Capítulo 2

Tanya estaba muy molesta con su hermana, siempre habían hablado del momento de deshacerse de la virginidad juntas, como lo hacían casi todo; pero Kate se le había adelantado tomando la iniciativa por su cuenta.

Por otra parte sentía una gran curiosidad por cómo había sucedido, pero se debatía entre seguir enfadada o preguntarle.

Logró una mezcla de los dos.

- No me puedo creer que me hayas dejado sola en esto, yo creía que lo haríamos juntas.

- Tanya, que seamos hermanas no significa que seamos una sola persona, con un solo comportamiento – aclaró Kate – tú eres tú, yo soy yo. Lo hacemos casi todo juntas, ¿Qué más quieres?

- Para mí este momento era importante, me has abandonado – le echó en cara mientras fruncía el ceño y la miraba con el reproche dibujado en las pupilas azules.

- No, no lo he hecho. Si hubiera estado planificado de antemano… pero sencillamente surgió. Sucedió y ya está.

- Y encima con el tío Billy, ¿No te da un poco de… vergüenza?

- La verdad es que no, me vale igual el tío Billy que cualquier otro. Me apetecía, le apetecía y sucedió.

A Tanya comenzaron a empañársele los ojos y Kate se ablandó un poco.

- Venga, no te pongas así, te prometo que la próxima vez te aviso ¿vale?, no te enfades conmigo.

- Si no me enfado – hipó – es que para mí era importante, y tengo tantas ganas que me molesta demasiado seguir siendo virgen. Casi nadie lo es a nuestra edad.

- Mujer, claro que sí, solo tenemos quince años, alguna mojigata habrá por ahí que sí.

- ¿Me estás llamando mojigata?

- Que no, mira, si quieres lo hablo esta misma tarde con el tío y lo arreglamos todo.

- ¿Sí?

- ¿No te excita el tío Billy?

- Hasta esta mañana la verdad es que no, pero ahora reconozco que un poco sí, después de veros, uf, me he puesto malísima, y aún sigo. ¿Cómo ha sido?, cuéntamelo.

Kate se desplazó de su cama a la de su hermana y sentándose frente a ella comenzó a narrar, como si de un cuento se tratase, su experiencia vivida con el tío Billy.

- Todo empezó en el desayuno, yo me levanté con un sueño húmedo pero más caliente que el pan recién salido del horno. Me fui a la biblioteca a buscar algún libro interesante, bueno, no te lo vas a creer – puso cara de misterio - me he encontrado con toda una sección de más de cuatrocientos libros de literatura erótica.

- ¿De veras?

- Sí, lo tienes que ver ¡Es genial! Cogí uno que me parecía sugerente y de leerlo me he puesto tan cachonda que he tenido que tocarme. Estaba casi al punto cuando ha entrado el tío, que llevaba un rato mirándome escondido tras la puerta y me ha dicho que él podía remediarlo mejor que yo, que si me dejaba me iba a comer el coño como nadie, que si su polla experimentada era la mejor de toda la comarca, que si había desvirgado a más de trescientas muchachas… en fin…

- O sea, que ha sido él – frunció el ceño.

- Él lo ha sugerido, yo me he prestado.

- ¿Y cómo ha sido? – preguntó haciendo un mohín.

- Uff, genial, la comida de chocho ha sido bárbara, lo que pasa es que ha llegado un momento en el que yo quería más, me apetecía una buena verga dentro.

- ¿Y cómo la tiene?

- Bueno, a mí me ha gustado, pero me la esperaba un poco más grande, la verdad. No es que yo haya visto muchas, pero creo que las hay de mayor tamaño, debe haberlas más grandes, seguro.

- ¿Y el final?

- Bueno, no ha durado mucho, creía que iba a estar un rato más largo endiñándomela, se ha corrido enseguida. Me ha llenado de leche, un asco. Pero la comida de chocho ha sido bárbara – por un momento se ensimismó rememorando lo sucedido para volver al cabo de un rato a hablar - Oye, ¿quieres probarlo?

- ¿El qué?

- La comida de chocho, ahora que sé cómo se hace te lo puedo hacer a ti. La verdad es que nunca se nos ha ocurrido.

- Oh, qué buena idea.

Las hermanas, aunque desconfiadas y maquiavélicas con los demás, se tenían una confianza mutua que hacía que hablaran sin tapujos, con el corazón abierto. Era tan similar su forma de pensar que sus conversaciones eran idénticas al diálogo interior que las personas corrientes suelen mantener consigo mismas. De ahí la falta de pudor absoluto la una con la otra.

Tanya se levantó las faldas y se bajó la ropa interior y su hermana se esmeró para que ella disfrutara. Y lo hizo, gimió y gimió mientras Kate libaba de su flor más escondida y jugosa.

Entre jadeos, a Tanya se le ocurrió algo.

- Oye, podemos hacerlo las dos a la vez incluso.

- Y ¿Cómo? – preguntó Kate con la boca como si hubiera metido la cara en un melón maduro.

- Tú te pones al revés, así, de lado las dos.

- Sí, eso sí que es una gran idea.

- Sí, muy buena, pero yo seguiré virgen y tú no.

- No seas tonta, eso lo arreglamos enseguida.

Fue la primera experiencia sexual conjunta que tuvieron en sus vidas, la primera de las muchas y placenteras que vendrían después. Consiguieron un orgasmo simultáneo y las dos gritaron con deleite mientras lamían y se relamían.

Al día siguiente urdieron un plan mediante el cual consiguieron convencer a su hermano mayor para que invitara a dos de sus amigos más apuestos. Mediante engaños lograron que aquel desapareciera un rato con una de las sirvientas.

Se arreglaron para la ocasión dejando entrever el mayor volumen de carne posible, especialmente en el escote. Se perfumaron y se maquillaron con delicadeza para que apenas se notara, pero sí tuviera un efecto de atracción sobre sus presas.

Fue fácil, demasiado fácil. Sus dos galanes se mostraron muy predispuestos a la seducción de las gemelas rubias, quienes con sus largos cabellos de oro consiguieron ser penetradas una y otra y vez en uno de los cuartos de invitados. Uno en el cual reinaba una cama kilométrica, en el que se podía yacer fácilmente no cuatro, sino hasta seis personas.

Cuando los muchachos estallaron en éxtasis entre la carne cálida de las hermanas, ellas cruzaron miradas repletas de picardía. Por fin las dos se habían desprendido de aquel lastre que suponía la virginidad. Pero no se habían quedado del todo satisfechas. Cambiaron de posición y de muchacho aunque ellos nunca tuvieron muy claro si se habían follado a una dos veces o a las dos.

Con las mejillas arreboladas y la sonrisa de haberse salido con la suya una vez más, se vistieron y se marcharon a sus aposentos a comentar la jugada y quién sabe si a terminar de darse placer la una a la otra.

Tres años después, no había hombre a cien kilómetros a la redonda, noble o plebeyo, joven o mayor, que las gemelas de Denali no se hubieran pasado por entre las piernas.

Se rumoreaba que los agotaban hasta la extenuación, en alguna ocasión hasta la muerte. Eran perversas y dominadoras en la cama y la mayoría de sus hazañas las llevaban a cabo entre las dos. Les divertía el dolor ajeno y se regocijaban en la humillación de los demás.

Pero eran bellas y sinuosas como gatas, sus ojos azules encandilaban y, como la fama de sus artes amatorias sobrepasaba los límites del condado, se hacían aún más atractivas a los hombres.

En muchas ocasiones, los galanes que fueron a pasar un buen rato terminaron perdidamente enamorados de ellas. Nadie las distinguía, yacer con las gemelas era como cumplir un sueño donde la belleza y el placer se multiplicaba por dos. Por eso, quien les entregaba su corazón, se lo entregaba a las dos a la vez para que ellas lo recogieran e hicieran añicos.

Cuanto mejor se portaba alguien con ellas, más crueles e insensibles eran sus actos. Disfrutaban con la tortura física, pero su verdadera habilidad era la psicológica. Aprovechaban cualquier defecto corporal, cualquier inseguridad masculina o los tópicos a los que temían todos los hombres para infligir heridas en su autoestima.

A ellas les divertía que nadie, ni siquiera su familia, las reconociera. Jugaban con ello, se vestían y se peinaban igual. Mentían a menudo sobre su verdadera identidad; lo mismo decían que eran ellas mismas como que eran su hermana.