Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Meyer, yo sólo hago realidad mis más absurdas ideas.
Inspirado en: Nada. Vale, creo que estoy saliéndome mucho de papel, pero bueno, no puedo evitarlo. ¡Léanlo!
Dedicado a Erin de acuario.
Meteorito
Miraba los ojos aguados y brillantes de mi madre. Miraba los ojos rojizos y la sonrisa tirante de mi hermano. Miraba los preciosos vestidos de mis amigas, así como escuchaba sus palabras, sus risas, los juegos y las miradas más traviesas que nunca. Miraba el gesto casi derretido de mi padre, un cúmulo de emociones y sentimientos, como si el hombre apenas pudiera controlarse.
Mirarlo a él era como recordar a ese cuento de una princesa encerrada en una torre cuidada por un dragón. Definitivamente yo no era una princesa, no había torre y no existía el dragón, pero en este momento podría jurar que él quería ser ese dragón para encerrarme y no dejarme hacer lo que estaba a punto de suceder. Lo miré con una sonrisa antes de mirarme una vez más al espejo.
Estaba tan emocionada, tanto que sentía la garganta apretarse y los ojos picar. ¿Cuántas veces de niña no había soñado con esto? ¿Cuántas veces de adolescente no imaginé este día? ¿Cuántas veces hecha mujer no pensé en un vestido, en una iglesia, en un hombre que me esperara? Oh, cielo, ¿cuántas veces no lo pensé a él, si a él? Y no, no me refería a ese rostro que amaba tanto como a mí, o a ese carácter y personalidad que encajaba con la mía. No, no me refería a nada de eso, aunque él llegó a ser eso y más.
Había soñado, imaginado y pensado tanto en aquel hombre que llegara a venir a ser el amor de mi vida, que apareciera para serlo todo a mi lado. Porque jamás me había importado como luciera, como fuera físicamente, todo lo que deseaba era un amor, un amor de verdad, sincero, capaz, valiente, que no vacilara o dudara de quererme o no, que no se rindiera, que no renunciara ante los problemas, que se convirtiera en algo profundo, eterno y duradero. Soñé tantas veces con el amor, con él sin saber cómo era, cómo lucía, simplemente soñando con lo que haría cuando apareciera.
Sonreí con casi pena. Lo había esperado y en esa espera me había equivocado dos veces, oh, sí, dos veces que confundí el amor, dos veces que me rompieron el corazón por creer que al fin había llegado, dos veces que lloré y sufrí tanto pensando que no me amaban y que jamás lo harían, que no estaba destinada para esto, que ni siquiera era merecedora de ello. Pero sólo fue eso, sólo me había equivocado de personas, pues definitivamente, por mucho que los hubiera querido a aquellos dos, era lógico que no eran ellos, que nunca fueron ellos ese amor que anhelaba.
Giré un poco y me vi de perfil, efectivamente, podía reconocer mi error. Sólo me había equivocado, porque de otra manera, no estaría aquí, sintiendo que podía explotar de alegría y dicha, pero con la paz más grande que podía abarcarme por estar a punto de unir mi vida con alguien más, unirme por amor, por aquella libertad que se respiraba a su lado, por la confianza de que nunca más estaría sola y que nunca más romperían mi corazón.
Y no, no es fuera ilusa de pensar que nunca mi corazón sufriría, porqué sé que habrá cosas que lo dañaran, que lo rasguñaran y magullaran, porque así es la vida, él no puede garantizar hacerme feliz todos los días, todo el tiempo, ese no es su trabajo, era el mío, era mi trabajo ser feliz y compartir esa felicidad con él, uniéndola a la suya. Él sólo procurará que nada me rompa, que nada me destruya, que siempre será ese pilar, ese apoyo sosteniéndome, así como yo lo sería para él, siendo esa roca que lo mantendrá de pie sin importar que tan fuerte ruja el viento o la tempestad crezca.
Estaba tan segura de eso, que no podía esperar más para iniciar mi vida a su lado.
—Perdimos a Leah otra vez —desvié la mirada del espejo y de aquel hermoso vestido que mi padre me había comprado para ver a mis amigas reírse. Rosalie se reía de mí otra vez.
—Déjenme en paz —me di la vuelta y sonreí a pesar de mis palabras serias.
—Luces tan hermosa. No creo que pueda contener el llanto, ya quiero llorar —reí fuerte ante las palabras de Alice, mientras se abanicaba el rostro con las manos, mirando al techo. Tuve que contenerme para no hacer lo mismo— Es increíble que estés a punto de casarte, con él, con mi rebelde primo.
—Es el hombre, ¿verdad, Leah? —contestó Rosalie, sonriendo de brazos cruzados y elevando una ceja con picardía.
—No, no, no van a hablar de cosas así mientras yo esté presente y papá también lo esté —escuché quejarse a Seth y agradecí mentalmente que el rubor ocultara realmente la rojez de mis mejillas, pues ya sabía a qué se refería la rubia, recordándome a aquella ocasión que ella y su novio nos encontraron en una posición demasiado comprometida en el auto.
—Exactamente —amonestó mi padre y todas reímos.
—Disculpa, papi —susurré.
—Harry, tu hija ya es mayor y es obvio que ha hecho muchas cosas, cosas que seguramente tú recuerdas de nuestra juventud —regañó mi madre con aquella sonrisa divertida y burlona que siempre le daba a mi padre, haciéndolo enrojecer y alterarse más— Mejor vamos por un trago.
—Sí, por favor, porque parece que no recuerdan que estoy aquí —se quejó Seth y mi madre sólo viró los ojos y sacó a ambos de ahí.
—Estaremos en la salita esperando.
Asentí y sentí nuevamente el beso de ella en mi mejilla y luego otro abrazo, pues desde que me había visto con el vestido, el peinado y el maquillaje listo, no había podido dejar de hacerlo. Sabía que estaba feliz, emocionada más que nadie, quizá hasta superando mis propios nervios.
Vi a mi familia salir y luego miré de nuevo a mis amigas conversando, hablando y enumerando casi con voz inaudible todo lo que habían hecho para conseguir que este día fuera perfecto. Era claro que les debería un gran obsequio después, aunque sus palabras eran de que lo habían hecho con todo el gusto del mundo.
Para ser sincera no podía quitar la mirada del espejo, viendo como aquel precioso vestido se pegaba a mi cuerpo. No había querido el clásico vestido esponjado y llenó de brillos que Alice ordenó probarme, pues lo mío iba más a lo sencillo, algo de encaje y también suelto y vaporoso, después de todo me casaría en la playa y no quería nada me estorbara para caminar, y había conseguido el vestido ideal, un vestido ligero de encaje, pegado hasta mi cintura y luego ligeras capas de tul, otorgándole suavidad y movimiento. Sonreí de nuevo, hasta que escuché que el celular de Alice sonó y ella lo sacó de su pequeño bolso color dorado.
—Bien, en treinta, entonces —la escuché decir y pude sentir como los nervios regresaban nuevamente a mí— ¡¿Qué?!
Me volteé hacia ella de inmediato, alarmada por su voz un tanto aguda, pero ella al verme sonrió de manera tensa, alejándose un paso que yo avancé también. No pude evitar apretarme las manos con angustia, pensando lo peor y Rosalie tuve que detener mis muñecas cuando tuve intenciones de llevar mis dedos al cabello, sabiendo que era probable que arruinara mi peinado.
—De acuerdo, cariño, no creo que haya problema —fue lo último que dijo antes de cerrar el celular.
—¿Pasó algo malo?
—No, nada. Era Jasper, dice que mi madre tiene casi todo listo para la ceremonia, que ya está acomodando a todos.
—Le deberé un gran regalo a tu madre, pero eso no fue lo que te alteró, Alice —dije con intención, acercándome a ella— ¿Pasó algo grave?
—No, nada, todo marcha perfectamente —de seguro vio mi mirada irritada porque de inmediato colocó una mano sobre mi hombro de modo conciliadora— Todo está bien, Leah, Jasper esta con Garret, pero Edward le avisó de que llegó Jacob.
—Eso no tiene nada de malo, es mi mejor amigo y yo lo invité, era obvio que vendría —suspiré con una sonrisa, sin saber porque ella y Rosalie parecieron disgustarse un poco.
—Claro, tienes razón. Quizá sólo es mi vena de planeadora de bodas al límite, porque uno de los invitados no está allá y viene para verte —dijo con rapidez y poniendo una mueca de desagrado.
—¿Jacob viene? —pregunté, sintiendo una alegría más grande.
—Sí —suspiró y trató de sonreírme a la fuerza.
—No entiendo porque viene para acá, la boda es en la playa —bufó Rosalie y al contrario de Alice, ella no se limitaba a demostrar que realmente él no le agradaba, aunque no tenía ni idea de porque sinceramente, cuando antes era diferente.
Antes. Mucho antes. Suspiré y me di la vuelta hasta sentarme en el sofá, pensando una vez más en el pasado. Antes, cuando todos éramos amigos, mejores amigos de secundaría. De esos que siempre estaban juntos en las tardes después de clases, que pasaban los fines de semanas en casa de uno u otro, estudiando si eran exámenes finales o bebiendo cervezas y jugando sino había nada que hacer. Años de eso. Cuando Alice se la pasaba revoloteando alrededor de un serio Jasper que sólo tenía ojos para ella, pero que no sabía cómo declararse; cuando Emmett y Rosalie eran ya una pareja más hormonal que amorosa, pero que supieron encontrar el equilibrio entre tanto desastre; cuando Jacob, mi mejor amigos, estaba enamorado de Bella, pero Bella de Edward y Edward de ella, pero que no se atrevía a dar un paso porque Jacob era su mejor amigo y no quería herirlo; y yo, yo saliendo con Sam hasta que me rompió el corazón acostándose con mi prima.
Ese fue mi primer amor y mi primer corazón roto. El que tardé en superar y necesité el apoyo de cada uno de ellos para poder salir de tanto llanto y de tanta rabia.
El siguiente desastre llegó a mi corazón a manos de Jacob he de confesar. Cometí la estupidez de enamorarme de mi mejor amigo, un error que no pude evitar, cuando ambos con el alma herida nos hicimos más unido de lo que ya éramos, y, entonces, tuve la mala fortuna de declararme en una noche de tragos en su propia casa, pretendiendo estar más ebria de lo estaba para poder coger valor y tener la posibilidad de que creyera que no lo recordaría al día siguiente si es que me rechazaba por completo y no volver nuestra amistad incomoda por ello. Y él lo hizo, me rechazó sin rechazarme del todo, sabiendo que mis sentimientos estaban ahí, y aunque todos decían que él los correspondía, seguía saliendo con una y con otra y otra chica, las cuales conocí y hasta las hice amigas porque él era mi mejor amigo y si eso era importante para él, también lo sería para mí.
Sí, tal vez no fue una sola vez que herí mi corazón por su culpa, tal vez fueron más, pues cada una de esas chicas fue una herida más a mi pobre corazón que aun así no se rendía en quererlo, esperando que él algún día también se diera cuenta de que me quería de la misma manera que yo a él.
Pero eso se terminó, se acabó cuando apareció Garret, el primo ingles de Emmett y Alice, tan galante, tan hermoso, tan divertido y caballeroso. Aun podía recordar el día que lo conocí en aquella sala de los Cullen, mientras era su fiesta de bienvenida y él besando mi mano con un guiño que me hizo sentir de gelatina las piernas. Entonces cedí, así, dócilmente, algo que no había hecho desde Sam, obligándome a no hacerlo jamás para que no se burlaran de mí, pero es que no pude contenerme, y aunque Jacob estaba ahí, a mi lado, tan leal, amistoso y disponible como cada vez que terminaba con una de sus novias, siendo el bendito hombre perfecto que siempre era cuando no estaba ligando y sólo pretendía ser mi mejor amigo para compensar sus previos abandonos, haciéndome la mujer más importante de su vida como siempre lo decía; pero yo no pude quitar mi mirada de aquel chico, pues algo en él me jalaba, me llamaba, me llenaba.
—¿Me estás escuchando, Leah? —me preguntó aquella noche, mientras me pasaba el siguiente vaso de vodka.
—Sí, por supuesto —contesté después de darle un sorbo a mi bebida y desvié la mirada mientras él volvía a sentarse a mi lado de manera pesada.
Sonreí con gracia al ver como Emmett y Garret reían a carcajadas mientras jugaban, consiguiendo que aquel chico también me mirara y sintiéndome más liviana que nunca, aunque también pudo ser el alcohol entrando en mi sangre.
—Pues no parece —masculló, atrayendo mi atención de nuevo hacia su rostro.
Rodé los ojos y me senté pasando los pies sobre su regazo, recargándome en uno de los brazos del sofá para verlo de frente, mientras lo veía sonreír y empezar a jugar con los hilos del borde de mis jeans. Sonreí al verlo. No podía negar que todavía lo quería, que de verdad lo quería, pero con cada una de sus acciones, aun sabiendo que lo amaba, habían hecho que eso disminuyera en gran medida. También quería pensar que no lo hacía con intención, que sólo vivía a como quería porque no podía detener su vida por no poder corresponderme, aunque Rosalie bufara y rodara los ojos cada vez que lo se lo decía, cada vez que lo justificaba y defendía según ella, pero no pretendía eso realmente, sólo que, bueno, el tipo no me quería como yo a él y yo sólo debía ser la mejor amiga que siempre había sido y ya.
—Pero porque hace lo que hace, porque dice lo dice.
Era lo que siempre me recriminaba la rubia y yo tenía que morderme el interior del labio con dolor al pensar en eso, porque si lo veía desde su perspectiva, podía llegar a creer que, aunque Jacob no pretendía corresponderme algún día, sí que seguía fomentando mis sentimientos por él, como si quisiera mantenerlos en mí. Como si quisiera que lo amara, aunque él no lo hiciera o nunca llegara a hacerlo o al menos intentarlo.
—Él es mi mejor amigo y jamás ha sido su intención eso, él no pretende que…
—¿A no? ¿De verdad no? ¡Permíteme dudarlo entonces!
—¡Rosalie! —gritó esa vez Alice, pensando que su cuñada ya se estaba pasando y viendo como yo me angustiaba cada vez más, aunque me esforzaba porque no se me notara.
—Por favor, Alice, hasta tú lo has pensando también —acusó y yo miré a la pequeña pelinegra, que desvió la mirada con una expresión de culpa, pues su honestidad jamás le permitiría mentirme. Entonces me sentí hundir en el colchón de Alice, queriendo desaparecer entre las sábanas, mientras miraba el techo— Repasemos sus frases para tenerte ahí —dijo en voz alta y yo quise apretarme una almohada a la cara hasta dejar de respirar, para no tener que escucharla, pero sólo pude quedarme quieta para tener que hacerlo—. "Tienes derecho de antigüedad y prioridad" es lo que dice cada vez que te das cuenta que una de sus novias de turno tiene celos de ti; "todo el mundo sabe que te quiero más que a nadie" lo dice cuando eres tú quien deja ver apenas la superficie de tus celos que pretendes disimular; "ninguna de mis novias está por encima de ti, jamás pondré a una de ellas sobre ti y eso lo saben" lo repite cuando está a punto de terminar con una y es necesario embaucarte de nuevo —para ese momento mis ojos ya habían dejado de picar al intentar contener mis lágrimas, y sólo dejé que fluyeran como si eso pudiera curarme el alma, sin hacer sonido, llorando en silencio, sin dejar de ver al techo— "me gusta abrazarte, encajas tan bien en mis brazos" es cuando es un imbécil ebrio; "me encanta el olor a cítricos de tu cabello y el aroma a coco de tu piel"…
—¡Basta! —grité con amargura, dándome la vuelta en la cama y abrazando una de los cojines rosados de Alice— Sólo basta, Rosalie.
Ella se quedó en silencio, aunque era seguro que su discurso tenía para rato. Por unos cuantos minutos, mientras lloraba, no hubo sonido o movimiento. Jamás esas frases las había tomado con doble intención, aunque era cierto que podían ilusionarme, pensando que de verdad él sentía algo por mí y no se atrevía a confesarlo por miedo a perder nuestra amistad, algo que yo también tuve que enfrentar antes de atreverme a declarar, porque él era mi mejor amigo y por nada del mundo lo quería perder. Pero ahora, ahora mis dos mejores amigas me decían que eso no era así, que él lo hacía con esa intención, como si Jacob, el hombre que quería, el mejor amigo que amaba, fuera una basura y sabía que eso me ilusionaba y continuaba haciéndolo para no perderme de ningún modo, y no perder lo que yo sentía por él.
Sí, aun después de eso tuve esperanza de que Jacob decidiera ser valiente y confesara que deseaba estar conmigo. Lo seguí esperando aun cuando tuve mi primera cita con Garret, aunque realmente no salí con él por despecho o por querer darle celos, lo hice porque Garret era un chico divertido, amable y maravilloso, con el cual pasé una tarde increíble pensando que podía surgir algo bueno de eso, si no era amor, si una buena amistada.
Después de esa cita vinieron más, siempre apoyadas por Jacob, que al verlo tan feliz de que yo saliera con alguien, llegó a rozar mi corazón, hasta que me obligué a dejar de quererlo y dejar de amarlo como a un hombre, disfrutando de lo que empezaba sentir por Garret, dejándome llevar hasta que acepté ser su novia, olvidándome por completo de Jacob como pareja, algo que nunca le oculte a Garret en el inicio, y fui totalmente sincera cuando le dije que me había enamorado de él, que lo amaba de verdad como nunca había amado, y él confesó lo mismo.
Garret fue un maravilloso bálsamo, un aire limpio y fresco ante todo eso. Porque nunca me prohibió o se molestó porque siguiera viendo a Jacob, yo le dejé en claro que ahí la única que sintió algo fui yo y no él, aceptando que era mi mejor amigo, aunque Garret lo era más ahora, porque eso era lo que esperaba en una relación, un mejor amigo y pareja en todos los sentidos, alguien a quien pudiera contarle secretos, disfrutar con él la cosas más simples y complejas, ser totalmente yo y que él fuera totalmente él a mi lado.
Y ahora estaba punto de casarme con él, con el amor de mi vida, con el real, al que había esperado tanto. Y aunque sabía que Alice se esforzaba por entender y Rosalie no quería hacerlo, Jacob seguía significando tanto para mí. Fue y era mi mejor amigo, y por un tiempo lo amé más que a nadie, pero ya eso había acabado y ahora venía para acá y eso me emocionaba, una emoción distinta a la que antes albergaba por él. Sólo me sentía feliz, alegre, divertida también, nada comparado a lo que sentía por Garret. Nada se comparaba a lo que Garret me hacía sentir.
Salí de mi estupor y pensamientos al escuchar la puerta ser tocada. Miré a mis damas de honor y ellas tenían puesta la mirada en la puerta, una lucía preocupada y la otra más fúrica que antes. Yo sólo negué con la cabeza y me puse de pie.
—Adelante —contesté y recibí aquellas dos miradas al instante. Sólo arrugué la nariz con gracia y me encogí de hombros sin casi interés.
La puerta se abrió y por ella entró él. Reí entre dientes al ver la mirada asesina de la rubia. ¡Cielos! Estaba segura que si tuviera un cuchillo o una pistola en la mano, no sería tan impactante como el estar cruzada de brazos.
—Hola, Jacob —saludé al mudo chico que sólo me miraba de manera sorprendida.
Mi ego y vanidad alcanzaron un nuevo nivel, y sólo pude pensar lo que haría en mí la mirada de Garret cuando me viera llegar. Estaba segura que en ese momento me sentiría la mujer más hermosa y perfecta del mundo, pues eso era algo que su mirada siempre me demostraba.
—Leah —saludó él y cerró la puerta con cuidado— Estás maravillosa —elogió y yo sonreí completamente.
—Gracias —no pude evitar dirigir mi mirada nuevamente al espejo.
—¿Qué haces aquí, Jacob? Deberías estar con los otros invitados —escuché la voz de Alice y eso me hizo girar.
—Sólo quería verla…
—Bien, ya lo hiciste, creo que puedes irte —contestó la rubia con acidez y mirándolo de mala manera, algo que hizo que Jacob también le devolviera la mirada con amargura.
Negué lamentando la escena. No podía entender como su amistad juguetona y de peleas sin mala intención había acabado en esto, en este rencor, desagrado y furia.
A Rosalie no le gusta que nadie trate mal a las personas que quiere y no le importara demostrar su disgusto, aunque esa persona sea alguien que también aprecia. Me dijo Garret una vez, cuando le conté que antes ambos eran amigos, que todos lo éramos, aunque la relación de él y Edward se había enfriado cuando él y Bella empezaron a salir oficialmente.
—Rose —pedí y ella me miró para luego rodar los ojos.
—Leah, ¿podemos hablar? —preguntó Jacob.
Miré a mi organizadora de bodas y pude verla checar el reloj de su celular, porque, aunque no me negaba a hablar con Jacob, jamás lo haría a posta de llegar tarde a mi boda con el amor de mi vida. Jamás haría esperar a mi hombre por Jacob.
Pude ver a Alice debatiéndose ante la respuesta, sobre todo por la mirada intensa que Rosalie le estaba dedicando, como aclarando que sería un error ceder y la ahorcaría si decía que sí.
—Sólo será un momento —pidió Jacob y Alice lo miró con angustia, pues a pesar de todo, ella si lo seguía queriendo como un amigo—. Te prometo no tardar —rogó y Alice asintió.
—Está bien —cedió y Rosalie bufó más amargadamente, tomando su pequeño ramo y él mío para dirigirse a la salida, golpeando adrede a Jacob en su camino, sin disculparse—. 15 minutos, por favor. Garret te espera, Leah —dijo y yo sonreí mientras asentía, viéndola salir después de tomar su ramo.
—Cómo si pudiera olvidar que lo hace —dije con alegría y miré a Jacob de nuevo.
—Te ves tan hermosa —dijo y sonreí agradecida.
—Gracias. Estoy muriendo de nervios, aunque también tengo ganas de salir corriendo, decirle al padre que nos dé su bendición y acabar pronto, pero sé que Alice me ahorcaría si arruino su gran evento, tardó tanto para organizarlo —suspiré y reí al son de él, quien asentía.
Ambos sabíamos lo que Alice se había esforzado para hacer este día un sueño, aunque yo hubiera querido algo más simple, pero la familia de Garret era algo pomposa en este aspecto.
Ingleses, mi vida, ingleses, había justificado él ante las peticiones de su madre y hermana.
—Definitivamente la duende te mataría —reí de nuevo ante ese apodo que Alice fingía detestar, pero que no era del todo así.
—¿Por qué estás aquí, Jacob? ¿de qué quieres hablar? —pregunté y él se acercó más a mí.
Su mirada en otro tiempo me hubiera hecho sentir maravillosamente bien, cosa que hace al menos un poco. Tenía la mirada brillante al verme a la cara, pero cambió un poco al ver el resto de mi vestido. Hice una mueca sin entenderlo, pues ya había dicho que le gustaba.
—Parece que no te gusta mi vestido —dije y él me miró con alarma, negando con la cabeza.
—No, para nada. Te ves maravillosa en él —contestó y lo vi extender sus manos para tomar las mías— Es sólo que… —lo vi tragar saliva y su mirada cambió por completo.
Sí, Jacob podía parecer desentendido muchas veces, desinteresado también, sobre todo cuando de otras personas se trataba. En los primeros años de nuestra amistad él me dejó claro que no quería a muchas personas fuera de su familia, que sus hermanas eran lo más importante de su vida y luego seguían sus padres; a sus amigos los apreciaba, pero no es que los quisiera realmente. Pero yo desde que lo conocí quise ser su amiga, una de verdad, así que luché para demostrarle que podía confiar en mí y me gané un lugar en su corazón, a palabras de él, y fue por eso mismo que en algún momento tuve la esperanza de ser correspondida, dando por hecho que si sus amigos cercanos no habían logrado traspasar sus barreras y yo sí, y era claro que ninguna de sus novias tampoco y yo sí, entonces, ¿qué le impedía estar conmigo? Pasar de ser amigos a pareja. Era fácil, sencillo, sólo debía amarme tan fácilmente como a mí se me dio amarlo a él. Pero eso no sucedió y ahora estaba tan agradecida, porque si no, no estuviera a punto de casarme con un maravilloso hombre. Aunque no negaba que Jacob también lo era, pero para la mujer correcta, en el momento correcto, y yo no era ella y el momento nunca llegó.
—¿Jacob? —lo llamé al verlo quedarse en silencio, con aquella mirada que me estaba preocupando.
—Leah, yo… —lo vi dudar nuevamente, soltándome las manos y pasándosela por el cabello—. Leah, es probable que me odies o tal vez tenga la fortuna de que no sea así, aunque lo dudo —dijo y yo elevé una ceja, preocupándome cada vez más—. Sabes que eres mi mejor amiga. Sabes que siempre te que he querido a ti más que al resto. Ahora debes saber, Leah, que yo te amo.
Y es así como un meteorito choca para destruir un planeta entero. Es así como seguramente se sentía la superficie de dicho planeta, nervioso, perdido y resignado a que nada volvería a ser como antes.
Eso fue lo que sentí al escucharlo. Como si una enorme roca me golpeara el cuerpo, sacándome el aire de los pulmones, arrancándome las entrañas y quemando mi cerebro. Di un paso hacia atrás, mirándolo a los ojos para saber si mentía, pero eso era lo malo de que fuera mi mejor amigo, de que lo conociera tan malditamente bien, que él de verdad me quisiera como su mejor amiga, pues no sólo sabía que no se atrevería a mentirme nunca, sino que yo sabía cuando lo hacía, lo conocía siendo sincero y lo conocía más al mentir, he estado delante de él cuando lo hace, fui testigo y hasta victima de cuando lo hacía, hasta que nos convertimos en mejores amigos, en verdaderos mejores amigos, de aquellos que no se engañaban, no mentían, porque tampoco había razones para hacerlo.
Empecé a negar con la cabeza, levantando mis manos y alejándome más y más de él, hasta que choqué con una lampara. Esto no tenía lógica, era absurdo.
—Leah…
—¡No, no, no! —rugí con furia, sintiéndome temblar de rabia— No, no es cierto.
—Leah, por favor, no lo hagas, no hagas esto —pidió mientras se acercaba a mí y yo lo esquivé, casi corriendo al otro lado del sofá.
—Explícate —mascullé entre dientes— Explícate, Jacob, porque de verdad no sé que es lo que quieres.
—Te amo, Leah, te amo tanto, más que nadie, más que a todos —confesó mirándome a los ojos, con firmeza, pues ni siquiera sus manos o labios temblaban como siempre lo hacían cuando estaba a punto de hacer algo grave. Estaba siendo determinado y honesto—. Y el corazón se me está rompiendo al verte aquí, con ese vestido, a punto de casarte con alguien que no soy yo, pero debería serlo.
No, no podía negar que lo había esperado, hasta hace tres años así era, aun después de haber tenido mi tercera cita con Garret lo hice, pero no ahora, ahora era tarde, demasiado tarde y, aunque algunos podrían malinterpretarlo, tenía que aceptar que el no coincidir con él, que mi amor no coincidiera con el suyo, dolía también, dolía tan intensamente porque yo sabía cuanto podía sufrir una persona cuando era el otro quien no te amaba y eso lo estaba viviendo Jacob aquí, delante de mis ojos.
—¡No, no puedes decir eso ahora! ¡No, no puedes hacerme esto ahora, Jacob! —lo miré con rabia y sentí mis ojos arder. Estaba tan resentida, una parte por no amarme cuando yo lo hacía y la otra, por querer arruinarme este día.
—Lo sé, Leah, sé que no debo hacerlo, pero no podía seguir así, pretendiendo felicidad cuando la mujer de mi vida se casa con otro —dijo y se pasó una mano por la cara—. Te amo, y no sabes lo que duele. Lo que ha dolido desde aquella noche que lo conocimos, desde aquella noche que no pudiste quitar los ojos de él, y yo sentado a tu lado, viendo como la chica que más amaba, la dueña de mis ojos, tenía los suyos en otra persona. Dolió, dolió cuando me contaste que te invitó a salir, verte tan feliz al aceptar, verte desear ser su novia, verte quererlo y luego amarlo, verte aceptar ser su esposa y luego verte tan feliz hasta ahora. Todo eso duele.
—No, Jacob, no —negué nuevamente y levanté una mano para pedirle que se callara—. No, no puedes hacerme esto, no ahora, no en este momento. No puedes culparme o hacerme ver como la villana en tu dolor, Jacob, no cuando te esperé. ¡Maldita sea, Jacob! Te esperé, lo hice tanto tiempo, conociendo a cada chica de la que te enamorabas, escuchándote y estando ahí para ti, siempre, sin dudarlo, sin pensar en mí siquiera o en lo que dolía tener que hacerlo —lo apunté con un dedo, porque eso fue así y nunca pude reclamárselo, reprocharle que me hiciera pasar por eso—. Recuerda que fui yo quien te dijo que te amaba en primer lugar y tú preferiste a otra, a otras, siempre a otras. Nunca a mí, nunca era yo, siempre era alguien más. ¡No te atrevas a culparme ahora!
—¡Lo sé! ¡Maldición, lo sé! Te escuché esa noche, y aunque me sentí feliz y quise besarte hasta que te ardiera la boca, también tuve miedo —aceptó y yo lo miré con duda, pero muy dentro de mí sabía lo que quería decir y al ver sus ojos, lo confirmé. Compartimos el mismo miedo, ahora lo sabía sin dudas ya— Eras mi mejor amiga, la chica que más quería, la que era mi prioridad, mi sentido, mi certeza. Lo más lógico y sensato que tenía en mi vida, lo más verdadero, porque lo que sentía por ti era algo que no había sentido con nadie más. Pero, ¿y si fallaba como ya había demostrado hacer, y si fallaba en quererte, en tenerte? Me hubiera quedado sin ti, totalmente, y yo no resistí esa idea, Leah, ni ahora lo hago de verdad.
Sentí mi corazón golpear mis costillas, queriendo salir por mi garganta, apretarme los pulmones hasta que sentí mis ojos aguarse y empecé a verlo borroso. No. No, el no podía estarme diciendo esto, en este día, no en este día. ¡El cielo sabía cuánto lo había amado, cuánto lo había esperado, cuánto lo había sufrido también! Pero ahora iba a casarme con el mejor hombre que había conocido, cuando estaba punto de unir mi vida con el amor de mi vida, porque lo era, él era el amor de mi vida y lo sabía, estaba segura.
—¿Por qué, Jacob, por qué hasta ahora? Hubieron años de oportunidad —pregunté con tristeza. Él me miró como si le hubiera destrozado algo por dentro—. Te amaba, no lo voy negar, nunca lo negare, ni siquiera a Garret se lo negué, porque él me conoció cuando aun lo hacía, pero tú no, tú no me amabas a mí. Yo también tuve miedo en aquel tiempo, pero mi amor era tan grande, tan intenso, tan fuerte, que sobrepasó cada duda y cada temor, y entonces me armé de paciencia para que venciera el tuyo y me amaras, hasta que me convencí de que jamás sería así.
—Leah…
—Yo lo amo, Jacob, más que a nadie, más que ti, más de lo que te amé a ti —juré, porque así era, esa era la verdad, amaba a Garret más que nadie. Y supe que lo destrocé y eso me dolió, darme cuenta de eso, dolió infinitamente—. Y no sé que pretendías al decirme esto precisamente hoy. Creías que podía huir contigo, ¿verdad? —pregunté y él no se atrevió a negarlo, apretando las manos a sus costados— Jamás lo dejaría sólo porque ahora decides que si puedes amarme. No, Jacob, así no son las cosas. Te amaba y te quiero por ser mi mejor amigo, pero no saldré corriendo a tus brazos porque decidiste que si puedes estar conmigo.
—Leah, por favor —lo vi acercarse, pero había un gran sofá interponiéndose y sabía que no se atrevería dar la vuelta para acercarse más sabiendo que yo no quería eso—. Por favor, por favor, cierra los ojos y dime si de verdad quieres hacer esto, cierra los ojos y dime si no me ves a mí en su lugar, porque yo lo he hecho, Leah, siempre te vi a ti, siempre te veo a ti.
—No necesito cerrar los ojos, Jacob —le dije y sentí la amargura subirme a la garganta al ver aquellos ojos lucir algo esperanzados—. Alguna vez te vi, ya no más. Hace mucho dejé de hacerlo y sólo lo veo a él, cuando cierro los ojos, cuando sueño. Sólo es él.
—Leah…
—Te amaba —dije y coloqué una mano en su rostro, estirándome para alcanzarlo. Él la apretó contra su mejilla y luego besó el interior de mi muñeca—. Te amaba demasiado, tanto que sólo quería que fueras feliz aun cuando me hicieras llorar. Te amaba, pero no eras para mí y lo entendí, lo comprendí, tardé y me costó hacerlo, pero lo logré. Te amaba, Jacob, y ese amor casi acaba conmigo, hasta que él llegó, y aunque algunos como cierta rubia piensen que debería odiarte o detestarte por eso, no lo hago y jamás lo haré —confesé y él me miró con dolor, tomando mi mano con las suyas y besando mis dedos.
—Te amo, Leah, te amo más que a mí —me mordí los labios y estaba segura que nunca lo quise más como ahora, porque a pesar de todo, yo quería consolarlo, abrazarlo y decirle que todo estaría bien. Pero no podía, no podía hacerlo.
—Yo te querré siempre —susurré y él me miró con dolor, cerrando los ojos con fuerza, antes de soltar mi mano.
—No creo poder ir a la ceremonia —se apartó y yo tuve el valor para salir de atrás del sofá.
—Lo entenderé —le sonreí un poco y él asintió, mirándome como si me estuviera alejando. Era mi mejor amigo y siempre lo vería de esa manera, así que no podía perderlo, había luchado tanto para no hacerlo, que no quería, al menos que él decidiera lo contrario—. Pero, ¿podrías abrir tus brazos para mí? —pedí y él lo hizo.
Corrí hacia ellos y me refugié como siempre había hecho. Me apretó con fuerzas, tanta que sentí mi alma acomodarse en mi pecho, sentí mi adolorido corazón sanarse y cada respiración volvió a ser lo que era. Alejé mi rostro de su hombro y lo miré a la cara, levantándome sólo un poco para besar su mejilla. Y entonces lo comprendí, al ver de nuevo sus ojos y estando todavía apretada entre sus brazos, que no podía impedir que fuera suyo este nuevo latido en mi corazón.
—Te perdí —dijo con dolor.
—Jamás lo has hecho y no lo hiciste en este momento. Soy tu mejor amiga, la mejor que tendrás —reí pues de eso siempre presumía y me jactaba ante todos—. Sólo no estaremos como alguna vez ambos soñamos.
—Sí hubiéramos coincidido…
—Habría dicho que sí —aseguré. Bajé un poco la mirada y sentí su beso en mi frente—. Pero ahora lo amo a él.
—Lo entiendo. El hombre se lo ganó, y si no voy a su boda, es por puro despecho y dolor, Leah, no porque no crea que él no te merece, sólo que, si lo hago, soy capaz de robarme a la novia —dijo con gracia, pero sentí su dolor calándome los huesos—. Serás feliz con él, estoy seguro, si lo dudara un poco, no te dejaría salir de aquí —y supe que no se refería solamente a la habitación, sino a aquellos brazos que me rodeaban la cintura.
Ambos giramos hacia la puerta cuando fue golpeada apenas. Él me soltó, aunque lo sentí apretarme una vez más antes de tener que hacerlo. La puerta fue abierta después de mi autorización y Alice entró con cautela. Era seguro que escuchó algo de nuestra conversación.
—Es hora, Leah —dijo y pude sentir su miedo, quizá pensando que me arrepentiría o que Jacob había logrado convencerme.
—Vamos —dije con una sonrisa enorme, mirando a mi alrededor hasta recordar que Rosalie se había llevado mi ramo.
—¿Te adelantas, Jacob? —le preguntó con duda y él negó mirándome de nuevo.
—No puedo estar ahí, capaz y cometo una estupidez —aceptó y Alice lo miró comprensivamente. Y eso me hizo sentir incomoda cuando su mirada regresó a mí.
—De acuerdo. Vamos, Leah —dijo tomando mi mano y jalándome para sacarme de ahí.
Cuando estaba punto de salir, sentí la mano de Jacob detenerme.
—Te deseo tanta felicidad, Leah, quiero que seas feliz, más que nunca —susurró, antes de besar de nuevo mi frente.
Asentí y él me soltó la mano. Afuera nos esperaban mis padres y Rosalie, quien miraba aun irritada a Jacob, acercándose para entregarme mi ramo, mientras Alice se ponía en su papel de mando para decirnos como teníamos que acomodarnos, llamando también a los padres de Garret para ello. Confiaba en que mis damas de honor no permitieron que ninguno de los dos escuchara todo lo que dijimos Jacob y yo dentro de esa habitación.
—No iré, rubia, tranquila.
—Pues que bueno —dijo ella con voz severa, mirándolo a apenas y yo sólo pude suspirar con cansancio por una más de sus peleas.
—Si voy, capaz y me robo a la novia —dijo sólo con el afán de molestarla, consiguiéndolo de inmediato.
—Y yo te rompo cada hueso, idiota —gruñó ella.
—¡Basta! —le pedí entre dientes, mirándolos con molestia, mientas Alice les explicaba una vez más a los padres de Garret y los míos como iban a caminar y los tiempos de la música para hacerlo de la manera correcta.
—Es culpa de él —acusó Rosalie y acomodó un mechón de mi cabello que caía sobre mi hombro.
—Sí, sí, como digas, barbie, pero dame un momento —pensé por un momento que querría hablar conmigo una vez más, antes de verlo tomar a la rubia de la mano y jalarla con fuerza al final del pasillo, mientras Rosalie retorcía su muñeca y lo amenazaba.
No supe que le dijo él, pues no permitió que Rosalie abriera la boca ni una sola vez, hablándole de manera exasperada mientras movía las manos como cuando estaba perdiendo lo cabales. Y era obvio que aquella rubia era una de esas personas que lograban descontrolarlo de la peor manera. Temí que de verdad pelearan, pues Rosalie era sincera en decir que podía romperle cada hueso, y quise acercarme, si no fuera porque Alice me lo impidió. La miré con alarma, a punto de decir que estaba loca sino me dejaba pararlos o detenerlos ella misma, pero luego me señaló de nuevo hacia ellos y pude ver algo que de verdad no esperé ver ni siquiera cuando se llevaban más o menos bien.
Jacob la abrazaba y ella le correspondía. Cuando se separaron, Jacob me sonrió una última vez antes de girarse y desaparecer por el siguiente pasillo de aquel hotel que estaba a la orilla de la playa, cerca de donde se llevaría la boda se llevaría acabo durante el atardecer. Si hubiera sentido el impulso de seguirlo, de correr hacia él, habría caído en la cuenta de que no estaba lista para casarme con alguien más, pero nada de eso pasó, claro que lo querría en mi boda, pero nada más hasta ahí. Estaba segura de querer casarme con Garret.
—¿Qué pasó ahí? —pregunté a la rubia que se miraba más tranquila.
—Confesó lo que no se atrevió antes el cobarde aquel, aceptando que fue un imbécil como yo bien decía, también que me apreciaba por nunca dejarte sola, abrirte los ojos respecto a él y cuidarte, así como de haber amenazado al primo de mi novio para que te tratara como lo mereces —contestó y suspiró largamente, sonriéndome apenas—. Es un idiota, pero un idiota que, tienes razón, te quiere más que a nadie —eso me hizo tragar saliva y ella negó con la cabeza—, un idiota que te dejara ser feliz con el hombre que amas, Leah, porque él sabe lo que todos saben: amas a Garret.
—Lo hago —confirmé y ellas dos sonrieron.
—Me alegra que cerraran el ciclo, aunque creo que a él le costara tiempo superarlo —dijo Alice y yo asentí con pesar.
—Pero vamos, sino creerá Garret que lo has abandonado —sonrió la rubia y yo negué de inmediato.
—Eso nunca. Ese hombre es mío.
Corrí a colocarme al lado de mi padre, quien besó mi mano y luego mi mejilla antes de acomodarnos al final de esa fila que sólo esperaba por mí, mientras Alice hacia un solo timbrazo desde su celular para indicarle a Edward que iniciara a tocar el piano.
Sonreí feliz al empezar a caminar y sentí mis ojos aguarse de nuevo cuando lo vi, sí, ahí estaba, esperando por mí, de nuevo por mí, así como yo lo esperé a él. Ambos esperando al otro, ambos esperando este amor, superando amores pasajeros, no correspondido, amores quietos, callados, silenciosos, negados, hasta que el correcto apareció. Un amor correcto, correspondido, aceptado y gritado también, verdadero, maravilloso y nuestro, simplemente nuestro.
Garret estaba ahí, esperando, esperando por mí y yo no podía esperar más para llegar a él.
Espero que lo hayan disfrutado, y sino pues, lo lamento, de verdad que sí. Pero se me antojo y tuve que hacerlo.
By. Cascabelita
