Capítulo Veintinueve
Lágrimas escondidas
Los meses pasaron. Ya era febrero y los exámenes del primer cuatrimestre me salieron bien, a pesar de que me costaba bastante concentrarme para estudiar.
No podía evitar cruzarme de vez en cuando con Shaoran por los pasillos de la facultad, pero él no intentaba acercarse a mí. Se limitaba a mirarme de reojo y seguía su camino, igual que yo.
Hacía cinco meses de mi conversación con Meiling, y cada vez que veía a Shaoran, sus palabras volvían a dar vueltas en mi cabeza. Me costaba creer que él lo hubiera pasado tan mal y sus padres hubieran sido tan crueles, pero ella no tenía motivos para mentirme contándome todas esas cosas.
De todas formas, eso no cambiaba nada. Él me dijo cosas horribles y se marchó, destrozándome por completo. Si ahora se arrepentía, era su problema.
Aunque, en el fondo, me sentía diferente. Cada vez que lo veía el corazón me daba una sacudida.
Una tarde, a mitad de mes, entré por primera vez en la biblioteca. Necesitaba leer un libro que solo se encontraba ahí para preparar un trabajo.
Al entrar, no pude evitar pensar en él. Justo aquella mañana, uno de mis amigos me había abrazado al salir de una clase y, al separarnos, había visto a Shaoran observándonos desde el fondo del pasillo.
Saqué el libro usando mi carnet universitario y subí por las escaleras a la última planta. Allí solo había despachos de profesores y era raro encontrarte con alguien, por eso me gustaba ir cuando quería leer o necesitaba estar sola.
Al entrar en el pasillo, busqué uno de los muchos bancos que había junto a la zona del péndulo para sentarme a leer. Cuando encontrara lo que necesitaba, iría a hacerle unas fotocopias al libro y podría devolverlo.
Caminé sin despegar la vista de las páginas, hasta que escuché un pequeño suspiro. Al levantar la cabeza, pude ver que alguien estaba tumbado en uno de los bancos, justo al otro lado del pasillo circular.
Me pareció muy raro... ¿sería un profesor? ¿O un alumno?
Me acerqué para ver si necesitaba ayuda y, cuando estaba a unos metros, frené en seco. El que estaba allí era Shaoran. Él no me había visto porque tenía los ojos cerrados.
Nunca le había visto llorar, ni yo ni nadie de su familia por lo que me había contado Tomoyo años atrás.
Dudé si acercarme o no. A lo mejor le había pasado algo malo y sabía que estaba solo en el país, sin su familia... después de todo, si podía ayudarle, lo haría. Cuando estaba a unos pasos de él, abrió los ojos y me vio.
Su rostro palideció y se incorporó de golpe, poniéndose de pie. Vi que tenía los ojos rojos.
Apartó la mirada, pero vi como una lágrima salía de su ojo derecho y la secaba con los puños de su jersey con rabia.
Shaoran no lloraba, ni yo ni nadie de su familia lo había visto hacerlo nunca.
—Pensaba que por aquí no venía nadie. No quiero molestarte, ya me voy.
Tragué saliva y asentí, sintiéndome bastante mal al verlo así.
Cuando pasó por mi lado, no pude evitar preguntarle.
—¿Te ha pasado algo malo?
Shaoran dejó de andar y me miró de reojo.
—Sí, pero fue por mi culpa.
Espera... ¿estaba hablando de nosotros? Entrecerré los ojos, apretando los puños. Que tuviera problemas con su familia era una cosa, pero si se refería a mí no quería saber nada.
—Si estás intentando que sienta lástima por ti, no vas a conseguirlo —escupí entre dientes.
Él no dijo nada más y se alejó. Mi corazón empezó a latir más rápido mientras lo veía bajar por las escaleras.
Una semana después, todavía me acordaba de Shaoran y sus ojos rojos.
Hablé del tema con mis amigos. Todos pensaban que estaba así por mí, menos Eriol y Rei. En opinión de ellos, tendría algún problema con algo de su carrera o con sus padres y debería hacer como si no hubiera visto nada.
Aquella mañana, al salir de clase había quedado con Tomoyo. Me pidió que fuera a su casa para hablar.
Desde que Shaoran se fue, ella había dejado de hablar con él y, aunque me dijo que no tuvo nada que ver con lo que pasó entre nosotros, yo me sentía culpable porque ya no se llevaran tan bien como antes.
De hecho, cuando descubrí que había vuelto a Japón, le hice prometer a Tomoyo que se esforzaría por volver a tener relación con su primo, y parecía que me había hecho caso.
Pero hablar con ella sobre Shaoran no me hacía mucha gracia. Sospechaba que eso era lo que me esperaba... y acerté.
Cuando llegué a su piso y conseguí que Cho me soltara, las dos nos encerramos en su cuarto. Nos tumbamos en su cama, mirando al techo, y la escuché suspirar a mi lado.
—Sé que prometimos no hablar de él, pero necesito darte mi opinión.
Llevábamos meses sin mencionar su nombre, desde que le conté mi conversación con Meiling. Ese fue el día que Tomoyo llamó por primera vez a su primo, y fue a visitarlo a su piso.
—Estoy harta de ver como los dos estáis mal y no hacéis nada para solucionarlo.
Un sentimiento oscuro creció dentro de mí, pero lo controlé. Tomoyo no tenía culpa de nada.
—Yo no he hecho nada malo.
—Lo sé, pero también sé que aún le quieres.
Suspiré, cerrando los ojos.
—Sakura, no te diría nada de esto si no supiera que él está totalmente arrepentido. Créeme, he hablado con él muchas veces estos meses y sabe que se portó como un cabrón, pero... todas esas cosas te las dijo pensando que así le olvidarías más rápido. No hay un día que no piense en ti, y está destrozado porque cree que estás saliendo con alguien.
Abrí los ojos y miré a mi amiga. Su rostro reflejaba mucha tristeza.
—No le daré la oportunidad de volver a hacerme daño, Tomoyo.
Ella resopló, apoyándose en un costado para mirarme a los ojos.
—Creo que a mí también me costaría perdonarle y volver a confiar en él si fuera tú... pero al menos deberías hablar con él y darle la oportunidad de explicarte lo que pasó.
Me incorporé y nuestros rostros quedaron a la misma altura.
—Ha tenido dos años para buscarme y no lo ha hecho. Se fue y no volví a saber nada de él.
Ella acarició mi mejilla con uno de sus dedos.
—Ahí donde lo ves, resulta que mi primo es un cobarde.
Sonreí y empecé a entrelazar el pelo de mi amiga, formando una trenza.
—Te quiero, Tomoyo... pero no me gusta que te haya pedido que hables conmigo.
Ella me sujetó las manos, deteniéndome.
—Te equivocas. Siempre que hablamos me pide que no te diga absolutamente nada. Sabe que te hizo daño y cree que no se merece otra oportunidad, por eso no ha intentado hablar contigo otra vez.
Abrí los ojos, muy sorprendida. Shaoran le había hecho la misma petición que yo.
—La decisión es tuya, Sakura, pero al menos piénsatelo. Si sus padres no se hubieran entrometido, todavía seguiríais juntos... estoy segura.
Asentí y nos miramos en silencio mientras terminaba de hacer su trenza.
—¿Por qué se distanció de ti cuando se fue? ¿Te lo ha dicho?
—Sí. Le daba vergüenza hablar conmigo después de lo que le había hecho a mi mejor amiga.
Suspiré y un estremecimiento me recorrió.
—Tu primo avergonzado... eso tiene que ser digno de ver.
Las dos nos reímos y Tomoyo me abrazó.
—Gracias por escucharme, Sakura. Decidas lo que decidas, yo te apoyaré.
La semana siguiente no vi a Shaoran ni una sola vez por la facultad.
Después de darle muchas vueltas, cuando decidí que lo mejor era hablar con él, justo en ese momento desapareció. Antes de eso, me lo cruzaba por lo menos dos veces a la semana.
Todavía tenía su número en el teléfono, así que pensé que lo mejor sería escribirle.
Sakura: "¿Podemos hablar?"
Las clases terminaron y volví a casa para comer con mis padres. Mientras recogía los platos, noté que mi teléfono vibraba dentro de mi bolsillo.
Shaoran!: "Como quieras"
Sakura: "Te espero en el parque en media hora"
No había mejor sitio para hablar con él que ese.
Fui a mi cuarto a quitarme el chándal y me hice un par de trenzas, poniéndome la misma ropa que llevaba esa mañana. Me despedí de mis padres diciéndoles que no volvería tarde y salí a la calle.
Al llegar al parque, todavía no había niños. Hasta las cinco lo más normal era que estuviera vacío.
Lo sabía demasiado bien por todas las tardes que había pasado allí con Shaoran. Mirara donde mirara, tenía recuerdos con él.
Me senté en el columpio y empecé a mecerme, con la vista perdida en los árboles del fondo.
—Acabo de tener un déjà vu —escuché detrás de mí.
Shaoran se acercó, sentándose en el columpio que había a mi lado.
—Ahora habría sabido defenderme mejor —respondí con una media sonrisa, sin mirarlo.
—Sí, y me alegro de haber contribuido a eso.
Nos quedamos en silencio un momento. Yo no sabía qué decir y parecía que él tampoco.
—Lo siento mucho.
Dejé de mecerme al escuchar eso y lo miré. Los ojos de Shaoran estaban algo apagados, sin brillo.
—No sabía lo mal que lo habías pasado cuando me fui. Yo no quería que te ocurriera nada de eso.
Vaya, así que Tomoyo le había informado de mis problemas con la comida y de mis temblores.
—Eso fue culpa mía, no debí dejar que me afectara tanto.
Shaoran apartó la mirada, fijándola en el tobogán del centro del parque.
—Me arrepiento tanto, Sakura... fui un idiota al hacer caso a mis padres y creerme sus palabras, nunca imaginé que fueran capaz de mentirme tanto.
Resoplé, pero él siguió hablando.
—No debí dejar que me alejaran de ti, les odio y ya no hablo con ellos. Siguen viviendo en China, con el resto de mis hermanos.
—Lo sé —contesté sin querer.
Shaoran me miró fijamente, muy sorprendido, y su rostro se enfureció.
—¿Quién te lo ha contado? ¿Tomoyo?
—No. Meiling vino a hablar conmigo hace unos meses Meiling vino a hablar conmigo.
Él cerró los puños encima de sus rodillas.
—No te enfades con ella. Si no me hubiera dicho nada, no estaría hablando contigo ahora.
Las manos de Shaoran se relajaron bajó la mirada al suelo.
—¿Qué es lo que te ha contado? —preguntó en voz baja.
—Todo... y Tomoyo también.
Se levantó del columpio, mirando al infinito y resoplando mientras se revolvía el pelo con las dos manos.
—En realidad... me da igual, ya no tengo nada que perder —murmuró entre dientes, pero pude oírlo.
Se acercó y se agachó delante de mí, sujetándome las dos manos y mirándome a los ojos.
—Haría cualquier cosa por tu perdón, Sakura. Pídeme lo que sea.
El corazón se me encogió de forma dolorosa y tuve que apartar la mirada. Él volvió a hablar.
—No puedo, no quiero vivir sin ti. Lo he intentado, pero no soy capaz.
Una lágrima empezó a bajar por mi mejilla, pero él me la limpió con su pulgar.
—Yo también lo he intentado —susurré, suspirando.
Una de sus manos me levantó la barbilla y nuestros ojos se encontraron. Los suyos seguían reflejando lo mismo que cuando me miraba años atrás y eso me provocó escalofríos.
Él me quería, me había querido siempre. Y se alejó de mí por culpa de las mentiras de sus padres, y de su inmadurez... nuestra inmadurez. Tan solo éramos unos adolescentes cuando se fue, enamorándonos por primera vez.
De repente, se me ocurrió una idea bastante malvada para ponerle a prueba.
—Tiñe tu pelo de rosa.
Él se quedó callado unos segundos y pestañeó varias veces.
—¿Qué?
—Sí. Ponte el pelo rosa fucsia y déjalo así. Demuéstrame que te da igual lo que los demás piensen de ti.
Siempre había sido muy presumido, y dudaba que aceptara algo así.
Shaoran suspiró, sin dejar de mirarme.
—¿Me perdonarás si lo hago?
—Puede ser.
—Entonces lo haré hoy mismo —respondió muy serio.
Me levanté del columpio.
—Vamos, te ayudaré a hacerlo.
Aguanté la risa mientras caminábamos hasta una tienda cercana, y yo misma escogí el paquete con el color correcto.
Como él no tenía ni idea del tema, no se dio cuenta de que el tinte que había cogido se iba con los lavados.
Lo acompañé a su apartamento y él abrió la puerta, dejándome pasar primero. Los dos entramos en el baño, saqué todos los componentes del tinte y lo miré.
—¿Estás listo? Después no habrá vuelta atrás, Shaoran. No podrás teñirlo de tu color ni nada de eso porque se te estropearía. Tendrás que quedarte así varias semanas.
Hacía mucho que no me divertía tanto.
—¿Tú sabes hacer esto? —preguntó, algo nervioso.
—Sí, se lo hago a mi madre —contesté, encogiéndome de hombros.
—Vale, hazlo —aceptó, sentándose.
Extendí el producto por todo su pelo con cuidado, y le expliqué que tenía que dejarlo actuar una media hora para que hiciera efecto.
Después, me fui a esperarlo en una plaza que había enfrente de su apartamento, dejándolo solo para que se lavara la cabeza.
Mientras lo esperaba, me descojoné de la risa. Nunca imaginé que él fuera capaz de hacer algo así.
Un rato después, vi a un Shaoran con el pelo rosa fucsia salir de su edificio y caminar hacia mí. Ahí ya fue imposible contener las carcajadas.
