Cuarentena. Día 3.

Las luces de tubo blancas. El olor a antiséptico. La mascarilla tapándole la mitad del rostro. Y de repente, el cuero rojo. El pelo dorado. Los ojos verdes.

Emma se le aparecía otra vez, en su mente.

Regina estaba en plena reunión con el director del hospital siendo el tercer día de la cuarentena, pero no podía dejar de pensar en la actitud de Emma del día anterior, cuando había bajado las escaleras con su chaqueta de cuero roja puesta mientras ella desayunaba sola.

"¿Desayunaste?" le había preguntado mientras la rubia deseaba buenos días.

"No, ya debo irme." Había respondido ella, mirando la hora en su celular en vez de a Regina. "Compraré algo en Granny's." Fue lo que agregó antes de desaparecer por la puerta.

Regina intentó olvidar esa escena del día anterior y prestar atención a lo que el director del hospital le estaba diciendo ahora. Hacía falta más infraestructura para el hospital. Más personal trabajando y ¿acaso Emma estaba evitándola? ¿La había incomodado insistiéndole sobre Garfio la noche anterior? Sí, sí, hace falta mayor presupuesto para la salud. Regina asintió con la cabeza mientras el director hablaba. Y hoy ni la había visto cuando bajó a desayunar, quizás había salido más temprano para no cruzársela. Regina estaba segura de que había pasado algo con Garfio. Seguramente el pirata le hizo un nuevo escándalo y Emma se sentía todavía más culpable. O quizás ella finalmente abrió los ojos y rompió con él. Regina sólo esperaba que no se hayan visto en persona; si Emma ponía en riesgo la salud de ellas y de Henry rompiendo la cuarentena para ir a ver a ese sucio pirata… El director del hospital de Storybrooke seguía hablando, y cada tanto Regina lograba escuchar algo de lo que decía. No es que no se tomase en serio su trabajo de alcaldesa ante semejante crisis sanitaria, pero de verdad el hombre no le estaba diciendo nada nuevo, nada que no se haya dicho ya en los últimos días. Y tampoco es que ella elegía pensar en Emma, simplemente aparecía en su cabeza. Vete de aquí, Swan quería ordenarle, o mejor dicho ordenarse a sí misma que dejara de pensar en ella, pero la actitud callada y cabizbaja de la rubia en los últimos dos días estaba siendo demasiado notoria como para no llamar la atención. Comía poco, hablaba poco y a juzgar por las ojeras que tenía, dormía poco o nada. Regina ya se estaba preocupando, por Henry sobre todo. El pobrecito le había dicho anoche, luego de que Emma se fuese a dormir temprano, que estaba preocupado por ella y que ya no sabía cómo alegrarla. Regina le propuso un plan entonces, al cual llamó Operación Swan. A Henry no le había parecido un nombre muy original pero aceptó.

Aún faltaban siete horas.

Era casi mediodía cuando la reunión terminó y el estómago de Regina ya protestaba de hambre. No había chances de que fuese a comer las porquerías que podrían llegar a servir en el comedor del hospital, así que pasó por Granny's antes de ir al ayuntamiento. Era raro ver que el local que a toda hora solía tener clientes ahora estaba vacío y silencioso, a no ser por una radio sonando y Ruby en la barra.

"Buen día." Saludó Regina a la joven, que tenía la boca cubierta con una mascarilla y guantes en las manos. "Llevaré una ensalada césar, por favor."

Ruby asintió y ordenó en voz alta el pedido a su abuela, que estaba en la cocina. Luego volvió al mostrador detrás de la caja registradora.

"¿Ha venido la señorita Swan por aquí hoy?" preguntó Regina, como al pasar. Ruby levantó una ceja.

"¿No le sirve el desayuno en su casa, Alcaldesa?"

Regina la miró un momento, atónita. Aparentemente todo el pueblo se iba a enterar de que Emma Swan estaba viviendo con ella.

"¿Yo, servirle?"

"Sólo bromeaba. Ya me dijo Emma que su lasaña compite con la nuestra." ¿Compite? Regina se contuvo de responder y sólo soltó una risita sarcástica. "No, Emma vino ayer, pero hoy no."

Emma estúpida. Si quería desmayarse por salir en ayunas, ya estaba grande para hacerlo.

"Agrégame un sándwich de queso grillado. Tengo mucho hambre hoy."

Ruby pareció sonreír tras la mascarilla y se dio media vuelta para gritar la orden a su abuela.

"Un sándwich especial para Emma."

Regina agradeció tener su mascarilla puesta, porque sintió que las mejillas se le prendían fuego.

Antes de pasar por la comisaría Regina buscó unos documentos que la sheriff debía firmar por la cuarentena. No era una excusa para ir a verla ni a asegurarse de que comiera, de verdad tenía que firmarlos. Aunque es cierto que podía dárselos en la casa, los necesitaba cuanto antes y seguramente si no se los entregaba en el momento en la comisaría Emma los perdería o se olvidaría de firmarlos. Lo que sí, no era necesario que la alcaldesa fuese a entregárselos en la mano, como bien le hizo saber su secretaria al ofrecerse a llevarlos ella. Regina simplemente la ignoró, no tenía por qué darle explicaciones.

Así fue como entró a la estación de sheriff alrededor de las doce y cuarto del mediodía, con la mascarilla aún puesta, su cartera colgando de un hombro con los documentos adentro y la bolsa de Granny's en una mano, con el sándwich para Emma y su ensalada. Podrían almorzar juntas allí, así como anteriormente Emma le había llevado el almuerzo al ayuntamiento.

Los ojos verdes y el pelo rubio que vio al ingresar no eran los que esperaba encontrar.

"David" dijo sorprendida. "¿Qué pasó con Emma?"

"Hola Regina, estoy bien, gracias por preguntar." Respondió sarcásticamente el príncipe no tan encantador, sentado tras la computadora. La alcaldesa rodó los ojos. "Hoy yo hago el turno de la mañana y ella el de la tarde, ¿no te lo dijo?"

Regina negó con la cabeza. Hay muchas cosas que Emma no me dice.

"Vine a traerle esto." Suspiró sacando los archivos de la cartera y dejándolos sobre el escritorio. "Cuando llegue dile que los firme y que los traiga cuanto antes." Tras un momento de duda, sacó el sándwich de la bolsa y lo dejó sobre el escritorio. "Puedes comer esto, si quieres."

"¿Me trajiste el almuerzo? ¡Qué amable, Regina!" exclamó David en tono irónico y sonriendo. "Aunque ya almorcé, y es justo el sándwich favorito de Emma, así que lo daré cuando llegue."

"Sólo no le digas que se lo traje yo. No quiero que piense que ando controlando si come o no o que ando preocupada por ella."

David la miró confundido.

"¿Por qué? ¿Pasó algo?"

"Nada grave, debe estar decaída por pelearse con Garfio." Respondió Regina como si nada, mientras se ponía la cartera de nuevo al hombro, lista para irse.

"¿Cómo? ¿Se pelearon?"

Regina se detuvo y miró a David, que la miraba preocupado, y se maldijo a ella misma mentalmente.

"Pensé que ya sabías…"

"Nieve me dijo que Garfio se había aparecido en tu casa y que él y Emma tuvieron una discusión, pero que ella luego hablaría con él y no nos dijo más nada…"

"A mí tampoco. Pero anteayer cuando le pregunté por él no me quiso hablar del tema y desde entonces me está evitando, así que supuse que algo habría pasado… No le digas que te dije o va a matarme." Respondió Regina. David frunció el ceño con preocupación. "Estará bien, David. No está sola. Lo tiene a Henry… y a mí también."

Él la miró y soltó un suspiro.

"Gracias, Regina."

"No le vayas a decir nada a Nieve." Advirtió ella antes de marcharse. "Ya sabemos qué pasó la última vez que le pedí que guardara un secreto."

El tiempo pasaba demasiado lento sola en su despacho, leyendo y firmando documentos. Sólo la acompañaba el tic tac de las agujas y la voz distante de su secretaria cuando atendía ocasionalmente algún llamado telefónico. Regina echó una nueva mirada furtiva al reloj. Ayer ya se había quedado hasta más tarde de lo normal. Hoy se prometió que volvería a casa a las cinco, para tener tiempo de llevar a cabo la Operación Swan antes de que Emma llegara.

Y entonces, como si la hubiese invocado con tal sólo pensar su nombre, las puertas de su oficina se abrieron y Emma irrumpió, arrojándole sobre el escritorio los archivos que había llevado a la comisaría para que firmara. Regina levantó la mirada, encontrándose con los ojos verdes bajo un ceño fruncido y la mitad del rostro cubierto por una mascarilla.

"¿Gracias?" respondió confundida por el mal modo y la mirada acusatoria de Emma. La rubia se arrancó la mascarilla. "Deberías dejarte eso puesto."

"¡¿Le dijiste a David que me peleé con Garfio?!"

Regina soltó un suspiro exasperado.

"¿Tus padres no saben callarse la boca?"

"Me di cuenta de que me ocultaba algo apenas lo vi. Además mira quién habla de no saber callarse."

"¡Se me escapó! Fui a la comisaría pensando que estarías tú y cuando le pregunté por ti—"

"Sí, sí, ya me dio del sándwich, muchas gracias." Dijo la rubia con sarcasmo y Regina sintió que se le acaloraba el rostro, ya sea de la vergüenza o de la indignación.

"¡No le dije nada! Me preguntó si te pasaba algo y le dije que estabas algo decaída por la pelea con Garfio, porque pensé que él ya sabía—"

"¿Sabía qué?" Volvió a interrumpir Emma. "Sabía que Killian se apareció en tu puerta y que yo hablaría con él, nada más. Ayer le dije que estoy bien. No quiero que él y mi mamá se preocupen o que me invadan a preguntas. Y tú ni siquiera sabes lo que pasó exactamente con Garfio, yo no te conté, no sé por qué—"

"¡Fue sin querer, Emma!" la interrumpió Regina, levantándose de su silla y la sheriff hizo silencio. "Es cierto, no sé qué pasó exactamente, y eso mismo le dije a David, no es que anduve inventando cosas o haciendo suposiciones. No lo hice a propósito. Reaccionas como si hubiese hecho algo terrible. Tus padres se preocupan por ti, Henry se preocupa por ti… Yo también, por eso fui a la comisaría hoy. ¡Y tú finges que todo está bien pero te aíslas y nos dejas a todos fuera! Lo único que logras con eso es preocuparnos más."

Sintió que había escupido todo lo que venía cargando dentro en los últimos dos días, una especie de alivio y a la vez inquietud al ver a Emma ahora en silencio. Estaban frente a frente, con el escritorio de la alcaldesa separándolas en el medio. Los ojos verdes ya no se veían enojados ni acusadores, sino tristes.

Regina sostuvo la mirada esperando una reacción, dudando de si decir o hacer algo más. Entonces la sheriff bajó la mirada, se dio media vuelta y fue hacia la puerta.

"Emma—" Suspiró Regina, pero la rubia o no la escuchó o la ignoró, yéndose de la oficina. La alcaldesa resopló y se dejó caer en su silla, apoyando la cabeza contra el respaldo y mirando hacia el techo.

Se quedó en esa posición hasta las cinco de la tarde, pensando en lo difícil que era llegar a Emma Swan. Luego dicen que yo soy la que tiene problemas para confiar en los demás. Regina sabía lo que es ser una persona extremadamente reservada y privada, y en ese sentido sentía que ambas se entendían de una forma que los demás habitantes de Storybrooke no lo hacían, pero dentro de este entendimiento mutuo pensó que Emma la dejaría entrar a ella, no que también la apartaría como a los demás. Pensó en cómo en el último tiempo la Salvadora había hecho un esfuerzo por no sólo acercarse a Regina, sino por incluirla en su familia y entre sus amigos. Emma Swan había logrado que el pueblo al cual la ex Reina Malvada había aterrorizado, el pueblo que le temía y la odiaba, la haya perdonado y aceptado. Emma había sido tan entrometida, impertinente y tan obstinada en su meta de ayudar a Regina, que poco a poco logró ganar su confianza. Fue la primera persona en todo Storybrooke que quiso ser su amiga, incluso antes que Blancanieves. Quizás había sido un poco dura la forma en la que le habló, pero algo en ella le dijo que era necesario. Había intentado ser amable y sutil y no había funcionado, y ellas tenían una forma más directa y sin rodeos de decirse las cosas. Entendía que Emma necesitara tiempo y espacio para procesar lo que fuera que le estuviese sucediendo, pero no podía culpar a Regina por preocuparse por ella.

Va a estar bien. Pensará en lo que le dije y verá que tengo razón.

Al llegar a su casa a las cinco de la tarde, casi había olvidado la Operación Swan si no fuese porque Henry bajó las escaleras corriendo cuando la oyó entrar, ansioso por ayudarla. Regina no le dijo nada del altercado que tuvo con su otra madre en el ayuntamiento; no quería preocuparlo ni decepcionarlo, y en el fondo esperaba que este plan le sirviera para hacer las paces con Emma. Por más ofendida que estuviese, confiaba en que no podría resistir sus platos favoritos. Eso era la Operación Swan. Ningún plan elaborado ni ningún acto heroico. Solamente una pizza casera con la cerveza favorita de la rubia y un cheesecake de postre, también hecho por la ex Reina Malvada.

Regina sentía algo que parecía ser ansiedad en la boca del estómago de pensar en la reacción de Emma cuando volviera, en si seguiría enojada con ella o no, pero la sonrisa de su hijo mientras la ayudaba a preparar la cena aflojó un poco el nudo que tenía en las tripas. Por suerte a la sheriff le había tocado hacer el turno de la tarde, por lo que tenían bastante tiempo para que todo estuviese listo para la noche.

Mientras esperaba a que la pizza terminara de cocinarse en el horno, Regina subió a su cuarto para cambiarse y quitarse el maquillaje. Unos pantalones cómodos, una camiseta de algodón y unas pantuflas reemplazaron a la camisa, los pantalones de vestir y las botas de cuero que llevaba puestas. Luego mientras se miraba en el espejo pasándose un algodón con desmaquillante por el rostro, se dio cuenta de que se sentía cómoda con el hecho de que Emma la viera en este estado, al natural. Sólo Henry la veía así; para el resto de la gente siempre debía mostrar una imagen perfecta, ya sea en su papel Reina o de Alcaldesa. Pero sentía que con ella no había que mostrar nada, y podía simplemente dejarse ver.

Entonces escuchó las voces de Henry y Emma, y echando una última mirada a Regina en el espejo, salió del cuarto. Bajó las escaleras en silencio y se detuvo a mitad de camino para espiar a su hijo arrastrando a la madre que lo parió de la muñeca hacia la mesa del comedor, que ya estaba preparada y sólo faltaba la comida.

"Henry, ¿qué pasa?" preguntó Emma.

"Mamá y yo te preparamos algo especial…" dijo él e intentó sentarla en una de las sillas que desde hacía sólo tres días había pasado a ser la silla de Emma, pero no tenía la fuerza suficiente para manipular a la sheriff.

"Tengo que lavarme las manos antes… ¿Virus contagioso, recuerdas?" Respondió ella yendo hacia el baño que estaba en la planta baja.

Regina entonces terminó de bajar las escaleras y fue a la cocina, seguida por Henry, que la ayudó llevando las bebidas a la mesa mientras ella llevaba la pizza recién sacada del horno. Emma volvió del baño y vio a Regina y luego a la pizza.

"¡Tu pizza preferida!" anunció Henry sonriendo, siendo el primero en sentarse. "Mamá la hizo con un poco de mi ayuda, ¿no mamá?"

Regina le sonrió a su hijo y asintió, sentándose también. Luego miró a Emma, que evitaba su mirada.

"Qué bien, chiquillo." Le sonrió esta a Henry, sentándose.

"Sé que estos días estás un poco triste, aunque no quieras hablar de eso…" continuó el chico y Emma lo miró boquiabierta "sólo quería hacer algo que te hiciera sentir un poco mejor. Fue idea de mamá; ella me preguntó cuáles eran tu comida y tu postre favoritos. Hizo un cheesecake también. Yo la ayudé, un poco."

"¿De verdad?"

Regina no supo si ese ¿de verdad? era dirigido hacia Henry o ella; no se atrevió a mirar a Emma, hasta que ya podía sentir su mirada clavada en ella y no le quedó más opción que toparse con los ojos verdes. Se veían más amables que al mediodía.

"Gracias." Dijo Emma suavemente.

"No es nada" se apresuró a responder y sirvió las porciones. Emma dio el primer bocado.

"Creo que le gana a la pizza de Nueva York."

"¡Está super!" coincidió Henry.

"Me alegro." Sonrió Regina.

Mientras comían, Henry le contaba a Emma cómo había ayudado en preparar la pizza y el cheesecake; si bien casi todo lo había hecho Regina, el chico había colaborado en todo lo que estaba a su alcance y se sentía orgulloso por ello. Ambas madres lo escuchaban sonrientes, y cada tanto cruzaban miradas aunque tan sólo por un segundo y luego volvían a enfocarse en Henry o en la comida. Hicieron una pausa antes del postre y Regina estuvo a punto de llevar los platos para ponerlos en el lavavajillas pero Emma insistió en que se quedara sentada, que ella lo hacía ya que ellos habían cocinado. No se dirigieron muchas más palabras que esas, salvo algún comentario del trabajo, o de la reunión que la alcaldesa había tenido con el director del hospital de Storybrooke. Cualquier tema impersonal que no tuviese nada que ver con su discusión del mediodía, ni con los sentimientos de Emma, ni con Garfio.

La tensión se aflojó un poco al momento del postre, ya habiendo tomado una pinta de cerveza cada una. La rubia probó el cheesecake y soltó un sonido placentero que sacó una sonrisa a su ex némesis.

"Está increíble, Regina. Gracias."

Henry se aclaró la garganta exageradamente.

"Perdón. Gracias a ti también, chiquillo." Hizo una pausa y dejó un momento el tenedor en el plato, mirando a Henry. "Y sabes, tenías razón. He estado algo triste estos días, aún lo estoy… Tuve una pelea con Garfio, la verdad. No sé si nos vamos a arreglar. Por el momento necesitamos algo de tiempo… Es eso. Lamento haberte preocupado."

Mientras Regina terminaba de tragar el cheesecake que tenía en la boca, sorprendida con la sinceridad poco habitual de la Salvadora, Henry se levantó de su silla y fue a abrazarla.

"Está bien, Ma. Gracias por contarme. Sabes que no estás sola."

Emma apoyó su mentón sobre el pelo castaño de su hijo, devolviéndole el abrazo como si todo este tiempo hubiese necesitado sólo eso: ser abrazada. Regina se alegró de que Henry estuviese ahí porque no creía que ella pudiese hacerlo. Nunca jamás había abrazado a Emma. Los ojos verdes entonces se encontraron con los suyos. Yo también estoy aquí si me necesitas, dijo Regina para sus adentros, sosteniendo la mirada. Y de una forma extraña, supo que Emma sabía lo que le estaba queriendo transmitir, sin necesidad de decirse nada.

Emma había subido con Henry hacía ya unos veinte minutos y no había vuelto a bajar. Probablemente se fue a dormir también, pensó Regina mientras daba un trago a su botella de cerveza, sentada en el sofá grande de la sala. Aunque no me deseó buenas noches antes de subir… Casi se reía sola de lo irónico que le resultaba ese pensamiento; hace pocos años la Salvadora y ella se insultaban y ahora se deseaban buenas noches antes de irse a la cama. Quizás Emma estaba todavía evitando estar a solas con ella. Regina esperaba que no, confiando en que la cena que le había preparado haya dado resultado. Después de todo, la rubia le había agradecido y se había visto contenta por un momento. Y finalmente habló. Sin mucho lujo de detalle, claro, pero que admitiera frente a ella y a Henry que se había peleado con Garfio y que se sentía mal por ello era un avance. Regina se preguntó si este acto de sinceridad fue un lapsus que tuvo al escuchar la clara preocupación de su hijo, o si fue una forma de agradecerles por la cena, o si es que algo de lo que ella le había dicho en el ayuntamiento le había resonado. Quizás era un poco de todo.

El sonido de los pasos en la escalera llamó su atención. Emma se asomó a la sala de estar.

"Henry estaba con muchas ganas de hablar, pero ya se durmió."

Regina no pudo evitar sonreír. Su hijo ya tenía trece años y hacía tiempo que el hábito de arroparlo y contarle una historia antes de dormir había quedado atrás – aunque seguía manteniendo el beso de las buenas noches – pero el chico había estado preocupado por Emma y seguramente por eso le pidió que subiera con él. Hace no mucho se hubiese sentido amenazada si la madre biológica de Henry hacía en su propia casa algo que antes era tarea solamente de ella, pero ahora se daba cuenta de que compartir la maternidad y el cuidado de Henry con Emma era algo no solo tolerable, sino agradable. Era un vínculo especial, como si el hilar del destino las hubiese unido.

"Pensé que también te habrías ido a dormir." Le respondió Regina.

La rubia negó con la cabeza. Se adentró un poco más en la sala de estar, acercándose al sofá pero sin sentarse.

"Quería agradecerte por lo que preparaste para mí. Ya sabes, mi comida y mi postre favoritos... Gracias."

Se veía claramente incómoda. Tenía las manos en los bolsillos del jean y miraba a Regina y a su alrededor, parada como una estatua. Ya le había dado las gracias por la cena mientras estaban comiendo, así que no era necesario que bajase solamente para agradecerle otra vez. No bajó realmente para eso le dijo la voz de la intuición a Regina. Las últimas dos noches Emma había estado evasiva y se había ido a dormir temprano sin casi decir una palabra en la cena; podía ser que esta vez quisiera quedarse un rato con ella y hablar finalmente.

"Acompáñame con una cerveza." Le dijo la morocha, palmeando el espacio libre en el sofá junto a su cuerpo. "Compré las que a ti te gustan. Ve a traerte una."

Emma esbozó una sonrisa y salió a la cocina. Regina también estaba sonriendo, mirando el espacio por donde la joven se había ido. Dio un trago del pico de su botella y se recostó contra el respaldo mullido del sofá. La bola de ansiedad y preocupación que había sentido en el estómago a lo largo del día ahora se había aliviado y en su lugar apareció una agradable sensación cuando vio a Emma volver con la cerveza en la mano. La rubia se sentó a su lado y bebió un trago. Aunque había espacio entre las dos, estaban cerca y Regina podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Emma. Podría acostumbrarme a esto, pensó de pronto, satisfecha con la cercanía tras dos días de una fría distancia.

"No soy muy fan de la cerveza roja, pero creo que le estoy tomando el gusto a esta." Regina comentó tras un momento de silencio.

Vio por el rabillo del ojo a Emma dar otro trago, luego apoyar su botella sobre una rodilla – tenía puestos todavía los jeans oscuros – con la mirada pensativa, mordiéndose el labio. Regina se quedó mirándola hasta que la rubia rompió el silencio.

"Lamento cómo te traté hoy al mediodía en el ayuntamiento." Bajó la mirada a la cerveza entre sus manos y le dio unos golpecitos con los largos dedos, las uñas contra el vidrio haciendo un tictictic que en otra ocasión hubiese provocado una bola de fuego por parte de Regina. "Dejé que mi malestar ganara y me desquité contigo, cuando sólo estabas preocupada. Fui injusta... Las cosas que me dijiste me hicieron abrir los ojos ¿sabes?" Hizo una pequeña pausa mirándola y Regina no habló, esperando que siguiera. "Es verdad que Henry, mis padres y tú sólo querían apoyarme y lo único que hice fue apartarlos y preocuparlos más… Que me cueste abrirme no es excusa para tratarlos así, especialmente como te traté a ti. Lo siento, Regina."

La morocha la miró un momento en silencio, no pudiendo evitar sentirse identificada con su ex némesis.

"Emma…" Dio un pequeño suspiro antes de seguir. Inconscientemente se acercó un poco más y se giró sobre el asiento del sofá para poder enfrentarla. "Yo más que nadie te entiendo. Lo sabes. Tú fuiste una de las pocas personas, junto a Henry y Blancanieves, que realmente me ayudó a confiar en los demás y a perdonarme a mí misma. Cuando el pueblo entero pensó que yo era un caso perdido, ustedes me dieron la mano… Tú antes que tu madre incluso. Más bien me agarraste de la mano a la fuerza, y por más de que yo intentara librarme – ¡los dioses saben cuánto lo intenté! –" agregó entonces con una sonrisa cómplice que Emma devolvió "tú nunca me soltaste. Seguiste aferrándote y jalando hasta que llegó un día en el que ya no hizo falta forcejear, porque dejé de querer escaparme. A pesar de todas las cosas terribles que yo le hice a este pueblo, de todo el dolor que les causé a ti y a tus padres e incluso a Henry..." Tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Los ojos verdes, fijos en ella, parecían vidriosos. Regina apoyó entonces su palma sobre el dorso de la mano de Emma. "Tú nunca me soltaste la mano. Ya no hay nada que puedas hacer para que yo suelte la tuya."

Entonces de los ojos vidriosos de Emma cayeron un par de lágrimas que rápidamente se secó con el dorso de la mano derecha, ya que la izquierda seguía bajo la palma de Regina. La morocha sintió que el nudo en la garganta se hacía más apretado y apartó la mirada para resguardar un poco la vulnerabilidad de Emma Swan y la propia. Sus ojos se fijaron entonces en el pálido contraste de la mano de la Salvadora, suave y cálida bajo la suya.

"Si necesitas hablar, yo te escucho. Y si no quieres, puedo acompañarte en silencio." Le dijo y Emma asintió.

Luego de lo que pareció ser o una eternidad o un respiro, la mano de Regina volvió su falda y la de Emma a su cerveza, llevándosela a los labios y dando otro trago. Justo cuando la mayor pensó que había optado por el silencio, Emma se aclaró la garganta.

"Creo que me haría bien hablar… Ya sabes, de Killian." Susurró con la voz un poco carrasposa. Regina la miró atenta y asintió para que siguiera. Emma respiró hondo. "Me pidió un tiempo."

Si no fuese porque vio sus labios moviéndose y pronunciando las palabras, Regina hubiera creído que las había imaginado.

"¿Qué? ¿Un tiempo?"

Emma asintió.

"Anteayer lo llamé por teléfono para pedirle disculpas si lo había hecho sentir mal, pero le dije que yo hice lo que sentí en ese momento que fue quedarme aquí, por Henry y por ti… digo, te habías molestado en preparar la lasaña y el chiquillo estaba tan contento… Y Killian me empezó a decir que últimamente se esforzaba mucho para poder estar conmigo y formar parte de mi vida y que yo no ponía tanto en nuestra relación como él… Y que este tiempo en cuarentena distanciados nos iba a servir para tomarnos un respiro y ver qué nos pasa a cada uno y si queremos realmente seguir juntos o no cuando todo esto termine. No volvimos a hablar después de eso." Emma se encogió de hombros. "Creo que lo arruiné todo."

"Emma, ¡por amor a Dios! No empieces a echarte la culpa." Regina hizo una pausa, suspirando y tapándose un momento la boca con los dedos. De verdad es exasperante. "Tú haces lo que puedes. Tienes que ocuparte de Henry, de tu trabajo, si bien no te ocupas mucho de eso…" Ese comentario le obtuvo unos ojos en blanco por parte de la sheriff. "Voy a decirte lo que seguramente todos pensamos pero nadie se anima a decir: Garfio está obsesionado contigo y no tiene vida propia." Emma frunció el ceño y abrió la boca, pero Regina no la dejó hablar. "Lo siento, pero es la verdad. Si tuviese familia o amigos o un trabajo como cualquier otra persona de este pueblo, no estaría las veinticuatro horas del día detrás de ti como un perro faldero." La rubia se quedó con la boca abierta y el ceño fruncido, pero no dijo nada y Regina estaba segura de que en el fondo sabía que tenía razón. "Lo que quiero decir es que es entendible e incluso sano que no puedas dar la misma cantidad de tiempo y energía a la relación que él."

Emma suspiró.

"Sé que Killian puede ser muy… intenso. Pero es bueno conmigo y de verdad me quiere. Él siempre estuvo para mí, ¿sabes? Dejó muchas cosas por mí. Cambió para mí. Y me esperó, fue paciente. Se ganó la confianza de mi familia y la mía también. Y ambas sabemos lo difícil que es ganar mi confianza… Tomó tiempo, pero pasó a ser parte importante de mi vida. Construimos un vínculo juntos… Y ahora lo estoy perdiendo."

"¿Lo amas?"

Emma la miró, aparentemente sorprendida por la pregunta. Se quedó un momento boquiabierta y miró la botella que seguía en su mano.

"S-sí."

Regina desconfió de esa respuesta por la forma en que trastabilló y cómo desvió la mirada antes de responder. Le pareció que Emma no estaba segura de lo que sentía por el pirata. Quizás era la primera vez que se preguntaba si lo amaba. Mejor perderlo que encontrarlo, pensó. De verdad no podía entender cómo aguantaba a una persona tan obsesiva y absorbente. Que además apesta a ron. Pero se quedó estos pensamientos para ella misma; viendo la mirada triste de la rubia le pareció que lo que necesitaba en este momento era su apoyo.

"Entonces encontrarán la manera de volver a estar juntos. Eres la hija del Príncipe Encantador y Blancanieves; el destino siempre juega a favor de los encantadores y su verdadero amor…" Casi rodó los ojos al escucharse decir eso, pero se contuvo. Los héroes siempre tienen finales felices. ¿Pero no había sido Garfio un villano? ¿Y qué le esperaba a ella, la Reina Malvada, entonces?

Emma parecía tan convencida del discurso del verdadero amor y el destino como ella. Es decir, nada.

"No sé, lo oí bastante decidido... Y lo entiendo, él se merece algo mejor."

Esta vez Regina no pudo contenerse y soltó un soplido de indignación.

"¡Dios mío, si sigues diciendo esas cosas te lanzo una bola de fuego! Eres demasiado buena para ese pirata, Emma." Soltó sin pensarlo. La joven la miró, con el ceño y los labios fruncidos como sin creerle. "De verdad, no lo digo porque sea tu amiga. Todo el mundo lo sabe."

Entonces los labios fruncidos de la rubia se estiraron en una sonrisa.

"¿Así que somos amigas?"

Regina se quedó estupefacta por un segundo al darse cuenta de su desliz.

"Quise decir que…" ¿Qué qué?

"¡Ah no! ¡Ya lo dijiste y no hay marcha atrás!" la interrumpió Emma – por suerte, porque no sabía con que excusa iba a explicar su acto fallido – y entonces rió. "¡Hasta te pusiste colorada!"

Eso sólo causó que Regina se sintiera aún más acalorada.

"Es por la cerveza. ¿Qué tienes, la edad de Henry?"

Emma seguía riendo y alzó su botella de cerveza en el aire, como para un brindis. La alcaldesa rodó los ojos pero no pudo evitar una pequeña sonrisa. Al menos pude hacerla reír de nuevo.

"Regina, creo que este es el comienzo de una hermosa amistad."

Algo dentro suyo le dijo a Regina que de hecho lo era. Nunca había tenido una amistad real y duradera como para saberlo, pero sintió que su relación con Emma era lo más cercano a eso. Chocó su botella suavemente con la de la Salvadora, brindando.

"¿No es esa una frase de Casablanca?"