Capítulo Veintiséis
Una nueva vida
Mayo. Cinco meses después de aquel día, Rei se había convertido en una de mis mejores amigas.
Cuando le conté a Eriol cómo la había conocido, le resultó muy extraño. Yo no era del tipo de personas que socializa con desconocidos, pero con ella había surgido así.
Él me acompañó un par de veces al bar donde pasaba el rato con ella, queriendo comprobar que no había nada raro en mi nueva amiga... siempre tan protector conmigo. Quedó satisfecho al conocer a Rei, incluso empezó a venir con nosotras a tomar algo de vez en cuando.
Mi forma de vestir había ido cambiando con el tiempo. Hacía meses que había donado toda la ropa que tuviera tonos pasteles. Ya no me gustaban nada esos colores, sentía que no pegaban conmigo.
Mi armario se volvió algo más oscuro tras varias compras con Tomoyo y con Rei. Tenía muchas camisetas de mis grupos de Rock favoritos y varios vestidos negros que me encantaban.
También empecé a experimentar con el maquillaje. Normalmente apenas me ponía, pero ahora me encantaba usar sombras y pintalabios de color rojo oscuro o berenjena.
Ahora tenía diecinueve años y me sentía muy diferente.
En la facultad todo iba bien. Había hecho un grupo de amigos nuevo, entre los que estaba un chico mayor llamado Kaito. Varias de mis compañeras me habían comentado que se le notaba desde lejos que se moría por mis huesos. Después de varios meses pidiéndome una cita, decidí darle una oportunidad. Tal vez así dejaría de soñar con Shaoran.
Los sueños con él continuaban invadiendo mi mente casi todas las noches, y seguía pensando que eran totalmente reales mientras estaba dentro de ellos. Eso no había cambiado, aunque ya hacía más de ocho meses que él se había marchado a China.
Esperaba que poco a poco Kaito se metiera en mis pensamientos y consiguiera que esas pesadillas dejaran de atormentarme.
Le pedí que tuviera paciencia conmigo. Él más o menos sabía que había tenido una mala relación antes y accedió a que yo marcara el ritmo.
Un mes saliendo juntos y todavía ni nos habíamos besado, pero Kaito decía que estaba dispuesto a esperar hasta que yo estuviera preparada.
Siempre se desvivía teniendo detalles conmigo. No podía entender cómo aún no sentía ganas de besarlo, ni me empezaba a enamorar de él. Realmente parecía el chico perfecto. Me gustaba mucho físicamente y estaba cómoda al estar cerca de él, pero no sentía nada especial.
En junio llegó el verano, y mi primer año de universidad terminó con muy buenos resultados.
Aquella tarde quedé con Rei para celebrarlo, pero en vez de cervezas le dije que quería llevarla a mi pastelería favorita. Nos encontramos allí, sentándonos en la terraza.
—Vaya, nunca he venido aquí —dijo mi amiga, estudiando la carta con los dulces disponibles.
—Los batidos son los mejores de la ciudad —comenté con una sonrisa.
Rei se estaba tocando el pendiente de su nariz mientras ojeaba todas las opciones.
Dejó la carta en la mesa y me miró.
—Quiero un trozo de pastel de chocolate —murmuró con ojos golosos.
Nos reímos y me levanté para pedir eso, junto con un batido de frutas tropicales para mí.
Mientras compartíamos su tarta, me quedé mirando a Rei fijamente sin darme cuenta hasta que ella levantó una ceja.
—¿Tengo chocolate en la cara?
Negué con la cabeza, sonriendo.
—Estaba mirando tus pendientes. Llevo tiempo pensando en hacerme algunos.
Aparte del pendiente de la nariz, Rei tenía seis más repartidos por las orejas y uno en el ombligo.
Ella abrió mucho los ojos, sorprendida.
—¿En serio? ¿Y dónde te los harías? —preguntó con curiosidad.
Me llevé la mano a la barbilla para pensarlo un momento, aunque en realidad ya lo sabía.
—En las orejas... sí, quiero dos en este lóbulo para ponerme aros pequeños y otro aquí arriba en el hélix para llevar una estrella.
—Sí que lo has pensado bien —respondió mi amiga, arqueando las cejas.
Me encogí de hombros.
—Siempre me han gustado, pero las agujas me dan miedo y no sé si seré capaz.
Ella puso los ojos en blanco.
—Te aseguro que en las orejas no duele.
—No sé si creerte —contesté, entrecerrando los ojos.
Las dos nos reímos y terminé lo que quedaba de mi batido.
—Vamos, te voy a llevar a un sitio que te va a gustar —propuso Rei, agarrando una de mis manos.
Caminamos unos minutos, y fruncí El ceño al ver que se detenía delante de un estudio de tatuajes.
Al ver mi cara, ella se rio.
—Aquí también hacen piercings, el dueño es amigo mío.
—Me da miedo, Rei —susurré, sintiendo un pequeño retortijón en el estómago.
—De verdad, te prometo que no duele. Si quieres hacerlo, hazlo.
Puse los ojos en blanco y resoplé.
—Eres una mala influencia.
Rei chasqueó la lengua con molestia.
—Más bien soy tu lado valiente y divertido.
Nos reímos y entramos. Su amigo se acercó a preguntarme qué tenía pensado.
Le expliqué lo que quería y nos llevó a una pequeña sala, donde me hizo sentarme. Rei se sentó a mi lado para darme valor.
El chico me pidió que me quitara los dos pendientes que ya tenía, y aplicó una crema fría en las zonas de mi oreja donde quería los piercings. Cuando pasó un minuto, vi como sujetaba una aguja y cerré los ojos.
—Bueno, los dos primeros hechos. ¿Lo has notado?
Abrí los ojos, muy sorprendida, y negué con la cabeza.
—El de arriba si lo vas a notar un poco.
Dicho esto, me agujereó el hélix y pude sentir un pequeño pinchazo, pero soportable.
—Ya está. Debes curártelos durante dos semanas y cuando pase ese tiempo ya podrás ponerte los pendientes que quieras.
Me miré en el espejo, muy sonriente. Tenía unas bolitas de plata en los tres agujeros nuevos. Él me devolvió mis dos pendientes y me los puse también.
—Has sido muy valiente, Sakura —dijo Rei con una sonrisa cuando salimos de allí.
—Porque tú estabas conmigo —respondí, sin dejar de sonreír.
Los meses siguieron pasando. Ya era enero y hacía año y medio que Shaoran se había marchado. Sí, seguía contando el tiempo así, aunque jamás lo reconocería delante de nadie.
Todos los domingos por la tarde iba con Eriol en su moto hasta una zona boscosa a las afueras de Tomoeda para entrenar.
Le había pedido hacerlo porque no quería olvidar todo los movimientos que Shaoran me había enseñado. Me gustaba ser capaz de defenderme y luchar.
Nuestras sesiones de entrenamiento eran algo entre los dos. Prefería que nadie más supiera que seguía practicando y, aunque él estuviera saliendo con Tomoyo, seguía guardando todos mis secretos como siempre.
Eriol antes solo sabía defenderse, pero gracias a mí había aprendido a pelear, aunque no lo hacía tan bien como Shaoran y todavía no era capaz de vencerme.
En el fondo de mi corazón, sabía que otra razón por la que me gustaba practicar artes marciales era porque me hacían sentir cerca del chico que todavía no había conseguido sacar de mi cabeza.
Salté y giré en el aire, dándole una última patada seca a Eriol. Él cayó al suelo, resoplando.
—Estás mejorando —admití, ayudándolo a levantarse.
—Gracias, pero creo que nunca podré superarte —respondió él, haciendo una mueca.
—Eso espero —añadí, ganándome un codazo de su parte.
También estaba intentando aprender un poco de Kung Fu por mi cuenta, cuando me quedaba sola en casa. Pero eso no lo sabía ni Eriol.
Nos apoyamos en el tronco de un árbol para recuperar el aliento.
—Entonces vuelves a estar soltera, ¿no? —preguntó mi amigo.
Suspiré, levantando la vista hacia las hojas de los árboles.
Lo había intentado con todas mis fuerzas, pero no había conseguido enamorarme de Kaito. A los dos meses de estar juntos me atreví a besarlo y me gustó, aunque no sentí esas mariposas dentro de mi estómago.
Seguimos juntos y poco a poco fuimos intimando más, pero seguía sin sentir lo que debería.
Pensé que tal vez necesitaba llegar hasta el final para que mis sentimientos por Kaito crecieran y pudiera olvidar a Shaoran. Por eso, aquella navidad decidí tener sexo con él.
Fue un maldito desastre.
Le tuve que pedir que parara, porque la cara de Shaoran aparecía ante mis ojos al tener a Kaito dentro de mí. Le mentí, diciéndole que no me encontraba bien y necesitaba irme a casa.
Volvimos a intentarlo unos días después y volvió a ocurrir lo mismo. Después de eso, entendí que no había nada que hacer. Aún no lo había olvidado y su recuerdo me iba a seguir atormentando, así que no podía seguir estando con otra persona.
Rompí con Kaito, explicándole que todavía no me había enamorado de él y que eso no era justo para él después de casi un año juntos.
A él le dolió, pero no se enfadó. Sabía a lo que se arriesgaba cuando insistió en que empezáramos a salir.
—Sí... supongo que tendré que estar sola bastante tiempo.
—Es lo mejor. No deberías salir con más chicos hasta que estés totalmente recuperada y él solo sea un mal recuerdo.
—No pienso hacerlo, ya bastante daño le he hecho a Kaito —admití en voz baja.
Me sentía muy culpable, no debería haber estado con Kaito por mucho que él me lo pidiera.
Tres meses después, los cerezos empezaron a florecer, anunciando que se acercaba mi cumpleaños.
Sonreí al pensar en lo diferente que iba a ser la Sakura de veinte años de la Sakura de antes de entrar en la universidad.
Si pudiera viajar al pasado y visitarme a mí misma, estaba segura de que mi yo pasado quedaría muy impresionada. Ahora sabía luchar mejor que nadie, ya no tenía esa apariencia de niña dulce e inocente y era una de las mejores estudiantes de mi carrera.
Lo único que a mi yo pasado no le habría gustado es saber que Shaoran todavía seguía apareciendo en mis sueños.
¿Cuánto tiempo más tendría que pasar para que mi mente y mi corazón se olvidaran de él?
Suspiré mientras salía del piso de Tomoyo. Aquel día también me había cruzado con los malditos padres de Shaoran, venían todos los meses de visita y los había visto más de una vez... pero, por suerte, nunca me dirigían la palabra y yo simplemente hacía como si no existieran.
Ojalá ellos también dejaran de visitar Japón, como Shaoran. Él no había vuelto desde que se fue.
Rodeé los jardines para pasar lo más lejos posible de ellos y me dirigí a mi casa, escuchando a todo volumen lo último de Evanescence.
Mi humor empeoró al pensar en lo bien que le estaría yendo a Shaoran. Seguro que estaba consiguiendo todos sus objetivos y tenía a muchas chicas rendidas a sus pies. Ya ni se acordaría de mí, y yo todavía soñando con él como una estúpida.
Tiempo... siempre me habían dicho que el tiempo lo curaba todo. Tal vez solo necesitaba unos meses más para pasar página de una vez por todas.
