¡Hola! Día 20 en cuarentena, y sigue al menos una semana más, pero bueno, por lo menos aprovecho para escribir jajaja me motivaron mucho sus comentarios, ¡gracias! Espero que mi humilde capítulo levante los ánimos (si SwanQueen no lo logra, nada lo va a lograr xD). Cuídense y quédense en sus casas.


Últimas horas antes de la cuarentena.

Las caras de David y Mary Margaret – papá y mamá – al escuchar la noticia se veían ridículamente, exageradamente sorprendidas. Atónitas. Miraban a su hija como si tuviese dos cabezas y una de ellas diera vueltas de 360 grados y hablara en alguna lengua ancestral. Los ojos como platos, las bocas abiertas. Y mudos. Era difícil dejar mudos a la pareja de Encantadores.

Emma pensó, irónicamente, que sería una vista que a Regina le encantaría ver.

"¿Vas a vivir con Regina?" rompió el silencio finalmente Mary Margaret, y tuvo que aclarar su garganta seca porque la voz le había salido casi ronca después de tanta pausa boquiabierta. Miró a su marido, quien no podía decir nada ni hacer nada más que ir y venir con sus ojos entre su esposa y su hija, con una expresión en la cara como queriendo resolver una ecuación matemática extremadamente difícil.

"Y con Henry." Repitió Emma, acentuando en el nombre del chico, dejando en claro que lo que hacía lo hacía por él. Como si hiciera falta aclararlo. "Es la única forma de que las dos podamos seguir con él durante la cuarentena."

Mary Margaret asintió, aunque se veía dubitativa.

"¿Pero ustedes dos van a poder… convivir?" preguntó, causándole preocupación la sola idea de que su hija y la ex Reina Malvada vivieran juntas.

David seguía mudo.

"Que ella me lo haya propuesto ya es una buena señal, ¿no?" respondió, encogiéndose de hombros. "Tranquilos. Regina y yo estamos… bien. Quién sabe, quizás esto nos ayude a acercarnos todavía más."

O a alejarnos definitivamente - dijo una voz en su cabeza, pero eligió no hacerle caso.

Su padre finalmente tragó saliva y profirió sonido.

"Sí, tienes razón. Regina ya no es la misma, eso lo sabemos…" miró a su esposa y ella asintió. "Vamos a extrañarlos, Emma, pero es importante que Henry esté con sus madres en este momento."

"Yo también los extrañaré" respondió Emma abrazando a ambos al mismo tiempo. "Pero son unas semanas, luego nos volveremos a encontrar."

"Por supuesto" sonrió Mary Margaret "Si en algo es experta nuestra familia, es en volvernos a encontrar."

En el departamento, los tres junto a Henry se pusieron a empacar - más que nada ropa y pertenencias de Emma, y algunas pocas del chico, ya que todavía tenía varias cosas en la casa de su madre adoptiva.

Henry reaccionó muy bien a la noticia. Desde luego se había sorprendido, y extrañaría a sus abuelos, pero estaba más que contento con la idea de convivir aunque sea por unas semanas con sus dos madres. Ver la sonrisa en su cara sólo aseguró más a Emma de que era la decisión correcta.

David y Mary Margaret los acompañaron al Wolkswagen amarillo, y una vez que guardaron los bolsos adentro, se dieron los últimos abrazos de despedida.

"Los vamos a extrañar" suspiró Blancanieves, con los ojos un poquito brillosos.

"Mamá, no llores." Rió Emma "No nos vamos a otro reino o a un mundo paralelo. Son sólo unas cuadras de distancia, por unas semanas. Vamos a hablar por teléfono todos los días, lo prometo ¿sí?"

"Déjame que te abrace fuerte ahora entonces, que con la cuarentena no nos vamos a poder ni dar la mano" dijo su madre, abrazándola con una fuerza casi asfixiante, pero Emma lo recibió con ganas.

"Cuídense mucho." Les dijo David a ambos "Especialmente tú Emma, cuando salgas a trabajar. Nos turnaremos para hacer medio tiempo cada uno, ¿sí?"

Emma asintió, y luego de darse los cuatro un último abrazo grupal, ella y Henry se metieron al auto. Puso en marcha el motor y arrancó, y por el espejo retrovisor veía a sus padres parados en la calle, sin alejarse ni dejar de agitar sus manos hasta perderlos de vista. Como si nos fuésemos realmente a otro mundo. Emma sonrió.

"Bien, Henry, ¿qué te parece si hacemos una parada antes para comprar alguno de esos vinos finos que le gustan a tu mamá?"

Fueron a la tienda, donde Emma recorrió con la vista los distintos vinos tintos preguntándose cuál le gustaría a Regina, hasta que Henry reconoció uno que su madre solía tener en su casa. Luego de pagar, volvieron a subirse al escarabajo amarillo y condujeron hasta la mansión de la alcaldesa.

Al llegar al porche y tocar el timbre con Henry a su lado, el bolso en una mano y la botella de vino tinto en la otra, Emma aún no lo podía creer. Recordó la cantidad de veces que estuvo parada en esta misma puerta, las discusiones, los portazos en la cara, las miradas amenazantes de Regina… y esa vez que Emma le cortó con una sierra las ramas de su manzano.

Pero la puerta se abrió y la Regina que estaba frente a ella era completamente otra. Tenía el esbozo de una sonrisa – una sonrisa amable – en los labios, y la luz nocturna le iluminaba el rostro y la mirada de una forma agradable.

"¡Hola, mamá!" la abrazó Henry, como si no la hubiese visto hacía mucho tiempo, y entró a su antigua casa corriendo entusiasmado, dejando a sus dos madres afuera.

"Hola, Regina" saludó Emma, y le entregó casi tímidamente la botella. "Traje un vino."

Regina agarró la botella sorprendida y agradeció, haciéndola pasar. La rubia entró algo incómoda. Era raro, miles de veces había irrumpido a esta casa sin pedir permiso, con fuerza y decisión, pero ahora que la otra mujer le abría las puertas, se sentía más fuera de lugar y extraña.

"Es el que me gusta a mí." Dijo Regina mirando la botella de vino tinto, mientras los tres iban hacia el comedor.

"Mamá me preguntó cuál te gustaba y le dije que ese" respondió Henry por su otra madre.

Regina apoyó la botella en la mesa del comedor y miró a Emma con una media sonrisa.

"¿Ah sí?"

"No sé mucho de vinos, así que le pregunté a Henry si recordaba alguno de los que te gustan…" balbuceó la más joven.

"Gracias, Emma. Me gusta la cerveza de todas maneras, si preferías cerveza."

Emma negó con la cabeza.

"Tomo cerveza todos los días - no bueno, no todos los días, regularmente, quiero decir. Quería traer algo un poco más especial… digo, después de todo prometiste que probaría una verdadera lasaña, ¿no?"

Regina no respondió nada, sólo la miró esbozando una sonrisa.

"Mamá hace la mejor lasaña del mundo – de todos los mundos" dijo Henry con orgullo. "Mejor que la de Granny's."

"Así es, tesoro." Respondió Regina, acariciándole el pelo castaño a su hijo. "Ve a guardar tus cosas a tu cuarto, que ya en un rato vamos a cenar."

Henry correteó hacia las escaleras con su bolso.

"¡No corras por las escaleras!" le indicó alzando la voz para que la escuchara.

Emma no pudo evitar sonreír al ver lo extremadamente cuidadosa que la mujer era con Henry. Y Regina al darse vuelta la descubrió sonriendo.

"Se lo ve contento" comentó la rubia, y Regina sonrió también y asintió, yendo hacia las escaleras.

"Ven, te mostraré el cuarto de huéspedes."

"¿Tienes cuarto de huéspedes?" preguntó ella sorprendida, siguiéndola. No se imaginaba a la Reina Malvada, al crear Storybrooke, armando su mansión con un cuarto para hospedar amigos o parientes. Regina habrá escuchado la incredulidad en su voz, porque se detuvo en medio de las escaleras, volteándose para mirarla y rodar los ojos.

"No lo tenía, lo armé con magia antes de que llegaras." Emma la miró aún más sorprendida. Regina le dirigió esa sonrisa suya, entre seductora y burlona, y agregó en un tono de voz bajo: "¿Acaso planeabas dormir en mi cama, señorita Swan?"

Emma se sonrojó un poco ante la insinuación, y al tener a Regina tan cerca – a un escalón de distancia.

"Mas bien temía que me hicieras dormir en el sofá." Le respondió sarcástica, sosteniendo la mirada sólo un momento antes de apartarla.

Regina se llevó una mano al corazón, con un respingo indignado y teatral, como buena aprendiz de Rumplestiltskin. Luego rió por lo bajo y se dio media vuelta, subiendo las escaleras. La rubia la siguió, y notó que bajo el delantal de cocina tenía una camisa magenta elegante, una falda negra ajustada, y unos zapatos con tacones. La combinación con el delantal podría verse ridícula en otra persona – en ella misma, ni hablar – pero debía admitir que en Regina todo se veía bien.

Caminaron por el pasillo, pasando por la habitación de Henry –quien estaba con la puerta abierta y música encendida mientras guardaba sus cosas -, y llegaron a un cuarto al lado del de Regina.

"No es la gran cosa, pero creo que tiene lo necesario." Dijo la dueña de casa mientras encendía la luz.

Emma entró y miró alrededor. Era más grande que su propio cuarto en la casa de sus padres. Tenía lo indispensable: una cama – aparentemente muy confortable – una mesita de luz a un costado, un armario, y una ventana grande que daba a la calle arbolada, con sus respectivas cortinas. Se echó en la cama para probarla, y era como zambullirse en un colchón de nubes esponjosas.

"Es perfecto, Regina, gracias." Dijo sin levantarse, mirando a la morocha que estaba parada en la puerta observándola con una ceja levantada y una mano en la cadera y una sonrisa casi imperceptible.

"Los zapatos fuera de la cama, Swan" La reprendió.

Entonces Emma sintió una vibración en el bolsillo del jean, y sacando su celular, vio que había llegado un mensaje de su madre.

Garfio vino a casa a verte. No sabía que ibas a lo de Regina. Acaba de irse.

"¡Mierda!"

"¿Qué pasó?"

"Garfio." Exhaló incorporándose, sentándose en la cama sin apartar la vista de la pantalla del teléfono. "Me olvidé de avisarle que venía a pasar la cuarentena acá… fue a buscarme a la casa de mis padres." Escuchó entonces la risa de la otra mujer y la fulminó con la mirada. "¡Regina! ¡No es gracioso!"

"¿Emma, enserio?" se tapó la boca con los dedos, intentando contenerse "¿Olvidaste avisarle a tu… pirata que ibas a pasar veinte días en mi casa?"

"Estuve ocupada hablando con mis padres y empacando las cosas para venir acá… Ni pensé en avisarle en ese momento, pero sí le iba a avisar"

"No tienes que darme explicaciones a mí, sino a Garfio… O no." Se encogió de hombros.

La rubia exhaló frustrada, y agarró el celular para llamarlo.

"Iré a ver cómo está la lasaña" dijo Regina y se fue dejándola sola en el cuarto.

Emma buscó el contacto de Killian en su celular y lo llamó, pero entró directo al contestador. ¡¿Para qué tiene un celular si lo va a tener apagado?! Cuando la máquina contestadora indicó que dejara un mensaje después del tono, dudó unos segundos pero terminó cortando sin decir nada. Ya lo volvería a llamar más tarde, o él la terminaría llamando cuando se dignara a encender su teléfono.

"¿Ma, todo bien?" preguntó Henry desde la puerta del cuarto, casi sobresaltándola.

"Si, todo bien" mintió, fingiendo una sonrisa, y se levantó de la cama. "Vamos a ver si tu madre necesita ayuda."

Bajaron las escaleras y fueron hacia la cocina, donde los recibió el calor y el exquisito aroma de la comida que se estaba cocinando. Regina estaba agachada frente al horno, mirando en su interior.

"¿Te ayudo con algo, Regina?"

La morocha la miró por encima del hombro, todavía en cuclillas y con un guante de cocina en una mano.

"No es necesario, ya está lista. Igual dudo de tus habilidades culinarias." Emma rodó los ojos "Puedes traerme los platos de la mesa."

La sheriff fue a buscar los platos y los dejó sobre la mesada de la cocina. Regina abrió el horno y retiró la fuente de la lasaña, frente a los dos pares de ojos hambrientos que aguardaban.

"Wow. Se ve tan bien como huele" comentó Emma, sin sacarle la vista de encima a la lasaña. Tuvo que cerrar la boca porque sentía que estaba por babearse. Su estómago hizo un ruido que los tres escucharon.

Regina sonrió, satisfecha consigo misma.

"Espera a probarla, querida." Apoyó la fuente junto a los platos, y con la misma espátula para servir se puso a cortar las porciones. Le dio un plato a su hijo, primero. "Ten, tesoro. Ve a lavarte las manos antes de sentarte."

Henry asintió, retirándose con el plato.

"Cierto que ahora hay que lavarse las manos…" comentó Emma casi para ella misma, acercándose al lavabo de la cocina.

"¿Era necesario un virus mortal para que recordaras un hábito de higiene básico?" comentó Regina y la rubia la miró con cara de pocos amigos. "¿Hablaste con Garfio?" preguntó luego de un momento de silencio.

"No." Resopló Emma, apoyándose contra la mesada sobre la cual Regina cortaba las porciones. "Lo llamé pero el celular estaba apagado… Presiento que estará ofendido porque no le dije nada."

Los ojos marrones de Regina parecían más suaves y cálidos esta vez al mirarla.

"No te sientas culpable, Emma ". Le dijo simplemente, dándole en la tecla, porque justamente era lo que estaba empezando a hacer. Puso una generosa porción de lasaña en un plato y se lo entregó a la rubia, quien lo agarró con una pequeña sonrisa. "No tienes por qué."

"No lo sé… en fin, luego hablaré con él. Vamos a comer, no quiero que se enfríe."

La vajilla fina estaba apoyada sobre un mantel blanco, y dos copas de cristal esperaban a ser llenadas por el vino tinto. Regina llevó una Coca Cola para Henry, que se sirvió alegremente (al parecer no era algo que su madre adoptiva le permitiera consumir todos los días). Emma descorchó la botella de vino, y sirvió primero la copa de Regina hasta la mitad, y luego la suya.

"¡Hagamos un brindis!" dijo Henry levantando su vaso antes de que alguna de sus madres pudiera llevarse la copa de vino a los labios.

"No sé si una cuarentena obligatoria sean motivos de brindis…" dijo Emma a su hijo.

"Pero sí que estemos los tres juntos." Insistió el chico con una sonrisa, mostrando todos sus dientes de leche, y alguno que ya había caído.

Emma y Regina se miraron entre ellas un segundo, y levantaron sus respectivas copas.

"Y brindemos porque nadie más en Storybrooke se contagie" agregó Henry, y los tres brindaron antes de tomar un trago de sus bebidas.

Emma hundió el tenedor en su porción de lasaña, y ya la consistencia y la textura le parecieron perfectas. Al probarla, sin darse cuenta cerró los ojos un momento y soltó un mmmm placentero. Luego vio que Regina la miraba, con una pequeña sonrisa escondida tras su copa.

"¿Mejor que la de Granny's?"

"Mucho mejor. La de Granny's es muy buena, pero esta es… deliciosa."

La sonrisa de Regina se amplió, mostrando sus dientes blancos.

"Te lo dije, mamá hace la mejor lasaña de todos los mundos" insistió Henry mientras masticaba un buen bocado, y Regina se sintió tan contenta que ni le dijo que no hablara con la boca llena.

"Tenías razón, chiquillo." Sonrió su madre biológica, llevándose un segundo bocado.

Entonces, el timbre sonó, y los tres se miraron extrañados.

"¿Esperas a alguien?" le preguntó Emma a Regina.

"Claro que no" contestó ella, limpiándose la boca con la servilleta de tela y levantándose de la silla para ir a la puerta principal.

Desde el comedor no se veía la entrada de la casa, pero la sheriff sospechó quién podría llegar a ser. Y esa sospecha se hizo certera cuando Regina volvió menos de un minuto después, con cara de desagrado.

"Es Garfio." Le dijo y Emma resopló, dejando los cubiertos en su plato. "Si quieres, le digo que ahora no puedes verlo... Con gusto lo echaría de mi puerta."

La rubia negó con la cabeza y se levantó de la silla, su lasaña casi intacta.

"No, está bien. Tengo que hablar con él. Ustedes sigan comiendo, va a ser sólo un momento."

Fue hacia la entrada y se encontró con que la puerta estaba cerrada y Garfio evidentemente del lado de afuera. Claro, Regina no lo iba a invitar a pasar. Inhaló profundo y abrió la puerta, encontrándose con el pirata parado bajo la luz del porche.

"Hola" saludó ella, porque fue lo primero que se le ocurrió decir. Garfio sólo la miró, sus ojos azules y delineados llenos de reproche. Emma suspiró y supo que tenía que ir al grano. "Lamento no haberte avisado, Killian." Notó que el pirata tensaba la mandíbula, y ella empezó a excusarse rápidamente. "Regina me lo propuso a último momento, cuando dio la noticia al resto del pueblo fuera del ayuntamiento, y como tú no estabas ahí no llegué a -"

"¡Ah! ¿Ahora es mi culpa por no ir al maldito ayuntamiento a escuchar lo que Su Majestad tenía que decir?" interrumpió él, agitando dramáticamente el garfio en el aire.

"No estoy diciendo eso. Y baja la voz, no quiero que Henry escuche."

"¿Entiendes, Emma, que si no era porque tu madre me lo dijo cuando aparecí en la puerta de su casa, yo ni me enteraba de que venías a vivir acá por veinte días?" susurró Garfio.

"Te lo iba a decir, solamente me olvidé en el momento."

"¿Te olvidaste…?" El pirata rió y suspiró, como sin poder creer lo que escuchaba. "Sé que has estado ocupada, y no pretendía que vinieras corriendo a avisarme. Respeto que Henry es tu prioridad. Pero hubiese querido que al menos, si vamos a estar veinte días separados y sin poder vernos, me hubieses avisado donde ibas a estar, que te hubieras despedido de mí antes de venir aquí a empezar la cuarentena."

Emma notó que estaba no sólo enojado sino dolido, y sintió una punzada de culpa en el pecho. Suspiró y apoyó una mano sobre la mejilla de Garfio, su barba áspera bajo su palma. Él se quedó quieto, mirándola.

"Tienes razón, Killian. Lo siento. Realmente estaba muy ocupada con mis padres y Henry preparando las cosas, cuando pensé en avisarte y te llamé al teléfono, ya estábamos acá. Pero no es que no me importes, porque sí. Créeme."

Killian la miró un momento y asintió. Con la cálida mano de Emma aún en su mejilla, se acercó a ella apoyándole su única mano en la cintura y se dieron un beso corto en los labios.

"Si quieres podemos comprar algo para comer en Granny's y cenar en el Jolly Roger" le susurró mientras se separaba unos centímetros de ella. "La noche está estrellada, y aún nos quedan cuatro horas para que comience la cuarentena. Antes de las doce ya estarás acá, amor."

Emma puso una mueca que oscilaba entre consternada y culposa, sabiendo que la respuesta no le iba a agradar en lo absoluto.

"Regina cocinó una lasaña... Justo estábamos empezando a comer. Ya tendría que volver adentro." Enseguida el rostro de Garfio volvió a decaer, desilusionado. "Lo siento."

"Bien. Entiendo." Contestó serio el pirata, claramente disgustado.

"¿Todo bien por aquí?"

Emma se volteó para ver a Regina parada detrás suyo, con el seño fruncido, mirando a Garfio y luego a ella.

"Estupendo, Su Majestad." Respondió con sarcasmo Garfio. "Sólo hablando con mi novia antes de dejar de verla por veinte días."

"Puedes seguir reprochándole por teléfono cuando haya terminado de cenar."

Garfio estuvo a punto de contestar, pero Emma se le adelantó.

"Regina, está bien. Ve con Henry." Le dijo de forma calma y mirándola a los ojos, haciéndole saber que tenía la situación bajo control. "Ahora vuelvo."

La morocha dudó unos segundos pero finalmente se alejó, no sin antes echarle una mirada fulminante al pirata.

"Killian – " se volvió Emma hacia él.

"Ya está, Swan." La interrumpió. "Ve a comer la lasaña de la Reina que se enfría. Yo me iré a mi barco, y quizás nos vemos cuando termine la cuarentena."

Garfio se dio la media vuelta y se alejó sin mirar atrás. Emma por un segundo tuvo el impulso de seguirlo, pero se contuvo y cerró la puerta. Dio un suspiro largo antes de finalmente volver a la mesa.

"¿Mamá, estás bien?" preguntó su hijo preocupado "¿Qué pasó?"

"Nada, Henry." Contestó Emma, sentándose. "Garfio vino a despedirse por la cuarentena."

"No soy tonto, sé que estás mintiendo. ¿Se pelearon?"

"Henry." Le dijo Regina, en tono suave pero firme, dándole a entender que no tenía que insistir.

"Estoy bien." Insistió Emma con una pequeña sonrisa, para que se quedara tranquilo. "Garfio se molestó un poco porque olvidé avisarle que venía para acá, pero ya se le pasará..." Luego cortó un pedacito de la lasaña, que ya estaba casi fría, y se lo llevó a la boca.

"Dame que lo recaliento." Le dijo Regina señalando el plato casi lleno de Emma.

"Está bien, Regina, no te molestes."

"No seas ridícula, ya se debe haber helado. No me cuesta nada."

Emma le entregó el plato, susurrando un pequeño gracias y Regina lo llevó a la cocina, dejándola sola con Henry.

"No quiero que estés triste por Garfio." Le susurró su hijo, haciéndola sonreír.

"No te preocupes, chiquillo. Es un pirata malhumorado… ya nos arreglaremos." Sonrió Emma, tratando de ser convincente tanto para él como para sí misma. "Ahora lo único que me importa es que nosotros estamos acá juntos, para cuidarnos."

Le extendió un puño y Henry lo chocó con una sonrisa, justo cuando Regina volvía con el plato de lasaña. Emma le dio las gracias, y decidió alejar el tema de conversación de Garfio lo máximo posible. Le preguntó a Henry cosas de la escuela, y el chico le contó a sus madres de las clases por videollamada que iba a tener, y de tooooda la tarea que le habían mandado para hacer.

"No es justo." Se quejó, frunciendo el ceño sobre sus ojos color miel. "Vi muchas películas de virus mortales y en ninguna mandan tarea."

Regina y Emma se rieron, y el clima volvió a estar distendido. Hablaron también del trabajo de Emma, que iba a turnarse con David para hacer medio tiempo cada uno, y del de Regina, que trabajaría desde la casa y de necesitar ir al ayuntamiento se teletransportaría con un puff violeta, porque para qué tenía magia sino. Luego la alcaldesa consideró necesario repetirle a Henry – y a Emma también, ya que si hasta ese entonces no tenía incorporado el hábito de lavarse las manos , probablemente también estornudaba y tosía tapándose con la mano, o peor, sin taparse en lo absoluto– las medidas de prevención para el día a día.

"Bueno, tesoro, ya es hora de ir a la cama." Le indicó a su hijo cuando vio en el reloj que eran pasadas las diez de la noche. "Lávate bien los dientes y las manos."

"Sí, mamá" respondió Henry en medio de un bostezo. Se levantó de su silla y se acercó a darle un abrazo. "Gracias por invitar a Emma a quedarse aquí." Le dijo.

"Por supuesto, mi amor." Le respondió Regina, y miró de reojo a la rubia, que los miraba sonriendo.

Henry luego la abrazó también, y Emma le revolvió el pelo con cariño.

"Buenas noches, ma."

"Descansa, Henry."

El chico subió las escaleras hacia su dormitorio, dejándolas solas.

Se hizo un silencio entre las dos. Ya habían terminado de comer hacía rato, y Emma se preguntaba si Regina querría ya irse a dormir. Para ella todavía era temprano, pero ahora que Henry se había ido se sentía de nuevo algo incómoda sentada en la mesa a solas con Regina. La miró de reojo cómo tomaba elegantemente otro sorbo de su copa de vino, y justo entonces los ojos marrones se encontraron con los suyos. Emma apartó la mirada hacia el plato frente a ella, donde el único rastro de la cena que había quedado era un poco de salsa de tomate.

"Perdona que te haya hecho recalentar la lasaña." Murmuró de la nada, sin pensarlo.

Regina la miró y se rió sorprendida, apoyando la copa en la mesa.

"Ya te dije que no era problema. Me demoró literalmente dos minutos."

"Lo sé, pero…" Emma suspiró, sin sacarle la vista al plato "Preparaste toda esta cena deliciosa y yo dejé que se enfriara por estar discutiendo con Garfio."

"Emma." Dijo Regina, y la rubia la miró. "No me pidas perdón, ¿sí? Es una lasaña. No sabías que Garfio iba a aparecerse en la puerta. No es tu culpa."

"Déjame al menos ayudarte con la limpieza."

Sin esperar respuesta de Regina, se levantó de la silla y, poniendo los platos uno encima de otro con los cubiertos dentro, los llevó a la cocina, dejando solamente las dos copas de vino en la mesa. Abrió el grifo y puso los platos bajo el agua caliente, mientras buscaba el detergente y una esponja.

"¿Sabes que no es necesario que los laves así, verdad?"

Regina estaba apoyada contra el marco de la puerta, con la copa de vino a medio tomar en una mano, observándola.

"No voy a usar magia para lavar platos."

"Magia no…" respondió la morocha despegándose del marco y apuntó con un dedo "¿pero quizás la tecnología del siglo veintiuno?"

Emma miró hacia donde apuntaba y sí, efectivamente había una máquina lavaplatos a simple vista en la cocina. Rodó los ojos con una pequeña sonrisa y metió los platos dentro de la lavadora. Evidentemente algo mal estaba haciendo, porque sintió el perfume de Regina cuando se acercó detrás suyo para apretar el botón correcto para hacerla funcionar.

"¿En serio? Yo vengo del Bosque Encantado y sé usar un lavavajillas ¿y tú no?"

Emma puso los ojos en blanco.

"Primero, ambas llevamos en este mundo la misma cantidad de años." Dijo por encima del ruido de la máquina. "Segundo, nunca tuve lavavajillas porque no viví en una mansión, ¿sí? A duras penas pagaba el alquiler."

Regina no respondió nada al respecto, y volvió a agarrar su copa de vino.

"Queda un poco del vino todavía y yo aún no me voy a dormir… si quieres me puedes acompañar."

Emma asintió y la siguió hacia el comedor, donde rellenó ambas copas de vino. Cuando estaba a punto de volver a sentarse en su silla, Regina la detuvo.

"Vamos a la sala, que es más cómodo."

Nunca se dejaba de asombrar de lo lujosa que era la sala de estar de la mansión. O al menos, a Emma le parecía lujosa en comparación a todos los lugares en los que vivió, incluyendo la casa de sus padres. Seguramente a Regina le parecería casi humilde en comparación al castillo donde vivía en otro tiempo. Se sentó en un sofá grande y muy cómodo, y a pesar de que había otros donde podía sentarse, Regina se sentó también en el mismo sofá, aunque como era muy amplio había suficiente espacio entre ellas. Estuvieron un momento en silencio, bebiendo cada una de su copa.

"Disculpa que me haya metido en tu conversación con Garfio" dijo de pronto Regina. "No te lo dije antes porque estaba Henry. Espero no haberte causado problemas…"

La más joven negó con la cabeza, algo sorprendida.

"No es nada. Los problemas me los causé yo sola... Pero aprecio que te preocuparas."

Regina apartó la mirada hacia su copa, haciendo girar un poco el vino en su interior.

"Me preocupaba que se enfriara la lasaña." Murmuró, sin resultar creíble. Tomó un pequeño trago y volvió a mirar a Emma. "¿Se enfadó?"

"Bastante. Sumado a que no le avisé que venía aquí, le molestó que no fuese a cenar con él." Suspiró ella, apoyándose contra el respaldo del sofá.

"Si querías ir, la lasaña la podía frizar, no—"

"No. Yo quería estar acá." Le respondió, mirándola. "No sólo por ti que preparaste esta cena sino también por Henry, quise estar acá. Pero entiendo que Killian se haya ofendido porque no elegí estar con él en las últimas horas antes de la cuarentena… y a decir verdad, me da un poco de culpa."

Bebió un buen trago de vino para bajar la incomodidad que le producía abrirse, especialmente contar sus problemas amorosos a Regina Mills. La ex Reina Malvada la escuchaba atentamente, sus ojos marrones fijos en ella.

"No tienes que sentirte culpable de elegir lo que realmente quieres, Emma" le dijo, de forma suave.

¿Incluso cuando lo que quiero daña a alguien que me importa? Pensó la Salvadora, pero no lo dijo.

"Gracias, Regina."

"Oh, no es nada. Si hay algo que te contagias al pasar tiempo con tus padres, son las frases motivacionales."

Emma rió.

"No sólo por eso. Por la cena, y por abrirme las puertas de tu casa. Sé que lo haces por Henry, al igual que yo, pero no sólo me pone contenta por él que estemos juntas… Por mí también."

Regina sonrió, y sus mejillas tenían un rubor que Emma dudó si se debía al vino.

"Lo mismo digo." Murmuró, mirándola. La rubia ya se estaba sintiendo cansada, el alcohol siendo probablemente causa de que se le estuviesen cerrando los ojos. Regina esbozó una media sonrisa. "¿Llegó el horario de ir a la cama, señorita Swan?"

"Soy la Salvadora. No tengo horario para ir a la cama." Dijo con un pequeño bostezo. "El vino me da sueño."

"¿Por qué no me sorprende?"

"Primero déjame que te ayude con las copas—" ofreció levantándose, pero Regina las agarró antes.

"No es necesario, tengo dos manos. Y desconfío de tu motricidad fina en este momento…" Emma rodó los ojos. "Ve a dormir, Emma."

"Bien. Buenas noches."

Subió las escaleras, y antes de entrar al cuarto de huéspedes – o su cuarto – pasó por el baño del pasillo, donde sorprendentemente recordó lavarse las manos por sesenta segundos. Luego espió a través de la puerta semiabierta del cuarto a Henry, que estaba profundamente dormido, y con una sonrisa fue finalmente a acostarse. Se puso uno de los piyamas con los que suele dormir y se metió en la cama. Pensó que le costaría quedarse dormida en un cuarto que no fuese el suyo – desde que era chica que siempre que cambiaba de casa o dormía en un lugar nuevo, se pasaba un largo rato en vela hasta lograr dormirse. Sin embargo, apenas apoyó la cabeza en la almohada y se enrolló en las mantas suaves y cálidas, sus ojos se cerraron y entró en un sueño profundo.