¡Hola! Día 34 de la cuarentena, les traigo el día 1 de la cuarentena Swan Queen. Cuídense.
Cuarentena. Día 1.
Emma se despertó unos minutos antes de que sonara su alarma. Al abrir los ojos, por un momento se desconcertó al ver que no se encontraba en su cuarto, hasta que su cerebro recordó que estaba en la casa de Regina. No fue un sueño. Se levantó y abrió las cortinas y la ventana, la luz del sol casi encandilándola. Hizo rápido la cama, y todavía algo dormida, abrió la puerta del cuarto sigilosamente para no hacer mucho ruido. Salió al pasillo en piyama y con los ojos entrecerrados de haberse recién despertado, abrió la puerta del baño.
Sólo que no era la puerta del baño.
Regina estaba de espaldas, terminando de hacer su propia cama, con un camisón de seda color crema que dejaba ver sus hombros, la parte alta de la espalda y sus piernas. Emma estuvo a punto de cerrar la puerta pero la morocha había escuchado el ruido y se volteó. Su expresión primero fue de sorpresa al verla ahí parada en la puerta su cuarto, y luego cambió a una que sólo podía significar qué demonios haces.
"Sí, haz lo tuyo, pasa, ponte cómoda. No toques la puerta, no." Le dijo con sarcasmo, su voz grave y evidentemente recién despierta, cruzándose de brazos.
Emma en vez de disculparse y cerrar la puerta como haría cualquier otro ser humano se quedó ahí quieta, aunque en parte era también porque se acaba de levantar y por las mañanas le cuesta reaccionar antes de la primera taza de café.
"Eh. Uh. Perdón. Estoy muy dormida, me equivoqué de puerta." Su voz sonó ronca y trastabillante. "Iba a darme una ducha."
Se sintió ridículamente insegura con su piyama que consistía en una camiseta vieja y unos pantalones de algodón largos, bajo la mirada de Regina con su camisón corto de seda casi traslúcido... que dicho sea de paso, era una prenda muy bonita.
Emma la oyó aclararse la garganta y se dio cuenta de que se había quedando mirando. Eso la despabiló lo suficiente.
"¿…Necesitas que te acompañe?" preguntó Regina levantando una ceja.
"¡No, no!" Se apresuró a decir y a irse, metiéndose ahora sí dentro del baño.
El espejo le confirmó que se veía tan desastrosa como se imaginaba, con el pelo alborotado y lagañas en los ojos. Comenzó a sacarse la ropa para meterse en la ducha.
"Hay toallas dentro del armario" dijo la voz de Regina desde afuera, antes de que Emma abriera la llave del agua "Usa lo que necesites."
Luego de ducharse y vestirse y ya ahora sí bien despierta, Emma ojeó si el cuarto de Henry estaba abierto para ver si se había despertado ya, pero seguía la puerta cerrada. La idea de bajar y encontrarse sola con Regina la puso un poco nerviosa, pero se dijo que era una tontería; fue un simple accidente y tampoco es que la había encontrado desnuda. Dios, eso sí hubiese sido vergonzoso. Bajó las escaleras hacia la cocina, donde la mujer estaba preparando el desayuno. Tenía una bata (de seda también, por supuesto) azul oscuro puesta, que le cubría el camisón pero que aún dejaba en descubierto las piernas, y unas pantuflas también azules haciendo juego.
"¿Quieres café?" le preguntó Regina, mientras se preparaba uno para ella. "¿O té? ¿O chocolate con canela?"
Emma sonrió, pensando que seguramente lo tendría para Henry.
"Café está bien." Respondió. La morocha agarró otra taza más y la acercó a la cafetera. "Perdón por lo de más temprano… así fuese el baño, debería haber golpeado la puerta."
Regina agitó la mano en el aire, restándole importancia.
"A esta altura, Swan, eso no me molesta… ¿Tostadas está bien? Supuse que tendrías que irte rápido. Ahí corté algo de frutas también" añadió por encima del ruido de la cafetera, señalando un plato grande de distintas frutas que había dejado en la barra de la cocina. Luego volvió la atención a la cafetera y a las dos tazas.
"Sí, gracias." Emma se sentó en una de las banquetas altas, y se sirvió dos tostadas y algo de de la ensalada de frutas, que tenía banana, naranja, pera y por supuesto, manzana roja. "Si necesitas, puedo hacer compras cuando termine de trabajar."
"Por ahora no hace falta."
Le alcanzó su café y guiñó un ojo. Emma entonces notó la espuma de leche y la canela que le había agregado sin que se lo pidiera, y sonrió.
"Gracias."
Regina se puso a preparar su propia taza de café. Era raro verla preparando el desayuno, en bata y pantuflas. Estaba acostumbrada a verla en situaciones mucho menos domésticas que esta, y siempre muy arreglada, maquillada y bien vestida, como si en el fondo nunca dejara de ser la Reina. Pero la mujer que estaba ahora en frente suyo no parecía ser una Reina, una alcaldesa o una villana. Parecía simplemente una mujer. Regina se sentó frente a ella, ahora con su café negro, y Emma observó mientras untaba una tostada con queso que era probablemente la primera vez que la veía a cara lavada, sin una pizca de maquillaje, y con el pelo algo alborotado. Tenía que admitir que era naturalmente muy bella.
"¿Dormiste bien?" le preguntó Regina, sus ojos marrones ahora en ella.
"Como un bebé."
"Buen día" entró Henry a la cocina, alegre y en piyama. Sus madres le contestaron al unísono. Regina ya estaba por levantarse de la banqueta para prepararle el desayuno a Henry, pero él la detuvo.
"Yo lo hago, Ma."
Desayunaron los tres juntos, y a Emma le pareció casi natural; ahora con las preguntas de Henry sobre qué iba a hacer en el día, sobre el trabajo, sobre la cuarentena, las cosas que contaba de la escuela y sus compañeros, se olvidó de que estaba desayunando en la casa de Regina Mills, o mejor dicho, le dejo de parecer algo surrealista estar desayunando ahí, con ella y con Henry. Simplemente estaba ahí, y estaba bien.
"Debo irme." Dijo luego de unos minutos, mirando la hora. Ya eran casi las nueve de la mañana. Estaba a punto de levantar los platos y las tazas de la mesa, pero Henry la frenó.
"Deja Ma, yo me encargo."
El chico estaba evidentemente de muy buen humor. Emma le agradeció, revolviéndole el pelo con una sonrisa. Luego miró a Regina. "Avísame si necesitas algo. Volveré a la tarde, alrededor de las tres."
La morocha asintió, y Emma subió rápidamente las escaleras para lavarse los dientes – y las manos durante sesenta segundos – y a buscar su chaqueta de cuero roja. Luego se despidió con un "¡Adiós!" mientras salía por la puerta principal hacia su Volkswagen amarillo.
Las primeras horas de la patrulla en cuarentena consistieron en básicamente estar sentada dentro de su auto, dando vueltas alrededor del pueblo, vigilando quiénes andaban fuera de las casas, por qué motivos, a dónde iban, etc. En general no hubo muchos problemas, salvo por alguna que otra persona que se alejaba demasiado de su domicilio sin justificativo, y en ese caso Emma les hacía una primera advertencia. A la segunda, ya sería una multa bastante importante. Estar sentada sola dentro del auto era más que aburrido. Extrañaba la compañía de su padre. En varias oportunidades miró su celular, para ver si tenía algún mensaje de Garfio, pero el pirata no estaba dando señales de dar el brazo a torcer. Quizás más tarde – se dijo a sí misma – todavía es temprano.
Al mediodía pidió un sándwich para llevar en Granny's, y lo comió dentro del auto. También había comprado una caja de seis donas para llevar luego a la tarde; había elegido especialmente las que le gustaban a Henry. Su celular entonces sonó con un mensaje entrante, y sin terminar de tragar lo agarró rápidamente, pero al ver la pantalla no era Killian quien le había escrito sino su madre. Llámame cuando puedas. Emma suspiró. Ya se imaginaba de qué querría hablarle. Viendo que por el momento la calle estaba tranquila y aprovechando su pausa para el almuerzo, decidió llamarla en ese momento. De todas formas estaba muy aburrida ya.
"¡Hola, Emma!" contestó al instante la voz de Mary Margaret.
"Hola, Mamá. ¿Cómo estás?"
"Bien ¿y tú? No quería molestarte mientras trabajabas, ¿puedes hablar ahora?"
"Sí. Por el momento está tranquilo, sólo algunas personas por la calle. Bien por la cuarentena, pero aburrido para mí." Le dio un mordisco al sándwich. "Paré unos minutos para comer un sándwich de Granny's."
"¿Un sándwich solamente?" respondió su madre en tono de voz serio y preocupado. "Emma, tienes que alimentarte bien, no puedes tener las defensas bajas en este momento."
Emma rodó los ojos pero sonrió.
"No te preocupes. Regina me está alimentando muy bien, créeme." Respondió riéndose, con la boca llena.
"¿Está todo bien con ella? ¿Y Henry? Dile que lo extraño y que no se olvide de hacer las tareas."
"Le diré. Sí, no pasaron ni veinticuatro horas aún, pero por el momento nos estamos llevando bien." No le iba a contar la anécdota de esta mañana con Regina a su madre. "¿Y ustedes cómo están?"
"Bien, pero te extrañamos."
"Mamá, no pasó ni un día…"
"Sí lo sé… Y dime… ¿Hablaste con Garfio al final?" Ahá. Emma sonrió. El quid de la cuestión.
Le contó resumidamente lo que había sucedido la noche anterior. Mary Margaret la escuchó atentamente, sin interrumpir. Si se lo hubiese contado a David, probablemente se hubiese puesto a insultar a Garfio a los treinta segundos de la conversación.
"¿Crees que hice mal?" le preguntó, queriendo su consejo. "Porque por un lado creo que su reacción fue exagerada, pero me siento algo culpable." Escuchó el suspiro al otro lado de la línea, lo que no podía ser bueno.
"Emma, no es tu culpa haberte olvidado de decirle. Fue una decisión de un segundo para el otro y estuviste toda la tarde hablando con nosotros y preparando las cosas. No es que viste a Garfio o hablaste con él y se lo ocultaste."
"No, lo sé, yo traté de explicárselo, y por un momento parecía que todo estaba bien hasta que me dijo lo de cenar con él y le dije que ya estaba cenando con Regina y Henry… Le molestó que no le haya dado ese espacio, siendo que no nos vamos a ver en los próximos días. Y después de eso se fue, no me quiso ni escuchar."
Mary Margaret estuvo unos segundos en silencio, probablemente pensando qué decir o cómo decirlo.
"¿Qué piensas?" le preguntó Emma, queriendo saber lo que de verdad opinaba, sin decoros.
"Creo que tienen prioridades diferentes. Tu prioridad es Henry, por eso sólo te preocupaste por él cuando se anunció la cuarentena. Mientras que la prioridad de Killian eres tú."
"Él eso siempre lo supo y lo respeta." Respondió Emma.
"Que lo respete no significa que no le duela… Cuando decidiste quedarte con Henry y con Regina en vez de ir a cenar con él, eso claramente le dolió. Pero tú no tienes la culpa, estás en tu derecho de quedarte cenando con Henry y Regina si eso era lo que deseabas".
Emma exhaló, cansada ya de la situación.
"Desearía que no se hubiese molestado de esa forma."
"No se puede complacer a todo el mundo, Emma." Escuchó la sonrisa en la voz de su madre. "Quedándote con Henry y Regina, no complacías a Garfio. Pero yéndote con Garfio, no complacías a Regina, que había preparado la cena especialmente, ni a Henry. Piensa también qué es lo que tú quieres."
Y ahí recordó las palabras de Regina de la noche anterior: No tienes que sentirte culpable de elegir lo que realmente quieres, Emma.
"Sí, tienes razón. Sólo que tampoco quiero seguir peleada con él o que piense que no me importa. Quizás debería hablarle. Pero no quiero estarle encima tampoco, si necesita tiempo."
"Haz lo que sientas. Si quieres hablarle, háblale. Si tú necesitas tiempo para pensar, espera un poco. Va a estar bien, confía en mí ¿sí? Esto no es una pelea grave."
Emma sonrió.
"Gracias, mamá. Te quiero. Voy a seguir trabajando."
"Yo también. Cuídate."
Al cortar la llamada, Emma vio que le había llegado un mensaje de texto nuevo, pero tampoco este era de Garfio sino de Regina, pidiéndole que comprara algunas cosas de la farmacia como guantes descartables, alcohol y mascarillas, para prevención por el virus. Así que pasó por la farmacia y luego volvió al auto. Quedaba una hora todavía de patrulla, y sentía que era prácticamente inútil. Casi no había gente por la calle – aparentemente todos se habían asustado o por el virus o por la advertencia de la alcaldesa y se quedaron en sus casas – y las pocas personas que se cruzó estaban haciendo compras necesarias. Ya no sólo se estaba aburriendo sino que su mente volvía a pensar en Garfio.
La charla con su madre le despejó bastante el sentimiento de culpa que le había quedado. Entendía que Killian se sintiera herido, pero no le parecía justo que se enojara con ella o la tratara de esa forma por haber elegido quedarse con su hijo la noche anterior, o por haber olvidado decirle que iba a lo de Regina. No era algo tan grave como para tener que contárselo urgente, y de todas formas no iba a pasar la cuarentena con él. Ya le había pedido disculpas, no entendía qué más quería que hiciera. Agarró el teléfono para llamarlo, pero cuando estuvo a punto de hacerlo se arrepintió y dejó el celular a un lado.
Entonces se puso a mirar por la ventanilla del escarabajo, y vio a Rumplestiltskin caminando a unos metros de distancia, solo.
"Vamos a ver qué estás tramando, Gold."
Puso en marcha el auto, andando lentamente hasta llegar casi a la altura del hombre, lo más cerca posible de la acera. Rumplestiltskin se dio cuenta y dejó de caminar, quedándose en el lugar.
"Señorita Swan." Saludó sin mirarla.
"Gold." Respondió ella, bajándose del escarabajo amarillo.
"¿No debería quedarse dentro del auto?" preguntó él, ahora sí mirándola. "Hay un virus dando vueltas, después de todo."
"Estoy haciendo mi trabajo." Le contestó secamente, pero mantuvo un metro de distancia, apoyándose contra el Volkswagen. "¿Y tú? ¿No deberías estar cumpliendo la cuarentena? Debo recordarte que tu tienda no está dentro del rubro que tienen permitido trabajar."
Los labios de Rumplestiltskin se estiraron en una sonrisa, pero esta no llegó a sus ojos.
"No estoy yendo a mi tienda, sheriff Swan. Puede ir y verificar que está cerrada. Estoy yendo a hacer compras."
"¿Compras?" Emma levantó una ceja, sospechando. Aparentemente era más creíble que Rumplestiltskin esté tramando algo en plena cuarentena por un virus infeccioso que que esté yendo a hacer algo tan mundano como las compras.
"Sí, compras." Rumple sonrío. "Seré inmortal pero igualmente necesito comer, señorita Swan."
"¿Y tú vas a hacer las compras? ¿No Belle?"
Él volvió a sonreír, encogiéndose de hombros.
"Belle y yo compartimos las tareas del hogar. Soy oscuro pero no machista… No sé cómo serán las cosas con tu pirata anticuado."
"¿Qué no obligabas a Belle a limpiar tu castillo?" replicó Emma, molesta con que haya tocado el tema de Garfio.
"Teníamos un trato; ella lo aceptó, yo no la obligué. Y créeme, queridita, lo que menos hacía Belle ahí dentro era limpiar."
Emma frunció la nariz y el seño con desagrado. No quería la imagen mental de lo que hacían Belle y Rumplestiltskin en su castillo. O en la tienda. O en su casa.
"No me refería a eso." bufó Gold, notando su expresión. "Bien, tengo que seguir con mis compras, y por lo que veo tú estás muy ocupada con tu trabajo…" agregó y Emma rodó los ojos "Pero dime ¿cómo está mi nieto?"
"Bien. Le diré que preguntaste por él."
"Imagino que Regina no debe estar contenta con no poder verlo en la cuarentena." comentó con una pequeña sonrisa, como un vampiro emocional que se alimenta de la desgracia ajena – sobre todo de la de Regina.
"Lamento informarte que sí está contenta. Henry y yo estamos viviendo en su casa por la cuarentena."
Gold la miró sorprendido unos segundos y luego empezó a reír.
"Vaya, vaya. Oh. Eso seguro que va a ser bueno."
Retomó un poco el aire terminando de reírse, mientras Emma lo fulminaba con la mirada.
"¿Terminaste? Ve a hacer tus compras si no quieres que te multe."
Y sin esperar una respuesta se dio media vuelta para meterse al auto.
"Adiós, Emma Swan. Saluda a Henry de mi parte" escuchó a Gold decir, y luego agregó en una voz casi aguda, con una risilla: "Y a la Reina."
Emma subió la ventanilla para no escucharlo y puso el auto en marcha para volver a la mansión de Regina.
Al llegar a la casa se encontró con un silencio que parecía que no había nadie dentro. Sabía que Regina debía estar aún en el ayuntamiento trabajando, ya que al ser el primer día de la cuarentena seguramente sería un día largo para ella. Henry por otro lado no parecía estar por ahí. Emma lo llamó, sin respuesta, y fue a la cocina y al comedor y a la sala de estar, pero todo estaba vacío. Probablemente estaría en su cuarto, aunque no la escuchó cuando lo llamó. Por unos segundos hasta temió que el chico hubiese salido de la casa, así que subió las escaleras para corroborar, antes pasando por el baño del piso de abajo (la mansión tenía muchos baños) para lavarse las manos. El cuarto de Henry estaba vacío. Dio unos pasos más por el pasillo hasta llegar a la puerta del baño, que estaba cerrada. Oyó el ruido de la ducha y golpeó la puerta.
"¿Henry?"
"¿Qué, mamá?" gritó el chico por encima del ruido del agua.
"Ah, nada. Ya estoy en casa..."
Se dio media vuelta y vio la puerta entreabierta del cuarto de Regina. Se acercó, sin llegar a entrar.
"¿Regina?"
Pero no tuvo respuesta. Sabiendo que lo que estaba haciendo estaba mal pero ganándole la curiosidad, empujó la puerta y ojeó dentro del cuarto, que efectivamente estaba vacío, y mirando por sobre su hombro como para asegurarse que Henry no haya salido del baño – o que Regina no estuviese detrás de ella en el pasillo – entró al dormitorio.
Esa mañana cuando había abierto la puerta por accidente, no había llegado a observar el lugar. Primero, porque se habia quedado parada en la puerta. Segundo, porque estaba muy dormida. Tercero, porque se había fijado sólo en Regina. Ahora vio que estaba elegantemente decorado, con colores claros y muebles finos. Una cama matrimonial que se veía sumamente cómoda y suave. Dos espejos, uno de cuerpo entero y otro en la pared, sobre un escritorio. Vaya, debe gustarse mucho a sí misma. Sobre el escritorio había un portarretrato, y al acercarse, Emma vio que era una foto de Regina con Henry, cuando era más pequeño. Regina se veía casi igual que ahora, y abrazaba a su hijo con una sonrisa grande en su cara. Henry también sonreía. Debió ser antes de que se diera cuenta de que su madre era la Reina Malvada. Emma se quedó un rato mirando la foto, sonriendo también. Primero miraba a Henry, que se veía tan pequeño y feliz, y sintió alegría y tristeza al mismo tiempo; alegría de saber que su hijo tuvo una madre que lo amó y lo cuidó durante su infancia, a diferencia suya que no tuvo una familia, y tristeza por no haber estado presente en esos años. Luego miró a Regina, su cara de felicidad pura, la forma en que abrazaba a Henry y se sintió agradecida de que haya cuidado a su hijo todos estos años. Y se alegró de que al menos, la terrible decisión de haber abandonado a su bebé le haya dado a Regina una chance para ser feliz. ¿Cuáles eran las posibilidades de que la Reina Malvada adoptara al hijo de la Salvadora? Quizás todo esto estaba destinado a suceder.
De pronto, como avergonzada de estar invadiendo la privacidad de Regina, dejó la foto en su lugar y salió del cuarto. La ducha seguía sonando, así que bajó a la sala de estar a esperar a que Henry bajara. Era raro estar sola en esa casa tan grande y tan ostentosa. Miró el bowl lleno de manzanas que Regina tenía y bufó. Entonces sacó su celular del bolsillo, para ver la hora, y tomó aire y coraje para hacer lo que no tenía ganas de hacer, pero que sabía que era lo correcto.
"Swan." Respondió la voz grave de Garfio luego del tercer tono.
"Hola, Killian." No sabía muy bien qué decir ni cómo decirlo, pero supuso que lo mejor era ir al grano y ser sincera. "Estuve pensando mucho en lo que pasó anoche... Quiero que sepas primero que mi intención nunca fue herirte, ni hacerte sentir como si no me importaras. Si lo hice, te pido disculpas, de verdad." Del otro lado de la línea había silencio, así que siguió hablando. "Lo que te dije ayer sobre que me había olvidado de contarte, fue cierto, porque estaba con la cabeza muy ocupada, pero no porque no me importara contártelo. Y me quedé a cenar con Regina y Henry porque ella había ofrecido preparar una cena y él estaba muy entusiasmado, no pude decir que no y tampoco quise hacerlo. No es que no me apene estar lejos de ti durante tantos días, pero ayer yo sólo podía pensar en Henry. Espero que puedas entenderlo."
Hubo otro momento de silencio y finalmente llegó el "Lo entiendo."
"Bien. Porque te fuiste muy enojado anoche y realmente no quiero que las cosas queden así, por eso quise llamarte ahora. No quise dejar pasar un día más. Quiero que estemos bien."
Oyó un suspiro del otro lado y frunció el seño.
"Sabes, Emma… sé que no quisiste hacerme sentir mal y que quizás mi reacción fue exagerada. Pero yo también estuve pensando, y creo que lo de anoche no fue sólo por si te olvidaste de hablar conmigo, si fuiste a cenar conmigo o te quedaste en lo de Regina…" Emma pudo escuchar en su voz que le costaba decir lo que estaba diciendo. "Me di cuenta de que estamos en etapas diferentes. Siento que siempre yo hago mucho esfuerzo para poder estar contigo, para incluirme en tu vida, en tu familia, y que no debería ser así. No quiero culparte, sé que tú das lo que puedes, y quizás no es tanto como lo que yo quisiera. No puedo seguir corriendo detrás de ti, si tú en vez de acercarte te alejas cada vez más."
"¿Qué estás diciendo?" Emma no podía comprender qué quería decir. ¿Estaba haciéndole este planteo ahora, por teléfono? ¿Por no haberle dicho que venía a la casa de Regina y no haber ido a comer con él anoche?
"No puedo forzar algo que debería ser natural y recíproco, amor."
"¡Killian, ya te he dicho que me importas y que quiero estar contigo!" exclamó, tratando de no levantar la voz por si Henry había terminado de ducharse.
"Lo sé, pero…"
"Sabes que me cuesta abrirme" lo interrumpió, queriendo dejar en claro lo que sentía y pensaba. "Y que esto de establecer una relación no es fácil para mí. Lo sabes. Y sabes que mi hijo y mi familia son mi prioridad. ¡Pero eso no quita que tú me importes! ¿Acaso no me crees?"
"Sí te creo, amor. Pero a la vez no puedo dejar de sentir que hay algo que estamos forzando… Quizás necesitemos tiempo."
¿Qué diablos?
"¿Tiempo…? ¿Qué somos, Ross y Rachel?"
"¿Y esos quiénes son?" Preguntó confundido el pirata.
"Olvídalo." Emma no podía creer lo que escuchaba. Si algo había aprendido era que el tiempo era algo muy valioso e irremplazable, que una vez gastado no podía ser devuelto. "No entiendo… ¿Estás… cortando conmigo? ¿Por teléfono?"
Killian suspiró.
"Si pudiera, hablaría en persona. No estoy cortando contigo, Emma. Sólo digo que nos tomemos un tiempo para pensar, para estar distanciados y ver qué nos pasa a cada uno."
"¿No quieres estar más conmigo?" preguntó ella. No podía entender como Killian Jones estaba cortando – o no cortando pero casi sí cortando – con ella.
"¡Desde el primer momento en que te vi que quiero estar contigo, Swan!" exclamó él en la otra línea, y su voz sonó casi quebrada. "Pero no si tengo que seguir persiguiéndote y esperando algo que no me puedes dar. Me hace mal. Y también te hace mal a ti, tan sólo mira lo que pasó ayer… Creo que esta cuarentena nos servirá para ver qué nos pasa estando distanciados." Agregó en tono más suave, y Emma ya no supo ni qué responder. "Tomémonos estos veinte días, Emma. No nos podríamos ver de todas formas. Si cuando esto termine ambos estamos seguros de que queremos estar juntos, maravilloso. Creo que es lo mejor."
Emma no podía responder. Tenía la mano sobre la frente, sosteniéndose la cabeza, y no encontraba las palabras ni la voz para contestar. Tenía miedo de quebrarse en el teléfono, y que Killian la escuchara. O peor, que Henry la escuchara. Esperó unos segundos y tomó aire profundo.
"Está bien, Killian. No sé qué más decir... Tengo que irme ahora, Henry ya debe haber terminado de ducharse."
"Sí. Cuídate, Emma. Cuídense." Respondió la voz triste del pirata.
Emma quiso responder tú también pero no pudo, así que simplemente cortó el teléfono sin despedirse. Pensó que se quebraría apenas cortara la llamada, pero sorprendentemente no lo hizo. Guardó el celular en el bolsillo y soltó en una gran exhalación todo el aire que venía acumulando sin darse cuenta. Henry ya debería bajar en cualquier momento, así que se propuso mantener la mejor sonrisa para no preocuparlo. Fue a la cocina y colocó sobre la mesa la caja con donas de chocolate, y preparó una taza de chocolate con leche y canela para Henry y un té para ella. Si comía donas de chocolate con una taza de chocolate moriría de un pico de glucosa.
"¿Mamá?" escuchó la voz de Henry luego de unos pocos minutos, mientras servía los chocolates.
"¡En la cocina!"
Henry se apareció recién bañado y apenas vio la caja de donas se sentó rápidamente a la mesa.
"¡Cubiertas de chocolate!" exclamó el chico. Y la alegría en su cara fue suficiente para hacer olvidar a Emma de Garfio y de que tenía que fingir estar bien frente a su hijo.
"Especialmente las que te gustan." Sonrió ella genuinamente.
Mientras merendaban le preguntó a Henry por sus clases y le contó cómo le había ido en el día, que estuvo bastante aburrido y que habló por teléfono con Mary Margaret. A Garfio ni lo mencionó, y por suerte Henry no tocó el tema.
"Dijo que te extraña y que no te olvides de hacer tu tarea… Ah, también te manda saludos Gold."
"¿Te cruzaste a mi abuelo?" preguntó Henry con la boca manchada del chocolate de la dona.
A Emma todavía le parecía extraño pensar en Gold, Rumplestiltskin, El Oscuro, como el abuelo de Henry.
"Sí. Estaba haciendo compras, o eso dijo… ¿A qué hora vuelve Regina?"
Henry se encogió de hombros, terminando su bebida. Al apoyar la taza, tenía un bigote de la espuma de leche sobre el labio. "¿Vamos a jugar a la Xbox?"
"Ve a limpiarte primero." Sonrió su madre. "Yo mientras lavaré esto."
Emma tenía que admitir que jugar a la Xbox con Henry era algo muy divertido y la distrajo bastante de su problema con Garfio. Los dos reían en el cuarto del chico, sentados en la cama frente a la pantalla que los iluminaba en la penumbra, sus risas tan altas como los sonidos de efectos especiales del videojuego.
"¡Ah! ¡Me atrapó uno! ¡Ayúdame, Henry!"
"¡Saca el rifle!" contestó el chico, que jugaba al mismo tiempo con otro joystick.
"¿El rifle? ¡Qué rifle!"
"¡Aprieta el botón rojo!"
"¡Mierda! ¡Toma esto, maldito zombie!"
"¡Swan, la boca!"
Emma se dio vuelta rápidamente, creyendo que había imaginado la voz pero no, ahí estaba Regina parada en la puerta del cuarto, observándola. Vestida con una de sus camisas con los primeros botones desabotonados, un pantalón de vestir y zapatos.
"¿Desde cuándo estás ahí?"
"Hace unos minutos." Respondió con una pequeña sonrisa.
"¡Sigue vivo! ¡Dale de nuevo!" le avisó Henry, y la rubia se dio vuelta para volver al juego y matar finalmente al zombie. "¡Hola, mamá!"
"Hola, tesoro." La voz de la mujer ahora sonó dulce.
Emma sintió entonces un peso detrás de ella y Henry sobre la cama. Se volteó apenas para mirar de reojo, y sí, Regina se había sentado para ver la pantalla sobre el espacio entre ambos. A esta distancia podía sentir el aroma floral de su perfume. Estaba maquillada nuevamente, como una máscara que usaba para salir al mundo - los labios pintados de un rosa casi magenta, los ojos delineados y las pestañas de por sí largas y negras. De pronto esos ojos la miraron también.
"Creo que te está por matar otro zombie" le comentó al mismo tiempo que Henry exclamaba ¡Mamá!
Emma se dio vuelta rápidamente, maldiciendo por lo bajo, y pudo jurar que sintió a Regina reírse detrás suyo, y un escalofrío en la nuca.
Mientras iban jugando, Regina cada tanto comentaba cosas detrás de ellos, especialmente directivas a Emma. El hecho de que se acercara tanto para ver por encima de su hombro al punto de que sentía su aliento detrás de la oreja cuando hablaba, la exasperaba todavía más.
"¿Ahora eres la Reina XBOX también?" le respondió finalmente Emma "¿Por qué no juegas tú a ver si eres mucho blablá y poca acción?"
Regina bufó y acercándose todavía más, ya rozándose, le arrebató el joystick antes de que la otra reaccionara.
"¡Ey!"
"Permiso, querida." Le dijo empujándola con la mano para que le hiciera lugar entre ella y Henry. Emma no luchó sino que le hizo espacio, de pronto pareciéndole más entretenida la idea de ver a Regina Mills jugando con la XBOX que la de jugar ella misma.
Emma aprovechó para vengarse, riéndose cada vez que un zombie la atacaba, o incluso diciendo cosas sin sentido para distraerla pero lo suficientemente bajo para que Henry no escuche con el volumen de la tele y no confundirlo a él también.
"Quién imaginaría esto, la Reina Malvada jugando videojuegos" le susurró Emma y Regina le echó una mirada fulminante, claramente disgustada con que la llamara con ese nombre, antes de volver la vista a la pantalla. "Ex Reina Malvada, perdón... No se enoje, Majestad."
"¿Quieres callarte de una vez?" se volteó a verla.
"¡Mamá! ¡Zombie!"
Pero era tarde, el zombie ya la había matado. Emma rió y Regina le dio un codazo suave.
"¿Quieres hacer algo útil y ayudarme a preparar la cena?"
"Pensé que desconfiabas de mis habilidades culinarias." Respondió Emma levantando una ceja.
"Creo que puedo ponerte a cortar verduras. Antes lávate las manos."
Mientras Henry seguía jugando en su cuarto, las dos mujeres estaban en la cocina preparando la cena que consistía en un salmón grillado con ensalada. Mientras Emma cortaba las verduras en silencio, Regina estaba prendiendo el horno para dejarlo calentarse antes de meter el pescado.
"Vas a rebanarte un dedo" le suspiró la alcaldesa casi en la nuca mientras Emma picaba un tomate, haciendo que se sobresaltara.
"¡Voy a hacerlo si me hablas así de repente!"
Regina rodó los ojos y Emma sintió de pronto su cálida y suave palma sobre el dorso de su mano, haciendo que se tensara un poco. Regina acomodó los dedos de la rubia en la posición correcta sobre el tomate, y con la otra mano le sacó el cuchillo para enseñarle de qué forma debía cortarlo.
"¿Ves? Hazlo así si no quieres perder media falange en el intento." Le indicó, y luego soltó su mano y le devolvió el cuchillo. Emma le hizo caso, y efectivamente de esa forma se sentía más seguro. "Muy bien." Le dijo Regina antes de volver con el pescado para condimentarlo y meterlo dentro del horno. Se hizo un momento de silencio. "¿Qué tal tu día?"
Emma pensó en Garfio, pero no quería hablar de eso. Se encogió de hombros, sin sacar la vista de la zanahoria que estaba cortando.
"Bien. Aburrido. ¿El tuyo?"
Regina tardó unos segundos en responder, y Emma sentía su mirada sobre ella, pero no se volteó a verla con la excusa de enfocarse en lo que estaba haciendo.
"Muy pesado, pero bien. Con mucho trabajo… ¿Alguna novedad de Garfio?"
Emma sintió de pronto el filo del cuchillo rozarle la piel del dedo índice y soltó un insulto por lo bajo. Regina en menos de un segundo ya estaba al lado suyo, agarrándole la mano.
"¿Estás bien?"
"No fue nada, sólo me rozó."
Si bien había sido un corte superficial, le estaba sangrando el dedo. Por suerte no cayó sangre en la ensalada. Regina la llevó de la mano hasta el lavabo de la cocina, abrió el grifo y metió el dedo bajo el chorro de agua fría. Luego agarró un trapo de tela de un cajón, cerró el grifo y sacó la mano de Emma del lavabo para envolver el dedo en el trapo, haciendo un nudo fuerte para frenar el sangrado.
"Sostenlo ahí, ya vengo."
Emma se sentó sobre la mesada de la cocina, maldiciéndose - no por el corte sino porque ahora Regina sabría que algo había pasado con Garfio, y de verdad no quería hablar del tema. Sólo quería que esos pensamientos se esfumaran al menos por un momento de su cabeza, como las gotas de sangre en el lavabo que se diluían con el agua.
Regina volvió en menos de tres minutos con lo que parecía ser un kit de primeros auxilios. Emma tenía ganas de reírse. Nunca jamás en su vida tuvo un kit de primeros auxilios; si alguna vez se cortaba o lastimaba con algo, se lavaba con agua y jabón con la esperanza de que no se infectara y ya.
"No es para tanto, estoy bien."
Ella no le hizo caso. Apoyó el kit en la mesada junto a Emma y agarró una gasa estéril y una botellita de alcohol, humedeciendo un poco la gasa con este. Se acercó lo suficiente – su torso casi tocando las piernas de Emma, que seguía sentada sobre la mesada con la mano apoyada sobre la falda - desanudó el trapo de tela, que tenía una mancha de sangre pero la hemorragia ya se había detenido.
"Tuviste suerte, fue sólo sobre la piel." Le comentó mientras limpiaba la zona suavemente con la gasa. "Podrías haberte rebanado el dedo."
Emma tenía ganas de decirle que dejara, que ella podía hacerlo, pero se quedó callada y observó mientras Regina le ponía ahora una curita (apósito adhesivo) sobre la herida.
"Listo. Con eso ya estará bien."
"Gracias, Regina." De pronto se dio cuenta de algo. "Pero ¿por qué no usaste magia?"
Regina se sorprendió con la pregunta, como si no lo hubiese considerado. Hasta se había sonrojado un poco.
"A decir verdad, me olvidé. Mi primer instinto fue este. Creo que porque los primeros diez años de vida de Henry, cuando no podía usar magia, era así como lo curaba cuando se lastimaba con algo."
Emma esbozó una amplia sonrisa, encontrando esa respuesta muy tierna y recordando la foto que habia visto en el cuarto.
"Gracias por cuidarlo todos estos años. Me alegro de que él te haya encontrado."
El rubor en las mejillas de la morocha se hizo todavía más evidente, y le devolvió una pequeña sonrisa. Luego finalmente se alejó y terminó de preparar la ensalada.
"Estuve pensando…" dijo unos minutos después Emma, mientras la observaba. "Ya que voy a quedarme aquí mínimamente por veinte días, debería ayudarte con las cuentas ¿no? Y con las tareas de la casa."
"No es necesario. Son veinte días, no estarás meses aquí adentro."
"Pero la cuarentena podría extenderse, tú misma lo dijiste. Y aunque fuesen veinte días, los gastos aumentan ya que ahora somos tres. Deberíamos dividirlos mitad y mitad, Henry es hijo de ambas después de todo." Insistió. No se sentía cómoda con la idea de estar viviendo de la hospitalidad de Regina, sin ayudarla económicamente. "Si fuese al revés, sé que tú me dirías lo mismo."
"Sí, pero yo soy la Alcaldesa, querida. No es por nada, pero me sobra para pagar los gastos por una persona más. Puedes ayudarme limpiando la cocina cuando yo preparo la comida, o yendo a hacer alguna compra si estoy con mucho trabajo…"
"Bien, pero cuando las haga pagaré yo. No voy a ir con tu plata como si fuese una niña yendo a hacer los mandados."
Regina rodó los ojos.
"Como quieras. Ah, y si quieres cortar el césped no me enojo... Odio cortar el césped." Emma asintió y Regina miró dentro del horno. "Ya casi está. Ayúdame a poner la mesa, mientras."
La cena fue bastante tranquila. Henry y Regina hablaron más que nada, ella haciéndole preguntas a Henry sobre las clases virtuales y la tarea y qué estaban viendo, y el chico contándole, y Regina contándole de su trabajo. Emma intervino un par de veces con algún comentario o pregunta, sobre todo si sentía que había estado mucho en silencio. Al estar ahora sentada cenando al igual que la noche anterior recordó la pelea con Killian y el buen humor que había tenido mientras jugaban a la Xbox desapareció. Cuando Henry le preguntó qué le había pasado en el dedo, respondió sin darle importancia ni entrando en detalles, y cambió de tema diciéndole a Regina que la comida estaba deliciosa - que sí, lo estaba, aunque no se sentía con tanto apetito como la noche anterior y tuvo un poco que forzarse a terminar el plato.
Unos minutos luego de haber terminado la cena, Emma usó la excusa de que le tocaba limpiar la cocina ya que Regina había cocinado y llevó los platos hacia allí, aunque Henry y su madre la siguieron también. Puso todo en el lavavajillas y comieron el postre (lo que había sobrado de la ensalada de frutas que había preparado Regina en la mañana). Cuando el lavavajillas terminó de funcionar, Henry quiso ayudarle a guardar las cosas, pero Emma lo mandó a dormir.
"Ve, tesoro " le dijo también Regina, dándole un beso de buenas noches en la coronilla.
El chico obedeció y quedaron las dos en la cocina. Mientras Emma guardaba la vajilla limpia, Regina se puso a lavar lo poco que habían ensuciado con el postre.
"¿No era que si tú cocinabas yo limpiaba?" preguntó Emma, sin mirarla.
"Bueno, tú me ayudaste preparando la ensalada." Hubo un momento de silencio hasta que cerró el grifo del agua. "Emma."
Al oír su nombre, la menor se dio vuelta, ya habiendo guardado el último plato en su lugar.
"¿Estás bien?" preguntó Regina acercándose a ella.
Emma maldijo la habilidad de su ex némesis para captar su estado de ánimo. Al ver la preocupación en su cara, durante un momento sintió la necesidad de decirle no, no estoy bien, de abrirse y contarle lo que había pasado y no guardarse nada dentro; quizás Regina la contendría de la misma forma que la contuvo cuando se cortó el dedo hacía unas horas.
Pero esto no era un corte en el dedo sino una herida en el corazón y no sentía que pudiese dejar que Regina la viera, mucho menos que intentara curarla.
"Sí, estoy bien" mintió entonces. "Sólo estoy cansada. Voy a irme a dormir."
"No tendré tu superpoder pero puedo darme cuenta cuando tú me mientes." Dijo Regina, buscándola con la mirada. "Si pasó algo –"
"¡Dije que estoy bien!" respondió Emma de mal modo. Al ver la expresión casi dolida en esos ojos marrones, se arrepintió inmediatamente de su exabrupto. "P-perdóname, Regina." Agregó suavizando la voz y las facciones de su rostro. Regina apartó la mirada, mordiéndose el labio, pero asintió. "No tuve un buen día, eso es todo. Lo mejor va a ser que me vaya a dormir."
"Está bien. No quise entrometerme." Contestó la morocha, mirándola de nuevo. "Si necesitas hablar, aquí estoy."
Emma asintió.
Una vez en la cama y ahora sí sola, sintió la angustia acongojarla. Si bien estar con Henry la hacía feliz e incluso disfrutaba de la compañía de Regina, desde que había hablado por teléfono con Garfio no había tenido un momento de soledad para desahogarse. Emma dejó correr una o dos lágrimas en silencio.
Pero finalmente tuvo que reprimirse cuando los sollozos amenazaron con salir, tragándolos por miedo a que Henry o Regina escucharan.
