Capítulo Dieciséis

Amigos


Nos mandábamos mensajes más o menos cada dos días. Shaoran me contaba que se pasaba el día en la piscina o jugando con sus primos, y yo me moría de la envidia.

El lunes quedé con Chiharu, Rika y Naoko, aprovechando que las tres estaban en la ciudad.

Fuimos a comer juntas a nuestro restaurante chino favorito y, tras pedir la comida, mis amigas empezaron con sus preguntas. Días antes ya les había contado lo mío con Shaoran.

—¿Cuándo vuelve a la ciudad? —comenzó Rika.

—El lunes que viene vuelven todos, pero me dijo que esta semana vendrá un día.

Bebí un poco de refresco mientras esperaba la segunda pregunta, que esta vez vino de Naoko.

—¿Va a venir solo para verte? Y encima su piso sigue vacío... a ver si esta vez te va a comer, "caperucita" —dijo con una sonrisa burlona.

El refresco se me fue por donde no debía y empecé a toser. Mis tres amigas se rieron al verme.

—No me digáis esas cosas cuando estoy bebiendo —contesté, carraspeando.

—Ya en serio, creo que deberías pensarlo, Sakura. Puede que intente llegar más lejos esta vez... ¿Qué harás? —preguntó Chiharu.

Me encogí de hombros.

—No lo sé.

El camarero nos trajo la comida y la repartimos en los platos. Nos gustaba compartirlo todo para poder probar más cosas. Mientras comíamos, mis amigas siguieron con su cuestionario.

—Entonces... ¿ahora estáis saliendo? —dijo Rika.

Negué con la cabeza.

—No hemos hablado de eso.

Naoko puso los ojos en blanco.

—Ten cuidado, Sakura. A lo mejor solo eres su pasatiempo de este verano.

Fruncí el ceño.

—Sabéis... las cosas que dicen de él por el instituto no son verdad.

Las tres abrieron mucho los ojos, sorprendidas.

—¿Eso te ha dicho? —preguntó Naoko.

—Me contó que su exnovia se inventa cosas para perjudicarlo —contesté, relajando mi expresión.

—¿Y tú te crees eso? —añadió mi amiga.

—Sí, no creo que Shaoran sea un mentiroso.

Mis tres amigas se quedaron muy pensativas mientras terminábamos de comer. Hablamos de la vuelta a las clases al mes siguiente, y del año tan duro que nos esperaba antes de entrar en la universidad.

Yo seguía sin saber lo que quería estudiar. Esperaba que a lo largo del curso se me aclararan las ideas.

Nos separamos para volver a casa, quedándome a solas con Naoko.

Unos minutos más tarde, en un semáforo, nos abrazamos para despedirnos y mi amiga me habló al oído.

—Intenta pensar bien en lo que haces cuando estés con él, para que luego no te arrepientas de nada.

Sonreí, abrazándola más fuerte.

—Tranquila, no pienso hacer nada hasta que sepa lo que siente por mí.

Ella puso los ojos en blanco.

—Eso lo dices ahora, pero cuando le tengas cerca y se te nuble el cerebro como tú dices... ya veremos si lo tienes todo tan claro.

Se marchó y me dejó sumida en mis pensamientos. Tenía razón, todas las veces que había estado con Shaoran no había pensado de forma racional, simplemente me había dejado llevar sin control.

Si él no hubiera parado con las caricias y los besos, no tenía ni idea de hasta donde habríamos llegado.

Parecía tener mucha experiencia, pero yo aún era virgen. Siempre había pensado que mi primera vez sería con alguien especial, que me quisiera de verdad... y Shaoran para mí era muy importante, aunque no sabía lo que yo significaba para él.

Al llegar a casa, subí a mi cuarto y me tumbé en la cama con los brazos extendidos.

Empecé a pensar en todo lo que sentía por Shaoran, en cómo temblaba cuando me tocaba y me estremecí al darme cuenta de que me estaba enamorando de él... incluso puede que ya llevara así bastante tiempo, tal vez por eso me dejaba llevar tanto sin darme cuenta.

Con los otros dos chicos que me habían besado, no había sentido ese fuego que se encendía dentro de mí con los besos de Shaoran.


Dos días después, al despertarme, me esperaba un mensaje nuevo.

Shaoran!: "Hoy voy a la ciudad, me quedaré hasta por la tarde"

Sonreí como una tonta al leerlo y le pregunté que a qué hora nos veríamos.

Shaoran!: "En dos horas estaré en mi piso. A ver si se nos ocurre algo que puedas hacer para que te perdone"

Mi mente mal pensada hizo sonar las alarmas. ¿Tal vez quería sexo a cambio de su perdón?

No, no creía que él estuviera pensando en eso tan pronto.

En momentos como este echaba mucho de menos a Eriol, me habrían venido muy bien sus consejos. Seguía de viaje por Nueva Zelanda y muchos días no tenía cobertura, por lo que hablábamos muy poco. Un par de veces a la semana, con suerte.

Me levanté y después de desayunar me metí en la ducha. El agua caliente relajó un poco mis músculos y calmó mis nervios, aunque no por mucho tiempo.

Dejé una nota en el frigorífico explicando a mis padres que comería fuera con Chiharu, y le mandé un mensaje a ella para avisarla por si acaso la llamaban. Después, llamé a Tomoyo para que me ayudara a calmarme.

—No te precipites pensando en lo que va a pasar. Si mi primo se pasa de la raya, le paras los pies y ya está —dijo mientras yo pensaba en qué ropa ponerme.

Mi amiga me aconsejó que me pusiera mi vestido violeta con unas sandalias negras.

—¿Ahora eres mi estilista personal? —pregunté entre risas.

—Me encantaría serlo. Tú no sabes combinar bien la ropa y me necesitas.

Quedamos en que la volvería a llamar al volver a casa para contárselo todo. Me maquillé un poco, resaltando mis ojos, y salí a la calle.

El corazón me palpitaba fuerte en el pecho cuando llegué a su portal. Llamé a su timbre y escuché una especie de zumbido corto a la vez que se abría la puerta.

Me subí en el ascensor, intentando respirar despacio y relajarme antes de verlo, pero no sirvió de nada. Cuando salí al rellano allí estaba él, apoyado en el umbral de su puerta con sus ojos fijos en mí mientras me acercaba.

Me miró de arriba a abajo y enarcó una ceja, con una sonrisa traviesa curvando sus labios. Eso solo consiguió ponerme más nerviosa.

Entramos y cerró la puerta sin decir nada. Yo tampoco sabía qué decir, me había quedado sin habla.

Se alborotó el pelo con una mano y después se acercó, rodeándome la cintura con sus brazos sin despegar sus ojos de los míos.

—¿Te has arreglado para mí? —preguntó con una sonrisa torcida.

—No seas creído —respondí, intentando apartarme.

Él no pensaba soltarme.

—¿Es que quieres provocarme? —susurró a unos centímetros de mis labios.

—Nunca intento provocarte.

—Mentirosa —gruñó antes de besarme.

Ráfagas de electricidad corrían por mi cuerpo mientras Shaoran me besaba con mucha intensidad. Me aprisionó contra su cuerpo y devoró mis labios sin piedad, haciendo que mis piernas empezaran a temblar.

De repente me levantó y colocó mis piernas alrededor de su cintura, llevándome a algún lugar sin dejar de besarme.

Me encogí, pensando que me estaría llevando a su cama, pero me sorprendí al acabar sentada en algo duro y frío. Abrí los ojos, estábamos en la cocina.

—Esto me trae recuerdos —dijo, situándose entre mis piernas.

Me había subido a la encimera de la cocina, como aquella noche en casa de sus tíos.

Podía notar que mi cara ardía y mis manos temblaban alrededor de su cuello. Intenté decir algo, pero seguía sin poder hablar. Estaba demasiado nerviosa.

—¿Has pensando en algo para ganarte mi perdón? —preguntó, con sus profundos ojos atravesándome y sus manos acariciando mis piernas.

La sangre abandonó mi rostro al pensar en lo que esa pregunta significaba, y Shaoran se rio al ver mi expresión.

—Sé lo que estás pensando y no me refería a eso, aunque podría ser una buena idea —murmuró, mientras sus dedos trazaban dibujos abstractos por mis muslos.

Otra vez el calor volvió a mis mejillas cuando me imaginé a mí misma estando con él de una forma mucho más íntima. Él siguió riéndose, como si realmente disfrutara al torturarme.

—Cada vez es más divertido ponerte nerviosa.

Colocó sus manos en mi rostro, acercándose para darme un beso que duró solo unos segundos.

—Si haces la comida, olvidaré que te creíste todas esas mentiras.

Levanté las cejas, sorprendida.

—Tú cocinas y yo te ayudaré. ¿Te parece un buen trato? —preguntó, soltando mi cara y apoyando sus brazos a ambos lados de mi cuerpo.


Una hora después, estábamos en su comedor terminando el almuerzo. Shaoran me ayudó a preparar arroz al estilo cantonés, no lo había probado antes y me gustó mucho.

Cuando su plato quedó vacío, carraspeó y no habló hasta que lo miré a los ojos.

—Quedas perdonada —murmuró antes de levantarse para recoger la mesa.

Al volver, agarró una de mis manos para que me levantara y me llevó hasta su terraza. Allí tenían dos tumbonas de madera, él se sentó en una y con un gesto me indicó que me tumbara con él.

—Gracias —susurré al apoyarme en su pecho, suspirando.

—La próxima vez, antes de creerte algo comprueba que sea cierto —contestó, entrelazando sus dedos con los míos.

Que tuviera esos gestos tan cariñosos me confundía cada vez más.

Nos quedamos un rato en silencio, disfrutando de los rayos de sol. Cerré los ojos y aspiré su aroma, era como una droga a la que me estaba volviendo adicta.

Giré el rostro para mirarlo y lo pillé oliéndome el pelo. Ahora que estaba más tranquila quería preguntarle algo, aunque no iba a ser fácil.

—Shaoran... ¿tú y yo qué somos?

Él apartó la vista.

—Amigos.

Escuchar eso no me sentó nada bien. Fruncí el ceño y apreté los dientes.

—¿Haces esto con todas tus amigas?