Capítulo Diecisiete
Compras incómodas
Shaoran sonrió.
—Solo con las mejores.
Aquello me molestó muchísimo. Solté sus manos y me levanté para sentarme en la otra tumbona, lejos de él. Al mirarlo, seguía sonriendo como si aquello fuese muy divertido. Eso me puso más furiosa todavía.
—¿Qué pasa? ¿Te pones celosa? —preguntó, arqueando una ceja.
Negué con la cabeza sin mirarlo. No quería darle la satisfacción de ver lo mucho que me afectaban sus palabras.
De repente, se me ocurrió una forma de molestarlo.
—Yo no hago esto con mis amigos, aunque tal vez debería probar con Eriol —comenté, mirándolo a los ojos.
La sonrisa se borró de su cara, tal como imaginaba.
—Con él no sentirás lo que sientes conmigo —respondió, frunciendo el ceño.
—Eriol sabe muy bien lo que le gusta a las mujeres.
Pude ver una chispa de rabia en sus ojos.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—¿Qué más te da? Tú y yo solo somos amigos... ¿no? —respondí, levantando una ceja.
La expresión de Shaoran cambió. Ahora estaba sonriendo y se puso de pie, acercándose a mí. Apartó una de mis piernas para poder sentarse a mi lado y su mano empezó a subir por mi vestido, siguiendo las líneas del dibujo.
—¿Eso es lo que quieres? —susurró, tan cerca que podía sentir su aliento en el rostro.
Mierda. Otra vez estaba jugando a ponerme nerviosa, y lo estaba consiguiendo. Su dedos siguieron subiendo hasta mi cuello. Se me estaba empezando a olvidar que estaba enfadada con él.
—¿Y tú? —pregunté, mirando esos ojos ambarinos que me derretían.
Acercó sus labios a los míos, rozándolos suavemente.
—Primero admite que estás celosa.
El corazón me latía a toda velocidad, él lo sabía y se estaba aprovechando de ello.
—Tú también lo estás —murmuré casi sin voz.
Una gran sonrisa curvó sus labios y me besó de nuevo, robándome el aliento.
Se apartó unos milímetros y clavó sus ojos en los míos.
—No hago nada de esto con mis amigas, lo he dicho para ver tu reacción.
Todavía estaba sonriendo. Había intentado darme celos y lo había logrado.
—Te diviertes, ¿no? —pregunté, haciendo una mueca con los labios.
—No sabes cuanto... pensaba que ponerte nerviosa es lo mejor, pero verte celosa es todavía más divertido.
Intenté apartarlo con las manos, pero no me dejó. Las atrapó con una de las suyas y con la otra me sujetó por el cuello, para que no pudiera moverme.
—Ahora contesta—exigió, con sus labios sobre los míos.
Estaba tan confundida al tenerlo tan cerca que no recordaba su pregunta.
—¿Qué?
Shaoran bajó su mano por mi costado, hasta llegar a mi cintura.
—¿Quieres que seamos solo amigos? —preguntó cerca de mi oreja.
Todo mi cuerpo se estremeció. Suspiré derrotada y negué con la cabeza.
—Yo tampoco.
Soltó mis manos y me rodeó con sus brazos, uniendo nuestros labios. Invadió mi boca con tal violencia que me alegré de estar sentada, porque seguramente me habría caído al suelo de la impresión.
Coloqué mis brazos alrededor de su cuello y hundí los dedos en su pelo. Shaoran soltó mis caderas y empezó a recorrer todo mi cuerpo con sus manos, por encima del vestido.
Unas llamas peligrosas se encendieron en mi interior. Mi mente gritaba su nombre y me pedía que le arrancara la ropa.
Sin pensarlo, metí las manos por debajo de su camisa, acariciando su abdomen. Podía notar sus músculos con los dedos y eso aumentaba mi ansiedad.
Se me escapó un pequeño gemido y Shaoran se alejó unos centímetros, buscando mi mirada.
—¿Es que quieres volverme loco? —preguntó, jadeando.
Fruncí el ceño, sin entender por qué decía eso, y él alzó las dos cejas antes de volver a hablar.
—Si vuelves a hacer ese ruido... no respondo de mis actos.
Bajé la mirada, sintiendo como el calor subía por mi cuello. Maldita vergüenza.
Él sonrió, besándome otra vez con suavidad.
—No quiero perder el control contigo y asustarte.
Al mirarlo, vi una sombra de preocupación en sus ojos.
Levanté una de las manos, acariciando su mejilla.
—No eres el único que se descontrola.
Shaoran resopló, sacudiendo la cabeza.
—Antes de conocerte parecías una chica muy inocente.
Levanté una ceja.
—Lo soy.
Eso provocó su risa.
—Una niña buena no diría esas cosas —murmuró, sujetando mis hombros.
Aparté la mirada y arrugué la nariz.
Él rozó mi mejilla con su nariz y fue bajando, dejando un par de besos húmedos sobre mi cuello.
—Esto no me había pasado antes.
Shaoran levantó la cabeza, sorprendido por mis palabras. Sujetó mi barbilla y me obligó a mirarlo a los ojos.
—No me digas que yo he sido tu primer beso, porque no me lo creo.
Sonreí, suspirando.
—No lo has sido, pero si eres el primero con el que...
No pude seguir hablando, me iba a morir de la vergüenza. Shaoran seguía escudriñando mis ojos, como si pudiera ver a través de ellos.
—¿Con el que los besos son tan intensos?
Asentí en silencio. Shaoran sonrió y volvió a recorrer mi cuello con sus labios, haciendo que me estremeciera.
—Entonces... eres virgen —añadió en voz baja.
—Y tú no lo eres.
Era tan obvio que no necesitaba preguntárselo.
Se alejó de mi cuello y volvió a mirarme.
—No.
Nos quedamos en silencio unos segundos, hasta que él volvió a hablar.
—¿Quieres dejar de serlo?
Sentí mi rostro palidecer al instante.
Shaoran soltó una carcajada.
—Es demasiado fácil ponerte nerviosa.
No sabía qué decirle, tenía el estómago revuelto.
Se incorporó para quedar sentado a mi lado.
—No me planteo llegar a tanto contigo... por ahora. Tranquila, caperucita —susurró, dedicándome una sonrisa torcida.
Se levantó, dejándome sola en la terraza.
Mi respiración era irregular, intenté tranquilizarme un poco antes de ponerme de piel para seguirlo.
Al entrar en el salón, vi a Shaoran saliendo de la cocina con dos vasos.
—Una ofrenda de paz —dijo, dándome uno.
Cogió una de mis manos y me llevó hasta su sofá. Nos sentamos y bebí un poco, era chocolate caliente y estaba muy bueno.
Noté como un dedo de Shaoran me recorría el cuello, dejando algo mojado y caliente. Entonces se acercó y lamió el chocolate que acababa de ponerme.
—Así estás mucho más rica —susurró, con su lengua todavía sobre mi piel.
Lo miré de reojo.
—Esta vez no vas a conseguir ponerme nerviosa.
Eso provocó su risa.
—Entonces lo seguiré intentando.
Le dediqué una mirada asesina mientras él seguía bebiendo de su vaso como si nada.
Al terminar los chocolates, me dijo que debería irse. Salimos de su piso y volví a acompañarlo a la parada. Se despidió con un beso fugaz antes de subir al autobús.
Hacía un par de días que Tomoyo había vuelto de las afueras.
Su casa estaba hecha un desastre con las maletas y juguetes de sus hermanos esparcidos por todas partes, por lo que me pidió que esperara hasta el miércoles para visitarla.
Ese día, Cho se colgó de mi cuello en cuanto entré y se quedó así, como si fuera un monito. Llegué con ella colgando hasta el cuarto de mi amiga sin parar de reír.
La vi organizando sus libros y libretas para el nuevo curso. Yo todavía no había comprado nada porque aún quedaban tres semanas para empezar, y además odiaba comprar material escolar.
—¿Qué te parece si hoy vamos de tiendas? —propuso al verme entrar.
—¡Yo también quiero ir! —gritó Cho, sin despegarse de mí.
Tomoyo la obligó a volver al suelo.
—Otro día. Hoy vamos a andar mucho y te cansarás.
La pequeña me miró, pidiendo mi ayuda.
—Haz caso a tu hermana, te prometo que el próximo día vendrás con nosotras —murmuré, besando su nariz.
—Es una promesa —contestó Cho muy sonriente, y salió del cuarto corriendo.
—A veces creo que te quiere más que a mí —se quejó Tomoyo mientras salíamos del edificio.
—Tú siempre serás su hermana favorita.
—Quien sabe, tal vez tú acabes siendo su prima favorita —respondió ella, levantando las cejas con una sonrisa maliciosa.
Le di un codazo y nos reímos.
—Venga, vamos. Chiharu nos está esperando —añadió, y seguimos caminando hacia el centro de la ciudad.
Pasamos por el parque del rey pingüino y llegamos a la zona de las tiendas. Allí vimos a Chiharu, saludándonos desde una esquina.
—¿Qué vais a comprar hoy? —pregunté cuando estuvimos las tres juntas.
Ellas se miraron con complicidad.
—Hoy vamos a buscar cosas para ti.
Las miré extrañada y me dejé llevar por ellas, hasta que vi a donde se dirigían.
—¿Por qué venimos aquí? —pregunté cuando vi que iban a entrar en una tienda de lencería.
Tomoyo me agarró de la mano, obligándome a entrar.
—No querrás que mi primo vea tu sujetador de conejitos, ¿no? —dijo ella.
Chiharu asintió.
—Sí, Sakura. Necesitas algo... como decirlo... menos infantil.
Las seguí por la tienda con las mejillas ardiendo, mientras ellas escogían diferentes colores para que me probara.
Tomoyo insistió en que me comprara un conjunto verde con encaje, que era el color favorito de Shaoran. Al final terminé llevándome tres, aunque me negué a comprar unos que eran demasiado atrevidos para mí.
—Mi madre va a pensar mal cuando me vea con esto —dije, señalando la bolsa cuando volvíamos a casa.
—Tira los que tengas más estropeados y ya tienes excusa para haber comprado unos nuevos —respondió Tomoyo.
—Ya eres mayorcita, es normal que dejes de comprar ropa interior con dibujitos —comentó Chiharu, sonriendo.
Puse los ojos en blanco y las dos se rieron.
