi cuerpo desde las puntas de los pies hasta la última hebra de cabello.

Cuando me dejó para dirigirse a su sala común, me sentí vacía, un frío se depositó en cada rincón de mi corazón y la máscara que portaba volvió a su lugar para lucirla ante el mundo.

Harry Potter fue quien echó al suelo todos mis prejuicios, fue quien me enseñó que todos somos iguales sin importar tu estatus de sangre, fue quien me demostró que mi corazón podía sentir lo que es el amor...

Poco a poco sanó mis heridas, y así poco a poco se ganó un lugar en mi corazón.

El hielo se derritió y aunque luche contra mis sentimientos, pudieron más que yo. Me enamoré del chico que se supone era mi enemigo por naturaleza... Yo debía odiarlo, sentir asco por lo que era y por lo que luchaba.

Ambos estábamos marcados por un destino que nos separaba y que debíamos cumplir al pie de la letra.

Él era luz, yo era oscuridad...

Él era héroe, yo era villana...

Todo el mundo mágico estaría en nuestra contra, estar juntos era incorrecto, sin embargo, ambos estábamos dispuestos a luchar por este amor que ninguno planeó.

Pero las circunstancias hicieron que él me abandonará cuando más lo necesite, al parecer el amor que me profesaba no era tan grande para enfrentarse a sus amigos y el que dirán...

Quise odiarlo y arrancarme el amor que sentía por él, dejé todo atrás, a mis amigos, a él...

Iniciar una nueva vida lejos del hombre que me enseñó cómo vivir pero que también me mató cuando prefirió su fama de héroe de guerra, a sus amigos y a la mujer que siempre amó... Ginevra Weasley.

"Nada puede quebrarme... Soy de titanio... Nada puede quebrarme..."

Soy Pansy Parkinson y nadie me verá caer... Fuerte por fuera, débil por dentro.