Capítulo Siete

Jugando conmigo


Unos días después, Eriol vino a recogerme en su moto para que desayunáramos juntos.

Odiaba las motos, pero me subía con él porque me dejaba un casco y siempre iba despacio cuando me llevaba. Más le valía hacerlo o le retorcería las pelotas, y él sabía que era capaz.

Llegamos a nuestro bar favorito para desayunar, pidiendo unos batidos de chocolate con nata y virutas que estaban deliciosos.

—¿Cuándo te vas a Nueva Zelanda con tu madre?

Me moría de envidia al pensar que mi amigo iba a conocer ese país tan verde y misterioso.

—El viernes. ¿Qué vas a hacer este verano sin mí? —preguntó con una sonrisa socarrona.

Puse los ojos en blanco.

—Creo que podré sobrevivir, no te preocupes. Además, pronto me iré a pasar unos días con Tomoyo —respondí, notando como mi teléfono vibraba en mi bolsillo.

Lo saqué, mirando el nombre de quien me estaba llamado.

—Hablando de la reina de Roma... —susurré, acercando el móvil a mi oreja para contestar.

—¿Cómo estás, Tomoyo?

La animada voz de mi amiga se escuchó al otro lado.

—¡Sakura! Te he llamado a casa, pero no estás. ¡En dos días nos iremos! Prepara una maleta con ropa de todo tipo, recuerda que jugaremos al tenis y nos bañaremos en la piscina.

Tomoyo hablaba tan rápido que me costaba entenderla.

—Espera, Tomoyo. ¿Seguro que a tus padres les parece bien que vaya una semana entera?

Me parecía demasiado tiempo.

—Pues claro, por ellos puedes quedarte lo que quieras. Tengo una sorpresa para ti... ¿Sabes quién va a estar en la otra casa de mi abuelo?

Mi cuerpo se encogió y bebí un poco de batido intentando calmarme. Al escuchar mi silencio, ella adivinó mis pensamientos.

—Sí, Sakura... tu querido Shaoran también va a estar allí.

Me atraganté con el batido y empecé a toser. Eriol me golpeó la espalda, intentando ayudarme.

—¿Qué pasa?

Negué con la cabeza.

—A Tomoyo le gusta ser mi torturadora personal —respondí, escuchando la risa de mi amiga al otro lado de la línea.

—Llévate ropa bonita o me enfadaré. Te espero el lunes a las nueve en la puerta de casa, saldremos en coche desde ahí —añadió antes de colgar.

Suspiré, guardando el teléfono.

—¿Qué está tramando ahora? —preguntó Eriol, levantando una ceja.

—Shaoran también va a estar allí.

—Pero... a ti ya te da igual ese chico, ¿no? —respondió mi amigo con voz divertida.

Le lancé una mirada de odio, dándole un buen codazo.

—¡Ay! Venga ya, Sakura. Todos sabemos que te sigue gustando —dijo Eriol, frotándose en las costillas.

Me encogí de hombros.

—Eso da igual, tengo que superarlo.

Eriol resopló, volviendo a beber de su batido.

—Ya me contarás si lo superas después de pasar una semana viéndolo a todas horas —comentó, sonriendo con malicia.

Puse los ojos en blanco, pero no le respondí. Por una parte me moría de ganas de estar con él, por otra me daba miedo sufrir al volver a ver que yo no le interesaba de la misma forma que él a mí.

—Al menos en septiembre ya no lo veré por el instituto —murmuré, pensando en que después del verano Shaoran ya sería universitario.


Comprobé que llevaba todo lo necesario en la maleta por tercera vez.

Si se me olvidaba algo siempre podía volver en el autobús que conectaba las urbanizaciones de las afueras con el centro de Tomoeda, pero era un viaje de más de media hora y prefería no tener que hacerlo.

Salí temprano de casa camino del piso de Tomoyo, no quería llegar tarde y que sus padres tuvieran que esperarme.

Los rayos de sol acariciaron mis brazos y mis piernas mientras caminaba. Se me había olvidado el protector solar... pero seguro que Tomoyo podría prestarme el suyo.

Cuando ya casi había llegado a la puerta, vi a mi amiga esperándome. Nuestras miradas se cruzaron, me sonrió y señaló la puerta de la cochera.

—Mis padres están sacando el coche —dijo después de abrazarme.

El coche de sus padres era una furgoneta enorme con capacidad para nueve personas, y aun así no era suficiente para la gran familia de Tomoyo.

—¿Cómo vamos a entrar todos? —pregunté con curiosidad.

—Van a dar dos viajes, nosotras vamos en el primero.

Nos montamos en el coche y cruzamos toda la ciudad.

Al llegar a la urbanización, vi que estaba rodeada por un gran muro. Cuando cruzamos la verja de la entrada pestañeé varias veces, incapaz de creer que estuviera en aquel sitio. Había unas veinte o treinta casitas blancas repartidas en círculo por un jardín inmenso, una gran piscina en el centro y varias pistas de tenis y baloncesto.

Después de aparcar junto a la casa, ayudamos a sus padres a descargar las maletas y bolsas.

—En un rato volvemos —dijo su padre, volviendo a subir al coche.

—Podemos limpiar un poco mientras —sugirió Touya, abriendo la puerta.

La casa tenía un porche delantero con una mesa enorme y sillas, donde Tomoyo me dijo que les gustaba desayunar. Seguí a Touya y al entrar vi una gran cocina, más adelante había un salón enorme con dos sofás y una mesa comedor. Entre las dos zonas se encontraban las escaleras.

—Vamos a subir las maletas y enseguida bajamos a ayudar, Touya —dijo Tomoyo, tirando de mi brazo.

Touya y otras cuatro hermanas se quedaron abajo, colocando la comida en el frigorífico.

—Nuestro cuarto está en el tercer piso —comentó mi amiga mientras subíamos las escaleras.

Desde fuera la casa no parecía tan grande, pero tenía tres plantas y ocho dormitorios en total. Llegamos al nuestro, había dos camas y una ventana desde donde se veía la piscina.

Abrimos el armario y empezamos a colocar nuestra ropa. Dejé mi teléfono en la mesita de noche y bajamos a ayudar a los demás. Cuando los padres de Tomoyo volvieron con el resto de sus hermanos, ya estaba toda la casa limpia.

—Vamos a dar un paseo y te enseño esto —propuso Tomoyo, cogiendo mi mano.

La seguí, cruzando el porche. Las casitas estaban unidas unas a otras por senderos de piedra, fuera de esos senderos todo era césped y árboles... la verdad es que el sitio no podía ser más bonito. Nos acercamos a la piscina, donde unos cuantos niños estaban jugando en el agua.

—En esa casa se quedan mis primos —murmuró, señalando la que quedaba justo al otro lado de la piscina.

Algo que parecía electricidad bajó por mi espina dorsal.

Seguimos caminando y me explicó que para poder usar las pistas de tenis y baloncesto había que reservarlas primero. También me contó que la piscina la cerraban por la noche, pero que si nos bañábamos en silencio nadie se enteraría.

Sonreí, pensando en que a Tomoyo siempre le gustaba saltarse las reglas.

Al regresar a nuestra casita, su padre nos pidió que pusiéramos la mesa.

Decidimos comer en el porche delantero para disfrutar de la agradable brisa que corría ese día, ampliamos la mesa y la llenamos de platos. No creí que fuéramos a caber los trece en esa mesa, pero lo conseguimos.

Cuando estábamos terminando, la madre de Tomoyo sacó una jarra de Umeshu recién hecho y nos ofreció probarla.

—Apenas tiene alcohol, pero no bebáis más de un vaso.

Asentimos y nos servimos.

Los más pequeños lloriqueaban porque también querían un vaso de esa bebida color miel con trozos de ciruela. Empezaron a corretear alrededor de la mesa mientras los demás reíamos con sus juegos.

No me di cuenta de que unas personas se estaban acercando a la casa.

—¡Hermana! Ya hemos llegado —dijo una voz.

Al girarme, vi a la madre de Shaoran abrazando a la madre de Tomoyo. Detrás de ella estaban su marido y sus cuatro hijos.

Me olvidé de cómo respirar al encontrarme con los ojos de Shaoran. Él me dedicó una de sus mejores sonrisas y se acercó a nosotras, hasta llegar a mi lado.

—¿Puedo probarlo? —preguntó, señalando mi vaso.

Me encogí de hombros y él levantó el vaso, bebiendo unos sorbos.

—Está muy bueno, a la tía siempre le sale genial —añadió, dejando mi vaso en la mesa de nuevo.

Me tronaban los oídos y notaba un sudor frío bajando por mi espalda. A ese chico le gustaba jugar conmigo y ponerme nerviosa, de eso empezaba a estar segura.

Shaoran se sentó al lado de su prima.

—¿Nos vemos luego en la piscina? —preguntó sin mirarme.

Tomoyo asintió.

—Ahora saldremos al jardín a jugar a las cartas, venid si queréis.

—Vale, cuando ordenemos un poco la casa me apunto.

Un rato después, estábamos recogiendo la mesa y Shaoran ya se había marchado con su familia.

Tomoyo me acompañó a nuestro cuarto para que nos cambiáramos de ropa. Elegí mi bikini morado y un vestido ligero de verano color verde claro, ella se puso su bikini rojo favorito y un vestido amarillo bastante más corto que el mío.

Cogimos nuestras toallas y nos sentamos encima de ellas en el césped que había alrededor de la piscina. Touya también vino junto con tres de sus hermanas, los seis repartimos las cartas y empezamos una partida.

Me daba la impresión de que Touya me observaba de forma extraña desde que Shaoran se había ido.

Sentí un pequeño codazo de Tomoyo y, al mirarla, me señaló el otro lado de la piscina con sus ojos. Shaoran, sus dos hermanas y otros dos chicos desconocidos de más o menos nuestra edad acababan de salir de su casa, y se dirigían hacia nosotros.