Capítulo Treinta
Hien y Yelan Li
Shaoran soportó mi risa y la de varias chicas que pasaban por allí. Se acercó más, hasta estar de nuevo agachado delante de mí.
—¿Crees que ahora podrás perdonarme?
Le dediqué una sonrisa malvada y todo su cuerpo se tensó.
—¿Has hecho esto solo para... para burlarte de mí? ¿Y ahora vas a irte?
Shaoran frunció el ceño, apretando los labios y esperando mi respuesta.
Ya era suficiente, mi corazón y mi cuerpo estaban gritando su nombre. En cambio, mi cerebro todavía me pedía que me mantuviera lejos, pero decidí no hacerle caso. No podía seguir enfadada para siempre con él.
Ahora sabía que la mayoría de la culpa de todo lo que había pasado no era suya, sino de los entrometidos y mentirosos de sus padres... aunque él no debería haberles creído.
No aguanté más y me abalancé sobre él para besarlo, cayendo sobre sus piernas. Tardó unos segundos en reaccionar, pero sus brazos me rodearon y me devolvió el beso con la misma intensidad.
El tiempo se detuvo. Solo podía pensar en que, después de dos años y medio, por fin estaba con él otra vez. Shaoran me apretó fuerte contra su cuerpo y se separó unos milímetros, jadeando.
—Me da miedo que esto sea un sueño —susurró, mirándome a los ojos.
—¿Tú también soñabas conmigo?
—Casi todos los días —respondió antes de juntar nuestros labios de nuevo.
Nos quedamos allí, sentados en el suelo y besándonos. Ninguno quería que ese momento se acabara.
Abrimos los ojos al escuchar a lo lejos la risa de varias personas.
—Mejor volvamos a mi apartamento —propuso Shaoran, y me ayudó a levantarme.
No me soltó la mano hasta que entramos por su puerta. La cerró y me atrapó entre sus brazos, sin parar de besarme.
Acabé acorralada contra una pared, con Shaoran besándome el cuello y metiendo las manos por debajo de mi camisa.
Mi piel se erizó cuando sus dedos la rozaron. Suspiré y me estremecí otra vez. Shaoran levantó la cabeza para mirarme.
—¿Estás bien?
A lo mejor temía que esos temblores fueran por lo que me había pasado años atrás, y no por estar con él.
—Sí. Parece que, aunque pasen los años, sigues haciéndome sentir lo mismo.
Mi sonrisa torcida favorita se dibujó en su rostro.
—Me gustan tus pendientes nuevos —susurró cerca de mi oreja, atrapando mi lóbulo entre sus dientes.
Resoplé.
—Habrás conquistado muchos corazones con tus palabras y tus jueguecitos, ¿no?
Shaoran volvió a mirarme a los ojos, con el ceño fruncido.
—Sé que nunca me has creído, pero solo soy así contigo.
Sus dedos me acariciaron el rostro, desde la sien hasta la barbilla. Cerré los ojos al sentirlo.
—¿Entonces me perdonas? —insistió de nuevo.
Al abrirlos sus iris me derritieron, como siempre.
—Tal vez.
—Me conformo con eso —dijo, todavía sonriendo, y volvió a reclamar mis labios
—No sé si podré volver a confiar en ti, Shaoran.
Él rozó mi nariz con la suya.
—Te demostraré que sí puedes.
Me quitó las gomas del pelo y empezó a deshacer mis trenzas.
—Siempre me has gustado más con el pelo suelto.
Sonreí y aparté la mirada. Maldita sea, hasta con el pelo fucsia me seguía gustando Shaoran.
—Sigo enamorado de ti, Sakura —susurró, dejando un beso en mi frente.
Suspiré, sacudiendo la cabeza. Todo esto era demasiado bonito para ser cierto.
—Ahora me despertaré y volveré a estar sola, como siempre.
Shaoran me apretó más entre sus brazos.
—Esta vez es real, estoy aquí y no pienso volver a irme.
Estaba a punto de besarme otra vez cuando se escucharon varios golpes en la puerta de entrada, a nuestro lado.
Se escuchó una voz femenina.
—Abre la puerta, Shaoran.
Él maldijo en voz baja y yo fruncí el ceño, pensando que a lo mejor era una de sus conquistas chinas que había venido de visita.
—¿Quién es? ¿Estás esperando a alguien más?
Shaoran negó con la cabeza.
—Son mis padres... hace una semana que volvieron a Japón y llevan días intentando hablar conmigo.
Un sudor frío me bajó por la espalda al escuchar por segunda vez la voz de la madre de Shaoran, volviendo a pedir que abriera.
—¡Ahora no! ¡Volved otro día! —gritó Shaoran.
Los golpes cesaron y se escuchó una voz masculina.
—¿Por qué? Queremos hablar contigo, hijo.
Shaoran se acercó a la puerta.
—Sakura está aquí.
Todo se quedó en silencio unos segundos que me parecieron eternos.
—Mejor, también queremos hablar con ella —dijo su madre.
Shaoran golpeó la puerta con rabia.
—¡Por encima de mi cadáver!
Lo agarré del brazo derecho, apartándolo un poco de la puerta, y Shaoran me miró, sorprendido.
—Si quieren hablar, por mí no hay problema.
Shaoran me sujetó por los hombros, negando con la cabeza.
—Sé las cosas que te dijeron cuando me fui. No pienso dejar que vuelvan a hablar contigo nunca.
Coloqué mis manos encima de las suyas, dándole un apretón.
—Ya no soy como antes. Ahora no pueden hacerme daño, digan lo que digan.
—¿Y si te empiezan a contar cosas que no quieres saber de mis años en China? —preguntó Shaoran.
Me encogí de hombros.
—Son unos mentirosos y no voy a creerme nada de lo que digan.
Él juntó su frente con la mía, suspirando.
—Espero no arrepentirme de esto también.
Se acercó a la puerta y la abrió.
Hien entró el primero y miró muy sorprendido a su hijo al ver que tenía el pelo de color rosa, pero después se fijó en mí y me dedicó una mirada de desprecio.
Shaoran se puso delante de mí, mirando fijamente a su padre con el ceño fruncido.
La madre entró detrás y sujetó el brazo de su marido, mirándolo muy seria a modo de advertencia, aunque también pude ver que se sorprendía al ver a Shaoran.
Entraron en el salón y se sentaron en uno de los sofás.
Shaoran y yo los seguimos, sentándonos en otro que estaba pegando a la ventana. Me puse en una esquina para estar lo más lejos posible de ellos.
Había aprendido a ignorarlos cuando me cruzaba con ellos en casa de Tomoyo, así que hice lo mismo y me dediqué a observar los árboles que se veían por la ventana.
Yelan carraspeó y empezó a hablar, sin comentar nada del pelo de Shaoran.
—Esta situación tiene que solucionarse, hijo. Ya hace meses que volviste a Japón y sigues sin quedarte en nuestra casa. Hemos vuelto todos al país, deberías volver con nosotros y ocupar tu antiguo cuarto.
Shaoran no dejaba de fruncir el ceño.
—No voy a volver.
—Todavía no puedo creer que hayas renunciado a seguir en China por un capricho —dijo Hien con la voz llena de rabia.
—Ella no es ningún capricho —gruñó Shaoran entre dientes.
—Al final te cansarás de estar con alguien así y verás que yo tenía razón —replicó Hien.
Shaoran se levantó de golpe y su padre le imitó.
—¡No te atrevas a hablar así de Sakura! —gritó, furioso.
Yo seguía recitando mi mantra interiormente, dejando la mente en blanco e ignorando todo lo que decían. No pensaba participar en esa conversación.
Yelan se puso de pie, interponiéndose entre los dos.
—Ya basta. Siéntate, hijo —pidió, mirando a Shaoran.
Él se sentó otra vez a mi lado, cruzándose de brazos.
Ella miró a su marido, suspirando.
—Si vas a seguir diciendo esas cosas, prefiero que te marches.
Hien frunció el ceño y se volvió a sentar con mala cara. Por el rabillo del ojo vi como Yelan me miraba antes de volver a hablar.
—¿Volvéis a estar juntos? —preguntó a Shaoran.
—Aún no, pero espero que lo estemos pronto.
Yelan se sentó más recta.
—Si queréis estar juntos, lo respetaremos. Es tu decisión y no estoy dispuesta a perderte por eso.
El padre de Shaoran iba a hablar, pero Yelan le hizo un gesto para que se callara.
—Hijo, lo que hicimos fue pensando que era lo mejor para ti y ahora comprendo que nos equivocamos —añadió ella.
Shaoran me miró de reojo antes de responder.
—Me mentisteis, madre. Sé que no necesitabais volver a China y lo de la beca, y jamás volveré a confiar en vosotros.
Los padres de Shaoran se quedaron helados unos segundos, hasta que Yelan suspiró.
—Espero que con el tiempo puedas perdonarnos.
Noté como sobre mí.
—Y tú, Sakura... ¿serás capaz de perdonarnos?
Seguí mirando por la ventana, como si no la hubiera oído.
—¿No vas a hablar? —insistió Yelan.
Giré la cabeza y la miré, mostrando una sonrisa falsa. El padre de Shaoran se removió en el sofá, incómodo.
—No tengo nada que decirles —murmuré, volviendo a apartar la vista.
—Solo necesito que respondas a una pregunta... ¿quieres de verdad a mi hijo?
Al mirarla otra vez, vi que Shaoran me observaba con ansiedad, como si él también quisiera saber la respuesta.
Suspiré, poniendo los ojos en blanco.
—Creo que sí.
Una gran sonrisa apareció en el rostro de Shaoran.
—Entonces eso es suficiente. No volveremos a interponernos entre vosotros —respondió Yelan, levantándose.
Hien también se puso de pie y Shaoran los acompañó hasta la puerta.
Escuché la voz de su madre.
—Tienes que venir a vernos para que hablemos de lo que va a pasar con la empresa.
—Eso ya no me interesa —respondió Shaoran.
Yelan puso una mano en su hombro.
—Eres mi hijo y debes trabajar ahí, ya lo hablaremos más adelante.
Shaoran resopló fuerte y su padre se acercó a él.
—¿Se puede saber por qué te has hecho eso en el pelo?
Me tapé la boca para contener la risa.
—Eso es algo entre ella y yo, no es asunto vuestro —contestó Shaoran.
—¿Has hecho esta gilipollez por ella? —dijo Hien, muy enfadado.
—Y haría otras cien si con eso me perdona.
Escuché los pasos de su padre alejándose, furioso. Poco después, su madre también se marchó y Shaoran cerró la puerta.
