Capítulo 4

Edward era el chico del caballo que había visto esta mañana. No sabía por qué, pero un suspiro de alivio me llenó y vació el pecho, quitándome algo de miedo.

Tenía los ojos almendrados, oscuros y profundos. Esbozó una sonrisa reprimida, como forzada. Me dio la sensación de que estaba igual de incómodo que yo. Pasó con un simple hola y sin pedir permiso. Al fin y al cabo venía a cumplir un cometido.

Yo me senté en la cama, en la parte de la almohada, lo más lejos que pude de él. Él se apoyó en la pared con aire de interesante; al menos no se iba a abalanzar sobre mí.

Llevaba una camisa blanca, tan impoluta como mi cofia. Los dos primeros botones estaban desabrochados, dejando entrever parte del vello del pecho, rizado y broncíneo como el de la cabeza.

Se quedó allí parado, recorriendo con curiosidad mi cuerpo de arriba a abajo con la mirada, sin pudor. Noté en sus ojos que lo que veía le gustaba y eso me agradó. Yo también lo miré a él por todos lados, incluso creí que mis ojos se introducían por su ropa descubriendo cada pedazo de su piel. Era grande y una musculatura fuerte se adivinaba bajo la camisa. Los pantalones se le ceñían a los muslos e intuía un trasero prieto. Era muy atractivo; me lo pareció aún más que la primera vez que lo vi.

Se acercó un poco y se sentó en el extremo contrario de la cama en el que yo me encontraba. Por una parte deseé que se acercara a mí, me apetecía olerlo. Pero, por otra, me hubiera gustado salir corriendo, huir de allí para no volver jamás. No sabía a ciencia cierta qué pasaría esa noche.

- ¿De dónde eres? – preguntó con voz dulce y suave.

- De Forks

- Vaya, yo soy de la aldea de al lado.

- ¿De Villa Norte?

- No, ja ja ja ja – rió con sinceridad y su carcajada sonó a campana de catedral – de Villa Sur, no quiero saber nada con los de Villa Norte, son todos unos bandidos y unos bribones.

- Entonces supongo que en algún momento hemos sido vecinos.

- Sí, quizás hace unos años, antes de empezar a trabajar aquí.

- ¿Cuánto tiempo llevas en esta casa? – pregunté curiosa.

- Con este año ya son… cinco – contó con los dedos – vaya, cómo pasa el tiempo.

- ¿Y te gusta trabajar aquí?

- ¿Qué si me gusta?, me encanta – se acercó un poco hacia mí, disimuladamente – creo que es el mejor lugar para trabajar del mundo. Buena comida, buen sueldo, un trabajo divertido, me encantan los caballos, y algún extra de vez en cuando, es estupendo. ¿Y a ti? ¿Te gustan los caballos?

- Sí, me encantan, aunque solo de verlos, no he montado nunca en caballo.

- ¿Te gustaría montar alguno? – se acercó aún más.

- Pues… sí, supongo que sí, si no es peligroso – contesté nerviosa por su proximidad.

- Un día nos escapamos un rato y te montas conmigo – al decir aquello guiñó de una forma especial, casi imperceptible – te gustará. ¿Sabes? – dijo cambiando de tema

-¿Qué?

- Eres una muchacha muy guapa. Con esa cara podrías conseguir lo que quisieras de un hombre.

Al decir esto se aproximó tanto a mí que pude olerlo. Olía a jabón y a ropa limpia. Y también a piel cálida. Olía al recuerdo de mi padre. Sus ojos brillaban y me observaban con interés. Alargó la mano y cogió un mechón de mi cabello. Lo enroscó en el dedo. Me sonrojé.

- Tienes un color de pelo precioso, tanto como tus ojos –jugueteó con mi cabello.

Apenas atiné a decir un gracias, que salió de mi boca como un suspiro. Aproximó su boca a la mía tanto que respiré el aire que él exhalaba. Esperaba un beso, mi primer beso. Y lo deseaba, pero no llegó. Con la punta de su nariz rozó la mía y la fue deslizando lentamente por mi mejilla, la cual se incendió de repente. Sus labios también me rozaban, pero no dejaban tras de sí ningún beso.

Sus dedos fuertes me agarraron la nuca, abarcando con sus manos toda mi cabeza. Deslizó la nariz hasta mi oreja y allí jugueteó un rato mientras escuchaba su respiración cálida y entrecortada.

Parecía tranquilo, pero de su ser emanaba cierta ansiedad contenida que lograba transmitirme. El corazón se me había acelerado de nerviosismo pero, si en ese momento hubiera dicho de irse, le habría atado a los pies de mi cama.

Mi mente tenía miedo, pero mi cuerpo me exigía que disfrutara aquel momento; me prometía algo mágico. Fue cuando él decidió acariciar con la lengua los bordes de mi oreja de forma pausada. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo al sentir aquella caricia tibia. Después fue lamiendo el lóbulo y la parte interior de mi oreja; me hacía cosquillas agradables. Cambió la respiración, en vez de respirar por la nariz, lo hizo con la boca, para que sintiera el calor que desprendía su resuello. Me susurró: eres hermosa, muy hermosa y te deseo. Al decirme aquello mis pezones se electrificaron y noté cómo se pusieron duros al instante.

Bajó hacia el cuello y retiró un poco mi camisa para que no le molestara en su bajada. Solté un pequeño gemido totalmente involuntario y paró. Me miró directamente a los ojos, le refulgían, como si una bestia indómita luchara por salir de ellos. Él sí que era hermoso, con esa nariz tan recta y esos labios gruesos que brillaban por la saliva, entreabiertos, con tantas palabras bonitas guardadas en su interior.

Sin mediar palabra cerró los ojos y me besó en la boca mientras me atraía para sí de nuevo sujetándome la cabeza por detrás. Entreabrió los labios y yo hice lo mismo de forma natural. Introdujo en ella su lengua lentamente; la punta primero, y después el resto. La movía dentro despacio, bailando con la mía, la cual se movía sola, como si tuviese vida propia.

Mi mente se había marchado con ese beso, ahí dejé de pensar y mi cuerpo tomó las riendas. Tenía una boca tan apetitosa que la mordisqueé con cuidado y pasé mi lengua por toda ella, por dentro y por fuera. Rodeé su enorme torso con mis brazos, que se quedaban escasos para tanto hombre.

Me abandoné al deseo que crecía a pasos agigantados. Lo ansiaba cada vez más, a todo él, con codicia; pero no veía la forma de saciarme, era como si cada vez quisiera más y no pudiera obtenerlo. Mis manos se volvieron locas intentando tocarlo, sin saber muy bien qué hacer. Me desesperé un poco al notar un sofoco interior que no cesaba de crecer. Estaba respirando rápido.

Él paró, volvió a mirarme y dijo shhh, shhh, como seguramente le decía a los caballos para calmarlos.

- Tranquila, déjame a mí – me susurró – besas tan bien… Bella.

Pero sus palabras, en lugar de calmarme me pusieron aún más tensa. Escuchar mi nombre en su boca sonó más dulce que nunca y esta vez fui yo quien lo besé sin pudor.

Nos besamos largo y tendido mientras él soltó la lazada de mi cofia y desabrochó, uno a uno, con maestría, los botones de mi vestido, que cayó hasta la cintura dejando mis pechos al descubierto. Por primera vez fui consciente de que realmente eran grandes y en la penumbra se veían blancos como la leche. Los pezones me picaban y lo miraban directamente, totalmente enhiestos. Dejó de besarme para mirarlos y vi con satisfacción cómo le entusiasmaron.

- Por Dios, ¡Qué tetas tan magníficas! – exclamó, mientras ambas manos abarcaban mis voluptuosas redondeces con afán.

Abandonó mi boca para chuparme los pechos con avidez, como si pretendiera darse un atracón de ellos. Primero pasó la lengua alrededor del pezón derecho para luego metérselo en la boca entero y succionar cual infante mamando. Aquello me provocó una oleada de placer inmenso y mi entrepierna comenzó a arder de repente. Luego lo mordisqueó y pasó al otro mientras que con las manos manoseaba el resto.

Yo seguía queriendo cada vez más, sin saber realmente de qué era mi apetito. Quise restregarme con él e intenté desabrochar los botones de su camisa, pero estaba ansiosa y no atinaba a hacerlo con ligereza; solo conseguí abrir el primero.

Me tumbó boca arriba en la cama, se desabrochó él mismo la camisa y se echó sobre mí mientras volvía a besarme en la boca. Yo deslicé la camisa por sus hombros y, mis manos se llenaron de una visión prodigiosa. Acaricié con los ojos cerrados sus brazos, su espalda, su cuello. Su carne estaba prieta y tirante, muy caliente y especialmente suave. Me retorcí bajo su peso, quería meterlo dentro de mí, comérmelo a bocados, y aun así, dudaba de que eso me dejara satisfecha.

Volvió a bajar por mi cuello arrastrando tras de sí una estela de besos de lo más placenteros e incendiarios. Pero aquello era solo el principio, jamás, en mi inocencia, podría haber imaginado los placeres que puede experimentar el cuerpo en tan solo una noche. Mamó de nuevo de mis pechos mientras restregaba su entrepierna contra mí.

Yo había cambiado y lavado a mis hermanos menores, sabía perfectamente cómo era el aparato reproductor de un varón, o creía saberlo hasta ese momento, porque el tamaño del de Edward, así, sobre la ropa, ya me pareció inmenso.

Bajó hacia el ombligo y allí se detuvo un rato, con la lengua haciendo círculos alrededor y dejando un reguero de saliva que, al contacto con el aire, me provocaba un frío extraño. Introduje mis dedos en los caracoles de su pelo.

Tiró hacia abajo de mi vestido y lo deslizó por mis caderas y mis piernas, hasta dejarlo en el suelo. Arrastró con sus manos una de mis medias, desde la base hacia abajo, despacio, con una caricia intensa y luego hizo lo propio con la otra. Me quitó los zapatos a la vez, dejándome solo con las braguitas puestas.

Me miró otra vez y exclamó:

- Eres preciosa, aún no sé cómo puedo tener tanta suerte de tenerte solo para mí esta noche. De ser el primero ¿De verdad soy el primero?

Asentí con la cabeza varias veces con un poco de vergüenza. Se sentía afortunado, pero yo en ese momento también, de perder mi virtud con él, precisamente con él. El hombre más guapo que había visto jamás. Alguien a quien no conocía de nada pero que me daba la sensación de conocerle desde siempre. Alguien a quien miraba a los ojos y me reconocía en ellos.

Sin dejar de mirarme a la cara, bajó mis braguitas despacio, recreándose, creando en mí un enardecimiento del que creía que jamás me libraría. Me abrió las piernas y exhaló su aliento ardiente entre ellas. Di un respingo. Al olerme emitió un gemido de satisfacción. Su lengua recorrió el interior de mis muslos, las ingles y el pubis recién pelado. Pero yo deseaba que se adentrara más al centro. Mi cuerpo se movía acompasando sus movimientos. El chocho se me incendiaba y el corazón me latía con fuerza. El deseo iba en crescendo y yo no dejaba de estremecerme.

Le agarré la cabeza, esta vez con fuerza, quería dirigirlo hacia mi interior, quería que su lengua se pasease por mi oscuridad, que me comiera a lametazos hasta acabar con esta ansia de él o matarme definitivamente. Pero él se zafó, seguía besándome las ingles y yo creía que me iba a desmayar.

Hasta que finalmente su lengua acarició con gran parsimonia mi zona más íntima y se explayó en mis tiernos pliegues rosáceos, tan inexplorados como yo.

- Uff, estás muy mojada – exclamó mientras me daba otro lametón – qué bien sabes, mujer.

Creo que allí se desató la bestia de su interior, porque a partir de ahí abandonó la calma que había mantenido desde que entró en mi cuarto y me dio la sensación de que se volvió un poco loco. Utilizó sus labios para comerme por dentro y por fuera, mientras que su lengua me lamía con gran anhelo y se introducía dentro de mí en toda su longitud.

- Uff, qué chocho tienes, qué chocho tan delicioso – repetía cada dos por tres.

Yo sentí una sacudida por todo mi cuerpo. Parecía como si una corriente eléctrica me recorriera desde mis partes más íntimas, hasta los pezones, para pasar por la nuca. El culo se me movía solo, me estremecía. Aquello que me estaba haciendo me gustaba muchísimo; de hecho, creo que era lo más placentero que me había sucedido en la vida y, por un momento, no entendí qué de malo había en todo aquello.

Él seguía moviendo su lengua con gran destreza, recorriendo mi vulva de arriba a abajo, introduciéndose en ella, y deteniéndose en un punto especialmente satisfactorio, que me hizo gemir sin control ninguno. Se me estaba entrecortando la respiración y mi cuerpo se movía solo, como si fuera a explotar.

Tuvo que sujetarme las caderas con sus manos poderosas y meter aún más su cabeza entre mis piernas. Yo escuchaba el sonido acuoso de su succión y los tragos que me metía. Me estaba bebiendo, literalmente, y aquello me estaba gustando tanto, era tan agradable, que no quería que acabara nunca y, por otro lado, quería que terminara de alguna manera contundente.

No me creía capaz de soportar más placer, mi corazón andaba desenfrenado, y llegué a pensar que, de seguir de esa manera, podría llegar a morir. Mas no fue así, aquello acababa de empezar.

- ¿Te gusta? – me preguntó

- Sí, me encanta – jadeé.

- ¿Quieres que pare?

- No, no pares, no pares por favor, sigue, sigue – le apremié.

Pero no lo hizo, me dio un beso en la boca, húmedo y descarado, mediante el cual pude comprobar cómo sabía mi intimidad, como almíbar suave y ligeramente azucarado y con un toque de sal.

Mientras seguía besándome de aquella manera tan fogosa se fue desabrochando él mismo el cinturón y el botón del pantalón, hasta que se desprendió de él. Quedó completamente desnudo, al igual que yo, piel con piel.

Tuve curiosidad y miré. Se dejó observar y se rió cuando se me desorbitaron los ojos ante tan prodigiosa visión. Su miembro, comparado con los que yo había visto de mis hermanos pequeños, era toda una oda a la sexualidad. Grueso y rígido. Estaba circuncidado, la cabeza del pene era gorda, sobresaliendo del resto y brillaba en la penumbra por la humedad. Se notaba duro y turgente, surcado de arriba a abajo por una vena palpitante; un pelín curva.

Me estremecí, ¿Qué pasaba ahora?, ¿Qué haría con semejante porra? Lo supe enseguida. Mientras volvía a besarme con suma apetencia, echó sobre mi todo su peso y se restregó conmigo. Sentía el bello rizado de su pecho sobre el mío.

Me abrió de nuevo las piernas, no puse mucha objeción, la verdad, y empujó con la verga entre ellas. El roce me pareció delicioso, pero en una de esas me introdujo la cabeza de su falo dentro. Fue fantástico. Lo metía y lo sacaba mientras me miraba con curiosidad y el ceño fruncido. En cada suave embestida fue penetrándome cada vez más hasta que ya no cabía más longitud.

- ¿Te hago daño? – preguntó.

- No, en absoluto, sigue.

Apretó un poco más, algo le oponía resistencia dentro de mí, empujó un poco y con más fuerza. Me hizo daño. Dibujé un gesto de dolor en mi rostro y un gemido diferente a los que había venido soltando hasta ahora. Me miraba, pero ahora parecía satisfecho, sonrió de medio lado. Me besó la frente y los ojos con gran ternura. Luego, de nuevo la boca y entonces se volvió loco.

Me metió toda su polla dura y la sacaba prácticamente entera, a cada embestida me gemía en la oreja con su aliento cálido y su voz profunda. Me trasladó a otro plano de la realidad, no tenía claro si sería el cielo o el infierno, pero terrenal no era. Cerré los ojos y le recibí con agrado, mis caderas le acompañaron en sus movimientos y de repente, y sin venir a cuento, un gran escalofrío recorrió mi cuerpo desde la nuca a la planta de los pies. Me estremecí, me quedé rígida y una gran sacudida de placer me inundó por dentro y por fuera.

Aquello sí que no lo esperaba, mis ojos se abrieron como platos y mi carne se retorció bajo su cuerpo, abrazando desde mi interior a su miembro. Gemí con más fuerza, de hecho, creo que grité. Me miró a los ojos; de nuevo esa mirada oscura y profunda, donde pude leer cómo era su alma. Sonrió mostrándome una larga hilera de dientes blancos, perfectos, sensuales.

- Eres deliciosa, eres una reina del placer, quiero hacerte esto siempre, todos los días ¿Me dejarás? – Asentí con todo mi corazón y anhelo, moviendo la cabeza de arriba a abajo – Bella, oh Bella, cómo me gustas.

Yo seguía aullando y recibiendo con sumo gusto todas sus entradas y salidas de mi cuerpo. Le agarré por las nalgas y le obligué a penetrarme con mayor fuerza y rapidez.

- Bella, oh Bella, me vierto en ti, me voy, te lleno entera.

Su sonrisa se tornó en un gesto extraño, levantó los ojos hacia arriba, de forma que creía que se girarían dentro de las cuencas. La polla se le puso aún más dura y me la metió con más violencia. Comenzó a gruñir como un lobo y acto seguido a gritar ronco.

El interior de mi cuerpo aún seguía trémulo y sentí cómo, a cada convulsión de su miembro, dejaba escapar un chorro cálido, que se quedaba en mí.

Se fue apagando poco a poco hasta que dejó todo su cuerpo muerto sobre el mío. Respirábamos los dos con fuerza y jadeando. Aquella había sido la experiencia más intensa de toda mi vida y, sin duda una, de las más placenteras.

Edward salió de mí y se tumbó en la cama con un suspiro. Me atrajo hacia sí y me rodeó con un brazo; yo apoyé mi cabeza en su pecho. Le escuchaba el corazón, su ritmo se iba desacelerando. Al mío le sucedía lo mismo. Creí que nunca me saciaría, pero en ese momento me sentía plenamente satisfecha. Me dormí al ritmo de su respiración y al abrigo de su calor corporal.

Cuando desperté a media noche ya no estaba allí. Me entristecí.