Capítulo Veinticinco

Pesadillas


Al llegar al piso de Tomoyo, la tensión que había en el ambiente se podía cortar con un cuchillo. Mi amiga me contó que todos acababan de enterarse de que Shaoran se había marchado, y de que sus padres y el resto de sus hermanos también iban a irse.

Yo no le había dicho nada a Tomoyo porque no quería creer que fuera cierto, y Eriol tampoco se lo comentó porque no quería entrometerse en asuntos familiares.

—No sé qué ha pasado, Sakura... pero todo esto es muy raro —susurró mi amiga mientras entrábamos al salón.

Allí estaban los padres de Shaoran. Hien y Yelan Li.

Me miraron con gesto serio al verme entrar en la habitación.

—¿Nos podríais dejar a solas un momento? —pidió Yelan.

Tomoyo y sus padres me dedicaron una última mirada antes de salir, cerrando la puerta tras ellos. Me quedé de pie y crucé los brazos, muy incómoda por estar allí con esas dos personas que sabía que no me apreciaban.

—Supongo que ya sabes que Shaoran se ha marchado —comentó Hien, mirándome con frialdad.

Asentí, sin decir una palabra.

—Esperamos que no lo busques y lo dejes tranquilo. Shaoran debe centrarse en sus obligaciones con la familia —añadió Yelan, mirando a su marido de reojo.

Inspiré lentamente, aguantando las lágrimas.

¿Buscarlo? Shaoran me había dejado muy claro que no quería saber nada más de mí.

—No pensaba hacerlo. Me ha quedado bastante claro que ya no le importo.

Vi como Hien apretaba los puños.

—¿Cómo podrías importarle? Eres una chiquilla sin nada que ofrecer, tu familia no es nadie y él está destinado a dirigir una de las empresas constructoras más importante de Asia.

Fruncí el ceño, pero no respondí. No quería perder el tiempo discutiendo con ellos.

—¿Realmente pensabas que te quería? Pues estás muy equivocada, para él solo has sido algo con lo que entretenerse hasta que llegara el momento de irse —murmuró Yelan con voz burlona.

Noté cómo mi corazón empezaba a romperse.

—Eso no es verdad. Shaoran no sabía que se marcharía —susurré, apretando los dientes.

Me estaban empezando a temblar las piernas y tenía ganas de salir corriendo.

—Acéptalo, nunca sintió nada por ti. Cualquiera que lo conozca lo sabe. La culpa es tuya, no tendrías que haber intentado estar con alguien como él —contestó Hien sin piedad.

Empecé a hiperventilar. Necesitaba salir de ese lugar cuanto antes. Salí de aquella habitación y corrí hacia la puerta principal. Escuché la voz de Tomoyo llamándome a gritos, pero no dejé de correr hasta que estuve fuera del edificio.

Me giré para mirar esa urbanización donde antes vivía el amor de mi vida, con las lágrimas bajando por mis mejillas sin control. Dejé salir un grito de rabia y volví a correr sin parar hasta que llegué a mi casa.

Subí a mi cuarto y me encerré allí, cubriendo mi cara con la almohada para ahogar mis sollozos.


Ya habían pasado casi seis semanas desde que Shaoran se marchó.

Las primeras semanas tras hablar con sus padres eran un revoltijo de recuerdos muy oscuros. Tanto mis amigos como yo teníamos el pacto de no hablar de lo que había pasado esos días.

Por suerte, ya me encontraba un poco mejor. Los temblores me seguían atacando de vez en cuando, pero cada vez con menor intensidad.

Faltaban pocos días para que empezara nuestro primer año en la universidad, aunque no me sentía tan emocionada como unos meses antes.

Además, no me hacía gracia estar en la misma facultad que estuvo él. Eso me iba a traer malos recuerdos.

Bastante tenía con saber lo que estaba escondido en mi cuarto, en lo más profundo de uno de mis cajones.

Su colgante no estaba en el fondo del río, como mis amigos pensaban.

Justo después de hablar con sus padres, mientras volvía corriendo a casa, me lo quité y estuve a punto de tirarlo al agua, pero al final no pude hacerlo y lo guardé en uno de mis bolsillos. Lo escondí en aquel cajón al llegar a mi cuarto, esperando no volver a verlo más hasta que fuera capaz de deshacerme de él.

Había ciertas zonas de Tomoeda por las que evitaba pasar desde que él se fue. Una de ellas era el parque pingüino, y otra los jardines donde habíamos entrenado tantas veces. Pero no podría evitar ir a mi nueva facultad, de eso no podía escapar.

Mis amigos intentaban animarme siempre que nos veíamos, sobre todo Eriol y Tomoyo. Venían mucho a mi casa para obligarme a salir de allí y acompañarlos al cine o a cenar, y jamás mencionaban su nombre.

Yo prefería no salir. Me dedicaba a estar en mi cuarto y a meditar, estaba intentando aprender a dejar la mente en blanco para no pensar en él.

Pero lo peor de todo eran las noches. Desde mi horrible charla con sus padres, siempre tenía los mismos sueños.

Shaoran volvía y me explicaba que marcharse había sido un error, que todo lo que me dijeron tanto él como sus padres era mentira. Me susurraba al oído que me quería, que siempre me había querido y que nunca volvería a irse lejos de mí.

Cuando me abrazaba y me besaba me sentía tan feliz que nada más me importaba. Me dejaba envolver por su esencia y me aferraba a él lo más fuerte que podía... y en ese momento me despertaba, descubriendo que todo había sido un sueño. Siempre pensaba que lo que estaba ocurriendo era real, hasta que abría los ojos.

Y entonces un dolor agudo volvía a aplastarme el pecho, haciendo que mi almohada acabara llena de lágrimas cada mañana.

Noche tras noche, me pasaba lo mismo. Felicidad mientras dormía y tristeza extrema al despertar. Por más que lo intentaba, aunque ya sabía lo que iba a pasar, dentro de mis sueños no podía evitar pensar que estaba despierta... parecía tan real, hasta podía oler su aroma.

Aquello era una pequeña tortura que me recordaba que no iba a ser nada fácil olvidarlo. Él me prometió que le olvidaría muy rápido, pero solo había sido otra de sus mentiras.


Un par de meses después, en octubre, era sábado y mis cinco amigos aparecieron en mi casa, arrastrándome hasta el restaurante que más me gustaba de la ciudad.

—Venga, Sakura. ¿No te apetece comer con todos nosotros? —preguntó Chiharu, acariciando mi pelo mientras el camarero nos guiaba hasta una mesa y nos sentábamos.

—No mucho. Prefiero estar tranquila en casa, meditando.

—Pues no vamos a dejarte, tienes que volver a tu vida normal —contestó Naoko.

Aquello fue como una puñalada en el corazón. Nunca podría volver a mi vida normal, necesitaba la meditación para no pensar en él.

—¿Qué tal tus primeras semanas de clase? ¿Te gustan todas las asignaturas sobre química? —preguntó Eriol.

—Es un asco estar en esa facultad, todo me trae malos recuerdos —respondí sin mirarlo, jugando con mi tenedor.

Tomoyo se levantó muy rápido, corriendo hacia el baño.

Escuché a Eriol suspirar.

—Voy con ella, la traeré de vuelta —dijo Rika, siguiendo a Tomoyo.

Miré a Eriol con ojos interrogantes.

—Todavía se siente culpable, al fin y al cabo él es un miembro de su familia.

Fruncí el ceño.

—Pues no debería sentirse culpable. Nada de lo que ha pasado es culpa suya —susurré, apretando los puños.

—Entiéndela, Sakura. Seguro que tú también te sentirías igual si una de tus amigas hubiera... —empezó Chiharu, pero Eriol la interrumpió con un gesto.

—No vamos a hablar de eso, lo prometimos. Cambia de tema —susurró mi amigo, mirándola.

Chiharu asintió y vimos a Tomoyo volver a la mesa, con Rika sujetando su mano.

—Tomoyo, ven —la llamé.

Chiharu se levantó para dejar que se sentara a mi lado.

Suspiré al ver que mi amiga tenía los ojos vidriosos.

—Tienes que dejar de sentirte culpable de una vez —murmuré, atrapando una de sus manos entre las mías.

Ella bajó la mirada.

—Si no te lo hubiera presentado, nada de esto habría pasado.

La acerqué más a mí y nos abrazamos.

—Prefiero que haya pasado, así he dejado de ser tan ingenua. Además, la meditación me está ayudando mucho. Estoy mejor, Tomoyo. De verdad.

Mi amiga asintió y nos separamos cuando el camarero llegó con la comida.

—Ya está bien de tanto drama, ahora a comer —dijo Rika, relamiéndose los labios.

Repartimos la comida y mis amigos empezaron a engullirla entre risas y comentarios sobre sus primeras semanas en la universidad.

Me había comido medio plato, pero no me apetecía más. Lo aparté un poco, dejándolo a un lado. Tomoyo me lo volvió a acercar.

—No pares hasta que esté vacío, Sakura.

La miré con mala cara.

—No quiero más.

Eriol dio un pequeño golpe en la mesa y las dos lo miramos fijamente, muy sorprendidas.

—Termina tu comida, señorita —exigió con rostro serio.

Solté un resoplido.

—No va a volver a pasarme otra vez, tranquilos.

Eriol negó con la cabeza.

—Calla y come.

Le obedecí, murmurando algunas protestas entre dientes hasta que terminé mi plato.


Diciembre. Después de tres meses en la facultad, la química me estaba empezando a gustar muchísimo.

Mis clases estaban alejadas de la zona donde él estuvo el curso anterior y no tenía que pasar por allí, lo que era un alivio. El único sitio donde evitaba entrar a toda costa era la biblioteca. No sabía si algún día sería capaz de volver a poner un pie allí dentro.

Ahora, tan solo con controlar mi respiración era capaz de dejar la mente en blanco y evitar pensar en él. Lo hacía todos los días varias veces, sobre todo cuando estaba en la facultad y algo me recordaba a él.

Una tarde, volviendo a casa tras salir de mi última clase, cambié la ruta por la que iba siempre y pasé por la zona de bares y pubs de Tomoeda.

En la puerta de algunos de esos locales a veces había chicos de mi edad, que te animaban a entrar con ofertas en bebidas o comida.

Una de esas chicas se acercó a mí, muy sonriente.

—¡Hola! ¿Por qué no entras un rato y te bebes una cerveza?

La dediqué una mirada de odio y noté que el gesto de su cara cambiaba a uno de preocupación.

—Vaya, tienes mal aspecto. Creo que realmente necesitas esa cerveza. Vamos, te acompaño —añadió, empujándome suavemente hacia el local.

Al entrar reconocí una canción de Iron Maiden. La música estaba demasiado alta para mi gusto y olía mucho a alcohol.

La gente que había allí estaba bebiendo y riendo. Me fijé en que casi todos llevaban ropa oscura y algunos de los chicos tenían el pelo muy largo.

La chica desconocida me llevó hasta una mesa que había en uno de los extremos del pub, pidiéndome que me sentara antes de marcharse a la barra.

Solté la mochila y suspiré, mirando a mi alrededor. Hace unos meses no me habría atrevido entrar en un sitio así, pero ahora me daba todo igual. Ella volvió con dos jarras de cerveza, acercándome una.

—Me llamo Rei, y a esta ronda invito yo —dijo, guiñándome un ojo.

La observé con curiosidad. Tenía el pelo negro y muy largo, lo llevaba suelto. Sus ojos eran de color azul oscuro y muy grandes. Era una chica muy guapa.

—Yo me llamo Sakura —respondí, intentando sonreír.

Ella soltó una carcajada.

—Menuda sonrisa más rara, parece que hayas olvidado cómo hacerlo —murmuró con una mueca graciosa.

—Ahora mismo no estoy pasando por mi mejor momento —contesté, encogiéndome de hombros.

—Ya me he dado cuenta... pero hoy conseguiré que te diviertas, ya lo verás —añadió ella, sonriendo.

Mientras nos bebimos la cerveza, descubrí que tenía dos años más que yo y se dedicaba a trabajar por los bares de la zona. Parecía una chica muy simpática y me estaba empezando a caer muy bien.

—¿Por qué me has invitado? No tenías que hacerlo —comenté cuando nuestros vasos estuvieron vacíos.

—Sospechaba que necesitabas distraerte y quería ayudarte —respondió ella, agarrando mi mano izquierda y obligándome a levantarme.

Me llevó junto a un grupo de chicos que estaban en el centro del bar y me los presentó como sus amigos. Pasé el resto de la tarde con ellos, entre risas y música rock.

Al salir del local, Rei se ofreció a acompañarme un rato.

—¿Te gusta ese tipo de música? —preguntó, observándome con ojos divertidos.

—Sí, pero no acostumbro a oírla mucho. Tal vez ahora me aficione más —dije, levantando las cejas.

Ella empezó a reírse.

—Podrías venir a pasar el rato con nosotros de vez en cuando, me has caído bien.

—Lo mismo digo. Volveré a ir, que te debo una cerveza.

Rei puso su mano en mi hombro, sacudiendo la cabeza.

—No me debes nada, me conformo con ver que ha servido para animarte.

Sonreí y ella jadeó, llevándose una mano al pecho.

—¡Esa sí es una sonrisa de verdad! ¡Lo he conseguido!

Le di un pequeño codazo y seguimos caminando, compartiendo anécdotas y algunas risas.