Capítulo Veintidós

Ataque inesperado


Al terminar las clases, fui caminando junto a mis cuatro amigas mientras hablábamos del examen de historia. Aunque ya no coincidíamos con Shaoran, seguía volviendo a casa con ellas por el camino largo.

Acompañé a Tomoyo hasta la parada de autobús cerca de su urbanización y nos despedimos.

Los martes y jueves por la tarde tenía por costumbre ir a la biblioteca de la facultad de Shaoran, para verlo y estudiar con él. Siempre me escribía después de comer para explicarme en qué zona estaba sentado, pero ese día no lo hizo.

Suspiré, pensando en que estaría celoso otra vez.

A las cuatro salí camino de la facultad. Iba a ir aunque no me hubiera escrito... y me tocaría buscarlo por toda la biblioteca.

Llegué al campus y caminé hasta llegar a su edificio. Era gris, con forma cubo y gigantesco. Entré por una de las puertas principales y observé a mi alrededor. El ambiente universitario que se respiraba era increíble, había estudiantes por todas partes.

En la planta baja estaba el comedor, la fotocopiadora y un par de salas de exposiciones.

Justo en el centro del edificio había un gran agujero protegido por una baranda, del que colgaba un péndulo gigante que siempre estaba en movimiento. Me asomé para mirar hacia arriba. El cable del péndulo empezaba en el cuarto piso y llegaba hasta donde yo estaba.

Shaoran me había contado una historia que circulaba por allí sobre un estudiante que, al estar desesperado por no poder terminar la carrera, se lanzó a ese agujero desde el piso más alto para suicidarse. Él creía que solo era un cuento que alguien había inventado por diversión morbosa y no se creía ni una palabra.

Me dirigí a uno de los ascensores para subir a la segunda planta, que era la biblioteca. Entré por una de las dos puertas y empecé a dar la vuelta al edificio, buscando a Shaoran.

Todo estaba lleno de estantes con libros y de mesas donde había gente estudiando o leyendo. Ya había recorrido dos de los lados del edificio sin verlo, suspiré y seguí andando por el tercero.

Al fondo del todo, en la última mesa, reconocí unos cabellos color chocolate algo alborotados. Me acerqué y sonreí al ver que me había guardado un sitio a su lado.

Al sentarme, Shaoran me miró. Sus ojos recorrieron mi rostro con frialdad. Dejé mi mochila en el suelo, saqué mis libros y los puse sobre la mesa antes de enfrentarme a él.

—¿Puedes salir fuera un momento que hablemos?

Allí no estaba permitido hablar y no quería discutir con él susurrando.

Él negó con la cabeza.

—Venga, no seas cabezota —insistí, tirando de su brazo.

Shaoran se levantó, alejándose por el pasillo sin mirarme.

Seguí sus pasos hasta que salimos de la biblioteca y estuvimos en la sala del centro, donde estaba el péndulo gigante. Se apoyó en la baranda y me puse a su lado.

—¿Qué te pasa?

—Nada. Me encanta ver a mi novia en una moto, abrazada a otro —gruñó entre dientes sin mirarme.

Resoplé, cruzándome de brazos.

—No puedes seguir poniéndote celoso de Eriol.

Shaoran giró la cabeza, mirándome con ojos furiosos.

—¿De dónde veníais tan temprano? De su casa, ¿verdad?

Asentí y Shaoran apretó los puños.

—Ayer me mentiste.

Intenté tocar su brazo, pero él se apartó.

—Lo hice porque sabía que te ibas a enfadar —susurré, intentando acercarme a él otra vez.

Shaoran entrecerró los ojos y desvió la mirada, dirigiéndola al péndulo.

—¿No entiendes cómo me siento? Me mientes y, además, con él si te puedes quedar a dormir... pero conmigo no.

Suspiré y rodeé su cintura con mis brazos. Él no se movió.

—Te prometo que conseguiré quedarme contigo la próxima vez que estés solo.

Shaoran seguía sin responder a mi abrazo. Me alejé un poco para poder ver su cara. Sus ojos aún me contemplaban con indiferencia.

—¿Habéis dormido juntos?

Aparté la vista, indecisa. No quería mentirle de nuevo, aunque decirle la verdad me iba a traer más problemas. Él frunció el ceño al ver que no le contestaba.

—Responde, Sakura.

Lo miré de nuevo y sus ojos llenos de rabia me taladraron sin piedad.

—Nos quedamos dormidos en la misma cama sin darnos cuenta, y nos hemos despertado esta mañana.

Shaoran intentó liberarse de mi abrazo, pero no lo dejé.

—No te pongas así, Shaoran. ¿Es que no confías en mí?

Dejó de tratar de escapar y suspiró.

—Si me ocultas cosas, no sé si podré.

—No volveré a hacerlo. Te lo contaré todo aunque sepa que algo te va a molestar.

Su mirada se perdió en el infinito.

—Entonces, sí. Confiaré en ti.

Puse mis manos a ambos lados de su rostro y nos miramos a los ojos.

—Sabes que entre Eriol y yo no ha pasado nada, y nunca pasará. Yo te quiero a ti.

La expresión de Shaoran se relajó y sus manos subieron hasta mi espalda.

—No me gusta que durmáis juntos, eso deberías hacerlo solo conmigo.

—Ya te he dicho que ha sido sin darnos cuenta —respondí, acercándome a sus labios.

Sus ojos se cerraron unos segundos y, al abrirlos, ya no había rastro de rabia en ellos.

—Tienes que dejar de sentir celos, no tiene sentido —susurré, besando su mejilla.

—No puedo evitarlo. Él es tan importante para ti, que...

Dejé un beso en sus labios.

—Tú también eres importante. Eriol siempre va a estar en mi vida, tienes que acostumbrarte y pensar en él como si fuera parte de mi familia.

Shaoran puso los ojos en blanco, lo que me hizo sonreír.

—Lo intentaré, pero no va a ser fácil.

—Gracias.

Él me apretó más fuerte entre sus brazos.

—Te quiero solo para mí —susurró cerca de mi oreja.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—No seas posesivo —respondí en voz baja.

Shaoran me besó, dejándome sin respiración y provocando algunas miradas en nuestra dirección.

—No lo soy, solo digo que no pienso compartirte con otro.

—¿Desde cuándo quiero estar con otro? Tengo más que suficiente contigo.

Los dos nos reímos y nos separamos para volver a la biblioteca.

Antes de entrar, Shaoran me apretó la mano.

—No vuelvas a mentirme.

—No lo haré.


Unas semanas después, estaba esperando a Shaoran sentada en uno de los columpios del parque. Él tenía un examen importante esa tarde, y habíamos quedado en vernos después.

Miré la hora, suspirando. Seguramente ya habría terminado el examen y llegaría pronto, su facultad estaba bastante cerca.

Ya no quedaba ningún niño en el parque, todos se habían marchado a casa a cenar. Estaba distraída escuchando música, pero pude sentir pasos detrás de mí.

Me levanté de golpe.

—No volverás a asustarme —murmuré, sonriendo, pero al darme la vuelta me sorprendí.

No era Shaoran.

Tenía delante a una chica que reconocí enseguida. Era una antigua compañera de clase de Shaoran, esa chica rubia que siempre veía revoloteando a su alrededor, y junto a ella estaban tres chicos que me miraban con desprecio.

—Qué sorpresa encontrarte aquí, Sakura... y además sola —comentó ella, con una sonrisa curvando sus labios.

Me dio un escalofrío. Esa sonrisa no podía ser más falsa.

—¿Quién eres?

Ella se apartó el pelo con desdén, dedicándome una mirada de odio.

—Soy Kloe. Tú y yo tenemos una cuenta pendiente.

—No tenemos nada pendiente, no te conozco —respondí, dando un paso atrás.

Esta situación me daba muy mala espina.

—Sí que me conoces. Estoy segura de que me viste muchas veces con Shaoran.

Asentí y ella volvió a sonreír.

—No me hizo gracia que una niñata como tú me lo quitara tras estar meses intentando seducirlo, ¿sabes?

Me crucé de brazos, sin apartar la mirada.

—¿Qué es lo que quieres?

Ella soltó una risita aguda y sus tres amigos apretaron los puños.

—Quiero destrozar ese cuerpo tan bonito que tienes, a ver si así Shaoran sigue interesado en ti.

Puse los ojos en blanco y miré a los tres chicos.

—¿Quiénes son ellos? ¿Tus matones?

—Algo así... entre todos vamos a arreglarte esa cara de zorra. Prepárate, Sakura.

Los cuatro empezaron a avanzar hacia mí, con los puños por delante.

Sonreí, pensando en que ellos no tenían ni idea de que Shaoran me había enseñado muchos movimientos de Xing Yin Quan y que, gracias a sus entrenamientos, era mucho más fuerte que antes.

Pero, aun así, no me veía capaz de pelear contra cuatro personas a la vez. Era demasiado.

Kloe y uno de los chicos intentaron sujetarme, mientras los otros dos se preparaban para golpear. Con un movimiento rápido, me deshice de su agarre y di un par de volteretas hacia atrás.

Los cuatro fruncieron el ceño, algo sorprendidos.

—Vaya, así que la niñata sabe defenderse —dijo Kloe, lanzándome una mirada asesina.

Dos de los chicos corrieron hacia mí. Uno consiguió golpearme en la barriga, pero al otro lo tiré al suelo de un golpe y giré la pierna en el aire, dando una patada en la cara del primero.

Me llevé la mano al estómago y jadeé. Ese puñetazo me había hecho daño.

—Somos muchos más que tú, no tienes nada que hacer —gruñó el chico que estaba en el suelo, incorporándose.

Me coloqué en posición de ataque y esperé a que se acercaran de nuevo. No tardaron en hacerlo y me dieron varios golpes en la cara y en la espalda, pero ellos recibieron muchos más de mi parte.

La nariz de Kloe sangraba cuando por fin consiguieron sujetarme, y uno de sus amigos no podía levantarse del suelo después del golpe que le había dado en la cabeza.

—Pagarás por esto, zorra —susurró Kloe, sonriendo al verme atrapada.

Cerré los ojos al notar un nuevo golpe en las tripas, pero escuché un grito de dolor y las manos que me sujetaban desaparecieron. Al abrirlos, vi a Shaoran pateando a uno de los chicos en el pecho y lanzándolo por los aires.

Aproveché la confusión para darle un golpe seco a Kloe en la espalda con mi pierna y hacerla caer.

Los cuatro acabaron tirados en el suelo. Dos de ellos se sujetaban los brazos con muecas de dolor mientras Kloe intentaba contener la sangre que salía de su nariz.

Shaoran se acercó a mí. Sus ojos estaban ardiendo, llenos de furia.

Señaló al chico que había visto golpeándome.

—Agradece que no tengo mi espada, porque te habría matado sin dudarlo.

Después miró a Kloe con una mueca de asco en el rostro.

—No te vuelvas a acercar a ella o te las verás conmigo —murmuró, con una voz tan grave y peligrosa que me dio un escalofrío.

Shaoran sujetó uno de mis brazos, alejándome de allí.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó cuando ya estábamos fuera del parque, tocando la mejilla donde seguramente me estaba saliendo un moretón.

—Me duele un poco la pierna y la barriga, pero por lo demás estoy bien.

—Cuatro personas atacando a una... son unos cobardes.

—Lo sé, pero al menos pude defenderme.

Shaoran sonrió.

—Mucho más que eso. Seguro que no esperaban que alguien como tú fuera capaz de patearles el culo.

Empecé a reírme, pero el dolor que sentí me obligó a parar. Shaoran frunció el ceño.

—Vamos a mi piso a curar tus heridas —dijo, cogiendo mi mano.

—Pero... ¿y tus padres? —pregunté con voz nerviosa.

—Saben que somos amigos, no pasa nada —respondió, encogiéndose de hombros.


Sus dos hermanas se sorprendieron al verme así. Les expliqué lo que había pasado mientras Shaoran traía el botiquín.

—Ponte esta crema donde te duela. Es muy buena y mañana te sentirás mejor —dijo, ofreciéndome un bote de color azul.

Los padres de Shaoran me observaban desde una esquina del salón sin decir nada, con Mao jugando a sus pies.

El efecto frío de la crema me calmó el dolor casi al instante.

—Espero que no vuelvan a acercarse a ti esos desgraciados —murmuró Feimei con rostro serio.

—No creo que se atrevan, se han llevado una buena paliza —contesté con una sonrisa.

Shaoran también sonrió y se levantó, acercándose a sus padres.

—La acompañaré a casa, en un rato vuelvo.

Vi a su madre asentir. Su padre me miró con mala cara mientras salíamos por la puerta.

—Creo que tus padres sospechan algo —comenté en voz baja cuando salimos del edificio.

—No creo. Saben que si veo a alguien sufriendo un ataque le ayudaría, y más si es la mejor amiga de mi prima.

—Eso soy para ti, ¿eh? —pregunté, fingiendo estar enfadada.

Shaoran sonrió, rodeando mi cintura con su brazo mientras caminábamos.

—Eres mucho más, pero prefiero que ellos no lo sepan.