Capítulo Veintisiete

Un sueño demasiado real


Junio.

Después de comer, me vestí con mi camiseta de Linkin Park favorita y una falda corta de color negro. Me calcé mis botas con plataforma y salí de casa, sintiendo la mirada de desaprobación de mis padres clavada en mi espalda. No les gustaba que me maquillara tanto, pero a mí me encantaba llevar sombras oscuras en los ojos.

Le verdad es que importaba una mierda lo que pensaran de mi forma de vestir. Mis gustos habían cambiado y tendrían que aceptarlo, ya tenía veinte años y no podían decidir por mí.

Además, tampoco era para tanto. La única diferencia que había era que usaba colores oscuros más a menudo que antes.

Era una bonita tarde de verano. Sonreí al recordar la mirada de horror de mi madre un año atrás, cuando vio los tres piercings que me había hecho en las orejas.

Casi desde ese día, llevaba puestos tres aros pequeños de plata que me encantaban, junto con unos más grandes en mis agujeros de toda la vida.

Mis padres habían intentado hablar conmigo varias veces sobre mis nuevos gustos, pero yo simplemente les decía que, mientras no hiciera ninguna locura y me fuera bien en los estudios, no tenían derecho a quejarse de nada.

Los sueños con Shaoran me seguían atormentando. Al menos ya no los tenía todos los días, pero cada semana me tocaba sufrirlos como mínimo una vez.

Siempre era tan feliz por estar otra vez entre sus brazos... hasta que me despertaba y descubría que todo había ocurrido en mi imaginación.

Al darme cuenta, aún lloraba de rabia. ¿Por qué esos malditos sueños tenían que ser tan reales? Más que sueños, los consideraba pesadillas.

Esa mañana había hecho mi último examen, dando fin a mi segundo año en química. Llegué al pub donde había quedado con Rei y sus amigos.

Ella corrió a abrazarme al verme entrar.

—¡Tráenos cervezas, Lien! —gritó a su amigo rubio.

Sonreí cuando Lien me acercó una jarra llena de ese líquido dorado y helado que tanto me gustaba.

La música estaba demasiado alta y Rei se alejó de su grupo, llevándome hasta una esquina donde el ruido molestaba algo menos.

—¿Cómo te ha salido el examen? —preguntó con una sonrisa.

—De puta madre —contesté, sonriendo también.

Chocó su jarra con la mía y nos la bebimos de golpe, hasta que no quedó ni una gota.

—Vas a ser una química increíble. Seguro que inventarás algo —dijo mi amiga, guiñándome un ojo.

Nos reímos y sus amigos se acercaron a nosotras, preguntando por nuestros planes para ese fin de semana.

Yo estaba bastante cansada de tanto estudio y tenía pensado quedarme en casa y relajarme, así que les dije que no contaran conmigo para sus locuras.

Necesitaba meditar, llevaba semanas sin hacerlo.


Después de un par de cervezas más, Rei y yo decidimos irnos. Si nos quedábamos con sus amigos, corríamos el peligro de acabar tiradas por el suelo, borrachas como cubas.

Íbamos riendo por la calle, distraídas con nuestras tonterías, y no me di cuenta de que estábamos pasando alrededor del parque pingüino hasta que vi el gran tobogán.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Llevaba dos años evitando pasar por allí. Rei notó el cambio en mi rostro y siguió mi mirada. Ella estaba al tanto de toda mi historia con Shaoran, incluso le había enseñado una foto de él antes de borrarla.

—Mierda... no me di cuenta. Venga, alejémonos de aquí —dijo, tirando de mi brazo.

Caminamos deprisa, hasta perder de vista el tobogán. Me detuve para coger aire y mi amiga me palmeó la espalda con cariño.

—Tengo que superarlo de una vez, no puedo evitar pasar por ahí eternamente.

—No pasa nada, llegará el día que ni lo recuerdes.

—Pues ya han pasado dos años y no lo he olvidado —respondí, suspirando.

Rei me abrazó y me dejé envolver por ella mientras miraba a mi alrededor. Estábamos al lado de la terraza de uno de los mejores restaurantes de Tomoeda.

De repente, sentí un subidón de adrenalina y no entendí el motivo. Observé a las personas que estaban allí sentadas y, al llegar a la zona más lejana, mi corazón se detuvo.

Shaoran estaba sentado en una de las mesas, con Meiling. Fue como si un rayo me hubiera caído encima, me tensé y Rei lo sintió.

—¿Estás bien? —preguntó, dejando de abrazarme para mirarme a los ojos.

Yo estaba paralizada, con el terror asomando en mi rostro.

Ella giró la cabeza y vio al chico de mis pesadillas.

—Será mejor que nos larguemos, Sakura. Vamos.

No podía despegar los ojos de Shaoran. Vi que a él le daba un escalofrío y movía la cabeza, encontrándose con mi mirada.

Cuando sus ojos se clavaron en los míos, reaccioné. Agarré la mano de Rei y empecé a caminar muy rápido en dirección contraria.

Escuché mi nombre un par de veces, pero no pensaba detenerme. Una mano sujetó uno de mis hombros y me obligó a parar.

Al girarme, allí estaba. Igual que en mis sueños, aunque un poco más alto y más guapo que nunca.

Las manos me temblaban, pero sentí un apretón de Rei. Al menos no estaba sola.

—Cuánto tiempo sin verte, Sakura —murmuró Shaoran, dedicándome una sonrisa.

Fruncí el ceño. Tenía la misma actitud de siempre, como si no hubiera pasado el tiempo. No dije nada y él volvió a hablar.

—Me ha costado un poco reconocerte.

—Sí, ya no soy la misma.

—Yo tampoco.

Lo observé un momento. En apariencia seguía siendo el mismo de siempre, excepto por la altura.

—Bueno, si nos disculpas tenemos que marcharnos —dijo Rei a mi lado, tirando de mi brazo.

Shaoran arrugó el entrecejo.

—Me gustaría hablar un poco más con ella, si no te importa.

Rei sujetó mi rostro entre sus manos y me besó en los labios, dejándome alucinada.

—Ahora está conmigo. No vuelvas a acercarte a ella.

Shaoran tenía cara de sorprendido.

—De acuerdo... ya nos veremos, Sakura —dijo antes de darse la vuelta y volver a la terraza en busca de su prima.

Nosotras también empezamos a caminar y, cuando giramos una esquina, miré a Rei con incredulidad.

—Lo siento, es lo único que se me ha ocurrido para que nos dejara irnos.

Sonreí.

—Tranquila, Rei. No me importa.

—No te veía capaz de enfrentarte a él, te ha pillado por sorpresa.

—Tienes razón, no estaba preparada y me has librado de él. Eres una buena amiga —contesté, apretando su mano.

—Lo sé. Espero que no te vayas a enamorar de mí por lo bien que beso —dijo ella con una sonrisa burlona.

Le di un codazo y las dos nos reímos.

—Lástima que no seas un hombre, serías perfecto —murmuré, y ambas soltamos una gran carcajada.


Unos días después, estaba de muy mal humor. Tras mi encuentro con Shaoran, había vuelto a soñar con él todas las noches.

El brillo que tenían sus ojos cuando nos vimos me perseguía a todas partes, y mi plan de olvidarlo se había vuelto más complicado. Meditaba cada mañana al despertarme, lo que me ayudaba a no pensar en él a lo largo del día.

Esa tarde, salí de casa para dar una vuelta. Necesitaba respirar aire fresco.

Al ver por donde iba, maldije entre dientes y seguí caminando hasta el parque. Total, ya me despertaba cada día pensando en él y eso no iba a empeorar al pasar por allí.

Al llegar, apenas había gente porque estaba anocheciendo.

Me senté en uno de los bancos y observé a mi alrededor. Puede que, si me quedaba ahí un rato, dejara de temer pasar cerca, y podría volver a caminar tranquila por toda la ciudad.

Me puse los cascos con música y me perdí en mis pensamientos, contemplando como los últimos niños salían del parque.

Cuando las farolas se encendieron, decidí que era el momento de irme a casa. Me levanté y al girarme me quedé helada.

A lo lejos, en la otra entrada del parque estaba Shaoran, mirándome fijamente.

No fui capaz de moverme ni apartar la vista de él. Me limité a observar cómo se acercaba lentamente.

—Sabía que te encontraría aquí.

Su voz seguía siendo la misma que me hizo temblar tantas veces en el pasado.

Suspiré y cuadré los hombros, intentando recobrar la compostura.

—Ya me iba —murmuré, dando media vuelta y empezando a andar.

Shaoran sujetó uno de mis brazos.

—Espera un momento.

Me sacudí para que me soltara, lanzándole una mirada de odio.

—No me toques.

Él levantó las dos manos, dando un paso atrás.

—De acuerdo, pero déjame hablar contigo.

Me crucé de brazos y lo miré fijamente.

—Está bien. Di lo que tengas que decir y acabemos con esto cuanto antes.

—¿Ahora te gustan las chicas?

Fruncí el ceño, sin responder.

—No es que me parezca mal, solo espero que no hayas renegado de los hombres por mi culpa —añadió Shaoran.

Chasqueé la lengua con desprecio.

—No te creas tan importante. He tenido novio después de ti.

Shaoran levantó una ceja.

—¿Y ahora tienes novia?

Puse los ojos en blanco y decidí no mentir. Me daba igual lo que él pensara.

—Es mi amiga. Hizo eso para que te marcharas.

Él sonrió, como si aquello fuera muy divertido.

—¿Y por qué no quería que me acercara a ti? —preguntó, con la sonrisa torcida que tanto echaba de menos curvando sus labios.

Fruncí el ceño de nuevo.

—Tardé mucho en olvidarte, no voy a caer en tus jueguecitos otra vez.

Shaoran alzó las dos cejas y dio un paso hacia mí.

—¿Me has olvidado?

El corazón me latía tan fuerte que se me iba a salir por la boca.

—Sí —dije sin romper el contacto visual.

Necesitaba que se lo creyera y se marchara de una vez.

Él volvió a dar otro paso en mi dirección. Ya solo nos separaban unos centímetros.

—Pues yo a ti no.

Algo dentro de mí gritaba que corriera, pero no pude moverme. Podía oler su aroma y eso siempre me dejaba paralizada en mis sueños.

Shaoran inclinó la cabeza, acercando más su rostro al mío. Mi respiración se aceleró y una gota de sudor bajaba por mi espalda.

Cuando intenté apartarme, sus brazos me lo impidieron.

Aquello parecía otra de mis pesadillas... ¿y si lo era? Siempre pensaba que era real, hasta que me despertaba. No tenía sentido que estuviera en ese parque con Shaoran, seguro que era uno de mis sueños.

—Esto no es real —susurré, cerrando los ojos.

Sentí los labios de Shaoran rozando los míos.

—Sí lo es.

En cuanto abrí los ojos me besó, atrayéndome hacia él con fuerza.

Rodeé su cuello con mis brazos y me dejé llevar en ese beso, hasta que pensé que todo parecía demasiado real. Su aroma, en mis sueños no podía olerlo con tanta intensidad.

Abrí los ojos de golpe y lo empujé, alejándolo de mí.

—¡No! —grité, furiosa.

Shaoran me miraba, muy sorprendido.

—¡No puedes acercarte y besarme! ¡No dejaré que me destroces otra vez!

Una lágrima de rabia empezó a rodar por mi mejilla. Él respiraba de forma agitada y me seguía mirando sin decir nada.

Me di la vuelta y empecé a correr sin mirar atrás, hasta que me dolieron las piernas.