Capítulo Quince

Mala idea


Cuarenta minutos después salí con sigilo de la casa, llevando la llave.

Una vez en el porche, no vi a Shaoran por ninguna parte. Me asomé al jardín y pude verlo sentado, con la espalda apoyada en el tronco del mismo árbol de la noche anterior.

Llevaba puesto un chándal y tenía los ojos cerrados. Aproveché para acercarme sin hacer ruido, quería intentar darle un pequeño susto.

Pero , justo cuando estaba a punto de asustarlo, abrió los ojos de golpe.

—No volverás a pillarme por sorpresa.

Alargó los brazos y me atrapó, haciéndome caer encima de él mientras se reía.

Sonreí algo avergonzada por estar tirada en su regazo y me aparté, colocándome mejor entre sus piernas y apoyando la espalda en su pecho.

Me rodeó con sus brazos, apoyando su barbilla en mi cabeza.

Nos quedamos así hasta que me atreví a girar la cabeza y mirarlo. Él no me quitaba los ojos de encima.

—Algunas veces eres muy cariñoso y otras parece que estás loco —murmuré, sintiéndome un poco estúpida.

—Lo sé, ya te dije que no entiendo lo que me pasa contigo.

Me alegró saber que yo no era la única que estaba confundida.

—¿Entonces esto no te pasa con las demás?

Vi un destello en sus ojos y Shaoran frunció el ceño.

—¿Las demás? —repitió, muy serio.

—Sí, ya sabes, las chicas del instituto —respondí, desviando la mirada.

No tenía que haber dicho nada.

—Ya veo... así que tú te crees las cosas que los demás dicen de mí —contestó con voz cortante.

Lo miré de nuevo, sorprendida.

—¿No son verdad?

Shaoran cerró los ojos y resopló.

—Levántate, quiero irme a dormir.

Empezó a intentar incorporarse, pero no me moví.

—No te vayas, no te enfades conmigo —pedí, notando la desesperación de mi voz.

Él soltó un bufido, apretando la mandíbula.

—Para tu información, el año pasado tuve una relación. Estuvimos juntos unos meses, pero no nos fue bien y la dejé. Desde entonces, ella se dedica a difundir mentiras sobre mí para que las chicas no quieran tener nada que ver conmigo.

Algo helado me bajó por la espalda, y tragué saliva. Eriol había tenido razón al pensar que todas esas historias podían ser mentira, y ahora Shaoran estaba enfadado porque me las había creído.

—Yo... cuando las escuché aún no te conocía bien —respondí, intentando justificarme.

Shaoran negó con la cabeza.

—Todos estos días has estado pensando que soy un mujeriego, ¿verdad? ¿Piensas que hago estas cosas con cualquiera?—preguntó, mirándome fijamente.

Dudé sobre qué responder, pero sabía que lo mejor era ser sincera.

—No tengo mucha experiencia con los chicos y tú... eres muy intenso y a veces me asustas un poco —confesé con un hilo de voz.

Él giró la cabeza a un lado, apartando la mirada.

—Has evitado las preguntas, así que me lo tomaré como un sí. Ahora deja que me vaya.

Todos los momentos que había compartido con Shaoran pasaron por mi mente como un torbellino y se empezaron a desvanecer. No podía ser que todo eso terminara así.

—Shaoran, yo... lo siento —susurré mientras me ponía de pie.

—Pensaba que tú eras diferente.

Aquello me hizo pedazos el corazón.

Algo me presionaba en el pecho y me hacía sentir fatal. Shaoran me miró de reojo y acercó su mano a mi mejilla, secando una lágrima traicionera que se había escapado.

—No llores y ve a dormir. Necesito estar a solas—añadió, dando media vuelta para marcharse.

No me moví hasta que él atravesó el jardín y entró en su casa.


Por la mañana tenía mala cara, apenas había podido dormir después de hablar con Shaoran. Algo me decía por dentro que había destrozado mi oportunidad de estar con él.

Tomoyo me observaba con preocupación mientras hacía mi maleta. Me preguntó, pero no quise contarle nada.

Su padre me esperaba abajo. Casi todas las mañanas iba a la ciudad y de paso me llevaría de vuelta a casa.

Al salir al jardín, me acerqué al coche y metí mi equipaje en el maletero.

Eché un último vistazo a aquella urbanización, recorriéndola con la mirada hasta que me encontré con unos ojos de color ámbar que me observaban. Ni una sonrisa ni nada, Shaoran me miraba desde lejos con gesto serio.

Suspiré y, tras despedirme de Tomoyo, subí al coche.


Al día siguiente, Tomoyo me llamó y me obligó a contarle lo que había pasado. Me dijo que intentaría hablar con su primo del tema, pero le pedí que no lo hiciera. Si le había decepcionado, no había nada que hacer.

Pasaron unos días más, durante los que intenté no pensar en él. Ese viernes recibí un mensaje.

Shaoran!: "Acabo de terminar con el papeleo que te dije. ¿Quieres que hablemos?"

El corazón me dio un vuelco al saber que Shaoran estaba en la ciudad. Le contesté que sí y esperé su respuesta.

Shaoran!: "Nos vemos en la puerta de mi edificio en quince minutos"

Me puse los zapatos y salí a la calle. Mis padres estaban en el trabajo, así que no tuve que dar explicaciones a nadie por salir de repente. Por el camino estaba muy nerviosa, no sabía cómo me iba a encontrar a Shaoran... seguramente seguiría enfadado.

Al acercarme al edificio lo vi en la entrada, y seguía sin sonreír.

Cuando estuve a su lado, me quedé sin aliento al ver que se había cortado el pelo. Lo llevaba mucho más corto y con un estilo despeinado. Era raro verlo así, pero seguía estando igual de guapo.

—Podemos subir a mi piso, pero a lo mejor te da miedo estar a solas conmigo, ¿no? —dijo, frunciendo el ceño.

Negué con la cabeza y él abrió el portal.

No dijo una palabra más hasta que entramos en su cuarto. Todo seguía exactamente igual que el día que nos conocimos, hacía ya tantos meses. Si en ese momento alguien me hubiera dicho lo que iba a pasar entre nosotros, no me lo habría creído.

Señaló su cama.

—Puedes sentarte, si quieres.

Me senté en el borde y él permaneció de pie, al otro lado del cuarto. Hice un gesto para que se sentara a mi lado, pero Shaoran negó con la cabeza.

—No quiero asustarte, mejor hablamos así —añadió, mirando por la ventana.

Agaché la cabeza y suspiré, apretando los puños. Tenía ganas de llorar, pero no quería que él me viera hacerlo. Supuse que quería aclararme que a partir de ahora seríamos solo amigos, como antes del verano.

Lo escuché resoplar y la cama se hundió un poco. Al levantar la vista, él estaba tumbado a mi lado con sus ojos fijos en mí.

—No me asustas, Shaoran.

—Nunca fue mi intención, aunque es muy divertido hacer que te sonrojes —respondió, sonriendo.

Yo también sonreí al ver que estaba de mejor humor.

—¿Sigues enfadado?

Shaoran suspiró desvió su mirada al techo.

—Tomoyo vino a hablar conmigo —comentó, haciendo una mueca.

Sentí un nudo en la garganta al pensar en lo que le habría dicho mi amiga, y la respiración se me aceleró.

Volvió a mirarme antes de seguir hablando.

—No sabía que se lo habías contado todo.

Un escalofrío me bajó por la espina dorsal y las manos me empezaron a sudar. Mierda, seguro que ahora Shaoran estaría aún más cabreado conmigo.

Él se incorporó, poniendo una mano en mi hombro.

—Eh, tranquila. No me molesta que lo sepa.

Me relajé bastante al escuchar eso y suspiré.

Shaoran se volvió a tumbar, arrastrándome a mí con él. Una sonrisa torcida apareció en su rostro al ver mi cara de sorpresa.

Acomodé mi cabeza en su hombro y su brazo me rodeó la cintura.

—Me ha explicado todo lo que escuchaste sobre mí, y... puedo entender que tuvieras dudas —dijo en voz baja.

Pasé un brazo sobre su pecho y volví a suspirar, pensando en lo mucho que me gustaba su olor.

—Todavía me molesta que pensaras esas cosas de mí.

Acaricié un mechón de su pelo de forma ausente, enredando mi dedo en él.

—Lo siento.

Aunque estuviera más corto, seguía siendo igual de sedoso al tacto.

No dijo nada, así que decidí preguntarle.

—¿Por qué te lo has cortado?

Se encogió de hombros.

—Ahora que soy universitario, me apetecía un cambio.

Seguí tocando algunos mechones de su cabello, hasta que le escuché hablar de nuevo.

—Si quieres que te perdone, tienes que quitarte toda la ropa ahora mismo.

Me incorporé con los ojos muy abiertos.

—¡¿Cómo dices?!

Shaoran se rio a carcajadas y también se levantó, acercando su rostro al mío.

—Es broma, tonta. Me encanta ponerte tan nerviosa.

Me besó y sonreí entre sus labios. El Shaoran travieso que tanto me gustaba había vuelto.

Me empujó suavemente con su cuerpo, hasta que acabé tumbada en la cama con él encima.

Dejó de besarme para recorrer la curva de mi cuello con la punta de su lengua, entrelazando sus manos con las mías. Cerré los ojos, intentando no temblar y él levantó la cabeza para mirarme.

—Lo estás haciendo otra vez... —susurró, rozando mis labios con uno de sus dedos.

Me estaba mordiendo el labio inferior sin darme cuenta. Al abrir los ojos, pude ver sus pupilas dilatadas y llenas de fuego.

—¿Ahora es cuando te asusto? —preguntó, sin dejar de mirarme.

—Un poco... parece que vas a comerme —respondí con voz temblorosa.

Me dedicó una sonrisa traviesa.

—No te comeré, caperucita... por ahora estás a salvo del lobo.

Solté una risita nerviosa y volvió a juntar nuestros labios. Estábamos tan pegados que podía sentir todo su cuerpo, y la temperatura de la habitación fue subiendo rápidamente.

Acaricié su espalda con mis manos y, cuando atrapé su labio inferior entre mis dientes, se alejó unos centímetros.

—Mejor paramos, o no cumpliré lo que te acabo de decir.

Nos observamos en silencio mientras nuestras respiraciones volvían a la normalidad. Podía sentir una especie de hormigueo muy agradable por todo el cuerpo, y no quería parar.

Shaoran besó mi frente y me miró a los ojos.

—Mis padres me estarán esperando... ¿Me acompañas a la parada de autobús?

Asentí y los dos nos levantamos.

Al mirarme en su espejo, vi que tenía los labios rojos e hinchados. Los toqué, pensando en que mis padres no podían verme así.

Sus brazos rodearon mi cintura.

—No hagas eso o te tiro a la cama otra vez.

Bajé la mano y me giré para mirarlo.

—No lo hago para provocarte.

Él alzo las cejas.

—Qué mentirosa eres.

Salimos del edificio, y en un par de minutos ya estábamos en la parada.

—¿Cuándo te veré otra vez?

Me dio un besó rápido y sonrió.

—En unos días volveré a venir.

Se subió al autobús y me marché a casa muy feliz. Por el camino llamé a Tomoyo para agradecerle su ayuda y contárselo todo.