Capítulo Diecinueve
El rey pingüino
Por la mañana, decidí ir a comprar mis libros nuevos. Iba a tener que hacerlo tarde o temprano y mejor quitármelo de encima cuanto antes.
Me puse un poco nostálgica al pensar que era la última vez que los compraba. En la universidad viviría entre apuntes y ya no necesitaría nada de eso.
Ese día comí sola, mis padres no tuvieron tiempo de venir y me vino bien. Había quedado con Shaoran a las cuatro y a esa hora ellos solían estar aún en casa, no habría podido maquillarme mucho para no levantar sus sospechas.
Decidí ponerme mis vaqueros favoritos y un top verde que dejaba ver parte de mi cintura.
Después de hacerme una trenza, delineé mis ojos con negro y añadí un poco de máscara de pestañas.
Estuve un minuto pensando si ponerme algo en los labios o no. Con Shaoran no me iba a durar mucho porque seguro que me besaría... me sonrojé al pensar en sus besos y sacudí la cabeza, decidiendo que no me los pintaría.
Al salir a la calle hacía viento y el cielo estaba cubierto de nubes. Empecé a caminar pidiendo que no lloviera porque no llevaba el maldito paraguas.
En diez minutos ya estaba en el parque. Como el tiempo estaba tan raro, no había ningún niño jugando.
Me senté en el columpio y empecé a mecerme pensando en Shaoran. Estaba tan absorta en mis pensamientos que no escuché unos pasos acercándose a mí por detrás.
Unas manos aparecieron en mi cintura y noté el aliento de alguien en la oreja.
—Pareces muy pequeña así, sentada en un columpio —susurró antes de besarme en el cuello.
Me estremecí, levantándome de un salto para girarme. Ahí estaba Shaoran, con su sonrisa torcida de siempre.
—Me has asustado —admití, llevándome una mano al pecho.
Él volvió a acercarse y me rodeó con sus brazos, acariciando la piel que no estaba tapada por mi top.
—Cuando estés sola, deberías estar más atenta. ¿Y si se te hubiera acercado un pervertido? —preguntó, alzando una ceja.
Sonreí.
—Eso es lo que se ha acercado. Además, puedo defenderme.
Shaoran se rio, acercando su rostro al mío.
—¿Te atreves a llamarme pervertido?
—Sí. No me das miedo —contesté con la voz algo temblorosa, pero sin romper el contacto visual.
Sus ojos ambarinos brillaron con malicia.
—Muy bien. Enséñame cómo te defiendes de un ataque —dijo, empezando a sujetarme con más fuerza.
—¿Qué haces? Quien nos vea va a pensar que me estás haciendo algo malo —respondí, mirando nerviosa a mi alrededor.
—Como puedes ver no hay nadie. Venga, defiéndete —insistió Shaoran, sujetando mis brazos y acorralándome contra un muro.
Cuando mi espalda golpeó la pared, intenté recordar los movimientos de Aikido que Eriol llevaba años enseñándome.
Giré los brazos haciendo un círculo y conseguí soltarme. Vi su cara de sorpresa y aproveché para golpearlo en el pecho, apartándolo un poco de mí.
Corrí hacía el centro del parque, pero solo había dado tres pasos cuando me volvió a atrapar. Me abrazó desde atrás y sujetó mis brazos, presionándolos contra mi cuerpo.
—No está nada mal, sabes Aikido... ¿Qué harías ahora? —preguntó, apoyando la barbilla en mi hombro.
Moví uno de mis brazos hacía atrás para darle un codazo, deteniéndome al rozar su camiseta.
—Haría esto, pero no quiero hacerte daño —contesté, presionando ligeramente mi codo contra su vientre.
Shaoran me obligó a girar, sin dejar de sujetarme, y se acercó a mis labios.
—Mala decisión, el pervertido te ha atrapado.
Me besó y sus brazos me soltaron, subiendo por mi espalda. Se me escapó un suspiro y apoyé las manos en su pecho, moviendo una de ellas hasta enterrar mis dedos en su pelo.
Shaoran mordió mi labio inferior y me presionó más a su cuerpo, haciendo que unas cosquillas dolorosas se extendieran por debajo de mi piel.
Noté algunas gotas de agua caer sobre mi cabeza, pero las ignoré. Un poco de lluvia no era suficiente para que me separara de él en ese momento.
Seguimos enredados sin dejar de besarnos unos minutos más, hasta que la lluvia empezó a ser mucho más fuerte y nos estábamos mojando demasiado.
Shaoran se alejó de mi rostro y miró a nuestro alrededor, buscando un sitio donde refugiarnos.
El parque estaba lejos de los edificios y con una tormenta no era buena idea ponerse debajo de un árbol.
Señaló el tobogán del Rey pingüino que había cerca y corrimos hacia allí. En la parte baja tenía un agujero y podías meterte dentro.
Entramos agachando la cabeza y nos miramos sin parar de reír. Los dos estábamos empapados.
El hueco era lo suficientemente grande para que yo pudiera estar de pie, pero Shaoran tenía que agacharse para no darse un cabezazo con el techo.
Se sentó en el suelo y agarró una de mis manos, tirando para que me acercara a él.
Me senté entre sus piernas y Shaoran me abrazó para darme calor.
—No quiero que te resfríes —murmuró, apoyando su cabeza en mi hombro.
—Tranquilo, no tengo frío —respondí, acariciando sus brazos.
—Me parece que tendremos que quedarnos aquí un rato —añadió, mirando hacia fuera.
La lluvia era cada vez más fuerte.
A los dos nos caían gotas de agua del pelo y nuestra ropa estaba muy mojada.
Nos quedamos en silencio un par de minutos, observando la tormenta. Él me quitó la goma del pelo y empezó a deshacerme la trenza.
—Shaoran, lo de ayer... ¿lo decías en serio?
Él levantó la cabeza, buscando mis ojos.
—Pues claro. No estaba bromeando.
Suspiré y aparté la mirada. La conversación con Meiling había sido demasiado rara.
—Siento algo por ti, pero aún no sé bien lo que es.
Un escalofrío me bajó por la espalda al escuchar eso. Volví a mirarlo y sus ojos me observaban imperturbables. Otra vez tuve la sensación de que podía leerme la mente.
—Yo...
No sabía si era buena idea decírselo.
—Tú... ¿qué? Dímelo.
Bajé la cabeza para observar mis pies.
—Me estoy enamorando de ti —susurré, tan bajo que si él no hubiera estado justo detrás de mí, no me habría escuchado.
Sus brazos me apretaron más fuerte.
—Eso puede ser peligroso —dijo en mi oído, haciéndome temblar.
Al mirarlo de reojo, vi que estaba sonriendo de forma misteriosa.
—¿Por qué? ¿Vas a hacerme daño? —pregunté, notando como mi corazón se aceleraba.
—No es lo que quiero —contestó, moviéndome hasta que quedamos frente a frente.
Shaoran colocó mis piernas de forma que quedaran alrededor de él, rodeándome con sus brazos hasta que estuvimos a un par de centímetros el uno del otro.
Me observó en silencio mientras peinaba algunos de mis mechones de pelo con sus dedos. Siempre se me formaba un nudo en el estómago cuando me miraba tan fijamente. Podía escuchar perfectamente el latido de mi corazón retumbando dentro de mis oídos.
Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.
—Te sigues poniendo nerviosa.
Tragué saliva y vi como se acercaba más y más hasta besarme.
Su lengua rozaba mis labios y sus manos empezaron a recorrer mi espalda, bajando poco a poco. Dejé de escuchar la lluvia caer y, sin pensarlo, me acerqué más a su cuerpo, metiendo las manos por debajo de su camiseta.
El beso subió de intensidad y las manos de Shaoran se atrevieron a meterse por dentro de mi pantalón. Lo escuché jadear cuando yo hice lo mismo, acariciando el borde de su ropa interior.
Tuvimos que separarnos para recuperar el aliento. Los ojos de Shaoran parecían ser del color del fuego.
—Me vuelves loco —susurró sin dejar de mirarme.
Me estremecí y bajé la cabeza, apoyándola en su pecho y cerrando los ojos.
Él correspondió a mi abrazo y nos quedamos en silencio un momento, escuchando la lluvia.
—Tal vez podría enseñarte a luchar.
Levanté la mirada, sorprendida.
—¿A luchar? ¿Con tu espada?
Shaoran alzó una ceja.
—¿Cómo sabes que tengo una espada?
Me ruboricé al tener que admitirlo.
—Te vi entrenando.
Él se rio suavemente.
—Sabía que ese día me estabas observando.
Resoplé y fruncí el ceño, sin dejar de mirarlo.
—No me refería a la espada. Quiero decir enseñarte a pelear, para que sepas atacar además de defenderte.
Pestañeé varias veces.
—¿Atacar?
Shaoran se encogió de hombros.
—Solo algunos movimientos, para que estés preparada.
Asentí y él me dedicó una de sus mejores sonrisas.
—La semana que viene empezamos —murmuró antes de volver a atacar mis labios.
Tres semanas después, entré en mi nueva clase. Era en la que estuvo Shaoran el curso anterior. Iba a ser muy raro no verlo por los pasillos ni en los recreos.
Tomoyo se sentó a mi lado y sonrió en mi dirección mientras nuestros compañeros se repartían por los pupitres.
El nuevo profesor empezó a explicarnos cómo iba a ser la evaluación de ese año, y lo que tendríamos que hacer para preparar la prueba de acceso a la universidad.
Desenfoqué la vista, centrándome en el infinito, y me puse a pensar en las últimas semanas de ese verano.
Había seguido viendo a Shaoran cada pocos días. Todas las semanas habíamos quedado un mínimo de tres veces en unos jardines cerca de donde él vivía, y me estuvo enseñando algunos de los movimientos de artes marciales que sabía hacer.
Todavía me faltaba algo de práctica, pero ya podía imitar lo que él hacía bastante bien. En los entrenamientos, siempre aprovechaba para atraparme y besarme cuando no había gente a nuestro alrededor.
Una de esas tardes, incluso me empujó contra un árbol y sujetó mis muñecas, dejando mis manos encima de mi cabeza mientras me besaba con mucha pasión, hasta que escuchamos unas voces cerca y tuvo que soltarme.
Suspiré al recordar ese día. Tomoyo me miró con curiosidad, pero negué con la cabeza.
Eriol estaba sentado detrás de mí. Hacía una semana que había vuelto de su viaje y ya le había contado con todo lujo de detalles lo que estaba pasando entre Shaoran y yo.
La respuesta de mi amigo fue regalarme una caja de preservativos al día siguiente. Casi se la tiro a la cabeza al ver lo que me había traído, aunque más tarde guardé unos cuantos en mi bolso.
Algo me decía que, tal como iban las cosas, los iba a necesitar pronto.
