Capítulo 3
Bella
Entré a servir en la casa de los condes de Denali cuando tan solo contaba diecisiete años recién cumplidos. No tuve elección. Provenía de una familia paupérrima de siete hermanos, todos ellos menores que yo. Mi padre nos dejó cuando yo aún era una niña y mi madre, con la ayuda de mis hermanas y yo, intentó salir adelante como pudo. Así que en cuanto vio la ocasión de encontrarme una colocación más que aceptable no dudó en enviarme con los ojos cerrados.
A pesar de que procedíamos del más bajo estatus social, mi madre siempre se empeñó en enseñarnos modales y en darnos una mínima educación, que después he agradecido en gran medida. Ni siquiera sé cómo fue capaz de sacar ánimo y algo de tiempo, además del empeño del que hacía gala, para enseñarnos mínimamente a leer. Con lo cual, aunque con lentitud, era de las pocas chicas de la aldea que podían jactarse de haber leído al menos una novela romántica en mi vida.
La casa del conde en realidad era un palacio con sus torres almenadas y extensos jardines. Hasta ahí era lo que sabía, por haber pasado cerca de la valla. Se decía que en sus estancias ocurrían sucesos extraños y que todo el que entraba a vivir allí mudaba su carácter y su personalidad, como si fuera cosa de brujería. Eso a mí me daba miedo; eso y separarme de mis hermanos y mi madre, de mi hogar, de mis amigas; de todo. Porque debía entrar como interna y vivir allí para siempre. Obviamente libraría dos días de cada quince y podría visitar a mi familia. No obstante, era regla estricta de los condes que, durante los primeros noventa días, los nuevos sirvientes estaban a prueba y no podían salir del recinto del castillo.
Tres meses sin los míos me parecía demasiado, pero estaba claro que todos los jóvenes que trabajaban en la casa se veían contentos y satisfechos con su empleo. Nunca hablaban de él, estaba prohibido, pero llevaban buenas sacas de monedas que permitían a sus familias vivir con dignidad.
Solo al pensar que con mi esfuerzo podría dar de comer a mis hermanos algo más que leche aguada y sopa de verduras se me henchía el corazón de alegría. Además, estaba dispuesta a esforzarme todo lo que fuera necesario para que el conde y sus hijos estuvieran satisfechos conmigo y lograr pronto un ascenso. Si pudiera, intentaría ahorrar lo suficiente para que al menos el chiquitín, mi querido Seth, pudiera estudiar, hacerse médico u hombre de leyes. Qué contenta me pondría. Tan solo tenía seis años pero yo iría apartando una parte de mi jornal para su porvenir. Así, cuando mi madre enfermara con la edad, tendríamos un doctor en casa al que no haría falta pagar para atenderla. No como ocurrió con mi padre, que murió desatendido por no poder hacer frente a los honorarios miserables de un médico.
No sabía si estar contenta o triste, si reír o llorar. De hecho, en la semana que restaba para incorporarme a mi nuevo trabajo, hice las dos cosas. Mi madre, tan sabia y tan cariñosa, intentó infundirme ánimo y me hizo ver la situación como ella lograba hacerlo siempre, con ilusión y alegría.
Durante esa semana estuvo cepillándome mi cabellera morena dos veces al día, me obligó a lavarla con vinagre a diario y me enseñó a recogerla con elegancia. Debes cuidar tu aspecto, es muy importante, me decía. También me obligó a echarme potingues que fabricó con aloe vera y aceite y a ponérmelos en la cara. Tu rostro debe lucir siempre hermoso, tu piel debe seguir siendo tan blanca y lustrosa, cuídala. Lávate y perfúmate a diario. Me sorprendía que, de repente, decidiera que el aseo personal y el aspecto físico era importante, cuando siempre andábamos como pequeños cochinillos de pocilga, con la cara sucia y el pelo enmarañado, pero entendía que en la mansión del conde de Denali todo eso era de suma importancia.
Cambió toda una semana de noches de labor con la aguja por un perfume de mandarina que iba que ni pintado con mi carácter. Nada más olerlo lo sentí como parte de mí. Desde hacía ya tiempo la pobre mujer hacía horas extra para coserme un par de vestidos la mar de elegantes, sencillos, pero muy bonitos.
Se ofreció a llevarme el hijo del sastre; Mike, se llamaba. Un chico rudo de manos grandes y callosas pero de carcajada fácil. Era unos años mayor que yo y sabía que me rondaba desde hacía unos meses. En otras circunstancias mi madre jamás hubiera permitido que estuviera sola con un hombre más de una hora, que era lo que duraba el camino en carro por el medio del bosque, hasta el castillo del conde. Pero debía presentarme allí puntualmente y no había dinero suficiente para que comieran mis hermanos, como para gastarlo en mi viaje.
Mike iba callado todo el rato, se le notaba tenso y nervioso. Intenté en un par de ocasiones comenzar una conversación distendida, pero en ambas me contestó con gruñidos que aspiraban a ser monosílabos. No me importó demasiado y me perdí en mis ensoñaciones.
El camino se fue escarpando. Al pasar por una zona boscosa, el traqueteo del carro y la penumbra en la que nos sumieron los árboles me adormecieron un rato y me recosté en el carro. Al clarear de nuevo la espesura arbórea, los rayos del sol de la primavera recién nacida me acariciaron el rostro y me sentí afortunada. Me gustaba ese sol tenue que calentaba sin quemar. Me subí la falda hasta las rodillas para que me diera el sol en las piernas. La luz también se colaba entre mi cabello haciéndolo brillar con bonitos reflejos. Me gustaba mi pelo largo, a pesar de que en el pueblo los muchachos se reían de mí. Decían que daba mala suerte, pero no era cierto, yo siempre tenía mucha suerte y la prueba era mi nueva ocupación profesional.
Aunque llevaba los ojos medio cerrados por el ensimismamiento, noté cómo Mike me miraba de reojo. Le presté atención sin que se diera cuenta haciéndole creer que iba dormida. Primero me miró las piernas recreándose en ellas, hasta que se dio cuenta de que el traqueteo del camino hacía que mi pechera bailara al son. Fue cuando no pudo separar sus ojos de mis pechos, parecía como si se le fueran a salir de las cuencas.
Lo que sí que no me esperaba era que se armara del valor suficiente como para deslizar una mano sobre mi rodilla e introducirla lentamente bajo mi falda y sobre los muslos. Di un respingo. Una cosa era que le dejara mirar, me sentía incluso halagada por ello, pero otra muy distinta era que pudiera tocar. Mi virtud era algo sagrado, eso sí que lo tenía yo muy claro.
Le aparté la mano con delicadeza para no avergonzarle demasiado.
- Venga, si te gusta – me dijo el descarado – sé que te gusta.
- No vuelvas a ponerme una mano encima – le dije ya más hosca.
- Sé que lo estás deseando, todas lo estáis deseando siempre aunque no lo queráis admitir – insistió mientras volvía a meter la mano de nuevo bajo mi ropa, esta vez con más brusquedad.
- Habla por otras, yo no estoy deseando nada, déjame – volví a retirar con violencia su mano - ¿Te crees que porque te hayas ofrecido a llevarme tienes derecho a tocarme?
Pero no dijo nada. Simplemente paró el carro y se abalanzó sobre mí, esta vez metiendo la mano hasta el inicio de mis muslos y sobándome con descaro y suciedad. Cogió una de mis manos y la llevó hacia su entrepierna que, de lo dura, parecía que iba a reventar los calzones. Intenté zafarme de su abrazo asqueroso, pero era un hombre fuerte y grande y tenía todo su peso sobre mí. Fue babeándome el cuello y bajando hasta mis pechos. Parecía que había perdido la cabeza, se le puso cara de loco y sonrisa de ido. Agarró con ambas manos mis senos y metió entre ellos la cara. Yo notaba su lengua caliente y babosa en el escote. Por más que intentaba zafarme de él me resultaba imposible. Le lancé patadas y arañazos, puñetazos y hasta le escupí, pero él seguía imbuido entre mis tetas, mientras apretaba su miembro duro contra mí.
Hasta que, en uno de los puñetazos que le propiné por la espalda, me tropecé con el cuchillo que llevaba sujeto en su cinturón, lo desenvainé y con gran determinación lo puse sobre su cuello con violencia, mientras le amenazaba con rebanárselo sin miramientos.
Se fue separando de mí con lentitud, pero yo seguí acariciando su yugular con el filo del cuchillo. La rabia me aceleró el corazón y, por un momento, tuve un gran deseo de hundir la hoja afilada en su carne, solo para ver manar la sangre. Me quedaría allí mientras que siguiera saliendo a borbotones, densa y caliente y hasta que aquel patizambo exhalara su último aliento.
Pero pude contener mi impulso. Me contenté con deslizar la navaja suavemente sobre su piel, como una caricia, mientras le miraba a los ojos con rabia contenida. Una roja raya surgió de su cuello y comenzó a gotear lentamente. Él se llevó la mano a la garganta y luego la miró horrorizado al verla cubierta de sangre.
- No es nada imbécil – le solté con toda la violencia que fui capaz de sacar de mi voz – pero ten por seguro que, si vuelves a intentarlo, te desangras antes que un cerdo en una matanza.
El resto del camino fue refunfuñando para sus adentros. Yo no era capaz de adivinar qué estaba diciendo, pero por si acaso no bajé la guardia y mantuve mi mano firme agarrando el cuchillo para que él lo viera. Muy cerca ya de la mansión del conde me miró y me dijo:
- No sé por qué te haces la estrecha cuando te diriges a servir a una casa como ésta.
- Y yo no sé a qué te refieres ni me importa.
- Podías ser buena y pagarme el favor con una… - le dio vergüenza seguir.
- ¿Con una qué? - dije yo toda inocente.
- Con una… ya sabes… con una mamada – se atrevió finalmente.
-¿Y eso qué es?
-¿Pues qué va a ser? tonta, creí que eras un poco más espabilada, ya tienes diecisiete años, deberías saber qué es una mamada.
- Pues no, no lo sé, y sea lo que sea no pienso hacerlo.
- Una chupada de verga. Venga ¿Qué te cuesta?
- ¿Qué dices? ¡Asqueroso! ¿Qué te chupe la verga? Ni muerta te hago yo eso.
- Ya, claro, pues te vas a hinchar a partir de ahora.
- ¡Eres un cerdo repugnante!
Y en esa conversación tan desagradable estábamos cuando la visión del majestuoso castillo nos calló a los dos. Las dos almenas se alzaban imponentes hacia el cielo. El color rojo de tejado y de las repisas resaltaba con gran elegancia sobre el enladrillado color crema de la fachada.
Desde allí se podía ver toda una alfombra verde de hierba bien cuidada. Y más próxima a la casa, los jardines rebosaban de macizos de flores de llamativos colores. La verja de la entrada también imponía cierto respeto, alta y negra, con volutas enrevesadas que, además de impedir el paso, pretendían imitar la elegancia de las enredaderas.
Bajé del carro y sin despedirme de Mike, ni tan siquiera mirarlo, empujé la verja. Tuve que emplear toda mi fuerza hasta que finalmente se movió lo suficiente como para que mi cuerpo entrara. Me deslicé dentro y seguí el camino de gravilla blanca. Al rato escuché como el carro daba media vuelta y continuaba su camino en sentido inverso. Hasta nunca cerdo Mike, pensé para mis adentros, para olvidarme de él un segundo después.
A ambos lados de la senda se extendían vastas praderas de hierba, salpicadas de árboles centenarios y solitarios. A veces en grupos de dos o tres, que ofrecían generosas y agradables sombras que invitaban a la abandonarse a la pereza.
Conforme me iba acercando al caserón, éste se iba haciendo aún más imponente. Sus ventanas refulgían al ser iluminadas por el sol. Empecé a sentirme ansiosa, aunque muy contenta.
Hacia la izquierda divisé lo que parecía un estanque de aguas verdes, rodeado de árboles y juncos. Diversas aves acuáticas, especialmente ánades y alguna garcilla, merodeaban por los alrededores. Aquello era aún más bonito de lo que jamás pude imaginar.
Al ver las dimensiones del caserón también se me pasó por la cabeza la ingente cantidad de estancias que debía contener en su interior y la de gente necesaria para limpiarlas y atenderlas. El trabajo debía ser duro. Ya me habían dicho que emplearse en la casa del conde no era nada sencillo. Ellos vivían bien, pero sus sirvientes trabajaban de sol a sol. Pues claro y ¿Qué esperaba? La gente pobre sirve a la gente rica. Ésta ordena y manda y los demás obedecen. Siempre ha sido así y siempre lo será.
Así que bien contenta debía estar; la otra opción que me quedaba era deslomarme en el campo o en alguna granja de los alrededores, pero en ningún sitio me pagarían como aquí. Otras se habían dado a la vida fácil, a abrirse de piernas por una moneda ante cualquier indeseable que quisiera gastársela. Eso sí que era denigrante. Mi padre decía que el trabajo dignificaba, así que mejor que no me faltase. Si debía trabajar catorce horas seguidas, pues catorce horas que trabajaría, lo que dijera el conde.
Estaba a punto de llegar a la casa y todavía no había visto ni un alma en los alrededores. Me parecía extraño. Con el buen tiempo que hacía y nadie disfrutaba de aquella preciosa incipiente primavera.
Hasta que escuché un relincho y los cascos de un caballo desbocado que venía al galope hacia mí. Si no me hubiera apartado en el último momento, el animal me hubiese arrollado. Era un ejemplar negro y brillante, precioso, muy diferente a todos los que yo había visto anteriormente.
Tras él corría un muchacho muy apuesto, con la camisa medio abierta. Al pasar junto a mí se detuvo para preguntarme entre jadeos si me encontraba bien. Le contesté que sí y volvió a salir corriendo tras el animal.
Era un chico de unos veinte años, cabello de un extraño color bronce y ojos preciosos. Su mirada oscura y almendrada me penetró hasta el alma, dejándome un poco turbada.
Lo vi correr a toda velocidad tras el caballo y no aparté la vista hasta que lo alcanzó. No supe bien por qué, pero me puse contenta cuando lo consiguió y me di cuenta de que el corazón me repiqueteaba fuerte en el pecho. Una vez agarrado el animal, se volvió para observarme. Aunque lejos, pude percibir la fuerza de su mirada. Me avergoncé sin saber muy bien por qué y, ojeando el suelo, seguí caminando.
Justo al llegar cerca de las escalinatas que daban paso a la puerta principal del castillo, ésta se abrió dejando escapar a una mujer alta y de complexión fuerte que me miró con expresión ceñuda.
- Tú eres Bella – afirmó más que preguntó.
- Sí, señora – respondí intentando sonreír.
- Ven, pasa, pasa – me agarró con fuerza del brazo mientras me introducía a empujones en la casa.
Por un momento me cegó el cambio de luminosidad existente entre el exterior y el interior del castillo, pero duró poco, dado que la entrada al mismo contaba con grandes ventanales, todos ellos con las cortinas descorridas.
Me quedé realmente sorprendida al entrar en aquella estancia donde el lujo que pude haber imaginado no llegaba ni a la mitad de lo que en realidad me encontré.
Alfombras y muebles de maderas nobles, jarrones con flores frescas por doquier y elegantes estatuas de mármol blanco, consiguieron que mi boca fuera incapaz de cerrarse y que mis pies, a pesar de los empujones de la señora que me dirigía, no lograran moverse.
Lo que más me impresionó fue la monumental escalera del final de la estancia, de piedra blanca e impoluta como las estatuas, que brillaba con luz propia. La baranda también era de mármol, si bien, la negrura intensa del pasamanos de madera de ébano, destacaba con suma elegancia sobre ella.
Una fina alfombra de motivos florales, donde destacaba un rojo vivo sobre un verde alegre, bajaba como una cascada de seda por el centro de cada uno de los escalones.
En la planta de arriba, por la baranda, se asomaron dos muchachas rubias de largos cabellos y lujosos vestidos que me miraban con, lo que consideré, excesiva curiosidad y descaro desmesurado. Iban vestidas con elegantes vestidos caros, de los que lleva la nobleza. Era obvio que eran señoritas de la casa, no sirvientas. Cuchicheaban mientras me observaban, sin ningún pudor, aun sabiendo que yo las había visto. Las miré un poco mejor, serían más o menos de mí misma edad, tenían la tez nívea, eran altas y esbeltas y… eran iguales… exactamente idénticas, como si una fuera el reflejo de la otra. Incluso sus movimientos eran parejos. La curiosidad les duró poco y se retiraron cuchicheando entre risitas. No me cayeron bien, eran como de otro mundo.
Volví a fijarme en los techos altos, los cortinajes espesos, las vidrieras de colores y las pinturas que adornaban las paredes. Todo aquello era realmente espectacular; jamás pude imaginar que tanto lujo reunido pudiera existir. En este pensamiento estaba cuando la mujer que me guiaba me agarró del brazo y tiró de mi aún con más fuerza, mientras me hablaba con su voz regia y su corte autoritario.
- Muchacha, ya tendrás tiempo de admirar todo esto. Ya verás cómo te gusta menos cuando tengas que sacarle brillo y limpiar la alfombra de rodillas. La limpieza y el orden son la principal regla de esta casa. Y la obediencia, por su puesto, ah, y la sumisión absoluta, que va íntimamente ligada a la obediencia. Muéstrate sumisa y dispuesta, haz tu trabajo y obedece. Y te irá bien aquí. No lo hagas y durarás lo que un suspiro.
No sabía muy bien de qué me estaba hablando o si lo entendía, pero yo asentí con la cabeza sin terminar de creerme todavía donde me encontraba y la gran suerte que tenía. Ella seguía hablando.
- Por cierto, soy la señora Jessica, ama de llaves de esta santa casa – titubeó para rectificar – de esta casa, que de santa no tiene nada ¡Por Dios! Todo, absolutamente todo, pasa por mí. No sucede nada de lo que yo no me entere – se paró y me miró fijamente - ¡Mírame a los ojos! ¿Los ves? – sus ojos eran de un marrón oscuro opaco, no se veía su pupila. La mirada era dura y autoritaria. Asentí – Pues no son los únicos ojos que tengo, tengo ojos y oídos por toda la casa – comenzaba a gesticular desmesuradamente con manos y brazos – todo esto se mantiene gracias a mí, a mi dirección, a que soy la primera que se levanta y la última que se acuesta en este castillo. A que llevo tantos años aquí que creo que jamás conocí otro lugar. Todo debes consultármelo a mí – volvió a detenerse - ¿Entiendes? – asentí; como para no hacerlo – pensé para mis adentros.
Continuamos andando a paso ligero por los recovecos del castillo. Habíamos salido de la parte noble y se notaba que nos encontrábamos en la zona de la servidumbre. Era este lugar más humilde, sin tanto lujo, pero mucho más cálido y confortable.
Entramos en una sala que parecía el lugar de reunión de los sirvientes. Era amplia y en ella había sillas distribuidas por toda la estancia. Cuando entré, todas las miradas se dirigieron a mí. Me estaban esperando. Me observaron con curiosidad. Unos sonrieron y otros se mostraron más serios.
La señora Jessica hizo las presentaciones oportunas y todos me saludaron. Fue todo tan rápido, y yo estaba tan nerviosa, que no retuve en mi memoria ningún nombre. Pero las caras sí, y la impresión que me produjeron esos primeros momentos también.
El ama de llaves llamó a dos de las muchachas y me dirigieron a otro cuarto, este mucho más pequeño, donde había una pila de piedra en el centro, llena de agua humeante.
- Desvístete y quítate esos harapos niña – dijo la señora Jessica.
Me sentó mal. Llamaba harapos al mejor vestido que me había hecho mi madre la semana anterior. Me acordé de ella y del tiempo que estaría sin volver a verla y me entró nostalgia. Pero la rabia fue mayor que la tristeza y no pude evitar replicar.
- No son harapos, es un vestido decente y muy bonito – dije mientras alisaba la falda que se había arrugado en el viaje.
El ama de llaves me miró de arriba a abajo con cierto desprecio. Me rodeó y, por la espalda, desgarró el vestido, haciendo saltar todos los botones por el suelo.
- Harapos niña, esto no es un vestido, olvídate de él y de todo lo que tienes fuera, por tu bien – y mientras yo me sujetaba los restos de la vestimenta sobre el pecho ella siguió empeñada en despojarme de mi vestido hasta dejarme en ropa interior.
Al dejar mi desnudez al descubierto las tres se quedaron mirándome con los ojos abiertos y una exclamación en la boca. Yo me cubría los pechos con pudor.
- Vaya, vaya – exclamó la señora Jessica - ¿Pero qué tenemos aquí? – Me dijo mientras me retiraba los brazos – ¡Vaya par de tetas más bien puestas! – Abarcó con sus manos mis pechos y los estrujó para sopesarlos después – las tenías muy bien escondidas tras ese vestido. ¿Y estos pezoncillos? –Los pellizcó con fuerza varias veces hasta que se me quedaron duros, me desagradó – yo sé de unos cuantos a los que éstos les va a gustar mucho, pero que mucho, mucho – y de su garganta salieron carcajadas que parecían graznidos de cuervo.
Las dos muchachas se rieron a la vez, mientras no dejaban de observarme de arriba a abajo. Me obligaron a desprenderme también de las braguitas y me observaron con más curiosidad aún. La señora Jessica me miró el pubis y tiró del pelo marrón rojizo que se enraizaba ahí.
- Interesante, niña, esto hay que quitarlo, aunque… con ese color, no sé qué hacer, la verdad, nunca había visto un chocho marrón y el color de la calabaza, así, tan anaranjado. ¿Vosotras qué creéis? ¿Lauren?
- Bueno, quitémoslo todo, ya habrá tiempo de que vuelva a crecer. Nos va a llevar un rato – dijo mientras miraba con cara de asco mi axila y pasaba un dedo por la pelusilla de mis piernas.
-¿Y de aquí cómo vamos niña? – El ama de llaves introdujo sin delicadeza ninguna un dedo en mi vagina, di un respingo ante lo que me parecía una invasión total a mi intimidad y le retiré la mano – oye, oye, no seas tan remilgada, ¿Acaso crees que voy a ser la única que se meta ahí?
Me asusté de veras, no sabía qué quería decir con eso, ¿Acaso entrarían todos a toquetearme como había hecho ella? ¿Pero qué sucedía en aquel lugar? O mejor dicho, ¿Qué no sabía yo, que todo el mundo parecía saber? Empecé a creer que me había metido en un antro de perversión. Y empecé a dudar de si mi madre sabía todo esto. Y ¿Cómo no iba a saberlo? Me entristeció saber que posiblemente ella lo conociera todo y, a pesar de ello, me había enviado a aquel lugar.
Igual me estaba imaginando yo demasiados cuentos de terror. Mi madre siempre nos había hecho defender a capa y espada nuestra virtud, era imposible que me hubiera enviado a trabajar a una casa de perversión. En todas las casas de ricos a los amos se les va un poco la mano, mejor que se vaya para acariciar que para pegar. Posiblemente se referían a eso. Tenía unos pechos bonitos y seguramente al conde o a sus hijos les gustaría. Eso no era malo. Les dejaría que los miraran, o que los tocaran un poco, tampoco había nada de malo en ello ¿O sí? La verdad es que estaba hecha un completo lío.
Allí había muchachas como yo, incluso alguna más joven, se les veía contentas, parecían personas normales. Menuda imaginación la mía. Volví al presente y de nuevo me encontré a la señora Jessica mirándome con ojos de asombro, como si hubiera visto a un fantasma. Era una mujer desagradable. Graznó de nuevo:
- Pero hija mía, ¡¿Eres… - se le atragantó la palabra en la boca – eres… ejem, eres virgen?! – las dos sirvientas me miraron con asombro también. En realidad afirmaba, no preguntaba.
- ¡Pues claro que soy virgen! – exclame cargada de razones.
Las chicas comenzaron a reír, primero flojito y después estallaron en carcajadas. El ama de llaves les regañó y las hizo callar.
- Hija mía, esto es más serio de lo que parece si pretendes quedarte a servir en esta santisim… en esta casa. Por el amor de Dios, ¿En qué estaría pensando tu madre? ¿Acaso no es de sobra conocida la promiscuidad que reina en este castillo? – Volvía a hacer exagerados aspavientos con las manos – menuda responsabilidad la mía. ¿Y qué hago ahora contigo?, ¿Te envió a casa?
- ¡No, eso no por favor!
- Con lo bellísima que eres, con el cuerpo que tienes, pero si eres lo más parecido a una diosa del deseo que he conocido. Te tengo que devolver a tu casa, antes de que me des más problemas.
- ¡No!, por favor – se me saltaron las lágrimas solo de pensar en la cara de decepción de mi madre y mis hermanos al verme llegar un día después de haberme marchado – me portaré bien, haré lo que sea.
- ¿Lo que sea?
- Sí, lo que sea, se lo prometo.
Me pareció ver como asomaba a su rostro un esbozo de sonrisa triunfal que se quedó en una mueca silenciosa.
- Está bien, veré lo que podemos hacer, pero desde luego tienes que renunciar a tu virtud cuanto antes.
Me planteé qué era lo que hubiera decidido mi madre. Estaba claro que si en aquella casa no se podía ser virgen, algo que aún no terminaba de entender, ella lo sabía de antemano. Con lo cual, su intención desde el primer momento era que me desprendiera de lo que siempre me había dicho que cuidara con celo. Estaba hecha un lío. Supongo que la virtud era importante, pero no más que el hambre. Porque hambre era lo que padecíamos y con ella quería acabar mi madre para siempre. Asentí con la cabeza, aunque al hacerlo me invadió un pánico terrible.
- Llamad a Edward – gritó desde la puerta la señora Jessica – y que venga limpio, tiene faena.
Terminaron de asearme. Con una cera especial, que olía a miel, retiraron el vello de prácticamente la totalidad de mi cuerpo. El proceso resultó ser doloroso y desagradable, pero una vez bajó el enrojecimiento de la piel, mis piernas quedaron suaves y blancas, muy agradables al tacto.
Me dieron ropa de trabajo nueva, bonita y elegante. El negro del vestido era muy puro y el blanco de la cofia de una claridad inmaculada. El tejido se notaba de gran calidad y entonces entendí el porqué de llamar harapos a mis hatos.
Me sorprendió gratamente lo de contar con una habitación individual para mi sola. En realidad era una celda estrecha en la que apenas cabía la cama y un pequeño armario, pero jamás había tenido tanta intimidad en mi vida y eso me gustaba. La ventana daba a la parte posterior de la casa, al este, por donde salía el sol. La dejaría abierta para que los primeros rayos me despertaran con sus caricias.
Guardé mis escasas pertenencias en el armario y admiré la limpieza de la ropa de cama, la pulcritud del cuarto. Volví a animarme.
Me miré el en el reflejo del cristal de la ventana. Nunca me había planteado si era guapa o no, pero en ese momento creí que sí. Mis ojos chocolate llamaban la atención, al igual que mi piel blanca y mi pelo marrón con reflejos rojos. Había quien se alejaba de mí por eso de que las pelirrojas damos mala suerte, pero no solían ser los hombres precisamente.
Llamaron a la puerta. Era una de las muchachas que me habían estado aseando. Era un poco más bajita que yo, y algo más vasta. Vestía colores naturales en las mejillas y sus ojos, aunque pequeños, eran vivos y avispados. Sería más o menos de mi edad, un poco mayor quizás. La invité a pasar con una sonrisa que me devolvió enseguida.
- Hola Bella, solo quería charlar un poco contigo.
- Claro, ven, pasa.
- Verás, yo llegué hace un año y sé lo duro que son los inicios, me caes bien y por eso me gustaría que fuéramos amigas, aquí no te puedes fiar de todo el mundo.
- Pues, claro, me encantaría que fuésemos amigas.
- Verás, en esta casa nadie tiene la cabeza en su sitio, están todos… - hizo el gesto de la locura con el dedo cerca de la sien y torció los ojos en una mueca divertida, que me hizo reír – no, en serio, es un trabajo duro, pero hay que aguantar, son los amos, los que pagan y, si quieres estar aquí, tienes que tragar con todo.
- Y si es así de duro, ¿por qué aguanta la gente?
- Bueno, ya lo verás, lo pagan muy bien, mejor que cualquier trabajo que puedas tener fuera, solo hay que acostumbrarse. Además, no se sabe por qué, pero al final terminas cogiéndole el gustillo.
- Pero no termino de comprender qué es o qué hay que aguantar.
- Ja ja ja ja – ahora fue ella la que rió a carcajada limpia – ya veo ya, eres muy inocente, tienes que espabilar. En esta familia la promiscuidad es su rasgo más característico. El peor es el viejo, a sus setenta y cinco años tiene la polla que parece la de un chaval de quince, pero te suele tratar bien, te hace gozar. Creo que tú le vas a gustar mucho, le gustan las tetas grandes y redondas, duras, así como las tuyas.
Yo no podía creer lo que estaba oyendo, me lo debió notar en la cara.
- Si te digo esto es para que no te lo encuentres de sopetón, mejor ir preparada ¿no? Y al fin y al cabo eso es lo que quiere también la señora Jessica, que no te desflore el viejo o cualquiera de sus hijos o nietos, mejor alguien más delicado. Ya verás, Edward es un buen chico, es grande y parece bruto, pero folla como los ángeles. Tienes suerte. – Me guiñó el ojo en un gesto de complicidad.
Yo me quedé con ganas de saber más, pero llamaron a la puerta y Alice, que así se llamaba mi nueva amiga, se levantó de un salto; entreabrió la puerta, me miró y sonrió.
- Aquí está tu galán, disfrútalo.
El corazón se me puse a mil y me entró verdadero pánico. Esto no era lo que yo quería. Alice se escurrió por la puerta sin despedirse y se asomó una cabeza ya conocida.
