Los personajes pertenecen a CLAMP, la historia es mía y no admito plagio ni copias.

*Advertencia: en esta historia hay contenido sexual*


Capítulo Uno

Un nuevo curso


Otro año más en mi instituto de Tomoeda.

Mis amigas y yo habíamos terminado los cuatro años de secundaria, y ahora nos esperaban dos años duros en los que tendríamos que esforzarnos para conseguir una plaza en la universidad.

Aún tenía muchas dudas sobre a qué quería dedicarme al salir del instituto, tan solo era una chica de dieciséis años con muchos pájaros en la cabeza y llena de inseguridades.

De todas formas tenía dos años enteros para decidir qué carrera hacer, pero estaba segura de que sería algo relacionado con la ciencia, por lo que me matriculé en el bachillerato de ciencias de la salud.

Mi mejor amiga Tomoyo también estaría ahí, mientras que Chiharu y Rika eligieron el de de ciencias sociales.

Las cuatro estábamos juntas en clase en las asignaturas comunes como lengua o historia, pero nos separábamos para las de nuestra especialidad. Mis favoritas eran biología y química.

Otra de mis mejores amigas, Naoko, había cambiado de instituto a petición de sus padres. Ella quería estudiar medicina y su nuevo instituto tenía fama de ser el que mejor preparaba a los estudiantes para ello. Aunque ya no estuviéramos juntas en clase, nuestra amistad se mantuvo fuerte y seguía viéndola a menudo.

Respecto al amor, ninguna de nosotras tenía mucha experiencia.

Tuve un flechazo con un compañero de clase el año anterior. Éramos amigos, pero empecé a sentir algo más. Siguiendo el consejo de Tomoyo, decidí declararle mis sentimientos.

Él me había rechazado con cariño, solo le interesaba ser mi amigo y me conformé con eso. Por suerte unos días después terminó el curso, y no tuve que volver a verlo en un par de meses.

Mi vida era bastante simple. No tenía hermanos y mis padres me querían, aunque no me permitían hacer muchas de las cosas que interesaban a las chicas de mi edad.

Apenas podía salir de fiesta con mis amigas, para conseguirlo necesitaba mentir y hacerme la distraída mientras comentaba a mis padres que necesitaba estudiar con alguien para concentrarme mejor.

Esa era mi mejor excusa, me servía para poder quedarme a dormir con Tomoyo algunos días y así podía unirme a lo que ella hiciera fuera de casa esa tarde.

Nuestro grupo de chicas disfrutaba quedando con nuestros compañeros, casi toda la clase salíamos juntos los fines de semana. Aunque todavía éramos menores, conseguir algo de alcohol no resultaba difícil.

De todas formas, sabía que debía controlarme. Lo aprendí un par de noches que había terminado en el baño, mareada y con Tomoyo sujetándome el pelo mientras el veneno salía de mi cuerpo.

No quería que eso se volviera a repetir, por lo que cuando bebía ya no pasaba de mi nuevo límite: dos vasos.

Las clases avanzaban bien, se notaba la dificultad que nos esperaba este año.

Realmente me venía bien estudiar con Tomoyo, no vivíamos muy lejos la una de la otra y repasar la lección juntas nos ayudaba a entender todo mejor.

Su casa era uno de mis lugares preferidos. Tenía nada más y nada menos que nueve hermanos de todas las edades posibles.

Touya era su hermano mayor, acababa de entrar en la universidad y su presencia siempre me imponía, tenía un aire muy varonil que me hacía sentir incómoda y nerviosa.

Tomoyo era la segunda hermana después de él, y el resto eran más pequeños. En total eran seis chicas y cuatro chicos. Los más pequeños eran mis favoritos, podía pasar horas cuidándolos y jugando con ellos.

Sus padres me adoraban. Algunas veces, les hacía el favor de cuidar de sus hijos pequeños mientras el resto de la familia salía para ocuparse de sus asuntos.

Por eso no les importaba que pasara todas las tardes y noches que quisiera en su casa, sabían de sobra que era una buena chica.

Aparte de mis cuatro mejores amigas, tenía un gran amigo al que consideraba un hermano, Eriol. Estábamos juntos en todas las asignaturas porque él también estaba en mi clase de bachillerato.

Desde el primer día que lo vi, cuando tenía catorce años, supe que seríamos buenos amigos.

En un par de semanas se cumplió mi profecía, Eriol y yo nos volvimos inseparables. Eso era causa de muchos celos en las conquistas de mi amigo, que me veían como una enemiga contra la que luchar por su amor.

Yo me lo tomaba con humor. A lo largo de los años, intenté que ellas comprendieran que él y yo solo compartíamos una amistad y no me interesaba para nada más, pero nunca lo conseguí.

Eriol tampoco dejaba que ninguna chica nos separara, si no aceptaban su relación conmigo no quería tener nada con ellas. Él también me veía como parte de su familia.

Es difícil de creer, siempre nos dicen que un chico y una chica no pueden ser amigos, pero ambos lo conseguimos. Teníamos una amistad tan pura que despertaba la envidia de muchos a nuestro alrededor.

Me divertía hablar con Eriol de cosas de hombres. Él me contaba los detalles más ocultos de sus aventuras amorosas y me daba consejos para llamar la atención de los chicos. Yo también le contaba todos mis secretos, aunque mi vida amorosa era mas bien nula.

Mis padres conocían y confiaban en Eriol. Muchas veces estudiábamos juntos en casa, incluso se quedaba a dormir sin ningún problema. Hasta yo tenía libertad para ir a su casa siempre que quisiera. Me sentía muy afortunada por tener un amigo tan especial.

¿Por qué era especial? Una de esas tardes donde compartíamos estudios y risas, le dije que quería llevarlo a casa de mi abuela (vivía en la casa de al lado) con él para que se conocieran.

Pasamos un buen rato hablando con ella y viendo fotos de mi abuelo, quien falleció antes de que yo naciera. Al ver una de esas fotografías, Eriol se quedó congelado y señaló a un hombre que salía junto a él.

—Ese es mi abuelo, Sakura —me dijo, buscando respuestas en la mirada de mi abuela.

Así fue como descubrimos que nuestros abuelos habían sido amigos durante muchos años. Los dos sentimos que eso era una señal del destino, estaba escrito que nos conociéramos y nos convirtiéramos en mejores amigos. Descubrir este secreto afianzó aún más nuestra amistad, si eso era posible.


La navidad se acercaba y con ella los exámenes finales del primer trimestre. Siempre compartía mis horas de estudio con Eriol o con Tomoyo.

Una tarde de otoño, llegué a casa de Tomoyo y fui recibida como siempre por una nube de pequeños brazos y cabezas, sus hermanitos. Al acercarme al cuarto que ella compartía con dos de sus hermanas, la vi esperándome con la mochila puesta.

Enarqué una ceja.

—¿Dónde vas, Tomoyo? ¿No íbamos a preparar juntas el examen de mates?

—Claro, coge tus libros y vamos. Mi primo se ha ofrecido a explicarnos la composición de funciones.

Ya conocía a su primo de vista, estaba en nuestro instituto y era un año mayor que nosotras. Por las clases circulaban rumores sobre él, tenía fama de rompecorazones.

Salimos de casa de Tomoyo y nos dirigimos a la de su primo. Él vivía en la misma urbanización que ella, pero en otro edificio. Al llamar al timbre, nos abrió una señora que seguramente sería su madre.

—Pasad, voy a llamarlo.

Seguí a Tomoyo hasta el cuarto de su primo y nos sentamos en el suelo, alrededor de una mesa baja. Era una habitación agradable y cálida, bajo la mesa había una alfombra muy cómoda y la decoración tenía toques verdosos.

Escuché como su madre avisaba al chico de que ya habíamos llegado. Entonces, el sonido de unos pasos se fue acercando a nosotras.